The New Life Mission

Sermones

Tema 18: Génesis

[Capítulo 4-10] < Génesis 4, 3-5 > El sacrificio del primogénito del rebaño y su gordura

< Génesis 4, 3-5 >
«Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante».
 
 
En el pasaje de las Escrituras de hoy hay dos hermanos que ofrecieron sacrificios a Dios. Uno era Caín, el primogénito de Adán, y el otro era Abel, el segundo hijo. Caín tomó el fruto de la tierra y se lo ofreció a Jehová, mientras que su hermano Abel ofreció al primogénito de su rebaño y su gordura.
Dios no respetó el sacrificio de Caín, pero sí el de Abel. Como resultado, Caín se enojó. Por tanto, está bastante claro cuál de los dos sacrificios eran aceptables para Dios. Está escrito aquí que Abel ofreció al primogénito de su rebaño y su gordura. Debemos parar aquí y considerar exactamente qué significa el primogénito del rebaño y su gordura. Sabemos a través de las Escrituras que cuando el pueblo de Israel ofrecía sacrificios a Dios, le quitaban la grasa al animal y se la ofrecían a Dios.
Esto implica, según el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento, que Jesús vino a este mundo y se ofreció a Sí mismo como ofrenda vida a Dios Padre. El cordero y la grasa que Abel ofreció a Dios simboliza la Verdad que Jesucristo completó nuestra salvación al ser bautizado por Juan el Bautista y derramar Su sangre al principio del Nuevo Testamento. En otras palabras, Jesús, el Salvador, vino a este mundo al nacer a través del cuerpo de María, aceptó todos los pecados de la humanidad a los 30 años cuando fue bautizado por Juan el Bautista, fue crucificado hasta morir y así ha eliminado nuestros pecados. Jesucristo era el Hijo de Dios, sin pecado, tomó todos los pecados de la humanidad a través de Su bautismo y después murió crucificado. Pero al tercer día se levantó de entre los muertos y salvó a todos los pecadores de todos sus pecados. En otras palabras, al enviar a Jesús como el Cordero sin pecado, Dios Padre nos ha salvado a todos para siempre de los pecados de este mundo, y Abel se acercó a Dios poniendo su fe en esta Verdad.
Como Jesús era el Hijo de Dios y como aceptó todos los pecados de la humanidad a través de Su bautismo, tenía la obligación de pagar el precio de estos pecados con Su propia sangre. Esta es la razón por la que fue rechazado por Su propia gente y fue sentenciado a muerte en la corte de Pilato, recibió cuarenta latigazos menos uno a manos de los soldados romanos, y derramó toda Su sangre en la Cruz. Como fue bautizado por Juan el Bautista tuvo que sufrir el dolor de ser crucificado hasta morir. Al derramar toda Su sangre en la Cruz, y justo antes de morir, gritó: “Está acabado” (Juan 19, 30) y al tercer día resucitó de entre los muertos.
Cuando Jesús vino a este mundo, nació en una aldea llamada Belén. Creció en Nazaret, en la región de Galilea. Solo cuando cumplió los 30 años comenzó Su ministerio público y comenzó Su obra justa de salvación para librar a la humanidad de todos sus pecados. En otras palabras, al ser bautizado por Juan el Bautista, tomó todos los pecados del mundo para siempre, y al derramar Su sangre en la Cruz ha salvado a los pecadores de los pecados. Estoy repitiendo esta verdad de nuevo, porque Jesús vino a este mundo y tomó todos los pecados de este mundo al ser bautizado por Juan el Bautista, morir en la Cruz, resucitar de entre los muertos al tercer día, ascender a los Cielos a los 40 días de Su resurrección y volverá de la misma manera en que ascendió. Estos son los detalles de la fe que Abel tuvo cuando ofreció al primogénito del rebaño y su gordura a Dios.
En el capítulo tres del Evangelio de Juan, Jesús habló claramente del Evangelio del agua y el Espíritu a Nicodemo. Y Jesús dijo: “Solo cuando se nace de nuevo del agua y el Espíritu podemos ver el Reino de Dios y creer en Él”, y esto es cierto porque Jesús no miente. El agua del capítulo tres de Juan re refiere al bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista, y el Espíritu Santo simboliza que Jesucristo es Dios mismo.
De esta manera Jesús fue el primogénito del rebaño y el Hijo de Dios. ¿Qué cumplió Jesús cuando vino a este mundo? Tomó todos los pecados del mundo para siempre al recibir el bautismo y morir en la Cruz por nuestros pecados, y esta es precisamente la obra de salvación que Jesús cumplió por nosotros. En otras palabras, cuando Jesús habló de nacer del agua y el Espíritu en Juan 3, 5, el Espíritu se refiere al sacrificio de la grasa que se menciona en las Escrituras de hoy. Por eso la Biblia dice que cuando Jesús fue concebido por María, fue concebido por el Espíritu. Jesucristo era Dios mismo, pero el Espíritu divino vino a este mundo en nuestra semejanza, encarnado a través del cuerpo de la Virgen María. Este Jesucristo es nuestro Dios y Salvador. Jesucristo vino a este mundo y completó la obra justa por nosotros. En otras palabras, tomó todos nuestros pecados al ser bautizado, derramó Su sangre y murió en nuestro lugar, y después se levantó de entre los muertos. Todo esto lo hizo para completar Su obra en la tierra.
Esta obra que Jesús hizo en este mundo es el ministerio simbolizado por el sacrificio de Abel, es decir del primogénito del rebaño y su grasa. Por tanto, debemos creer en nuestros corazones en el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista, en la sangre que derramó en la Cruz y en Su muerte y resurrección. Todas estas cosas las cumplió por el Espíritu Santo. Así es como Dios nos ha salvado de los pecados del mundo. Debemos creer que Jesucristo, que es Dios mismo, fue encarnado a través del cuerpo de la Virgen María, tomó nuestros pecados al ser bautizado derramó Su sangre en la Cruz y así nos ha salvado de todos nuestros pecados. En otras palabras, debemos creer que es Dios mismo y nuestro Salvador. Al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu somos salvados y nos convertimos en hijos de Dios.
 
 
La implicación de “su gordura”
 
Jesús vino a este mundo para salvarnos del pecado. Dios mismo vino a esta tierra encarnado en un hombre y vivió aquí durante 33 años. Después de tomar los pecados del mundo sobre Sí mismo, Jesús fue sentenciado a muerte por la corte de Pilato y al final fue ejecutado en la Cruz en el Calvario. Todos debemos pausar y considerar el sufrimiento que tuvo que soportar. Debemos pensar y considerar el sufrimiento que tuvo que soportar por nosotros. Debemos pensar en lo cruel que fue la muerte de Jesús fue y lo terrible que fue el sufrimiento. El castigo de la crucifixión que Jesús tuvo que soportar estaba reservado para los peores criminales que eran ejecutados con el dolor y sufrimiento más insoportable. La ejecución más cruel y brutal era la crucifixión. Por tanto, Jesús murió de la manera más dolorosa y terrible y se levantó de entre los muertos.
En la era del Imperio Romano, la sentencia más dura para los criminales más terribles era la pena capital de la crucifixión. Cuando un criminal era sentenciado a la muerte, se le trataba como un criminal en el corredor de la muerte. Y como eran sentenciados a morir, Jesús tuvo que quitarse las vestiduras y ponerse el uniforme de criminal. Y durante la puesta en marcha de la sentencia, se le quitó este uniforme y se quedó desnudo. Después de que Jesús fuese crucificado los soldados romanos le ataron las manos a un poste y le azotaron con un látigo de cuero con pinchos de metal. Los criminales así tenían que ser azotados cuarenta veces menos una. Cada vez que el látigo azotaba el cuerpo de Jesús Su carne se quebraba. Su cuerpo estaba lleno de sangre. Así que cuando Jesús fue clavado en la Cruz ya estaba medio muerto.
Después de golpear a nuestro Señor amado con 39 latigazos, el ejecutor le hizo llevar la cruz de madera en Su espalda malherida en la que sería crucificado y tuvo que subir esta Cruz pesada hasta el lugar de la ejecución.
Jesús llevó la Cruz hasta donde tenía que ser crucificado y fue arrastrado cuando se tropezó y cayó, y al mismo tiempo fue azotado por los soldados durante todo el camino.
Cuando Jesús llegó a Gólgota, los solados lo clavaron a la Cruz de manos y pies. Cuando le estaban clavando los clavos largos en las manos y los pies, los gritos de Jesús se podían escuchar por todo el lugar. Cuando terminaron de excavar los agujeros para las cruces, los solados romanos las ponían en los agujeros. Los hombres condenados experimentaban mucho dolor ya que el peso de su cuerpo caía sobre los clavos y la sangre brotaba de las heridas. De esta manera, la sangre salió del corazón de Jesús hasta la última gota. “Está acabado”, gritó el Señor antes de dar Su último suspiro y después murió. Así es cómo Jesús fue crucificado.
Debemos saber que la muerte de Jesús no fue una muerte ordinaria. Esto lo consiguió el Espíritu divino, el Dios santo. Esta muerte de Jesús fue nuestra propia muerte. El derramamiento de sangre pagó el precio de nuestros pecados. Para salvarnos, el Hijo de Dios vino a este mundo y tomó todos nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista y morir en la Cruz.
Ahora al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu como está proclamado en la Biblia, hemos sido salvados de los pecados del mundo. El agua simboliza que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista. El ministerio de su gordura es la obra de la salvación de Jesús que nos ha salvado de todos nuestros pecados, y que fue conseguida mediante el nacimiento de Jesús, Su bautismo, Su sangre derramada en la Cruz y Su resurrección. Dios mismo hizo todas estas cosas. El Hijo de Dios, después de ser bautizado, sufrió mucho en la Cruz, para salvarnos de los pecados. Gracias a Su ministerio justo, hemos sido salvados de todo corazón al creer en este Jesús que nos ha salvado de los pecados.
