The New Life Mission

Sermones

Tema 18: Génesis

[Capítulo 4-7] < Génesis 4, 1-7 > Solo Jesucristo fue la perfecta propiciación que quitó todos los pecados del mundo

< Génesis 4, 1-7 >
«Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra. Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él».
 
 
¿Qué necesitaban los pecadores?
 
Dios les dio dos hijos a Adán y Eva, y los llamaron Caín y Abel. Cuando estos hijos crecieron, Caín se hizo labrador y Abel, pastor. Entonces estos dos hombres ofrecieron sacrificios a Dios: Abel ofreció al primogénito del rebaño y su grasa, y Caín ofreció el fruto de la tierra. Sin embargo, mientras que Dios aceptó el sacrificio de Abel, no aceptó a Caín ni su sacrificio. ¿Por qué aceptó Dios el sacrificio de Abel, pero no el de Caín?
Porque Abel ofreció al primogénito de su rebaño y su grasa como sacrificio a Dios, ya que este sacrificio era agradable a Dios. La Biblia dice que Dios aceptó al primogénito del rebaño y su grasa, y si leemos este pasaje a la luz de la obra de redención de Dios, vemos que contiene la providencia de Dios. A través del Evangelio del agua y el Espíritu, nos damos cuenta del significado de esta Palabra misteriosa y creemos en ella. Dicho de otra manera, esta ofrenda demuestra la «obra justa» de Dios (Romanos 5, 18), que nuestro Señor vino a cumplir cuando estuvo en el mundo en el cuerpo de un hombre. Esta obra la cumplió al ser bautizado y derramar Su sangre para salvar a toda la raza humana de los pecados del mundo.
La grasa mencionada en el pasaje de las Escrituras de hoy manifiesta el hecho de que Jesús es Dios, quien creó el universo y nos ha salvado del pecado. Nuestro Señor es Dios, y es el Sumo Sacerdote del Cielo, y por eso vino al mundo encarnado en un hombre para salvar a los seres humanos del pecado, y llevarlos al Reino de los Cielos. Jesús es el Salvador que vino al mundo, fue bautizado para tomar todos los pecados del mundo sobre Sí mismo, derramó Su sangre y murió en la Cruz con esos pecados, y se levantó de entre los muertos. Esta es la obra justa mediante la que nos ha salvado de todos nuestros pecados.
Como el Salvador que vino al mundo para borrar nuestros pecados, el Señor realizó la obra de salvación y la completó para siempre. Nuestro Señor vino al mundo encarnado en un hombre, aunque era Dios mismo, un Ser espiritual que no conocía pecado, para convertirse en la perfecta propiciación que salva a todo el mundo de sus pecados. El Señor tuvo que encarnarse en un hombre. Solo entonces podía cargar con todos nuestros pecados en Su cuerpo a través de Su bautismo, y con Su sangre, Su vida pagó la condena de esos pecados y nos ha salvado por completo. Ahora, a través del Evangelio del agua y el Espíritu, podemos conocer a este Jesús que ofreció Su propio cuerpo para borrar nuestros pecados, como Sumo Sacerdote. Jesucristo es Dios, quien al ver nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, nos ha dado la salvación.
¿Por qué vino Jesús al mundo? Vino para salvar a los pecadores de este mundo de todos los pecados y todas las maldiciones, mediante la remisión de los pecados conseguida con el Evangelio del agua y el Espíritu. Al convertirse en nuestro Sumo Sacerdote, Jesús cargó con todos nuestros pecados en Su cuerpo, a través de Su bautismo. En otras palabras, nuestro Señor fue bautizado para aceptar todos los pecados del mundo en Su cuerpo, y se convirtió en nuestra propiciación, para borrar nuestros pecados. Para ello, el Señor ofreció Su propio cuerpo a Dios Padre, como propiciación de nuestros pecados. Para borrar nuestros pecados, nuestro Señor no sacrificó un animal en el mundo, sino que entregó Su cuerpo perfecto y se ofreció como propiciación para nuestros pecados.
El pasaje de las Escrituras de hoy nos enseña el tipo de fe con la que debemos acercarnos a Dios cuando nos presentamos ante Él. ¿Qué tipo de fe debemos entregarle cuando nos presentamos ante Él? El Señor nos está diciendo que debemos tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, que borra todos nuestros pecados. Para ser redimidos de nuestros pecados, debemos creer en el bautismo que el Señor recibió para salvarnos de los pecados del mundo, y en la sangre que derramó en la Cruz para redimirnos. El Señor es el verdadero Salvador que, al borrar nuestros pecados, ha borrado todos los pecados del mundo. Podemos ser salvados de todos nuestros pecados cuando creemos en esta propiciación eterna que el Señor ofreció. Debemos conocer el Evangelio del agua y el Espíritu y admitir que es la Verdad de nuestra salvación. Solo entonces Dios aceptará nuestra fe.
Jesucristo es nuestro Señor, y es el Sumo Sacerdote del Reino de los Cielos. Si no conocemos la obra del Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor cumplió por nosotros, no podemos estar seguros de que Jesucristo es nuestro Salvador, aunque queramos creerlo. Sin conocer el Evangelio del agua y el Espíritu, no podemos conocer el verdadero sacrificio de redención, ni podemos completar nuestra fe en Dios. ¿Cómo podemos entonces ofrecer al primogénito del rebaño y su grasa, nuestra propiciación? Para presentar nuestra verdadera fe a Dios, debemos tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos ha dado. Nuestras acciones de fe se consiguen cuando se cree en el Evangelio del agua y el Espíritu. En otras palabras, solo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, podemos caminar por fe. Por eso, la Biblia testifica que podemos vivir una vida espiritual completa cuando tenemos una fe perfecta (Santiago 2, 22). Esta fe se obtiene cuando creemos que Jesucristo es nuestro Salvador.
Debemos ser redimidos de nuestros pecados al creer en nuestro Salvador Jesús, según el Evangelio del agua y el Espíritu. Debemos tener fe en Jesucristo, nuestro Salvador, que es el Sumo Sacerdote del Cielo para nosotros. Solo entonces podemos recibir la verdadera salvación, convertirnos en los hijos del Padre y heredar el Reino de los Cielos como herederos legítimos. Esto es lo que nos está diciendo el pasaje del Génesis 4.
 
