The New Life Mission

Sermones

Tema 21: Evangelio de Marcos

[Capítulo 12-1] < Marcos 12, 18-27 > El Jesús resucitado es el Dios de todos los que han recibido la remisión de los pecados

< Marcos 12, 18-27 >
«Entonces vinieron a él los saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron, diciendo: Maestro, Moisés nos escribió que si el hermano de alguno muriere y dejare esposa, pero no dejare hijos, que su hermano se case con ella, y levante descendencia a su hermano. Hubo siete hermanos; el primero tomó esposa, y murió sin dejar descendencia. Y el segundo se casó con ella, y murió, y tampoco dejó descendencia; y el tercero, de la misma manera. Y así los siete, y no dejaron descendencia; y después de todos murió también la mujer. En la resurrección, pues, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será ella mujer, ya que los siete la tuvieron por mujer? Entonces respondiendo Jesús, les dijo: ¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios? Porque cuando resuciten de los muertos, ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles que están en los cielos. Pero respecto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés cómo le habló Dios en la zarza, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos; así que vosotros mucho erráis». 
 
 
¿De quién es Dios nuestro Señor?
 
¡Les doy mi más sincera bienvenida! Hoy es domingo de Pascua. Celebramos este día para conmemorar la resurrección de Jesús. 
Como creemos en la justicia de Jesús, no dudamos de su resurrección. Nuestro Señor se levantó de entre los muertos. Sin embargo, muchas personas dudan de la resurrección de Jesús, diciendo con sus ideas humanas que es imposible que una persona muerta vuelva a la vida. Otras personas sí que creen en la resurrección de Jesús, pero no creen en la resurrección futura de los santos. 
Hoy, mientras celebramos la Pascua, algunas personas están contentas mientras que otras están tristes, ya que los que han recibido la remisión de los pecados al aceptar al Señor con fe serán resucitados y vivirán con Él para siempre cuando vuelva al mundo, mientras que otros seguirán siendo pecadores y participarán en la segunda resurrección en la que serán arrojados al fuego del infierno para la eternidad. 
No estamos solos en la celebración de la resurrección esta mañana, ya que estoy seguro que las iglesias del mundo también están celebrando esta fiesta. Pero aunque muchas iglesias de todo el mundo celebren el domingo de Pascua, sé que muchos pastores dirán solo unas pocas palabras sobre la resurrección de Jesús y se centrarán en asuntos sociales. Hay muchos socialistas en la comunidad cristiana coreana. Muchos de ellos están involucrados en diferentes actividades socialistas e incitan a los cristianos a cooperar en ellas, como intentar revivir la economía de Corea del Norte enviando comida a muchas personas que pasan hambre. 
En realidad, esto no es más que un movimiento socialista que no tiene nada que ver con la resurrección de Jesús o la fe. Lo que debemos hacer este domingo de Pascua es tomar un momento para reflexionar sobre nuestra fe. Debemos examinarnos para ver qué tipo de fe tenemos y ver si Dios es nuestro Dios o no, y si la relación que tenemos con Dios es correcta. 
Nuestro Señor dijo en el pasaje de las Escrituras de hoy: «Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos» (Marcos 12, 27). También dijo: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Marcos 12, 26). ¿Qué quiso decir nuestro Señor exactamente cuando dijo que Dios no es el Dios de los muertos sino de los vivos? El Señor dijo claramente que Dios es el Dios de los vivos, pero ¿quiénes son los vivos? 
A los ojos de Dios los vivos son los que han recibido la remisión de los pecados al creer en la justicia del Señor y que participarán en la primera resurrección del Señor. El Señor ha cumplido el Evangelio de la salvación con su agua y su sangre, y todos los que creemos en este Evangelio han sido librados de sus pecados y devueltos a la vida. Y estas personas son las que Dios tenía en mente cuando habló de los vivos. En otras palabras el Señor es el Dios de los que han recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. De la misma manera en que Dios es el Dios de Abraham e Isaac, ahora es el Dios de los que han recibido la remisión de los pecados al creer en la justicia de Dios. En resumen, el Señor es el Dios de los que han heredado esta verdadera fe. 
Dios es el Dios de todos los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. El Señor se ha convertido en el Dios de todos los que han recibido la remisión de los pecados a través de su fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Dios no es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos. Hemos recibido la remisión de los pecados y nos hemos convertido en hijos de Dios al creer en su Evangelio de justicia, y Dios es el Dios de todos los que creen en este verdadero Evangelio. 
Jesucristo es Dios y nuestro Salvador, y hemos sido librados de nuestros pecados y resucitados al creer en este Señor. Jesucristo es el Dios vivo. Como Jesús es el Dios que vive para siempre, quien cree en el Evangelio del agua y el Espíritu puede ser salvado perfectamente. Y todos los que hemos sido salvados por fe somos el pueblo de Dios para siempre. 
Como Dios se ha convertido en el dios de todos los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, siempre se nos revela y nos guía a través de su Palabra. Debemos recordar este domingo de Pascua que Dios es el Dios de los vivos y examinarnos para ver si Dios está vivo en nuestros corazones. Dicho de otra manera, sus corazones deben tener fe en que Jesucristo se levantó de entre los muertos, ascendió a los Cielos y es el Dios vivo. Estoy seguro que su vida espiritual será un gran beneficio si pueden asegurar que tienen plena fe en esta Verdad hoy, el domingo de Pascua. 
Mis queridos hermanos, hemos recibido la remisión de los pecados para siempre al creer en la justicia del Señor. Nuestras almas han sido resucitadas de la muerte. Y el Dios en el que creemos no es un Dios muerto, sino que es el Dios que vive eternamente. Por tanto, nuestro Dios es siempre el Dios de los que han recibido la remisión de los pecados, alcanzado la salvación y resucitado al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. El Señor es el Dios de los que creen en su bautismo y su sangre. 
Nuestro Señor empezó su vida pública en este mundo cuando tenía 30 años. Para salvar a la raza humana que estaba destinada a morir por sus pecados, el Señor hizo su obra de salvación que libró a todos los que estaban condenados a una muerte segura. ¿Cómo consiguió esto el Señor? Cuando el Señor cumplió los 30 años fue a buscar a Juan el Bautista, el representante de toda la humanidad. Dios había prometido enviar a Elías en el Libro de Malaquías del Antiguo Testamento, y la Biblia dijo que Juan el Bautista vendría en el espíritu y el poder de Elías (Malaquías 4, 5; Lucas 1, 17). Jesús fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán para aceptar todos los pecados de la raza humana. El bautismo de Jesús fue recibido según la voluntad de Dios Padre. De hecho, en obediencia a la voluntad de Dios Padre, Jesús vino a este mundo como Salvador de la humanidad, fue bautizado por Juan el Bautista, y murió en la Cruz. Según el plan de Dios Padre para la raza humana su Hijo Jesús fue bautizado por Juan el Bautista y después fue crucificado para hacer la obra de salvación en obediencia a la voluntad del Padre. 
 
 
«Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Juan 2:19)
 
Muchas personas de los tiempos de Jesús no entendían su Palabra porque eran ignorantes espiritualmente. Por ejemplo, cuando Jesús dijo al pueblo de Israel que destruyera el Templo de Jerusalén y que lo levantaría en tres días, todos se quedaron sorprendidos porque lo interpretaron literalmente, y por eso pensaron que Jesús estaba loco. Después de todo tardaron más de 40 años en construir el Templo. Sin embargo, cuando Jesús estaba hablando del Templo, en realidad hablaba de su propio cuerpo. Les estaba diciendo: «Cuando matéis Mi cuerpo, lo levantaré de entre los muertos». Jesús habló de la destrucción y reconstrucción del Templo en el contexto de su muerte y resurrección. 
Jesús fue bautizado por Juan el Bautista para cumplir la justicia de Dios y así cargó con todos los pecados del mundo y fue crucificado cargando con estos pecados. Al ser bautizado en el río Jordán, Jesús aceptó todos los pecados de la humanidad para siempre, y al morir en la Cruz y levantarse de entre los muertos nos ha salvado de todos los pecados del mundo para siempre a todos los que creemos en esta Verdad. 
Todo el mundo nació con una carne pecadora por naturaleza. Por eso todo el mundo tiene debilidades. Es triste pensar en todos los pecados y en la muerte certera. Todo el mundo siente dolor por haber nacido en este mundo con una carne pecadora y débil. No podemos librarnos de esta carne ni de los pecados y las debilidades y por eso pensamos constantemente en nuestra supervivencia física, aunque los pecados que cometemos con nuestros cuerpos y corazones nos producen dolor durante todas nuestras vidas. 
Por eso es imposible vivir completamente aislados del pecado mientras vivimos en este mundo. Así que mientras los seres humanos sigan viviendo en cuerpos carnales, siempre tendrán debilidades y faltas y cometerán pecados toda la vida. Esta es la tragedia de la raza humana. Y por eso nuestro Señor vino a este mundo a salvar a estos seres humanos de todos los pecados del mundo. A través del bautismo que recibió en el río Jordán, nuestro Señor cargó con todos los pecados del mundo que hemos cometido y cometeremos desde el día en que nacimos hasta el día en que morimos, y fue condenado por nuestros pecados en nuestro lugar al derramar su sangre en la Cruz. Y después se levantó de entre los muertos. Jesús fue bautizado por Juan el Bautista para cargar con todos nuestros pecados. El Señor no tenía ningún pecado pero se dejó bautizar por Juan el Bautista para cargar con los pecados de todo el mundo y este es el testimonio de que el Señor aceptó todos los pecados de la humanidad para siempre. Al ser bautizado por Juan el Bautista Jesús aceptó todos nuestros pecados en Su cuerpo y los eliminó. 
¿Qué elimina todos los pecados del mundo? El agua espiritual los limpia. El fuego no puede eliminar la suciedad de los sumideros por muy feroz que sea. Puede quemar parte de la suciedad pero no puede limpiar el sumidero sin destruir parte del mismo. Sin embargo, el agua puede limpiar la suciedad completamente, de la misma manera en que la lluvia se lleva la suciedad de las calles y la lleva hasta el mar. 
De la misma manera, el agua espiritual de nuestro Señor es indispensable para limpiar los pecados de la raza humana. Jesús fue bautizado precisamente por esta razón, para cargar con los pecados de todo el mundo y limpiarlos por todos los que creen en el Señor. Por eso fue crucificado hasta morir y se levantó de entre los muertos al tercer día. 
 
 
¿Por qué se levantó Jesús de entre los muertos?
 
¿Por qué se tuvo que levantar Jesús de entre los muertos? ¿Por qué tuvo que ser bautizado por Juan el Bautista? ¿Por qué tuvo que morir en la Cruz? ¿Y por qué tuvo que nacer Jesús en este mundo? Aunque hay muchas preguntas que contestar, solo hay una respuesta. Jesús lo hizo para resucitarnos de entre los muertos. El Señor hizo todas estas cosas para salvar nuestras almas, porque estábamos destinados a morir por nuestros pecados. Tuvo que venir a este mundo para salvarnos a los que estábamos destinados a morir por nuestros pecados. Y por eso fue bautizado por Juan el Bautista, murió en la Cruz y se levantó de entre los muertos. 
A través de este bautismo el Señor ha cargado con todos nuestros pecados. Como resultado, su muerte se convirtió en nuestra muerte y su resurrección se convirtió en nuestra resurrección. ¿Por qué? Porque Jesús vino a este mundo para salvarnos de los pecados del mundo y de una muerte segura. Jesús vino al mundo para librarnos de todos los pecados y la muerte, y por esta razón fue bautizado por Juan el Bautista, murió en la Cruz y se levantó de entre los muertos al tercer día. La encarnación del Señor, sus 33 años en este mundo, su bautismo y su crucifixión tuvieron lugar para poder librarnos de nuestros pecados. Y se levantó de entre los muertos para asegurar nuestra salvación. El Señor se había levantado de entre los muertos para levantarnos de entre los muertos. Para salvarnos de la muerte y darnos una nueva vida el Señor fue resucitado. El objetivo del ministerio de salvación del Señor en este mundo fue librar a nuestras almas de los pecados que las habían condenado a morir, y si Jesús hubiese terminado su ministerio con su bautismo y su muerte en la Cruz, nuestras vidas habrían acabado con la muerte de Jesús. Si Jesús no se hubiese levantado de entre los muertos, no tendríamos ninguna esperanza. Sin embargo, Jesús se levantó de entre los muertos y a través de su resurrección nos ha dado la verdadera salvación a todos los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, nos ha dado una vida nueva y ha salvado a nuestras almas para siempre. 
Jesús prometió su resurrección diciendo: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Juan 2, 19). La muerte de Jesús y su resurrección nos resucitaron. Y precisamente como fue bautizado por Juan el Bautista fue crucificado hasta morir. Los soldados romanos ataron a Jesús a la Cruz. Los judíos y los sacerdotes lo entregaron a los soldados romanos. Así que estos soldados romanos clavaron las manos y los pies de Jesús a la Cruz con clavos enormes, traspasando las arterias y haciendo que derramase toda la sangre de su cuerpo para que se desangrara hasta la muerte. 
Cuando Jesús estaba a punto de morir gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Marcos 15, 34). Jesús sufrió un dolor indescriptible. Desde el mediodía hasta las 3 de la tarde el mundo enteró se sumió en la oscuridad. Esto significa que Dios Padre le dio la espalda a su Hijo porque debía morir por el bien de la humanidad ya que había cargado con los pecados del mundo mediante el bautismo que recibió de Juan el Bautista. Por eso debía morir. Aunque era el Hijo de Dios tuvo que morir porque había cargado con todos los pecados del mundo sobre su cuerpo a través del bautismo. Por eso Dios no le pudo ayudar. Como Dios Padre le dio la espalda a su Hijo el monte Calvario se sumió en la oscuridad y duró tres horas. Este lugar donde fue crucificado Jesús también se llamaba el Lugar de la Calavera. 
Con su último suspiro Jesús dijo: «Está acabado» (Juan 19, 30; Marcos 15, 37) y entonces murió en la Cruz. Murió un viernes a las 3 de la tarde. Esa tarde era el principio del sábado en Israel. El sábado duraba desde la puesta del sol del viernes hasta la puesta del sol del sábado, y como los judíos le daban mucha importancia a observar el sábado no podían observarlo si dejaban el cuerpo muerto de Jesús en la Cruz. Según el judaísmo el pueblo de Israel no podía hacer nada el sábado ni podía ensuciarse de ninguna manera. Así que era necesario bajar el cuerpo de Jesús de la Cruz cuanto antes posible antes de que empezase el sábado. 
Jesús fue bajado de la Cruz y enterrado en una tumba. Su cuerpo fue enterrado el atardecer del viernes y se levantó de entre los muertos la mañana del domingo. Como había prometido, Jesús se levantó de entre los muertos en tres días. 
María Magdalena fue el primer testigo de la resurrección del Señor. Cuando fue a la tumba el domingo por la mañana, todavía estaba oscuro, y vio que la roca que cubría la entrada a la tumba había sido movida y la tumba estaba abierta. María se quedó sorprendida y no sabía qué hacer, pero al final tuvo el valor de mirar dentro de la tumba. Dentro de la tumba María vio que la sábana que cubría el cuerpo de Jesús estaba doblada en el sitio donde había estado el cuerpo del Señor. Entonces vio dos ángeles sentados uno a los pies y otro a la cabeza de donde había estado el Señor. Los ángeles le dijeron: «Mujer, ¿por qué estás llorando?». Entonces María empezó a llorar diciendo: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto». 
Cuando dijo esto, se dio la vuelta y vio que Jesús estaba allí, pero no sabía que era Jesús. Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?». Pensando que era el jardinero, María le dijo: «Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo tomaré». Jesús le dijo: «¡María!» y ella le llamó Rabboni, que significa Maestro. Entonces Jesús le dijo: «No me agarres porque todavía no he ascendido a mi Padre; pero vé a mis hermanos y diles que voy a ascender a mi Padre y tu Padre, y a mi Dios y a tu Dios» (Juan 20, 14-17). 
Al escuchar esto, María salió corriendo de la tumba temblando de miedo. Fue corriendo a los discípulos y les dijo que había visto al Señor y les contó lo que le había dicho. Así que les dijo: «Ha ocurrido algo maravilloso. Jesús se ha levantado de entre los muertos. Acabo de volver de su tumba y he visto con mis propios ojos que está vivo. Me ha dicho que va a ascender al Padre». Al escuchar esto, Pedro se fue deprisa a la tumba para verlo con sus propios ojos. Cuando Pedro llegó a la tumba y entró en ella, vio que la sábana que cubría a Jesús estaba doblada como María había dicho. 
Todos los discípulos de Jesús excepto Tomás creyeron en la resurrección de Jesús. Así que Tomás les dijo: «No puedo creer que Jesús se haya levantado de entre los muertos. No he visto al Señor con mis propios ojos, así que dejad de decir tonterías. No creeré hasta que lo vea con mis propios ojos». 
Mientras los discípulos estaban escondidos por miedo en una casa cerrada, Jesús se les apareció diciendo: «¿Siguen sin tener fe?». 
Entonces el Señor se puso delante de Tomás y le dijo: «Tomás, ¿has dicho que no creerás hasta que no Me veas? Aquí estoy. Tu Señor está aquí. Mira las heridas de mis manos. Si sigues dudando, mira mi costado y pon los dedos en mis heridas». Solo después de poner la mano en el costado de Jesús Tomás creyó que se había levantado entre los muertos. 
Nuestro Señor le dijo: «Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron» (Juan 20, 29). 
Jesús se ha levantado de entre los muertos. Fue resucitado. Y al levantarse de entre los muertos, Jesús no solo se convirtió en el Salvador de sus discípulos, sino también en nuestro Salvador. Al levantarse de entre los muertos, nuestro Señor dio testimonio de su resurrección a los discípulos. Al venir a este mundo como Salvador de la raza humana, Dios cargó con todos nuestros pecados a través de su bautismo; fue crucificado por nosotros mientras cargaba con esos pecados y se levantó de entre los muertos. Y al hacer esto se ha convertido en el Dios de los vivos, es decir, de todos los que creen en el Dios vivo y su Palabra. Este es el Evangelio del agua y el Espíritu en el que creemos. Nuestras almas estaban destinadas a morir por nuestros pecados, pero Jesucristo las ha devuelto a la vida. Jesús es el Dios de todos los que tienen esta fe viva en Cristo como su Salvador y en su obra de salvación. Es el Señor de todos los que creen en Dios y su Palabra. 
Nuestro Señor no solo borró todos los pecados cuando vino al mundo, sino que además se levantó de entre los muertos. Y como Jesús está vivo ahora se ha convertido en el Dios eterno de todos los que creen en su justicia. El Señor nos ha salvado a todos al ser bautizado, sufrir el dolor de la crucifixión y levantarse de entre los muertos. Cargó con el odio de la humanidad durante sus 33 años de vida en este mundo. Pero el Señor resucitado era el Dios que vive para siempre. Y como el Señor es el Señor de la resurrección, no pudo dormir para siempre. Tuvo que ser bautizado por Juan el Bautista y ser crucificado hasta la muerte para borrar nuestros pecados y su muerte fue solamente temporal. El Señor fue bautizado para cargar con nuestros pecados. 
 
 
El Señor se levantó de entre los muertos
 
Después de levantarse de entre los muertos Jesús se sentó a la derecha de Dios Padre donde está ahora. Como Creador y Juez de todos los seres humanos, Él nos juzgará a todos los creyentes y los no creyentes el último día. Pero a todos sus creyentes les dará vida y gloria eternas. Como el Señor está vivo ha hecho posible que quien escuche y crea en el Evangelio de la Palabra de Dios sea salvado; y a todos los que hemos recibido la remisión de los pecados nos ha dado el Espíritu Santo y la redención. Al ser bautizado por Juan el Bautista y crucificado hasta morir, el Señor ha sellado la salvación de todos los que han recibido la remisión de los pecados al reconocer y creer en esta obra de salvación diciéndoles: «Sois mis Hijos. Aunque vuestra carne sea débil, y por muchos pecados que cometáis, sois mis Hijos». Ha sellado sus corazones con el Espíritu Santo de Dios. Así es como nuestro Señor se ha convertido en el Dios de los vivos. Él se ha convertido en el Dios de todos los que han sido salvados de los pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu. 