Dios nos ha salvado de todos los pecados del mundo y ahora todo el que crea en esta Verdad del Evangelio puede nacer de nuevo y tener nueva vida en Él. A los que hemos nacido de nuevo al creer en este Jesús que nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu, la verdadera salvación nos ha llegado. Jesucristo, que es Dios, vino encarnado en un hombre, fue bautizado por Juan el Bautista, murió en la Cruz en nuestro lugar y se levantó de entre los muertos para devolvernos a la vida. Ha hecho todas estas cosas para convertirse en nuestro Salvador personal. Todas estas cosas que cumplió el Hijo del Hombre cuando vino a este mundo forman el Evangelio del agua y el Espíritu. Todo esto tuvo lugar porque Jesús, que es Dios, vino a este mundo y tomó todos nuestros pecados a través de Su bautismo y fue crucificado para pagar el precio de nuestros pecados. Como fue azotado, esto también es parte de Su ministerio de expiación, donde cargó con la condena del pecado por nosotros.
Hablando bíblicamente Jesucristo es Dios, y para Dios Padre es el único Hijo. El pasaje de las Escrituras de hoy nos dice que Abel ofreció al primogénito de su rebaño y su gordura a Dios. Este sacrificio denota la fe de Abel, que implica que creyó en todas estas cosas que Jesús haría, es decir, que vendría a este mundo encarnado, tomaría los pecados del mundo a través de Su bautismo, sería azotado y moriría en la Cruz en nuestro lugar y se levantaría de entre los muertos. Jesús, que es Dios, ofreció Su propio cuerpo a Dios Padre como nuestra expiación para salvarnos de los pecados. Por eso Jesús aceptó todos nuestros pecados al ser bautizado y crucificado. A través de estas obras justas nos ha salvado de la condena del pecado. Por tanto es importante que creamos en esta Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu y debemos presentarnos ante Dios Padre con esta fe. Solo entonces Dios aceptará nuestra fe y nos aceptará como Su pueblo.
Jesús es Dios. Los libros de texto seculares enseñan que Jesús es uno de los cuatro grandes sabios de la humanidad, pero eso es una tontería. Los libros seculares hablan de los cuatro sabios de la humanidad: Sócrates, Confucio, Buda y Jesús. A parte de Jesús también respetan a estos hombres carnales de un carácter muy noble. Ahora haremos algunas comparaciones entre estos tres hombres nobles y Jesucristo.
Siddhartha Gautama provenía de un pequeño reino del clan Shakya, que está situado en la capital de Kapilavatsu, en las Montañas del Himalaya, en la frontera de lo que hoy es el Sur de Nepal y la India. Nació del rey Suddhodana y su esposa Maya. Por tanto era un príncipe. Hay diferentes teorías acerca de su fecha de nacimiento, pero la más aceptada es a mediados del siglo VI a.C.
Al nacer en una familia real, Siddhartha se casó a los 16 años y pasó una vida cómoda en el palacio, lejos de la pobreza. Llegó el momento en que descubrió la pura miseria y el sufrimiento de la mayoría de su pueblo y vio el horror del sufrimiento, muerte, enfermedad, vejez y dolor al que nunca había sido expuesto en su vida en el palacio. Esta situación le marcó y decidió irse de casa a los 29 años buscando emanciparse de este terrible sufrimiento. Siguiendo la práctica de los monjes de aquel entonces se dedicó al ascetismo, pero después de seis años de practicarlo, dejó su vida, se sentó debajo de un árbol, meditó profundamente y alcanzó la iluminación. Esta iluminación se conoce como el despertar correcto. Buda dijo lo siguiente: “Sed la luz y refugio. Practicad el camino, tomando la ley como la luz y el refugio”. Cuando estaba a punto de morir les dijo a sus discípulos: “Las palabras de vuestro fundador han terminado. Pero no penséis que vuestro fundador no está con vosotros. Las leyes y estatutos que os he enseñado serán vuestro maestro después de mi muerte”. Este hombre terrenal que dejó su estatus de príncipe para resolver los problemas de la humanidad es el fundador del budismo, una de las religiones más importantes del mundo.
El segundo hombre, Sócrates, nació en Atenas alrededor del 469-399 a.C. La gente le llama el padre de la filosofía. La palabra filosofía es una palabra derivada de dos palabras griegas: filos (amar) y sofia (sabiduría y conocimiento). En realidad esta palabra se originó cuando Sócrates se describió a sí mismo como amante del conocimiento, en contraste con los sofistas de la Antigua Grecia que se autoproclamaban sabios. Sócrates dijo que había que amar el alma propia (psique). Se preguntó a sí mismo: “¿Qué es lo más importante para mí mismo?” e hizo que su tarea diaria fuese tener conversaciones filosóficas con todo el mundo.
Como resultado se le acusó de blasfemia y de corromper a la juventud y fue sentenciado a muerte según la ley del lugar. Mientras estaba encarcelado sus discípulos intentaron salvarle por todos medios, pero Sócrates rechazó esta ayuda y no quiso escapar, se bebió el veneno practicando lo que predicaba sobre obedecer estrictamente la ley, y argumentando que incluso una ley injusta es una ley y debe ser obedecida. De esta situación salió el proverbio que dice: “Incluso una ley justa sigue siendo una ley”. Sócrates animó a todo el mundo a darse cuenta de su propia ignorancia de su existencia y a hacer preguntan acerca de ella por ser lo más importante. Por supuesto esto no implicaba que Sócrates lo supiese. El amor por el conocimiento (filosofía) de Sócrates era por darse cuenta de la propia ignorancia (conocimiento de la ignorancia) de la razón de nuestra ser, y llegar a esta calle sin salida cuestionando esa ignorancia continuamente. Así que nos dejó con este dicho famoso: “Conócete a ti mismo”, señalando que el conocimiento de la ignorancia propia es el conocimiento filosófico más importante.
La tercera persona es Confucio (552-479 a.C.), de linaje real de la dinastía Shang al final del período de Primavera y Otoño (770-403 a.C.) en la historia china. Enseñó a muchos discípulos a practicar la virtud, ya que él se había dedicado a cultivarla. Su carácter llegó a un estado tan virtuoso en su edad avanzada que pudo decir: “Ahora que tengo 70 años, no tengo ninguna vergüenza de hacer lo que mi corazón desee”. Tuvo mucha influencia incluso en vida. Como buen mandarín, filósofo y maestro, fue considerado un sabio entre su gente, como alguien a imitar, ya que habló de la importancia de mejorar el carácter propio practicando la virtud y moral y puso mucha importancia en la los estudios. Este era el hombre que construyó la base de la ética y la moral en Oriente, y sus ideas son respetadas por todo el mundo. Enseñó que hay que ser leal a la patria, fiel a los amigos y honrar a los padres, en otras palabras, estableció los códigos de conducta que todo el mundo debe seguir para ser un ser humano decente. Confucio tuvo un impacto enorme en las sociedades orientales y sus culturas.
Ahora centraremos nuestra atención en Jesús, el Salvador de la humanidad. Jesús nació en este mundo a través del Espíritu Santo. Y cuando cumplió los 3 años aceptó todos los pecados de la humanidad para siempre al ser bautizado. Entonces entregó Su cuerpo en la Cruz y fue crucificado, todo para salvar a la raza humana. Jesús tomó todos los pecados del mundo en Su propio cuerpo, derramó Su sangre y murió con un dolor horroroso. Murió y resucitó al tercer día.
Hay diferencias incuestionables que diferencian a Jesús de los tres sabios del mundo de los que he hablado. En primer lugar, el nacimiento de Jesús es diferente. Los tres sabios, Sócrates, Buda y Confucio nacieron en sus respectivos países y de sus respectivos padres. Nacieron como hijos de meros seres humanos. Pero Jesús fue concebido por el Espíritu Santo y nació del cuerpo de una virgen. Y Su nacimiento fue profetizado mucho antes de que naciese en este mundo. Más de 4,000 años antes de Su nacimiento, Dios había prometido que vendría el Salvador, como está escrito claramente:
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer,
 y entre tu simiente y la simiente suya;
ésta te herirá en la cabeza,
y tú le herirás en el calcañar» (Génesis 3, 15).
Mientras que los demás sabios tienen una tumba, Jesús no la tiene porque resucitó al tercer día después de Su muerte. Incluso cuando la gente hace peregrinaciones a Israel donde Jesús vivió, no pueden encontrar Su tumba. Cuando comparamos a estos sabios con Jesús desde un punto de vista espiritual es incuestionable y sin duda que Jesús tuvo el mayor impacto sobre la humanidad.
Por tanto, no debemos creer en Jesús a ciegas. No estoy diciendo esto solo para exaltar a Jesús, en quien creemos. A diferencia de Sócrates, quien tomó su sabiduría y sus ideas como su propia vida; y Confucio, quien enseñó ética y moral a la gente; y Buda, que intentó resolver los problemas del sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte de la humanidad, pero murió sin éxito, Jesús es realmente el Dios, que no solo resolvió el problema de los pecados de la humanidad, sino también el problema de la condena y la maldición del pecado. Por tanto, Jesús nunca debe compararse con estos tres sabios o nadie más. Aunque dejásemos de lado el hecho de que Jesús es Dios, y los comparásemos de una perspectiva humana, estos sabios no se pueden ni comparar con Jesús.
El budismo enseña que cada persona debe alcanzar el Nirvana por su cuenta y sus propios esfuerzos. Enseña que hay que practicar el ascetismo para liberarse de los 108 sufrimientos. Los seguidores del budismo deben llevar un cubo con trigo en la cabeza durante 4 km y enterrar cada grano en la tierra hasta que todo el trigo se haya enterrado. ¿Por qué hay que hacer esto el budismo? Los budistas creen que serán purificados mientras practiquen el ascetismo. Se dice que a través de este ascetismo estricto uno se puede convertir en un Buda vivo, es decir en un dios vivo. En otras palabras, el budismo enseña que no hay dios distinto a los seres humanos, pero cualquiera puede convertirse en un dios si vive con virtud. Pero sinceramente, ¿tiene esto sentido? Las enseñanzas del budismo no tienen ningún sentido. Sus metas son inalcanzables, y al pedir que sus seguidores intenten conseguir metas imposibles crea más confusión que claridad. El budismo no puede ayudar a la gente a encontrar la salvación para sus almas.