 
Para borrar todos nuestros pecados, necesitamos el sacrificio del Cordero de Dios.
 
Nuestra naturaleza humana hace que no podamos evitar cometer pecados hasta que morimos. Para poder recibir la remisión de los pecados de parte de Dios, el Cordero de Dios es absolutamente necesario. Debemos entregar al Primogénito del rebaño y Su grasa a Dios, y hacer nuestra confesión de fe siguiente: «Dios Padre, del mismo modo en que este Cordero derramó Su sangre, yo tendría que haber muerto por mis pecados, pero para salvarme, Jesús, el Cordero de Dios, fue bautizado por Juan el Bautista. El Señor aceptó mis pecados para siempre a través de Su bautismo, y para pagar la condena de estos pecados, murió en la Cruz».
Cuando traemos esta fe en Jesús, el Cordero del sacrificio, ante Dios, podemos recibir la remisión de los pecados. Cuando traemos esta fe a Dios Padre, cuando mira nuestra fe, la aprobará y nos aceptará como Hijos Suyos. Si Abel no hubiese ofrecido al primogénito de su rebaño y su grasa, Dios no le habría aceptado.
Abel trajo al primogénito de su rebaño y su grasa como su sacrificio para Dios. Esto implica que Abel pudo presentarse con confianza ante Dios Padre porque creyó en Jesucristo, el Sumo Sacerdote del Cielo, que borró todos los pecados de la raza humana. Por eso Dios Padre aceptó a Abel y sus sacrificios. Nosotros también debemos tener la misma fe que Abel. Debemos darnos cuenta de que cualquier fe que sea diferente a la de Abel no será aceptada por Dios.
 
 
El altar de los holocaustos en el Antiguo Testamento es la sustancia del castigo de los pecados
 
