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【Capítulo 2-4】 < Juan 2, 1-11 > Llenen las tinajas de agua



< Juan 2, 1-11 >

«Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere. Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo, y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora. Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él. Después de esto descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días».



El milagro que también ocurre en nuestras almas


En el banquete de bodas de Galilea, nuestro Señor realizó una obra milagrosa que consistió en convertir el agua en vino. Con este milagro nuestro Señor proporcionó todo el vino necesario para el banquete. Los siervos que estaban en la boda pudieron experimentar este milagro porque quisieron creer en nuestro Señor y obedecerle; tuvieron fe y aceptaron completamente la Palabra de Dios que les dijo que llenaran las tinajas de agua.

De la misma manera, si queremos ser testigos de la obra maravillosa de Dios, debemos creer primero en el Dios que ha venido por el Evangelio del agua y el Espíritu; debemos tener la fe para obedecer y creer en el Palabra de Dios aunque no esté de acuerdo con nuestros pensamientos, y así aceptar la Palabra de Dios. Milagros y bendiciones como este ocurrirán en nuestras almas.

El hecho de que Jesús les dijese a los siervos que llenasen seis tinajas de piedra de agua hasta rebosar significa que nos está diciendo que llenemos nuestros corazones con la Palabra de Dios. Cuando llenamos nuestros espíritus con la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, estamos salvados, de la misma manera en que los siervos vieron el impresionante milagro del agua que se convirtió en vino. Estamos libres de las maldiciones y de la destrucción y por eso tenemos la bendición de recibir la vida eterna y convertirnos en hijos de Dios. Hoy me gustaría compartir la Palabra con ustedes con mi sermón titulado: «Llenen las tinajas de agua».

¿Qué hizo nuestro Señor para salvarnos de todos nuestros pecados? Para salvarnos a ustedes y a mí, Jesús, Dios mismo, vino a esta humilde Tierra encarnado en un hombre. Unos 700 años antes de que Jesús viniese encarnado en un hombre, Dios había prometido enviarle a través del Profeta Isaías, diciendo: «Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Isaías 7, 14). Este Hijo que fue concebido en el cuerpo de la virgen también se refiere a «su Semilla» (Génesis 3, 15) que Dios había prometido a Adán y Eva, los antecesores de la humanidad antes de que fuesen expulsados del Jardín del Edén por su pecado. Todos los descendientes de Adán son pecadores, y por eso Jesús fue concebido por el Espíritu Santo y nació de una mujer, para que pudiese nacer siendo Hombre pero sin pecados. ¿Quién es esta mujer llamada María? Era de la tribu de Judá, una de las doce tribus de Israel. Su prometido, José, también era de la tribu de Judá y de linaje real. De las doce tribus de Israel descendientes de los doce hijos de Jacob, la tribu de Judá era de linaje real. Dios había prometido en el Antiguo Testamento que haría nacer a Jesús del linaje de Judá, y exactamente según esta promesa, Jesús nació a través de la Virgen María, que era de la tribu de Judá.

Cuando nuestro Señor vino al mundo, vino como el Rey de reyes para salvarnos de todos los pecados. Nuestro Señor no nació en la casa de Aarón, el Sumo Sacerdote. Los descendientes de Aarón todavía existían en ese momento, y por eso el Señor no nació como el sacerdote terrenal, sino a través de la tribu de Judá, y por eso se convirtió en el Rey del Reino de los Cielos y el Sumo Sacerdote celestial. Juan el Bautista, que nació en el mundo antes que Jesús, testificó que Jesús vendría, y según este testimonio, así como la promesa del Antiguo Testamento, Jesús vino al mundo para salvarnos. Nuestro Señor nos está diciendo que llenemos nuestros corazones con Su obra de salvación que nos ha salvado de todos los pecados, del mismo modo en que las tinajas se llenaron de agua.



Llenemos nuestros corazones con la obra de nuestro Señor


Está escrito: «El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Jesús vino a este mundo para cumplir la promesa del Antiguo Testamento, como Juan el Bautista dijo cuando vio a Jesús ir hacia él: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». «He aquí» nos está diciendo Juan el Bautista, «¡Mirad la obra que el Señor ha hecho!». Es decir, que quien quiera ser librado de todos sus pecados debe ver lo que Jesús ha hecho por él con el Evangelio del agua y el Espíritu. A través de la Biblia vemos que Jesús vino por el Evangelio del agua y el Espíritu.

Cuando vemos a Jesús a través de la Biblia, vemos que es un Cordero de sacrificio preparado por Dios Padre. Para pagar por todos nuestros pecados, Jesús fue bautizado y cargó con todos los pecados del mundo: «Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53, 6). Al ser bautizado por Juan el Bautista, Jesús, el Cordero de Dios, murió en la Cruz cargando con todos los pecados de este mundo. Para cumplir la voluntad del Padre de salvar a todos los pecadores, Jesús murió como Cordero del sacrificio. Así, nuestro Señor nos está diciendo a los seres humanos que cargó con todos nuestros pecados y trasgresiones en el río Jordán a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, y que cargó con todos los pecados del mundo hace 2000 años. Esta es la Palabra con la que debemos llenar nuestros corazones. 