En cuanto al confucianismo, no hay ninguna otra religión que le dé tanta importancia a la ética y la moral. Mencio, quien heredó las enseñanzas de Confucio, argumentó que todos los seres humanos tienen cuatro tipos de virtudes básicas innatas: la generosidad, la justicia, la ética y el conocimiento. Por tanto, cualquiera puede convertirse en un hombre de virtud si desarrolla esta naturaleza y la manifiesta. Sin embargo, el carácter virtuoso debería salir del corazón. Dar importancia solo a la manifestación externa de la conducta ética y crear normas sociales solo hace que la gente se convierta en hipócritas. Dicho de otra manera, el confucianismo ha creado un camino que causa la ilusión de que cualquiera que siga sus códigos y prácticas parecerá virtuosa.
La base fundamental de la existencia humana se encuentra en el corazón. Solo cuando el corazón cambia, las obras que salen del corazón cambian. Los seres humanos deben darse cuenta de los pecados en sus corazones. Y deben darse cuenta de que sus corazones corruptos son peores que las obras de sus acciones.
Vale la pena considerar qué filósofo famoso de nuestro tiempo fue más beneficioso para la humanidad. Cuando consideramos este aspecto entre Buda y Confucio, el primero intentó despertar a la gente para alcanzar la iluminación, y por eso fue más beneficioso. Por lo menos el budismo intenta vencer el mal dentro de las personas. Sin embargo, ni Buda ni Confucio pudieron proporcionar una solución para los pecados.
Aunque Siddhartha hizo hincapié en el mundo interior e intentó averiguar la causa fundamental del sufrimiento, no pudo resolver este problema y murió. ¿Cómo puede una persona que murió sin resolver su propio problema del sufrimiento aportar ningún beneficio a la humanidad ahogado en los pecados del mundo? Sin embargo, Jesús ha resuelto completamente el problema del sufrimiento de la humanidad, de la enfermedad, la vejez, la muerte y el pecado; también nos dio la vida eterna para entrar en el Cielo.
¿Quién era este Jesús? No era nadie más que Dios, santo y justo, que nos amó a los seres humanos. Todo lo que Jesús hizo cuando vino a este mundo lo hizo por nosotros. No hay nadie excluido de este amor increíble de Jesús, Su salvación y Sus bendiciones. Jesús ha salvado a todo el mundo. Con el Evangelio del agua y el Espíritu Jesús ha resuelto los problemas del sufrimiento, enfermedad, edad y muerte, los del pecado y la condena y la vida eterna. Este es el amor de Dios y Su salvación.
Cuando llevamos nuestras ofrendas a Dios, cuando entramos en Su presencia confiando en Dios, ¿qué tipo de fe debemos tener? La fe que confiesa: “Dios me ha salvado así con el Evangelio del agua y el Espíritu. Todo lo que Jesús hizo en este mundo lo hizo Él mismo. Jesús es el verdadero Dios que me ha salvado con Su bautismo y Su muerte en la Cruz”. Solo cuando nos presentamos ante Dios con esta fe Dios nos aprueba. Como Jesús completó nuestra salvación, dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11, 28). Cuando ponemos nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu y nos presentamos ante Dios, debemos ser aprobados por Él y recibir Sus bendiciones.
En el contexto del pasaje de las Escrituras de hoy, como Abel ofreció al primogénito de su rebaño y su gordura a Dios, Dios lo aceptó. Este sacrificio no es otro que Jesucristo, el Hijo de Dios, en quien todos creemos hoy. Dios mismo fue bautizado y ejecutado por nosotros porque nos amó tanto. En otras palabras, nuestro Señor es este primogénito del rebaño y para salvarnos fue bautizado y murió en nuestro lugar. Dios mismo vino a este mundo encarnado en un hombre, fue bautizado en nuestro lugar, murió en la Cruz y se levantó de entre los muertos para salvarnos. Esto es lo que significa este pasaje de las Escrituras donde Abel ofreció el primogénito de su rebaño y su gordura.
El Libro de Levítico describe en detalle el sistema de sacrificios para la expiación de los pecados, donde se especifica claramente que un pecador tenía que sacrificar un cordero, una cabra o un toro puros y tenía que pasar sus pecados al animal del sacrificio mediante la imposición de manos sobre la cabeza del animal, cortarle el cuello para sacarle la sangre y ofrecer su sangre a Dios sin falta. Después de esto, la grasa se sacaba de los riñones y del hígado y se ofrecía en el altar de los sacrificios, con la carne del animal. El que el animal del sacrificio muriese de esta manera simbolizaba que Jesús vendría a este mundo, sería bautizado y moriría en la Cruz. En el sacrificio de expiación escrito en el Libro de Levítico, la ofrenda siempre debía ofrecerse con su grasa.
