The New Life Mission

Sermones

Tema 18: Génesis

[Capítulo 1-3]< Génesis 1, 2-5 > Del poder de la oscuridad al Reino del Hijo

< Génesis 1, 2-5 >
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día».
 
 
Cuando creen en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu desaparece la confusión de sus mentes
 
Si ustedes y yo hemos cometido un pecado, por muy pequeño que sea, debemos ser condenados por ese pecado y morir ante Dios. Esta es la Ley de Dios. Sin embargo, para que no fuéramos condenados, Dios envió a Su único Hijo Jesucristo a este mundo e hizo que fuera bautizado por Juan el Bautista. Así que al pasar todos los pecados del mundo a Su Hijo, y al crucificarlo, Dios hizo que Su Hijo muriera en lugar nuestro. Y Dios lo resucitó de entre los muertos. Todo esto lo hizo para que fuéramos salvados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Jesús dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14, 6). Si esto es cierto, el Evangelio del agua y el Espíritu del que habló nuestro Señor debe ser cierto.
¿Creen que cuando cometemos pecados contra Dios, se nos perdona si lo confesaos? ¿Dónde está escrito en la Biblia que nuestros pecados se borran cuando ofrecemos oraciones de confesión?
Mucha gente señala 1 Juan 1, 9 como la base de la doctrina del arrepentimiento. 1 Juan 1, 9 dice: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» y por eso muchos cristianos creen que sus pecados se borran cuando los confiesan. Sin embargo esta interpretación es una gran falacia.
El verdadero significado de este pasaje es que aunque pequemos frecuentemente, nuestro Señor ha borrado nuestros pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu. ¿Por qué sólo leen la primera frase de 1 Juan 1, 9 e ignoran las demás? ¿Qué significa cuando dice que Dios es «fiel y justo»? Cuando dice que Dios es «fiel y justo», significa que hace 2.000 años, al ser bautizado por Juan el Bautista, Jesucristo se llevó todos los pecados del pasado, presente y futuro y los borró de manera fiel y justa, porque sabía que ustedes y yo pecaríamos. Por eso la Biblia dice que si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos. En otras palabras, mientras seguimos pecado y confesando nuestros pecados hoy en día, nuestro Señor ya se ha ocupado de estos pecados en el pasado, porque los borró hace mucho tiempo.
Por tanto, mientras seguimos viviendo en este mundo como nacidos de nuevo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, cuando pecamos, debemos confesarnos de la manera correcta, con nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, como a continuación: «Padre, he pecado. No puedo evitar seguir pecando. Pero creo que has borrado mis pecados al ser bautizado por Juan el Bautista. Todos los pecados que cometo ahora fueron borrados hace mucho tiempo cuando fuiste bautizado y crucificado. Has borrado mis pecados, no sólo los pasados, sino también los presentes y futuros mediante el Evangelio del agua y el Espíritu. Sólo puede darte gracias porque me has salvado completamente por haber aceptado el Evangelio del agua y el Espíritu. Señor, por favor, guarda el corazón de este hombre justo para que pueda vivir como siervo de la justicia y no me dejes caer en la tentación».
 
 
Para poder ser librados de todos nuestros pecados y de toda confusión, debemos conocer la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu y creer en ella
 
Para nosotros Jesucristo es la verdadera luz de salvación. Jesucristo es nuestro fiel Salvador y ha borrado todos nuestros pecados a través de Su agua y Su sangre. ¿Cuándo borró nuestros pecados? Los borró hace muchos años. Algunos de ustedes, cuando pecan ahora, pueden decir: «Lo siento mucho, Señor; perdóname este pecado». Pero sólo están haciendo esta confesión porque no han recibido la verdadera remisión de los pecados. Mientras están suplicando a Dios con esta confesión de conciencia, la verdad es que el Señor ha borrado sus pecados de una vez por todas mediante el Evangelio del agua y el Espíritu.
Si el Señor perdonara nuestros pecados todos los días en presente de indicativo, cuando ofreciésemos nuestras oraciones de penitencia, entonces no se sentaría a la derecha de Dios Padre. Tendría que ser bautizado todos los días y ser crucificado, incluso ahora mientras digo esto. Si todavía creen que sus pecados se perdonan todos los días, su fe todavía está confusa.
Jesucristo vino al mundo como la luz de la salvación para salvarnos del cenagal del pecado y se ha convertido en nuestro verdadero Salvador al venir a nosotros mediante el Evangelio del agua y el Espíritu. Por eso Jesucristo fue bautizado por Juan el Bautista, cargó con los pecados del mundo hasta la Cruz y fue crucificado. Y murió en la Cruz diciendo: «Está acabado» y se levantó de entre los muertos. Como dice Hebreos 10, 18: «Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado», al sacrificar Su propio cuerpo como ofrenda eterna, nos ha salvado de una vez por todas para que no hubiera más ofrendas para el pecado. Por tanto, les pido a todos que crean en este Evangelio del agua y el Espíritu y se libren de toda confusión. Al conocer y creer en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu recibimos la remisión de nuestros pecados, nos convertimos en justos y nacemos de nuevo. Les pido que se libren de toda confusión y que ayuden a otros a librarse de ella.
 