Mis queridos hermanos, ¿cuándo quitó nuestro Señor los pecados del mundo? ¿Hace cuántos años? Alrededor de 2000 años. Para ser exactos debemos restar 30 años, ya que el Señor empezó Su vida pública cuando tenía 30 años. Estamos en el año 1995. Si restamos 30 años, nos quedan 1965 años. Así que Jesucristo, nuestro Señor, empezó Su ministerio público hace 1965 años cuando fue bautizado en el río Jordán. Nuestro Señor nos está diciendo: «He borrado vuestros pecados. ¿Hace cuánto tiempo? 1965 años. Incluso antes de que nacieseis yo sabía que ibais a pecar, y por eso cargué con vuestras iniquidades al ser bautizado. Hace mucho tiempo, 1965 años, antes de que nacieseis, borré vuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista». Mis queridos hermanos, ¿creen en esta Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu?

Nuestro Señor quiere que aceptemos en nuestros corazones Su nacimiento, el que cargase con nuestros pecados y trasgresiones a través de Su bautismo, y el hecho de que borró todos los pecados de este mundo y los eliminó. Nuestro Señor borró todos nuestros pecados y trasgresiones para siempre a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista. Por todos los pecados que cometimos con nuestras manos, Jesús fue bautizado y Sus manos santas fueron clavadas en la Cruz; por los pecados que cometimos con nuestros pies, Sus pies fueron clavados en la Cruz; y por los pecados cometidos en nuestros corazones, Su corazón fue traspasado por una lanza. Y por todos los pecados que cometimos con nuestros cuerpos, el cuerpo de Jesús fue flagelado y golpeado. Así Jesús cargó con todos nuestros pecados y sufrió dolor, humillación y odio extremos en la Cruz. Entonces bajó Su cabeza y murió, dejando estas últimas palabras: «Está acabado» (Juan 19, 30). De la misma manera en que se llenaron las tinajas de agua, Jesús nos está diciendo que llenemos nuestros corazones con Su obra de salvación, que llenemos nuestra fe con el Evangelio del agua y el Espíritu.

Para poder salvarnos de nuestros pecados, el Señor tuvo que venir al mundo encarnado en un hombre. Y para cargar con todos nuestros pecados y nuestras iniquidades, tuvo que ser bautizado en el río Jordán. Por eso fue bautizado. De esta manera nuestro Señor cargó con todos nuestros pecados e iniquidades y los llevó a la Cruz. Nuestro Señor nos está diciendo a los seres humanos: «He borrado todos vuestros pecados». Esto es absolutamente cierto. ¿Reconocen este hecho? Mis queridos hermanos, debemos aceptar la Verdad del Evangelio en nuestros corazones de la misma manera en que las tinajas de piedra se llenaron de agua. ¿Pueden aceptarlo en sus corazones ahora?



Ahora debemos convertirnos en las tinajas del milagro


Las tinajas de piedra contenían el agua que fue convertida en vino milagrosamente. Cuando aceptamos la Palabra de Dios en nuestros corazones, nosotros también podemos ver el mismo milagro que ocurrió en las tinajas. ¿Pero qué hay de nosotros? ¿Qué tipo de personas somos por naturaleza? Siempre habíamos sido pecadores ante Dios. ¿Qué tipo de personas éramos ante Dios? Éramos una raza de obradores de iniquidad que no podía vivir según la voluntad de Dios, criaturas semejantes a las bestias que no reconocían sus pecados aunque pecasen en todo momento. ¿No es cierto? Por supuesto que sí. Aunque Dios nos creó, no le conocíamos, no sabíamos quién era el Creador, no escuchábamos los mandamientos de Dios, y vivíamos a nuestra manera sin reconocer a Dios. Éramos pecadores terribles que no sabían qué hacer y hacían lo que no debían.

Mis queridos hermanos, tenemos que recordar el tipo de personas que éramos antes de recibir la remisión de los pecados. ¿Cuál es nuestra realidad ante Dios ahora que hemos recibido la remisión de los pecados? ¿Cómo son nuestras acciones? Nuestro Señor borró todos nuestros pecados al ser bautizado por Juan. Nuestro Señor está diciendo que cargó con todos los pecados del mundo, pero ¿cuál fue nuestra reflexión? La Biblia dice: «El buey conoce a su dueño,

y el asno el pesebre de su señor;

Israel no entiende,

mi pueblo no tiene conocimiento» (Isaías 1, 3). De verdad no conocíamos a Dios, ni reconocíamos Sus mandamientos o Su Ley, y caminábamos por el camino de las maldiciones. Cada uno de nosotros iba por su camino. Éramos pecadores que hacían lo que querían y que acabarían inevitablemente en el infierno. Pero, para salvarnos, nuestro Señor vino al mundo encarnado en un hombre, tomó nuestros pecados e iniquidades en el río Jordán, y llevó esos pecados pesados a la Cruz.