Mis queridos hermanos, si matamos a un animal y se lo ofrecemos a Dios de cualquier manera sería todo en vano. Las ofrendas así son completamente inútiles, aunque ofreciésemos cientos o miles de ellas. En otras palabras, Dios acepta nuestro sacrificio como una fragancia dulce solo si creemos en la salvación que nos ha dado. Por eso el Señor dijo: «Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos» (Malaquías 1, 8). El Señor dijo que aunque la sangre de los sacrificios fuera tan espesa como un río, detestaría cualquier sacrificio que se ofreciese sin creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Si no le llevamos la fe en la justicia de Dios, no otra ofrenda será aprobada por Dios.
El único Hijo de Dios vino a este mundo para salvarnos del pecado y a través de la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu nos ha salvado para siempre. El nombre de Jesús significa “Salvador” (Mateo 1, 21). Para salvar a los seres humanos del pecado, la condena y la destrucción, Dios cargó con todos nuestros pecados en Su cuerpo y entregó Su vida para pagar el precio de todos esos pecados. Al creer con fe que Jesús fue bautizado y tomó todos nuestros pecados sobre Su cuerpo y murió para salvarnos perfectamente del pecado y la condena seremos salvados.
El Evangelio del agua y el Espíritu se trata de la obra de salvación de Dios que nos libró de los pecados. Todas las palabras de la Biblia que nos hablan de cómo Jesucristo vino al mundo y fue salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu, son la obra del Espíritu Santo. La fe en lo que Jesús ha hecho por nosotros cuando vino a este mundo es la fe que cree en su gordura (el Espíritu Santo) y la fe en el amor de salvación de Dios.
¿Cómo se eliminaron los pecados del mundo y cómo nacimos de nuevo? ¿Cómo y por qué tipo de fe podemos entrar en el Reino de Dios? ¿Cómo podemos ver a Dios? ¿Cómo podemos obtener una vida nueva? ¿Cómo podemos resolver los problemas de la humanidad del sufrimiento, enfermedad, vejez y muerte?
Como Dios nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu pudimos resolver el problema del pecado y la muerte por fe. El Hijo de Dios vino a este mundo encarnado en un hombre, nos libró de la muerte al morir en nuestro lugar, fue bautizado para dejarnos sin pecados y se levantó de entre los muertos para darnos una vida nueva. Al creer que todas estas cosas fueron conseguidas por el Hijo de Dios, y al aceptar el amor de Dios y Su salvación y vida eterna, podemos escapar de todos nuestros pecados y evitar la condena.
Creer en Jesús como el Salvador es creer en la justicia de Dios. Creer en el Evangelio del agua y el Espíritu es creer que Dios nos ha salvado completamente. Esta fe es la fe que nos permite nacer de nuevo del agua y el Espíritu. Mis queridos hermanos, todos creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, ¿verdad? El bautismo que Jesucristo recibió era el bautismo a través del que aceptó todos nuestros pecados para siempre. Y al derramar Su sangre y morir en la Cruz cumplió toda la justicia. Por eso Jesús dijo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3, 5).
El bautismo que Jesucristo recibió de Juan el Bautista y la muerte que sufrió eran la justicia de Dios que Cristo cumplió para dejarnos sin pecados y darnos una vida nueva. En otras palabras, el nacimiento de Jesús, Su bautismo y Su muerte en la Cruz eran la justicia de Dios que se cumplió por nuestra salvación. Cuando creemos que Dios ha hecho todas estas cosas para salvarnos, somos salvados, nos convertimos en hijos de Dios y los problemas del sufrimiento, enfermedad, vejez y muerte se resuelven completamente. ¿Quién ha resuelto el problema de nuestros pecados? ¿Quién ha resuelto este problema por nosotros? Nosotros, los que nacemos en pecado, que envejecemos y nos hacemos frágiles, caemos, enfermamos, morimos e iríamos al infierno. El Hijo de Dios vino y resolvió todos nuestros pecados.
Cuando la gente envejece, suele padecer Alzheimer. Esta mañana me he encontrado con una señora que padecía Alzheimer delante de mi iglesia. Tenía que trabajar en la iglesia así que llegué pronto. Cuando iba a subir las escaleras, vi a una señora mayor sentada en las escaleras delante del baño que estaba mirándome. Así que le pregunté: “Perdone ¿por qué está sentada aquí?”. Ella contestó: “¿Esto no es un hospital?”. Yo contesté: “¿Ha venido aquí pensando que esto era un hospital? Lo siento, pero esto no es un hospital. Es una iglesia de Dios”. Entonces la señora intentó levantarse e irse pero no podía bajar las escaleras. Así que le cogí del brazo y la ayudé a bajar escalón por escalón, pero tardamos más de cinco minutos. ¿Quién puede solucionar el problema de todas las enfermedades, de la vejez y la muerte de esta mujer? Solo el Hijo de Dios puede resolverlo porque nos ha abierto el camino de la vida eterna para nosotros.