Nuestro Señor se ha levantado de entre los muertos y así ha resucitado a todos los que han sido salvados del pecado y les ha dado la vida eterna. Al venir a este mundo, ser bautizado, morir en la Cruz y levantarse de entre los muertos, nuestro Señor nos ha convertido a los que creemos en esta justicia de Dios en sus hijos. Jesús es el Dios viviente que les ha dado una vida nueva a sus creyentes, ha hecho posible que reciban la remisión de los pecados y los ha transformado en personas justas. Se ha convertido en el Dios de todos los que creen en su justicia, es decir, en el Evangelio del agua y el Espíritu. 
¿Quién es Jesús para nosotros? Es el Salvador de todos los que creen en la justicia de Dios. ¿Es Jesús el Dios de los pecadores o el de los justos? El Señor dijo: «No soy el Dios de los muertos, sino de los vivos. Soy el Dios de Abraham, Isaac y Jacob». 
¿Era Abraham pecador? ¿Era Isaac pecador? ¿Era Jacob pecador? ¿Era Pedro pecador? ¿Era el Apóstol Pablo pecador? ¿Eran los doce discípulos pecadores? Aunque fueron pecadores en un punto de sus vidas, se convirtieron en personas justas al creer en Jesucristo como su Salvador. Jesús los hizo justos y se convirtió en su Salvador, y por eso predicaron a Jesús y su salvación por todo el mundo. Por tanto, Jesús no se ha convertido en el Dios de los muertos o de los que no han recibido la remisión de los pecados, sino que es el Dios de los vivos que han recibido la remisión de los pecados. 
Mis queridos hermanos, Jesús es el Dios de los que han recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Deben decidir por su cuenta si van a creer en la justicia de Jesús o no. Así que les pido que tomen un momento para pensarlo detenidamente. Pregúntense si creen o no en que sus pecados fueron pasados a Jesús cuando fue bautizado. Aunque todos sus pecados fueron pasados a Jesús, solo pueden desaparecer si reconocen la justicia de Dios con sus corazones. Entonces sus corazones podrán tener esta verdadera fe que les salva. 
Aunque hay muchas personas en este mundo que dicen creer en Jesús, hay muy pocas personas que hayan recibido la remisión de los pecados y hayan nacido de nuevo por fe. Pero Dios no es el Dios de los que no han nacido de nuevo. Es el Dios de los nacidos de nuevo que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. Jesús es nuestro Salvador, porque creemos en este verdadero Evangelio. Al ser bautizado, tomó todos nuestros pecados y los eliminó; fue condenado por ellos en nuestro lugar y se ha levantado de entre los muertos para redimir todos los pecados mediante el Evangelio del agua y el Espíritu. Y se ha convertido en el Dios de todos los que creen en esta Verdad de todo corazón. Jesús es el Dios de todos los santos nacidos de nuevo que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. 
Si quieren ser redimidos de todos sus pecados, deben creer en el bautismo de Jesús y en su muerte en la Cruz de todo corazón. Solo entonces podrán eliminar sus pecados y solo entonces podrán recibir la vida nueva de Dios. Al estar liberada de sus pecados, su alma volverá a la vida de la misma manera en que Jesús se levantó de entre los muertos. Y así se convertirá en nuestro Dios. Este Dios será nuestro Dios para siempre porque vive para siempre. Y nos ayudará en cada paso que demos. 
Jesús es siempre el Dios de los vivos. Es el Dios de los que creen en esta obra de salvación. Jesús nos ha dado la remisión de los pecados. Ha borrado todos los pecados de la humanidad al venir a este mundo, ser bautizado, morir en la Cruz en nuestro lugar y levantarse de entre los muertos. Y este Jesús se ha convertido en el Dios de todos los que creemos en Él de corazón. Por tanto, todos debemos creer de todo corazón en el Evangelio del agua y el Espíritu que Jesús nos dio. 
Nadie puede evitar cometer pecados hasta que muere. Por eso el Evangelio del agua y el Espíritu verdadero es la Verdad de nuestra salvación. Y pueden ser personas justas al creer en esta Verdad. Con el corazón se cree para la justicia y con la boca se confiesa para la salvación. Solo al creer de corazón se convierten en personas justas, no al hacer buenas obras. Como he mencionado anteriormente en el sermón, su gozo y su pena dependen de su fe, y los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu tienen un destino diferente de los que no creen, porque los primeros se regocijarán, pero los segundos solo tendrán pena. 
 
 
Quien busca el Evangelio del agua y el Espíritu será salvado de sus pecados
 
En el Antiguo Testamento, cuando Moisés guió al pueblo de Israel por el desierto, los israelitas se quejaron de la falta de comida y agua y le acusaron de llevarles al desierto para morir de hambre. Moisés se sintió herido por esto y Dios fue provocado y envió serpientes al campamento de los israelitas para castigarlos. Estas serpientes aparecieron desde todas las partes del desierto y ocuparon el campamento mordiendo a los israelitas. Los israelitas que fueron atacados por las serpientes murieron por el veneno. 
Pero Moisés oró a Dios para que perdonase al pueblo de Israel por hablar contra él, y cuando Dios escuchó esta oración le dijo a Moisés: «Pon una serpiente de bronce en un palo alto y haz que la gente que ha sido mordida la mire. Diles que quien mire esta serpiente de bronce será sanado y vivirá». Así que Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un palo alto en el desierto. Entonces les dijo a los israelitas: «Quien haya sido mordido por estas serpientes que mire esta serpiente de bronce. Todos los que la miren serán sanados y salvados». 
