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[3-20] < 1 Juan 3:1-10 > ¿Qué significa cuando la Biblia dice que quien vive en Dios no peca?



< 1 Juan 3:1-10 >

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”.



El Apóstol Juan dijo en 1 Juan 3:1: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. ¿Saben qué tipo de amor Dios Padre nos ha dado a los que seremos llamados hijos Suyos? Es muy importante que todos nosotros sepamos qué tipo de amor Dios nos ha dado para hacernos hijos Suyos. Dios nos ha hecho hijos Suyos al dejarnos sin pecados a través de Jesucristo. Al entregar a Su Hijo por nosotros, Dios Padre pasó todos nuestros pecados a este Hijo y dejar que cargase con nuestros pecados en nuestro nombre. Y al resucitar a Su hijo, Dios Padre nos ha hecho Sus propios hijos. Este es el tipo de amor que Dios nos ha dado. Dios entregó a Su propio Hijo para que fuésemos llamados hijos Suyos. Por eso el Apóstol Juan está exclamando el amor de Dios. Solo escuchar que Dios nos ama puede no ser suficiente para que podamos apreciar verdaderamente lo grande que es el amor de Dios, pero cuando pensamos en el hecho de que Dios Padre nos ha hecho hijos Suyos al entregar a Su único Hijo, podemos empezar a apreciar lo ilimitado que es el amor de Dios. 



¿Puede alguien hacer lo que ha hecho Dios?


Ningún ser humano ama a otro ser humano tanto como Dios nos ama, y ningún ser humano es capaz de practicar este tipo de amor. Hace 60 años, cuando empezó la Guerra de Corea, cierto pastor llamado Rev. Sohn, que trabajó en una provincia del Sur de Corea, vio cómo sus dos hijos eran asesinados a sangre fría por las guerrillas comunistas. Los dos hijos fueron asesinados por ser cristianos. Pero, a pesar de esto, en vez de vengarse, el Pastor Sohn adoptó a uno de los asesinos y lo llevó a su casa. Esta fue una demostración increíble de amor. ¿Creen que alguno de ustedes podría hacer algo así? ¿Podrían adoptar al asesino de su hijo, aceptarlo en su casa y cuidar de él? Muy pocos de ustedes, si es que hay alguien, pueden hacer esto. Así que, desde nuestra perspectiva humana, el Rev. Sohn se merece mucho respeto por este acto destacado de amor. 

Si hizo esto por el amor de Dios, entonces debemos alabar a Dios aún más; sin embargo, si lo hizo para establecer su propia justicia, entonces no habría nada tan hipócrita que esto. Después de todo, ¿cómo podrían sentarse en la misma mesa con alguien que mató a su hijo y compartir una comida con él como si no hubiese pasado nada? ¿Podrían mirarle a la cara? ¿No querrían agarrarle del cuello y estrangularle en este mismo momento? ¿Cómo podrían tener sentimientos positivos por el hombre que mató a sus dos hijos, especialmente cuando lo hizo porque eran cristianos? 

No sé de ustedes, pero yo no podría hacerlo si no fuese por el amor de Dios. Aunque no estoy seguro de si la razón por la que el Rev. Sohn pudo hacer esto fue el amor de Dios, desde una perspectiva humana, parece ser mejor hombre que yo. ¿Qué tipo de amor nos ha dado Dios Padre para hacernos hijos Suyos? Entregó a Su propio Hijo, Jesús, por nosotros. Dios Padre no solo pasó nuestros pecados a Su Hijo, sino que también hizo que Su Hijo cargase con la condena de nuestros pecados en nuestro lugar al hacer que muriese. Y al resucitar a Su Hijo, Dios nos ha resucitado. Esto, queridos hermanos, es cuánto nos ama Dios Padre. Por este amor maravilloso podemos ser llamados hijos de Dios. 

Creemos que nos hemos convertido en hijos de Dios gracias a la obra de la salvación que nuestro Señor ha hecho por nosotros en este mundo y el amor que Dios Padre nos ha dado, es decir, porque nuestro Señor nos ha salvado a través de la Verdad del agua y el Espíritu. Así que el Apóstol Juan dijo: “Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él” (1 Juan 3:1). Como la gente de este mundo no conoce a Dios, ¿cómo pueden conocernos a nosotros? Al enviar a Su Hijo único, Jesucristo, a este mundo, Dios Padre hizo que cargase con todos nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista. Entonces, Dios Padre dejó que Su Hijo fuese crucificado hasta morir, lo levantó de entre los muertos y así nos dio la vida eterna. Por tanto, si la gente no sabe lo que Dios Padre ha hecho por ellos a través de Su Hijo Jesucristo, entonces estas personas no pueden conocernos a los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu tampoco. 

Como hemos recibido la remisión de los pecados al creer en la justicia de Dios, ¿cómo puede la gente del mundo conocernos? No puede, como lo dicen las Escrituras aquí. De hecho, la gente del mundo no tiene ni idea de quiénes son los creyentes del Evangelio del agua y el Espíritu. ¿Por qué? Esto se debe a que solo nos conocen desde una perspectiva carnal. No pueden reconocer que nos hemos convertido en hijos de Dios porque no saben que Dios Padre ha eliminado todos nuestros pecados a través de Su Hijo Jesús, los ha borrado para siempre, fue condenado por ellos y así nos ha librado de nuestra muerte y juicio. 