Solo si aceptamos esto en nuestros corazones podremos convertirnos en hijos de Dios y en personas justas, obtener la vida eterna, ser librados de todas las maldiciones y recibir las bendiciones celestiales y terrenales que Dios nos da. Todos los seres humanos debemos aceptar la obra que Dios ha hecho por nosotros. No duden en aceptar esta Verdad. Nuestro Señor no nos está diciendo que ha borrado nuestros pecados ahora mismo, sino que los borró hace 2.000 años, todos los pecados que cometemos en nuestras vidas, desde que nacemos hasta que morimos. ¿Pueden admitir esto por fe? Jesús no está cargando con nuestros pecados ahora mismo o cuando ofrecemos oraciones de penitencia. Los borró hace mucho tiempo. Es ya historia antigua de hace 2.000 años. No estamos hablando de simplemente diez, veinte o treinta generaciones pasadas. Nuestro Señor nos está diciendo: «No sois vosotros los que Me amasteis y servisteis, sino que fui Yo quien os amé y serví. Soy Yo quien os ha salvado». Esto es lo que nuestro Señor nos está diciendo.

Mis queridos hermanos, debemos abrir nuestros corazones y aceptar a Jesucristo, quien vino por el Evangelio del agua y el Espíritu. De la misma manera en que las tinajas se llenaron de agua, debemos llenar nuestros corazones con el hecho de que el Señor nos ha salvado. Incluso antes de creer en Él, Dios Padre ya había aceptado la paga de todos nuestros pecados de Jesús, y por tanto todos nuestros pecados han sido redimidos ante Dios. Esto es lo que Dios nos está pidiendo que creamos. Dios ya lo ha cumplido, crean o no. Mientras vivimos en la carne todos nosotros cometemos errores y vamos por el mal camino. Aunque decidamos no cometer más pecados, no podemos evitar pecar. ¿Entonces qué podemos hacer con estos pecados después de haber recibido la remisión de los pecados y los pecados que cometeremos en el futuro? ¿Los ha eliminado Dios? Sí, ha borrado nuestros pecados futuros. Solo pueden ser salvados si aceptan esta Palabra de salvación. ¿La aceptan? ¿Tienen pecados? ¡No, no tienen pecados! Quien acepta esta Palabra en su corazón, obtiene la vida eterna, la remisión de los pecados y se convierte en hijo de Dios.

Mis queridos hermanos, nuestro Señor nos está diciendo que eliminó los pecados del mundo. Pero a pesar de esto a veces nos sentimos indiferentes y no lo apreciamos. Yo también soy así. Sin embargo, otras veces estoy muy agradecido al Señor y reconozco que soy insuficiente cuando se revelan mis fallos en la vida en este mundo. En circunstancias normales estoy menos agradecido. ¿Y ustedes? ¿Acaso no piensan que no están lo suficientemente agradecidos al Señor por redimirles de sus pecados? Entonces debemos estar más agradecidos al Señor, porque gracias a Jesús estamos sin pecados, y gracias a eso podemos vivir en paz.



Reflexionen acerca de quiénes eran antes de recibir la remisión de los pecados


Cuando se le pregunta a alguien que se queja de un dolor de cabeza si le sigue doliendo, y esta persona responde que ya no siente dolor, esto significa que el dolor de cabeza ha desaparecido. Por eso, el hecho de que ya no estén sufriendo por sus pecados significa que han recibido la remisión de los mismos. ¿Cómo de dolorosa era su vida antes de aceptar que el Señor borró los pecados del mundo a través del Evangelio del agua y el Espíritu? ¿Cuánto sufrieron en agonía por sus pecados, sus fallos, sus pensamientos malvados, sus errores y sus debilidades? ¿No sentían como si estuviesen en el infierno? Yo sí. Si no hubiese encontrado la Verdad, habría vivido con la amargura del infierno incluso en este mundo. Si no hubiese recibido la remisión de mis pecados, mi corazón estaría en el infierno. Cuando hay pecados en el corazón, la vida parece un infierno.

