The New Life Mission

Sermones

Tema 23: Hebreos

[Capítulo 9-1] < Hebreos 9:16-28 > Recibimos la salvación al tener fe en la Palabra de Dios

< Hebreos 9:16-28 >
“Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador. Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive. De donde ni aun el primer pacto fue instituido sin sangre. Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado. Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio. Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.”
 
 
Hemos leído en Hebreos 9:16-28, y este sermón hablará de este pasaje. Esta mañana he hablado de cómo la obra de Jesucristo puede limpiar nuestras conciencias de las obras muertas para servir al Dios vivo cuando Jesús vino a este mundo, fue bautizado, murió en la Cruz y se levantó de entre los muertos para eliminar nuestros pecados. El Señor nos dio la perfecta salvación que nos limpia de todas las obras muertas y todos los pecados para poder presentarnos ante el Dios Santo, nuestro Padre.
Esta tarde seguiremos hablando sobre Hebreos 9. El pasaje de las Escrituras de hoy dice: “Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador. Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive” (Hebreos 9:16-17). La gente deja un testamento para sus hijos antes de que mueran. Algunas personas dejan un testamento justo antes de morir; otras mueren antes de dejar un testamento. En general, la gente con educación y dinero deja un testamento antes de morir.
Por ejemplo, cuando alguien dice: “Cuando muera el campo grande que hay en la otra parte del valle será para mi hijo mayor; a mi segundo hijo le daré 25 acres a la izquierda; a mi hija mayor le daré 25 acres a la derecha, y a mi hija menor, que tiene una discapacidad física, le daré más que al resto”. Este testamento se dejaría por escrito. Lo que debemos saber es que el testamento no es efectivo hasta que el testador ha muerto. Solo cuando los padres mueren (testadores), el testamento tiene efecto y entonces los hijos heredan el patrimonio de los padres y pagan los impuestos de sucesión.
 
 
Nuestro Dios Padre también dejó Su testamento a través de Sus mandamientos
 
“Si cumplen estos mandamientos, vivirán, si no serán condenados. ¿Van a vivir según los mandamientos?”. “Sí, lo haremos”. “Si pecan contra Mis mandamientos, deberán pagar por el pecado con sangre. He preparado un lugar en el tabernáculo para que ofrezcan sacrificios. Haré que Mis sacerdotes estén listos y cuando cometan un pecado que sea demasiado grave, traigan un becerro como ofrenda. Entonces le pondrán las manos sobre la cabeza para pasarle los pecados y lo matarán. Entonces el sacerdote rociará la sangre en las cuatro esquinas del altar, derramarán la sangre de la ofrenda en el suelo y quemarán la grasa en el altar ante Mí. Entonces veré como sangra, muere y es cortada la ofrenda; oleré la grasa quemándose y la aceptaré como compensación por sus pecados y los perdonaré con Mi justicia”. Esto es lo que Dios prometió.
En este momento no somos israelitas, sino gentiles. Para todos los gentiles del mundo Dios envió a Su Hijo para tomar todos nuestros pecados y así poder ir al Reino de los Cielos. Desde el principio Dios había planeado esto para mostrarnos Su favor y así pudiésemos recibir la remisión de los pecados a través de Jesús y así pudiésemos ir al Cielo a través de nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. En otras palabras, debemos recibir la remisión de los pecados para entrar en el Reino de los Cielos.
Para recibir la remisión de los pecados, debemos ofrecer un mejor sacrificio que los animales terrenales (corderos, cabras, becerros, etc.). Por esta razón Jesús vino a este mundo para cumplir la alianza y permitió a los pecadores que iban al infierno por sus pecados recibir la remisión de los pecados por fe. Dios dejó que pecadores como nosotros entrásemos en el Reino de los Cielos al creer que Jesús tomó todos nuestros pecados a través de Su bautismo, crucifixión y resurrección.
Jesús no era como cualquier sumo sacerdote del Antiguo Testamento que ofrecía sacrificios por los pecados. Ofreció Su cuerpo como una ofrenda para el pecado; tomó todos nuestros pecados al recibir el bautismo de Juan el Bautista y nos salvó al morir en la Cruz en nuestro lugar y levantarse de entre los muertos.
Leamos el pasaje de hoy de Hebreos 9:24-28: “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:24-28).
Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio; nuestro Señor vino encarnado en un hombre, fue bautizado por Juan el Bautista para cargar con todos nuestros pecados para siempre. No se ofreció muchas veces a Dios Padre para quitar nuestros pecados. Eliminó nuestros pecados para siempre al ser bautizado por Juan el Bautista. Fue bautizado y derramó Su sangre solo una vez para eliminar nuestros pecados. En otras palabras, Jesús cumplió nuestra perfecta salvación al ser bautizado una vez y al morir en la Cruz para cargar con los pecados de muchos para que los pecadores no tengan pecados.
Nuestro Señor es nuestro perfecto Salvador que eliminó nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista, morir en la Cruz y resucitar. Por tanto, quien crea en el Evangelio del agua y el Espíritu, la justicia de Jesús puede ser salvado de sus pecados. Solo a través del Evangelio del agua y el Espíritu podemos ser salvados; Jesús no nos da la salvación por nuestras obras.
 