Cuando los israelitas eran mordidos por estas serpientes, se quejaban del dolor. Pero ahora habían escuchado a su líder Moisés diciéndoles que mirasen la serpiente de bronce y serían sanados del veneno de las serpientes. Todos los que habían sido mordidos no podían hacer nada por sanarse, pero reaccionaron de maneras diferentes. 
Algunas personas dijeron: «Se me ha hinchado la pierna por la mordedura y me estoy muriendo de dolor. ¿Cómo voy a ser sanado por mirar una estúpida serpiente de bronce? Debo estar alucinando». Los que eran así de tercos no miraron la serpiente diciendo: «Ya no me puede ayudar nadie. No me voy a dejar engañar por esta farsa. Prefiero morir que parecer un necio por caer en esta mentira». 
Otros, por otro lado, aprovecharon la oportunidad que se les dio. Aunque tenían las piernas hinchadas por el veneno tóxico y parecía no haber ninguna esperanza, miraron la serpiente de bronce aferrándose a la promesa de Moisés y pensando: «No tenemos nada que perder. Aunque Moisés esté mintiendo, miraré la serpiente mientras pueda». Y en el momento en que miraron la serpiente de bronce, sintieron una extraña sensación. Sus piernas estaban tan hinchadas que la ropa ya no les venía, pero la hinchazón cesó y todo volvió a la normalidad. Así que los que escucharon a Moisés y miraron esta serpiente de bronce gritaron: «¡Qué maravilla! Solo con mirar esta serpiente de bronce como me ha dicho Moisés, me he curado por completo. ¡Es un milagro!». 
Entonces insistieron que todo el mundo mirase la serpiente de bronce diciendo: «¡No muráis en vano! Mirad la serpiente de bronce en el palo». 
Entonces algunas personas dijeron: «No voy a mirar la serpiente. No creo en esta tontería que Moisés está diciendo». 
«Pero, miradnos. Hemos mirado la serpiente y ahora estamos completamente sanados. Por favor, miradla». La hinchazón de las piernas había desaparecido. Pero aún así algunos israelitas seguían negándose a mirar la serpiente diciendo: «Prefiero morir que mirarla. Mi cuello está tan hinchado que casi no me puedo mover. Además no creo en lo que Moisés dice».
Los cuellos de los israelitas estaban hinchados por el veneno y les causaba mucho dolor moverlos. Pero los que estaban curados del veneno les dijeron: «Solo tenéis que mirar la serpiente de bronce una vez, aunque se os rompa el cuello». Pero a pesar de las súplicas algunas personas eran tan tercas que cerraron los ojos deliberadamente y tuvieron que ser obligadas a abrir los ojos a la fuerza. Y en el momento en que miraron esta serpiente, fueron sanados de este veneno tóxico. 
Seguramente sabrán que la serpiente de bronce representa a nuestro Salvador Jesucristo, quien vino por el agua y la sangre para salvarnos del veneno del pecado. Este es el poder del Evangelio del agua y el Espíritu. Satanás muerde a los seres humanos con el pecado y les hace pecar desde que nacen hasta que mueren, pero nuestro Señor cargó con todos estos pecados al ser bautizado en el río Jordán y fue condenado en la Cruz en nuestro lugar. Fue bautizado para limpiar nuestros pecados; fue crucificado hasta morir para vencer a Satanás; y resucitó para convertirse en el Dios vivo de todos los creyentes y para salvarles. 
Por tanto, si las personas miran la encarnación de Jesús en este mundo mediante la que cargó con todos sus pecados a través de su bautismo, y su muerte en la Cruz, y creen en Él de todo corazón, podrán ser salvadas de todos sus pecados, de la misma manera en que los israelitas fueron completamente sanados del veneno de estas serpientes cuando miraron la serpiente de bronce clavada en el palo. Y como resultado se convertirán en hijos de Dios. La salvación se consigue al creer en Jesús de corazón y no mediante las obras propias. Solo por fe pueden recibir una vida nueva de Dios y convertirse en justos a sus ojos. Después de todo, ¿no nos muestra la Biblia que el pueblo de Israel en el desierto fue salvado de este veneno de las serpientes cuando miraron la serpiente de bronce?
Satanás nos ha mordido y ha propagado todo su veneno por nuestros cuerpos. Como la epidemia del pecado se ha pasado de generación en generación, las almas de todo el mundo están muriendo por el pecado. Sin embargo, nuestro Señor vino al mundo para quitar este veneno tóxico, aceptó este veneno al ser bautizado por Juan el Bautista y dejó que su propio cuerpo fuese crucificado hasta morir para vencer al Diablo por completo. 
Y Dios Padre resucitó a su Hijo. La Biblia dice que Jesús fue herido por nuestras transgresiones y herido por nuestras iniquidades (Isaías 53, 5). Jesús fue herido por nuestros pecados y por ellas hemos sido sanados. En nuestros corazones y nuestros cuerpos teníamos pecados que Satanás nos había infundido. Sin embargo, cuando nuestro Señor Jesús vino a este mundo entregó su cuerpo en la Cruz para borrar estos pecados. Murió junto con nuestros pecados para borrarlos. 