¿Quién son los Dios?


Está escrito en 1 Juan 3:2: “Amados, ahora somos hijos de Dios”. ¿Quién son los hijos de Dios? ¿Lo saben? Todos son los creyentes del Evangelio del agua y el Espíritu. Nos hemos vestido del amor de Dios Padre. Al creer en la justicia de Jesucristo, nos hemos convertido en hijos e hijas de Dios. Además, Dios ha asignado ángeles a Sus hijos. Trataré este punto con más detalle en un sermón futuro, pero, por ahora, quiero que presten atención a Mateo 18:10: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos”. Los pequeños aquí se refieren a los que creen en Dios, es decir, a los que han recibido la remisión de los pecados. Y Jesús nos advirtió aquí que no odiásemos a ninguno de ellos. En otras palabras, nadie debería ignorar a los hijos de Dios con desprecio como si no importasen, porque Jesús dijo claramente aquí: “Porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos”. 

Las Escrituras dicen que, cuando vayamos al Reino de los Cielos los ángeles nos servirán como hijos de Dios. Aunque ahora mismo los redimidos estemos viviendo en el mundo, tenemos un ángel asignado a nosotros. Incluso ahora estos ángeles están obrando ante Dios Padre en nuestro nombre. Están informando a Dios Padre de todo lo que está pasando en nuestras vidas, incluyendo a los que les persiguen. Cuando los creyentes del Evangelio del agua y el Espíritu son despreciados, los ángeles asignados a ellos quieren informar de todo a Dios Padre, diciendo: “Señor, estas personas están abusando de nuestros maestros, que son Tus hijos”. 

Somos hijos de Dios porque creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu. Ahora mismo, cuando escuchamos que somos hijos de Dios, quizás no lo comprendamos. Sin embargo, cuando llegue el momento, todos seremos honrados como hijos de Dios. Hoy he visto una película titulada El Día de Mañana en la televisión. Me la encontré por casualidad cuando tomándome un descanso de trabajar en mi manuscrito. No la vi desde el principio, ni terminé la película entera. Solo vi una parte en medio. De todas formas, el argumento de la película se centraba en los cambios climáticos extremos asociados con el calentamiento global. Cuando los polos se derriten ocurren una serie de desastres naturales catastróficos, desde tsunamis masivos a tornados violentos y tormentas de nievo que destruyen ciudades enteras, como precursores de una nueva edad de hielo. 

En un futuro no muy distante, estos desastres ocurrirán en este mundo. Esto no es algo que solo se vea en una película de ciencia ficción, pero es lo que ocurrirá en el mundo. Sin embargo, cuando ocurran estos desastres, habrá una salida para los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, porque se han convertido en hijos de Dios. Cuando el mundo sea destruido, los justos tendrán un lugar donde vivir para siempre con Dios. Tienen un lugar preparado solo para ellos, separados de este planeta tierra. 

Por eso, al decir que los creyentes del Evangelio del agua y el Espíritu son hijos de Dios, el Apóstol Juan también dijo: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:2-3). Aquí, purificarse a uno mismo es purificar el corazón de una persona por fe al meditar sobre el Evangelio del agua y el Espíritu. También está escrito aquí que, aunque no se haya revelado qué seremos, sabemos que cuando el Señor sea revelado, nosotros seremos como Él. ¿Por qué? Porque veremos al Señor tal y como es. Es una bendición maravillosa que nos hayamos convertido en nuevas criaturas. 

Se dice que una cigarra tiene que vivir bajo tierra como ninfas entre cinco y siete años antes de convertirse en cigarras adultas. Cuando llega el momento las ninfas salen de bajo tierra, se mudan de piel una vez más y salen como cigarras adultas. De esta manera, todos los que hemos recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu seremos transformados un día. Aunque nacimos en este mundo a través de nuestros padres de la carne, cuando llegue el momento, seremos transformados e iremos al Reino de los Cielos y viviremos allí para siempre. 

Esto, mis queridos hermanos, no es un cuento de hadas. Las bendiciones de Dios son reales. Desafortunadamente, el problema de muchos cristianos es que aceptan esta Palabra de Dios solo como una creencia religiosa. Creen en el Cielo solo de manera abstracta, no porque tengan ninguna de seguridad de la fe, sino porque es lo que se les enseña que deben creer como tradición. Como resultado, muchos cristianos hoy en día solo tienen una idea abstracta del Cielo. Por el contrario, todos los que nos hemos convertido en hijos de Dios al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu estamos convencidos de que iremos al Reino de los Cielos seguro. Y tenemos la certeza de que veremos a Dios cara a cara de la misma manera en que podemos vernos cara a cara mientras vivimos aquí. Asimismo, sabemos que, cuando entramos en el Reino de Dios, los ángeles nos servirán. Esta no es una creencia cualquiera, sino que es lo que la Palabra de Dios dice que nos ocurrirá. 



¿Quién infringe la ley?


Está escrito en Juan 3:4-5: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él”. Este pasaje nos dice que los que se han convertido en hijos de Dios no cometen pecados. En otras palabras, significa que no abandonamos nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu que nos ha salvado perfectamente. Algunos de ustedes se preguntarán: “La Biblia dice aquí claramente que, quien comete pecados también infringe la ley, y el pecado es infringir la ley. ¿Significa esto que los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu no cometen pecados en la carne?”. La respuesta es ¡no! Aunque creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, todavía tenemos debilidades en la carne, y por eso cometemos pecados en nuestras vidas. Sin embargo, aunque no cometamos pecados en la carne, no cometemos el pecado de rechazar el Evangelio de Dios de la salvación. Por eso la Biblia dice que los hijos de Dios que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu no infringen la ley. Dicho de otra manera, quien crea en este Evangelio del agua y el Espíritu no comete el pecado de infringir la ley de salvación de Dios. 

