The New Life Mission

Sermones

Tema 16: Evangelio de Juan

[Capítulo 20-1] < Juan 20:11-31 > Los justos tienen una vida nueva

< Juan 20:11-31 >
«Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas. Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre».
 
 
Hoy es domingo de Pascua. En nuestra reunión de la mañana he predicado acerca del tema «Debemos dar gracias a Dios por darnos una vida nueva». Hermanos y hermanas, les espera una vida nueva a los justos que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. La vida en este mundo no lo es todo para los justos, pero hay una nueva vida, una vida gloriosa después de la resurrección de nuestros cuerpos físicos.
¿Cuál debe ser nuestra verdadera esperanza? Nuestra esperanza debería ser el retorno del Señor. Todo el mundo espera que algo bueno les ocurra mientras viven en este mundo. ¿Qué es lo más deseado que espera la gente durante el resto de sus vidas? Tener una segunda oportunidad para vivir al ser resucitados. La gente tiene muchas cosas de las que arrepentirse durante sus vidas, así que quieren recuperar el tiempo y vivir una vida perfecta si se les da una segunda oportunidad. Los nacidos de nuevo disfrutarán de lo que han estado esperando cuando llegue ese Día. Por tanto, los justos deben esperan con anticipación sus vidas nuevas en el Cielo mientras viven en este mundo.
Había una mujer llamada María Magdalena mientras Jesús estaba en este mundo. Fue sorprendida en el acto de adulterio, pero entonces conoció a Jesús y fue salvada de todos los pecados por Su gracia. Era una de las primeras mujeres que fue a la tumba de Jesús el tercer día después de Su entierro.
Nuestro Señor ama a todo el mundo, pero amó especialmente a María Magdalena, quien recibió la gracia de Su salvación. Nuestro Señor ama más a las personas como María Magdalena que tienen almas pobres y hambrientas de Su gracia.
En el amanecer del tercer día después de la muerte de Jesús, María Magdalena fue a Su tumba con otra mujer para poner especias y perfume en Su cuerpo como era costumbre. Pero se quedó absolutamente sorprendida al ver que la piedra pesada que había en la entrada había sido retirada. Cuando se dio la vuelta para ver quién había por los alrededores, vio que había alguien detrás de ella. No sabía que era Jesús. Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Pensando que era el jardinero, dijo: «Si te lo has llevado, por favor, dime dónde lo has puesto e iré a buscarlo».
Cuando el hombre que ella creía que era el jardinero la llamó por su nombre, ella se dio cuenta de que era Jesús resucitado entre los muertos. Entonces ella le llamó rabboni, que significa maestro en hebreo. Jesús dijo: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». María Magdalena volvió corriendo hacia los discípulos y dijo: «He visto al Señor» y les dijo lo que Jesús le había dicho.
María Magdalena era una de esas personas que había recibido la remisión de los pecados de Jesús. Era la persona que había estado a punto de ser lapidada cuando conoció a Jesús, y tanto su cuerpo como su alma fueron salvados por la gracia de Jesús. Por eso no pudo evitar amar a Jesús tanto.
En la Biblia hay muchas mujeres con el mismo nombre, María. Por ejemplo, el nombre de la madre de Jesús era María, así que seguramente piensen que la mujer que fue a la tumba el día de la resurrección fue María, la madre de Jesús. Pero la Biblia dice claramente que era María Magdalena. Cuando Jesús fue crucificado había varias mujeres llamadas María, incluyendo la madre de Jesús, María Magdalena y la otra María, la mujer de Clopas (Juan 19:25). El nombre de María era muy común en Israel, de la misma manera en que el nombre Sunja es muy común aquí en Corea.
María Magdalena había recibido mucha gracia de Jesús, así que solía visitar a Jesús frecuentemente y pasar tiempo con Él. Esto está descrito detalladamente en el Evangelio de Juan especialmente. Los otros autores del Evangelio no pusieron demasiado énfasis en María. Sin embargo, el Apóstol Juan resaltó la figura de María en su Evangelio.
Volvamos a la escena de la tumba. Las otras mujeres que acompañaron a María pensaron que el hombre que había delante de la tumba era un ángel. Así que salieron corriendo por miedo. Pero María Magdalena se quedó y le preguntó al hombre que si era el jardinero y si había robado el cuerpo de Jesús. Cuando Jesús la llamó por su nombre, María, ella se dio cuenta de que era Jesús. Por eso le llamó rabboni. Al contrario que María Magdalena, la mayoría de las personas no reconocieron a Jesús después de la resurrección. Seguramente se debería a que era muy pronto por la mañana.
Todos saben cómo es madrugar, ¿no? Cuando nos reunimos para orar pronto por la mañana está demasiado oscuro para ver. Cuando terminamos nuestras oraciones matutinas, empieza a salir el sol para poder ver las carreteras y las siluetas de las personas. Esta hora del día es la madrugada y es la hora en la que Maria Magdalena fue a la tumba.
María Magdalena se encontró con el Jesús resucitado el día siguiente por la mañana: «Rabboni, ¿eres de verdad mi Maestro?». Esta era la pregunta de María cuando intentó tocarle. Pero Jesús le dijo que no le tocara porque todavía no había ascendido al Padre. Entonces le dijo que fuese a los discípulos y les dijese que iba a ascender al Padre. Era el Jesús resucitado sin duda. Entonces María Magdalena corrió hasta el lugar donde estaban los discípulos y les dio testimonio emocionada.
Hermanos y hermanas, creo que nuestro Señor se ha levantado de entre los muertos. Creo esto porque al ser resucitado de entre los muertos pudo completar la obra de salvación. Si nuestro Señor no hubiese resucitado, nuestra salvación no se habría completado. Les he dicho una y otra vez que hemos conseguido una vida nueva gracias a la resurrección de nuestro Señor. Debemos entender que no vamos a vivir el mismo tipo de vidas que vivimos ahora en la próxima vida. No viviremos una vida tan miserable limitada por la muerte, sino que nos esperará la vida eterna. Los justos estamos viviendo una vida completamente nueva y yo quiero que sepan que nuestras vidas están benditas para siempre.
Me gustaría hablarles un poco acerca de mí. En la tabla de mi corazón está grabada la remisión de mis pecados. Y el hecho de que el Señor es mi Pastor y de que viviré en Su Reino para siempre también está grabado en mi corazón. Por tanto, cada vez que pienso que viviré de nuevo surge una gran esperanza en mi corazón. Es la esperanza de vivir una vida gloriosa con Dios para siempre. Lo que siempre he querido y esperado ocurrirá. Viviré esta vida nueva cuando resucite de entre los muertos. El Libro del Apocalipsis describe cómo será ese día. El Apóstol Pablo también esperó ese Día en el que disfrutaría de la gloria del Cielo con el Señor diciendo: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Romanos 8:18). Creo que viviremos una vida maravillosa y llena de satisfacción. Así que espero ansioso ese Día.
Hermanos y hermanas, esta esperanza no es temporal, sino que es el tipo de esperanza en la que pensamos durante nuestras vidas. Quiero que sepan que esta es la bendición gloriosa y valiosa que nuestro Señor nos dio. Los justos debemos esperar esta primera resurrección. Mientras vivimos en estos últimos días, nuestra esperanza es poder ser parte de la primera resurrección. Debemos pensar en estas cosas: «Mi vida empezará de nuevo. El sufrimiento y el dolor presentes no lo son todo. Nos espera una vida nueva y gloriosa a los justos» y debemos esperar con paciencia ese Día. Nuestro Señor nos da nuevo gozo, paciencia y confianza para llevar a cabo las obras que se nos han asignado hasta el día en que vivamos con Él. La Biblia entera tiene que ver con esta esperanza. Sé que la nueva vida nos está esperando Por tanto, vivo con la anticipación de esta esperanza. Quiero que vivan con la esperanza de la resurrección también. Tengo esta esperanza.
Jesús se reveló a Sí mismo a María Magdalena y a la otra mujer el domingo de Pascua por la mañana. Y solo se les apareció a los discípulos por la tarde. Sus discípulos estaban reunidos por miedo a que los judíos intentasen arrestarles. Hablaron de lo que habían visto. Algunos habían visto a Jesús. Pedro y Juan seguramente hablaron de que la tumba estaba vacía cuando llegaron.
 
 
«La paz sea con vosotros»
 
Los discípulos cerraron todas las puertas y ventanas para no ser atacados por los judíos, y de repente Jesús se apareció en medio de la habitación. «La paz sea con vosotros» (Juan 20:19). Esto fue lo primero que Jesús les dijo a Sus discípulos la primera vez que se les apareció resucitado. «La paz sea con vosotros»
¿Qué es esta paz? Esta paz celestial es algo maravilloso. La paz es un estado en el que no hay peligro y en el que hay puro gozo. Las personas que no conocen esta paz la llaman estar cómodo y seguro. Pero la palabra paz es una de las primeras palabras que Jesús les dijo a los discípulos después de resucitar. Jesús les saludó: «La paz sea con vosotros».
Sabemos que lo que Jesús dijo era muy adecuado para ese momento. ¿Por qué les deseó Jesús paz más que otra cosa? La razón es que los discípulos tenían mucho miedo en ese momento. Es cierto. Como los judíos habían crucificado a su Maestro, Jesús, tenían miedo de ser arrestados por seguirle. Tenían miedo de que las cosas se pusieran peor y de que los judíos decidiesen arrestarles y matarles por ser seguidores de Jesús. Estaban preocupados por ser ejecutados por los judíos como ejecutaron a Jesús.
Así que en el momento en el que estaban hablando del Jesús resucitado con las puertas completamente cerradas por miedo a los judíos, Jesús se les apareció con este saludo: «La paz sea con vosotros». Los discípulos vieron físicamente al Señor resucitado. Además vieron Sus manos y Su costado con todas las heridas. Cuando le vieron y vieron Sus heridas, sintieron un gozo inmenso.
 
 
«A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos»
 
Leamos Juan 20:21-23: «Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos». Jesús les mostró Sus manos y Su costado perforados y les saludó diciendo: «Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío». Y les sopló y les dijo que recibiesen el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es Pneuma en griego. La palabra Pneuma significa aliento. ¿Qué quiere decir esto? ¿Recuerdan el versículo de Génesis en el que Dios formó al hombre del polvo de la tierra y le sopló en su nariz el aliento de la vida y el hombre se convirtió en un ser vivo? Sí. Jesús sopló a Sus discípulos de la misma manera. Primero les dio la paz y después dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos».
Nuestro Señor vino a este mundo encarnado en un hombre a través del cuerpo de María según la voluntad de Dios Padre. Fue bautizado por Juan el Bautista cuando tenía treinta años y a través de este bautismo tomó todos los pecados del mundo sobre Su cuerpo para siempre. Fue crucificado con todos los pecados, derramó Su sangre y murió en la Cruz. Después se levantó de entre los muertos al tercer día y se les apareció a Sus discípulos diciendo: «La paz sea con vosotros». También dijo: «Como me envió el Padre, así también yo os envío»
 
 
Pensemos en lo que significan estas palabras
 
Jesús vino al mundo para salvarnos de todos los pecados del mundo. Nos salvó mediante el Evangelio del agua y el Espíritu. Completó Su obra de salvación y les dijo a Sus discípulos que los iba a enviar. Su Palabra es Su mandamiento que dice: «Salvad a las almas perdidas al igual que Yo hice cuando estaba con vosotros en este mundo». Por eso les dijo que recibiesen el Espíritu Santo y les dio la autoridad de perdonar los pecados de la gente diciendo: «A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos».
Nuestro Señor eliminó todos nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu. Después de levantarse de entre los muertos, les dio la autoridad de perdonar todos los pecados de la gente. Quien crea en esta voluntad ha recibido la remisión de sus pecados. Los que han sido perdonados por sus pecados han recibido el Espíritu Santo como un don. Hermanos y hermanas, fuimos salvados de nuestros pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Los que han sido salvados reciben el Espíritu Santo. ¿Qué ocurre cuando reciben el Espíritu de Dios? Que se convierten en hijos de Dios inmediatamente. Debemos recordar algo muy importante: el Espíritu Santo no se recibe orando, sino que es un don de Dios para Sus hijos que han sido salvados de todos sus pecados.
Jesús les dijo que recibiesen el Espíritu Santo y les dio la autoridad de remitir los pecados de la gente. Aquí podemos ver que los discípulos que recibieron la remisión de los pecados recibieron la autoridad de perdonar los pecados de la gente. El Señor les dio esta autoridad a Sus discípulos. Echemos un vistazo al pasaje de las Escrituras de hoy de nuevo. «A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos». Jesús les dijo estas palabras por una buena razón.
Los discípulos de Jesús sabían muy bien quién era. Sabían que había nacido de la virgen María; y que fue bautizado por Juan el Bautista cuando tenía 30 años para cargar con todos los pecados del mundo; y que fue crucificado en la Cruz para salvarnos del castigo de la muerte por todos nuestros pecados; se levantó de entre los muertos y así se convirtió en el Salvador de toda la humanidad. Cuando compartían su fe con otras personas, esas personas también creían y recibían la remisión de los pecados. Si los discípulos hubiesen sido malvados y no hubiesen compartido el Evangelio del agua y el Espíritu con otras personas, no podrían haber recibido la remisión de los pecados.
Entonces surge la cuestión de si los seguidores de Cristo tienen esta autoridad para perdonar los pecados. En primer lugar, debemos saber que Jesús tiene este poder para perdonar los pecados. Y en segundo lugar vemos este mismo poder manifestado en los discípulos que creyeron en Jesús, quien vino por el Evangelio del agua y el Espíritu. Por tanto, nosotros también tenemos el mismo poder para predicar el Evangelio del agua y el Espíritu a otras personas. Los que no han escuchado o se han negado a aceptar el Evangelio del agua y el Espíritu no recibirán la remisión de sus pecados; pero los que creen y son obedientes al Evangelio del agua y el Espíritu a través de nuestra predicación, recibirán la remisión de los pecados sin excepción por fe. Así que vemos que la autoridad de los discípulos era inmensa.
Cuando Pedro miró al mendigo cojo directamente y le dijo: «No tengo oro ni plata pero lo que tengo te lo doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda», el hombre se levantó inmediatamente y caminó e incluso corrió con gozo. ¿Qué dijo Pedro que podía darle? Dijo que le daba lo que tenía. Y lo único que Pedro tenía era su fe. Cuando los discípulos de Jesús le daban su fe a la gente, enseguida traía resultados satisfactorios para la gente.
Entonces ¿qué tipo de cambio provocamos en la gente que conocemos? Tenemos esta misma autoridad para perdonar los pecados de la gente con el Evangelio del agua y el Espíritu, Somos los justos que pueden provocar cambios. Tenemos este mismo poder. No puedo dejar de decirlo. Pero a pesar de esto, hay personas que nos maltratan, intentan hacernos daño y nos odian tanto que quieren matarnos como a los discípulos. Lo que no entienden es que no nos lo están haciendo a nosotros, sino a Dios. Estas personas tercas se están rebelando contra la justicia de Dios.
Somos los verdaderos embajadores aprobados del Reino de Dios. Hay muchos embajadores en Corea, y en los demás países. Hay un embajador americano y japonés, etc. Si ocurre algo malo, como distorsionar nuestra historia, por ejemplo en los libros de historia japoneses, nuestro Ministro de Exterior llama al embajador japonés y le pregunta acerca de este problema. «¿Por qué tu país enseña algo sobre Corea que no es cierto? ¿Acaso no se supone que tenéis que enseñar la verdad?». Entonces, ¿qué hará el embajador? Como representante de Japón este embajador le dirá al pueblo coreano. «Sentimos mucho este incidente. Notificaré a nuestro gobierno para que sea rectificado enseguida». Así que vemos en este ejemplo que el embajador japonés hace su trabajo como representante de su país.
De la misma manera, como creyentes que han recibido la remisión de los pecados estamos trabajando para Jesucristo como Sus embajadores. Somos las personas que están llevando a cabo Su obra. Nos ha dado la misma autoridad para hacer Su obra. Así que la estamos haciendo diligentemente. Por tanto, los que siguen ignorando y ridiculizando nuestras palabras y se ríen del Evangelio del agua y el Espíritu nunca recibirán la remisión de los pecados. Por otro lado, los que nos bendicen a los nacidos de nuevo, serán bendecidos. Pero como he mencionado anteriormente, los que nos odian, nos maltratan e intentan matarnos a los que hemos recibido la remisión de los pecados por fe, serán juzgados severamente por nuestro Señor Jesucristo. Las personas ganarán premios o serán castigadas según lo que se merezcan. Dios nos ha dado esta autoridad.
Solo los justos tienen esta autoridad para perdonar los pecados de la gente. Hermanos y hermanas, ¿creen que esta autoridad no vale para nada? Ni pensarlo. Esta autoridad es enorme. Nadie más en este mundo tiene esta autoridad de ser un verdadero discípulo de Jesucristo. Solo nosotros tenemos esta autoridad. Por muchas debilidades que tengamos, seguimos teniendo esta autoridad de perdonar los pecados y hacer que los demás cambien.
El cuñado del Pastor Park, que fue diagnosticado de cáncer de hígado demasiado tarde, murió hace algunos días. Se desmayó y tuvo que ser hospitalizado el fin de semana pasado. Estaba consciente un momento y enseguida volvía a perder el conocimiento. Cuando se levantaba el Pastor Park compartía con él sin cesar el Evangelio del agua y el Espíritu.
Su mujer, la hermana mayor del Pastor Park, también había sufrido de cáncer de mama. Mientras cuidaba de su mujer en el hospital descubrió que tenía cáncer de hígado. La hermana del Pastor Park se recuperó del cáncer después de ser operada, pero su marido murió poco después de ser hospitalizado.
Antes de morir, el Pastor Park le preguntó a su cuñado, que no podía mantenerse consciente si creía que todos sus pecados habían sido redimidos porque Jesús cargó con ellos cuando fue bautizado por Juan el Bautista. Su cuñado asintió meramente. Así que el Pastor Park siguió diciendo: «¿Puedes recibir la remisión de los pecados ofreciendo oraciones de penitencia? Ahora vas a presentarte ante Dios. El problema de tus pecados debe ser resuelto ahora. Te lo digo otra vez: Jesús cargó con nuestros pecados cuando fue bautizado por Juan el Bautista, y tomó todos tus pecados también. Podrás ser salvado si aceptas esta verdad en tu corazón. No somos salvados por nuestras obras. ¿Lo entiendes?». Su cuñado volvió a asentir sin decir nada. Después de unos días falleció. Yo sé que recibió la remisión de los pecados.
La gente se vuelve muy sincera cuando está a punto de morir. Su fe se hace tan pura como la de un niño cuando la muerte está cerca. La gente en ese momento dice sí y no sinceramente. El abuelo de Dong-ook también escuchó el Evangelio predicado por el Pastor Park y la diácona Yung-Ae Kim. No puedo evitar aceptar el Evangelio por fe y recibir la remisión de sus pecados por fe.
¿Quién tiene entonces la autoridad para perdonar todos los pecados? Lo saben. Los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu tenemos esta autoridad. El Papa no tiene esta autoridad, ni tampoco los sacerdotes católicos. Solo los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu tenemos la autoridad para perdonar los pecados. ¿Creen en esto?
Hermanos y hermanas, la gente que nos odia porque cree en las doctrinas de sus propias denominaciones no reciben las bendiciones verdaderas. Pero debemos saber que Dios le prometió a Abraham:
«Bendeciré a los que te bendijeren,
y a los que te maldijeren maldeciré;
y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3).
Dios también prometió que sería la fuente de todas las bendiciones. ¿Quién es la fuente de todas las bendiciones? Es Jesucristo y nadie más. ¿Qué significa esto? Que quien cree en el Evangelio del agua y el Espíritu se convierte en la verdadera fuente de bendiciones en este mundo. Por tanto, si alguien nos bendice al entender al pueblo de Dios y mostrarle favor, Dios bendecirá a esa persona. Pero si alguien odia a la Iglesia de Dios y se burla de Su pueblo, será maldito.
El Señor dijo: «A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos». Esta es la autoridad que Dios nos dio a cada uno de nosotros. En otras palabras, Dios nos dio a los justos el poder de perdonar los pecados. Tenemos esta autoridad. Por eso debemos predicar este Evangelio. Como tenemos esta autoridad no predicamos el Evangelio a los que no temen a Dios y se levantan con furia contra Dios y Su justicia. Hay personas que discuten abiertamente y rechazan Su Evangelio aunque se lo expliquemos. Estas almas son miserables y serán malditas al final.