Está escrito en la Biblia: «Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley» (1 Corintios 15, 56). Nosotros creemos que Jesús tomó todos nuestros pecados al ser bautizado y morir en la Cruz para pagar el precio de nuestros pecados. Y como creemos de todo corazón que Jesús fue crucificado hasta morir por nuestros pecados, ya no tenemos pecados. 
Nosotros también creemos que Jesús se levantó de entre los muertos para resucitar a sus creyentes a la vida. Esta es la fe de la resurrección. Esta es la fe de los vivos y resucitados. Jesús se ha convertido en el Dios de todos los que han alcanzado la salvación al creer en el Señor de todo corazón. Por eso Jesús dijo: «No es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos». Jesús se ha convertido en el Dios de los vivos. En otras palabras, se ha convertido en el Dios de los que creemos en Él como el Dios de la salvación, el Dios vivo que vino a este mundo y borró todos nuestros pecados con su agua y su sangre. Y como Cristo es el Dios vivo y el Dios de todos los creyentes, siempre ayuda a su pueblo. Incluso ahora Jesús está sentado a la derecha del trono de Dios Padre. 
Mientras vivimos nuestras vidas en este mundo, a veces sentimos que Dios está muerto o dormido. Aunque hayamos sido salvados por nuestra fe para llegar al Cielo, a veces nos sentimos solos en el mundo, como si Dios nos hubiese salvado y después nos hubiese abandonado. Pero esto no es cierto. Dios no es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos, y no estamos muertos a sus ojos, sino que somos los que están salvados. Además Dios tampoco se cansa o se duerme, sino que nos trata como su ojo derecho (Salmos 17, 8; 121, 4). Dios escucha todas las oraciones de su pueblo y nos ayuda. De la misma manera en que Dios está vivo, nosotros también estamos vivos. 
El Señor es el Dios de todos los que han recibido la remisión de los pecados. No es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos. Todos los que no han sido redimidos de sus pecados están muertos. Aunque muchos cristianos celebren la llegada de Jesús como su Salvador y canten alabanzas, muchos de ellos están muertos porque no conocen el verdadero Evangelio ni han recibido la remisión de los pecados, y por tanto Dios no es su Dios. Por eso su fe y su culto son en vano. 
Por el contrario, los que han recibido la remisión de los pecados tienen a Jesús como su Dios, porque creen de todo corazón en el Evangelio del bautismo del Señor y su Cruz. A los ojos de Dios, quien ha recibido la remisión de los pecados y tiene a Jesús en su corazón como su Salvador, es una persona que cree en la justicia de Dios. Estas personas son el pueblo de Dios, son los justos y los vivos. Y como este Dios que nos ha salvado está vivo ahora, escucha nuestras oraciones y las contesta sin falta. 
Esta Pascua, lo que todos debemos tener en el corazón es que Dios no es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos. No debemos olvidar esta Verdad. El Señor es solamente el Dios de los que han recibido la remisión de sus pecados. Dios es su Dios y mi Dios, no el Dios de los pecadores. Es el Dios de los salvados. Es el Dios de Abraham, Isaac, Jacob y nuestro Dios. 
Mis queridos hermanos, la fe viva es la fe en Evangelio del agua y el Espíritu. Y todos nosotros debemos vivir por esta fe. ¿Cómo viven ustedes? ¿Han recibido la remisión de los pecados en sus corazones? Si han recibido la remisión de sus pecados en sus corazones al creer en el bautismo de Jesús y su sangre en la Cruz de todo corazón, les pido que confiesen esta fe con sus labios. Deben reconocer que no son pecadores, sino personas justas. ¿Qué son ustedes? ¿Son justos o pecadores? Si de verdad creen en Evangelio del agua y el Espíritu son personas justas indisputablemente. 
Dios se ha convertido en su Dios por fe. Dios es el Dios vivo. Así que esta Pascua debemos reafirmar nuestra fe una vez más y confiar en el Dios vivo, creyendo de todo corazón que este Dios es nuestro Dios, confiando en Él pase lo que pase, pidiéndole ayuda y viviendo con esta fe inamovible hasta que regrese el Señor. 
Mis queridos hermanos, por muchas dificultades que tengan, todo lo que tienen que hacer para superarlas es tener una fe plena. Crean de todo corazón que Dios no es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos. Dios es nuestro Dios. Por el contrario, los pecadores no tienen nada que ver con la resurrección de Jesús, aunque se levantase de entre los muertos cien veces. En realidad los que no son creyentes no tienen nada que ver con Jesús. De la misma manera en que no les importa que otra persona tenga un millón o mil millones de dólares en su cuenta bancaria, la justicia de Jesús es irrelevante para estos pecadores. Esto se debe a que no creen en el Evangelio del agua y el Espíritu de corazón, aunque deben recibir la remisión de los pecados al creer en el bautismo de Jesús y su sangre en la Cruz. Por tanto no les importa el bautismo de Jesús, ni su muerte en la Cruz, resurrección o ascensión al Cielo para sentarse a la derecha del trono de Dios Padre, ni el hecho de que esté vivo. 
De hecho todas estas cosas son solo relevantes para los santos nacidos de nuevo. La resurrección de Jesús fue para nuestra resurrección. Fue herido por nuestros pecados. Fue bautizado para cargar con nuestros pecados. Y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios Padre en toda su gloria para mostrarnos que nos ha convertido a los creyentes en sus propios hijos y que también nos glorificará un día. Creer en estas cosas es tener la fe viva. 
