The New Life Mission

Sermones

Tema 26: Levítico

[26-13] (Levítico 13:18-28) El Señor ha salvado a los que son inadecuados

(Levítico 13:18-28)
“Y cuando en la piel de la carne hubiere divieso, y se sanare, y en el lugar del divieso hubiere una hinchazón, o una mancha blanca rojiza, será mostrado al sacerdote. Y el sacerdote mirará; y si pareciere estar más profunda que la piel, y su pelo se hubiere vuelto blanco, el sacerdote lo declarará inmundo; es llaga de lepra que se originó en el divieso. Y si el sacerdote la considerare, y no apareciere en ella pelo blanco, ni fuere más profunda que la piel, sino oscura, entonces el sacerdote le encerrará por siete días; y si se fuere extendiendo por la piel, entonces el sacerdote lo declarará inmundo; es llaga. Pero si la mancha blanca se estuviere en su lugar, y no se hubiere extendido, es la cicatriz del divieso, y el sacerdote lo declarará limpio. Asimismo cuando hubiere en la piel del cuerpo quemadura de fuego, y hubiere en lo sanado del fuego mancha blanquecina, rojiza o blanca, el sacerdote la mirará; y si el pelo se hubiere vuelto blanco en la mancha, y ésta pareciere ser más profunda que la piel, es lepra que salió en la quemadura; y el sacerdote lo declarará inmundo, por ser llaga de lepra. Mas si el sacerdote la mirare, y no apareciere en la mancha pelo blanco, ni fuere más profunda que la piel, sino que estuviere oscura, le encerrará el sacerdote por siete días. Y al séptimo día el sacerdote la reconocerá; y si se hubiere ido extendiendo por la piel, el sacerdote lo declarará inmundo; es llaga de lepra. Pero si la mancha se estuviere en su lugar, y no se hubiere extendido en la piel, sino que estuviere oscura, es la cicatriz de la quemadura; el sacerdote lo declarará limpio, porque señal de la quemadura es”.
 

Diagnosticar la lepra
 
El pasaje de las Escrituras de hoy viene del capítulo 13 de Levítico. Describe cómo se diagnosticaba la lepra. Levítico 13:18-20 dice: “Y cuando en la piel de la carne hubiere divieso, y se sanare, y en el lugar del divieso hubiere una hinchazón, o una mancha blanca rojiza, será mostrado al sacerdote. Y el sacerdote mirará; y si pareciere estar más profunda que la piel, y su pelo se hubiere vuelto blanco, el sacerdote lo declarará inmundo; es llaga de lepra que se originó en el divieso”. 
La mayoría de los que escuchan la Palabra de Dios aquí seguramente vive en la ciudad. Yo también he vivido siempre en ciudades, así que no puedo decir que sepa mucho acerca de la vida rural. Una vez, cuando terminé la escuela primaria, visité a mi hermano en el campo. Allí vi muchos árboles de caquis y la gente del lugar estaba muy orgullosa de ellos. El pasaje de las Escrituras de hoy me recuerda a estos árboles. Cuando se cae un caqui de un árbol, al principio está duro. Sin embargo, en poco tiempo empieza a madurar y a hacerse blando. Cuando el caqui está bastante blando, la gente se come lo que hay dentro y tira la piel. A veces, si hay demasiados caquis que han caído de los árboles, se recogen y se adoban con sal para comerse más adelante. 
Los caquis cambian de color por fuera con el tiempo. Al final les salen pelillos blancos en la piel, como bolas de algodón. Estos pelos son probablemente moho que se forma cuando el caqui se empieza a podrir. Hoy estamos estudiando la Palabra de Dios de cómo la lepra se diagnosticaba entonces. 
En el Antiguo Testamento, los sacerdotes tenían que diagnosticar a los leprosos del pueblo de Dios. Si alguien era diagnosticado con lepra, esa persona era expulsada de la ciudad y tenía que estar en cuarentena, separada del resto de la población. Una de las maneras de diagnosticar la lepra en Israel era la siguiente: Cuando alguien se quemaba y aparecía una llaga en la herida, el diagnóstico se hacía dependiendo de si la herida se propagaba o no. Si la herida no se propagaba por la piel, no era lepra. Pero si la herida se propagaba y se hacía más profunda que la piel, se sospechaba lepra. Y si aparecían puntos rojos o hinchazón, la persona era diagnosticada de lepra. En otras palabras, si la piel empezaba a tener heridas desiguales y estas heridas podridas se propagaban por la piel, como un caqui podrido, la persona era diagnostica de lepra y puesta en cuarentena. Estos leprosos normalmente eran expulsados del campamento. 
Aunque la lepra puede propagarse por todo el cuerpo, al principio se localiza en cierta parte del cuerpo. Se dice que se puede manifestar como calvicie. Pero esto no significa que, si eres calvo por genética, eres leproso. Hay un pastor entre nosotros hoy que está perdiendo el pelo, pero no se debe preocupar. El leproso calvo del que hablan las Escrituras no se refiere a una persona con poco pelo o nada de pelo en la cabeza. 
Así que, aunque sean calvos, no tienen que preocuparse por la lepra que se describe aquí. La lepra podía diagnosticarse cuando alguien tenía heridas más profundas que la carne y estas heridas supuraban y se propagaban por todo el cuerpo. Sin embargo, las Escrituras dicen, aunque parezca confuso, que, si la lepra cubría todo el cuerpo, entonces el paciente era declarado limpio, aunque fuese diagnosticado con la lepra. 
Cuando leemos esta Palabra de Dios, se nos recuerda cómo el Señor vino a este mundo para salvar a los pecadores y salvarnos de todos sus pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Es importante recordar que, aunque el Señor vino a este mundo como el Salvador de los pecadores, nos ha salvado completamente a los que han admitido ser pecadores completamente y estaban destinados a ir al infierno. Al leer el pasaje de las Escrituras de hoy describiendo cómo se diagnosticaba la lepra, debemos darnos cuenta de lo que el Señor está diciendo ahora acerca de los pecados que hay en el corazón humano. Hablando espiritualmente, ¿quiénes son los leprosos? Los leprosos espirituales son los que no conocen el Evangelio del agua y el Espíritu y no han recibido la remisión de los pecados. 
 