 
Están equivocados si intentan recibir la salvación cumpliendo los mandamientos de Dios
 
No es incorrecto intentar cumplir los mandamientos de Dios, sino que lo incorrecto es recibir la salvación de los pecados de esa manera. Dios dice que Jesús vino a este mundo, fue bautizado para eliminar nuestros pecados, murió y se levantó de entre los muertos. Debemos recibir la salvación al creer de corazón en lo que Dios dijo. Podemos ser salvados de todos nuestros pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Si no creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, no podemos ser salvados de los pecados del mundo por mucho que cumplamos los mandamientos de Dios, por muy sinceramente que vivamos nuestras vidas. Esto se debe a que todos los seres humanos son débiles y solo por tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu pueden ser salvados de sus pecados. Como todos somos insuficientes a los ojos de Dios, nos ha prometido salvarnos por nuestra fe en Su justicia y al enviar a Su Hijo cumplió Su promesa. El Nuevo Testamento dice que nuestro Señor nos salvó de los pecados por el agua y la sangre y volverá por segunda vez. Al creer en la Palabra de Dios, podemos ser salvados de los pecados.
Queridos hermanos, quiero que entiendan que recibimos la salvación al creer en la Palabra de Dios y el Evangelio del agua y el Espíritu. Está escrito: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10). Creemos en la justicia de Dios. Creer en la justicia de Dios es diferente de hacer lo que pensamos que es cierto. Como creemos en la Palabra de Dios, servimos al Evangelio de la justicia de Dios.
Es como llamar a nuestros padres, padre y madre, creyendo que son nuestros padres biológicos que nos engendraron. Por tanto, no es correcto dirigirse a nuestros padres de esta manera si no creemos que son nuestros padres; negarse a creer en ellos como nuestros padres cuando lo son no está bien tampoco. Nuestro Dios se convirtió en nuestro Padre al salvarnos de los pecados del mundo. Jesús nació de la carne humana, fue bautizado, crucificado y resucitó de entre los muertos para convertirse en nuestro Salvador; Dios cumple nuestra salvación. Esto significa que la salvación de los pecados no la conseguimos con nuestros deseos o esfuerzos, sino por nuestra fe. Dicho de otra manera, podemos ser salvados de todos nuestros pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.
No recibimos la salvación de todos los pecados al intentar cumplir la ley de Dios; sino que recibimos la salvación solo al creer en la justicia de Jesús. De la misma manera, la fe en la justicia de Dios es muy crucial. Está escrito: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). ¿En qué debemos creer? Aunque no hayamos visto a Dios con nuestros ojos, podemos escucharlo y verlo con fe en la Palabra de Dios como se nos predicó. Al creer de corazón en lo que escuchamos, podemos ser salvados de nuestros pecados.
En otras palabras, recibir la salvación de nuestros pecados por fe significa creer que el Señor ya eliminó nuestros pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu por Su parte. Creemos que nuestro Señor cargó con nuestros pecados para siempre al ser bautizado por Juan el Bautista, mediante Su crucifixión, y al ser resucitado de entre los muertos para salvarnos de los pecados del mundo. La fe verdadera que nos da la salvación es la fe que cree en la Palabra de Dios como un hecho.
Queridos hermanos, no es tan difícil creer y entender la justicia de Dios a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Pueden convertirse en hombres de fe que creen en la justicia de Dios si ponen su fe en el Evangelio del agua y el Espíritu cuando lo escuchan de la boca de los siervos de Dios. Si intentan recibir la salvación al negarse a escuchar lo que los siervos de Dios les dicen, e intentan vivir una vida virtuosa desde su perspectiva carnal, no podrán recibir la salvación verdadera.
No sabemos qué tipo de pecados cometeremos en dos horas. Somos tan vulnerables al pecado que Dios nos preparó para ser salvados de todos nuestros pecados solo si creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu. Por tanto, no podemos cumplir todos los mandamientos de Dios y ser salvados con nuestras buenas obras. Dios nos prometió salvarnos a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Dios encargó a Jesús para que recibiésemos la remisión de los pecados y fuésemos personas sin pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Recibimos la salvación de los pecados mediante la fe en la Palabra de Dios. Cuando creen en el Evangelio del agua y el Espíritu pueden recibir la salvación de todos sus pecados. Si conocen el Evangelio del agua y el Espíritu, todo lo que necesitan es la fe. Sin embargo, la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu no es la misma que la fe que intenta ganar la salvación cumpliendo los mandamientos de Dios. Intentar ganar la salvación cumpliendo los mandamientos de Dios pone valor en las necesidades de los hombres, mientras que creer en el Evangelio del agua y el Espíritu para recibir la salvación está basado en la fe en la Palabra de Dios que hemos escuchado.
¿Cuál de las dos es más fácil? ¿Qué es más fácil: creer en el Evangelio del agua y el Espíritu o intentar cumplir todos los mandamientos? Sin duda, es más fácil creer en el Evangelio del agua y el Espíritu y ser salvados de los pecados. ¿Por qué escogió Dios este camino? Es un acto del amor de Dios el que podamos recibir la salvación de todos los pecados por fe en el Evangelio del agua y el Espíritu porque no podemos ser perfectos con nuestras obras. Dios pensó en nosotros, que somos insuficientes y no podemos cumplir Sus mandamientos y nos dejó recibir la salvación solo al recibir el Evangelio del agua y el Espíritu por fe.
 
 
El Evangelio del agua y el Espíritu es el amor de Dios escondido
 
Es la verdadera bendición de Dios. Dios es el Rey del amor y la justicia. Conoce todas nuestras debilidades y nos salva a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Nosotros nacimos con pecados por culpa de nuestros pecados. Por eso cometemos pecados durante todas nuestras vidas. Los pecadores agonizamos por el problema de nuestros pecados. Sin embargo, ¿querría Dios enviarnos al infierno? En realidad, Dios envió a Su Hijo para que pudiera ser nuestro Salvador al tomar nuestros pecados a través de Su bautismo, sangrar y morir en la Cruz y levantarse de entre los muertos. Jesús se complace cuando recibimos la remisión de los pecados y vamos al Cielo al creer en lo que hizo por nosotros en este mundo. ¿Estaría Dios contento si fuésemos al infierno? ¿O estaría contento si fuésemos al cielo? Le hace feliz que entremos en Su Reino.
Si conocen el Evangelio del agua y el Espíritu, deben confesar su fe con sus labios. Dios se complace en hacerles ir al Cielo. ¿Acaso la gente no está contenta con los logros de sus hijos? ¿Quién querría que la vida de sus hijos fuese por el mal camino? Todos queremos que nuestros hijos prosperen en cuerpo y espíritu. Algunos padres maldicen a sus hijos, gritando con ira: “¡Niños estúpidos! ¡A ver si os morís!”. Cuando se enfadan con ellos también les insultan y dicen: “¡Ojalá no hubieseis nacido, bastardos!”. Pero la realidad es que ningún padre bueno desea que sus hijos sufran, sino que solo quieren el bien para ellos.
De la misma manera, Dios nos dice que recibamos la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Jesús, el Hijo de Dios vino a este mundo, tomó nuestros pecados al ser bautizado, murió en la Cruz y se levantó de entre los muertos para salvarnos de nuestros pecados. Dios quiere que creamos en esta Verdad y vayamos al Cielo. Quiere que tengamos fe en el Evangelio del agua y el Espíritu para poder adoptarnos como Hijos Suyos, aceptarnos en Sus brazos y bendecirnos.
Queridos hermanos, debemos entender el corazón de Dios y el Evangelio de Dios, el Evangelio del agua y el Espíritu. La razón por la que debemos tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu es recibir la salvación de todos nuestros pecados. A creer que hemos sido salvados por Dios, estamos libres del pecado. La gente cree que existe un continente llamado América sin haber estado allí. ¿Ustedes creen en esto como un hecho? ¿O no? ¿Y por qué? ¿Acaso no lo vemos en la televisión?
De la misma manea, nuestra fe no es ciega. Nuestra fe está basada en la Verdad. Aunque no hemos visto el amor de Dios, está escrito en la Palabra de Dios; cuando creemos en la Palabra de Dios, podemos creer que Jesucristo eliminó todos nuestros pecados para siempre. El Evangelio del agua y el Espíritu muestra lo que Dios ha hecho. Las bendiciones que Dios nos prometió pertenecen a los que creen.
Por fe podemos ir al Cielo y recibir las bendiciones de Dios. El Señor, por su Espíritu, entró en nuestros corazones cuando éramos tan débiles y llenos de pecados que íbamos a ser condenados. Los pecados pesados que hemos cometido por nuestras debilidades fueron tomados por Jesús cuando fue bautizado por Juan el Bautista y murió en la Cruz para pagar por ellos. ¿Cómo oro Jesús antes de ir al Calvario? Oró: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa” (Lucas 22:42). El Señor pagó la pena por los pecados en nuestro lugar porque tomó todos nuestros pecados. Sin embargo, se entregó a Sí mismo en la Cruz, orando: “Pero no se haga mi voluntad, sino la Tuya”. Al cargar con nuestros pecados, el Señor sufrió y murió en la Cruz en nuestro lugar. El Señor que volvió a la vida de entre los muertos se ha convertido en nuestro Salvador. Antes de entregar Su Espíritu en la Cruz, exclamó: “Consumado es” (Juan 19:30). Se convirtió en el verdadero Salvador de todos los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu. Por tanto, lo único que podemos hacer es creer en Su justicia.
De hecho, ¿qué hay que perder desde la perspectiva de Dios? Dios es el Dios del amor, así que no pudo ver a todos los seres humanos sufrir en el infierno. Por eso pagó por nuestros pecados y nos dio una vida nueva. Al hacer esto, nos libró completamente de nuestros pecados.
Hebreos 9:24 dice: “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios”. Es absolutamente cierto. Según la Ley de Dios, la gente intentaba pagar el precio de sus pecados con dinero o bienes. En el Libro de Levítico 17, está escrito: “Porque la vida de toda carne es su sangre” (Levítico 17:14). Teníamos que pagar por nuestros pecados cada vez que no cumplíamos los mandamientos de Dios. Dios es el Dios del amor, pero al mismo tiempo es el Dios de la justicia. También es justo. Por tanto, tiene que castigar los pecados. Sin embargo, envió a Su Hijo para eliminar nuestros pecados a través del bautismo, sabiendo que éramos demasiado débiles para evitar pecar. Con la sangre de Su Hijo, Dios compró nuestras vidas. Por eso llamamos a esto la Redención. Recuerden que fuimos comprados con el precio de la vida y fuimos salvados de nuestros pecados.
 
 
“Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22) El derramamiento de sangre es el amor justo de Dios
 