Queridos hermanos, Dios nos ha dado muchas bendiciones. En resumen, me gustaría compartir esto con ustedes. Había un discípulo llamado Dídimo o Tomás que no estaba presente cuando Jesús se les apareció a los discípulos después de Su resurrección. Aunque le contaron que Jesucristo había resucitado no lo quiso creer hasta que puso su dedo en las heridas de las manos y el costado de Jesús. Jesús se les apareció de nuevo. Las puertas y las ventanas estaban cerradas como la otra vez, pero a pesar de esto Jesús apareció en medio de los discípulos y les dijo: «Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Entonces Tomás le contestó: «¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron». A través de este suceso podemos decir con certeza que la resurrección de Jesús era un hecho claro.
Queridos hermanos, les estoy diciendo una y otra vez que Jesucristo se levantó de entre los muertos. Empezó una vida nueva después de resucitar y ascendió a los Cielos. Por eso nosotros también tendremos una vida nueva en el futuro. La Biblia nos dice que hubo muchos otros milagros después de la resurrección de Jesús. Los versículos 30 y 31 dicen: «Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre». ¿Cuál es la razón por la que el autor mencionó algunos eventos sin escribir acerca de otros milagros? La Biblia nos dice claramente que es para que nosotros tengamos la vida eterna en Su nombre. Juan, en su epístola, quiso que supiésemos que tenemos vida eterna por nuestros Señor, quien se levantó de entre los muertos.
Jesucristo es el Hijo de Dios. Y es el Dios que se levantó de entre los muertos y que nos ha resucitado a nosotros. Jesús es nuestro Salvador que tiene el poder de curar a los sordos, abrir los ojos de los ciegos y hacer que los cojos caminen. Es su Dios y mi Dios. ¿Creen en esto?
Jesús dijo acerca de Sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25). Él es el Maestro de la Vida. Si decide destruir a todas las criaturas del mundo, no quedará nadie. Jesús, que es el Maestro del universo, nos prometió que crearía un nuevo mundo. Y nos dijo que empezaría una vida nueva allí. Si nuestro Señor dijo que haría esto, lo hará. Nuestro Señor tiene el poder de hacer todas estas cosas. Por eso hemos estado aprendiendo lo grande que es nuestro Señor y como podemos confiar en Él plenamente.
Hay muchas personas que creen en Jesús correctamente. Su fe seguirá creciendo con el tiempo. Pero hay otras personas que han escuchado el Evangelio pero no pueden entenderlo o se niegan a hacerlo. Algunas personas han recibido la remisión de los pecados, pero tienen muchos obstáculos espirituales por culpa de los deseos carnales. Otras personas no saben lo valioso que es este Evangelio y no saben cómo servir a Dios puesto que no saben cuáles son sus responsabilidades en la Iglesia.
Por eso tenemos que estar alerta. Debemos saber cuál es nuestro deber y qué nos ha confiado la Iglesia de Dios porque Dios también confirma estos deberes. Debemos hacer lo mejor que podamos para cumplir estas obras que Dios nos ha dado. Cuando intentamos hacer estas obras correctamente con una fe fuerte y con responsabilidad, podremos estar alerta espiritualmente.
Mi corazón se siente tan bendito este domingo de Pascua. Estoy muy agradecido por poder haber hablado de la resurrección hoy. Es difícil hablar de la resurrección de Cristo si no es domingo de Pascua. Estoy especialmente agradecido porque hay una vida nueva y gloriosa esperándonos. Así que le doy gracias a Dios. Sé que ustedes sienten lo mismo.
Quiero que estén alerta en cuerpo y espíritu. No se queden sentados para pasar el tiempo durante las horas de los sermones. Su trabajo es escuchar y tomar notas de lo que Dios les está diciendo durante estos sermones. Les estoy diciendo lo que Dios quiere que les diga. «¿Qué nos está diciendo Dios a través de estos sermones?». Esto es muy importante. Si están interesados en averiguar lo que Dios está diciendo, deben escuchar con mucha atención aunque estén cansados.
Pero si se quedan ahí sentados para pasar el tiempo, estarán muy aburridos. Si no están completamente despiertos, se aburrirán aunque les esté hablando de la Palabra de Dios más interesante. Aunque piensen que estoy repitiendo la misma historia una y otra vez, no deberían estar aburridos. Pero deben saber que no les estoy contando una historia aburrida en mis sermones. Si leyesen mis sermones en uno de nuestros libros, verían que son diferentes. Cada sermón está predicado de manera diferente para provocar cambios en los corazones de la gente. Así al final lo entenderán todo bien.

Oro por que Dios les de fe y les bendiga en cuerpo y espíritu. Oro por que Dios les dé la fe que les haga estar alerta y que vivan por Su gracia.