Jesús es este Dios. Todo lo que Jesús hizo era lo que Dios hizo por nosotros. ¿No es esto cierto, mis queridos hermanos? No debemos pensar que Jesús es uno de los cuatro sabios de la historia. Sé que Jesús es Dios y el Hijo de Dios. En el capítulo uno de Juan está escrito: “La Palabra se hizo carne y moró entre nosotros” y “todas las cosas fueron creadas a través de Él”. Es Dios mismo. Para salvarnos completamente, se convirtió en un hombre como nosotros. Como Dios nos ama y creó el universo y todo lo que hay en él por Su Palabra vino a este mundo como un hombre para salvarnos.
En otras palabras, Jesús, que es Dios mismo, bajó a este mundo desde el Cielo durante un tiempo para salvar a la humanidad de sus pecados. Dios Padre hizo que Su único Hijo naciese a imagen del hombre. Cuando Dios vino a este mundo, ¿llegó haciendo mucho ruido diciendo: “Estoy aquí. Desgraciados seres humanos. ¿Me conocéis? No os voy a perdonar. Os mostraré que soy Dios”? ¿Vino para meter miedo en los corazones de la gente, a matarnos con rayos y gobernar con miedo para que temblásemos y nos postrásemos ante Él diciendo: “Dios ha llegado. El Dios temible se ha convertido en un ser humano como nosotros”? Por supuesto que no. Si Dios hubiese venido de esta manera, la gente se habría sometido a Él, pero no le habría amado.
Como Dios amó tanto a la humanidad, decidió tomar prestado el cuerpo de una virgen para nacer encarnado en un hombre para salvarnos de los pecados. Para resolver todos los problemas del sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte de la humanidad, el Dios Todopoderoso tomó prestado el vientre de la Virgen María y allí pasó nueve meses como un hombre normal, y creció con Sus padres de la carne y fue amamantado por Su madre. Jesús experimentó todos los problemas del sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte que todo el mundo experimenta.
Por eso la Biblia dice: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4, 15). Jesús pasó por toda esa tristeza y sufrimiento y con el Evangelio del agua y el Espíritu solucionó todos estos problemas del sufrimiento, la enfermedad, la edad, la muerte y el pecado. Jesús experimentó toda nuestra tristeza y sufrimiento y con el Evangelio del agua y el Espíritu, solucionó todos los problemas del sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte y el pecado. Después de completar Su misión real al ser bautizado por Juan el Bautista, ser crucificado y resucitado de entre los muertos, Jesús volvió a Dios Padre y le dijo: “Padre, he vuelto después de hacer todo lo que me has ordenado que hiciese en el mundo. He completado mi misión. Hice que Mis discípulos lo escribiesen todo en la Biblia”.
Ahora que hablamos de la Biblia, me gustaría decir que esta Biblia ha sido conservada por la providencia magnífica de Dios, hasta que llegó a nuestras manos. La Biblia es la Palabra de Dios escrita por 40 autores en un período de 1,500 años. Durante 1,400 años antes del nacimiento de Jesús, el Pentateuco de Moisés, que incluye Génesis y Éxodo, se escribió, y a través de Sus siervos, Dios aseguró que Su Palabra se conservara para que no se corrompiese durante tanto tiempo. Entre los judíos había una escuela de los llamados masoritas. Estos expertos se dedicaban a escribir la Palabra de Dios en la piel de cordero más delicada y a conservarla.
El alfabeto hebreo tiene muchos puntos. Dependiendo de dónde se pongan los puntos, las palabras pueden tener diferentes pronunciaciones y significados diferentes. Mientras se copiaba la Biblia, si alguien se distraía y ponía un solo punto en el sitio incorrecto, se alteraba el significado original del pasaje. Así que los que hacían este trabajo tenían que purificarse, estar siempre alerta y nunca se acercaban a mujeres. Lo hacían porque Dios les había inspirado. Cuando iban al baño se lavaban las manos bien y también limpiaban las plumas antes de volver a transcribir las Santas Escrituras. También había revisores que examinaban cada copia detenidamente. Cualquier copia que tuviese el mínimo error se descartaba. Solo las copias perfectas, sin ningún error, se metían en una vasija de arcilla, se sellaba y después se almacenaba en una cueva seca y fría. Como esa región de Palestina es muy árida y seca, los pergaminos de piel de cordero tenían la habilidad de extraer la humedad con buena ventilación y por eso las copias de las Escrituras intactas durante mucho tiempo.
Sin embargo, esta obra continuó por los que habían sido llamados para ella, y a través de estas personas Dios conservó la Biblia intacta. A mediados de los años 40 se realizó un descubrimiento enorme. En 1947, mientras buscaban una oveja perdida, unos pastores beduinos descubrieron pergaminos de piel dentro de unas vasijas en una cueva en Qumran, situado cerca del Mar Muerto en el Este de Israel. Los pastores no pensaron que los pergaminos fuesen importantes y por eso los vendieron a un vendedor de antigüedades por poco dinero. Incluso este anticuario no sabía lo que eran estos pergaminos, y por eso acabaron en manos del obispo de la Iglesia Ortodoxa siria. Después todos estos pergaminos llegaron a los Estados Unidos, pero al final los expertos del Antiguo Testamento en Israel hicieron todo lo posible para que los pergaminos volviesen a Israel después de pagar un precio altísimo en una transacción secreta. Los pergaminos fueron estudiados intensivamente y se descubrió que eran copias del Antiguo Testamento escritas alrededor del año 125 a.C., ahora conocidos como los Pergaminos del Mar Muerto.