Cuando el pueblo de Israel entraba en el Tabernáculo para ofrecer sacrificios a Dios, el primer instrumento que se encontraba era el altar de los holocaustos. El segundo instrumento que veían era la fuente de bronce. Tanto el altar de los holocaustos como la fuente estaban hechos de bronce. ¿Qué nos dicen el altar y la fuente de bronce?
¿Cómo podemos, los que ya no tenemos pecados, acercarnos a Dios? El altar de los holocaustos declara que todos nuestros pecados han sido condenados mediante un sacrificio. Por tanto, para escapar del juicio y presentarnos ante Dios debemos creer que todos nuestros pecados fueron condenados en el altar de bronce donde se ofrecían los holocaustos. Aunque somos seres imperfectos que no pueden evitar pecar hasta que mueren, y como el sacrificio de redención tomó nuestros pecados y pagó nuestra condena en el altar de los holocaustos, al afirmar esto y creer, podemos acercarnos a la presencia de Dios.
Cuando un israelita ofrecía un sacrificio en el altar de los holocaustos, primero tenía que confesar sus pecados a Dios y pasárselos al animal mediante la imposición de manos en su cabeza. Después de esto, le cortaba la cabeza al animal, le sacaba la sangre y se la entregaba al sacerdote, que ofrecía el sacrificio de redención en su lugar, y le permitía recibir la remisión de los pecados.
La fuente de bronce simboliza la afirmación de que nuestros pecados fueron eliminados completamente a través del sacrificio de redención que Dios permitió. En otras palabras, esto significa que, al afirmar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, podemos tener la fe en que todos nuestros pecados, cometidos con el corazón o nuestras acciones, fueron borrados. Ahora, al creer en el bautismo de Jesucristo, que es nuestro Sumo Sacerdote del Cielo, y en Su sangre derramada en la Cruz, podemos estar en la presencia de Dios sin vergüenza o miedo. Creemos que el Señor nos ha salvado de esta manera.
Después de pasar por el altar de los holocaustos y a fuente de bronce, se llegaba al Santuario, que era la estructura principal del Tabernáculo. ¿Qué tipo de fe necesitamos para entrar en el Santuario? Esta fe es la misma fe en la Palabra de Dios que ha borrado todos nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu. Podemos entrar en el Santuario solo cuando creemos que el Señor es el Sumo Sacerdote de los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu.
¿Qué encontraríamos en el Santuario de Dios? Veríamos un poste de lámpara de oro, la mesa para el pan de la propiciación, y el altar del incienso. A la izquierda encontraríamos la lámpara, y a la derecha la mesa. En la mesa habría 12 panes sin levadura, dispuestos en dos filas. Los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu de Dios, se alimentan siempre del pan de vida de la Palabra de Dios. Los que comen pan espiritual siempre, no tienen hambre nunca, porque son miembros de la Iglesia y se convierten en siervos de Dios, que iluminan este mundo con la luz de la salvación. Los que han recibido la remisión de los pecados y comparten este pan, se reúnen para formar la Iglesia de Dios y comparten el pan de vida con la gente de todo el mundo. Esta es la lección de la mesa del pan y de la lámpara.
El altar del incienso representa nuestras oraciones. Estaba situado en la parte oeste del Santuario, y una vez al año, el Sumo Sacerdote ponía sangre en las cuatro esquinas del altar del incienso. Esto implica que si queremos orar a Dios, primero debemos creer que Jesucristo ha borrado todos nuestros pecados al ser bautizado por Juan el bautista y derramar Su sangre, y que por tanto debemos recibir la remisión de los pecados. Si hay pecado en nuestros corazones cuando oramos a Dios, nuestras oraciones nunca llegarán a Dios. Por eso la Biblia dice:
«He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová
para salvar,
ni se ha agravado su oído para oír;
pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios,
 y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír» (Isaías 59, 1-2).
Si un pecador quiere orar a Dios, primero debe tener fe en que todos sus pecados fueron borrados a través del bautismo de Jesús y Su Cruz. Aunque cometamos pecados por culpa de nuestras debilidades, debemos creer que nuestro Señor tomó nuestros pecados a través de Su bautismo y que fue condenado por ellos en la Cruz. Solo en todos podemos suplicar a Dios sin vergüenza, como personas sin pecado. Así es como podemos quemar incienso en el altar del incienso del Santuario. Por tanto, solo los que han recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, pueden orar a Dios como hijos Suyos. Solo después de nacer de nuevo podemos orar al Dios santo.
 