A través de la obra de salvación cumplida por Su Hijo, Dios Padre nos ha salvado de todos nuestros pecados a los que creemos en esta obra. Ha establecido para nosotros una ley de salvación para librarnos de los pecados del mundo. Esta ley de salvación planeada por Dios Padre fue designada para salvarnos de una vez por todas al hacer que Su Hijo Jesucristo fuese bautizado por Juan el Bautista, dejar que fuese crucificado hasta morir, y se levantase de entre los muertos. Esta era la ley y el método de la salvación establecido por Dios Padre. 

Al creer en Jesús según esta ley de salvación de Dios podemos alcanzar nuestra salvación. Por tanto, como personas que se han convertido en hijos de Dios, no cometemos el pecado de no creer en la justicia de Dios. Por el contrario, creemos que Dios Padre nos ha salvado de todos nuestros pecados a través de la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. Si Dios dice que ha planeado nuestra salvación de esta manera, simplemente creen en esto según Su plan. Por el contrario, los que infringen la ley no creen en el plan de salvación de Dios para salvarnos del pecado, ni en la salvación cumplida por el amor de Dios. 

En otras palabras, el pecado más grave cometido por los que infringen la ley ante Dios consiste en negarse a creer en el plan de salvación de Dios tal y como es. Creen de cualquier manera según nuestros pensamientos es el pecado más grave de todos. Esta es la fe que infringe la ley ante Dios. Quien tenga este tipo de fe está pecando contra Dios. Estas personas están cometiendo el pecado que no les permite ser salvados de todos sus pecados. 

El Señor se reveló a Sí mismo para eliminar nuestros pecados, tal y como está escrito en 1 Juan 3:5: “Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él”. El Apóstol Juan dijo que sabemos que Jesucristo fue manifestado para tomar nuestros pecados. Pero, exactamente, ¿cómo saben esto? ¿Cómo sabemos que Jesucristo nos ha salvado de todos los pecados del mundo? ¿Cómo sabemos que nuestro Señor ha eliminado todos nuestros pecados? Lo sabemos gracias al Evangelio del agua y el Espíritu. Del Evangelio del agua y el Espíritu sabemos que nuestro Señor Dios nos ha salvado perfectamente al venir a este mundo encarnado en un hombre, cargando con todos nuestros pecados a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, ser condenado por ellos y ser crucificado hasta morir y levantarse de entre los muertos. Sabemos que así es cómo el Señor ha revelado el camino de nuestra salvación a nosotros. Al manifestarse a nosotros de esta manera, nuestro Señor se sacrificó para eliminar nuestros pecados. En otras palabras, Jesús reveló Su amor infinito por nosotros al tomar nuestros pecados sobre Sí mismo a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, al ser crucificado hasta morir y levantarse de entre los muertos de nuevo. La verdad de que el Señor se ha convertido en nuestro Salvador manifiesta el amor de Dios. 

Así es como conocemos el amor del Señor. Por eso creemos en Jesucristo exactamente según la obra de salvación que ha hecho por nosotros. Y así es como hemos alcanzado nuestra salvación por fe. Por desgracia, muchas personas no creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, aunque lo conozcan. Todos debemos creer exactamente en la Palabra de Dios de que el Señor cargó con nuestros pecados para siempre al ser bautizado por Juan el Bautista en este mundo para eliminar nuestros pecados. Todos los que no creen en esta Verdad de la salvación exactamente como dicen las Escrituras está pecando contra Dios e infringiendo la ley ante Dios. 

En Mateo 7:23 el Señor dijo que declararía ante esta gente terca: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”. Por tanto, infringir la ley a los ojos de Dios constituye el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Infringir la ley de salvación a través de la que Dios nos ha librado es el pecado más grave, el pecado que lleva al infierno. Mientras que los demás pecados pueden ser redimidos, el pecado de infringir la ley no puede ser redimido. Si alguien infringe la ley de salvación establecida por Dios por ignorancia, esta persona todavía puede tener la oportunidad de ser salvada; sin embargo, si alguien infringe la ley de salvación a pesar de conocerla y se niega a creer en ella, esta persona está infringiendo la ley. No hay duda de que el Señor vino a este mundo a salvarnos. Tampoco hay duda de que el Señor cargó con nuestros pecados al ser bautizado o de que manifestó esto a toda la humanidad. Y el Señor también nos ha revelado que cargó con todos los pecados del mundo hasta la Cruz, fue condenado por ellos al ser crucificado hasta morir y se levantó de entre los muertos. Si la gente no cree en la ley de salvación a pesar de todas estas verdades, entonces serán condenados sin excepción. Por eso no debemos permitirnos infringir la ley al negarnos a creer en la ley de salvación de Dios. 