Los Pergaminos del Mar Muerto fueron escritos 270 años después de terminarse de escribir el Libro de Malaquías. Hasta su descubrimiento, la copia más antigua de las Escrituras era el manuscrito de Masora, y como fue escrito entre el año 600 y 900 a.C. por escribas después de que hubieran pasado 1,000 años después de que el Libro de Malaquías se escribiese por primera vez muchos consideraban que era muy posible que la Biblia hubiese alterada de manera significativa. Sin embargo, con el descubrimiento de los Pergaminos del Mar Muerto, el período que faltaba se acortó unos 1,000 años, y la distancia entre el Libro de Malaquías, el último libro del Antiguo Testamento, y la copia disponible de las Escrituras se redujo unos 270 años.
Después de este primer descubrimiento, los arqueólogos encontraron 11 pergaminos más en cuevas de Qumran, cerca del Mar Muerto, que incluían no solo copias del Antiguo Testamento sino también copias parciales del Nuevo Testamento. Los expertos compararon los Pergaminos del Mar Muerto con el manuscrito de Masora, que se escribió 1,000 años después, e intentaron determinar las similitudes. Sorprendentemente se reveló que las dos copias eran completamente idénticas hasta en los puntos y comas. El manuscrito de Masora era el igual que los Pergaminos del Mar Muerto, lo que indicaba que posiblemente eran idénticos a los manuscritos originales. La Biblia que tenemos ahora es la misma Biblia que Moisés y otros muchos siervos de Dios escribieron.
Los 66 libros del Antiguo y Nuevo Testamentos fueron canonizados solo después de haber sido estudiados y verificados por muchos expertos que compararon y analizaron multitud de copias de las Escrituras a lo largo de un período de tiempo considerable. Durante la Reforma, la Biblia se tradujo a las lenguas nacionales, cuando la imprenta de metal fue inventada y la tecnología de publicación avanzó, la Biblia se imprimió en una sola colección de Escrituras. Esta es una breve historia de cómo la Palabra de Dios ha llegado intacta hasta nosotros.
Jesucristo nos ha salvado de los pecados del mundo a través del Evangelio del agua y el Espíritu. La obra de salvación que Jesús cumplió cuando vino a este mundo la realizó el Espíritu Santo. Todo lo consiguió el Dios de la Trinidad. Al creer en este Jesús como nuestro Salvador hemos sido salvados.
Está escrito en Génesis 4, 3-5: «Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante».
Aquí se dice que Dios respetó a Abel y su ofrenda. Si damos la ofrenda de fe a Dios con la misma fe que la de Abel, entonces Dios nos aceptará también. Mis queridos hermanos, ¿tienen la misma fe que la de Abel? ¿Tiene su corazón fe en Dios? ¿Tienen fe en la Verdad de que Dios nos ha salvado de todos los pecados del mundo a través del Evangelio del agua y el Espíritu? Yo creo que sí.
Cuando tenemos fe en este Evangelio del agua y el Espíritu Dios acepta esta fe y nos recibe. Dios nos recibe en Sus brazos a los que hemos nacido de nuevo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu diciendo: “Sois Mis hijos”. Y entonces nos sella como Sus propios hijos e hijas, poniendo anillos en nuestros dedos. En la Roma antigua se llevaban anillos para indicar que se era el hijo o esposa de alguien. Quizás por eso cuando un hombre y una mujer se casan se intercambian anillos. El Señor ha sellado nuestros corazones con el Espíritu Santo como personas que han sido salvadas a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Así que nos ha dado el Espíritu Santo en nuestros corazones como garantía de que somos Sus hijos.
Jesús, que es Dios mismo, vino a este mundo encarnado en un hombre hace 2,000 años, y nos ha salvado de todos nuestros pecados. Y lo escribió todo en la Biblia para que las generaciones siguientes pudieran ser salvadas. De esta manera, a través de la Palabra escrita, nuestro Señor nos está ofreciendo la misma salvación a los corazones de los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. De la misma manera en que los padres e hijos de la carne se aman los unos a los otros, se ayudan y se abrazan, nosotros llamamos a nuestro Dios “Abba, Padre” y nuestro Padre contesta: “Sí, hijos Míos”. Por el amor de Dios nos hemos convertido en Su pueblo especial. Con esta fe estamos adorando a Dios.
Dios nos ha salvado de todos los pecados. Nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu. El único Hijo de Dios, que decidió antes de la fundación del mundo venir a este mundo a salvarnos completamente con Su agua y sangre.
¡Aleluya!