 
Los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu podemos orar a Dios
 
Ningún pecador está cualificado para orar a Dios. Sin embargo, los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, estamos cualificados para orar a Dios Padre. En el Lugar Santo podemos encontrar el altar del incienso, la mesa del pan de la propiciación, y la lámpara. Si recibimos la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, podremos ser miembros de la Iglesia de Dios, y por tanto podremos comer el pan de vida y compartirlo con los demás. En otras palabras, estas tres bendiciones se nos darán cuando recibamos la remisión de los pecados. Este tipo de vida es la de los que viven en el Santuario de Dios. Esto significa que Dios ha hecho que nuestros corazones sean Sus templos santos (1 Corintios 3, 16). Dios nos ha hecho Sus hijos santos. Por eso, cuando recibimos la remisión de los pecados de Dios, somos justos, y podemos comer de la Palabra de Dios por fe.
Para entrar en el Santuario, primero hay que pasar por la puerta de hilo azul, púrpura y escarlata y de lino entretejido, que también estaba presente en la parte exterior del Tabernáculo. El azul significa el bautismo de Jesús; el púrpura, que Jesús es Dios; y el escarlata, la sangre de Jesús. ¿Qué debemos traer con nosotros cuando entramos en el Reino de Dios? Debemos traer la fe en que nuestros pecados han sido eliminados por el Evangelio del agua y el Espíritu. Solo entonces somos justos, podemos comer el pan de vida y disfrutar de la vida eterna, y además podemos orar a Dios Padre.
En tiempos del Antiguo Testamento, cuando el Sumo Sacerdote entraba en el Lugar Santísimo, tenía que tomar la sangre del sacrificio que había aceptado los pecados de la gente. Este sistema de sacrificios del Día de la Expiación manifiesta la Verdad de que, cuando creemos en el bautismo de Jesús y Su sangre derramada en la Cruz, podemos escapar de la ira de Dios y además convertirnos en hijos Suyos para disfrutar de todas las bendiciones del Cielo.
La fe que nos permite entrar en el Reino de los Cielos es la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Este Evangelio testifica que Jesús tomó los pecados de toda nuestra vida al ser bautizado en el río Jordán y que al cargar con todos los pecados del mundo, pagó la condena en la Cruz. Debemos creer en la redención del Cordero de Dios. Debemos creer en nuestro Señor Jesucristo que cargó con todos nuestros pecados, y debemos presentar esta sangre de redención ante la presencia de Dios.
Si pasamos el Lugar Santo, nos encontramos con otra puerta que también tiene los colores azul, púrpura y escarlata, así como el lino tejido con querubines (ángeles) tejidos en la tela. Detrás de esta cortina en la puerta, está el Lugar Santísimo.
¿Qué nos encontramos en el Lugar Santísimo? El Arca del Testimonio, el Arca de la Alianza de Dios. Este es el lugar donde Dios desciende. El Arca es un baúl rectangular con una tapa, y dentro tiene dos tablas de piedra que contienen la Ley, el bastón de Aarón, y un recipiente de oro que contiene maná. La cubierta de oro que cubría este Arca, tenía dos querubines en los dos lados con sus alas extendidas para proteger el Arca. Esta parte se llama el Asiento de la Misericordia, porque es donde Dios concede Su misericordia.
Como pecadores, no podíamos evitar el juicio severo de Dios; pero cuando creemos que Jesucristo tomó todos nuestros pecados y derramó Su sangre para redimirlos, y cuando llevamos esta fe al Lugar Santísimo, Dios nos dará Su gracia de redención. Esta es la salvación del Asiento de la Misericordia. Cuando el Sumo Sacerdote esparcía la sangre del sacrificio siete veces sobre el Asiento de la Misericordia cada año, confesaba su fe.
Para presentarnos ante Dios, ¿qué tenemos que hacer? ¿Nos aceptaría Dios si le trajésemos nuestras acciones justas como Caín? No, por supuesto que no. Lo que Dios acepta con placer no son nuestras obras, sino nuestra fe. Si tomamos nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu para presentarnos ante Dios, al ver nuestra fe, Dios nos aprobará como gente justa, nos tomará como Hijos suyos y nos dará las bendiciones del Cielo también.
Sin embargo, si no tenemos fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, tendremos un gran problema. En vez de recibir la gracia de salvación de Dios, entonces seremos condenados y malditos. Si alguien intenta acercarse a Dios y presentarse ante Su presencia con un pecado, el fuego del juicio le devorará instantáneamente. Por tanto, cuando alguien quiere estar en presencia de Dios, si tiene la fe de un pecador que ha sido redimido de su pecado original, pero no de sus pecados personas, no podrá entrar en el Reino de los Cielos, por mucho que lo desee.
El patio del Tabernáculo era rectangular, y sus partes este y oeste median 50 cúbitos (22,5 metros o 24,6 yardas), y las partes norte y sur, 100 cúbitos (45 metros o 49,2 yardas). Para consagrar el patio del Tabernáculo del mundo exterior, los cuatro lados tenían unas paredes recubiertas con telas de lino. Esta pared de lino, que medía 5 cúbitos (4,2 metros), y la puerta del patio, estaban apoyadas en un total de 100 pilares de madera. Para sujetarlos se unían con cintas de plata, y se aseguraban con cables de bronce clavados en el suelo. Además, también había encajes de bronce para los pilares, que se levantaban encima de estos encajes para que no hundirse en la arena.
En la Biblia, la plata simboliza la gracia de salvación de Dios, mientras que el bronce simboliza Su juicio. De todos los utensilios del Tabernáculo, todo lo que estaba enterrado en el suelo, estaba hecho de bronce. Esto implica que, aunque los humanos merecen ser condenados, como Jesús tomó nuestros pecados mediante Su bautismo y fue condenado en nuestro lugar, los que estaban condenados, ahora pueden recibir la remisión de los pecados por fe y entrar en el Santuario de Dios a través de Su gracia.
En los pilares del patio que separaban el Tabernáculo del mundo exterior, se utilizó madera, plata y bronce. Cada pilar reposaba sobre un encaje de bronce para no caerse, y estaba sujeto con cintas de plata unidas con clavijas de bronces que clavaban los pilares al suelo. Esto nos dije que, como nuestro Señor ha sido condenado por nosotros, ahora podemos levantarnos firme ante Dios. Las telas de lino que rodeaban el patio del Tabernáculo nos dicen que los que han sido redimidos de sus pecados están limpios y puros como el lino, porque han creído en el Evangelio del agua y el Espíritu, y se han convertido en el pueblo de Dios. Así, todos los elementos del Tabernáculo dejan claro que por la gracia de Dios podemos presentarnos ante Él como hijos Suyos.
 