Mis queridos hermanos, Dios no tiene pecados, como dice la Biblia: “No hay pecado en él” (1 Juan 3:5). Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no tienen ningún pecado. Dios no miente ni comete ninguna transgresión. Está completamente sin pecados y es perfecto en todo. Pero, algunas personas, en sus pensamientos humanos, hacen todo tipo de especulaciones ridículas contra Jesús, diciendo, por ejemplo, que Jesús tuvo una relación física con María Magdalena y que tuvieron un hijo ilegítimo sin estar casados. Esta es una mentira absurda que difama a Dios y es completamente falso. La gente habla de estas ideas absurdas porque no tienen ni idea de quién es Jesús. Ven a Jesús, que es divino, como un mero mortal. Jesús es Dios. Es el Creador. Es nuestro Creador que creó todo lo que hay en el mundo y nos dio vida. Es el que hizo todas las estrellas en el universo. Pero, la gente lo despreciaba pensando que era simplemente un hombre falible. Estas personas están cometiendo el pecado grave de blasfemia contra Dios. 

El presidente de su país es el presidente piensen lo que piensen de él. Aunque no les gusto, sigue siendo el presidente. Es el líder de su país, y tienen que reconocerle como tal, aunque no les guste. De una manera similar, Dios no es menos divino porque piensen que lo es. En vez de negarse a reconocer Su divinidad, deben reconocer a Dios como Dios. Las Escrituras dicen que en Dios no hay pecado. No tiene ningún pecado. Por eso precisamente podemos recibir la remisión de los pecados de este Dios perfecto, y cuando lo hacemos, somos hijos Suyos. 

Solo cuando estamos sin pecados podemos convertirnos en hijos de Dios; quien tenga pecados no puede convertirse en hijo de Dios. Por tanto, es absolutamente indispensable que todos estemos sin pecados en primer lugar. Al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu exactamente como la ley de salvación establecida por Dios, debemos recibir primero la remisión de los pecados y después estar sin pecados. Solo entonces podemos convertirnos en hijos de Dios. Por eso el Apóstol Juan dijo en el versículo 6: “Todo aquel que permanece en él, no peca”, lo que significa que los creyentes del Evangelio del agua y el Espíritu están sin pecados. 

En nuestros pensamientos carnales, es difícil imaginar cómo no se puede pecar. Después de todo, todo el mundo comete pecados como seres humanos falibles. Sin embargo, los que han entrado en Jesús por fe no pecan. ¿Qué tipo de pecados cometen entonces? No cometen el pecado de negar la obra de salvación del Señor diciendo: “El Señor no ha eliminado todos nuestros pecados. No ha eliminado todos los pecados para siempre con Su bautismo y sangre en la Cruz. Mientras que eliminó su pecado original, en cuanto a nuestros pecados personales, podemos recibir el perdón solo si confesamos y ofrecemos oraciones de arrepentimiento cuando los cometemos”. 

Como dicen las Escrituras, quien vive en el Señor no comete el pecado de no creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Todos los que permanecen en Jesús por fe creen que el Señor ha eliminado todos nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu, que ha erradicado todos y cada uno de nuestros pecados con el amor y la justicia de Dios. En resumen, no negamos lo que el Señor ha hecho para nosotros. En realidad, creemos en todo lo Jesús ha hecho para librarnos de nuestros pecados. Por eso el Apóstol Juan dijo: “Todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:6). Cuando tanta gente ni siquiera cree que el Señor ha eliminado todos sus pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu, ¿cómo podría no cometer pecados? 

Mientras que los que permanecen en Jesús pueden pecar en su carne, no cometen pecados en sus espíritus. Nunca pueden estar de acuerdo de cualquier afirmación que niegue que el Señor es el Salvador. Por el contrario, los que no están viviendo en Jesús pueden decir: “El Señor nos ha salvado al venir al mundo y morir en la Cruz. Así, podemos ser redimidos de todos nuestros pecados pasados si creemos en Jesús, pero, cuando se trata de nuestros pecados diarios que cometemos desde entonces, tenemos que ser perdonados al ofrecer oraciones de penitencia todos los días”. Nunca podemos estar de acuerdo con estas afirmaciones absurdas. Son afirmaciones falsas. Solo estamos de acuerdo con la Verdadera de la salvación que proclama que el Señor cargó con todos nuestros pecados cuando fue bautizado por Juan el Bautista, que fue crucificado hasta morir, que se levantó de entre los muertos y que se ha convertido en nuestro Salvador. De esta manera, estamos de acuerdo solo con la Palabra de Dios y no estamos de acuerdo con cualquier afirmación que no esté basada en la Biblia, porque estas falsas afirmaciones las hacen los pecadores que no han visto al Señor ni lo conocen, como dice la Biblia: “Todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:6). 



¿Por qué hay tanta gente que no puede recibir la remisión de los pecados?


Porque no saben que Jesucristo les ha salvado al cargar con sus pecados a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, morir en la Cruz y levantarse de entre los muertos. Las Escrituras dicen que la fe viene de escuchar y escuchar de la Palabra de Dios. Por tanto, podemos entender la Palabra de Dios correctamente solo si la escuchamos correctamente, y podemos creer en la Palabra de Dios correctamente solo si la conocemos correctamente. Así es como podemos tener la fe correcta. La fe no consiste en creer a ciegas, sino que se basa en el conocimiento del hecho de que el Señor cargó con nuestros pecados al ser bautizado, como Jesús dijo: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Y también, al darse cuenta de que el Señor tomó todos los pecados del mundo y los llevó a la Cruz para pagar su condena al ser crucificado hasta morir, estamos completamente salvados de todos nuestros pecados. 

Esta es la Verdad de la salvación que nos revela que el Señor se ha convertido en nuestro Salvador, y con este conocimiento claro de la Verdad creemos en Jesús. Alcanzamos nuestra salvación al creer que esta Verdad nos ha liberado. Por tanto, no debemos creer hasta que alcancemos un conocimiento claro de la Verdad. Si tienen alguna pregunta en su mente, deben resolverla o seguir preguntando hasta que esté resuelta. Deben preguntarse por qué el Señor tuvo que hacer lo que hizo. Quien no haya recibido la remisión de los pecados todavía es alguien que no conoce el Evangelio del agua y el Espíritu. Estas personas no conocen a Dios. No conocen lo mucho que Dios les ama. No se dan cuenta de que Dios Padre los amó tanto que envió a Su único Hijo a este mundo. Tampoco saben que el único Hijo de Dios cargó con todos sus pecados al ser bautizado por Juan el Bautista, y que fue condenado por sus pecados al ser crucificado hasta la muerte. 

Por tanto, estas personas no han alcanzado su salvación todavía. Solo una persona que conoce la Verdad de la salvación puede ser salvada por fe. Esto significa, crucialmente, que la salvación no la alcanza cualquier persona por confesar creer en Jesús, sino solo por los que tienen el conocimiento correcto de Jesús, los que entienden el verdadero Evangelio de salvación y creen de todo corazón en este Evangelio. 

Cuando pasamos a Mateo 20 vemos la parábola de Jesús acerca de los trabajadores de la viña. En esta parábola, Jesús dijo que un propietario de una tierra contrató a trabajadores para su viña a diferentes horas del día, algunos pronto por la mañana y otros en la tercera, sexta, novena y décimo primera hora. Al final del día, el propietario le dio a cada obrero un denario a cada uno. Así que los trabajadores que habían sido contratados antes se quejaron diciendo: “Vinimos aquí antes y hemos trabajado mucho más que estos últimos trabajadores, ¿por qué nos estás pagando el mismo sueldo?”. El propietario dijo: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?” (Mateo 20:13-15). 

Aunque algunas personas en la Iglesia de Dios creyeron en el Evangelio del agua y el Espíritu en cuanto lo escucharon y llegaron a su salvación enseguida, hay algunos entre nosotros que tardaron un poco más antes de darse cuenta del Evangelio del agua y el Espíritu y creer en él. En otras palabras, hay muchas personas que no entienden el Evangelio del agua y el Espíritu enseguida porque solo lo han escuchado un par de veces, así que necesitan escuchar el Evangelio una y otra vez durante mucho tiempo antes de alcanzar su salvación. Muchas personas no se dan cuenta hasta más adelante de exactamente cómo Dios Padre los ha salvado y nos ha dejado sin pecados, es decir, pueden tardar mucho tiempo en entender claramente que Dios Padre les ha librado de todos sus pecados al enviar a Su único Hijo a este mundo, hacerle cargar con todos los pecados del mundo a través de Su bautismo, dejar que fuese crucificado hasta morir y resucitase de entre los muertos. Así, muchas personas no reciben la remisión de los pecados hasta más tarde, cuando se dan cuenta de la Verdad de la salvación por fin. 

Sin embargo, sin importar cuándo lleguen a este conocimiento, todos los que conocen a Dios Padre y a Su Hijo Jesucristo saben sin duda lo que el Señor ha hecho por ellos y así es como son salvados. Los que siguen ignorando esta salvación no pueden ser salvados. Por eso precisamente nuestro ministerio literario es tan importante para que nosotros prediquemos el Evangelio a todos los que no han sido salvados. Es absolutamente crítico que sigamos publicando nuestros libros sobre el Evangelio para explicar el verdadero Evangelio de la salvación una y otra vez, para que quien lea nuestros libros pueda entender esta Verdad de salvación. 



El aprendizaje verdadero requiere instrucción repetitiva


Debemos predicar el Evangelio del agua y el Espíritu continuamente hasta que todo el mundo lo entienda y crea en él. Esto es lo que significa la educación cristiana. Predicar la Palabra de Dios no acaba con uno de nuestros sermones, sino que debe hacerse repetidamente hasta que los que nos escuchan entiendan la Palabra. ¿Qué hay de ustedes? ¿Conocen la justicia del Señor? ¿Conocen el amor de Dios Padre? ¿Creen en este amor? ¿Creen que nuestro Señor Dios nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu como todo el que dice que cree también? 

El Apóstol Juan dijo en el versículo 7: “Hijitos, nadie os engañe”. Ser engañado es estar confundido. Es estar envuelto en una nube de incertidumbre y opacidad, sin claridad ni transparencia. Así, cuando la Biblia nos dice que no debemos dejarnos engañar, nos está diciendo que debemos tener un conocimiento claro y sin error de la Verdad de salvación. Algunas personas dicen que, mientras que la salvación se alcanza mediante el Evangelio del agua y el Espíritu, nadie puede ser salvado simplemente al creer en la sangre derramada en la Cruz. Esto, mis queridos hermanos, es absolutamente falso. Solo a través del Evangelio del agua y el Espíritu el Señor nos ha salvado. 