Mis queridos hermanos, les confieso que yo era un hombre muy pecador en el pasado. Tenía muchos pecados en mi corazón. No vivía según la Palabra de Dios. No vivía según la voluntad de Dios. Estaba atormentado. El sufrimiento era extremo. Un poeta coreano y activista de la independencia llamado Donju Yun escribió en uno de sus poemas que deseaba vivir sin ningún rastro de vergüenza, y yo quería ser así ante Dios. Pero no podía cumplir los mandamientos que Dios me había dado, y aunque hacía todo lo posible, no podía obedecer completamente la Palabra de Dios porque no cumplía Sus mandamientos. Día tras día trasgredía algún mandamiento, y cometía pecados grandes y pequeños, de manera que sentía dolor de corazón. La muerte parecía cierta y el infierno inevitable. Mi sufrimiento era insoportable y estaba atormentado porque, aunque sabía cómo vivir, no podía vivir de esa manera. Verdaderamente era como estar en el infierno. 



Mi percepción acerca de los pecados del mundo cambió


Pero un día nuestro Señor me enseñó lo que significa que la Biblia diga que Él tomó todos los pecados del mundo. Me dijo claramente: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Cuando leí este pasaje por primera vez, no tenía ni idea de qué eran los pecados del mundo. El concepto en sí era demasiado difícil de entender. Así que pensaba que, como había nacido pecador del vientre de mi madre por ser descendiente de Adán, nuestro Señor borró este pecado original. Esta era mi percepción acerca de los pecados del mundo. Pero cuando examiné esta cuestión más a fondo, me di cuenta de que cuando Jesús borró todos los pecados del mundo, también borró mis pecados personales. ¿Están incluidos sus pecados en los pecados del mundo? Por supuesto que sí. Aunque no se den cuenta de esto, Dios lo ha hecho. No importa si creen o no que el Señor borró sus pecados, porque el Señor los borró. Tampoco importa que lo crean o no. La realidad es que Jesús borró todos los pecados de todo el mundo sin excepción. El pecado heredado de sus padres también pertenece a los pecados del mundo. Este pecado que ustedes han heredado de sus padres, como descendientes de Adán se suele llamar “pecado original”. Este pecado original que tenían desde el momento en que estaban en el vientre materno también está incluido en los pecados del mundo. Todos los pecados que cometen desde entonces hasta el día en que sean enterrados en la tumba también pertenecen a los pecados del mundo. ¿No es cierto? Por supuesto que sí.

Cuando tenía 20 años alcancé la edad de discreción. Cuando me llamaron para los exámenes médicos para entrar en el Ejército, me di cuenta de que no era un niño, sino un adulto, y pensé: «Debería ser maduro, responsable, adulto». Y cuando me di cuenta de que necesitaba algunos cambios en mi vida, empecé a creer en Jesús. Desde ese momento empecé a vivir mi vida confiando en Jesús. Sin embargo, cuando aprendí acerca del problema del pecado, nadie me enseñó que Jesús borró todos los pecados del mundo, sino que solo me enseñaron los diversos tipos de pecados: pecado original, pecados personales, pecados futuros, pecados presuntuosos, etc. Así que el gran problema era que me habían enseñado incorrectamente desde el principio. Aunque la Biblia dijo que Jesús borró los pecados del mundo, pensé que esto significaba que Jesús borró el pecado original que traje conmigo cuando nací del vientre materno. Así que tenía problemas con la cuestión de cómo arrepentirme de mis pecados personales y ser redimido. 



Es imperativo entender de manera clara y conceptual los pecados del mundo


¿Qué son los pecados del mundo de los que Dios habla en la Biblia? Deben comprender esto de manera conceptual y clara. Los pecados del mundo de los que Dios habla son los pecados que hemos cometido y cometeremos, desde el principio del mundo hasta el final. Sin embargo, como no tenía un concepto claro de los pecados del mundo, pensé que solo el pecado original que heredé del vientre de mi madre pertenecía a los pecados del mundo. Me daba dolor de cabeza pensar en los pecados en diferentes categorías, dividirlos en pecado original, pecados personales, futuros, presuntuosos, etc. 

Cuanto más aprendía acerca de la Biblia, mi dolor de cabeza era peor. Así que empecé a pensar que Dios me había escogido desde la fundación del mundo y por eso cuando tenía 20 años empecé a creer a Jesús. Pensaba que la razón por la que no bebía o fumaba y era tan buen cristiano, era que Dios me había escogido. Así que me centré en este aspecto, aunque no era verdad.

Algunos pastores dicen que si cometen pecados conscientemente, no podrán ser redimidos de sus pecados. Así que yo también pensé: «Sería mejor no haber creído en Jesús. Sería mucho más feliz si no le hubiera conocido. Mi vida se arruinó en el momento en que creí en Jesús. Ahora estoy arruinado». Pensé que había cometido un gran error al creer en Jesús; si hubiese esperado hasta el momento antes de morir para creer en Jesús, no habría sido atormentado por mis pecados personales y habría entrado al Cielo sin problemas. Sin embargo, mi conocimiento conceptual de los pecados del mundo empezó a cambiar. Me di cuenta de que los pecados del mundo incluían todos mis pecados personales también, y que todos los pecados que cometí cuando tenía 20 y 30 años ahora pertenecían a Jesucristo. ¿Tenía pecado entonces o no? No tenía pecados.

La Verdad no está muy lejos ni es muy complicada. En realidad es muy simple. Jesucristo, el Cordero de Dios, que tomó todos los pecados del mundo, pudo llevarlos a la Cruz precisamente porque había sido bautizado en el río Jordán y así los había aceptado. El Antiguo Testamento habla acerca de que Jesús tomó los pecados de esta manera. Pero no me di cuenta de esto cuando empecé a creer en Jesús a los 20 años. Así que pueden imaginarse lo mucho que sufrí hasta que entendí el concepto de los pecados del mundo. Incluso intenté suicidarme, pensando: «Mi vida está acabada por creer en Jesús». Esto se debe a que me vi convertido en un pecador cuanto más creía en Jesús. Mi corazón estaba muy atormentado.

Pero el Señor me dio Su Verdad para que pudiera comprender el concepto de los pecados del mundo. Jesús tomó los pecados que había cometido hasta los 30. «Jesús cargó con mis pecados en el río Jordán y los borró». ¿Dónde fue Jesús cargando con mis pecados? Fue a la Cruz donde fue crucificado. Cargó con mi condena en mi lugar, borró mis pecados y murió diciendo: «Está acabado».

Aunque tenía cuarenta y tantos años, me di cuenta de que cuando Jesús tomó todos mis pecados pasados, también tomó todos los pecados futuros. ¡Qué maravillosa Verdad y espectacular salvación! Esto es lo que nuestro Señor nos está diciendo. Nos dice que tomó nuestros pecados, los borró y cumplió nuestra salvación por completo. ¿Creen en esto? Cuando empecé a leer la Biblia después de darme cuenta de esto, sentí gozo al leer las Escrituras. Cada vez que leía la Biblia, se convertía en mi sustento, y mi corazón recibía gozo y una mente renovada. 

El Señor nos está diciendo que creamos: «He borrado todos los pecados del mundo». ¡Qué maravillosa es esta verdad! ¿Todavía tienen pecados? No, no hay más pecados. Los que pueden decir que no tienen pecados pertenecen a una tribu especial. Son los verdaderos cristianos. Son los débiles los que reciben la remisión de los pecados. En otras palabras, son los pecadores graves los que pueden ser redimidos de sus pecados. Todos estábamos destinados al infierno, pero al creer en Jesucristo hemos recibido la remisión de los pecados. Esta es la esencia de lo que el Señor nos está diciendo. Nuestro Señor nos está diciendo que dejemos que nuestros corazones estén llenos de la Verdad de que el Señor eliminó todos nuestros pecados. 

Pasemos a la Palabra y leamos Hebreos 10,10 juntos: «En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre». La voluntad de Dios era redimir todos los pecados de la humanidad, y como Jesucristo ofreció Su cuerpo una vez, ahora somos santos. Nuestro Señor quiere que aceptemos esta Verdad en nuestros corazones. 



Jesús ofreció un sacrificio eterno


Pasemos a Hebreos 10, 12-14: «Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados».

El sacrificio eterno es posible desde el punto de vista de Dios. Por tanto, Jesús tuvo que ofrecer a Dios un sacrificio por los pecados para siempre, y este sacrificio tiene el poder de hacernos perfectos para siempre. Todos nuestros pecados han sido redimidos por Dios eterna y completamente. Su poder trasciende todas las edades y llega a todos los seres humanos, no solo los que vivieron en el pasado o el presente, sino también el futuro. ¿Lo entienden? ¿Qué es el sacrificio eterno? Es el sacrificio ofrecido por Jesús para siempre para borrar todos los pecados del mundo, para que no haya ningún pecado en todo el universo. Esto significa que Jesucristo cargó con los pecados del mundo y se convirtió en nuestro sacrificio expiatorio en la Cruz. Solo Cristo realizó un sacrificio eterno por los pecados, y entonces se sentó a la derecha de Dios Padre. Ha borrado todos los pecados para siempre. Y ahora está sentado a la derecha de Dios.

Dios nos está diciendo que ha borrado todos nuestros pecados hace mucho tiempo. Ahora está esperando a que Sus enemigos sean su escabel. ¿Quién es enemigo de Dios? El Diablo. ¿Qué seres humanos son los enemigos de Dios? Los que dicen: «Señor, sigo siendo pecador. No pudiste borrar todos mis pecados. Todavía tengo pecados». Dios está esperando a vencer a esta gente y someterla a Su juicio justo. Está esperando a juzgar a Sus enemigos desde el trono blanco del juicio.

Hebreos 10, 14 dice: «Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados». Al convertirse en nuestro sacrificio expiatorio, Jesús borró todos nuestros pecados, nos santificó y nos hizo santos para siempre. Ahora nos ha hecho personas justas eternamente.