 
El sacrificio de Abel simboliza la fe en la justicia de Dios
 
Cuando Abel mataba al primogénito de su rebaño y se lo entregaba a Dios junto con la grasa, su corazón y su fe proclamaban: «Querido Dios, estaba destinado a ir al infierno por mis pecados y ser condenado. Pero creo que, según Tu ley de salvación, cuando ponga las manos sobre este cordero, todos mis pecados se pasaron al animal, y cuando este cordero derramó su sangre y murió, pagó el precio del pecado. Te ofrezco este sacrificio de fe. Creo que aceptarás este cordero sacrificado y me salvarás». Abel entregó a Dios esta fe, y gracias a esta fe, su sacrificio fue aprobado por Dios. Por eso Dios borró los pecados de Abel y aceptó a Abel y su sacrificio. La conclusión es que Abel triunfó sobre el pecado y la muerte mediante la fe.
Abel es uno de los antecesores de la fe, que creyó en la justicia de Dios. Ante Dios, nosotros también podemos convertirnos en gente con la misma fe, si creemos en que Jesús es nuestro Sumo Sacerdote. Cuando nos presentamos ante Él con nuestra fe en la justicia de Dios, ni siquiera la Ley justa de Dios puede condenarnos. Como Jesús se ha convertido en nuestro Sumo Sacerdote, esta Ley que manifiesta Su justicia estricta, no puede decir que tenemos pecados. Aún es más, solo puede admitir que no tenemos pecados.
Para borrar todos nuestros pecados, Jesús tomó nuestros pecados sobre Su cuerpo al ser bautizado, y pagó la condena de estos. Por tanto, los que creen en esta Verdad serán salvados de sus pecados. Aunque Dios Padre es un Dios justo y estricto, al enviar a Su Hijo, y al hacer que Juan el Bautista le bautizara, y que derramase Su sangre, Dios nos ha salvado de nuestros pecados. Todo esto es gracias a la salvación que el Sumo Sacerdote del Reino de los Cielos nos ha traído. ¿Lo entienden? En otras palabras, Dios nos ha dejado sin pecados con Su propia justicia. Así que, ante la justicia de Dios, damos gracias a Dios y le glorificamos por fe.
Debemos saber qué es el sacrificio de justicia aceptable para Dios, y debemos creer en él. Esta es la ofrenda de la fe que cree en el bautismo que Jesucristo recibió y la sangre que derramó en la Cruz. A través del Evangelio del agua y el Espíritu, todos debemos darnos cuenta de que Jesús se ha convertido en nuestro Sumo Sacerdote. Sin ninguna duda, Jesús ha cumplido Su papel como Sumo Sacerdote del Reino de los Cielos. Sin ninguna duda, Jesús es el Salvador que ha borrado todos los pecados del mundo para siempre. Como Sumo Sacerdote del Cielo, quitó todos los pecados del mundo. Esta obra se consiguió mediante el sacrificio eterno que solo el Sumo Sacerdote podía ofrecer.
Los sacerdotes normales tenían que ofrecer sacrificios todos los días por el pueblo de Dios, y tenían que ofrecer docenas de sacrificios durante un día para borrar los pecados de todos. Pero el Sumo Sacerdote borró los pecados anuales de los israelitas mediante n solo sacrificio que se ofrecía el décimo día del séptimo mes. Sin embargo, cuando el Sumo Sacerdote de la tierra cumplía los 50 años, tenía que pasar sus funciones de sacerdocio a su hijo, y por eso muchos sumos sacerdotes sirvieron en el Tabernáculo durante distintas generaciones.
Pero el Sumo Sacerdote del Cielo salva perfectamente a quien viene a Dios al confiar en el bautismo de Jesucristo y Su sangre. Cuando vino al mundo, tomó todos los pecados del mundo al ser bautizado por Juan el Bautista, fue condenado en la Cruz por estos pecados, se levantó de entre los muertos y ascendió a los Cielos para sentarse a la derecha del trono de Dios Padre. La Biblia dice: «Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7, 23-25). Por eso, Jesús es nuestro Sumo Sacerdote eterno. ¿No es así? ¿Borró Jesús los pecados de este mundo dos veces? No, por supuesto que no. Los borró solo una vez con la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu.