 
El Antiguo Testamento declara que la humanidad está llena de pecados
 
En Isaías 59, 1-8 Dios habla de los pecados de la humanidad y dice que todo el mundo comete pecados con sus propias manos, pies, labios y cuerpo, y que siempre está pensando en pecar. Está escrito:
«He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová
Para salvar,
Ni se ha agravado su oído
Para oír;
pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios,
y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro
para no oír.
Porque vuestras manos están contaminadas de sangre,
y vuestros dedos de iniquidad;
vuestros labios pronuncian mentira,
habla maldad vuestra lengua.
No hay quien clame por la justicia,
ni quien juzgue por la verdad;
confían en vanidad, y hablan vanidades;
conciben maldades, y dan a luz iniquidad.
Incuban huevos de áspides, y tejen telas de arañas;
el que comiere de sus huevos, morirá;
y si los apretaren, saldrán víboras.
Sus telas no servirán para vestir,
ni de sus obras serán cubiertos;
sus obras son obras de iniquidad,
y obra de rapiña está en sus manos.
Sus pies corren al mal,
se apresuran para derramar la sangre inocente;
sus pensamientos, pensamientos de iniquidad;
destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos.
No conocieron camino de paz,
ni hay justicia en sus caminos;
sus veredas son torcidas;
cualquiera que por ellas fuere, no conocerá paz».
Isaías 59, 1-2 dice: «He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír».
Aquí dice que la única razón por la que la gente no puede estar en unión con Dios es el pecado. Por culpa de nuestros pecados, nuestras oraciones no pueden llegar a Dios y Dios no puede bendecirnos y permitirnos entrar en el Reino eterno de los Cielos. En otras palabras, como nuestros pecados nos están alejando de Dios, Él no puede ayudarnos aunque quiera.
Dios quiere contestar as plegarias de los que sufren y están oprimidos en este mundo y ayudarles, pero como la gente está llena de pecados, no puede ayudarles. Si todavía hay pecado en sus corazones, por mucho que recen, Dios no podrá escuchar sus plegarias. Por eso Dios nos está diciendo que recibamos la remisión de los pecados al creer en Jesucristo, que vino por el Evangelio del agua y el Espíritu.
Ahora veamos en la Palabra qué tipo de pecados cometen durante toda su vida. Cuando dice en Isaías 59, 3: «Porque vuestras manos están contaminadas de sangre», significa que cometemos pecados con nuestras manos. Y cuando dice: «Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua. No hay quien clame por la justicia, ni quien juzgue por la verdad» (Isaías 59, 3-4), significa que cometemos todo tipo de pecados con nuestros labios.
Isaías 59, 4-5 sigue: «confían en vanidad, y hablan vanidades; conciben maldades, y dan a luz iniquidad. Incuban huevos de áspides, y tejen telas de arañas». Este pasaje nos demuestra que cometemos idolatría, nos postramos ante objetos hechos de piedra y madera inútilmente. También demuestra que nuestros corazones son malvados, que tienen deseos asesinos cuando hay cualquier pequeño daño, injuria o insulto, y estos son precisamente los corazones que incuban huevos de áspides.
¿Es la naturaleza humana buena o mala? Muchos filósofos y pensadores, tanto de Oriente como de Occidente, han expuesto sus argumentos, algunos afirmaron que la naturaleza humana es buena, mientras que otros dicen que es mala.
Sin embargo, Jesús, el Señor de la Verdad, describió el corazón humano de esta manera: Marcos 7, 21-23: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre». La Palabra de las Escrituras es la verdad.
Todo el mundo ha nacido con pecado y todo el mundo sigue cometiendo pecados durante toda su vida. No hay ninguna otra especia en el mundo que sea tan nefasta como la humanidad. Hace un tiempo, se estrenó una película titulada Maruta en Corea. Esta película narra la historia de las atrocidades cometidas por los japoneses en China durante la Segunda Guerra Mundial, cuando una unidad militar japonesa llevó a cabo numerosos experimentos con chinos y coreanos, para comprobar la resistencia de los humanos a temperaturas bajas extremas. Para ello introducían cuerpos humanos en una centrifugadora para ver cuánto tardaban en perder todos los líquidos corporales y morir. Después es inyectaban la bacteria de la plaga bubónica para ver cuánto tardaban en morir. Esto demuestra que el corazón humano es realmente malvado. Podemos ver que los seres humanos pueden ser viles según las circunstancias, tan malvados que llegan a convertir a sus prójimos en objetos de experimentos. Todo esto demuestra que todo el mundo tiene un corazón malvado y egoísta.
La competitividad y los conflictos están a la orden del día en nuestra sociedad. Hay mucha gente cruel que, tras usar a los demás para sus propios fines, no duda en matar a otros cuando su plan se ha cumplido. El corazón extremadamente egoísta, que antepone la supervivencia a todo lo demás, está dispuesto a sacrificar a los demás por sus propios fines.
¿Cuántos pecados cometemos los seres humanos? Cometemos innumerables pecados con nuestras manos, labios y acciones. Esta es la realidad de la que no podemos escapar porque hemos nacido con pecado. En la película La lista de Schindler, el protagonista dice: «Cuando las circunstancias lo requieren, sale la maldad que hay en los corazones de la gente». Los seres humanos nacimos con esta maldad por naturaleza y cometemos pecados cuando las circunstancias nos empujan y entonces nuestras iniquidades salen a la luz.
Sin embargo, algunas personas intentan ocultar todos los pecados que cometen en sus vidas mediante la religión. Intentan cubrir sus pecados temporalmente mediante sacrificios, trabajo voluntario, una vida ascética, oraciones y evangelización. También en Corea hay mucha gente que dedica su vida entera a una causa de tal manera que se les llama santos vivientes. Algunos curan a los enfermos, comparten sus posesiones con los demás, proporcionan servicios de alojamiento y a través de todos estos esfuerzos consiguen que las vidas carnales de los marginados sean mejores, pero no pueden librarles del pecado y hacerles justos. Esto se debe a que Dios no se fija en la apariencia física, sino que mira los corazones. Cuando Dios mira los corazones de la gente, ve que están llenos de pecados venenosos y de maldad. Dios no necesita un microscopio para verlo porque Él es nuestro Creador y nos conoce bien.
Mis queridos hermanos, ¿se dan cuenta de lo endurecidos que están los corazones? La naturaleza humana hace que odiemos a los que son más débiles. Cuando miramos a los que son famosos a escala mundial por sus virtudes, o cuando miramos a los países democráticos más ricos, vemos que su comportamiento es aún más violento. Antiguamente, las grandes potencias solían invadir a los países más débiles sin dudarlo.
Por ejemplo, cuando Gran Bretaña convirtió a Hong Kong en una colonia suya, ¿no hundió a China con opio? Todo el mundo actúa para la satisfacción de sus propios fines. Esta es la realidad de los seres humanos.
Los seres humanos son tan violentos que están dispuestos a invadir otro país y tomarlo como propio aunque para ello deban matar a otros seres humanos. Esta es la naturaleza de los seres humanos. La raza humana es una especia malvada. Por eso la Biblia describe a los seres humanos como una «generación de malignos» (Isaías 1, 4), que son pecadores. Isaías 59, 7 también declara: «Sus pies corren al mal, se apresuran para derramar la sangre inocente; sus pensamientos, pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos», y señala la naturaleza pecadora de la humanidad. Todo el mundo es así en pensamiento y en acción.
Jesucristo dijo que lo que procede de «dentro del corazón de los hombres» son sólo «malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, asesinatos, robos, envidias, engaños, lascivias, un ojo malvado, blasfemias, orgullo e insensatez». Mis queridos hermanos, cuenten estos pecados con sus manos y pregúntense si están en sus corazones o no. Si son sinceros con Dios, admitirán que sus corazones si que contienen todas estas iniquidades.
Pero a pesar de ello, aunque todos los seres humanos tengan estos pecados en sus corazones, no conocen sus propios pecados. Dios les dice a estas personas: «Las tinieblas estaban sobre la faz del abismo». En otras palabras, aunque haya todo tipo de pecados en sus corazones, la gente no se da cuenta de quién es. Y mucha gente piensa que no es tan malvada. Para recibir la remisión de los pecados debemos darnos cuenta de nuestra verdadera naturaleza, pero el problema es que no lo hacemos. Si no nos conocemos a nosotros mismos, estamos destinados a ir al infierno porque somos demasiado malvados, y no podemos evitar convertirnos en hipócritas de la religión. Muchos fariseos se negaron a recibir la salvación de la gracia porque no se dieron cuenta de quiénes eran y no lo quisieron reconocer.
Por eso Dios tuvo que iluminar nuestros corazones con la luz de la Verdad. En otras palabras, podemos darnos cuenta de que necesitamos recibir la remisión de los pecados si Dios nos enseña qué tipo de pecado tenemos y qué tipo de pecado cometemos. Por esta razón Dios habló de los pecados de la humanidad en la Biblia. De hecho, aunque la Biblia es el libro de la salvación que nos permite ser salvados de los pecados al creer en esta Palabra, por otra parte es un espejo que nos permite vernos a nosotros mismos.
En la Palabra de las Escrituras, Jesucristo dijo que del corazón de los seres humanos proceden sobre todo malos pensamientos. Hay malos pensamientos en nuestros corazones. ¿Tienen malos pensamientos? Por supuesto que sí. ¿Tienen deseos perversos? También. ¿Tienen deseos codiciosos? Sí, los tienen. ¿Tienen deseos asesinos? Sí ¿Tienen deseos adúlteros? Por supuesto que sí. ¿Son sus corazones envidiosos? Sí lo son. ¿Son sus corazones malvados, mentirosos y lascivos? Por supuesto que sí. ¿Tienen un ojo malvado, blasfemia, orgullo e insensatez en sus corazones? Claro que sí. Todos estos deseos pecaminosos están bien alojados en sus corazones y en el mío, en el corazón de todo ser humano de este mundo, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, pobres y ricos.
Sin embargo, no todo el mundo sabe que tiene pecados en su corazón. Antes de que Dios de la salvación a la gente mediante la luz de la Verdad, no pueden darse cuenta de quiénes son en realidad. Antes de conocer la Palabra de las Escrituras, pensamos que sólo tenemos unas pequeñas faltas. Decimos: «Nunca he cometido un pecado grave. Nunca he robado nada. En realidad no he cometido ningún pecado grave y he vivido piadosamente».
Sin embargo, Dios nos dice: «Sois asesinos, ladrones, adúlteros, habéis cometido pecados como la envidia, la maldad, la lascivia, la codicia, la discordia, el orgullo, y la insensatez». Entonces la gente dice: «¿Cuándo he asesinado yo a alguien? ¿A quién he asesinado? No he matado a nadie. ¿Por qué soy lascivo? Los que van a burdeles son lascivos, yo no lo soy. Nunca he estado en ningún burdel, ¿por qué son lascivo? ¿Por qué me ofendes de esta manera?».
La gente no sólo no reconoce sus pecados, sino que también desconoce su identidad malvada. No saben de dónde vienen ni adónde van; no saben por qué viven y adónde se dirigen; cuál es el destino final de los que han recibido la remisión de los pecados y de los pecadores que no han recibido la gracia de Dios.
Cuando conocemos a Dios, que ha venido por el amor del Evangelio del agua y el Espíritu, podemos darnos cuenta de nuestros pecados claramente. La Biblia dice que el temor a Dios es la base de toda sabiduría. En otras palabras, quien de verdad teme a Dios puede conocerse a sí mismo, saber adónde se dirige, conocer sus pecados y entender los planes de Dios para todo el universo. Esto también va dirigido a ustedes y a mí. Aunque Dios dijera que los humanos tienen pensamientos malvados, podemos pensar: «¿Qué pensamientos malvados tengo yo? Nunca he tenido ningún pensamiento malo».
Admitimos que somos malvados porque la Palabra de Dios lo dice. La Palabra de dios es verdad y por eso estamos obligados a admitir que somos pecadores ante la Palabra. Si no admitimos la autenticidad de la Biblia, no admitimos que tenemos estas cosas malvadas según Marcos 7, 21-23.
Un ejemplo claro es el de los criminales que están condenados a muerte o a cadena perpetua. Probablemente digan que cometieron un pequeño error y que fueron víctimas de las circunstancias y que por tanto son inocentes. Así que muchos criminales defienden su inocencia, diciendo que fueron condenados por culpa de las circunstancias.
Así los seres humanos no conocemos nuestros pecados. Antes de recibir la remisión de los pecados, ustedes y yo no sabíamos que éramos una semilla malvada. Yo hice muchas locuras en el pasado pero no me daba cuenta de que había algo de locura en mi mente. En otras palabras, en mi corazón había pecado, pero mi apariencia exterior no reflejaba lo que había dentro de mí. De vez en cuando tomaba decisiones insensatas y hacía locuras, pero después echaba las culpas a las circunstancias, me torturaba a mí mismo y agonizaba por lo que había hecho.
Y entonces intentaba reconfortarme en mi corazón. Hice muchas maldades cuando mi naturaleza pecadores salía a la luz. Pero a pesar de ello, aunque me comportaba de esta manera, nunca me consideré un asesino. Pensaba: «¿Cuándo he apuñalado yo a alguien?». Así que como nunca había asesinado a alguien literalmente, me justificaba a mí mismo y me consideraba una persona decente.
Antes de conocer la Palabra de las Escrituras, pensaba que era un hombre decente, alguien que estaba lejos del pecado. Pero yo no me conocía. Probablemente ustedes fueran como yo. Cuando era joven, pensaba que todas las chicas adolescentes eran ángeles. Cuando veía a monjas o enfermeras con sus togas blancas, también pensaba que eran ángeles. Sin embargo, cuando llegué a la pubertad empecé a tener pensamientos lascivos cuando veía mujeres atractivas, y sentía una llama que ardía dentro de mí con deseos inmorales. Así que empecé a desesperarme, convencido de que alguien tan sucio como yo debería desaparecer de la faz de la tierra. Cuando pasé la pubertad y maduré más, me di cuenta de que la gente es hipócrita y de que todo el mundo es igual. En otras palabras, nadie se conoce a sí mismo y todos malgastan sus vidas en vano.
Dios vio los deseos de nuestros de robar que había en nuestros corazones y por eso nos dijo: «Sois ladrones», incluso antes de que robásemos nada. Él nos dice: «Sois asesinos, arrogantes y locos». En realidad, ¿hay alguien que no codicie los bienes de otra persona? No, no hay nadie. La cuestión no es que robemos o no, sino el hecho de que todo el mundo tiene un corazón fundamentalmente pecador, que pone sus deseos en práctica cuando las circunstancias lo permiten.
Cuando plantamos flores, no las plantamos directamente en la tierra, sino que primero plantamos las semillas, las regamos y después germinan y florecen. Del mismo modo, como tenemos la semilla del pecado en nuestro corazón, pecamos. En nuestro corazón hay 12 semillas diferentes de pecados, así que una germina hoy y la otra mañana. Cuando las circunstancias lo permiten, estas 12 semillas siguen germinando, creciendo y floreciendo en nuestros corazones. En otras palabras, las ponemos en práctica. El que las tinieblas estuviesen en la faz del abismo significa que hay pecados escondidos en los corazones de las personas y ni siquiera ellas mismas se dan cuenta.
Las tinieblas implican pecado. Esto es lo que nos está diciendo Dios. ¿Pueden admitir esto, mis queridos hermanos? Puede que nos hayamos cometido estos pecados literalmente pero aún así Dios nos dice que tenemos estos pecados. ¿Lo reconocen? La verdad es que todo el mundo es así. Por ejemplo, ¿creen que la Madre Teresa, reconocida como una santa de nuestra era, no era así? Aunque ayudó a los demás, ¿creen que su corazón estaba libre de deseos inmorales, asesinos, adúlteros y codiciosos? Si estaba completamente libre de estos deseos, entonces Jesús es un mentiroso o la Madre Teresa no era un ser humano. Sin embargo, como la Madre Teresa era humana y como la Palabra de Jesucristo es la Verdad absoluta que no tiene nada falso, ella no pudo haber sido tan perfecta.
¿Cuántas masacres se cometieron en la historia del cristianismo y cuánta gente murió por oponerse a los ortodoxos de aquel entonces? Los cristianos mataron a mucha gente durante la Edad Media. ¿Por qué? Porque tenían deseos asesinos en sus corazones y por eso mataron a tanta gente por resistirse a su autoridad religiosa.
De hecho el dominio de todas las religiones es impuro. La vida de los seguidores de toda religión, que no sean santos nacidos de nuevo, es como un pescado podrido. Incluso en el cristianismo, si no se nace de nuevo por el Evangelio del agua y el Espíritu, Dios dice claramente, aunque se haya demostrado devoción a otras personas, : «Estás lleno de pecados. A no ser que creas en Jesucristo, aceptes la luz y recibas la remisión de los pecados, serás arrojado al infierno. No importa que seas un pastor, una persona con un cargo alto en la iglesia o un diácono, si no has nacido de nuevo a través del Evangelio del agua y el Espíritu, serás arrojado al infierno».
Por tanto debemos rendirnos ante la Palabra de Dios. Pero a pesar de ello, los que no conocen la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu están caminando por el camino erróneo. En otras palabras, intentan borrar sus pecados y alcanzar el Cielo a través de sus vidas religiosas, e intentan alcanzar trascendencia mediante sus propias acciones y disciplina corporal. Sin embargo, el Señor dice a los que no saben que tienen pecados: «No conocieron camino de paz, ni hay justicia en sus caminos; sus veredas son torcidas; cualquiera que por ellas fuere, no conocerá paz» (Isaías 59, 8).
La Biblia deja claro que: «Hay camino que parece derecho al hombre, Pero su fin es camino de muerte» (Proverbios 16, 25). Mucha gente piensa: «Si vivo virtuosamente, entraré en el Cielo» y así viven sus vidas religiosas según sus pensamientos abstractos. Sin embargo, Dios dice que esta gente morirá sin excepción alguna. Por muy convencidos que estén de sus propias ideas, por mucho que crean que irán al Cielo si son buenos con los demás y diligentes en sus acciones, acabarán siendo destruidos. Pero aún así siguen creyendo estas falacias porque no conocen el camino de la paz. Su falacia se debe a que no conocen las bendiciones de Dios que nos permiten nacer de nuevo a través del Evangelio del agua y el Espíritu.
 
 
Como los legalistas no conocen el camino de la paz, llevan a otra gente a la confusión
 
Muchos cristianos tienen cuadros de Jesucristo en la Cruz colgados en sus salones, y piensan que irán al Cielo si simplemente creen en Jesucristo de la manera que ellos consideran correcta. Sin embargo, esta gente cree en Jesucristo sin conocer el camino de la paz. Para ir al Cielo, cualquier persona que tenga pecado en su corazón debe recibir antes la remisión de los pecados sin falta.
Cuando nuestro Señor dijo: «La Tierra estaba desordenada y vacía y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo», estaba diciendo que la gente no se da cuenta de sus propios pecados, aunque tengan muchos. Sin embargo, en el pasaje Marcos 7, 21 y siguientes, nos damos cuenta de que tenemos 12 tipos de pecados en nuestros corazones y que estamos destinado a ponerlos en práctica y a seguir cometiéndolos durante el resto de nuestras vidas.
Todos y cada uno de nosotros no podemos evitar pecar en la carne. No tenemos elección. Por muy buenos y piadosos que seamos, seguimos pecando porque hay pecado en nuestros corazones.
Todos cometemos pecados a los ojos de Dios. Aunque no hayan pecado en sus acciones, o según nuestro criterio, todavía siguen pecando en sus corazones constantemente. No digo que hayan cometido un pecado en particular, sino que por naturaleza tenemos pecados en nuestros corazones y cuando las circunstancias lo permiten, pecamos en pensamiento, palabra y acción. A través de la Palabra de Dios nos hemos dado cuenta de que somos grandes pecadores. Cuando la Biblia dice: «Las tinieblas estaban sobre la faz del abismo» implica que desde el día en que nacemos hasta que morimos, cometemos pecados y seguimos cometiéndolos hasta que nos presentemos ante Dios. Mis queridos hermanos, ¿reconocen esto con sus corazones?
Pasemos a Juan 8, 1-11.
«Y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más».
Aquí en Juan 8, 11, Jesús dijo a la mujer que había sido sorprendida cometiendo adulterio: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más». Esta mujer fue sorprendida cometiendo adulterio con un hombre. Esta trasgresión rompía con uno de los Diez Mandamientos, y la Ley requería que esta persona fuera lapidada si había testigos. Entonces ¿por qué le dijo el Señor a esta mujer que había sido sorprendida en el acto: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más»?
Esta mujer había sido sorprendida por fariseos y escribas. Los escribas eran los funcionarios de la corte. En otras palabras eran funcionarios del gobierno. Los fariseos, por otro lado, eran los líderes religiosos de la época, y los maestros de la Ley. Como la mujer quebrantó la Ley, en la que creían estos dos grupos de personas, no podía escapar de su condena. Al sorprender a la mujer en adulterio, la arrastraron como a un perro y la echaron a los pies de Jesucristo. En aquel entonces, los escribas y los fariseos estaban intentando provocar a Jesucristo, que era como una piedra en sus sandalias, para poder matarle junto a la mujer.
Presionaron a Jesucristo diciendo: «La Ley de Moisés nos ordena que lapidemos a esta mujer que fue sorprendida cometiendo adulterio, pero, ¿qué harías tú con esta mujer?». Intentaron probar a Jesucristo mediante la Ley, ya que siempre había predicado el amor. En ese momento Jesús empezó a escribir algo en el suelo con el dedo y les dijo: «Aquel de vosotros que esté libre de pecado, que tire la primera piedra».
La mujer no podía escapar de la ejecución según la Ley de aquel entonces. Sin embargo, la Biblia explica que cuando Jesús les dijo que los que estuvieran sin pecado deberían apedrearla, la multitud «acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros». Muchos de los que habían condenado a la mujer huyeron cuando Jesús dijo la primera palabra. Todos somos como estas personas.
 
 
Ahora se revela la justicia de Dios aparte de la Ley
 
Mis queridos hermanos, ¿quién puede cumplir la Ley a la perfección en este mundo? La Ley se refiere a los 613 mandamientos que Dios dio al pueblo de Israel, que decían lo que se debía hacer y lo que no. La Ley tiene 10 mandamientos principales y otros que también deben cumplirse en la vida diaria. Debemos darnos cuenta de que no puede haber nadie en el mundo que cumpla con la Ley de Dios en su totalidad. Según los estatutos de la Ley de Dios, Jesucristo hubiera tenido que matar a la mujer adúltera y a los acusadores, pero desde el punto de vista de la ley del amor, tenía que salvar a la mujer. Cuando oyeron a Jesús decirles: «Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra», sus conciencias les culparon, desde los más viejos a los más jóvenes, y huyeron de allí.
Cuando nos presentamos ante la Ley de Dios, ¿quién puede mantener la cabeza alta sin sentirse avergonzado? Dios sabe perfectamente que somos incapaces de cumplir toda la Ley. Esta es la razón por la que hizo una Ley y nos la dio, para que pudiéramos ser salvados. Jesucristo le dijo a la mujer: «Ni yo tampoco te condeno». Con esto quiso decir: «Yo tampoco puedo decir que tienes pecado». Dijo: «No te juzgo. Levántate, mujer, vete y no peques más».
¿Cómo pudo decir esto nuestro Señor? Si la mujer había sido sorprendida cometiendo adulterio y peco de verdad, ¿significa esto que su pecado fue cubierto incondicionalmente por amor? Como ya sabemos, Dios no es un dios injusto. ¿Por qué dijo eso Jesucristo entonces?
Esto se debe a que Jesucristo ya había aceptado todos los pecados de la humanidad de una vez por todas, incluidos los pecados de esta mujer, a través del bautismo que recibió en el río Jordán de la mano de Juan el Bautista, el representante de la humanidad. Gracias a que nuestro Señor, al ser bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán, había tomado sobre sí mismo los pecados de esta mujer y también los de todos nosotros y los de todo el mundo, tanto pasados como futuros, pudo decir que esta mujer estaba sin pecado. En otras palabras, como Jesucristo ya había tomado los pecados del mundo sobre sí mismo al ser bautizado, el Señor pudo decir que no la condenaba.
¿Cómo tomó Jesucristo el pecado de esta mujer? Para saber la respuesta, pasemos a Mateo 3, 13-17.
«Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia».
Aquí vemos que Jesucristo fue bautizado por un hombre llamada Juan el Bautista. Pero al principio, Juan el Bautista no quería bautizar a Jesucristo porque según él: «¡Ni hablar! ¿Cómo puedo bautizarte si eres el Hijo de Dios? Tú deberías bautizarme a mí».
Sin embargo podemos ver como Jesucristo ordenó a Juan el Bautista: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia». Con esto Jesucristo quiso decir que para borrar los pecados de todo el mundo, debía ser bautizado. Así que Jesucristo fue bautizado por Juan el Bautista, que lo bautizó poniendo sus manos sobre la cabeza de Jesús y sumergiéndolo en el agua y después sacándolo de nuevo. Y una vez Jesucristo fue bautizado, las puertas del Cielo se abrieron y Dios Padre dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia».
La frase «toda justicia» significaba que Jesucristo tomaría todos los pecados del mundo sobre Sí mismo, para que todos estuviéramos sin pecado y fuéramos al Cielo. ¿Qué tuvo que hacer Jesucristo para cumplir esta obra justa que nos haría estar sin pecado? Tuvo que ser bautizado por Juan el Bautista. El bautismo que Jesucristo recibió de Juan el Bautista significaba «limpiar, enterrar, pasar o transferir». Así que como Jesucristo tomó los pecados del mundo de una vez por todas para llevarlos a la Cruz, ser crucificado hasta morir y levantarse de entre los muertos.
Jesucristo es el Hijo de Dios. Es el Creador que hizo el universo entero y todo lo que hay en él. Es el Salvador que nos ha salvado de nuestros pecados. Este Jesucristo se encontró con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. Sin embargo, Jesucristo ya había tomado los pecados de esta mujer porque sabía que cometería pecados mientras viviese en este mundo, sabía que cometería adulterio.
 
 
El sacrificio eterno de Jesús revelado en Levítico
 
El capítulo 16 de Levítico establece las normas del Día de la Expiación, cuando Aarón ayudaba al pueblo de Israel a borrar sus pecados anuales.
Está escrito en Levítico 16, 21-22: «Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto».
Aarón, el Sumo Sacerdote, se menciona en este pasaje. De todos los sacerdotes que ofrecían sacrificios a Dios en el Tabernáculo en nombre del pueblo de Israel, él era el líder. El décimo día del séptimo mes, este representante traía dos machos cabríos para el pueblo de Israel, echaba la suerte, metía el primer macho cabrío dentro del Tabernáculo y pasaba los pecados de los israelitas a su cabeza mediante la imposición de manos.
Entonces decía todos los pecados de los israelitas gritando: «¡Dios! El pueblo de Israel ha cometido todo tipo de pecados. Ha asesinado, ha cometido adulterio, ha robado, ha adorado ídolos, ha dado falso testimonio, ha envidiado y blasfemado». Y cuando levantaba sus manos, estos pecados ya habían sido pasados al macho cabrío. La imposición de manos significa espiritualmente «pasar». Y también significa «enterrar».
Entonces Aarón cortaba el cuello del animal, tomaba su sangre y la esparcía para cumplir el ritual que limpiaba el asiento de la misericordia, el Tabernáculo y el altar de los holocaustos. Al ofrecer Aarón este sacrificio en el Tabernáculo, la Casa de Dios, Dios borraba los pecados de Su pueblo, al ver el sacrificio del animal, los pecados que pasaban al mismo y la sangre que se vertía en nuestro lugar. En resumen, este era el método de salvación de Dios.
 
 
Jesús cumplió toda la justicia de Dios
 
Dios no puede tolerar los pecados. La Biblia dice que «la pena del pecado es la muerte» (Romanos 6, 23), y por tanto el pecado debe ser condenado a muerte sin falta. Sin embargo, Dios es también amor y por eso para reconciliar Su amor y Su justicia, hizo que el pueblo de Israel pasara sus pecados a un animal puro, como un macho cabrío o una oveja, a través de la imposición de manos. Cuando el pueblo de Israel sacrificaba a este animal en su lugar, ponía la sangre en los cuernos del altar de los holocaustos y la esparcía por el asiento de la misericordia, alcanzaba la redención porque Dios veía la sangre de este animal y les concedía la remisión de los pecados. Dios amó tanto al mundo que le dio este sistema de expiación.
Entonces Aarón llevaba al otro macho cabrío ante el pueblo e imponía sus manos sobre él. Como dice Levítico 16, 21: «Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados», Aarón ponía sus manos sobre la cabeza del macho cabrío y confesaba los pecados que el pueblo de Israel había cometido durante todo el año. Y después de quitar las manos, Aarón le pasaba el animal a otro hombre, que lo llevaba lejos, al desierto de Palestina y lo soltaba. Entonces, este macho cabrío que llevaba los pecados del pueblo de Israel, caminaba por el desierto sin agua ni pastos y al final moría de sed bajo el sol ardiente.
Este era el sacrificio que se realizaba el Día de la Expiación, que borraba los pecados que el pueblo de Israel había cometido ese año. A través del sacrificio, Dios estaba planeando salvar a toda la humanidad de sus pecados en el futuro. Por eso escribió este pasaje.
El pueblo de Israel ofrecía el mismo sacrificio año tras año según esta Palabra. Cuando el Sumo Sacerdote moría, le sucedía su hijo cuando cumplía 30 años. Sin embargo, este sacrificio era sólo la sombra de algo bueno que estaba por llegar. El hecho de que el pueblo de Israel tuviera que ofrecer el mismo sacrificio cada año era una prueba de que a través de este sistema no se podía recibir la completa remisión de los pecados de una vez por todas (Hebreos 10, 1-4).
Por eso Dios profetizó hace 700 años que Su único Hijo Jesucristo sería concebido en el cuerpo de una virgen y naciera en el cuerpo de un hombre. Y exactamente según esta profecía, Dios envió a Jesucristo y a Juan el Bautista a este mundo y les permitió que cumplieran toda justicia. Ahora, como está escrito en el Antiguo Testamento, para ofrecer un «sacrificio del pecado para siempre», el Hijo de Dios nació en este mundo con un cuerpo humano.
Así Jesús vino como el Salvador de Su pueblo y cuando cumplió 30 años, aceptó todos los pecados al ser bautizado por Juan el Bautista, el representante de la humanidad. Para «cumplir con toda justicia» (Mateo 3, 15) Jesús fue bautizado por Juan el Bautista. Yo soy el que debería morir y ser condenado por Dios y arrojado al infierno, pero como Dios me amó, envió a Su Hijo al mundo, la pasó mis pecados a través de Juan el Bautista, el representante de la humanidad, con la imposición de manos y condenó a Su Hijo al crucificarlo. Por tanto nos ha salvado a ustedes y a mí.
Así que nuestro Señor cumplió toda la justicia de Dios, mediante el método de la imposición de manos. Para hacer que el mundo estuviera sin pecado, Jesucristo fue bautizado y crucificado. La palabra bautismo también significa «ser lavado, pasado, enterrado» y nos dice que Dios nos ha salvado de los pecados del mundo de esta manera, que es la más conveniente. Así que según lo que Dios nos ha prometido en el Antiguo Testamento y según la regla de Dios que establecía que el pecado debía pasarse mediante la imposición de manos, nuestro Señor aceptó nuestros pecados al ser bautizado.
Por tanto, al creer en este hecho, hemos recibido la remisión de nuestros pecados. Al venir Jesucristo, el Cordero de Dios, a este mundo, al aceptar nuestros pecados, todos los pecados del pasado, presente y futuro, y al ser crucificado, Él nos salvó. Y ahora, quien crea en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, ya sea hombre o mujer, siervo o libre, judío o gentil, puede recibir la remisión de los pecados sin discriminación alguna.
Mis queridos hermanos, debido a la obra que nuestro Señor hizo en este mundo, le dio a la mujer adúltera que había sido sorprendida en el acto: «Ni yo tampoco te condeno». En otras palabras, estaba diciendo: «Yo tampoco puedo decir que tienes pecado, ni puedo juzgarte. Como he aceptado todos tus pecados a través de Mi bautismo, debo morir en tu lugar, debo ser humillado en tu lugar y debo sufrir el castigo en tu lugar. Debo sufrir porque los pecados que cometiste en este mundo me fueron pasados y ahora los llevo yo».
Por eso nuestro Señor dijo en Juan 8, 12: «Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Los que creen en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu se convertirán en la luz de la vida. Está escrito en Génesis 1, 2: «Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». Esto significa que hay pecados en lo profundo de nuestro ser. Sin embargo, el Señor nos ha dado la salvación al ser bautizado, derramar Su sangre en la Cruz, y pagar la condena del pecado y pagar su pena.
Mis queridos hermanos, debido a las iniquidades de las tinieblas, no podíamos reconocer nuestros pecados y estábamos condenados a morir; no teníamos ninguna opción, sino ser arrojados al infierno, y aunque conociésemos nuestros pecados, no podíamos resolverlos. Sin embargo, gracias a Jesucristo, esta gente se ha convertido en la luz, ha salido de las tinieblas. Los que no podían evitar morir por sus pecados se han convertido en personas justas. Esto era imposible de conseguir a través de nuestros propios esfuerzos, por mucho que lo intentásemos, pero al creer en nuestro Señor nos convertimos en personas justas. Todos somos pecadores, pero el Señor vino al mundo y nos salvó a ustedes y a mí. Por tanto Jesucristo le dijo a esta mujer adúltera en Juan 8: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más». Y también dijo: «El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Mis queridos hermanos, los pecadores ahora son justos, y los condenados han recibido vida eterna.
¿Quieren creer en este Jesucristo? ¿Creen en este Jesucristo con su Salvador? Como Jesucristo se encargó de nuestros pecados y nos salvó, dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11, 28).
Aparte de Jesucristo, ¿hay algún otro dios en este mundo que prometa la salvación a los que creen en él? Buda dejó básicamente a cada uno a su aire. Y lo mismo hicieron Confucio y Mencio, que pedían a sus seguidores que vivieran según un sistema ético y moral. ¿Dónde pueden encontrar alguien con tanta compasión para nosotros, los que estábamos destinados al infierno, que diera su vida por nosotros? Sin embargo, Jesucristo abandonó Su trono en el Cielo por nosotros, vino a este mundo, aceptó todos nuestros pecados al ser bautizado, y pagó la condena de nuestros pecados con Su propia vida. No hay nadie más aparte de Jesucristo que nos haya salvado. Así que este Jesucristo es nuestro Salvador. Por eso el Señor le dijo esto a la mujer adúltera.
 
