The New Life Mission

Sermones

Tema 18: Génesis

[Capítulo 1-8] < Génesis 1, 9-13 > Cumplir la voluntad de Dios

< Génesis 1, 9-13 >
«Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno. Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día tercero».
 
 
Hoy me gustaría compartir con ustedes lo que el Señor hizo el tercer día de la creación. El segundo día Dios separó las aguas de encima del firmamento y las de debajo del firmamento, pero incluso después de esto, la tierra todavía estaba cubierta de agua. Cuando llegó el tercer día, Dios dijo: «Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno. Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra» y esto también se cumplió cuando Dios lo ordenó.
El tercer día Dios también obró con Su Palabra y la Biblia menciona dos veces lo que Dios pensó cuando vio lo que había hecho: «Dios vio que era bueno». A Dios le complació ver la tierra seca y que la tierra diera plantas y árboles que producían frutos.
Cuando la superficie de la tierra estaba cubierta de agua, el suelo no estaba descubierto. Sin la tierra seca, la tierra es bonita por muy sucia que está, porque está cubierta por agua. Pero Dios hizo que apareciera la tierra seca que estaba cubierta por agua y dijo que era buena. ¿Por qué se complació Dios al ver la tierra descubierta?
Dios también dijo: «Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género». La tierra se refiere a los corazones humanos, a la naturaleza pecadora de la humanidad. El corazón humano es extremadamente engañoso y corrupto. Es más sucio y malvado de lo que podemos imaginar. Sin embargo, entre toda esta gente no hay muchas personas que sepa que su tierra seca (corazón) es básicamente malvada.
¿De qué tipo de gente salen los frutos de la justicia en abundancia? La Biblia dice que los frutos de la justicia salen de los que saben que su naturaleza es malvada.
Este principio es lo contrario del principio del mundo. En el mundo, se dice que el corazón debe ser bueno y puro para recibir las bendiciones del Cielo y dar muchos frutos. Muchas personas lo creen y lo practican. Sin embargo, debemos saber que nuestros corazones están llenos de maldad.
Nuestro Señor dijo: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre» (Marcos 7, 21-23). Los que conocen su naturaleza pecadora son salvados según dice la Biblia.
Este pasaje subraya la necesidad de saber lo que hay en el corazón humano. Podemos recibir la remisión de los pecados, pero podemos o no dar frutos, dependiendo de si admitimos que los atributos pecadores de Marcos 7, 21-23 están en nuestros corazones o de si admitimos sólo uno y negamos los demás. En otras palabras, todo depende de si creemos completamente en esta Palabra que revela nuestra naturaleza.
A través de la obra que completó el tercer día de la creación, Dios nos está mostrando claramente que el Evangelio produce frutos abundantes en los que saben que su naturaleza es sucia y malvada. Los pensamientos carnales de la humanidad son siempre malvados: «Mi naturaleza carnal es asesina, soy un adúltero y estoy pervertido. Esta es mi naturaleza». A través de estas personas que admiten su naturaleza, Dios produce frutos espirituales.
Como el pasaje de las Escrituras describe, cuando Dios dijo: «Descúbrase lo seco» así ocurrió. ¿Por qué ordenó que se descubriese la tierra seca? La tierra estaba cubierta de agua y por muy contaminada que estuviera el agua de debajo del firmamento, el agua sigue siendo agua, y cuando todas las impurezas llegan al fondo, parece estar limpia. Sin embargo, al descubrir la tierra seca, Dios quiso que la humanidad descubriera su naturaleza. Lo que se implica aquí es que debemos saber que somos sucios y malvados y que debemos ser salvados al creer en Jesucristo, y que a través de esta gente salen los frutos de la fe.
¿Dónde creen mejor los árboles frutales? En campos llenos de abono. Los árboles frutales se refieren a las personas que han recibido la remisión de los pecados. ¿De quién salen los frutos del Evangelio? Dios dice que los frutos espirituales salen de los que conocen de verdad su naturaleza y reconocen la Palabra de Dios tal y como es, y que se confiesan ante Dios según Su Palabra, diciendo: «Tengo deseos carnales, soy un ladrón, un adúltero, un pervertido, una persona llena de pensamientos malvados, orgullosa y estúpida».
Jesucristo está diciendo: «Debéis saber lo sucios que son vuestros corazones». Él dice: «En nuestros corazones, hay pensamientos malvados, asesinatos, adulterios, robos, envidias, lascivia, insensatez, orgullo y otras cosas». A través de los que, a pesar de esto, no reconocer la Palabra del Señor y no revelan sus pecados completamente, es imposible que crezcan árboles frutales o que se produzcan frutos. Esta gente que no revela su naturaleza completamente, incluso antes de recibir la remisión de sus pecados, no puede producir ningún fruto porque los demás no pueden ser salvados gracias a ellos. En realidad su hipocresía sale a la luz.
Espiritualmente hablando, nunca es bueno escuchar a otros decir que ustedes son buenos y virtuosos. Sus naturalezas son como hemos visto anteriormente y por eso sus virtudes se traducen en hipocresía. Dios nos está diciendo: «Sois seres humanos malvados, sois adúlteros, envidiosos y ladrones, sois sucios y malvados, nada más que un montón de basura y residuos»; pero a pesar de esto, cuando nos miramos a nosotros mismos, no vemos esto. Aunque admitimos una o dos debilidades, nos gusta insistir en que tenemos agua limpia. Incluso las aguas residuales pueden parecer limpias si están calmadas, ya que la suciedad se hunde y la capa superior queda limpia. Pero ¿significa esto que porque la superficie esté limpia, el agua está verdaderamente limpia? Sólo parece limpia pero está sucia y llena de todo tipo de gérmenes. Así es la hipocresía humana.
 
 
El corazón humano es más malvado que cualquier otra cosa
 
Dios dice la Verdad, que es completamente lo contrario a los pensamientos humanos. El que «lo seco se descubriese» significa que nuestra naturaleza se revela. Dios nos está diciendo que producirá los frutos del Evangelio a través de los que, al creer en la Palabra de Dios, se dan cuenta de quiénes son y lo admiten sinceramente diciendo: «Tengo deseos asesinos en mi mente, un corazón lleno de adulterio, robos, fornicación, orgullo, insensatez y falso testimonio». Debemos admitir que lo que Dios declara sobre la naturaleza humana: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jeremías 17, 9). Una vez más, esto es lo opuesto a las enseñanzas del mundo.
Mis queridos hermanos, pueden enorgullecerse del Evangelio y exaltar a Jesucristo sólo si conocen su naturaleza malvada. Cuando no tienen nada de lo que alardear o nada en lo que sean buenos, pueden predicar a Jesucristo y enorgullecerse solamente de Él. Aparte de lo que ha hecho Jesucristo, todo lo demás es sucio y malvado, y los que lo saben, lo testifican en cualquier lugar y en cualquier momento: «Jesucristo ha salvado a una persona como yo de esta manera. Ustedes son el tipo de gente que aparece en Marcos 7 y deben ser salvados».
Mis queridos hermanos, ¿creen que son seres malvados como Dios dice? ¿Creen que todo ser humano es así? Dios ha convertido a gente que antes era así en personas que pueden producir los frutos del Espíritu Santo. ¿Quiénes son los que no admiten su maldad? Son los que esconden todo tipo de suciedad en sus corazones, fingen ser virtuosos, van a la iglesia el día del Señor con la Biblia en sus manos y sonriendo, adoran fingiendo ser santos en la iglesia y hacen creer que viven una vida santa. Son los practicantes de la religión del mundo, los que producen los frutos de la hipocresía.
Mis queridos hermanos, ¿son los seres humanos capaces de vivir una vida santa y virtuosa? No, por supuesto que no. Dios nos dice: «Soy seres decadentes». Cuando la gente ama y sirve al mundo más que a Dios, ¿cómo pueden vivir en santidad? Pero aún así muchos practicantes de la religión enseñan que es posible vivir así y por eso son como tumbas lavadas con cal. Así es como Jesús reprendió a los fariseos. Los practicantes de la religión cristiana son sólo santos cuando van a la iglesia, pero cuando vuelven a casa, su maldad se revela. Cuando los seres humanos cometen una trasgresión, exponen su naturaleza verdadera, pero los practicantes de la religión ignoran este hecho.
 
 
Dios obra sólo a través de los que reconocen Su Palabra
 
En tiempos de Noé: «Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal» (Génesis 6, 5), y Dios borró de la faz de la tierra a la gente de aquella época mediante Su juicio, pero Noé encontró la gracia de Dios. La Biblia dice: «Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová. Estas son las generaciones de Noé: Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé» (Génesis 6, 8-9).
Dios confirió Su gracia a Noé y le salvó. A los seres humanos cuyos pensamientos son malvados, Dios les ordena que produzcan las plantan que den semilla y los árboles frutales que den fruto según su clase. Dios no obra en el agua, es decir, en el mundo. Obra en la tierra seca. El que Dios hiciera que la tierra diera frutos significa que Dios trae la remisión de los pecados a los que revelan su naturaleza (la tierra seca) y Dios hace que esta gente haga la buena obra que sirve el Evangelio.
Entre los cristianos, hay mucha gente que es virtuosa en la carne. El ser virtuoso en la carne no manifiesta a Jesucristo, sino que manifiesta la bondad y las virtudes de no mismo. Dios nunca se complace con esto, sino que lo aborrece. Todos debemos darnos cuenta de que la bondad de la humanidad se opone a Dios.
Algunas personas dicen que cuando soy amable, soy muy amable, pero cuando soy severo, soy muy severo. Pero ¿qué virtud tengo para creerme virtuoso? Mis queridos hermanos, la gloria de Dios se revela a través de los que han sido salvados del pecado y además admiten su maldad (los que creen en la Palabra de Dios tal y como es). Por el contrario, los que no creen en la Palabra de Dios no puede producir ningún fruto bueno. La justicia de Dios se manifiesta a través de los que saben que son los seres más sucios y viles. Sabemos que somos así de malvados no porque hayamos cometido pecados con nuestras acciones, sino porque cuando fuimos iluminados por la Palabra admitimos: «Es verdad. Soy un ser sucio y vil» y creímos de corazón. Esta gente, como su propia justicia de desvanece, predica sólo la justicia de Jesucristo y desde entonces de convierten en instrumentos de la justicia.
Les pido a ustedes, a los estudiantes de nuestra misión, nuestros ministros, predicadores del Evangelio y hermanos y hermanas de todo el mundo, que no pongan confianza en sí mismos o en otros creyentes. Aunque nadie debe confiar en su propia carne, muchos todavía piensan: «Yo soy diferente».
Pero todos los seres humanos son iguales. Dios dice: «Los seres humanos son montones de pecados, obradores de iniquidad y más corruptos que nada». Pero incluso a través de estos seres humanos se pueden producir frutos. Esta es la verdadera prueba del poder de Dios. ¿No es maravilloso? Esta es la Verdad. Para dar frutos debemos darnos cuenta de quiénes somos. Como Dios nos ha dejado expuestos y nos ilumina con la Palabra, diciendo: «Estáis llenos de iniquidades», debemos creer y admitirlo.
¿Ustedes lo admiten? Debemos admitirlo siempre. En realidad todo lo que se puede sacar de la humanidad es suciedad. Podemos pensar en todo lo que queramos, pero de nuestros pensamientos carnales no salen más que pensamientos malvados, hurtos, asesinatos y adulterio. Este es el verdadero retrato de la humanidad tal y como Dios lo describió. Pero a pesar de ello, mucha gente no tiene ningún deseo en absoluto de admitir sus pecados siempre y cuando no los hayan cometido con sus acciones. Aunque El que nos creó nos dice que somos así, porque lo sabe todo sobre nosotros, no queremos admitirlo.
Así que intentamos cubrir nuestra vergüenza con hojas de higuera. Pero ¿cuánto puede durar una falda hecha de hojas de higuera? ¿Qué sentido tiene cubrirnos con actos de hipocresía? Es humano que nuestra vergüenza sea expuesta en menos de un día, o incluso medio día.
Dios dijo más de dos veces que era bueno ver la tierra descubierta y la tierra que daba semilla. A través de los que conocen su naturaleza Dios produce los frutos de la justicia que predican a Jesucristo, los frutos que son agradables a los ojos de Dios.
 
 
Debemos reconocer la Palabra de Dios con nuestros corazones
 
¿Admiten que sus corazones son engañosos y desesperadamente malvados sobre todas las cosas?
Hay quienes revelan su maldad en sus acciones intencionadamente porque Dios se complace al ver la tierra seca descubierta. Al recibir la remisión de los pecados, algunas personas revelan su maldad deliberadamente porque han malinterpretado este pasaje. No debemos hacer esto. Este pasaje no nos dice que mostremos nuestra naturaleza a través de nuestras acciones, sino que la admitamos ante la Palabra. Quiere decirnos que debemos aceptar la Palabra de Dios, admitirla y reconocer con nuestros corazones ante Dios que somos pecadores y así encontrar Su gracia y alcanzar la justicia. Esta gente es sabia.
El primer fenómeno que sucede a los que han recibido la remisión de los pecados es que su maldad se manifiesta más que su bondad. He oído que algunas parejas que solían pelearse antes de nacer de nuevo, se llegan a pelear aún más tras recibir la remisión de sus pecados. Así que al haber recibido la remisión de los pecados piensan: «¿Por qué soy así? Quizás no haya recibido la remisión de mis pecados ¿Por qué soy así ahora?».
Pero no se preocupen por su salvación si creen de verdad en el Evangelio del agua y el Espíritu. Dios está descubriendo la tierra seca en su vida diaria porque no han reconocido Su Palabra sobre su naturaleza fundamental. Cuando reconocemos la Palabra, nacen los frutos de la justicia. Cuando no reconocemos la Palabra con nuestros corazones, Dios tiene que luchar con nosotros y superarnos y para ello nos pone al descubierto mediante nuestras circunstancias. Por eso los que han nacido de nuevo agonizan por su maldad.
Por eso, mis queridos hermanos, debemos reconocer la Palabra de Dios cuanto antes posible y creer en ella, especialmente nuestra naturaleza. Entonces podemos vivir en la luz de la Palabra de Dios, estar orgullosos del Evangelio y vivir juntos con el Evangelio y con Dios.
Debemos reconocer la sustancia de la humanidad. Pero algunas personas no conocen la sustancia de la humanidad y por eso, aunque escuchen el Evangelio, todavía intentan vivir virtuosamente y cuando esto parece imposible, acaban perdiendo su fe en la justicia de Dios. No se puede tener una vida de fe así. A través de la Palabra, debemos reconocer quiénes somos.
¿Lo entienden ahora? ¿Admiten quiénes son tal y como se revela en la Palabra? Al vivir nuestra vida de fe, les pido que se reconozcan a sí mismos. Yo soy exactamente como me describe la Palabra de Dios. Como no tenemos nada de lo que alardear, y como no hay ningún ser humanos que sea bueno, Jesucristo quitó todos los pecados de gente como yo, todos los pecados de la gente de este mundo. Como escuché como predicaban a Jesucristo y creí en la Palabra de Dios, me he convertido en un hombre justo. El Espíritu Santo que está dentro de mí, testifica que sólo la Palabra de Dios es verdadera. Así es como me he convertido en un instrumento de justicia que difunde la justicia de Dios. Si no hubiera tenido la Palabra de Jesucristo, no habría tenido más remedio que vivir como un hombre sucio hasta la médula y realmente malvado.
Sin embargo, los que se presentan ante Dios intentan no exponer su suciedad en la medida de lo posible e intentan cubrirla, aunque ello les convierta en hipócritas. En otras palabras, todo el mundo quiere esconder sus insuficiencias y pecados. Sin embargo, cuando queremos admitir y exponer la maldad de nuestros corazones, lo hacemos para conocer el don de la verdadera remisión de los pecados. Por eso nuestra maldad debe ser descubierta aún más para poder la recibir la remisión de nuestros pecados.
En realidad la maldad que todo el mundo tiene no puede ser detectada por uno mismo. Sin embargo, los que no revelan su maldad ante Dios no pueden recibir la remisión de los pecados que el Señor nos ofrece como Su don.
En el capítulo 8 de Juan se narra como una mujer fue sorprendida cometiendo adulterio y como Jesucristo perdonó sus pecados. ¿De entre esta mujer y todos sus acusadores, quién fue bendecido para recibir la remisión de los pecados? Jesucristo dijo tanto a la mujer como a los que estaban a punto de apedrearla: «Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra». De hecho, Jesucristo les estaba diciendo: «Vosotros también sois pecadores como esa mujer».
Sin embargo, como no admitieron sus pecados ante la Palabra del Señor, se fueron y sólo la mujer pudo recibir la remisión de los pecados. Esto significa que aquellos que no revelan su maldad ante Dios no pueden ser bendecidos para recibir la remisión de los pecados que Él les ofrece. