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[3-26] < Juan 3, 1-15 > ¿Cuál es el significado original de nacer de nuevo?



< Juan 3, 1-15 >

«Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». 



¿Cuál es el significado bíblico de nacer de nuevo?


Hay mucha gente en este mundo que intenta nacer de nuevo al creer en Jesús. Pero, déjenme que aclare primero que nacer de nuevo como se dice en la Biblia no depende del trabajo propio. Muchos cristianos tienen la idea equivocada de lo que significa ser salvado y nacer de nuevo. Estos cristianos equivocados piensan que hay ciertos requisitos que deben reunirse para nacer de nuevo. Por ejemplo, algunos piensan que para nacer de nuevo tienen que pasar su vida entera para plantar tantas iglesias como sea posible; otros piensan que tienen que irse al extranjero de misioneros y dedicar su vida a guiar a las naciones a creer en Jesucristo; y otros piensan que nacerán de nuevo si dedican sus vidas a la obra de Dios sin ni siquiera casarse. Hay muchos cristianos que piensan así hoy en día. 

Los ejemplos que he dado aquí son una pequeña muestra. Los cristianos ordinarios con estos pensamientos dedican sus vidas a sus propias iglesias, ofreciendo posesiones materiales y haciendo todo tipo de trabajos voluntarios. Así que piensan para sí mismos: “Si trabajo así de duro por Dios, me recompensará con la corona de la vida eterna. Me bendecirá para que pueda nacer de nuevo del agua y el Espíritu”. Hay muchas personas laicas que piensan así y trabajan duro por su cuenta par nacer de nuevo. 

Hay otros ejemplos de creencias inútiles de los cristianos de hoy en día, pero es común que todos ellos intenten nacer de nuevo a través de sus esfuerzos. Algunos cristianos dedican sus vidas a organizaciones misioneras y su tiempo y esfuerzo a la causa pensando: “Si sirvo al Señor de esta manera, tarde o temprano me bendecirá para nacer de nuevo”. Algunos pasan la vida entera en un retiro de oración haciendo de voluntarios, algunos sirven en un centro de rehabilitación y otros en una escuela. Aunque muchos cristianos trabajan por Jesús de varias maneras, no hay muchas personas que conozcan la Verdad de nacer de nuevo. Estos cristianos que confían en todos estos actos virtuosos propios piensan que si ponen suficiente esfuerzo nacerán de nuevo. Naturalmente, esta es la razón por la que trabajan tan duro de muchas maneras, pensando que su propio trabajo es la base para nacer de nuevo. 

Estos cristianos confundidos piensan que Dios les permitiría nacer de nuevo como John Wesley. Muchos de ellos han interpretado erróneamente Juan 3, 8, que dice: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu». Así que piensan que nadie sabe cuando se nace de nuevo del agua y el Espíritu, y que si creen en Jesús y le sirven diligentemente, tarde o temprano Dios les permitiría nacer de nuevo del agua y el Espíritu. Hay muchos cristianos que piensan de forma abstracta en creencias equivocadas, “Si sirvo al Señor diligentemente, naceré de nuevo también. Naceré de nuevo sin darme cuenta. Entonces trabajaré para Dios como creyente nacido de nuevo e iré a Su Reino por fin”. 

Pero creer así no es como uno nace de nuevo. Solo por dejar de beber, fumar, convertirse en una buena persona e ir a la iglesia, no significa que vayan a nacer de nuevo. Como dijo nuestro Señor en el pasaje de las Escrituras de hoy, uno nace de nuevo solo si nace de nuevo del agua y el Espíritu, y la condición para esta regeneración es el agua y el Espíritu. 

Cualquier otra cosa que no sea la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu no vale para nada. Aunque muchos cristianos ofrezcan su dinero y esfuerzos al Señor y trabajen duro para emularle, esta no es la fe que les permite nacer de nuevo de verdad. ¿Cómo puede una persona nacer de nuevo a través del oro, la devoción o el martirio? Pero muchos cristianos piensan que esto es posible. Muchos de ellos piensan que nacer de nuevo es algo que nadie puede detectar y por tanto uno puede nacer de nuevo sin darse cuenta. Piensan así porque les hace sentir bien. Sin embargo, cuando uno nace de nuevo, es completamente consciente y los de su alrededor también. 

Aunque no haya señales físicas para mostrar que una persona ha nacido de nuevo, es claramente visible en términos espirituales. Uno nace de nuevo al creer en la Palabra de Dios del agua, la sangre y el Espíritu. Esto se cumple cuando uno nace de nuevo. Sin embargo, como Nicodemo, los que no han nacido de nuevo no pueden entenderlo. Por eso deben escuchar la Palabra de Jesús de la redención de los pecados, la Palabra que permite nacer de nuevo. El bautismo y la sangre de Jesús constituyen la remisión de los pecados que permiten que todo el mundo nazca de nuevo, y cuando escuchen esta Palabra de Dios, deben aprenderla y creer en ella, La Palabra de Dios les permitirá nacer de nuevo. Por tanto, es importante que escuchen esta Palabra de Dios que hace posible que se conviertan en personas nacidas de nuevo. 

Jesús dijo en el pasaje de las Escrituras de hoy: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu». Cuando alguien que no ha nacido de nuevo lee este pasaje en Juan 3, lo interpreta por su cuenta para sentirse bien pensando: “Bueno, la Biblia dice aquí que nadie se da cuenta cuando nace de nuevo. Nadie excepto Dios lo sabe”. Pero eso no es así. Entre los que han nacido de nuevo al creer en la Palabra del Evangelio de la Verdad, hay muchos que no se dan cuenta de esto. Esto es bastante posible. Pero en sus corazones está la Palabra del bautismo de Jesús y Su sangre derramada en la Cruz, es decir, el Evangelio de la redención de los pecados de la humanidad. Los que han nacido de nuevo de verdad no tienen pecados en sus corazones. Pero la Palabra del bautismo y la sangre de Jesús está en sus corazones. Esta es la Palabra que da testimonio de que estas personas han nacido de nuevo. Al haber escuchado el Evangelio del agua y el Espíritu no se dan cuenta de que no tienen más pecados y de que ahora han sido salvados. Y estas personas que creen que la Palabra de Dios del bautismo y la sangre de Jesús ha borrado sus pecados con el agua y el Espíritu se convierten en el pueblo de Dios y en gente justa. 

Sin embargo, cuando se les pregunta a los cristianos de hoy en día si han nacido de nuevo, muchos de ellos dicen que no, pero cuando se les pregunta si han sido salvados se contradicen diciendo que no han sido salvados. Muchos de ellos piensan que haber nacido de nuevo significa que sus vidas han cambiado por fuera, pero esto no es lo que significa nacer de nuevo. Así que estos cristianos no entienden la Palabra del Evangelio de la remisión de los pecados, el Evangelio de la salvación que llama a todo el mundo a nacer de nuevo del agua y el Espíritu. 

De esta manera, muchos cristianos dicen creer en Jesús sin darse cuenta del significado de la Palabra que dice que todo el mundo debe nacer de nuevo. Esta fe es muy absurda y vergonzosa. Pero la realidad del cristianismo de hoy es que este tipo de fe predomina no solo entre los creyentes laicos, sino también entre los ministros. Esta creencia entristece a los nacidos de nuevo. Así que, ¿cuánto más dolor de corazón causa esta fe a Jesús, Dios Padre y el Espíritu Santo? Todos debemos nacer de nuevo al creer en la Palabra del bautismo de Jesús y Su sangre que ha traído la remisión de los pecados a toda la humanidad. 

El haber nacido de nuevo, ser regenerado o salvado significa lo mismo. De hecho, la regeneración significa renovación y esto significa nacer de nuevo como una persona nueva. El que una persona haya sido salvada significa que, aunque esta persona fue una vez pecadora, todos sus pecados han sido eliminados al creer de todo corazón en el bautismo y la sangre de Jesús, que constituyen la remisión de los pecados; y la Biblia dice que todo corazón que crea en esta Palabra del bautismo y la sangre de Jesús nace de nuevo. El que uno nazca de nuevo a través del Evangelio del agua y el Espíritu, la Palabra de Dios, significa que esta persona se convierte en una persona justa, cuya alma no tiene nada que ver con el pecado. 

De esta manera estas tres frases, “ser regenerado”, “hacerse justo” y “nacer de nuevo” significan la misma cosa. Las palabras son diferentes pero significan lo mismo. Pero a pesar de esto, muchos cristianos de hoy en día no saben el significado de las Palabras de la Biblia. El nacer de nuevo significa que aunque una persona tenga pecados en el corazón, al escuchar y creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, ahora ha sido completamente liberado de todos sus pecados para nacer de nuevo, regenerado, y convertirse en una persona nueva y justa. Ser regenerado significa ser transformado en una persona nueva de pecadora a hija de Dios al creer en la Palabra del agua y el Espíritu. Esto es lo que significa ser regenerado. El nacer de nuevo significa que una persona ha aceptado el bautismo de Jesús, ha muerto con Jesús junto con sus pecados y ha resucitado de nuevo. Esto consiste en la fe que cree que, aunque uno fue un pecador, ahora se ha convertido en una persona justa al escuchar y creer en la Palabra del bautismo y la sangre de Jesús. Dicho de otra manera, esta persona había sido pecadora cuando nació del vientre materno, pero ahora ha nacido de nuevo para ser transformada en una persona justa al escuchar la Palabra de Jesús del agua y el Espíritu y creer en este Evangelio de la remisión que permite que todo el mundo nazca de nuevo a través del bautismo de Jesús y Su sangre. Esta persona puede parecer igual que cualquier otra por fuera, pero dentro ha nacido de nuevo a través de la Palabra del bautismo y la sangre de Jesús. Esto es lo que significa nacer de nuevo. 

Pero solo unas pocas personas se dan cuenta de esto. Como mucho uno de cada 10,000 cristianos tienen un conocimiento completo de lo que significa nacer de nuevo. ¿Me creen cuando digo que uno de cada 10,000 cristianos han nacido de nuevo? Quien crea de verdad en el Evangelio del agua y el Espíritu puede saber claramente cuando uno ha nacido de nuevo. Ustedes también pueden hacerlo, siempre y cuando hayan nacido de nuevo a través de la Palabra de Jesús del agua y el Espíritu. 



Es el Señor quien domina los vientos


El Señor dijo: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu». Cuando el Señor dijo esto estaba hablando de los pecadores que no habían nacido de nuevo. En otras palabras, aunque todos los nacidos de nuevo saben lo que significa nacer de nuevo, Nicodemo no lo sabía, de la misma manera en que no sabía de dónde venía el viento y adónde iba. Dios conoce a todos y cada uno de los nacidos de nuevo. Y todos los nacidos de nuevo saben lo que significa nacer de nuevo. En contraste, los que no han nacido de nuevo no saben lo que significa nacer de nuevo por la gracia de Dios de la misma manera en que no saben de dónde viene el viento y adónde va. 

¿Quién mueve el viento? Es Dios. ¿Quién mueve el viento? Es Dios. ¿Quién es el Maestro del universo que mueve el viento en la atmósfera de la tierra, forma sistema de alta y baja presión, cambia la dirección del viento y el flujo del agua, da vida a todas las cosas y llena a todas las criaturas de vida vibrante? Jesús. Y Jesús es Dios. 

Sin embargo, si no conocen la Palabra del Evangelio del agua, la sangre y el Espíritu, la Palabra de salvación que Jesús les ha dado, no podrán enseñar a nadie más. Como nuestro Señor ha dicho que uno nace de nuevo solo por el agua y el Espíritu, para nacer de nuevo debemos creer en este Evangelio de la salvación encontrado en el bautismo y la sangre de Jesús, y en la Palabra escrita de Dios. El Evangelio del agua y el Espíritu tiene el poder impresionante para hacer posible que todo el mundo nazca de nuevo. 

El Espíritu Santo es “pneuma” en griego tiene su origen en un verbo griego “pneho”, que significa respirar o soplar el viento. El Espíritu Santo entra solo en los corazones de los que creen en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu que Jesús nos dio. Cuando Jesús fue bautizado para redimir los pecados de la humanidad, tomó todos los pecados del mundo, y para ser condenado en nuestro lugar por nuestros pecados, derramó Su sangre en la Cruz, cumpliendo así la salvación que permite que todo el mundo nazca de nuevo. El Espíritu Santo entra en los corazones de los que creen en esta Palabra. Esta es la salvación de nacer de nuevo sellada por el Espíritu Santo, y aquellos cuyos pecados fueron tomados por Jesús nacen de nuevo. 

Génesis 1, 2 dice: «Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». Está escrito aquí que el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Esto significa que el Espíritu de Dios se movía por la superficie de la tierra. El pasaje implica que el Espíritu de Dios no puede entrar en el corazón de una persona que tenga pecados. Los que todavía no han nacido de nuevo tienen un corazón confuso, tienen pecados dentro y por tanto tienen oscuridad. Por esa razón el Espíritu Santo no puede vivir en el corazón de un pecador. Por tanto, Dios iluminó el corazón confuso y vacío de la humanidad con la luz del Evangelio de Su Palabra, lo que hace posible que todo el mundo nazca de nuevo. Cuando Dios dijo que hubiese luz, hubo luz y solo entonces Dios, el Espíritu Santo, coexiste dentro del hombre. Así que los nacidos de nuevo que creen en el Evangelio de la Palabra de Jesús del agua y el Espíritu tienen el Espíritu Santo en sus corazones. Así es como nacemos de nuevo. Nacemos de nuevo al escuchar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu y creer en ella, es decir, en la Palabra de la salvación que Jesús nos ha dado. 

¿Cómo se nace de nuevo? Para aclarar esta pregunta nuestro Señor le dijo a Nicodemo, un fariseo: “Uno debe nacer de nuevo del agua y el Espíritu”. Entonces Nicodemo le preguntó: “Exactamente ¿cómo se nace de nuevo uno del agua y el Espíritu? ¿Debe meterse uno en el vientre materno de nuevo?”. Nicodemo entendió esto de manera literal cuando Jesús le habló de nacer de nuevo, y por eso le preguntó si uno debía entrar en el vientre materno de nuevo. Entonces Jesús le dijo: “¿No sabes esto aunque eres un maestro de Israel?”. Entonces Jesús le dijo a Nicodemo que si uno no nacía de nuevo no podía entrar en el Reino de Dios ni verlo. Paso por paso, Jesús entonces explicó a Nicodemo el fariseo la Verdad de nacer de nuevo. 

La realidad hoy en día es que hay muchos cristianos en este mundo que no han nacido de nuevo aunque crean en Jesús. Estos cristianos nominales se encuentran en grandes cantidades incluso entre los clérigos. Son todos como Nicodemo, el fariseo. Nicodemo era como un líder cristiano actual, como un obispo o moderador de un sínodo o una denominación. Y en términos seculares era un líder político como un miembro del parlamento actual. Asimismo, en términos religiosos era un rabino judaico (maestro). Era un líder religioso del judaísmo que creía en Dios. Era un hombre erudito en términos seculares y teológicos. En aquel entonces Israel no tenía un sistema educativo separado, sino que todos eran educados en la sinagoga local. El hombre más educado de la comunidad local enseñaba en la sinagoga, y Nicodemo era uno de los maestros más eruditos de Israel. Sin embargo, a pesar de su gran fama Nicodemo no había oído hablar de nacer de nuevo. En resumen, era un maestro falso. De esta manera, en esta era actual, hay muchos líderes cristianos falsos. Estos falsos líderes no han nacido de nuevo por sí mismos, pero siguen enseñando a sus congregaciones, que como ellos, no han nacido de nuevo. 

Hay muchos teólogos cristianos, maestros, diáconos, ancianos, ministros, pastores y obispos en este mundo que, como Nicodemo, no han nacido de nuevo. Estas personas no saben cómo se nace de nuevo al creer en Jesús. Como Nicodemo, muchos de ellos piensan que uno tiene que entrar en el vientre de su madre una segunda vez para nacer de nuevo. Saben claramente que deben nacer de nuevo, pero ignoran la Palabra de Dios y no saben por qué Palabra de Jesús nacen de nuevo. Como estos pastores no tienen ni idea, solo hablan de las cosas mundanas que pueden sentir en sus sermones, como un hombre ciego que intenta entender un elefante tocándolo. Por eso hay muchos cristianos que todavía no han nacido de nuevo. 

No nacen de nuevo por sus propias acciones, al hacer algo por su cuenta, sino que nacen de nuevo gracias a Dios, porque ha hecho posible que nazcamos de nuevo como personas justas después de ser pecadores a través de la Palabra del Evangelio del agua, la sangre y el Espíritu. Jesús le dijo a Nicodemo: «Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?». Muchas personas no creen que el bautismo de Jesús constituye la Verdad que paga el precio del pecado. ¿En qué no creen? No creen en el Evangelio de la redención de los pecados a través del cual Jesús nos ha permitido nacer de nuevo del agua y el Espíritu. Los que no han nacido de nuevo no creen incluso cuando se les habla de cosas terrenales, y entonces ¿cómo van a creer cuando los nacidos de nuevo les hablan de nacer de nuevo? Esto es lo que Jesús quiso decir cuando le dijo a Nicodemo: «Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?». Para eliminar los pecados de todos los pecadores y lavarlos, Jesús fue bautizado por Juan el Bautista en Su cuerpo, murió en la Cruz, se levantó de entre los muertos y así ha hecho posible que todos los pecadores nazcan de nuevo. Así que Jesús les pregunta a los pecadores: “Os he salvado a través del agua y el Espíritu, pero ¿vais a creer en Mí si os hablo de cosas celestiales?”.

Entonces, nuestro Señor utilizó el Antiguo Testamento para explicárselo a Nicodemo: «Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Jesús dijo aquí que al igual que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del Hombre tuvo que ser levantado, para que quien creyese en Él tuviese vida eterna. 

¿Qué quiso decir exactamente nuestro Señor cuando dijo: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado»? Nuestro Señor citó el Antiguo Testamento para explicar la Palabra de Dios de la redención de los pecados, la Palabra de la salvación cumplida por nuestro Señor a través de Su bautismo y Su sangre. Para que nuestro Señor fuese crucificado hasta morir, es decir, para que fuese levantado de entre los muertos, primero tenía que aceptar todos los pecados de los pecadores del mundo a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista. Como Jesús estaba sin pecados, no podría haber muerto en la Cruz. Para que nuestro Señor fuese crucificado y redimiese los pecados de todos los pecadores del mundo, primero tuvo que ser bautizado. Entonces, para la redención de todos los pecados del mundo, Jesús los aceptó todos a través de Su bautismo, y para ser maldito por todos los pecados del mundo fue crucificado y derramó Su sangre hasta morir. Solo entonces pudo salvar a todos los pecadores de sus pecados. De esta manera, Jesús ha traído la salvación de todos los pecados para que naciesen de nuevo del agua y el Espíritu. 

Nicodemo conocía muy bien el Antiguo Testamento. Cuando Jesús le dijo: «Así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Estaba diciéndole la Verdad de nacer de nuevo, que al aceptar todos los pecados del mundo al ser bautizado por Juan el Bautista, salvaría a todos los pecadores de los pecados del mundo al ser clavado en la Cruz. En otras palabras, esta era la Palabra de Dios diciendo que Jesucristo era el Mesías y el Salvador que moriría en la Cruz por Su bautismo, y que quien creyese en Jesús como su Salvador participaría en Su bautismo y la muerte con Cristo y resucitaría con Cristo. Después Nicodemo entendió el significado de esta Palabra. 



Cuando la serpiente de bronce fue levantada sobre el pueblo


¿Se acuerdan de cuando Moisés, en el Antiguo Testamento, puso una serpiente de bronce en un palo en el desierto? Números 21 dice que cuando el pueblo de Israel caminó por el desierto después de salir de Egipto, se quedó defraudado por las condiciones tan duras a las que se enfrentó. Así que echaron la culpa a su líder Moisés y a Dios, y por este pecado Dios envió a serpientes venenosas y arrojó Su ira sobre ellos. Las serpientes venenosas mordieron a los israelitas por todo el campamento y al poco tiempo murieron echando espuma por la boca y con su cuerpo todo hinchado. 

Sin embargo, cuando Moisés vio que su pueblo moría de dolor de las picaduras de serpiente, oró a Dios como su líder diciendo: “Señor, por favor, salva a este pueblo”. Entonces Dios le dijo a Moisés que hiciese una serpiente de bronce y la pusiese en lo alto de un palo y gritase a todo el pueblo que quien mirase a la serpiente del palo viviría. Entonces Moisés le dijo al pueblo de Israel lo que Dios le había dicho. Los israelitas que creyeron en su líder Moisés y miraron a la serpiente de bronce, el veneno de las serpientes salió de sus cuerpos. Esto implica que cuando el hombre es mordido por Satanás, el veneno del pecado puede salir de él. Cuando el pueblo de Israel creyó en las palabras de Moisés y miró a la serpiente de bronce en el palo, fue salvado. 

El que Moisés pusiese la serpiente de bronce en un palo alto implica la Verdad de que, aunque Satanás incitó a todos los seres humanos para que cometiesen pecados y culpara a Dios por esto, nuestro Señor cargó con todas las maldiciones de todos los pecadores al ser bautizado, y redimió todos estos pecados y acabó todas las maldiciones al ser crucificado hasta morir. La vieja serpiente de Satanás nos mordió a todos los seres humanos y nos destinó a morir y a estar malditos, pero para salvar a estas personas como nosotros y redimir todos los pecados de este mundo el Señor cargó con todos los pecados de los pecadores al ser bautizado, fue crucificado hasta morir, se levantó de entre los muertos de nuevo y así nos ha salvado a todos Sus creyentes. 

En el Antiguo Testamento se dice que la serpiente de bronce que acabamos de ver salvaba a la gente cuando la miraban. De la misma manera, en esta era presente del Nuevo Testamento, como Jesucristo fue bautizado por Juan el bautista y crucificado para redimir los pecados del mundo, Dios nos ha dado la bendición de nacer de nuevo a cualquiera que crea en Cristo como su Salvador y en Su bautismo y sangre como su salvación. El Señor ha redimido todos los pecados de este mundo al ser bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán y al cargar con todos los pecados personalmente, y al ser crucificado y derramar Su sangre en la Cruz. Por tanto ha salvado a todo el mundo que crea de corazón en Su agua y sangre como su salvación. 

Jesús dijo: «Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo». Nuestro Señor ha abierto las puertas del Cielo al ser bautizado y derramar Su sangre para pagar el precio del pecado. Está escrito: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14, 6). De la misma manera en que el Señor tomó todos los pecados de la humanidad al ser bautizado y abrió las puertas de la salvación al ser crucificado, nos ha librado de todos los pecados a todo el que crea en Jesucristo como Su Salvador. Ha pagado el precio del pecado personalmente para que quien crea en la Verdad del agua, la sangre y el Espíritu entraría en el Reino de los Cielos. A través del Evangelio del agua y el Espíritu el Señor ha salvado a la humanidad. Por tanto, el nacer de nuevo significa que una persona tiene fe en el bautismo de Jesús, Su sangre y Su divinidad. 