 
Debemos tener la fe que nos permite recibir la remisión de los pecados de Dios
 
Está escrito en Romanos 8, 1-2: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte».
Aquí el Apóstol Pablo nos está diciendo que como Jesucristo tomó todos los pecados del mundo al ser bautizado y al morir en la Cruz, el Señor se ha convertido nos ha dejado sin pecado. Mis queridos hermanos, ¿acaso no cometemos pecados en este mundo? Por supuesto que sí. Sin embargo, en Juan 1, 29, cuando Juan el Bautista vio al Señor después de bautizarlo, declaró que era «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Esto significa que Jesucristo cargó con todos los pecados del mundo, los que cometimos, los que cometemos ahora y los que cometeremos en el futuro. Los aceptó cuando fue bautizado, los llevó a la Cruz y ha sido condenado por ellos.
Por eso el Apóstol Pablo proclamó que no hay condena para los que están en Jesucristo. En otras palabras, los que creen en el bautismo de Jesucristo y en Su sangre en la Cruz, los que de verdad creen en Él como su Salvador, no pueden tener ningún pecado. Esto significa que es imposible que sean pecadores. Por culpa de los pecados que cometemos, no podemos evitar ser pecadores y ser arrojados al infierno, pero si creemos en Jesucristo como nuestro Salvador, que ha borrado los pecados del mundo al venir a este mundo, ser bautizado y morir en la Cruz, si creemos con todo nuestro corazón, la Biblia dice que no hay condena para nosotros. Este pasaje es una declaración bendita, proclamando: «No podéis decir que tenéis pecados».
Pero a pesar de ello, mis queridos hermanos, hay mucha gente que dice que tiene pecados aunque creen en Jesucristo. Cuando rezan por la congregación, muchos cristianos dicen: «Gracias, Padre santo. Hemos cometido muchos pecados en el pasado. Por favor, limpia mis pecados». ¿Cómo acaban sus oraciones? Dicen: «Este pecador reza en el nombre del Señor Jesucristo».
¿Cómo puede un pecador rezar a Dios? Si un pecador se acerca a Dios, muere inmediatamente. Está escrito en la Biblia que Dios no escucha las oraciones de los pecadores. Los pecadores están condenados por Dios. Si Jesucristo vino al mundo para quitar nuestros pecados, y cuando cargó con ellos y los borró al ser bautizado y condenado en la Cruz, ¿cómo puede haber pecados en el mundo? Por muy insuficientes que seamos, Jesucristo ha borrado nuestros pecados de manera suficiente, amplia y abundante, y por tanto ¿cómo pueden tener pecados?
Por ejemplo, digamos que tienen una cuenta en una tienda. Si su padre hubiera pagado muchos millones más de lo que debían, entonces aunque tuvieran otra cuenta después no tendrían que pagarla. Esto es la salvación.
«Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8, 1). Entre los que creen en Jesucristo correctamente, no hay ningún pecador. Todos son justos. ¿Por qué? Porque: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8, 2). Según la Ley, no tenemos otra opción que ser arrojados al infierno, ¿pero qué hay de la ley del Espíritu de la vida, esta ley del amor que nos salva? Para salvar a los pecadores, el Señor vino al mundo, aceptó nuestros pecados, los pecados del mundo, al ser bautizado, fue crucificado y murió en nuestro lugar, se levantó de entre los muertos para devolvernos a la vida y así se ha convertido en nuestro verdadero Salvador.
«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8, 2). Dios, Jesucristo, nos ha librado a Sus seguidores de la ley del pecado y la muerte. El pueblo de Corea estaba bajo la dominación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, pero cuando fue liberado el 15 de agosto de 1945, Corea dejó de ser una colonia japonesa. De esta misma manera, nosotros ya no somos pecadores. Si de verdad creen en Jesucristo como su Salvador, no son pecadores. Los que se describen como pecadores aunque crean en Jesucristo han sido engañados por mentirosos y creen en falsos evangelios.
Romanos 8, 3 dice: «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne» (Romanos 8, 3). Nuestra carne es demasiado débil para cumplir la Ley. ¿Podemos obedecer la Ley? La Ley nos ordena que no adoremos a otros dioses, que no matemos, que no cometamos adulterio, que no robemos, que no mintamos; pero, ¿están seguros de que no matarán? ¿Están seguros de que no robarán? ¿Están seguros de que no mentirán? En cuanto las cosas se ponen difíciles, mentirán.
¿Son capaces de no cometer adulterio? Jesucristo dijo: «Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5, 27-28). Entonces ¿pueden cumplir el estatuto de la Ley que prohíbe cometer adulterio? ¿Pueden cumplir la Ley en su totalidad? Por supuesto que no. Rompemos todos los estatutos de la Ley. ¿Cómo lo hacemos?
Si dejamos la Ley de lado, ¿podemos cumplir las normas sociales? ¿Cumplimos todas las normas de tráfico? Cuando tenemos prisa, ¿pasamos por el paso de cebra? Cruzamos imprudentemente cuando no hay nadie mirando. Quien no cumple la ley una sola vez no ha podido cumplir las normas y leyes de una sociedad.
Mis queridos hermanos, si los seres humanos son incapaces de cumplir sus propias leyes en este mundo, ¿cómo pueden cumplir la Ley de Dios? Si quebrantamos un solo estatuto de la Ley de Dios, somos culpables de quebrantar toda la Ley, y Dios invalida todas nuestras acciones. La Biblia dice: «Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho trasgresor de la ley» (Santiago 2, 10-11). Así que nadie entre nosotros ha cumplido la Ley de Dios a la perfección. Por tanto, todos estamos destinados a ir al infierno.
Mis queridos hermanos, como nuestra carne es débil, es imposible cumplir la Ley. Aunque nuestros corazones quieran cumplir la Ley, nuestra carne es demasiado débil para hacerlo. ¿Y qué hizo Dios? Dijo en Romanos 8, 3-4: «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu».
Nuestra carne es demasiado débil para cumplir la Ley, pero Dios cumplió el requisito de la Ley. Según ella, quien peca debe morir, pero como el Hijo de Dios vino al mundo, aceptó todos nuestros pecados al ser bautizado y fue condenado en nuestro lugar, cumplió con el requisito de la Ley. Cumplió los requisitos de la Ley y completó la salvación.
Jesucristo satisfizo la Ley. Al cumplir el requisito de la Ley, que declara que la pena del pecado es la muerte, mediante Su bautismo y derramamiento de sangre, Jesucristo ha salvado a los que creen en Él como su Salvador. Cuando dice aquí que Dios Padre envió a «Su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne», significa que para salvarnos del infierno, Dios pasó nuestros pecados al cuerpo de Jesucristo. ¿Lo entienden? Este es el misterio del bautismo de Jesucristo.
Está escrito: «Para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz» (Romanos 8, 4-6).
Mis queridos hermanos, si nos consideramos en términos carnales, ¿cómo podemos decir que no tenemos pecados si seguimos pecando en este mundo? Aunque creemos en Jesucristo, ¿cómo podemos decir que estamos sin pecados? Sin embargo, los que viven según el Espíritu son los que creen que Dios nos ha salvado perfectamente a través del Evangelio del agua y el Espíritu.
Si creemos en la Palabra de Dios de corazón, si de verdad creemos en la Palabra escrita, ¿por qué decimos que tenemos pecados? No hay duda de que Jesucristo ha borrado todos nuestros pecados; está escrito en la Biblia. Y Dios escribió las Escrituras como prueba de ello en un volumen amplio, preservó la Biblia durante miles de años sin cambiarla y nos la dio tal y como siempre había sido. Así que si creemos en esta Palabra, ¿cómo podemos decir que todavía tenemos pecados? La cuestión es: ¿debemos creen según nuestras ideas carnales o debemos creer en el Espíritu, es decir, en la Palabra de Dios? Debemos decidir si creemos según la Palabra de Dios o según nuestras ideas o emociones.
La fe de los que creen en sus propias emociones en vez de la Palabra de Dios es en vano. Debemos creer en Dios según Su Palabra. Debemos creer en Jesucristo como nuestro Salvador según la Palabra. Nuestro Señor es el Dios de la alianza que nos hizo promesas y las cumplió. Nuestro Señor es un Dios que cumple todas las promesas según Su Palabra. En el Antiguo Testamento Dios pasaba los pecados del pueblo de Israel a un chivo expiatorio a través del Sumo Sacerdote a través de la imposición de manos en la cabeza, le hacía un corte en el cuello, sacaba la sangre y la ponía en los cuernos del altar de los holocaustos, y al hacerlo permitía que los que creían en este sacrificio expiatorio fueran salvados.
En el Nuevo Testamento, por otro lado, nuestro Señor vino al mundo hace 2.000 años tal y como Dios lo había prometido en el Antiguo Testamento, fue bautizado por Juan el Bautista, el representante de la humanidad, los llevó a la Cruz, murió en nuestro lugar, se levantó de entre los muertos y así nos salvó a todos. A través de esta Palabra escrita ustedes y yo sabemos cómo el Señor nos ha salvado, y al creer hemos sido salvados. Los que creen son los que «viven según el Espíritu». Sólo cuando conocemos la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu podemos creer de corazón y sólo cuando creemos podemos confesarlo con nuestros labios.
Pasemos a Levítico 17, 15-16: «Y cualquier persona, así de los naturales como de los extranjeros, que comiere animal mortecino o despedazado por fiera, lavará sus vestidos y a sí misma se lavará con agua, y será inmunda hasta la noche; entonces será limpia. Y si no los lavare, ni lavare su cuerpo, llevará su iniquidad». En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel recibía la remisión de los pecados el Día de la Expiación cuando veía y creía en lo que el Sumo Sacerdote estaba haciendo. Esto quiere decir que el Sumo Sacerdote permitía que los israelitas se libraran de sus pecados al imponer las manos en el sacrificio y pasar sus pecados a éste, ofreciendo así este sacrificio en su nombre. Sin embargo, si un israelita tocaba algo impuro, como un cadáver, tenía que lavar su ropa y limpiar su cuerpo con agua. La Biblia dice que si no seguía este ritual, esa persona era culpable. El agua es muy importante. Incluso después de recibir la remisión de los pecados, es indispensable seguir manteniendo la fe en el bautismo de Jesucristo.
 