Pasemos a la Palabra una vez más y sigamos leyendo Hebreos 10, 16-18: «Este es el pacto que haré con ellos : Después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, Y en sus mentes las escribiré. añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado».

Mis queridos hermanos, ¿aceptan que Dios nos salvó hace mucho tiempo? ¿Acaso no está escrito en la Biblia? Sí, por supuesto. Dios ha escrito Su ley de salvación en nuestros corazones y mentes. La salvación está grabada en los corazones de los que han recibido la remisión de los pecados. ¿Y ustedes? ¿Tienen la ley de salvación escrita en sus corazones? ¿En sus pensamientos son pecadores o justos? Son justos. ¿Y en sus corazones? ¿Son justos o pecadores en sus corazones? Son personas justas. Ahora pueden proclamar que no tienen pecados. Esto se debe a que Dios lo ha escrito en sus corazones. Nosotros nos llamamos justos porque hemos aceptado la salvación de nuestro Señor, porque creemos en esta salvación.

El Señor dijo: «Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones». ¿Dijo el Señor que todavía recuerda nuestros pecados y transgresiones o que no las recuerda? Dijo que no las recuerda, porque el Señor ha pagado el precio de nuestros pecados con Su condena. Digamos que ustedes debían dinero, pero ya lo han pagado. Solo porque recuerden que debían dinero, ¿significa que tienen una deuda que pagar? No, pagaron todo el dinero que debían. Pero aún así, ¿siguen sufriendo? Por supuesto, recordarían que tenían una deuda. Probablemente recordarían lo que sufrieron por esa deuda. De esta manera recordamos los pecados que cometimos y del sufrimiento que nos produjeron. Pero eso es simplemente la memoria. Como el Señor se ha encargado de nuestros pecados en nuestro lugar, ya no tenemos que ser condenados por ellos. Cuando aceptan lo que Dios ha hecho por ustedes, el Señor les dará vida eterna, victoria en el Señor y les bendecirá.

«Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones». El que Dios no recuerde nuestros pecados no significa que nos considere personas sin pecado aunque seamos pecadores. Lo que significa es que no hay nada por lo que condenarnos, ni nada que recordar, ya que el Señor cargó con nuestros pecados y pagó el precio con Su condena. ¿Lo entienden? ¿Por qué sufren por sus memorias? ¿Por qué viven en su pasado pecador cuando Jesús ha pagado la deuda de sus pecados? Algunas personas dicen que, aunque han recibido la remisión de los pecados, sus corazones todavía sufren cuando recuerdan sus pecados pasados. Pero estas cosas están en el pasado, ya que la Biblia dice: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5, 17).



«Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado»


Nuestro Señor no nos ha salvado de manera incompleta. No nos pregunta por nuestros pecados, no nos reprende por entrar en el Cielo sin vergüenza a pesar de tener muchos pecados. La Biblia dice: «Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado», así que no hay por qué agonizar por los pecados. ¿Hay algún pecado en este mundo? ¿Todavía tienen pecados? No, no hay ningún pecado. 

Yo cometí todos los pecados de los que hablan los Diez Mandamientos. No hice lo que Dios me dijo que hiciera, sino que hice exactamente lo que me dijo que no hiciera. Aunque no cumplí algunos de los Diez Mandamientos con mis acciones, en mi corazón no cumplí ninguno. Pero aún así Dios ha redimido todos estos pecados, como dice la Biblia: «Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado». Mis queridos hermanos, cualquiera puede recibir la remisión de los pecados si entiende este pasaje. ¿Entonces tienen pecados o no? Ustedes ya han sido perdonados en la mente del que perdona el pecado. Por eso Dios dijo: «No hay más ofrenda por el pecado». Pero aún después de escuchar esta Palabra, algunos todavía miran en sus corazones para ver si sus pecados han desaparecido o no, diciendo: «Eso es lo que dice la Palabra, pero quiero comprobarlo yo mismo». Deben creer en el corazón de Dios. ¿Pueden ver Su corazón? Esta Palabra de la Biblia es el corazón de Dios. Mírenlo. ¿No está Dios diciendo desde Su corazón que ya no recuerda nuestros pecados? Nuestro Señor ha borrado todos los pecados del mundo. Los ha eliminado todos. ¿Creen en esto? Si alguien dice que tiene pecados, merece ir al infierno.



Pasemos al Libro de Romanos


Pasemos a Romanos 4, 25: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación». Romanos 5, 1-2 dice: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios». Esto significa que tienen paz si creen en Jesucristo. Una vez fueron enemigos de Dios, pero ahora son Sus hijos. Están en paz con Dios.

Mis queridos hermanos, ¿se dan cuenta de que están en paz con Dios? Pasemos a Romanos 5, 8-10: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida».