Solo cuando ofrecemos el sacrificio de justicia a Dios, a través de nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, podemos ofrecer el sacrificio que complace a Dios. De lo contrario estaríamos malditos, y esto es lo que Dios nos está diciendo a través de los dos sacrificios distintos de Caín y Abel. Dios aceptó el sacrificio de Abel. Al ofrecer el sacrificio de la justicia aceptable para Dios, a través de nuestra fe, ahora nos hemos convertido en Su pueblo. En otras palabras, Dios nos ha aceptado como hijos Suyos a los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Nuestra fe es la misma que la de Abel. Nosotros también hemos realizado el sacrificio de la fe, como Abel, y por eso Dios nos ha aceptado. Dios nos ha contado con todo detalle lo que es el sacrificio de Su justicia. La Biblia nos habla de diferentes maneras acerca del Evangelio del agua y el Espíritu. Solo los que creen en el Evangelio de la Palabra de Dios, que está escrito con todo detalle en la Biblia, pueden entrar en el Cielo. Ahora, al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, podemos ofrecer el sacrificio diario de la justicia de Dios.
Caín no ofreció el sacrificio especificado por Dios, sino que hizo lo que quiso. En otras palabras, al contrario que Abel, Caín ofreció el fruto de la tierra como su ofrenda a Dios. Cualquier ofrenda que no esté de acuerdo con la voluntad de Dios, sino que provenga de la voluntad propia, no es aceptable para Dios. Incluso hoy en día, hay muchos cristianos que hacen esta ofrenda. Muchos cristianos no tienen la fe que Dios desea, sino que tienen una fe errónea y llevan a muchos a tener esta misma fe. Se están convirtiendo en ladrones que roban de las arcas de la iglesia. Se están convirtiendo en atracadores. Si alguien cree en Dios a su propia manera, se convertirá en un estafador espiritual. Todos nosotros debemos creer en Dios según la Palabra.
Como podemos ver en 1 Corintios 15, el Apóstol Pablo dijo: «Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Corintios 15, 1-4).
Cuando Pablo dice aquí: «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras», es decir cuando Pablo escribió el libro de 1 Corintios, la palabra Escrituras se refiere al Antiguo Testamento. Si esto es así, ¿a qué parte de las Escrituras se refiere Pablo? ¿Dónde habla el Antiguo Testamento de la forma en que nuestros pecados son redimidos? El sacrificio de redención del libro de Levítico habla de este misterio. En otras palabras, este sacrificio es el sacrificio a través del cual un pecador pasaba sus pecados a un animal puro mediante la imposición de manos en su cabeza, mataba al animal, esparcía su sangre, y quemaba su carne y su sangre como sacrificio a Dios.
Este era el sacrificio de justicia que Abel ofreció. Nuestro Señor vino al mundo según las Escrituras, tomó nuestros pecados a través de Su bautismo según las Escrituras, murió en la Cruz según las Escrituras, se levantó de entre los muertos según las Escrituras, y así se ha convertido en nuestro Sumo Sacerdote y nos ha salvado, todo según las Escrituras. A través del Evangelio del agua y el Espíritu, Jesús se ha convertido en el Salvador de todos los pecadores. Del mismo modo en que el Apóstol Pablo se convirtió en un hombre justo por creer en Jesús según las Escrituras, nosotros nos hemos convertido en personas justas al creer en Él según las Escrituras.
¡Aleluya!