 
El agua lava
 
Una de las funciones del agua es lavar la suciedad. El agua también da vida a la humanidad. Aunque creamos en la remisión de nuestros pecados, ¿no seguimos pecando en este mundo? Por supuesto que sí. Sin embargo, incluso estos pecados están incluidos en los pecados del mundo. El Señor los ha borrado todos. Sin embargo, cuando pecamos, nuestra conciencia está herida y atormentada. ¿Qué debemos hacer con estos pecados? ¿Debemos creer en Jesucristo de nuevo? No, lo que debemos hacer es confirmar en nuestros corazones que estos pecados fueron pasados a Jesucristo cuando fue bautizado, y creer de corazón que nuestro Señor borró todos nuestros pecados porque sabía que pecaríamos de nuevo. En otras palabras, debemos reflexionar sobre el Evangelio de salvación en nuestras mentes. Entonces podemos ser salvados de todos los pecados que cometemos por culpa de nuestras debilidades. Entonces podemos estar limpios completamente. Y entonces podemos ser salvados completamente y ser justos.
El Apóstol Pablo dice que a través de la ley del Espíritu de la vida, es decir el Evangelio del agua y el Espíritu, Cristo Jesús nos ha salvado a nosotros, que estábamos bajo la ley del pecado y la muerte, y nos hizo vivir en Él. El Apóstol Juan también dice claramente en 1 Juan 5, 3-8 que Jesús nos ha salvado perfectamente del pecado al venir por el Evangelio del agua y el Espíritu. Además dice que «el agua, la sangre y el Espíritu» dan testimonio del hecho de que Jesucristo nos ha salvado de pecado completamente. ¿Qué testifica el Espíritu Santo? Testifica que Jesucristo es Dios. Da testimonio del hecho de que Jesucristo es el Dios que creó este universo, y que para salvarnos de nuestros pecados, nació en este mundo a través del cuerpo de una virgen en la imagen de un hombre. ¿Qué testifican la sangre y el agua? Testifican que nuestro Señor, el Dios de la salvación, vino encarnado en un hombre, tomó todos los pecados del mundo, de la humanidad y todos nuestros pecados al ser bautizado cuando tenía 30 años, llevó estos pecados a la Cruz y murió allí.
Por tanto, quien dice que cree sólo en la sangre de Jesucristo derramada en la Cruz tiene una fe completamente inútil por mucho que crea en Jesucristo. Los que creen así se describen a sí mismos como pecadores, porque acaban cometiendo pecados al día siguiente. Pero, ¿por qué piensan esto? Porque nos e dan cuenta de que Jesucristo aceptó todos sus pecados cuando fue bautizado y por eso siguen viviendo como pecadores aunque crean en Jesucristo. Su conciencia no les permite decir que están sin pecados.
Pero para ustedes y para mí, cuando Jesucristo fue bautizado, tomó todos nuestros pecados. Durante toda nuestra vida no podemos evitar pecar, las tinieblas están en la faz del abismo y nuestros corazones están realmente sucios, pero Jesucristo tomó nuestros pecados a través de Su bautismo, los llevó a la Cruz, fue crucificado y condenado, derramó Su sangre hasta morir, se levantó de entre los muertos y así nos ha salvado de nuestros pecados. El Señor está vivo ahora, y es el Dios que nos da la salvación a todos los que creemos en esta Palabra de salvación. ¿Qué hay de ustedes? ¿También creen? Si creen de corazón, Dios, el Espíritu Santo, conocerá sus corazones y les pondrá el sello de la salvación.
Jesucristo es el Dios que nos da la salvación. Al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu nos convertimos en hijos de Dios. ¿Tienen pecados o no? No tienen pecados. Esto se debe a que todos sus pecados fueron pasados al Señor. ¿Significa esto que podemos pecar siempre que queramos? Por supuesto que no. Pecamos cuando no sabemos lo que es correcto; no lo hacemos porque alguien nos lo pida y no es algo que podamos evitar si alguien nos dice que no lo hagamos. Todos los seres humanos están sujetos al pecado hasta el día en que mueren, porque son insuficientes. Para salvarnos de estos pecados nuestro Señor vino al mundo y nos salvó completamente. Todo lo que tenemos que hacer es creer. Con el corazón creemos en la justicia y con la boca confesamos la salvación.
Volvamos a Génesis 1, 2-5: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día».
Dios ordenó que hubiera luz en un mundo oscuro lleno de tinieblas. Esto implica que el Hijo de Dios fue enviado al mundo y que Dios hizo que Su Hijo tomara todos los pecados del mundo al ser bautizado y al hacer que muriera en la Cruz, nos salvó de todos nuestros pecados.
¿Qué hizo Dios el primer día? Dio luz a los corazones de la gente, que estaban desordenados y vacíos y que tenían las tinieblas sobre la faz del abismo, y al hacerlo desapareció toda la oscuridad y el vacío y llegó la verdadera satisfacción, el verdadero orden, la verdadera luz y la verdadera vida. Jesucristo es la luz de la salvación para este mundo. Jesucristo es el salvador de los pecadores. Para todos los que creen en este Evangelio del agua y el Espíritu, para todos los que creen que Jesucristo es nuestro salvador que nos ha salvado a través de Su agua y Su sangre, Jesucristo se ha convertido en la luz de la salvación. Mis queridos hermanos, la única verdadera luz en este mundo es el Señor Jesucristo. Es esta luz la que vio Dios y dijo que era buena.
La Biblia dice que Dios dividió la luz de las tinieblas. Las separó y llamó a la luz día y a las tinieblas noche. Hay dos tipos de gente en este mundo: los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas (1 Tesalonicenses 5, 5). Los hijos de la luz son los que confiesan su fe diciendo: «Antes de conocer a Jesucristo, era un gran pecador, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y mi mente estaba confundida. Estaba vacío. No tenía satisfacción. No puedo evitar ir al infierno. Sin embargo, Tú me has enseñado Tu Palabra a través de Tus siervos y Tu Iglesia. Me has salvado perfectamente. ¡Creo en Ti, Señor!». A los que creen y le han recibido como verdadero Salvador, Dios los ha llamado hijos del día y les ha dado el derecho de convertirse en Sus hijos.
«Antes erais hijos del Diablo, pero ahora ya no sois hijos de las tinieblas, sino que sois hijos de la luz. Sois Mis hijos». Esto es lo que Dios quería decir cuando separó la luz de las tinieblas. Por eso el Apóstol Pablo declaró a los que han nacido de nuevo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu: «Erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz» (Efesios 5, 8).
Todos los que creen en esta Palabra del agua y el Espíritu, en la Palabra bendita de la salvación, son hijos de Dios y Su pueblo. Sin embargo, los que no creen según esta Palabra son hijos de las tinieblas, de la noche y del Diablo. Aunque hay mucha gente en este mundo, según crean o no, algunos se convierten en el pueblo de Dios y otros del Diablo, y algunos van al Cielo y otros al infierno. Así Dios ha establecido la ley de la fe. Ha hecho posible que la salvación se alcance mediante la fe. Al creer de corazón podemos ser justos. Por fe nos convertimos en el verdadero pueblo de Dios.
Dios ha separado la luz de las tinieblas claramente, separando a los que son Su pueblo de los que no lo son. Y ha prohibido que los pecadores estén en la congregación de los justos (Salmos 1, 5). Si alguien se hace pastor después de estudiar una carrera en algún seminario de teología famoso, pero no conoce la Verdad y por tanto sigue teniendo pecados en su corazón, entonces no puede predicar esta Palabra de Verdad. Sólo podrá decirles: «Vivamos virtuosamente». Si un ciego guía a otro ciego, los dos se caerán de un precipicio morirán (Mateo 15, 14).
Si un pecador tuviera que enseñarles, nunca serían librados del pecado. Si tienen pecado, serán arrojados al infierno, aunque crean en Jesucristo. ¿Por qué tanto los cristianos como los no creyentes están destinados al infierno? Porque las iglesias de hoy en día se han convertido en negocios. Muchos pastores se comportan como vendedores ambulantes. Estos mentirosos les dicen a las almas que están reunidas para ir al Cielo que les están pidiendo sus bendiciones, pero en realidad les explotan por dinero.
¿Quién en este mundo no querría vivir virtuosamente? Pero los seres humanos no pueden evitar cometer pecados y por eso están destinados a ir al infierno por sus pecados. No pueden evitar vivir vidas miserables. Por eso debemos predicar este Evangelio de salvación a esta gente, proclamar que Jesucristo nos ha salvado a través de Su sangre y Su agua. Esta es la misión que Dios nos ha dado a la Iglesia de Dios. Nosotros somos los que creemos en Jesucristo como nuestro Salvador.
 
 
¿Qué es el arrepentimiento bíblico?
 
Hechos de los Apóstoles 3, 19 dice: «Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio». Este pasaje significa que «quien se arrepienta correctamente y crea en el Evangelio del agua y el Espíritu, estará sin pecado gracias al Señor». En otras palabras, nos está diciendo que recibamos nuestra salvación por fe, porque el Señor ha borrado nuestros pecados.
Cuando admitimos nuestras debilidades diciendo: «Somos humanos, no podemos evitar cometer pecados ante Dios hasta el día en que morimos» y cuando creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos ha dado y volvemos a Dios, nos estamos arrepintiendo de verdad. Si venimos al Evangelio del agua y el Espíritu, el Evangelio mediante el cual el Señor ha borrado nuestros pecados, y si recibimos la remisión de nuestros pecados por fe, el Señor nos refrescará. El verdadero arrepentimiento ante Dios es dejar de lado el mal camino y decir: «Señor, los que Tú has dicho es verdad».
Sin embargo, ¿cuál es la opinión que predomina cuando se considera el verdadero arrepentimiento hacia Dios? En vez de arrepentirse, dejar el mal camino y recibir la remisión de los pecados de una vez por todas, mucha gente cree que las oraciones de arrepentimiento son un sinónimo de arrepentimiento. Así que ofrecen estas oraciones cuando pecan, diciendo: «Señor, he cometido un error. Por favor, perdóname».
¡Qué estupidez! Como hemos visto en Marcos 7, 21-23, Dios dijo que de los corazones de la gente proceden 12 pecados, tales como malos pensamientos, asesinatos, adulterio, robos, envidia, discusiones, fornicación y otros. Por tanto, el verdadero arrepentimiento consiste en admitir: «No puedo evitar pecar hasta el día en que muera. Y cometo pecados constantemente. Así que estoy condenado al infierno»; en dejar de lado las creencias erróneas que teníamos hasta entonces y creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, el Evangelio mediante el cual nuestro Señor ha borrado todos nuestros pecados de una vez por todas. El verdadero arrepentimiento del que habla la Biblia consiste en abandonar nuestras creencias y volver a la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, volver a Dios.
Sin embargo, casi ningún cristiano vive en la Verdad, sino que mueren en la confusión. Su concepto de arrepentimiento consiste en que cada vez de pecan, creen que deben resolver ese pecado por su cuenta diciendo: «He obrado mal, no volveré a pecar nunca más». Esto es lo que piensan que es el arrepentimiento. Esto se debe a que sus pastores les enseñaron así porque todavía no conocen el Evangelio del agua y el Espíritu. Cuando los pastores dicen: «Limpiad vuestros pecados personales todos los días mediante oraciones de penitencia» y esto les parece bastante lógico.
Sin embargo, ¿qué dice la Biblia? Dice: «Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (Hebreos 9, 22). También dice: «Porque la paga del pecado es muerte» (Romanos 6, 23). Tres años antes de que nuestro Señor muriera en la Cruz, fue bautizado por Juan el Bautista, y al ser crucificado, borró los pecados de todo el mundo.
Si consideran esto personalmente, intenten imaginar que vivirán 70 años, esto significa que nuestro Señor, a través de Su bautismo, tomó todos los pecados cometidos en su vida, incluso cuando sean mayores, desde los pecados cometido con la carne a los cometidos con el corazón, desde los que se cometen de pensamiento a los que se cometen por debilidades, y desde los pecados que se cometen a sabiendas hasta los que se cometen involuntariamente. Nuestro Señor cargó con todos estos pecados hasta la Cruz, derramó Su sangre y fue condenado por estos pecados en nuestro lugar, se levantó de entre los muertos y así se ha convertido en el Salvador de todos los que creen. El Señor nos está pidiendo que creamos en esta Verdad que ha venido a través del Evangelio del agua y el Espíritu.
 