Jesucristo, el Hijo de Dios, vino al mundo, fue bautizado por Juan el Bautista y derramó Su sangre en la Cruz para pagar el precio completo por nuestros pecados y por eso murió una muerte justa en nuestro lugar. Pudo salvarnos de nuestros pecados, de la destrucción y el juicio de los pecados porque cargó con todos ellos, murió una muerte justa en nuestro lugar y se levantó de entre los muertos. Él pudo purificar nuestros pecados. Hebreos 9:22 dice: “Y sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. Esto es cierto. El derramamiento de sangre significa que nos compró con Su propia sangre.
Hebreos 9:19-21 dice: “Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado. Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio”. ¿Cómo tomó todos nuestros pecados y los eliminó? Dios limpió nuestros pecados con el agua y la sangre. Nuestro Señor vino a este mundo, tomó todos nuestros pecados al ser bautizado y entregó Su vida por nosotros. Murió por nosotros. Se levantó de entre los muertos y nos salvó completamente. Así, el sumo sacerdote tomaba la sangre de becerros y cabras, con agua, lana escarlata e hisopo y rociaba el libro y al pueblo.
Cuando estaba dentro del Tabernáculo realizaba la imposición de manos, se derramaba la sangre del sacrificio y se quemaba la grasa en el altar. En el tabernáculo estaba el altar de los holocaustos y un lavadero (de bronce) delante del altar. Y allí se encontraba la Casa de Dios. La Casa de Dios estaba dividida en el lugar Santo y el lugar Santísimo. Digamos que la Casa de Dios es como el Cielo; para entrar a la Casa de Dios, un pecador debía llevar un sacrificio ante el altar de los holocaustos y pasar sus pecados al animal. Entonces debía matar al animal, llevar su sangre al sacerdote, cortar al animal y quemar su grasa en el altar de los holocaustos. Entonces, el sacerdote tenía que poner la sangre en los cuernos del altar. El sacerdote tenía que lavarse las manos completamente antes de entrar en el lugar Santo. Cuando los sacerdotes entraban en el lugar santo, que es la Casa de Dios, tenían que lavarse las manos y pies con el agua del lavadero de bronce.
De la misma manera, si queremos entrar en el Reino de los Cielos. debemos saber que Jesucristo vino a este mundo y tomó nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista. El Señor quiere que sepamos exactamente lo que hizo por nosotros a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, que cargó con nuestros pecados hasta la Cruz, murió y resucitó de entre los muertos para darnos la perfecta salvación. Es cierto que Jesús nos salvó a través de Su bautismo que recibió de Juan el Bautista y Su sangre derramada en la Cruz. Sin embargo, debemos entender y creer en la verdad de que Jesús tomó nuestros pecados a través de Su bautismo hasta el día en que entremos en el Reino de los Cielos.
Cuando algo va mal con nosotros, física o espiritualmente, y tenemos algo en nuestras conciencias, debemos lavarnos con el agua del lavadero de bronce. Cuando el Señor fue a Juan el Bautista para ser bautizado, dijo: “Permíteme hacer ahora, pues conviene así que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:15). “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Cuando salió del agua después de ser bautizado por Juan el Bautista, todos los pecados de la humanidad fueron pasados a Jesús.