Gracias a la vida de Jesucristo nuestra salvación está afirmada. La relación rota entre el Juez (Dios) y los pecadores (nosotros) ha cambiado y se ha convertido en una relación entre el Padre y Sus hijos. Si Jesucristo no se hubiese levantado de entre los muertos después de cargar con todos nuestros pecados en el río Jordán y morir en la Cruz, no podríamos haber sido salvados. Al levantarse de entre los muertos, Jesús completó nuestra salvación. Aún más, hemos sido salvados por Su resurrección. La resurrección de Jesucristo es nuestra remisión de los pecados, y Su muerte es nuestra condena de muerte. ¿Creen en esto?

Romanos 7, 24-25 dice: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado».

Estos tres versos están conectados. El Apóstol Pablo llamó a su cuerpo “cuerpo de muerte”. Esto también se aplica a todo el mundo, ya hayan recibido la remisión de los pecados o no. En otras palabras, los redimidos y los no redimidos cometen pecados con sus cuerpos. Por eso Pablo se sentía tan miserable y desgraciado. ¿Por qué era Pablo miserable? Porque estaba en la carne. ¿No es así? ¿Quién nos salva entonces de todos estos pecados que cometemos con la carne? ¿Cuáles son los pecados que cometemos con el cuerpo? ¿Acaso no pertenecen también a los pecados del mundo? Por supuesto que sí. Pero el Apóstol Pablo había recibido la remisión de los pecados.

Pasemos a la Palabra de nuevo. La Biblia dice en Romanos 7, 9-12: «Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno». ¡Amén!

Pablo dijo que el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, le engañó. El Apóstol Pablo pensaba que los mandamientos de Dios se le impusieron para especificar lo que debía hacer y lo que no, pero cuando llegó a tener un mayor conocimiento, se dio cuenta de que esa no era la función de los mandamientos. En realidad, la Ley y los mandamientos servían para que tanto el Apóstol Pablo como el resto de la humanidad se dieran cuenta de que son pecadores: «Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Romanos 3, 19-20).

Por la Ley el Apóstol Pablo se dio cuenta de que era un pecador y también se dio cuenta de que no había nada bueno en la carne. Sin embargo, después de recibir la remisión de los pecados, Pablo confesó que lo que su cuerpo quería era diferente de lo que su corazón quería, y por eso estos dos deseos estaban en una lucha constante. El Apóstol Pablo reflexionó acerca de su pasado y su presente diciendo: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte». Pablo estaba hablando de la lucha entre la carne y el espíritu que tenía lugar en su corazón.

¿Entonces quién nos salva de los pecados de este mundo y de esta situación tan miserable? Jesucristo. Como Pablo dijo: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». En otras palabras, aunque éramos pecadores destinados a ir al infierno, ya que cometemos pecados en nuestra carne hasta que morimos, no hay condenación para los que creen que Jesucristo es su Salvador, y creen que Jesús borró los pecados del mundo, gracias a su fe.

Aunque todos estábamos destinados a ir al infierno, como Jesucristo nos ha salvado, no tendremos que ser condenados. Es imposible para nosotros estar condenados. Es inconcebible que vayamos al infierno. Aunque éramos pecadores destinados a ir al infierno, Jesús nos salvó de nuestros pecados y los eliminó, y por eso no tenemos pecados. Él nos ha salvado. ¿Creen en esto, mis queridos hermanos? ¡Amén!

Cuando algunos cristianos leen los capítulos 7 y 8 de Romanos, muchos de ellos no ven la conexión correcta y malinterpretan lo que Pablo dijo porque Pablo parece un pecador, y aún es peor cuando ven a Pablo decir: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte». Así que leen este pasaje y piensan: «Es increíble que Pablo sintiera lo mismo que yo. El Apóstol Pablo es igual que yo. Por eso se llamó a sí mismo el peor pecador. Así que es normal seguir siendo pecador aunque crea en Jesús».

¿Deberían estos cristianos interpretar la Biblia por su cuenta pensando lo siguiente? «Pablo dijo que no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. ¿Qué está diciendo? ¿Quiere decir que no hay más pecados? Estoy confundido. Supongo que significa que no hay más pecados ni más juicio. Eso es lo que significa. El Apóstol Pablo era un pecador, pero Dios consideró que estaba sin pecados porque creía en Jesús. Esto es lo que significa. ¡Aleluya! Creo en Ti y te alabo, Señor». Si seguimos esa lógica, podemos concluir que Dios considera justos a los pecadores solo porque crean en Jesús. Esta noción viene de la Doctrina de la Justificación.