 
La creencia de que podemos ser santificados al ofrecer oraciones de penitencia todos los días no tiene ningún fundamento
 
El Señor dijo: «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8, 32). Nuestro Señor nos dijo que creyésemos en la Verdad. Jesucristo cargó con los pecados del mundo a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, murió en la Cruz, se levantó de entre los muertos y ascendió al Reino de los Cielos. Si creen en Jesucristo como su Salvador, serán salvados de todos sus pecados y de la destrucción. Como el Señor pagó la pena de los pecados del mundo y los borró a través de Su bautismo, si creemos en esta Verdad, podemos estar en la luz.
Sin embargo, algunas personas se inventaron una doctrina por culpa de su confusión, y dicen: «Nuestro pecado original fue perdonado, pero los pecados personales son santificados mediante las oraciones de penitencia que ofrecemos todos los días». Así que algunos pastores definen y enseñan el arrepentimiento según su moral humana, y no según lo que dice la Biblia, y aunque esto suene bien a los que no han nacido de nuevo, quien afirme esto es un siervo del Diablo.
En resumen, la idea de que podemos alcanzar la santificación es una estupidez. Si nuestra naturaleza humana nos hace ser más débiles, más obstinados y más duros cuando nos hacemos viejos, ¿cómo podemos ser santificados? Los pastores que no creen en el Evangelio del agua y el Espíritu mienten a su congregación, no enseñan la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. Y animan a su congregación a que practiquen una fe basada en las obras y piden que sus seguidores les sirvan. En vez de liberar a su congregación, quieren hacerlos esclavos de las obras de la Ley.
Debemos entender la Verdad de que Jesucristo, Dios, vino al mundo encarnado en la carne de un hombre, y de que ha borrado los pecados de la humanidad al ser bautizado y derramar Su sangre en la Cruz. Este bautismo de Jesucristo y Su derramamiento de sangre y muerte en la Cruz, han borrado nuestros pecados y la condena que nos esperaba. Como este Jesucristo nos ha salvado de nuestros pecados y del juicio, podemos ser salvados al poner nuestra fe en esta Verdad. Y a través de los que han aceptado esta Verdad como la luz de la salvación, Dios ha hecho posible que otras almas alcancen su verdadera salvación y la prediquen por todo el mundo.
Todos nosotros podemos convertirnos en hijos de Dios, todo el mundo puede convertirse en hijo de Dios porque Dios ha completado el Evangelio del agua y el Espíritu por nosotros. Del mismo modo en que Dios ha creado el universo, todo lo que ven nuestros ojos, y los cielos y la tierra, también ha conseguido la salvación que les da a los pecadores a través del Evangelio del agua y el Espíritu. ¿No es maravillosa esta noticia? ¿Cómo podemos estar suficientemente agradecidos a Dios por poder convertirnos en la luz del mundo? Cuando pensamos en cómo nacimos en este mundo y aún así nos convertimos en gente del Cielo, estamos asombrados y agradecidos.
Nuestra salvación del pecado no surgió de forma natural, sino que Dios la hizo posible al permitirnos nacer de nuevo y convertirnos en Su pueblo. Esta Verdad de salvación, el Evangelio del agua y el Espíritu, es una verdad maravillosa. Nada en este mundo puede ser más maravilloso que este Evangelio.
¿Cómo pudieron convertirse en la gente del Cielo? Dios planeó el futuro de la humanidad e hizo que nos convirtiéramos en Su pueblo. Estamos asombrados y agradecidos por eso. Si los seres humanos hubieran planeado la creación del universo, ¿lo hubieran conseguido? Es imposible para los humanos, incluso antes de que hubiera un solo ser humano en este mundo, Dios hizo todo para que la humanidad naciera de nuevo y se librara del pecado.
¿Qué plan tan maravilloso es este? Yo sólo puedo dar gracias al Señor por permitirme difundir este Evangelio y servirle. No hay nada nuevo en este mundo, y vivir por algo que no sea este Evangelio es perder el tiempo. Sin embargo, cuando pensamos en lo que de verdad es bueno en este mundo, pensamos en el hecho de que nuestro Dios nos ha hecho Su pueblo. Esta noticia es la más refrescante y alegre que escuchamos todos los días, una noticia que nos bendice cada vez que pensamos en ella y que sigue siendo perfecta cuando pensamos en ella todos los días.
 
 
¿Cuál es el regalo más maravilloso que Dios nos ha dado?
 
No hay ninguna noticia mejor que el Evangelio del agua y el Espíritu que Dios nos ha dado. Esta tarde salí a evangelizar con unos hermanos. ¿Qué mejor noticia hay para los pecadores que enseñarles el Evangelio del agua y el Espíritu? ¿Qué mejor regalo hay para los pecadores aparte de que Dios les haya salvado del pecado? ¿Podríamos comparar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu que estamos predicando con una cesta de fruta que le regalamos a los pacientes de un hospital? ¿Hay algo mejor que el hecho de que Dios nos haya salvado de los pecados del mundo? No hay nada en este mundo que sea mejor para nosotros que el Evangelio del agua y el Espíritu.
Dios creó los cielos y la tierra desde el principio. Dios nos hizo nacer de nuevo en este mundo para convertirnos en el pueblo del Cielo, y Jesucristo nos dio el Evangelio del agua y el Espíritu, nos hizo creer en él y nacer de nuevo para convertirnos en el pueblo de Dios. ¿Qué mejor bendición puede haber en el mundo? Cada vez que pensamos en esta Verdad nos sentimos purificados y llenos de alegría.
No hay nada que sea más bendito o más reconfortante que el Evangelio del agua y el Espíritu. Cuando pensamos en la salvación de la humanidad y la gracia de Dios, no hay nada que los seres humanos podamos hacer aparte de dar gracias y gloria a Dios. Todo lo que tenemos que hacer es disfrutar de la gracia bendita que Dios nos ha dado al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.
¡Qué bendita, maravillosa, grande y majestuosa es la salvación que Dios nos ha dado! No hay nada más que podamos hacer aparte de dar gracias a Dios al creer en esta Verdad, darle gloria y alabarle, porque esta Verdad no puede negarse o ponerse a prueba. Cuanto más tiempo pasa desde nuestra salvación, más nos damos cuenta de lo maravilloso que es este Evangelio que Dios nos ha dado. Cuanto más predicamos el Evangelio, más experimentaremos lo maravilloso que es esta salvación. Creemos que no hay mayor bendición de Dios que esta. El hecho de que la gente se haya librado de la confusión, el vacío y la oscuridad ha sido posible gracias al resplandeciente Evangelio de la salvación que Dios nos ha dado.
 