¿Qué quiso decir Jesús cuando dijo: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado»? ¿Hay alguna razón por la que nuestro Señor tuviese que ser crucificado? ¿Ha cometido pecados como nosotros? ¿Era débil como nosotros? ¿Tenía debilidades como nosotros? No, por supuesto que no. Entonces, ¿por qué tuvo que ser colgado en el árbol de la Cruz nuestro Señor? Para redimir todos los pecados del mundo, los míos y los suyos, y para salvarnos a todos los que creemos en Jesús de todos los pecados al ser bautizado y derramar Su sangre en la Cruz. 

Jesucristo nos ha salvado a todos los que creemos en Su agua y sangre como su salvación del pecado. Como el Señor cargó con todos sus pecados y los míos personalmente al ser bautizado en el río Jordán, pudo ser crucificado en el árbol maldito de la Cruz; Y al cargar con todos los pecados del mundo a través de Su bautismo, los llevó a la Cruz y así nos ha salvado a todos. Así que esta es la Palabra de la remisión de los pecados que nos ha permitido nacer de nuevo en la vida nueva como personas que creen en el bautismo de Jesús y Su sangre como nuestra salvación y la redención de nuestros pecados. 

La Biblia dice claramente que uno nace de nuevo cuando cree en el bautismo de Jesús y Su sangre derramada en la Cruz. Al creer en la Palabra escrita de Dios del agua, la sangre y el Espíritu, es decir en el Evangelio de la redención de los pecados, nos hemos convertido en hijos de Dios. En la Biblia, el agua aquí se refiere al bautismo de Jesús (1 Pedro 3, 1) y al Espíritu y significa que Jesús es Dios mismo, y esta es la Palabra por la que uno nace de nuevo, proclamando que Jesús ha salvado a todos los pecadores al venir a este mundo encarnado en la carne de un hombre, aceptando todos los pecados de la raza humana al ser bautizado por Juan el Bautista, y derramar Su sangre en la Cruz, todo para alcanzar la salvación espiritual de la humanidad y la redención de sus pecados. Cuando el cuerpo de Jesucristo fue bautizado y cargó con el castigo de los pecados de la humanidad en la Cruz, Jesucristo salvó a todos Sus creyentes de los pecados del mundo. Debemos creer que el bautismo del Señor y Su sangre constituyen la salvación de todos los pecadores y la remisión de los pecados. Esto es lo que Jesús quiso decir cuando dijo que solo los que nacen de nuevo del agua y el Espíritu pueden ver y entrar en el Reino de Dios. Nuestro Señor nos ha salvado a través del agua y Su bautismo, Su sangre y el Espíritu. ¿Creen en esto?

Nuestro Señor es el Sumo Sacerdote del Reino de los Cielos y para redimir todos los pecados de la raza humana en este mundo, el Sumo Sacerdote celestial fue bautizado en este mundo, derramó Su sangre para morir en la Cruz, se levantó de entre los muertos y así ha salvado a todos los que creen en Cristo. Así se ha convertido en el Salvador de todos los creyentes. 

El Señor dijo en Juan capítulo 10: “Soy la puerta de las ovejas”. El Señor está en las puertas del Cielo. ¿Quién abre las puertas del Cielo? Es nuestro Señor quien las abre. POr el bien de los que creen en Él, el Señor fue bautizado en este mundo, derramó Su sangre y se levantó de entre los muertos de nuevo. Nos ha salvado de todos los pecados a los que creemos en Su obra de salvación de todo corazón. Y ha abierto las puertas del Cielo para todos los que creen en la salvación de Su agua y Su sangre para que entren. Sin embargo, ha dado la espalda a los pecadores que, a pesar de decir creer en Jesús, no saben exactamente cómo ha borrado todos sus pecados, y cuya fe está equivocada. Estos cristianos confusos no han nacido de nuevo y no creen en Su bautismo, Su sangre y el Espíritu, no creen en Jesús según la Palabra y niegan Su divinidad y se niegan a aceptar que Jesús es Dios mismo. El Señor ha dado Su espalda a esta gente. Y el Señor ha condenado a la destrucción a los que niegan la Palabra escrita de Dios y Su gracia de salvación, es decir, a los que niegan que Jesús haya redimido todos los pecados de la humanidad al ser bautizado y derramar Su sangre cuando vino al mundo encarnado en un hombre, que se levantó de entre los muertos al tercer día y que entonces ascendió al Cielo. En resumen, quien no crea en este Jesús como su Salvador está destinado a morir, ya que la Biblia dice: “El precio del pecado es la muerte”. 

En contraste, los que no tienen pecados en sus corazones al creer en la salvación del Señor, es decir, los que creen que Jesús vino a este mundo y redimió todos sus pecados al ser bautizado y morir en su lugar, han sido bendecidos por el Señor para entrar en el Cielo. Este Evangelio de la redención de los pecados que ha hecho posible que todo el mundo nazca de nuevo es el Evangelio que declara que Jesús ha venido por el agua, la sangre y el Espíritu. El Evangelio del agua y la sangre es el verdadero Evangelio que permite que nazcamos de nuevo. 

De la misma manera que el pueblo de Israel fue salvado de la muerte segura cuando miró a la serpiente de bronce colgada de un palo en el desierto, cuando nuestro Señor vino a este mundo fue bautizado por Juan el Bautista y fue colocado alto en la Cruz por la remisión de los pecados, y así pagó el castigo y la condena de todos los pecados de la humanidad al derramar Su sangre por nosotros. Jesucristo ha hecho posible que todo el mundo sea salvado al creer en esta salvación para toda la raza humana. A través del Evangelio de la redención de los pecados se nace de nuevo. Este Evangelio de la Verdad es el camino verdadero de la salvación para nosotros y la liberación de la raza humana. ¿Creen en esto? Cuando Jesús dijo que debemos nacer de nuevo del agua y el Espíritu, estaba hablando del Evangelio celestial de la regeneración. El que una persona nazca de nuevo, sea regenerada, renovada, salvada y sin pecados significa que esta persona cree en el bautismo de Jesús y Su sangre derramada en la Cruz. Quien crea en este Evangelio del agua, la sangre y el Espíritu no tiene pecados. Esta gente es la que nace de nuevo precisamente. 

Sin embargo, la triste realidad es que casi todo el mundo, incluyendo casi todos los cristianos, no se da cuenta de esto como Nicodemo no se dio cuenta al principio. En términos carnales, Nicodemo era un hombre grande. Era miembro del Sanedrín. Aquí en Juan 3, 1-15 la Biblia presenta la conversación que Jesús tuvo con Nicodemo. Después, cuando Jesús fue crucificado hasta morir, el mismo Nicodemo fue a enterrar el cuerpo de Jesús. Fue a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús, para poder darle un entierro digno, y lo enterró en una cueva-tumba que José de Arimatea había preparado para sí mismo. 

A través de Su bautismo por agua, Su sangre derramada en la Cruz, Su muerte para pagar el precio del pecado y Su resurrección, nuestro Señor Jesús nos ha dado el verdadero Evangelio que nos permite nacer de nuevo por fe. Sin embargo, hay pocos cristianos que conozcan esta Verdad de nacer de nuevo en todos los cargos de la iglesia y quizás uno de cada 1000, o incluso uno de cada 10,000 conoce esta Verdad. Hay demasiadas personas en esta era presente que no conocen la Verdad del agua de Jesús y el Espíritu. Es una tragedia horrible. Jesús ha bendecido a los nacidos de nuevo, y también ha hecho posible que todo el mundo nazca de nuevo. ¿Qué creemos que el Señor ha utilizado para bendecirnos a nacer de nuevo? Creemos en el agua, la sangre y el Espíritu, es decir, creemos que el Señor cargó todos nuestros pecados cuando fue bautizado, murió en la Cruz para pagar el precio de todos los pecados, y se levantó de entre los muertos de nuevo, y por esta fe el Señor nos ha dado nueva vida para nacer de nuevo. Jesús es el Señor de la salvación que nos ha bendecido a todos los creyentes para nacer de nuevo del agua de Su bautismo y Su sangre. Así que les pido que crean en este Señor, el Creador de los cielos y la tierra y de todo el universo, y que vivan con Él para siempre. 

Juan 3, 16 dice: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Hemos recibido la vida eterna al creer en nuestro Señor Jesús. Hemos nacido de nuevo al creer en nuestro Señor Jesús. Hemos nacido de nuevo al creer en el agua y el Espíritu del Señor. Al creer en este verdadero Evangelio que dice que el Señor nos ha salvado a través de la Palabra del agua y el Espíritu, hemos nacido de nuevo. De hecho, todo el mundo puede ser salvado si cree en este Evangelio de salvación, el Evangelio del agua y la sangre entregado por Jesús, y cree que Jesús es Dios y el Salvador, pero si no cree, será arrojado al infierno para siempre. El que Jesús, el Creador mismo, viniese a este mundo encarnado en un hombre, fuese bautizado, muriese en la Cruz y se levantase de entre los muertos es la obra de la salvación que ha hecho posible que nazcamos de nuevo, y esto es lo que Jesús ha hecho por nosotros. Y esta es la razón por la que nuestro Señor dijo a Nicodemo: «Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?».

Mis queridos hermanos, ¿qué es lo que ha hecho Dios por nosotros, los seres humanos? Ha hecho la obra de salvación, porque Jesús, el verdadero Dios vino personalmente a este mundo encarnado en un hombre, fue bautizado y aceptó todos los pecados a través de Su bautismo, entregó Su propio cuerpo para ser condenado en la Cruz y murió en ella, se levantó entre los muertos y así se ha convertido en el Salvador eterno de todos los que creen en Él. Así como Jesús creó el universo y todo lo que hay en él, el Señor nos ha salvado y ha librado todas nuestras almas del pecado. Este es el Evangelio del agua y el Espíritu que hace posible que todo el mundo nazca de nuevo. Esta obra ha permitido que todo el mundo nazca de nuevo y es la verdadera salvación conseguida por Jesús. 

Jesús nos ha salvado del mundo depravado, de sus pecados y de las garras del Diablo. Ha salvado a todos Sus creyentes del pecado y la condena al venir a este mundo para salvar a todos los pecadores, ser bautizado para cargar con los pecados del mundo, cargarlos hasta la Cruz y morir, y al levantarse de entre los muertos de nuevo. Creer en esto es hacer la obra de Dios. Creer en esta salvación del agua y la sangre nos permite ser salvados y nacer de nuevo. 

Dios dice que hay dos tipos de gracia concedidos a la raza humana: una es la gracia especial, y la otra es la gracia general o universal. La gracia general (universal) se refiere a las bendiciones que Dios le ha dado a todo el mundo por igual, por ejemplo, el sol que disfrutamos, el aire que respiramos, los árboles y toda criatura viviente que vemos, la comida que comemos, etc. Estas bendiciones se llaman gracia general o universal porque el Señor se las ha concedido, a los pecadores y los justos. ¿Entonces qué es la gracia especial? Es la bendición de la salvación con la que Dios vino a salvarnos del pecado y a través del bautismo y la sangre de Jesús, hizo posible que naciésemos de nuevo. 



La gracia especial de Dios


Juan 3, 16 denota la gracia especial de Dios, diciendo: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Esta gracia especial de Dios no es otra que Jesús encarnado para eliminar todos nuestros pecados al ser bautizado y crucificado. Esta salvación de todos los pecados, que es la Verdad y la vida, es precisamente la gracia especial de Dios. Lo que Jesús ha hecho por nosotros, el salvar a los pecadores, es la gracia especial de la salvación, y solo cuando creemos en esta Verdad estamos bendecidos para nacer de nuevo por el agua y el Espíritu y alcanzamos nuestra salvación por la gracia especial de Dios. 