¿Por qué hay tantos cristianos que interpretan la Palabra de Dios con esta noción tan incorrecta? Malinterpretan este pasaje porque hasta el capítulo 7 lo que Pablo dice parece encajar con sus sentimientos. Así que cuando leen que Pablo dice: «Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí» (Romanos 7, 21) . Ellos piensan: «Si un hombre de tanta fe como el Apóstol Pablo sufría así, entonces soy como él. Esto significa que no hay nada malo en lo que creo. ¡Aleluya! ¡Amén!». Entonces leen lo que Pablo dice en el capítulo 8: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8, 1-2). Entonces piensan: «Así que Dios me ha hecho libre. Pero, ¿qué es la ley del Espíritu entonces?».

Mis queridos hermanos, no podíamos evitar ser arrojados al infierno por nuestros pecados. Pero Dios nos dio la Ley para que nos diésemos cuenta de nuestros pecados. Bajo Su Ley no hay nadie que no sea condenado. Esta es la ley del pecado y la muerte. Sin embargo, como Dios nos amó, envió a Jesucristo para que nuestro Señor nos diese vida eterna a través de la ley del Espíritu de la vida y así nos devolviese a la vida. Y Cristo tomó todas nuestras iniquidades y fue condenado por todos nuestros pecados para cumplir lo que pedía la Ley, que era la muerte de todos los pecadores como precio del pecado. Así es como Dios nos salvó perfectamente. En otras palabras, la ley del Espíritu de la vida, la ley que Dios estableció para hacernos justos y para que vivamos para siempre como hijos Suyos, nos ha salvado perfectamente.

¿Por qué recibimos la Ley? Dios nos dio la Ley para que nos diésemos cuenta de nuestros pecados. Adán y Eva obedecieron los mandamientos de Dios al principio, pero Satanás los engañó. Hizo que no pudiesen creer en Dios. De la misma manera en que Satanás hizo que nuestros antecesores no pudiesen creer, también hizo que cayésemos en el pecado, sin poder creer en Dios, nos empujó hacia la incredulidad, y nos hizo levantarnos contra Dios. Al ser engañados por la tentación de Satanás, nos convertimos en los siervos del Diablo, esclavizados por el pecado y la muerte, pero entonces Dios estableció una nueva ley para salvarnos. Estableció la ley de la salvación. Esta ley nos dio nueva vida. Al ver la caída del hombre, Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo consultaron entre sí para enviar al Hijo y hacer que pagase la deuda del pecado. Por eso Dios Padre envió a Jesucristo. Al pasar todos los pecados a Su Hijo, Dios Padre hizo que el Hijo cargase con toda la condena, y al resucitarlo, el Padre permitió que todo el que cree en Su Hijo reciba una vida nueva. Y nosotros hemos recibido esta salvación por fe. ¿Lo entienden?

La Biblia dice: «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8, 3-4). Nuestra carne no puede seguir la Ley. Aunque la Ley nos pide que amemos a nuestro prójimo y honremos a Dios, si pasamos suficiente hambre, nos olvidamos de Dios y nuestro prójimo.

Pasemos a la Biblia de nuevo, pero esta vez a Gálatas 2, 19-21: «Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo».



Nuestro Dios acabó con todos los castigos por nuestros pecados en la Cruz


Dios nos está diciendo que nos ha salvado del pecado y que no tenemos ningún pecado. Nos está diciendo que, aunque éramos pecadores originalmente, ahora no tenemos más pecados, y que hemos sido salvados. Nos está diciendo que estamos sin pecado completamente. ¿Aceptan esto, mis queridos hermanos? ¿Lo aceptan en sus corazones?

¡Llenen las tinajas de agua! ¿Han llenado sus corazones con la Palabra de Dios? ¿Han desaparecido por completo sus pecados? ¿Están sin pecados ahora? Sí, están sin pecados. ¿Creen en esto de todo corazón? ¡Amén! El Señor se ha convertido en nuestro Salvador. ¿Creen en esto de todo corazón? Estamos salvados cuando creemos completamente en lo que nuestro Señor ha hecho por nosotros. Entonces nos regocijamos. Además, cuando aceptamos completamente esta salvación de Dios y la llenamos hasta rebosar, cuando creemos al cien por cien, Dios nos da el don del Cielo.

Nuestro Dios nos está diciendo que llenemos las tinajas de agua. Nos está diciendo que aceptemos Su salvación y creamos en ella completamente. Dios nos está asegurando que nos ha dado vida eterna a todos los que creemos en Su salvación. Los que creen en la Palabra de Verdad han obtenido la vida eterna. ¿Creemos todos los que estamos aquí presentes sin excepción? Hermano Joong-hee Yoon, ¿crees? Espero y oro que todos y cada uno de los que estamos aquí reunidos creamos en la Palabra de Dios completamente.

¿Han llenado las tinajas hasta rebosar? ¡Amén! Dios ha eliminado todos nuestros pecados, y a través de Sus siervos nuestro Señor ha llenado nuestros corazones hasta rebosar con esta Verdad. Doy gracias a Dios por eso. Doy gracias a nuestro Señor por salvarnos de todos nuestros pecados.