La lepra del General Naamán
 
Cuando leemos 2 Reyes 5, vemos la historia del General Naamán. Está escrito que Naamán era el comandante del ejército de Siria, pero que tenía la enfermedad de la lepra. Aunque era el comandante de todo el ejército de una nación y era respetado por las muchas cosas que había hecho por su nación, como era un leproso no podía ser feliz. En apariencia era rico, poderoso y exitoso. Como soldado era un hombre entregado a su deber, pero como leproso se sentía muy triste por sí mismo y su familia. El General Naamán estaba avergonzado de su lepra y su vida no era feliz. 
Sin embargo, escuchó buenas noticias de la esclava de su mujer, una muchacha hebrea que trabajaba en su casa. Esta muchacha, una esclava tomada de la tierra de Israel, estaba sirviendo a la mujer de Naamán. Cuando la muchacha averiguó que el General Naamán tenía lepra, le dijo a su mujer que, si iba a Israel y veía a un siervo de Dios llamado Eliseo, le sanaría. 
Como todos saben, en aquel entonces la lepra se consideraba una enfermedad incurable. La lepra cubre la piel de las víctimas de heridas y pudre el cuerpo entero. En aquel entonces, se consideraba una enfermedad mortal. 
De hecho, había otras enfermedades que eran incurables y mortales como la lepra en los días del Antiguo Testamento, pero espiritualmente hablando, ¿cuál es la enfermedad mortal que toma la vida de sus víctimas? Es la enfermedad del pecado. ¿Qué mata y arruina a la gente para siempre? Los pecados de la humanidad. Es muy importante que se den cuenta que, si alguien vive con un corazón pecador, esta persona debe ser condenada por sus pecados. 
La enfermedad del pecado arruina las almas de la gente. Si hay una enfermedad que mata a todo el mundo, es la enfermedad del pecado que afecta a la gente desde el día que nace en este mundo. Todos los seres humanos tienen pecados desde el día en que nacen en este mundo y por eso, si no se eliminan sus pecados, mueren para siempre. 
Como todo el mundo tiene esta cosa terrible llamada pecado, todo el mundo tiene que ser castigado por este pecado. Todos los seres humanos nacen como pecadores a los ojos de Dios y viven con estos pecados. Por tanto, es absolutamente indispensable que todo el mundo se dé cuenta de sus pecados ante Dios. Y la gente debe darse cuenta de que, aunque no reconozcan a Dios y Su Ley, todo el mundo ha nacido con pecados y por tanto esos pecados los llevarán a la muerte. Es como la carne del General Naamán que se estaba pudriendo por culpa de la lepra. Aunque era el comandante del ejército sirio y el mayor héroe de la nación, iba a perderlo todo por culpa de la lepra. Así, todo el mundo está siendo arruinado por culpa de sus pecados. Lo que está matando a todo el mundo son los pecados de la gente. Es esta enfermedad tan temida del pecado la que está matando a los seres humanos. 
 