Es un error fatal que cualquier cristiano en este mundo rechace la gracia especial de Dios e insista vivir una vida cristiana ética. Este tipo de fe es en vano. Todos nosotros podemos saber si un líder cristiano ha nacido de nuevo de verdad o no con tan solo leer uno de sus escritos. He ofrecido muchos sermones, pero en ninguno he omitido la manera de nacer de nuevo a través de la Palabra del bautismo y la sangre de Jesús. Cuando abro la Biblia desde Génesis al Apocalipsis, mi conclusión siempre alcanza la gracia de Dios, la bendición especial de nacer de nuevo que Jesús nos ha dado. Esto se debe a que lo que manifiesta la gracia de Dios de la salvación más claramente es la salvación que Jesús ha traído a todos los pecadores a través de Su bautismo y Su sangre derramada en la Cruz. 

El bautismo de Jesús y Su sangre derramada en la Cruz constituyen la gracia especial de Dios. Sin embargo, los falsos pastores de este mundo no tienen ni una pequeña parte de la Palabra de la gracia especial de Dios. Pero estos mentirosos se han disfrazado de los ángeles de la luz y están fingiendo trabajar como siervos de la justicia armados con la ética cristiana y la moral humana. Pero aunque dice hacer milagros y curar a los enfermos, todas estas cosas son las obras malvadas alejadas de la gracia especial de Dios. 

Mis queridos hermanos, todos somos pecadores por naturaleza, pero el Señor nos ha dado el Evangelio de la redención de los pecados y esta es la gracia especial del Señor. Por Su gracia especial el Señor nos ha bendecido a todos Sus creyentes para que nazcamos de nuevo. Aunque éramos pecadores hasta la médula, Dios nos ha bendecido para convertirnos en un pueblo nuevo y en Sus propios hijos a través de Su agua, sangre, muerte y resurrección. Esta es la gracia de Dios que nos ha hecho a todos los creyentes personas justas para no tener nada que ver con el pecado. ¿Creen en esto? ¿Les ha pasado esto también? El bautismo de Jesús y Su sangre, muerte y resurrección constituyen la gracia especial del Señor que se nos ha dado a través de la Palabra del agua y el Espíritu. Este es el Evangelio de la gracia especial de Dios. Y le doy todas mis gracias a nuestro Señor por salvarnos de esta manera. 

Sin embargo, hoy en día la triste realidad es que la mayoría de cristianos no conocen el Evangelio de Dios del bautismo y la sangre de Jesús que se ha entregado a los pecadores por Su gracia, la Verdad de nacer de nuevo del agua y el Espíritu. Me rompe el corazón ver que hay muchas personas que creen en las doctrinas cristianas propias, practicando el cristianismo simplemente como una religión y creyendo en sus enseñanzas éticas, y que por lo tanto no pueden nacer de nuevo. Hay muchos cristianos en Corea y por todo el mundo diciendo creer en Jesús. El cristianismo tiene una larga historia de 2,000 años, y hace 500 años de la Reforma protestante. Pero a pesar de esto, muchos no creen en la Verdad de nacer de nuevo, la gracia especial de Dios. Pero yo sé que el Señor hará que la Verdad sea conocida por todos en estos últimos tiempos. 

Un pecador puede convertirse en una persona justa y entrar en el Cielo solo si nace de nuevo a través de la Palabra del agua y el Espíritu. La mayoría de cristianos desean nacer de nuevo e intentan conseguirlo. Pero quien dice que debe nacer de nuevo aunque no sepa lo que significa es un practicante de la religión mentiroso. Aunque los cristianos hayan oído muchas veces que solo se puede entrar al Cielo si se ha nacido de nuevo, la mayoría no sabe por qué Palabra se nace de nuevo. Simplemente asumen que han nacido de nuevo porque creen en Jesús de una manera u otra, porque han tenido una experiencia religiosa o alguna experiencia emocional inusual. Estos cristianos están viviendo una vida con superstición en vez de fe. 



La Palabra de Dios es lo que nos permite nacer de nuevo


Al contrario de lo que creen la mayoría de cristianos, la Biblia deja claro en 1 Juan 5, 3-6 que una persona nace de nuevo a través de la Palabra de Dios, es decir el agua, la sangre y el Espíritu, y que estos son los elementos básicos que permiten a uno nacer de nuevo. Como los que creen en Jesús, todos debemos recordar claramente aquí nacemos de nuevo solamente creyendo en la Palabra de Dios, es decir, en la Palabra del agua, la sangre y el Espíritu. Es absolutamente indispensable que entendamos aquí que una persona no nace de nuevo porque tenga una visión, hable en lenguas o experimente algunos cambios físicos. 

El Señor está diciendo claramente en Juan 3 que a no ser que uno nazca de nuevo del agua y el Espíritu no puede entrar en el Reino de los Cielos. Para nacer de nuevo, un cristiano nominal debe renovar su fe en Jesús. Cuando la gente cree en Jesús por primera vez, suele creer en términos religiosos. Y se dan cuenta de sus pecados a través de la Ley, que está compuesta de los mandamientos de Dios. Al principio, cuando uno cree en Jesús se da cuenta de que es un pecador depravado, pero uno solo se da cuenta de esto en términos religiosos, y es un resultado que viene de la Ley, los mandamientos de Dios. 

Sin embargo, nadie debe creer en Jesús como si se tratase de una religión, como si el cristianismo fuese una de las muchas religiones del mundo. El cristianismo no es una mera religión. Es el camino de la salvación que da la vida. Sin embargo, hay demasiadas personas que creen en el cristianismo como si fuese una mera religión, pero no se consigue nada al creer en Jesús de esta manera. De lo contrario, aunque digan creer en Jesús, sus corazones están llenos de confusión y vacío y sus pecados no desaparecen de los ojos de Dios, sino que siguen intactos en sus corazones. ¿Acaso esto no es cierto? Estoy seguro de que cuando estas personas creyeron en Jesús por primera vez, ninguna de ellas quiso convertirse en hipócritas como los fariseos. Seguramente todos querían ser cristianos nacidos de nuevo. Sin embargo, como practicaron el cristianismo como religión en vez de con fe, se han convertido en peores pecadores. Este resultado se explica por el hecho de que durante todos esos años creyeron en Jesús sin darse cuenta de la Verdad de nacer de nuevo. 

Si alguien considera el cristianismo como una buena religión meramente y cree en él sin nacer de nuevo, su corazón estará lleno de confusión y vacío. Los que decían creer en Jesús sin nacer de nuevo han vivido una vida completamente errónea durante todos estos años. Y como resultado se han convertido en hipócritas ante Dios y el hombre, convirtiéndose en cristianos pretenciosos y practicantes de la religión falsa. 

Si son ustedes practicantes de la religión, estonces son hipócritas completos que fingen ser alguien que no son. Si creen en Jesús como en una religión, no podrán ser liberados de sus pecados, sino que siempre seguirán siendo pecadores, practicando hipocresía todo el tiempo y viviendo en sufrimiento durante el resto de su vida. Por tanto, para ser liberados de sus pecados al creer en Jesús, deben creer en la Verdad escrita que ha venido por el agua, la sangre y el Espíritu. 



Conozcan el bautismo de Jesús, el misterio de la redención de los pecados


La Biblia dice que lo que hace posible que todo el mundo nazca de nuevo es la Palabra incorruptible que no desvanece (1 Pedro 1, 23). Pasemos a lo que el Apóstol Pedro escribió acerca del bautismo de Jesús aquí. En primer lugar, está escrito en 1 Pedro 3, 21: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva». Como dice la Biblia el bautismo de Jesús es nuestra salvación. Todos los cristianos deben creer en Su bautismo, no su propio rito del bautismo. Si creen en el bautismo de Jesús como Su obra de salvación que les ha dado vida a pecadores tan depravados como ustedes, podrán nacer de nuevo y ser sellados por el Espíritu Santo para alcanzar la salvación. Esto se debe a que, cuando entienden el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista para redimir los pecados, y entienden esta Palabra de salvación, serán salvados de todos los pecados para siempre. En otras palabras, al aceptar la Palabra de Dios en sus corazones y creer en esta Verdad de salvación de todo corazón podrán ser salvados de los pecados del mundo. 

La mayoría de los cristianos creen en Jesús como si fuera una religión, pero cuando nacen de nuevo, nacen por segunda vez por fe al darse cuenta de la Verdad. El nombre de Jesús significa el que vendría a salvar a Su pueblo de sus pecados (Mateo 1, 29). Si creen en Jesús con el verdadero conocimiento de lo que ha hecho por nosotros, entonces todos sus pecados desaparecerán y nacerán de nuevo como personas sin pecados, como nuevas criaturas. Cuando creyeron en Jesús, seguramente vivieron una vida religiosa, pero ahora nacerán de nuevo por segunda vez si se dan cuenta de cómo el Señor nos ha salvado a los pecadores, y escuchan y creen de todo corazón en el Evangelio de la redención de los pecados, del bautismo de Jesús y Su sangre. 

¿Cuál es la Verdad con la que el Señor ha hecho posible que nazcamos de nuevo? Es el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista en este mundo, la sangre que derramó en la Cruz, y Su resurrección de entre los muertos. Creen en este Jesús como su Dios y Salvador es nacer de nuevo. Pero primero debemos ver cómo el pueblo de Israel nacía de nuevo. 



La redención de los pecados del Antiguo Testamento: la imposición de manos y el derramamiento de sangre


¿Cuál es la Palabra del Evangelio por la que el pueblo del Antiguo Testamento nacía de nuevo? Pasemos a Levítico 1 para ver el Evangelio manifestado en el Antiguo Testamento. Es imperativo entender cómo el pueblo del Antiguo Testamento nacía de nuevo. A través del sistema de sacrificios, el Libro de Levíticos explica con todo detalle cómo los israelitas podían convertirse en uno con Dios. La Palabra del sistema de sacrificios del Antiguo Testamento es la verdad indispensable que debemos entender sin falta. Así que es absolutamente indispensable entender y creer en esta Palabra. 

Está escrito en Levítico 1, 1-3: «Llamó Jehová a Moisés, y habló con él desde el tabernáculo de reunión, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a Jehová, de ganado vacuno u ovejuno haréis vuestra ofrenda. Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová».

Al llamar a Moisés en el Tabernáculo, la Casa de Dios, para redimir todos los pecados del pueblo de Israel, Dios dijo: «Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a Jehová, de ganado vacuno u ovejuno haréis vuestra ofrenda. Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová». Aquí, cuando el pueblo de Israel cometía pecados por no cumplir la Ley de Dios, era redimido de sus pecados diarios ofreciendo un animal puro a Dios. Sin embargo, los animales sacrificados a Dios no podían ser simples animales, sino que debían ser animales puros especificados por Dios. Y para que fuesen aceptables para Dios los animales tenían que ser sacrificados según Sus requisitos. 

Para que una ofrenda fuese aceptada por Dios con placer, tenía que ser un animal puro en primer lugar; en segundo lugar, el pecador tenía que pasarle los pecados mediante la imposición de manos sobre la cabeza; en tercer lugar, la persona tenía que cortarle el cuello al animal y sacarle la sangre; y por último, el sacerdote tenía que poner parte de la sangre en los cuernos del altar de los holocaustos y el resto en el suelo. Así es como el pueblo de Israel obtenía la remisión de los pecados. El sistema de sacrificios del Tabernáculo era la manera en que se realizaba la redención de los pecados, la manera en la que Dios proporcionaba la remisión de los pecados al pueblo de Israel por Su gracia. 

La Ley de Dios estaba compuesta por los mandamientos establecidos por Dios y las reglas éticas que especificaban lo que había que hacer y lo que no en la vida diaria, y tenía 613 estatutos. Aunque Dios había entregado la Ley al pueblo de Israel y los israelitas sabían que tenían que cumplir Su Ley, no podían vivir por la Ley. Esto se debe a que por naturaleza, el hombre había heredado los doce ingredientes del pecado de Adán. Así que aquí podemos decir que el hombre había perdido la habilidad de hacer algo bien ante Dios. Todo el mundo fue incapaz de practicar la justicia. Aún más, todos los seres humanos son incapaces de hacer algo que no sea malvado en contra de sus deseos. Todo el mundo estaba destinado a nacer como un pecador y morir como un pecador. 

Sin embargo, Dios tuvo tanta compasión de esta gente que les dio un sistema de sacrificios que hizo posible que fueran salvados de sus pecados. Les dio el sistema de sacrificios del Tabernáculo, para que el pueblo de Israel y toda la raza humana pudo recibir la remisión de los pecados a través del sistema de sacrificios establecido por Dios. A través de este sistema de sacrificios, Dios nos habló de Su amor justo y también nos dio la salvación a la raza humana. 

Al entregar el sistema de sacrificios que permite a los seres humanos recibir la remisión de los pecados, Dios confió la autoridad de realizar los ritos de sacrificio a la tribu de Levi. Entre las doces tribus de Israel que descienden de los doce hijos de Jacob, Dios le dio la autoridad del sacerdocio para realizar los sacrificios solo a la tribu de Levi. Tanto Moisés como Aarón, el Sumo Sacerdote, eran de la tribu de Levi. Así que las Escrituras dicen que el sistema de sacrificios era administrado por los sacerdotes de la tribu de Levi, y este sistema de sacrificios denota el Evangelio de la imposición de manos que proporcionaba la remisión de los pecados a los israelitas. Por tanto, un conocimiento claro de este sistema de sacrificios del Antiguo Testamento administrado por la tribu de Levi ante Dios es indispensable para hacer que nos demos cuenta de cómo podemos nacer de nuevo en esta era del Nuevo Testamento. Es absolutamente importante que entendamos completamente la Palabra de Dios acerca del sistema de sacrificios del Tabernáculo. Este sistema de sacrificios recibe mucha importancia de Dios en el Antiguo Testamento, y está vinculado al sacrificio de Jesucristo en el Nuevo Testamento, a través del cual hemos sido bendecidos para nacer de nuevo del agua y el Espíritu. 

Al llamar a Moisés, un hombre de la tribu de Levi, al Tabernáculo de la Congregación, Dios nombró a Su hermano Aarón como el Sumo Sacerdote para que pasase los pecados anuales de los israelitas al chivo expiatorio. Pasemos a la Biblia para ver qué dijo Dios a Moisés cuando le llamó. Está escrito Levítico 1, 2: «Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a Jehová, de ganado vacuno u ovejuno haréis vuestra ofrenda». Dios había establecido que los animales del sacrificio cargarían con los pecados de los israelitas. Dijo aquí que si algún israelita quería ser redimido de todos los pecados tenía que sacrificar a Dios una ofrenda pura del ganado. 

Como está escrito, Dios dijo aquí: «Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová». En la Biblia, un holocausto se refiere al sacrificio por el que un pecador pasaba sus pecados a una ofrenda animal y tenía que ser condenada en su lugar para que el pecador no muriese por sus pecados ante Dios. La ofrenda tenía que ser aceptable para Dios. Entonces ¿cómo tenían que ofrecer su sacrificio los israelitas para que Dios los aceptase con placer? La respuesta se encuentra en el versículo 4. 

Dios dijo en el versículo 4: «Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación». Lo importante aquí es prestar particular atención a que había que poner las manos sobre la ofrenda. Esto significa que para que una ofrenda fuese aceptada por Dios con placer, había que poner las manos sobre la cabeza de la ofrenda. Cuando un pecador ponía las manos sobre la cabeza de un holocausto, sus pecados eran pasados al animal, y por tanto, antes de sacrificar la ofrenda a Dios, el pecador primero tenía que pasar sus pecados al animal del sacrificio mediante la imposición de manos sobre su cabeza. Solo cuando se cumplía este requisito Dios aceptaba la ofrenda con gran placer en vez de exigir la muerte del pecador. 

En el Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Israel cometía pecados o no vivía según la Ley de Dios, tenía que sacrificar un animal puro como una cabra, un cordero, un toro o una paloma como ofrenda para Dios en su lugar. Y antes de sacrificar la ofrenda a Dios primero tenían que pasar los pecados al animal mediante la imposición de manos sobre su cabeza. Entonces tenían que matar a este animal que había aceptado los pecados y sacarle la sangre. El sacerdote entonces tomaba la sangre, la ponía sobre los cuernos del altar de los holocaustos, y echaba el resto sobre el suelo. Así es cómo Dios había hecho posible que el pueblo de Israel recibiese la remisión de los pecados según la ley que Dios había establecido. Para pagar el precio de los pecados y ser liberados de ellos, los israelitas tenían que ofrecer un sacrificio a Dios según Sus requisitos. 

Está escrito en Levítico 1, 5: «Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová; y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar, el cual está a la puerta del tabernáculo de reunión». El sistema de sacrificios que aparece en las Escrituras es una verdad esencial que todos nosotros debemos entender completamente en nuestras mentes. El altar de los holocaustos estaba situado cerca de la puerta del Tabernáculo, y sus cuatro rincones tenían cuernos. Cuando un pecador pasaba sus pecados al cordero del sacrificio al poner las manos sobre la cabeza y le sacaba la sangre al cortarle el cuello, después el sacerdote ponía la sangre del cordero en los cuatro cuernos del altar de los holocaustos. En la Biblia los cuernos del altar de los holocaustos se refiere al Libro del Juicio (Jeremías 17, 1) y por tanto, el hecho de que la sangre del animal se pusiese en los cuernos significa que el animal derramaba la sangre por el pecador para pagar el precio de sus pecados. Así que Dios redimía los pecados de los pecadores gracias al animal, la imposición de manos del pecador y la sangre del animal que se ponía en los cuernos del altar del holocausto. 

¿Por qué tenía que derramar su sangre el animal del sacrificio? Porque el precio del pecado es la muerte. El animal del sacrificio tuvo que derramar su sangre porque la vida de la carne está en la sangre. La Biblia dice en Hebreos 9: «Sin derramamiento de sangre no hay remisión». Por eso la ley de Dios que requiere la muerte como el precio del pecado se cumplía con la muerte de un animal. Esta sangre debería haber sido derramada por el mismo pecador, pero el animal murió en su lugar, y por tanto el sacerdote ponía la sangre del animal en los cuatro cuernos del altar de los holocaustos. Estos cuernos se refieren al Libro de los Hechos o del Juicio descrito en el Apocalipsis 20, 11-15 en el Nuevo Testamento. En otras palabras, poner la sangre del sacrificio en los cuernos del altar de los holocaustos es lo mismo que rociar la sangre propia en los Libros del Juicio donde todas las obras malas están recogidas. El hecho de que la sangre del animal se pusiese en los cuernos del altar de los holocaustos da testimonio de que el pecador había redimido sus pecados a través de la imposición de las manos y sangre del sacrificio. 

Los pecados que todo el mundo comete ante Dios están escritos en dos lugares. Uno es las tablas del corazón humano y el otro es el Libro del Juicio ante Dios. La Biblia dice que todos los pecados cometidos por todo el mundo están escritos en estos dos lugares, en el corazón y en el Libro del Juicio ante Dios.

Está escrito en Jeremías 17, 1: «El pecado de Judá escrito está con cincel de hierro y con punta de diamante; esculpido está en la tabla de su corazón, y en los cuernos de sus altares». En Levítico 17, 11, la Biblia también dice: “La vida de la carne está en la sangre”. La sangre es la vida del hombre y la sangre trae la remisión de los pecados. Por eso la sangre del animal del sacrificio se ponía en los cuernos del altar de los holocaustos, para mostrar que el animal cargaba con toda la condena del pecado en nombre del pecador (Hebreos 9, 22). 

Está escrito en Levítico 1, 6-9: «Y desollará el holocausto, y lo dividirá en sus piezas. Y los hijos del sacerdote Aarón pondrán fuego sobre el altar, y compondrán la leña sobre el fuego. Luego los sacerdotes hijos de Aarón acomodarán las piezas, la cabeza y la grosura de los intestinos, sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar; y lavará con agua los intestinos y las piernas, y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová».

Como dice el pasaje el sacerdote cortaba al animal en pedazos y los quemaba en el altar de los holocaustos para ofrecerlos a Dios, y este sacrificio se llamaba holocausto o una ofrenda de fuego. El holocausto aquí implica que cuando cometemos pecados ante Dios, debemos morir como el animal, derramar nuestra sangre por nuestros pecados, ser arrojados al fuego del infierno y cargar con el juicio del fuego por nuestros pecados. Esta ofrenda era el sacrificio por el que Dios juzgó el pecado. A través del holocausto del animal, es decir, a través de la imposición de manos sobre el animal, su sangre y su muerte, y su sacrificio como holocausto, Dios cumplió la Ley de Su justicia y la ley de Su amor. 

Como Dios es un Dios justo, tuvo que pasar los pecados de los israelitas al animal y condenar al animal en su lugar al quemarlo, y como Dios amaba a los israelitas, juzgó sus pecados a través del sacrificio del holocausto en vez de condenar a los israelitas. Y en la era del Nuevo Testamento nuestro Señor nos amó, fue bautizado en nuestro lugar, derramó Su sangre y murió en la Cruz en nuestro lugar, y así se ha convertido en nuestra redención. Esta salvación de los pecados fue cumplida por Jesús a través de Su bautismo y sangre para salvar a todos Sus creyentes de los pecados del mundo para siempre. 



La expiación de los pecados diarios de los israelitas en el Antiguo Testamento


Está escrito en Levítico 4, 27-31: «Si alguna persona del pueblo pecare por yerro, haciendo algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y delinquiere; luego que conociere su pecado que cometió, traerá por su ofrenda una cabra, una cabra sin defecto, por su pecado que cometió. Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de la expiación, y la degollará en el lugar del holocausto. Luego con su dedo el sacerdote tomará de la sangre, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar. Y le quitará toda su grosura, de la manera que fue quitada la grosura del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar en olor grato a Jehová; así hará el sacerdote expiación por él, y será perdonado».

Como descendientes de Adán, el pueblo de Israel y todos nosotros nacimos en este mundo como montones de pecados desde el principio. Así que el corazón humano está lleno de todo tipo de pecados. El hombre está lleno de todo tipo de pecados, desde pensamientos malvados hasta deseos de lujuria, asesinato, arrogancia, hurtos y mentiras. En el Antiguo Testamento, para que la gente fuese redimida de sus pecados diarios, tenían que llevar un sacrificio puro a Dios primero; entonces tenían que pasarle los pecados al animal de una vez por todas mediante la imposición de manos sobre su cabeza mientras el sacerdote los miraba ante el altar de los holocaustos y tenían que matar a este animal y darle la sangre al sacerdote. El sacerdote entonces realizaba el resto de los ritos del sacrificio y ofrecía el animal a Dios, y como resultado el pueblo de Israel recibía la remisión de sus pecados diarios para volver a casa sin pecados. 

La Ley está compuesta por los mandamientos de Dios que especifican lo que se debe y no se debe hacer, Pero si no hubiese ley, nadie se daría cuenta de sus pecados incluso después de cometerlos. Por eso Dios nos dio la Ley, para que nos diésemos cuenta de nuestros pecados (Romanos 3, 20). A través de esta ley de Dios pudimos darnos cuenta por primera vez de lo que es el pecado. La Ley escrita de Dios especifica lo que Dios ha establecido que se puede y no se puede hacer, y cuando reflexionamos sobre esta Ley podemos darnos cuenta de nuestros pecados. Sus pecados no se miden por su conciencia, sino cuando reflexionan sobre la Ley de Dios. 

Aunque Dios quiere eliminar los pecados de todo el mundo no puede borrar los pecados de alguien que piensa que no tiene pecados. Por tanto, para recibir la remisión de los pecados, uno primero debe darse cuenta de que es un pecador. Cuando la gente común de Israel cometía pecados, la mayoría no cometía pecados intencionadamente, sino que pecaba sin querer durante su vida porque todos habían nacido como pecadores por naturaleza. Todos los pecados cometidos por la debilidad de uno se llaman transgresiones. La Biblia dice que todos estos fallos, ya sean intencionales o no, son pecados. Por naturaleza, todo el mundo es imperfecto. El pueblo de Israel también es débil, y por eso comete pecados y transgresiones sin querer. Los pecados y transgresiones de la humanidad se distinguen de la siguiente manera: los deseos y pensamientos malvados en el corazón se llaman pecados, y los que se cometemos con nuestras acciones se llaman transgresiones (Efesios 2, 1). Y tanto los pecados como las transgresiones se llaman colectivamente los pecados del mundo. 

En el Antiguo Testamento, todos los pecados eran pasados mediante la imposición de manos. Esto comprendía la creencia de que cuando los pecados eran pasados a un animal para ser sacrificado mediante la imposición de manos sobre su cabeza, ya no tenía que morir por sus pecados, porque estaba sin pecados. Así es como las dos leyes de Dios, el amor de Dios y Su juicio justo, se cumplieron. Cuando Dios nos hizo a los seres humanos, nos hizo del polvo, y por tanto no somos nada más que un puñado de polvo. El que la sangre de un animal fuese rociada en el suelo (polvo) en la base del altar de los holocaustos y se pusiese en los cuernos significa que el precio del pecado era pagado ante Dios y en los corazones de los israelitas. Esto se hacía porque los pecados estaban escritos en el corazón y tenían que ser limpiados mediante la sangre del sacrificio. 

Está escrito: «Y le quitará toda su grosura, de la manera que fue quitada la grosura del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar en olor grato a Jehová». En la Biblia la gordura se refiere al Espíritu Santo. Así que para redimir nuestros pecados, debemos ofrecer un sacrificio a Dios según Sus requisitos, y debemos aceptar la remisión de los pecados en nuestros corazones según el sistema de sacrificios de salvación de Dios. 

Dios le había dicho al pueblo de Israel que consagrara una ofrenda a Dios de sus corderos, cabras o toros. Estos animales en el Antiguo Testamento eran los consagrados que regurgitaban la comida y tenían pezuñas separadas. El toro, por ejemplo es un animal rumiante. Los animales sacrificados a Dios tenían que ser puros porque Jesucristo sería concebido por el Espíritu Santo y se convertiría en nuestro Redentor. 

La gente del Antiguo Testamento pudo ser redimida de sus pecados cuando pasaba sus pecados a un animal puro como una oveja o una cabra mediante la imposición de manos sobre su cabeza, y el sacerdote ofrecía el sacrificio en su nombre. De la misma manera en el Nuevo Testamento, Jesús cargó con todos los pecados del mundo para siempre al ser bautizado por Juan el Bautista, derramó Su sangre en la Cruz y así ha hecho posible que todos los que creemos en Él como en el Salvador seamos redimidos de todos sus pecados y alcancemos la salvación. 



Cuando el sacerdote realizaba la expiación de sus pecados, los israelitas pudieron ser redimidos de sus pecados


Cuando miramos el Antiguo Testamento de cerca vemos que no cualquier persona podía convertirse en un sacerdote, sino que solo los levitas estaban cualificados para ser sacerdotes. Todos los sacerdotes debían ser levitas y un descendiente de Aarón. Si alguien de otra tribu, por ejemplo, de la tribu real de Judá, intentaba asumir el sacerdocio para realizar ritos de sacrificios, era maldecido con lepra o ejecutado por Dios enseguida. Al establecer la institución del sistema de sacrificios, Dios había establecido que todos los sacerdotes tenían que ser descendientes de Aarón sin excepción. 



Aarón administró el rito de los sacrificios del Yom Kippur (el Día de la Expiación)


En el Antiguo Testamento, cuando la gente común de Israel cometía pecados, llevaba un animal puro y lo sacrificaba a Dios ante los sacerdotes a diario. Como primer paso del procedimiento de los sacrificios, pasaban los pecados al animal del sacrificio mediante la imposición de manos en su cabeza y después le cortaba el cuello. Los sacerdotes entonces ponían parte de la sangre en los cuernos del altar de los sacrificios, echaban el resto en el suelo, cortaban la carne en trozos, le quitaban la grasa, ponían la carne y la grasa en el altar y lo quemaban todo. El pueblo de Israel era así redimido de sus pecados a través de esta ofrenda del pecado. 

Como el pueblo de Israel tenía que sacrificar un animal cada vez que cometían pecados, no tenían casi suficientes rebaños y ganado para redimir todos sus pecados. Así que sabían lo difícil que era recibir la remisión de los pecados a diario y esto hacía que estuviesen poco satisfechos al ofrecer estos sacrificios. Empezaron a desear poder dejar de ofrecer sacrificios a Dios, ya que por muchos que ofreciesen, no podían dejar de ofrecerlos. 

Esto es lo mismo que pasa cuando se ofrecen oraciones de penitencia sin cesar para intentar vivir todos los días según la Ley de Dios, ya que estas oraciones no puede redimir nuestros pecados. Por tanto, la verdadera redención del pecado solo se consigue si se cree en la ley de Dios de la salvación en el corazón. 

Por mucho que los israelitas creyesen en Dios y por mucho que intentasen cumplir la Ley de Dios con sus acciones, sus propias fuerzas no eran suficientes para vivir según la Ley. En otras palabras, no podían evitar cometer pecados cada día por mucho que lo intentasen. Así que, por esta razón, Dios instituyó una manera en el sistema de sacrificios, para que el pueblo de Israel recibiese la remisión de todos los pecados anuales de una vez por todas (Levítico 16 17-22). 

Está escrito en Levítico 16, 29: “Este será un estatuto para vosotros para siempre”. El estatuto aquí se refiere al decreto de Dios, y esto se explica con más detalles en Levítico 16, 29-31: «Y esto tendréis por estatuto perpetuo: En el mes séptimo, a los diez días del mes, afligiréis vuestras almas, y ninguna obra haréis, ni el natural ni el extranjero que mora entre vosotros. Porque en este día se hará expiación por vosotros, y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová. Día de reposo es para vosotros, y afligiréis vuestras almas; es estatuto perpetuo». El pueblo de Israel encontró un descanso solemne en sus corazones el décimo día del séptimo mes cuando el Sumo Sacerdote ofreció un sacrificio anual en su nombre y así redimió todos los pecados del mundo acumulados en sus corazones durante todo el año. Entonces los israelitas encontraron un descanso solemne en sus corazones. 

Levítico 16, 6 dice: «Y hará traer Aarón el becerro de la expiación que es suyo, y hará la reconciliación por sí y por su casa». En el décimo día del séptimo mes, como Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento, Aarón tenía que ofrecer primero un toro como ofrenda del pecado por sí mismo, y como cualquier otro sacrificio, tenía que poner las manos sobre el toro y sacrificárselo a Dios como holocausto. Después de ofrecer el toro por sí mismo y su casa, Aarón el Sumo Sacerdote ofreció el sacrificio del Día de la Expiación en nombre del pueblo de Israel. En aquel entonces, los sacerdotes comunes no podían entrar en el Tabernáculo. Así que en el décimo día del séptimo mes, Aarón ofreció un sacrificio por sí mismo y por su casa, y después ofreció otro sacrificio por todo el pueblo de Israel para redimir los pecados anuales. 

Está escrito en Levítico 16, 7-10: «Después tomará los dos machos cabríos y los presentará delante de Jehová, a la puerta del tabernáculo de reunión. Y echará suertes Aarón sobre los dos machos cabríos; una suerte por Jehová, y otra suerte por Azazel. Y hará traer Aarón el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Jehová, y lo ofrecerá en expiación. Mas el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Azazel, lo presentará vivo delante de Jehová para hacer la reconciliación sobre él, para enviarlo a Azazel al desierto». Como está escrito aquí, dos cabras eran tomadas el décimo día del séptimo mes. En aquel entonces, después de obtener la remisión de los pecados por sí mismo y su familia, Aarón, el Sumo Sacerdote, echaba suertes por los dos chivos, una de las cuales era para el Señor y la otra para el chivo.

En la Biblia “chivo expiatorio” significa ser liberado. Esto denota que Dios liberaba al animal del sacrificio por todo el pueblo de Israel. Un chivo era ofrecido al Señor primero y este sacrificio era necesario para que el Sumo Sacerdote pusiese las manos sobre su cabeza en el Tabernáculo por medio de los israelitas y así pasarle los pecados anuales. Después de la imposición de manos sobre el chivo, el Sumo Sacerdote le sacaba la sangre y la llevaba al Lugar Santísimo y allí la rociaba siete veces en el propiciatorio dentro del Lugar Santísimo, y así obtenía la remisión de los pecados anuales del pueblo de Israel ante la presencia de Dios. En vez de matar al pueblo de Israel, Dios había permitido a Aarón, el Sumo Sacerdote, pasar todos los pecados anuales al primer chivo y dejar que cargase con la condena que el pueblo de Israel debería haber pagado y así salvarlos a través de este sacrificio. 

Para que los israelitas recibiesen la remisión de los pecados, era absolutamente necesario que hubiese dos animales y dos tipos de sacrificios ofrecidos por el Sumo Sacerdote. Y cada sacrificio tenía que ser ofrecido según el sistema de sacrificios de Dios. Para todos los sacrificios, cada animal tenía que ser puro según la ley de Dios, pero para el sacrificio del Día de la Expiación, el Sumo Sacerdote tenía que pasar los pecados de los israelitas al animal mediante la imposición de manos sobre la cabeza del animal sin falta, matar al animal y derramar su sangre siete veces sobre el propiciatorio. Así es como uno de los dos chivos era sacrificado a Dios. Al poner las manos sobre el chivo y pasar los pecados anuales de los israelitas, el Sumo Sacerdote mataba al chivo expiatorio y ofrecía su sangre y carne a Dios, como se explica en Levítico 16, 18-19: «Y saldrá al altar que está delante de Jehová, y lo expiará, y tomará de la sangre del becerro y de la sangre del macho cabrío, y la pondrá sobre los cuernos del altar alrededor. Y esparcirá sobre él de la sangre con su dedo siete veces, y lo limpiará, y lo santificará de las inmundicias de los hijos de Israel». 

Sin el sacrificio ofrecido por el Sumo Sacerdote, el pueblo de Israel no podría haber recibido la remisión de los pecados, pero gracias al sistema de sacrificios y al Sumo Sacerdote establecido por Dios pudimos recibir la remisión de los pecados anuales para siempre. Este sistema de sacrificios era la salvación de Dios y el método por el cual Dios había salvado a los israelitas. 

Aarón fue nombrado Sumo Sacerdote, administró la expiación de los pecados por Su pueblo y Dios. Aarón tenía la autoridad de ofrecer el sacrificio del Día de la Expiación el décimo día del séptimo mes, y al cumplir este sacerdocio ante Dios eliminaba todos los pecados anuales de los israelitas y los limpiaba todos. Cuando el pueblo de Israel veía que sus pecados eran pasados al chivo por la mano de un hombre, Aarón el Sumo Sacerdote, como su representante, tenían la seguridad de que sus pecados habían sido redimidos. Para la gente del Antiguo Testamento, la salvación que traía la remisión de los pecados a todo el pueblo de Israel era el sacrificio ofrecido por medio del Sumo Sacerdote el décimo día del séptimo mes, el Día de la Expiación. 



El segundo chivo era ofrecido para la redención de los pecados anuales de los israelitas en sus corazones


Al haber sacrificado uno de los dos chivos a Dios Aarón tomaba el segundo chivo, como está escrito en Levítico 16, 21-22: «Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto». 

Con el pueblo de Israel mirando, Aarón ponía las manos sobre el segundo chivo y confesaba todos los pecados de los israelitas en su nombre diciendo: “Señor, el pueblo de Israel ha cometido asesinatos, adulterio, hurto, envidia y violencia. Se han postrado ante ídolos, no han observado el sábado y han tomado Tu nombre en vano. Han cometido todos estos pecados y no han cumplido todos Tus mandamientos”. Todos los pecados del pueblo de Israel eran pasados al chivo expiatorio en este momento. Después de que el Sumo Sacerdote pusiera las manos sobre el chivo expiatorio, era enviado al desierto para vagar solo hasta morir. 

Nuestros pecados deben ser redimidos en dos dimensiones. Primero debemos recibir la remisión de los pecados de Dios, y después debemos redimir todos nuestros pecados que se encuentran en nuestros corazones. Para que los israelitas recibiesen la remisión de los pecados, el animal del sacrificio tenía que morir por sus pecados escritos en el Libro del Juicio de Dios, y su sangre tenía que ponerse allí. Por eso Aarón tenía que poner la sangre del animal en los cuernos del altar de los holocaustos. Cuando Dios veía esta sangre aprobaba la ofrenda de los israelitas y su fe, declarando que había perdonado sus pecados cuando fueron pasados al animal y el animal fue condenado a morir en su lugar. En el Antiguo Testamento, el Evangelio de la imposición de manos y la sangre eran el Evangelio de la salvación de Dios que había traído la remisión de los pecados. No deben olvidar nunca que esto es igual en el Nuevo Testamento también. 

De esta manera, el pueblo de Israel aceptaba que sus pecados eran pasados al chivo expiatorio para siempre, recibía la remisión de los pecados de ese año. La gente del Antiguo Testamento que creía en este sacrificio del Día de la Expiación, la imposición de manos, y la sangre del sacrificio les daba la seguridad de la salvación de sus pecados. Todos los sacrificios del Antiguo Testamento eran sombras del Evangelio del Nuevo Testamento de la redención de los pecados, el Evangelio por el que uno nace de nuevo. 



El Evangelio de la redención de los pecados manifestada en el Nuevo Testamento


Entonces, ¿cómo ha cumplido Dios la redención de los pecados para todo el mundo en el Nuevo Testamento?

Está escrito en Mateo 1, 21-25: «Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS». 

Nuestro Señor vino a este mundo como Immanuel Dios para librarnos de todos nuestros pecados. Por eso le llamaron Jesús. Para librar de los pecados a toda la raza humana creada a imagen de Dios, el Señor tuvo que venir a este mundo encarnado como el Salvador. Y al venir a este mundo, nuestro Señor cumplió Su obra de salvación para librarnos de todos los pecados. 



El Evangelio de la Regeneración


Está escrito en Mateo 3, 13-17: «Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». Como se muestra aquí en el Nuevo Testamento, a los 30 años Jesús fue bautizado en el Río Jordán por Juan el Bautista para aceptar los pecados del mundo, y así nos ha salvado a todos los pecados del pecado. Al recibir esta bautismo de Juan el Bautista, Jesús cumplió toda la justicia de Dios. 



¿Por qué recibió Jesús el Bautismo de la remisión de los pecados en el río Jordán?


Aquí en la Biblia, vemos que el Sumo Sacerdote celestial y el Sumo Sacerdote terrenal se juntaron y que Jesús cumplió la justicia de Dios a través de Su bautismo y redimió todos los pecados de los pecadores de todo el mundo. Juan el Bautista, el hombre que bautizó a Jesús, era el hombre más grande de los nacidos de mujer. Jesús mismo testificó esto claramente en Mateo 11, 11: “Entre los nacidos de mujer no se ha levantado uno mayor que Juan el Bautista”. En el Antiguo Testamento el pueblo de Israel recibió la remisión de los pecados cuando un pecador o el Sumo Sacerdote ponía las manos sobre la cabeza de un animal para sacrificarlo. De la misma manera, en el Nuevo Testamento, cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista se cumplió la redención de todos los pecados del mundo, y esta redención se recibe a través de Jesús por fe. El Evangelio de la redención de los pecados que permite que todo el mundo nazca de nuevo es el Evangelio por el que Jesús ha redimido los pecados del mundo. Por tanto, el Evangelio de la redención de los pecados cumplido por Jesús a través de Su bautismo es el Evangelio de Dios que ha salvado a toda la raza humana de los pecados del mundo y la ha dejado sin pecados a través del bautismo de Jesús, el Hijo de Dios, el Evangelio que ha cumplido la justicia de Dios y ha redimido todos los pecados de la humanidad. Jesús fue bautizado de la manera más adecuada para cumplir esta salvación de todos los pecadores y redimir sus pecados. 

¿Qué significa “toda justicia”? Se refiere al bautismo que Jesús recibió para redimir todos los pecados de la humanidad. Fue bautizado para limpiar todos los pecados de todos los pecadores en este mundo personalmente. La Biblia dice: «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá» (Romanos 1, 17). La justicia de Dios consiste en que Dios Padre envió a Su Hijo a este mundo para salvar a todo el mundo del pecado, y en que el Padre borró todos los pecados con el bautismo de Jesús y Su sangre. Esta es la justicia de Dios de la salvación. 

La justicia de Dios en el Nuevo Testamento se consiguió con el bautismo de Jesús y Su sangre. ¿Cuál es la justicia que recibimos los pecadores de Dios? Es el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista mediante la imposición de manos. Hace 2,000 años todos nuestros pecados y los pecados del mundo fueron pasados a Jesucristo cuando fue bautizado por Juan el Bautista, y gracias a esta justicia de salvación, como Jesús cargó con los pecados de este mundo, nos hemos convertido en personas justas aunque éramos pecadores. Y nos hemos librado de los pecados al aceptar que esta Verdad es la justicia de salvación recibida de Dios. 

Está escrito en Mateo 3, 15: «Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó» (Mateo 3, 15). Cuando Jesús fue bautizado: «Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». Dios Padre dio testimonio de la salvación diciendo que Su Hijo había cumplido toda la justicia al ser bautizado. Estaba diciendo: “Jesús, quien acaba de ser bautizado por Juan el Bautista es Mi Hijo”. Dios Padre dio testimonio personalmente de que Su Hijo fue bautizado para salvar a la raza humana del precio del pecado. Dio testimonio de esto para asegurarse de que lo que Su Hijo Jesús había hecho, la obra justa que había borrado los pecados del mundo, no era en vano. 

Jesús es el Hijo de Dios y es también el Señor Salvador que nos ha librado a todos los pecadores de los pecados del mundo. Cuando Dios Padre dijo aquí: “Este es Mi Hijo amado en quien tengo mi complacencia” estaba testificando que Jesús había tomado todos los pecados del mundo a través de Su bautismo en obediencia a la voluntad del Padre. La palabra bautismo significa limpiar, transferir, pasar y enterrar. Todos nuestros pecados fueron pasados a Jesús cuando fue bautizado, y por tanto, cuando creemos en esta Verdad de corazón somos salvados de todos los pecados del mundo. 

El Antiguo Testamento es la Palabra de Dios que profetiza nuestra salvación, y su cumplimiento en el Nuevo Testamento es el bautismo de Jesús. Por tanto, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento están unidos. En el Antiguo Testamento, los pecados anuales del pueblo de Israel fueron pasados al animal del sacrificio cuando se ofrecía el sacrificio del Día de la Expiación, y su correspondencia en el Nuevo Testamento es el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista (Mateo 3, 15-17). Para salvar a todos los pecadores de los pecados del mundo Jesús fue bautizado. Gracias a este bautismo de la redención de los pecados que Jesús recibió, todos los pecados de nuestros corazones fueron pasados a Jesús y por tanto, si alguien acepta esta Verdad de salvación y de la remisión de los pecados, todos los pecados, incluyendo los pecados originales y personales fueron pasados a Jesús y todos serán eliminados de las tablas de sus corazones y el creyente será salvado por fe. 

Si no aceptan personalmente el bautismo de Jesús y Su sangre derramada en la Cruz en sus corazones, no podrán borrar los pecados del mundo en ningún sitio. Si todos sus pecados tuviesen que ser pasados y eliminados por otro método que no sea el bautismo de Jesús, no sería en cumplimiento de la Palabra de Dios. La verdadera salvación de la humanidad se alcanza al creer que todos los pecados del mundo fueron pasados a Jesús a través de Su bautismo. ¿Qué harán ustedes? ¿Aceptarán esta Verdad o la rechazarán? Estas no son las palabras del hombre. Es la Palabra de Dios. Jesús fue crucificado hasta morir porque había cargado con los pecados del mundo al ser bautizado; la sangre derramada en la Cruz era la consecuencia de este bautismo. Y al levantarse de entre los muertos, el Señor nos ha salvado a todos los creyentes. ¿Acaso no tuvo que morir Jesús en la Cruz como resultado del bautismo que recibió? 

La Biblia dice en Romanos 8 3-4: «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu». Cuando nadie podía cumplir la Ley de Dios porque todo el mundo era demasiado débil en la carne, Jesús cargó con todos los pecados del mundo sobre Su cuerpo a través de Su bautismo y los eliminó todos al ser bautizado hasta morir. Esta es la Verdad del bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista. Como Jesús había sido bautizado pudo morir en la Cruz. Esta es la sabiduría del Evangelio primitivo que Dios había planeado darnos desde la creación del mundo para redimir nuestros pecados. 

Si han creído solamente en la Cruz de Jesús solamente durante todos estos años, deben aceptar ahora el Evangelio verdadero de salvación, el Evangelio de la redención de los pecados que Jesús les ha traído. Solo entonces podrán convertirse en hijos de Dios. El Evangelio de la redención de los pecados es el Evangelio del bautismo de Jesús, Su sangre, Su muerte y Su resurrección de los que habló Dios a través del agua y el Espíritu. Al ser bautizado en el río Jordán, nuestro Señor ha limpiado todos los pecados del mundo para siempre, y al derramar Su valiosa sangre en la Cruz nos ha salvado a todos los que creen en la salvación del bautismo y sangre de Jesús. Los que han sido salvados han alcanzado la salvación al creer en la Palabra de la Verdad con sus corazones. Por tanto, incluso todos sus pecados futuros han sido limpiados y eliminados por fe. Quien haya sido salvado por fe ahora está libre de todo pecado al creer en esta Verdad de salvación compuesta por el bautismo de Jesús (la imposición de manos), Su sangre en la Cruz (juicio), Su muerte y Su resurrección. ¿Y qué hay de ustedes? ¿También creen en esta Verdad? Si lo hacen también serán personas justas. 

Ahora debemos cambiar de tema y examinar brevemente lo que pasó después de que Jesús fuese bautizado. En primer lugar, pasemos a Juan 1, 29: «El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». El día siguiente que aparece en la Biblia se refiere al día después de que Jesús fuese bautizado. Juan el Bautista dio testimonio de que Jesús era el Cordero de Dios que cargaba con los pecados del mundo. Dios testimonio de esta manera porque había pasado todos los pecados del mundo a Jesús en el río Jordán a través del bautismo que le había dado el día anterior. Un testigo solo puede dar testimonio de lo que sabe ciertamente. De la misma manera, como Juan el Bautista había bautizado personalmente a Jesús pudo dar testimonio del Señor y dijo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Esto aclara que Jesús cargó con los pecados del mundo a través de Su bautismo y cargó con ellos hasta la Cruz, y esta es la Palabra del Evangelio de regeneración. 




Como he mencionado antes Juan el Bautista declaró: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29). Este pasaje significa que a través de Su bautismo, Jesús tomó todos los pecados del mundo desde el principio hasta el final. Todos los pecados que cometen desde que nacen en este mundo del seno materno hasta el día en que cumplen 10 años son parte de los pecados del mundo. ¿Reconocen entonces la Palabra de Verdad de que todos estos pecados fueron pasados a Jesús cuando fue bautizado?

Ustedes también cometieron pecados en su adolescencia. ¿Creen que todos estos pecados también fueron pasados a Jesús a través de Su bautismo? ¿Qué hay de los pecados que cometieron a los 20 años? ¿También fueron pasados a Jesús? Sí, por supuesto. ¿Entonces creen de todo corazón que todos los pecados fueron pasados al cuerpo de Jesús a través de Su bautismo? ¿Creen que Jesús cargó con todos los pecados del mundo a través de Su bautismo?

¿Quieren ser salvados de todos los pecados del mundo ahora? Si quieren ser salvados, entonces deben creer en Jesús y Su sangre derramada en la Cruz como su salvación del pecado, como el Evangelio que hace posible que nazcan de nuevo. Si creen en este Evangelio, serán salvados. ¿Qué harán entonces? ¿Creerán en el Evangelio verdadero? Esta es la salvación de la regeneración aprobada en el Reino de Dios. El bautismo de Jesús y Su sangre constituyen el Evangelio original de regeneración, y este Evangelio es el don de la salvación de Dios que ha dado a todos los pecadores para nacer de nuevo. 

La fe en la salvación de regeneración que el Señor ha cumplido a través del bautismo que recibió y la valiosa sangre que derramó en la Cruz, y buscar el amor de salvación de Dios y aceptarlo de corazón es la verdadera fe, y es lo que hace posible que todo el mundo nazca de nuevo. El agua y la sangre de Jesús es lo que constituye la Palabra de regeneración. Nacen de nuevo solo si aceptan esta Palabra de Verdad escrita en la Biblia. 



Religión o fe


El cristianismo como una mera religión se trata de inventar a un Jesús propio y creer en la salvación de acuerdo con los deseos propios. En contraste, la verdadera fe cristiana que nos da la salvación de los pecados consiste en creer en la salvación de Dios a pesar de los pensamientos propios, confiando en que lo que Dios ha hecho para cumplir Su salvación prometida. En otras palabras, esto requiere que creamos que de la misma manera en que Dios prometió salvarnos en el Antiguo Testamento con el sistema de sacrificios, en el Nuevo Testamento, Jesús cargó con los pecados del mundo al ser bautizado y nos dejó sin pecados al derramar Su sangre. Al aceptar esta sabiduría divina del Evangelio primitivo podemos ser salvados. 

Sin el bautismo de Jesús no se pueden pasar los pecados, y sin el derramamiento de sangre no hay remisión de los pecados tampoco. Todos nuestros pecados fueron completamente pasados a Jesús y lavados a través de Su bautismo, y Jesús cargó con todos los pecados del mundo a la Cruz y derramó Su valiosa sangre para redimirlos. Por tanto, al aceptar esta Palabra de sabiduría, la Palabra del bautismo y la sangre del Señor, somos salvados de todos los pecados del mundo. Para tener verdadera fe, debemos creer en la salvación justa y verdadera de Dios por la que Jesús cargó con todos nuestros pecados cuando fue bautizado y los eliminó completamente cuando fue condenado en la Cruz en nuestro lugar. Dios amó a la raza humana tanto que para salvar a todo el mundo de los pecados, Dios vino a este mundo encarnado en un hombre, fue bautizado para cargar todos los pecados del mundo, y derramó Su sangre en la Cruz para pagar el precio de todos los pecados. Por tanto, son salvados solo al creer en este Evangelio de la Palabra de regeneración, el Evangelio de la redención de los pecados que Jesús ha cumplido por nosotros. El Señor ha cumplido este Evangelio perfectamente para librar a todos los pecadores de sus pecados y juicio, y al aceptar este Evangelio todos pueden ser salvados de sus pecados y evitar el castigo. 

La salvación se recibe cuando creen en el Evangelio de regeneración que nos dio el Señor con acción de gracias, confesando: “Señor, creo en este Evangelio. Aunque no tenga ningún mérito, creo en el bautismo que recibió para pagar por los pecados del mundo, Su muerte y Su resurrección”. De esta manera, aceptar y creer en el Evangelio primitivo de regeneración de Dios es de los que se trata la fe cristiana. 

Por fe nacemos de nuevo, como dice la Biblia: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10, 17). La Biblia también dice: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8, 32). Por tanto, deben conocer la Verdad del agua y la sangre de Jesús, y deben creer en el testimonio del agua, la sangre y el Espíritu que testifica que Jesús se ha convertido en el verdadero Salvador (1 Juan 5 5-8). 

Jesús dijo: “La verdad os hará libres” (Juan 8, 32). ¿Han encontrado la libertad de todos sus pecados según estas Palabra del agua y el Espíritu al creer en el bautismo de Jesús y Su Cruz? ¿Estamos practicando una vida religiosa o viviendo una vida de fe? El Señor está buscando a los que tienen fe en Su bautismo y sangre, el Evangelio que hace posible que todo el mundo nazca de nuevo. 

Si son verdaderos cristianos que creen en el bautismo de Jesús y Su sangre, el Evangelio de la redención de los pecados que Jesús les ha dado para nacer de nuevo su corazón no debe tener pecados. Sin embargo, si están viviendo una vida religiosa simplemente, son pecadores cuyo corazón sigue teniendo pecados. Esto se debe a que no creen de todo corazón en la verdadera salvación del bautismo y sangre de Jesús, el Evangelio de la remisión de los pecados que permite que todo el mundo nazca de nuevo. Si a pesar de este Evangelio, siguen intentando redimir sus pecados ofreciendo oraciones de penitencia de vez en cuando, están viviendo una vida religiosa. Esta gente no puede ser salvada de sus pecados. Sus oraciones de penitencia no pueden sustituir al Evangelio de salvación, el Evangelio de regeneración que ha borrado todos los pecados de su vida y los redimió a través de Jesús y Su sangre. Jesús ha eliminado todos los pecados del mundo, incluyendo todos los pecados futuros de Sus creyentes, y cuando creen en este Evangelio de la redención de los pecados son salvados. Me gustaría repetir que ninguna oración de penitencia que se ofrezca día y noche por un cristiano puede sustituir el Evangelio de la regeneración de Jesús, el Evangelio de la redención de los pecados. Todos los cristianos deben creer en este Evangelio de la redención de los pecados y la regeneración que Jesús nos ha dado. 

Somos incapaces de arrepentirnos de todos nuestros pecados completamente. Este tipo de arrepentimiento falso no devuelve a nadie a Dios; sino que solo le hace sentir bien durante un tiempo. Cuando no se arrepienten de verdad, ignoran la voluntad de Dios y solo dicen cosas sin sentido. Dios no quiere este arrepentimiento. ¿Qué es el verdadero arrepentimiento? Es volver a Dios. Es volver a la Palabra de salvación a través de la cual Jesús ha salvado a todos los pecadores y creer en esta Palabra de Verdad tal y como es. La fe por la que somos salvados de todos nuestros pecados es la fe en el bautismo de Jesús, Su sangre y Su resurrección de entre los muertos, y al creer en este Evangelio podemos recibir la vida eterna. Hemos sido salvados al creer en esta Palabra del Evangelio con nuestros corazones. Este es el Evangelio de la sabiduría que permite que todos los creyentes nazcan de nuevo a través de la redención de los pecados. Esta es la Verdad fundamental del bautismo de Jesús y Su sangre, y es el Evangelio del Reino de Dios a través del que uno nace de nuevo al creer en Cristo de todo corazón. 

Cuando nuestro Señor dijo que uno tenía que nacer de nuevo del agua y el Espíritu, estaba hablando del Evangelio de Verdad, pidiéndonos que naciésemos de nuevo al creer en la Palabra de Su bautismo y sangre. Al creer en la Palabra de Jesús podemos ver el Reino de Dios Padre y entrar en este Reino. Todos debemos creer en la Palabra de Jesús. La Palabra de Dios de la remisión de los pecados sobre el bautismo de Jesús, Su sangre derramada en la Cruz, y Su muerte y resurrección es la Palabra de la regeneración, y al creer en esta Palabra nacemos de nuevo. 

¿Y ustedes? ¿Creen en el Evangelio de la redención de los pecados, el Evangelio de la regeneración? Como creemos en el bautismo de Jesucristo y Su sangre derramada en la Cruz, hemos sido salvados de todos los pecados del mundo y nuestros pecados personales. Tener esta fe es creer en el Evangelio de la regeneración. Al ser bautizado, Jesús ha limpiado todos los pecados de los pecadores de este mundo. ¿Acaso no han sido salvados de todos sus pecados al creer en el bautismo y la sangre de Jesús que les permite nacer de nuevo? 

El Señor dijo en el pasaje de las Escrituras de hoy: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3, 5). Quien tenga el verdadero testimonio de la Palabra cumplida por Jesús, es decir, quien tenga la Palabra del bautismo de Jesús y Su sangre que permite nacer de nuevo es una persona que ha nacido de nuevo del agua y el Espíritu. Dios mismo ha dado testimonio de que la fe de la gente es justicia para Él. Como la Biblia dice en 1 Juan 5, 3-10, los que han nacido de nuevo por fe tienen la Palabra de Dios y su testimonio del agua, la sangre y el Espíritu en sus corazones. Si de verdad creen en Jesús y viven con fe, no deben creer en un Evangelio falso que no tenga la redención de los pecados, sino creer en el Evangelio verdadero. 

En el Antiguo Testamento Dios limpió la lepra del General Naamán completamente cuando sumergió su cuerpo en el río Jordán siete veces (2 Reyes capítulo 5). De la misma manera, como creyentes de Jesús, debemos creer que el Señor ha traído la salvación y ha redimido todos los pecados del mundo, y que hemos alcanzado esta salvación y hemos nacido de nuevo al creer en el bautismo de Jesús y Su sangre derramada en la Cruz. 

No somos nosotros quienes amamos al Señor primero, sino que es el Señor quien nos amó, y por tanto pueden ser salvados de todos los pecados del mundo para disfrutar la vida eterna al creer en el Evangelio de regeneración, el Evangelio a través del cual Dios ha eliminado todos nuestros pecados. Debemos creer en este Evangelio de regeneración y nacer de nuevo. Que Dios les bendiga.