 
El vacío del corazón no puede llenarse con las cosas de este mundo
 
Si no fuera por la luz de la salvación, no podríamos escapar de nuestros pecados. ¿Cómo pueden los pecadores, cuyos pensamientos están confusos, deshacer el entuerto de sus pecados? ¿Cómo puede la humanidad caída arrepentirse por su cuenta? Es simplemente imposible. ¿Cómo pueden los seres humanos, que nacieron como pecadores, nacer de nuevo por sí mismos como justos? Esta tarea es prácticamente imposible. Sólo podemos conseguirlo al creer en la verdadera luz de la salvación que el Señor nos ha dado.
Si los seres humanos somos insaciables, ¿cómo podemos encontrar satisfacción mediante sus propios esfuerzos? ¿Dónde pueden encontrar la satisfacción los pecadores? ¿Les satisfará la riqueza? Ninguna cantidad de riqueza les satisfará. ¿De verdad serían felices si fueran ricos? ¿Se llenarían sus corazones si tuvieran mucho dinero? Yo nunca he sido rico, pero si lo fuera, no creo que eso llenara mi corazón. No hay ninguna cantidad de dinero que pueda llenar un corazón que esté completamente vacío. El dinero no da satisfacción.
¿Cómo podemos llenar nuestros corazones de satisfacción? Es imposible. ¿Con qué podemos llenarlos? ¿Qué puede hacernos sentir satisfechos? ¿El dinero? ¿El sexo o el placer? ¿Los juegos de ordenador? ¿Distracciones excitantes? ¿El fútbol?
El fútbol es un deporte fabuloso, por supuesto. El placer de ganar un partido es una gran sensación. Cuando nuestros trabajadores se reúnen, jugamos al fútbol. Regatear al equipo contrario y marcarle un gol es una sensación maravillosa y sobre todo es fantástico cuando la pelota se queda dando vueltas en la red aunque el equipo contrario haya hecho todo lo posible por impedirlo. El placer de ganar un partido de fútbol es sensacional. Uno de los mayores placeres para la gente es el de ganar en un deporte. Ver un partido por la televisión ya es emocionante, y si tu equipo marca un gol, te mueres de la alegría. Algunos aficionados al béisbol aman tanto este deporte que se pasan casi toda la vida en un estadio de béisbol.
Sin embargo, todas estas cosas no pueden llenar los corazones vacíos. Si un hombre hace feliz a una mujer que ama, ¿estará satisfecha? No, no es una verdadera satisfacción. Si él piensa: «Haré todo lo que quiera la mujer a la que amo, aunque me cueste la vida», y si lo hace, ¿estará satisfecha entonces? Si dedica toda su vida a su compañera, ¿estará su compañera satisfecha? ¿Desaparecerá el vacío de su corazón? ¿Estará llena de alegría y gozo durante el resto de su vida? No, por mucho que la quiera, ella no siempre será feliz. Los seres humanos necesitan muchas cosas para estar satisfechos.
En la historia de Israel, el rey Salomón vivió el tipo de vida más extravagante y opulenta. Tenía incontables reinas y concubinas y su palacio y su riqueza eran magníficos. Sin embargo, no había nada en este mundo que llenara su corazón vacío. Por eso se lamentaba en Eclesiastés: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Todo es vanidad e intentar coger el viento». En otras palabras, incluso cuando se es respetado y venerado por los demás, todavía no se tiene satisfacción. Por eso Dios describió un corazón así como: «Cisternas rotas que no retienen agua» (Jeremías 2, 13).
¿Por qué toman drogas algunas personas? Lo hacen porque no pueden llenar sus corazones vacíos. Aunque tengan todo lo que se pueda tener en este mundo, no pueden encontrar la satisfacción. Sus corazones están huecos. No hay nada en ellos. Los seres humanos no pueden llenar sus corazones vacíos con las cosas de este mundo. Nadie puede encontrar satisfacción aparte de los que han aceptado la Verdad de que Dios les ha salvado, de que nos ha hecho nacer de nuevo, nos ha convertido en Su pueblo y nos ha hecho justos. A no ser que nazcamos de nuevo y recibamos a Jesucristo en nuestro corazón, no podremos llenar el vacío de nuestros corazones.
Un corazón vacío sólo puede satisfacerse cuando está lleno con este Jesucristo que Dios nos ha dado. Dios ha borrado los pecados que hicieron que nuestros corazones estuvieran desordenados y vacíos y en los que las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y en su lugar nos ha dado el don de la Verdad para llenar en abundancia estos corazones. Nos ha salvado mediante este don que nos ha concedido en abundancia. Los nacidos de nuevo tenemos satisfacción y verdadero gozo en nuestros corazones. Sólo la satisfacción del alma es la verdadera satisfacción del corazón. Sin embargo, no puede haber satisfacción en los corazones de los que no han nacido de nuevo.
 
 
La fe satisfecha de los que han nacido de nuevo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu
 
Podemos encontrar la verdadera satisfacción sólo si hemos nacido de nuevo al creer en la Verdad del agua y el Espíritu que Jesucristo, la verdadera luz, nos ha dado. Debemos creer en esta salvación, en que Jesucristo nos ha hecho nacer de nuevo del Evangelio del agua y el Espíritu. Sin Jesucristo no podríamos resolver el problema de los pecados de nuestras almas, el vacío de nuestros corazones y los pensamientos de confusión. Jesucristo es el único que puede resolver estos problemas. No hay nadie más aparte de Jesucristo que nos pueda hacer felices. Jesucristo es quien nos da la verdadera satisfacción.
Puede que hagamos esto y lo otro, y puede que nos hagamos ricos, pero todavía no tendremos satisfacción. La verdadera satisfacción es difícil de encontrar. Cuando servimos al Señor podemos encontrar la satisfacción finalmente y cuando hacemos la obra de Dios hay verdadera satisfacción; asimismo cuando creemos en Jesucristo y nacemos de nuevo estamos satisfechos. En resumen, cuando caminamos con Él, encontramos la satisfacción.
Dios dijo: «Las tinieblas estaban sobre la faz del abismo», implicando que hay pecados en las profundidades de los corazones de la gente. ¿Conoce la gente sus pecados? No, no se dan cuenta de ellos. Aunque hayan nacido con pecado, no saben que los tienen. ¿Y ustedes? ¿Cuándo se dieron cuenta de sus pecados? ¿Se dieron cuenta de ellos cuando escucharon el Evangelio? ¿Cuándo la luz brilló? ¿O lo sabían antes? Antes de que creyeran en Jesucristo, probablemente pensarían que habían cometido pocos pecados. Cuando la Biblia dice que las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, esto significa que no había nadie que conociera sus pecados.
Sin embargo, aunque conozcamos a Jesucristo, si cometemos pecados horribles en este mundo, empezamos a darnos cuenta de quiénes somos: «¡OH! Así que yo soy así». Sin embargo, cuando llegamos a conocernos a nosotros mismos, empezamos a estar confusos, pensando: «No. Yo puedo vivir virtuosamente. Hago estas cosas por culpa de lo que me han hecho a mí». Las ideas confusas de la gente les hacen pensar así. A no ser que encontremos a Jesucristo, no podremos darnos cuenta de que tenemos pecados. A no ser que nazcamos de nuevo, no podremos saberlo. A no ser que encontremos la verdadera luz, no hay modo de saberlo.
El que las tinieblas estuvieran sobre la faz del abismo significa que los seres humanos no saben qué tipo de pecadores son. No se dan cuenta de que son pecadores y están destinados a ir al infierno. Los seres humanos son incapaces de conocer sus propios pecados. No pueden conocerlos a no ser que les ilumine la luz de la Verdad. Todo el mundo cree que es bueno. Las personas piensan que son como ángeles. Antes de recibir la remisión de los pecados, yo también pensaba que era bueno.
Cuando era pequeño mis vecinos me consideraban un buen chico. Solían decir que era cortés y amable, que nunca me metía en problemas y me portaba bien con todo el mundo. Un simple saludo cortés a una persona mayor puede hacerte ganar muchos puntos. Si un niño saluda a un anciano amablemente, gana 90 puntos; si recoge la basura, ayuda a la gente con las maletas y a hacer otras tareas en el vecindario, entonces se le considera un chico perfecto, y gana 100 puntos. Yo era así cuando era niño. Nunca oí a nadie decir que era mal chico.
Sin embargo, cuando crecí, hice tantas cosas malas que no puede recordarlas todas. Solía amenazar a otros chicos y me peleaba en la escuela. Si no me estaba peleando, entonces me aseguraba de que otros chicos se pelearan. Lo hacía porque me aburría. Así que cuando empezaba una pelea, buscaba a algunos espectadores para que la mirasen. Y les decía a mis amigos: «Deberíais traer algo de comer. Va a haber un espectáculo interesante hoy, Deberíais venir. Fulanito y Menganito se van a pelear». Entonces mis amigos lo dejaban todo, incluidos los deberes, y venían a ver la pelea.
En resumen, hice muchas cosas malas, incluso provocar una pelea entre bandas. Cuando pienso en ello ahora me doy cuenta de que siempre estaba haciendo maldades. Sin embargo, aunque no había nada bueno en mí, mis vecinos seguían pensando que era una buena persona. Yo también creía que era buena persona. Siempre tenía una alta autoestima y pensaba: «¿Hay alguien que sea tan bueno como yo?». De verdad pensaba que era la mejor persona del mundo.
Solía pensar: «Bueno, a veces me peleo con mis amigos, pero ¿qué pasa? Eso es lo que hace todo adolescente. ¿Por qué es un pecado? Reventar narices y hacer chichones forma parte del proceso de crecimiento». Aunque estas acciones sean asesinatos, envidia, robos, insensatez y malos pensamientos que constituyen un pecado, yo pensaba que no pasaba nada por aquel entonces. Como no conocía la Ley, no conocía el pecado y no sabía que lo tenía.
En otras palabras, antes de recibir la luz de la Verdad, no podemos reconocer el pecado. ¿Cómo entonces peca la gente?
Había un famoso monje budista llamado Sungcheol en Corea. Este monje confesó que se había dado cuenta que era un pecador cuando estaba a punto de morir. Para poder alcanzar el conocimiento espiritual se alejó del mundo exterior y entrenó su mente durante 10 años, sin tumbarse, sólo se sentaba y miraba a la pared fijamente. El resultado de todo este proceso fue que se dio cuenta de que había engañado a muchas personas.
Cuando la gente de fuera vio que el monje se había aislado del mundo exterior en un pequeño templo y que vivió así durante 10 años, todos se quedaron asombrados: «¡Vaya! ¡Es como Buda! No hay nadie igual en este mundo. Es el Buda de esta época». Sungcheol se acostumbró a oír estos comentarios durante 10 años. Sin embargo, el mismo admitió: «No soy como Buda. He tenido pensamientos impuros con mujeres y he cometido todo tipo de actos impuros con mis pensamientos. Aunque no creáis que me haya tumbado, sí que me tumbé, y aunque creáis que no comí, sí que lo hice» Esto es lo que él pensaba. Así que cuando estaba a punto de morir, dejó un poema con sus últimas palabras, y dice lo siguiente: «Voy a ir al infierno porque he engañado a mucha gente durante toda mi vida». Sin embargo, cuando sus seguidores oyeron esto, lo alabaron aún más: «¡Qué gran monje es! Es tan humilde que se ha rebajado hasta este punto».
Está escrito: «Y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas» (Génesis 1, 2). Nadie conoce sus pecados hasta que escucha la Palabra. Génesis 1, 3 dice: «Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena». En otras palabras, al conocer a Jesucristo, al escuchar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu y a través de la luz que Dios nos ha dado, pudimos conocernos a nosotros mismos correctamente y nos dimos cuenta de que teníamos muchos pecados en nuestros corazones. Así es como nos convertimos en la luz y en el pueblo de Dios. Esta es la verdadera gracia de Dio. ¿Hay algún don mejor que este?
¿Qué cosa hay que sea más grande que esta? ¿Qué es más importante que el hecho de que Dios haya hecho a los seres humanos hijos Suyos? Dios envió a Su Hijo al mundo encarnado en el cuerpo de un hombre y le hizo ser bautizado, pagar por todos nuestros pecados, borrarlos, cargar con ellos hasta la Cruz y pagar la condena de estos pecados en nuestro lugar. No hay mejor creación que la que nos hizo ser justos.
Doy gracias a Dios por darnos este maravilloso don.