Por tanto, quien no crea en el Evangelio del agua y el Espíritu está llevando una vida falsa de fe en vez de la verdadera fe aprobada por Dios. Por supuesto, el problema es que hay muchos falsos profetas en este mundo que engañan a multitud de personas al invocar la Palabra de Dios. Este mundo está lleno de cristianos que confiesan creer en Jesús, pero muchos de ellos no son más que charlatanes mentirosos. Todos están viviendo una vida meramente religiosa en vez de una vida de fe verdadera. Creen en un Jesús que se han inventado, diciendo que han alcanzado la salvación por su cuenta. Estas personas no saben quién es Dios realmente. No tienen ni idea de quién es Jesús. No saben lo que Jesús ha hecho por ellos. Por eso se han convertido en mentirosos. 

Hoy en día, muchos cristianos con una fe equivocada hacen mucho trabajo de voluntarios evangelizando a los menos afortunados. Aunque parezca que hacen algo que merece ser elogiado, esto es simplemente engañoso. Esto se debe a que estos cristianos confusos están hablando a otros acerca de Jesús, aunque no lo conocen. Para decirlo de forma clara, están cometiendo fraude espiritual. Están predicando a otros algo que ellos no entienden completamente. Todo lo que están haciendo es confundir a muchas más personas. Esto hace mucho daño porque, no solo se están engañando a sí mismos, sino también a otras personas. 

Al haberse convertido en esclavos del Diablo, están plantado hectáreas de taras. Sería mejor que dejasen en paz a los que no creen, ya que entonces podrían escuchar el verdadero Evangelio, creer en él y ser salvados. En primer lugar, las taras pueden crecer similares al trigo, pero cuando han crecido por completo, no tienen ningún grano o fruto. No tendrán nada que ofrecer más que paja seca. No producen semillas comestibles. El grano comestible como el arroz, la cebada y el trigo solo pueden salir de una semilla buena. El grano es lo que es comestible, no las taras secas del campo. Por eso el Apóstol Juan dijo: “Hijitos, nadie os engañe”. Algunos farsantes dicen creer en el Evangelio del agua y el Espíritu como nosotros, pero entonces se revelan a sí mismos y empiezan a atormentar y odiar a los santos. 

¿Cómo podemos distinguir a las taras? Está escrito en el versículo 7: “El que hace justicia es justo, como él es justo”. Dicho de otra manera, los que han recibido la remisión de los pecados hacen la obra justa de Dios. Hacen lo correcto, complacen a Dios y benefician a los demás. En otras palabras, sirven al Evangelio. Por el contrario, las taras no hacen la obra justa de Dios, aunque digan creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, y estas personas no son hijos de Dios. 

El Señor dijo que un árbol se conoce por sus frutos y no al revés. Esto significa que podemos distinguir si alguien es un verdadero hijo de Dios o no al ver cómo camina esta persona, qué fruto produce y qué busca. De la misma manera en que el Señor nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu al cumplir la obra justa de la salvación por nosotros, los justos servimos al Evangelio. Nos ofrecemos para servir al Evangelio; estamos unidos según la orden espiritual en la Iglesia de Dios; y, en vez de odiarnos los unos a los otros, nos entendemos y cuidamos los unos de los otros. Debemos juntar nuestros esfuerzos y hacer todo lo posible por servir al Señor. Esta gente son los hijos de Dios. 

El Apóstol Juan dijo: “El que practica el pecado es del diablo”. Los que aman al mundo, buscan las cosas del mundo, pero detestan a quien sirve al Evangelio de la justicia de Dios, niegan la unidad de la Iglesia de Dios y blasfeman su obra. Son del Diablo. Las Escrituras siguen diciendo: “Porque el diablo peca desde el principio”. El Diablo es un pecador. El Diablo ha pecado desde el principio al levantarse contra Dios, y los que son del Diablo también son enemigos del Diablo intentando evitar que no hagamos la obra que complace a Dios. Al mirar estas cosas podemos distinguir a los hijos de Dios. 

¿Cómo podemos saber de verdad si una persona cree en el Evangelio o no, aunque confiese creer en el Evangelio del agua y el Espíritu? Después de todo, todo lo que tenemos es la palabra de una persona que se esconde detrás de su computadora. Esta persona podría simplemente confesar su fe sin creer de todo corazón. El Señor nos está enseñando a que podemos saberlo por el fruto. En otras palabras, podemos distinguir si alguien es hijo de Dios o no observando cómo camina esta persona. ¿Es esta persona alguien que vive en la Iglesia? ¿Ha unido esta persona su corazón con la Iglesia? ¿Ha hecho servir al Señor su meta en la vida? ¿Está viviendo por este objetivo? ¿Está llena de gozo cuando la obra del Señor florece y triste cuando se queda estancada? Estas preguntas nos permiten saber quién son los hijos de Dios. Incluso en los días del Apóstol Juan había muchos profetas sentados en la Iglesia. Podemos ver en 1 Juan que había muchos mentirosos y farsantes en aquellos días. 

Como está escrito en 1 Juan 2, estos mentirosos se fueron de entre nosotros porque no eran como nosotros. Las Escrituras dicen que el Señor, el Hijo de Dios, fue manifestado para destruir las obras del Diablo. Esto significa que Jesucristo vino a este mundo para salvarnos de todos los pecados que destruyen nuestras almas, matan nuestras vidas y hacen que nuestra carne esté maldita, haciéndonos sufrir y enviándonos al infierno. Por nuestros pecados somos arrojados al infierno, somos destruidos y sufrimos. Pero el Señor cargó con todos estos pecados en Su propio cuerpo como nuestra redención. Cargó con todos nuestros pecados al ser bautizados, y fue condenado por todos estos pecados al ser crucificado. Así es como el Señor nos ha salvado. 

Para destruir las obras del Diablo el Señor vino a este mundo. Y el Señor ha destruido las obras del Diablo con el agua y el Espíritu. Por eso el Señor dijo en la Cruz: “Está acabado”. Como nuestro Señor destruyó las obras del Diablo completamente, Satanás no puede hacernos nada mientras creamos en esta Verdad de la salvación. Si, por otro lado, nos negamos a creer en esta Verdad, como la cumplió el Señor, el Diablo seguirá atormentándonos. 

¿Creen que al Diablo le importan los que le pertenecen a él y le escuchan con obediencia? No, por supuesto que no. Satanás se está aprovechando de ellos, y cuando ya no le sirven de nada, los abandona y los destruye. El Diablo vino para robarles todo, matarlos y destruirlos. Así que es muy importante que se den cuenta de que si alguien está floreciendo, aunque pertenezca al Diablo, esta persona no seguirá prosperando. Al final, todas estas personas se arruinarán, y por eso deben arrepentirse de ir por el mal camino que lleva a la destrucción. 

Está escrito en 1 Juan 3:9: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado.” Como dicen las Escrituras, quien haya nacido de Dios no comete pecados. El Apóstol Juan dice esto repetidamente, haciendo énfasis en que los que nacen de Dios no pecan. ¿Quién nace de Dios entonces? Los verdaderos creyentes del Evangelio del agua y el Espíritu. ¿Cometen pecados estos creyentes? Aunque tengan pecados en su carne, en su espíritu no cometen pecados. En otras palabras, no niegan la Verdad de la salvación de que el Señor ha borrado todos nuestros pecados. ¿Podría cualquier creyente del Evangelio del agua y el Espíritu negar esta Verdad? No, por supuesto que no. Aunque hayamos ido por el mal camino muchas veces, cuando se trata de la Verdad de la salvación, ninguno de nosotros puede negar que el Señor ha eliminado todos nuestros pecados. 

Después de todo, ¿no nos ha salvado través del Evangelio del agua y el Espíritu? Si esto es cierto, ¿cómo podríamos decir que el Señor no ha eliminado nuestros pecados? Pero, mientras viven sus vidas de fe, a veces se quedan decepcionados por sus debilidades y fallos y empiezan a preguntarse si han sido salvados verdaderamente. Cuando tengan estas dudas, deben reafirmar su fe en que el Señor cargó con sus pecados cuando fue bautizado por Juan el Bautista, afirmando: “El Señor cargó con mis pecados y todos los pecados de este mundo a través de Su bautismo. Cargó con todos y cada uno de mis pecados cuando fue bautizado. Así que, aunque tengo muchas debilidades, no tengo pecados, porque creo en esta Verdad de salvación”. Cuando renuevan su fe así son librados de sus pecados que cometen en su carne. 

Mis queridos hermanos, el Señor nos ha convertido en la luz del mundo. Gracias al Señor nos hemos convertido en la luz, no por nuestros propios esfuerzos, porque esto es imposible por nuestra cuenta. El Señor es quien nos ha convertido en la luz. Por eso, no podemos pecar a los ojos de Dios porque Su semilla permanece en nosotros. Como esta Palabra de Dios permanece en nuestros corazones, es decir, como la Palabra justa del Evangelio del agua y el Espíritu de Dios está plantada en nuestros corazones, no podemos pecar. No podemos pecar porque hemos nacido de Dios. Esto se aplica a todo el que ha nacido de Dios. 

Quiero leer el versículo 10 antes de terminar mi sermón. Está escrito en 1 Juan 3:10: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo”. ¿Cómo se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del Diablo? Los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, los que viven por este Evangelio de Dios, y los que obedecen este Evangelio, nacen de Dios y son manifestados como Sus hijos. Por el contrario, los que aman al mundo tanto acaban yendo al mundo, aunque dicen creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, no son manifestados como hijos de Dios. 

Mientras que algunos de nosotros nos desviamos de vez en cuando sucumbiendo a las tentaciones y debilidades, al final, no podemos mantener nuestras vidas si no hacemos la obra justa de Dios. Los justos no pueden vivir sin escuchar la Palabra de Dios. Esto es simplemente imposible. El Apóstol Juan dice aquí en 1 Juan 3:10: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”. Como las Escrituras dicen, quien, a pesar de decir haber recibido la remisión de los pecados, no practica la justicia, no ama a sus hermanos y hermanas, y tiene rencor contra ellos con odio, no es de Dios. Los que son de Dios aman a todos los miembros de la Iglesia de Dios como sus hermanos y hermanas espirituales, y siguen trabajando duro para predicar el Evangelio. Como estoy predicando la Palabra de Dios, no puedo dejar de repetirles esto cuando tengo la oportunidad. Esto es lo que significa practicar la justicia. Por eso estamos predicando la justicia de Dios de toda manera posible, a través de nuestro testimonio y nuestros libros de sermones. Y estamos haciendo esta obra justa en unidad. 