Dios nos ha dado esta verdadera salvación a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Les pido que tengan esta verdadera fe. Morirán si no tienen este verdadero Evangelio y esta verdadera fe. Morirán sin la Iglesia de Dios. Aunque han recibido la remisión de los pecados, si dejan de escuchar la Palabra de Dios aunque sea durante un mes, empezarán a morir en cuerpo y espíritu. 
Hay más cosas en la vida de fe que solamente ir al servicio de culto y escuchar la Palabra de Dios. El culto es más que eso. En el Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Israel estaba en el desierto, nuestro Dios les dio el maná del cielo como su pan de cada día. De la misma manera en que Dios les dio el maná, también nos da a nosotros el pan de cada día cuando nos reunimos, ya sea en el Día del Señor o cualquier otro día. 
La hora del culto es la hora del alimento espiritual. Debemos cambiar nuestra idea de culto. Antes de nacer de nuevo, solíamos pensar que estábamos adorando a Dios. Pero la adoración no solo consiste en ofrecerle algo a Dios. No consiste en pedirle a Dios que acepte nuestra devoción, alabanza, adoración y acción de gracias. Ahora que hemos recibido la remisión de los pecados debemos cambiar la manera en la que adoramos y darnos cuenta de que en vez de ofrecer algo a Dios, Él nos está dando nuestras bendiciones diarias. 
Está escrito en el Padrenuestro:
«Padrenuestro que estás en los cielos, 
Santificado sea Tu nombre.
Venga a nosotros Tu Reino.
Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día» (Lucas 11, 2-3). 
Todos los días Dios nos da nuestro pan de cada día. Cuando estamos reunidos nos da pan diario para nuestros cuerpos y espíritus y todo lo que necesitamos para vivir en este mundo cada día. Dios nos da todo lo que necesitamos. 
Por tanto debemos cambiar la manera en que adoramos a Dios. Todo ha cambiado desde que recibimos la remisión de los pecados, como dice la Biblia: «Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5, 17). Todo ha cambiado: nuestra Iglesia, nuestras almas, nuestro estado.
La Biblia dice que los justos vivirán por fe. Por tanto, debemos vivir por fe escuchando la Palabra de Dios diligentemente y superando las dificultades de este mundo por fe. Como Dios es el Dios de los que estamos salvados podemos vivir con fe. Así que les pido que aprecien la Iglesia de Dios. Si se separan de la Iglesia de Dios en estos tiempos difíciles, sufrirán consecuencias desastrosas. 
¿Creen que sus vidas son suyas y que pueden hacer lo que quieran porque tienen mucho que ofrecer a la Iglesia? No es verdad. En vez de dar hay mucho que recibir de la Iglesia, tanto para nuestros cuerpos como para nuestros espíritus. No solo están sirviendo al Señor, sino que el Señor les está sirviendo también. Ahora que hemos recibido la remisión de nuestros pecados tenemos que cambiar muchas cosas, incluyendo la manera en la que pensamos en la adoración y el servicio. Ante todo les pido que vivan creyendo en la Palabra de Dios. 
En el pasado solía pensar que estaba ayudando a Dios. Pero al final me di cuenta de que ni yo ni los demás santos estábamos ayudando al Señor, sino que el Señor nos estaba sirviendo a nosotros. Por eso la Iglesia de Dios es tan indispensable. Quien haya recibido la remisión de los pecados debe vivir esta vida de fe dentro de la Iglesia sin falta. Es obligatorio. No estoy diciendo esto porque quiera atraer a más miembros a la Iglesia, sino porque es un requisito completamente indispensable por su propio bien: Si quieren mantener su bienestar espiritual deben vivir en al Iglesia de Dios. 
Nadie que haya recibido la remisión de los pecados puede compartir nada con los pecadores. Cuando los justos van a una iglesia llena de pecadores solamente se están envenenando. Cuanto más adoren en una iglesia falsa, más veneno estarán tomando y al final morirán por sus pecados. Pero si vienen a la Iglesia de los redimidos y escuchan la Palabra de Dios, sus corazones revivirán. Cuando sus corazones sean restaurados florecerán en todo lo que hagan. Cuando sus ojos espirituales estén abiertos, lo verán todo claramente. Si sus corazones mueren, todo lo demás morirá.
Hoy es el día de Pascua y comer huevos duros se ha convertido en una tradición cristiana. Estoy seguro de que hoy nos han preparado muchos huevos. Después del servicio de culto nos los comeremos. Algunos hermanos se comerán dos o más huevos, y yo seguramente me comeré dos. Por supuesto que comeré más si me dan más. Pero si no hay suficientes huevos para todos, me comeré aunque sea medio huevo. No sé cuando empezó esta tradición en el cristianismo. Supongo que los huevos decorados simbolizan la resurrección de Jesús porque de un huevo sale una vida nueva. 
Esta Pascua todos debemos buscar y recibir el verdadero pan de la fe para nuestras almas y corazones. Por tanto debemos confiar en el Dios vivo que vive en nuestros corazones, creer en la verdad de que es nuestro Dios, renovar nuestras fuerzas y vivir con fe durante el resto de nuestras vidas.