Llamamos a Dios Abba Padre, le oramos y le pedimos soluciones a nuestros problemas. La muerte en la Cruz solo ocurrió una vez, pero no podemos vivir sin el agua. Hablo del bautismo de Jesús en todos los sermones y en todos los libros que publico. Mediante el bautismo que recibió de Juan el Bautista, Jesús tomó nuestros pecados. Necesitamos agua para lavarnos porque seguimos pecando hasta el día en que entramos en el Reino de los Cielos, hasta el día en que vuelva nuestro Señor, aunque hayamos recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Debemos eliminar nuestros pecados para siempre, aunque esté determinado que muramos una vez. ¿Acaso no es esto cierto? Algunas personas pueden preguntarse: “¿Lavar los pecados? ¿Significa esto que no hemos recibido la remisión de los pecados para siempre?”.
Lo que quiero decir es que debemos recordar el hecho de que hemos recibido la remisión de los pecados para siempre. A los ojos de nuestro Señor, eliminó nuestros pecados con Su bautismo y Su sangre, pero por fe recordamos la obra de Su bautismo y su sangre día tras días, de la misma manera en que una vaca rumia. Nuestro Señor eliminó nuestros pecados completamente con el agua y el Espíritu Santo. Eliminó todos los pecados del mundo perfectamente para siempre. Con el agua y el Espíritu Santo, el Señor eliminó todos nuestros pecados para siempre. Sin embargo, ¿qué debemos hacer con los pecados que cometemos en la carne todos los días? debemos ir al lavadero siempre que podamos. Debemos ir al Río Jordán. Al meditar sobre el bautismo que Juan el Bautista le dio a Jesús y confirmar la Verdad de que Jesús tomó todos nuestros pecados en ese momento, podemos estar firmes ante Dios y caminar con fe en la justicia de Dios. Así es como podemos seguir haciendo la obra justa.
Satanás no dejará de atacarnos. Seguirá susurrando a nuestros oídos: “¿Cómo puede una persona tan insuficiente como tú hacer esto y lo otro?”. Cuando escuchamos esta voz, podemos declarar con confianza: “Sí, soy insuficiente. Sin embargo, Dios me ha hecho perfecto a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Estoy santificado, así que camino ante mi Señor”. Es así como podemos hacer la buena obra por fe. Por tanto, hemos recibido la salvación por fe. Por fe podemos hacer buenas obras. Por fe podemos hacer lo correcto. Nuestro Señor nos dio esta bendición.
Queridos hermanos, recordemos esto: “Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22). De esta manera, es una noción falsa que solo la sangre derramada en la Cruz sea lo que nos da la remisión de los pecados. El Señor nos salvó de los pecados no solo con agua, sino con agua y sangre. Si Jesucristo hubiese ofrecido un sacrificio imperfecto como el sumo sacerdote ofrecía un sacrificio cada año por el pueblo de Israel, según el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento, debería haber venido al mundo a morir una y otra vez perpetuamente hasta el final del mundo.
Sin embargo, la Verdad es que se ofreció a Sí mismo para tomar todos nuestros pecados para siempre. Para pagar por los pecados de muchos para siempre, se entregó a Sí mismo para morir. Hebreos 9:28: “Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos”. El Señor nació en este mundo y fue bautizado por Juan el Bautista para eliminar los pecados del mundo para siempre. Después de ser bautizado, se entregó a Sí mismo para morir en la Cruz solo una vez. Fue ofrecido una vez a los que le esperan impacientes, y aparecerá por segunda vez, separado del pecado, para la salvación (Hebreos 9:28). Solo una vez tomó todos nuestros pecados, murió en la Cruz y se levantó de entre los muertos para salvarnos.
Durante los treinta y tres años de vida pública, Jesús fue bautizado por Juan el Bautista solo una vez, murió en la Cruz solo una vez y se levantó de entre los muertos solo una vez para salvarnos completamente. ¿Creen en esto? Cumplió la obra de la salvación para siempre y el efecto de Sus esfuerzos dura para siempre. Por eso el Señor dijo: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. Todos deberíamos morir por nuestros pecados. Después de esto viene el juicio. Los pecadores serán juzgados por sus pecados. Nosotros no morimos dos veces. Solo hay una muerte. Y solo un Juicio. El Juicio del fuego que no se extingue está esperando. Nuestro Señor nos salvó de los pecados para siempre al recibir Su bautismo, morir en la Cruz y levantarse de entre los muertos. No lo hizo dos veces, sino una vez, para cumplir la obra de la salvación.
Deberían escuchar la palabra de Dios y creer en él. Entonces serán sanados. ¿Entienden lo que estoy diciendo aquí? ¿Por qué derramó Jesús Su sangre? Lo hizo para devolvernos a la vida. Compró nuestra vida, la vida que estaba muerta por el pecado, con Su sangre al ofrecerse a través del bautismo y la crucifixión. Así es como nos redimió. Por esta razón derramó Su sangre. Por tanto, debemos entender que todos nuestros pecados fueron transferidos a nuestro Señor. Al ser bautizado, tomó todos nuestros pecados. Tuvo una buena razón por la que derramar Su sangre en la Cruz. Puedo sangrar por nuestros pecados. Al derramar toda la sangre de Su corazón, pagó por nuestra vida y nos dio una vida nueva.
Entonces, ¿es Su sangre la misma que la nuestra? No se atreverán a decir que sí, ¿verdad? “La sangre es sangre”, podrían decir. Sin embargo, el Libro de Hebreos da testimonio de que Jesucristo es Dios mismo, mayor que los ángeles; creó el universo, obedeció la voluntad de Dios y se convirtió en el sacrificio de nuestros pecados; es nuestro perfecto Salvador; nuestro Pastor; nuestro perfecto Dios. ¿En qué debemos creer? Debemos creer en la Palabra de Dios.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Debemos creer en Jesús y en lo que Jesús dijo; y a parte de estas verdades, no debemos creer en nada más, ni en nuestros sueños, en otras personas, otras doctrinas que no estén basadas en la Palabra de Dios. Por esta razón, tenemos servicios en la iglesia. Por eso tenemos tiempo para declarar la palabra de Dios, por lo que estoy muy agradecido a Dios.
Está escrito que Jesús volverá por segunda vez a los que están esperándole separados de los pecados. Sé que esto se refiere a nosotros. ¿Creen en esto? Entonces, ¿están separados de los pecados o no? El Señor se les aparecerá a los que están separados de nuestros pecados. Entonces, ¿cómo de agradecidos debemos estar? ¿Aparecerá por segunda vez a los que no están separados del pecado? Para estas personas, vendrá por segunda vez para destruirles y arrojarlos al fuego del infierno.
Como está escrito en el Libro del Apocalipsis, los ojos de Jesús serán como llamas de juicio terrible para los que no crean cuando vuelva. ¿Qué les parecería si mis ojos estuvieran rojos como llamas? ¿Les gustaría? Hasta yo me desmayaría si me viese en el espejo. Cuando el Señor venga por segunda vez, los que conocen el amor del Señor están separados del pecado, mientras que los que no creen, no estarán separados del pecado. Por tanto, deberíamos creer en el Evangelio del agua y el Espíritu y darle la bienvenida a nuestro Señor por venir a llevarnos a Su pueblo que está separado del pecado a Su Reino. Le doy gracias al Señor.