Al leer 1 Juan podemos entender quién pertenece al Diablo y por supuesto quién peca ante Dios. Podemos diferenciar a estas personas, aunque no digan nada, porque son conocidas por sus frutos. Quien solo se preocupe de sí mismo no quiere nada más que una iglesia más extravagante para sí mismo, piensa que los santos son sus esclavos, se enriquece por cualquier medio y busca dominar a la congregación, esta persona no es de Dios. Incluso en la Iglesia de Dios, encontramos personas que se aprovechan de su autoridad sobre los santos nacidos de nuevo y los explotan para su beneficio. 

Sorprendentemente, hay muchas personas así. Por ejemplo, consideren a Jinhee Lee. Lee intentó mandar y explotar a los obreros de la Iglesia y a sus miembros, pensando que eran sus herramientas. Prefirió que la congregación le diese ofrendas a él en vez de dejarlas en la caja de ofrendas. Aunque era un ministro, ni siquiera pagaba el diezmo. Mientras que muchos santos dan el diezmo individualmente, cada iglesia ofrece su diezmo al fondo de la New Life Mission para costear las actividades de predicación del Evangelio. Pero, allá donde iba Lee, ni siquiera hacía esta contribución. 

Mientras que la New Life Mission tiene unas finanzas completamente transparentes, Lee no era transparente. Al principio le dimos el beneficio de la duda y pensamos que simplemente era olvidadizo o estaba muy ocupado, pero pronto su comportamiento se convirtió en su rutina. Al contrario que todos los demás ministros que se aseguraban de que sus finanzas fueran transparentes, Lee no nos informaba de su situación económica hasta que teníamos que exigírselo, y aun así no duraba mucho. El problema no era la cantidad de dinero, sino que era una cuestión de principio. Intentamos advertirle muchas veces y esperamos pacientemente a que cambiase, pero se negó a escucharnos. 

No estoy hablando de Lee aquí porque le tenga rencor personalmente. Estoy utilizando este ejemplo para mostrarles que algunas personas en la Iglesia intentan ejercer autoridad sobre los santos, aunque digan creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Así es como se comportan los que no practican la justicia ni sirven al Evangelio. Así que, podemos diferenciar a los hijos de Dios de los del Diablo al ver cómo se comportan. Consideren a alguien que no ama a sus hermanos y hermanas y odia al pueblo de Dios. ¿Es esta persona de Dios o del Diablo? Esta persona pertenece claramente al Diablo. ¿Ha sido esta persona salvada de todos sus pecados o todavía tiene que ser salvada? No ha sido salvada todavía. ¿Es esta persona luz u oscuridad? Todavía no se ha convertido en luz, porque el Espíritu Santo no está en ella, porque todavía es oscuridad. 

En el momento en que el Apóstol Juan escribió sus epístolas, estaba trabajando en la Iglesia de Dios. Según la tradición oral, al final de la vida del Apóstol Juan, estaba tan frágil en su edad avanzada que no podía predicar de pie. Así que los miembros de la Iglesia lo llevaban al púlpito en una camina y allí predicaba tumbado. No hablaba mucho, simplemente le decía a la congregación que se amasen los unos a los otros. Eso era todo. Todo lo que decía en su sermón era que todos debían amarse los unos a los otros, que se animasen y viviesen por la justicia de Dios y predicasen el Evangelio. La congregación entendía el mensaje del Apóstol Juan y vivía su fe como él les enseñaba y advertía. 

Solo después de la muerte de este Juan los falsos profetas farsantes que pertenecían a Satanás entraron en la Iglesia y empezaron a corromper la Palabra de Dios con las cosas del mundo, mientras confiesan y fingen creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Como resultado, de esta decepción los incrédulos empezaron a ser más que los verdaderos creyentes y estos falsos creyentes acabaron usurpando a la Iglesia. Aunque decían predicar la Palabra de Dios, estaban predicando una versión corrupta de ella en vez del puro Evangelio del agua y el Espíritu. Al final, estos falsos profetas borraron el Evangelio del agua y el Espíritu de manera en que se convirtió en una memoria distante, considerándolo demasiado elemental. En su lugar, empezaron a predicar solo la justicia del hombre. Esto es lo que llevó al cristianismo a degenerar en el estado deplorable en el que se encuentra hoy. 

Mis queridos hermanos, considero que es la obra especial de hoy que hoy creamos en el Evangelio del agua y el Espíritu y estemos predicando este Evangelio a las naciones del mundo. ¿Piensan así ustedes también? Es un milagro. Creemos en el mismo Evangelio que predicó la Iglesia Primitiva y ahora estamos predicando este Evangelio por todo el mundo. Nuestra Iglesia es la mayor iglesia del mundo. Aunque seamos pocos, la calidad no tiene par. ¿Pueden pensar en alguna iglesia en este mundo que haya convertido a tanta gente en hijos de Dios al escuchar el Evangelio y creer en él de todo corazón? ¿Hay alguna otra iglesia llena de tantos santos redimidos que hayan recibido el perdón de los pecados? No, por supuesto que no. De hecho, sabemos que nuestra Iglesia es una obra maravillosa de Dios y un milagro maravilloso. 

Hoy hemos aprendido de las Escrituras a cómo distinguir a los hijos de Dios de los hijos del Diablo. Podemos discernir de esta manera si escuchamos y aceptamos la Palabra de Dios. Cuando conocemos la Verdad, estamos libres para vivir una vida justa y recibir la bendición de Dios. ¡Le doy todas las gracias a nuestro Señor por salvarnos a todos!