La lepra es como los pecados de la humanidad
 
Los síntomas de la lepra no aparecen inmediatamente y están latentes. Se dice que puede tardar tres años para que un paciente de lepra se dé cuenta de que tiene la enfermedad y otros tres años para que se den cuenta los demás. Así que, si el paciente de lepra quiere esconder su enfermedad, puede hacerlo durante seis o nueve años. Después de esto los síntomas se extienden tanto que no es fácil esconderlos. Otra característica de la lepra es que, mientras los síntomas empiezan a aparecer en una parte específica y localizada del cuerpo, al final la enfermedad se propaga por todo el cuerpo. A medida en que la lepra se propaga por todo el cuerpo, puede desfigurar al paciente y este puede perder partes del cuerpo como las orejas, dedos de las manos, pies, etc. 
Como pueden ver, la lepra es una de las enfermedades más temidas que destroza al paciente. Las Escrituras hablan de la lepra como analogía de los pecados de la humanidad. Hablando espiritualmente, la lepra es como los pecados que hay en el corazón humano. Durante el Antiguo Testamento, la lepra era muy común y quien estaba afectado por ella moría al final. De la misma manera, quien tiene cualquier pecado en el corazón morirá y será destruido. 
Como descendientes de Adán, todos nacimos con pecados. Por esto el Señor dijo en Marcos 7:21-22: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez”. Todo el mundo nace en este mundo con pecados, nadie puede escapar. 
Sin embargo, vemos que muchas personas dicen lo contrario para negar esta Verdad de la Palabra de Dios. Sin embargo, Dios dijo claramente que, desde el momento en que los seres humanos son concebidos en el vientre de sus madres, nacen con pecados. Todo el mundo nace en este mundo con pensamientos y atributos malvados. De hecho, no solo nacimos todos con estos atributos malvados en nuestros corazones, sino solo damos el fruto del mal durante nuestras vidas. Todos nacimos en este mundo con estos atributos del pecado. Heredamos de nuestros padres todos los atributos malvados del mal. Así que, por su naturaleza fundamental, todos los seres humanos nacimos en este mundo con un corazón malvado. Por tanto, todos nacimos en este mundo con maldad inconcebible. Por eso seguimos cometiendo los mismos pecados una y otra vez en este mundo. Por esta razón todo el mundo peca una y otra vez hasta el día que muere. 
Nuestros pensamientos son malvados como nuestras acciones. Desde el día en que nacemos hasta el día en que morimos, no tenemos más que pensamientos malvados. El corazón de todo el mundo está lleno de deseos malvados como fornicación, hurto, asesinato, adulterio, codicia, maldad, engaño, lascivia, ojo malvado, orgullo e insensatez. ¿Y ustedes? ¿No tienen estos deseos malvados? Por supuesto que no. No solo nacimos todos con estos pensamientos y deseos malvados, sino que también cometemos pecados. Algunos de ustedes puede que se pregunten: “Muchas personas no hacen cosas malvadas, ¿cómo se puede explicar esto?”. Hay una razón. Aunque todo el mundo nace con maldad, la gente no la expresa libremente porque hay leyes seculares contra las acciones malvadas. Así que, cuando alguien comete pecados por sus deseos malvados de manera que no cumple la ley, esa persona es castigada según esa ley, que sirve como freno para actuar según esos deseos malvados. 
Sin embargo, el problema es que muchas personas no se dan cuenta de que tienen deseos malvados en sus corazones. Cuando el Apóstol Pablo se miró en el espejo de la Ley de Dios y se vio a sí mismo, se lamentó por lo malvado que era su corazón. La gente tiene su propia justicia solamente porque no conoce la función de la Ley de Dios. Me da mucha pena ver a tantas personas que no se dan cuenta de que nacieron como una raza de pecadores desde el día en que nacieron del vientre de sus madres hasta el día en que mueren. 
La mayoría de personas no se dan cuenta de su naturaleza pecadora hasta que llegan a su adolescencia y aún más tarde. Hoy en día los niños crecen tan rápido que, cuando llegan a la escuela media, pueden manifestar sus pecados fácilmente. Cuando la gente entiende la Palabra de Dios, puede darse cuenta rápidamente de que son obradores de maldad, pero vemos que muchas personas viven sin darse cuenta de esto. Aunque podamos esconder nuestros corazones hasta cierto punto, cuando llegamos a la pubertad, nos damos cuenta de que tenemos todo tipo de pensamientos malvados en nuestros corazones. Pero, lo que es aún más importante es estar de acuerdo con Dios cuando dice que todo el mundo nace y vive con esta maldad, como pensamientos malvados, deseos asesinos, lascivia adultera, codicia, hurto, lascivia, insensatez, etc. Así que, sabemos por la Palabra de Dios que estamos llenos del deseo de cometer estos pecados. 
El corazón de todo el mundo está lleno de estos deseos impulsivos, pero la gente tiene mucho cuidado de esconder sus acciones porque tiene miedo de las leyes seculares y del castigo que recibiría si cometiese esas malas acciones. Así que, la mayoría de las personas actúan con maldad en pocas ocasiones. Sin embargo, el problema es que todavía no saben que tienen maldad y por eso siguen engañándose pensando que son buenas personas. En realidad, están viviendo en la oscuridad. Este mundo está lleno de estas personas confusas. 
Como muchas personas no conocen sus pecados, cuando se ven cometiendo todo tipo de pecados, se sorprenden al verlos y tienen miedo de sí mismos. Como resultado, algunas personas se reprochan a sí mismas y se lamentan por sus pecados. Sin embargo, aunque se reprochen a sí mismos por pecar, muchos de ellos no se dan cuenta de sus naturalezas verdaderas. Por el contrario, con el paso del tiempo, acaban cometiendo más pecados y se excusan culpando a los demás en vez de darse cuenta de que su naturaleza humana es pecadora. Al final, viven sin darse cuenta de sus naturalezas pecadoras. Al contrario que en las Escrituras, el sistema educativo secular enseña que los seres humanos son buenos por naturaleza, y que todo el mundo puede vivir con virtud. Los educadores seculares dicen que, solo si se enseña suficiente educación ética, se puede vivir una vida moralmente recta por su naturaleza. 
Hay multitud de personas en este mundo que piensan incorrectamente que los seres humanos son buenos por naturaleza, pero, en realidad, todo el mundo peca constantemente en su vida porque nació con pensamientos malvados. Es absolutamente indispensable que reconozcan esto. Como el sistema educativo secular enseña que todo el mundo nace como una buena persona por naturaleza, la gente no puede admitir sus pecados, aunque peque. Vemos a muchas personas que se engañan a sí mismas y son engañadas por las enseñanzas falsas del mundo. Como resultado, muchas personas sufren mucho por su maldad. Sin saber cómo resolver el problema de sus pecados, se refugian en los líderes religiosos del mundo. 
Esto se debe a que estas personas no saben qué hacer con sus pecados y por eso confían en las religiones de este mundo y sus líderes. Cuando miramos a los líderes religiosos vemos que intentan tener disciplina para no pecar y quieren ser dioses. El budismo, por ejemplo, enseña a sus muchos seguidores a convertirse en dioses. Eso es lo que creen los budistas y por eso intentan hacerse divinos a través de sus esfuerzos humanos. 
Sin embargo, nadie puede trascenderse a sí mismo y convertirse en un dios. Lo que el budismo enseña es simplemente imposible, porque ningún ser humano puede vencer su maldad. El budismo también habla de 108 deseos mundanos, también conocidos como profanaciones. Enseña que los seres humanos se enfrentan a 108 deseos mundanos y que tienen que llegar al estado de Nirvana para superarlos. Sin embargo, esto es totalmente imposible. Esto no son más que palabras vacías, porque la única manera en que los budistas pueden escapar de estos 108 deseos mundanos es la muerte. Por el contrario, Dios nos enseña que nuestros corazones son librados de sus pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. 
No ha habido ni una sola persona en la tierra que haya escapado de sus pecados mediante sus propios esfuerzos. Algunos practicantes de la religión adoran a sus antecesores. Dicen que los antecesores les ayudan, que si los veneran y hacen buenas obras irán al Cielo. Les gusta hablar del camino moral, enseñando que uno debe cultivarse moralmente. Siguiendo esta enseñanza, muchas personas intentan hacer todo tipo de buenas obras y ser amables con los demás, pero todo es en vano, ya que solo se endurecen aún más por sus pecados. 
Cuando leemos el primer capítulo de Génesis, vemos que Dios creó al hombre y empieza con la frase: “Al principio Dios creó los cielos y la tierra”. Todos vemos que Dios nos habla a los seres humanos, explicándonos cómo llegamos a tener pecados y por qué no podemos evitar pecar en nuestras vidas. Desde el principio Dios está explicándonos qué tipos de pecados tuvimos al nacer en este mundo. Nos está diciendo que todo el mundo peca porque todo el mundo nace con un corazón pecador. Como la lepra que se propaga por todo el cuerpo, los pecados de la humanidad gobiernan las vidas de las personas. Como todo el mundo ha heredado un corazón pecador de sus antecesores desde el día en que nace, no puede evitar pecar siempre. 
 

Debemos creer en la justicia del Señor que nos deja sin pecados
 
Jesús dijo que vino a salvar a los pecadores de sus pecadores. Les dijo a Sus discípulos: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Y también dijo: “Los enfermos son los que necesitan un médico. Una persona sana no necesita un médico”. Nuestro Señor nos dijo que es nuestro Salvador. Todos los seres humanos que viven en este mundo heredaron los pecados de sus padres desde el día en que nacieron. Si no fuese así, no tendríamos que encontrar a Jesucristo, el Salvador, ni tendríamos que creer en Él. Dicho de otra manera, si fuésemos personas que no cometen pecados mientras viven en este mundo, entonces no tendríamos que buscar a Jesucristo ni creer en este Salvador. 
Por el contrario, si reconocen que han nacido con pecados, se verán obligados a buscar a Jesucristo y creer en Su justicia. De lo contrario, están destinados a morir por sus pecados por no creer en la justicia de Dios de corazón. Estas personas que reconocen sus pecados no pueden evitar buscar a Jesucristo. La justicia de Dios se aplica sin falta a los que se dan cuenta claramente de que son pecadores, no solo ante las normas éticas y morales de los hombres, sino también ante los mandamientos de Dios. 
Por la caída de los antecesores de la humanidad, todos los seres humanos se convirtieron en pecadores. Por culpa de un hombre, Adán, todo el mundo se convirtió en un pecador y heredó los pecados de Adán. Por eso, espiritualmente hablando, todo el mundo es como un leproso. En otras palabras, todo el mundo es pecador ante Dios. 
Por tanto, Jesús el Salvador es absolutamente indispensable que seamos sanados de la enfermedad de todos nuestros pecados. Jesucristo es el único Salvador que puede salvar a Su gente de sus pecados. Todos los pecadores necesitan a Jesús sin duda, y al creer en Su justicia somos salvados. Todos los seres humanos debemos creer en la justicia de Jesús y por eso debemos creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Si la gente no es sanada de sus almas enfermas llenas de pecados, acabarán muriendo. Esto se debe a que el Señor nos dijo que el precio del pecado es la muerte. 
Al crearnos del polvo y con el aliento de la vida, el Señor vino a este mundo encarnado en un hombre para salvarnos personalmente cuando caímos en el pecado. Entonces fue bautizado por Juan el Bautista, derramó Su sangre en la Cruz, se levantó de entre los muertos de nuevo y así se ha convertido en nuestro Salvador para siempre. Jesús nació en una pequeña ciudad llamada Belén. Debemos creer que, cuando Jesucristo cumplió los 30 años, redimió nuestros pecados. Debemos creer en el Evangelio del agua y el Espíritu sin falta, en la Verdad de la salvación a través de la que Jesús nos ha librado de los pecados del mundo. Como nacimos como pecadores, es absolutamente indispensable darnos cuenta de la justicia de Dios y creer en ella. Jesús vino a este mundo como el Salvador de la humanidad para buscarnos. Todos éramos pecadores y esta es la razón por la que Jesús vino a buscarnos. Por tanto, creemos en la justicia de Jesús como nuestra salvación.
Antes de que Jesús viniese a este mundo, hubo un siervo enviado por Dios Padre. Este siervo de Dios es Juan el Bautista, quien bautizó a Jesús en el Río Jordán. Juan el Bautista era el siervo de Dios que pasó todos los pecados de este mundo a Jesús para siempre al bautizarle. Juan el Bautista llevaba vestiduras hechas de piel de camello y gritaba en el desierto para que el pueblo de Israel se arrepintiese. Este hombre comía miel, agua y frutos y plantas silvestres todos los días. Tuvo comunión con Dios en el desierto mientras esperaba su momento. Llamó al pueblo de Israel “raza de malvados” y gritó para que se arrepintiesen. Les predicó para que se arrepintiesen de su idolatría. También dijo: “Quien no se arrepienta perecerá, porque el hacha está puesta en la raíz del árbol. De la misma manera en que un árbol se corta y se arroja al fuego, quien no se arrepienta será destruido”. 
Refiriéndose a Juan el Bautista, Jesús dijo que vino “por el camino de la justicia”. Sin embargo, muchas personas no sabían que Juan el Bautista era a quien se refería Jesús, y quien vino por el camino de la justicia. Cuando Juan el Bautista bautizó a Jesucristo en el Río Jordán, Jesús pudo eliminar todos nuestros pecados al aceptar los pecados de este mundo para siempre. Al bautizar a Jesucristo, Juan el Bautista pudo pasar los pecados de este mundo a Jesucristo. En otras palabras, como Juan el Bautista había pasado todos los pecados a Jesucristo, esto hizo posible que todo el mundo que cree en esta Verdad no tenga pecados. Juan el Bautista había venido a pasar los pecados de este mundo a Jesucristo a través del bautismo, para que los que creen puedan convertirse en los propios hijos de Dios. 
Sin embargo, muchas personas se negaron a creer en esto. Los fariseos en aquellos días no creyeron que Juan el Bautista hubiese venido a hacer esta obra. Muchas personas en aquel entonces no sabían que Juan el Bautista era el que cumpliría el camino de la justicia con Jesús. Aunque caminó por este camino de la justicia al bautizar a Jesús y pasarle los pecados de la humanidad, muchas personas no creyeron. Entonces, ¿quién creyó en ese momento? Los publicanos y las prostitutas. 
Para eliminar los pecados de todo el mundo, Dios envió a Juan el Bautista y a Jesucristo a este mundo. Dios quiso que todo el mundo conociese la justicia de Jesús y se convirtiese en un hijo de Dios. Así que Dios envió a Juan el Bautista para pasar los pecados de todo el mundo a Jesús al bautizarle para que quien crea en esta Verdad sea justo. Por desgracia, muchas personas no creyeron en este Evangelio de salvación. 
¿Quién creyó en la justicia de Jesucristo en este mundo? Los que no tenían justicia propia creyeron en ella. ¿Quién creyó en el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista? Este bautismo significa que Jesucristo cargó con todos nuestros pecados. ¿Quién creyó entonces en este bautismo? ¿Quién se dio cuenta de esta Verdad y alcanzó la salvación? Solo los que reconocieron sus pecados y reconocieron a Dios y Su Ley fueron salvados de sus pecados. En otras palabras, solo los que admiten que son leprosos espirituales alcanzaron su salvación al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que constituye la justicia de Dios. 
En tiempos de Jesús, los fariseos y los escribas no creyeron en el papel de Juan el Bautista, ni creyeron en Jesucristo como su Salvador. Estas personas pensaron que, aunque cometían pecados, solo cometían pecados pequeños. ¿Es esto lo que piensan? ¿Pecamos solo de vez en cuando? ¿Piensan que solo cometemos pecados pequeños? ¡Por supuesto que no! La lepra hace que la piel, aunque parezca sana, se pudra y esto se propague sin parar. Lo mismo ocurre con el pecado. 
Si no creemos en la justicia de Jesucristo, es inevitable que acabemos atados por nuestros pecados y sigamos cometiendo una transgresión tras otra hasta que estemos completamente arruinados. Ningún ser humano puede evitar cometer pecados a todas horas y todos debemos pagar la condena de los pecados al final. Por eso muchas personas van directas al infierno por culpa de sus pecados de no creer en la justicia de Jesucristo. De la misma manera en que la lepra cubre todo el cuerpo y hace que se pudra, los pecados que comete todo el mundo hacen que las almas enfermen y mueran. 
Jesús dijo que los publicanos y prostitutas creyeron que Juan el Bautista había venido por el camino de la justicia. Esto significa que, solo los que conocían sus debilidades creyeron en el camino de la justicia. Saben lo que hacen las prostitutas, ¿verdad? Como estas personas pecaban abiertamente, debían saber muy bien que eran pecadores sucios ante Dios. 
Juan el Bautista testificó repetidamente que había pasado los pecados del mundo a Jesús al bautizarle. Cuando Juan el Bautista bautizó a Jesús en el río Jordán, le pasó todos los pecados del mundo a Jesús y cumplió el requisito para que Jesús cargase con la condena de los pecados. De la misma manera en que Israel pasaba sus pecados al animal del sacrificio mediante la imposición de manos sobre su cabeza durante la era del Antiguo Testamento, y en la era del Nuevo Testamento, todos los pecados del mundo fueron pasados a Jesucristo para siempre cuando Juan el Bautista le bautizó en el río Jordán. 
Muchos pecadores, incluyendo los publicanos y las prostitutas, creyeron que este Jesús testificado por Juan el Bautista era el Hijo de Dios, y que había cargado con los pecados de este mundo a través de Su bautismo. Creyeron que su Salvador era Jesús, quien vino por el Evangelio del agua y el Espíritu. Creyeron en el Salvador que les había salvado de todos los pecados para siempre. Estas personas, cuyos pecados habían quedado expuestos por fuera, fueron salvadas al creer en la justicia de Dios. 
Hay otra cosa importante que deben saber aquí y es que los que no se dieron cuenta de sus pecados a pesar de haber pecado con sus corazones y haberlos escondido no pudieron aceptar la justicia de Dios, aunque debían ser castigados por sus pecados. Creemos que Juan el Bautista vino por el camino de la justicia y que Jesús nos ha hecho a los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu personas sin pecados al aceptar nuestros pecados para siempre a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista. No podemos ser salvados de nuestros pecados si no creemos en la justicia de Dios. Debemos darnos cuenta de que Juan el Bautista vino por el camino de la justicia. Este camino de la justicia proclama que, si no creemos que Jesús cargó con nuestros pecados y se convirtió en nuestro Salvador, no podemos ser salvados de nuestros pecados. 
 

Los que son escogidos por Dios y los que no
 
Las Escrituras dicen que hay personas escogidas por Dios y personas que no. Jesús explicó esto utilizando una parábola. Y esta parábola es la siguiente. Hace mucho tiempo cierto rey celebró un banquete de bodas para su hijo e invitó a muchas personas de todo el reino. Pero todos los invitados rechazaron la invitación. Algunos de ellos dijeron que no podían ir porque tenían que ir a comprar un toro; otros decían que no podían ir porque tenían negocios que atender; otros rechazaron la invitación diciendo que tenían que casarse; y otros dijeron que tenían que ir a ver a alguien. Cuando los siervos del rey volvieron y le dijeron que nadie iba a ir al banquete, el rey les dijo a sus siervos que fueran a la calle a invitar a todo el que vieran. 
Así que los siervos salieron y trajeron a toda la gente que quiso ir y muchas de esas personas no tenían ninguna posición social. Cuando llegaron estas personas, las puertas de la ciudad se cerraron y el banquete de bodas comenzó. Durante la ceremonia los invitados celebraron con música, bebida, comida y baile. Sin embargo, cuando el rey miró a los invitados disfrutando de la fiesta, vio a un hombre que no llevaba su ropa de boda. 
El problema era que ningún invitado podía ir a la ceremonia sin llevar la ropa adecuada. Todos los invitados tenían que llevar ropa de boda adecuada para una boda real. Pero había un hombre en la ceremonia que no se había puesto la ropa para la boda. El rey le preguntó al hombre por qué no llevaba ropa para la boda, pero el hombre no dijo ni palabra. Entonces el rey ordenó a sus siervos que ataran a este hombre de manos y pies y lo echaran. 
Utilizando esta parábola el Señor dijo que muchos son llamados, pero pocos son escogidos. Este mundo está lleno de personas que dicen creer en Jesús. Aunque hay muchas personas que creen en Jesús y muchas sean llamadas, pocas son escogidas. ¿Qué significa estar escogido? Jesús dijo que muchos son llamados, pero pocos son escogidos. ¿Entonces a quién ha escogido Dios? Cuando pasamos a Hebreos 1:4, vemos el pasaje que dice: “Hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos”. ¿A quién escogió Dios Padre en Cristo antes de la fundación del mundo? ¿Escogió a los escribas? ¿O escogió a las prostitutas y publicanos? ¿A quién escogió Dios exactamente? Dios Padre escogió a las prostitutas y a los publicanos en Jesucristo. Hablando espiritualmente, ¿a quién escoge Dios? 
Para salvar a los pecadores de los pecados del mundo, Dios Padre envió a Jesucristo a este mundo y, al hacerle cargar los pecados del mundo a través de Su bautismo, ha resuelto el problema de los pecados. Por eso Dios Padre dijo que los escogió en Jesucristo. ¿Quiénes son los escogidos? ¿Quién es la gente escogida en Cristo antes de la fundación del mundo? 
Hablando de Elías en la Epístola de Romanos, el Apóstol Pablo describió qué ocurrió cuando Elías, el siervo de Dios, después de luchar una batalla de fe contra 850 profetas de Baal solo, escuchó a la mujer del rey Acab, Jezabel, jurando que mataría a Elías. Jezabel había jurado que, si no había matado a Elías al día siguiente, se quitaría la vida. La reina de Israel juró que mataría al Profeta Elías. 
Aunque el Profeta Elías había sido bastante valiente cuando se enfrentó a 850 profetas de Baal solo, cuando escuchó a la infame reina Jezabel que estaba decidida a matarle, tuvo miedo y huyó con su siervo. Al huir al desierto infinito, se cansó al final y descansó bajo un árbol grande. Ese árbol era un enebro. Exhausto, Elías cayó rendido debajo del enebro y se tumbó deseando estar muerto. Se confió a sí mismo completamente a Dios, diciendo: “Señor, he luchado mi batalla de fe contra 850 profetas de Baal. Pero ahora, Jezabel me quiere matar. Estoy tan cansado que no quiero vivir más. Llévate mi vida, Señor”. Sin embargo, Dios envió un ángel a Elías para que le consolase y le diese fuerzas. El ángel tocó a Elías y le llevó comida y agua para que tuviese fuerzas. Con la fuerza que le dio la comida que le dio el ángel, Elías pudo recuperarse y seguir adelante. 
Después de comer y beber la comida y el agua que le llevó el ángel, Elías recuperó sus fuerzas y se fue a Horeb, donde Dios le había dicho que fuese. Allí entró en una cueva. Y dentro de la cueva empezó a escuchar un ruido fuerte, como un trueno. Con este ruido estruendoso, el Profeta Elías no podía escuchar la Palabra de Dios. Entonces escuchó el viento soplando violentamente fuera de la cueva. Pero la voz de Dios no estaba allí tampoco. Cuando todo se calmó, Elías escuchó una voz muy pequeña y baja. Dios empezó a hablarle en susurros. 
Dios le preguntó: “¿Qué estás haciendo aquí escondido?”. Él contestó: “Señor, todos Tus siervos en Israel están muertos. Yo soy el único que queda. Tus profetas han muerto todos por la espada o de hambre. Solo quedo yo y ahora me quieren matar”. Entonces Dios le dijo a Elías claramente: “He reservado a 7,000 hombres de los que tú no sabes nada. Estos 7,000 hombres no se han postrado ante Baal. Aunque pienses que estás solo, te he reservado a 7,000 hombres”. La Palabra de Dios dice en Romanos 11:5: “Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia”. En otras palabras, de la misma manera en que Dios reservó a 7,000 hombres para Elías, incluso hoy en día hay personas que están escogidas según la elección de la gracia. 
La palabra de la gracia aquí es el don de Dios. Se refiere al don de la salvación que Dios nos ha dado a través de la justicia de Jesucristo. El Hijo de Dios vino a este mundo para salvarnos a los pecadores de nuestros pecados. El Señor mismo vino a sanar a los leprosos espirituales. Y al venir a sanarnos a los leprosos espirituales, Dios nos ha sanado. 
Somos sanados de nuestra lepra espiritual al creer que el Señor cargó con los pecados del mundo al ser bautizado de Juan el Bautista en el río Jordán. El Señor nos ha sanado de todos nuestros pecados para siempre con el Evangelio del agua y el Espíritu. Jesús cargó con nuestra lepra y todas sus heridas y nos ha sanado completamente. A través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, Jesús tomó todos nuestros pecados y murió en la Cruz por nosotros. Ha terminado con la condena de todos nuestros pecados. 
Así es cómo Dios Padre nos escogió en Jesucristo a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Después de invitar a multitud de personas en Jesucristo, a través del Evangelio del agua y el Espíritu, Dios Padre escogió a los que creyeron de verdad. ¿A quién escogió Dios específicamente entre todas estas personas? Escogió a los pecadores que no tenían justicia propia y que admitieron a Dios: “Señor, estoy sufriendo de la lepra espiritual del pecado. Merezco ser condenado y morir por mis pecados por Tu juicio justo. Tengo esta enfermedad terrible del pecado. Los pecados que he cometido, los pecados que están dentro me están matando. Merezco ser destruido por mis pecados. Estoy destinado a ir al infierno”. De esta manera, los que conocen sus pecados y necesitan la justicia de Jesús desesperadamente son los que pueden recibir la salvación ofrecida por Jesús. A esta gente Dios Padre la ha salvado para siempre en Su Hijo a través del Evangelio del agua y el Espíritu. 
Mis queridos hermanos, Dios nos ha escogido en Jesucristo, en Su salvación, porque reconocimos y admitimos nuestros pecados. Dios nos escogió a nosotros para la salvación. Nos ha salvado como Sus elegidos. Es muy importante que nos demos cuenta de que Dios Padre no nos escogió en Su Hijo Jesucristo antes de la fundación del mundo por nuestra justicia o bondad. Por el contrario, se debe a que somos completamente inútiles y llenos de debilidades ante Dios y por eso nos ha escogido por nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Como no podemos evitar pecar todo el tiempo por nuestras debilidades y fallos, estaríamos yendo directamente al infierno si Dios nos dejase hacer lo que quisiésemos. Por eso Dios nos escogió. Esto se debe a que, si Dios nos dejase solos para seguir sufriendo de la enfermedad mortal del pecado, nuestra carne se pudriría, seríamos solo huesos y al final moriríamos. Como el Señor tuvo compasión por nosotros, vino a este mundo para buscarnos para salvarnos de nuestros pecados. Tuvo que venir a este mundo para eliminar nuestros pecados. 
El Señor vino a este mundo por la gente como los publicanos y prostitutas de este mundo. Aunque estas personas no quisieron convertirse en lo que se convirtieron al final, por los pecados cometidos por sus antecesores, nacieron en este mundo destinadas a morir por todos los pecados que heredaron. Somos estas personas y, para salvarnos de todos nuestros pecados, el Señor vino a este mundo para buscarnos. Y gracias a la justicia de nuestro Señor, fuimos escogidos y salvados por fe. 
 

¿A quién escoge Jesucristo?
 
Jesús escoge a los pecadores que están destinados a ir al infierno por sus pecados. Por la justicia de Jesús, Dios Padre escoge a los que saben que son pecadores ante Dios, a los que reconocen Su Palabra y reconocen Su justicia y los que admiten que están destinados a morir y ser arrojados al infierno por Dios por sus pecados. A estas personas que creen en Su justicia, Dios les dice: “Me pertenecéis ahora. No os preocupéis más porque he redimido vuestros pecados. Hijos, vuestros pecados son perdonados. Ahora estáis sanados de vuestras enfermedades. Levantaos, tomad vuestra cama e id a vuestras casas. Ahora no hay condena para los que están en Cristo, porque la ley del Espíritu de la vida os ha librado de la ley del pecado y la muerte”. Dios Padre nos ha salvado personalmente de nuestros pecados para siempre en Jesucristo. Nos ha librado de nuestros pecados para siempre. 
Mis queridos hermanos, nosotros éramos los leprosos espirituales por naturaleza. Estábamos destinados a morir por nuestros pecados. Sin embargo, nuestro Señor nos ha salvado través del Evangelio del agua y el Espíritu. Dios Padre nos escogió en la justicia de Jesucristo. Y nos ha salvado. Al habernos escogido en la justicia de Jesucristo, Dios Padre nos ha hecho justos. Nos ha convertido a los creyentes de la justicia de Jesucristo en Sus hijos. Nos ha dejado sin pecados. Dios nos ha dicho claramente que nos convirtió en Sus hijos al creer en Su justicia. Solo al creer en la justicia de Dios podemos ser justos. No somos escogidos por Dios por no pecar. Por el contrario, precisamente porque cometemos multitud de pecados como seres humanos, fuimos escogidos y salvados de todos nuestros pecados, todo gracias a la justicia de Jesús. 
¿Creen entonces que Jesucristo nos ha salvado de todos los pecados del mundo a través de la justicia de Dios? ¿Creen que han sido escogidos en Jesucristo por su fe en la justicia de Dios? ¿Entonces quién tiene que ser escogido por Dios todavía? ¿Quién ha sido llamado, pero no escogido? ¿Quién no se ha vestido con la ropa de la salvación por fe? Los que no creen en la justicia de Dios y por tanto no han sido escogidos. De la misma manera en que Jesús dijo: “Muchos son llamados, pero pocos son escogidos”, los escogidos son pocos, mientras que multitudes creen en Jesús como su Salvador sin conocer el Evangelio del agua y el Espíritu. Por eso hay tantas personas que no han sido escogidas. 
Los que no han sido escogidos por Dios son los que no reconocen la justicia de Dios y no admiten que son pecadores destinados a ir al infierno. Estas personas no han ido a los sacerdotes para ser diagnosticadas con la Palabra de Dios. Estas personas han salido de las sombras para ir a Dios, admitir sus pecados, pedirles a Sus sacerdotes que las examinen espiritualmente y ser sanadas de su lepra espiritual. 
Sin embargo, el problema es que muchas personas no reconocen el diagnóstico de estos sacerdotes espirituales. Antes he hablado de Lázaro y el hombre rico, y como este hombre rico, muchas personas no se toman en serio el diagnóstico espiritual de Dios. No aceptan el aviso de los siervos de Dios, ni reconocen Su justicia. Como resultado están aferrándose a sus pecados, aunque su lepra espiritual les está matando. Al final todos perecerán y morirán solos. 
Cualquier persona que no crea en la justicia de Dios, y por tanto no haya sido escogida por Él, se está engañando a sí misma. Quien no reconozca la Palabra de Dios se está engañando a sí mismo. Es la fe en la justicia de Dios lo que deberían mostrarle, no su propia justicia. Deben darse cuenta de la Palabra de Dios qué tipo de personas son y admitirlo. Si no se conocen a sí mismas, entonces deben volver a la Palabra de Dios, reconocerla y ser redimidos de sus pecados. Al escuchar la Palabra de Dios deben admitir quiénes son realmente. 
Quien vaya a Dios y admita sus pecados será salvado sin excepción. Dios ha escogido en Su justicia a quien necesite la gracia de la salvación de Jesucristo. Nos ha salvado a todos para siempre a través de Su justicia. Ha eliminado todos nuestros pecados para siempre con Su justicia. Nos ha permitido nacer de nuevo del agua y el Espíritu para siempre. Y nos ha bendecido para convertirnos en Sus hijos para siempre. 
Las Escrituras dicen que, cuando el General Naamán se metió siete veces en el río Jordán como le dijo Eliseo, su carne fue limpiada y quedó como la de un niño pequeño. De la misma manera, el Señor nos ha convertido a los creyentes del Evangelio del agua y el Espíritu en personas completamente nuevas. Dios Padre nos ha salvado través del Evangelio del agua y el Espíritu. Nos ha bendecido para nacer de nuevo. Esto significa que Dios Padre nos escogió a los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu. Y al habernos escogido en Cristo, nos hizo hijos Suyos. 
Queridos santos, les pido que sepan claramente que hemos sido salvados de todos nuestros pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu y que por esta fe fuimos escogidos. Asimismo, no nos escogió porque fuésemos perfectos y limpios. Por el contrario, como estábamos llenos de debilidades nos escogió para eliminar nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu. Deben estar agradecidos por esto. Y deben estar agradecidos por la gracia de la redención de Dios. 
En las Escrituras, los que no eran escogidos por Dios eran los fariseos, los escribas y otras personas que rechazaron la justicia de Dios por su arrogancia. Los que se engañaron a sí mismos ante Dios, los que no reconocieron Su justicia, los que no reconocieron Su Palabra, los que alardearon de su piedad religiosa y los que practicaron la hipocresía, todas estas personas no fueron escogidas por Dios. 
¿Por qué escogió Dios a algunas personas y a otras no? Los elegidos de Dios son escogidos en la justicia de Jesucristo. Solo somos escogidos si nos damos cuenta de la justicia de Dios en el Evangelio del agua y el Espíritu, lo entendemos completamente y creemos en él. Dios no solo escoge a algunas personas y rechaza a otras arbitrariamente. Hablando de Jacob y Esaú en el Antiguo Testamento, Dios dijo que rechazó a Esaú y escogió a Jacob. 
¿Por qué hizo Dios esto? Desde una perspectiva humana, Esaú era un hombre casi perfecto, mientras que Jacob era un ladrón débil y traicionero. ¿A quién escogió Dios? Dios escogió a Jacob, un hombre traicionero con muchas debilidades. ¿Por qué fue escogido Jacob en vez de Esaú? Jacob fue escogido precisamente porque era manipulador y un mentiroso traicionero que necesitaba la gracia de Dios. Dios tuvo compasión de un hombre tan desesperado como Jacob y le salvó perfectamente a través de Su justicia. Jacob había robado el derecho de primogénito de su hermano por un plato de lentejas, engañó a su propio padre imitando la voz de Esaú y usurpó las bendiciones que Esaú debería haber recibido. Dios Padre sabía muy bien que si dejaba que Jacob hiciese lo que quisiera, no tendría más remedio que ir al infierno. Jacob era un hombre completamente inútil. Por eso Dios no pudo resistir salvar a personas como Jacob, y esta es la misericordia y gracia de Dios. Dicho de otra manera, nuestro Señor no pudo evitar convertirse en un pecador como Jacob por todos sus pecados, y por esa razón cargó con todos sus pecados para siempre al ser bautizado por Juan el Bautista. 
El Señor también cargó con los pecados de Esaú, no solo los pecados de Jacob, pero Esaú no fue escogido porque, al contrario que Jacob, tenía demasiada justicia propia. De hecho, hay dos tipos de personas en este mundo: los que son como Jacob y los que son como Esaú. Los que, como Jacob, saben que son completamente inútiles, pueden vestirse de la gracia de la salvación al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que constituye la justicia de Jesús. Si estas personas caminan por el camino de la justicia por el que vino Juan el Bautista, y si creen en el Evangelio del agua y el Espíritu que constituye la justicia de Dios, entonces pueden ser salvadas por fe, ser escogidas por el Dios justo y convertirse en personas justas. Por el contrario, los que son como Esaú alardean de sus propias fuerzas, de su propia justicia y su propia bondad; y por eso no pueden ser escogidas por Dios. 
En otras palabras, no podemos ser escogidos por Dios si no reconocemos Su justicia y defendemos nuestra propia justicia. Si no reconocemos a los siervos de Dios que creen en Su justicia y no reconocemos a los que se han convertido en el pueblo de Dios, no podemos ser elegidos tampoco. La justicia de Dios nos ha salvado de todos los pecados del mundo para siempre. Oro para que ninguno de los que estamos aquí esté fuera del pueblo elegido por Dios y sea arrojado al infierno por negarse a creer que Dios nos ha salvado de todos nuestros pecados. 
Consideremos esto durante un momento. ¿Cómo nos hemos convertido en justos? ¿Nos hemos convertido en justos porque nuestras acciones sean rectas o tengamos algún mérito a los ojos de Dios? No, por supuesto que no. Desafortunadamente, el problema es que hay demasiadas personas que son demasiado arrogantes. Pero, los que son arrogantes ante Dios no pueden ser Sus elegidos. 
Mis queridos hermanos, yo había vivido sin conocer la justicia de Dios durante diez años desde que empecé a creer en Jesús, e intenté ser amado por Dios todos esos años. Cuando encontré la justicia de Jesucristo me di cuenta de que mis esfuerzos habían sido en vano e inútiles. Empecé a darme cuenta de que el Señor salva a los que son inadecuados. Estas personas son las que han recibido el Evangelio del agua y el Espíritu de Dios y Su gracia de salvación y han sido vestidas en Su justicia eterna. 
Fuimos escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo porque estábamos llenos de debilidades. Por eso Dios nos escogió a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Como nacimos como descendientes de Adán, el primer hombre y pecador, no podemos evitar pecar; pero como creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu de Dios, hemos sido salvados de nuestros pecados. Dios Padre escogió a personas como nosotros en Jesucristo y nos ha hecho Su pueblo. Esta es la gracia que Dios nos ha dado y este es el amor de Dios. El Evangelio del agua y el Espíritu es la gracia maravillosa de la salvación de Dios. Por la gracia de Dios y Su amor nos ha dado el Evangelio del agua y el Espíritu para poder sanarnos y salvarnos de la lepra de nuestros pecados. 
Como personas que conocen el Evangelio del agua y el Espíritu, hemos sido salvados de todos nuestros pecados. Todo el mundo tiene la lepra espiritual. Toda la raza humana está infectada con la enfermedad del pecado que lleva a muchas personas a morir en cuerpo y alma. Debemos predicar el Evangelio del agua y el Espíritu a todo el mundo. Piensen cuánto debe estar sufriendo esta gente, atormentada por sus pecados todo el tiempo. Estas personas se odian a sí mismas por su suciedad. Sabiendo que no pueden ser aprobados por Dios o por el hombre, los pecadores están viviendo bajo la sombra de los pecados que cometen en plena luz del día. El Evangelio del agua y el Espíritu consolará a estos pecadores. 
Los que conocen sus pecados y los que conocen el sufrimiento de sus pecados serán bendecidos para ser escogidos por Dios si solo se dan cuenta del Evangelio del agua y el Espíritu, el poder del amor de Dios. Por admitir sus pecados, serán bendecidos para ser escogidos y salvados perfectamente. Por el contrario, los que no se dan cuenta de que son pecadores, aunque hayan nacido con pecados y no puedan evitar pecar continuamente durante sus vidas, serán abandonados por Dios siempre que sigan viviendo sin creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, pensando que no tienen pecados. Incluso a estas personas debemos predicarles el Evangelio del agua y el Espíritu. 
Les pido que se den cuenta de que todos somos pecadores, pero Dios ha salvado a todos los pecadores a través de Su justicia y Su amor; y con este conocimiento, les pido que se entreguen a la misericordia de Dios para recibir Sus verdaderas bendiciones. Deben creer que Dios salva a los pecadores y que esta salvación se cumple en la justicia de nuestro Señor Jesucristo. Sepan que todos los seres humanos eran leprosos espirituales destinados a morir y reconozcan la justicia de Dios a Sus ojos y acepten la verdadera salvación que les ofrece. Oro para que crean con acción de gracias que Dios Padre nos escogió en la justicia de Jesucristo para la verdadera salvación y espero también que la gracia de Dios y Sus bendiciones estén con ustedes. Todos debemos darle gracias a Dios por fe, porque por Su justicia fuimos escogidos por Dios para convertirnos en Sus hijos.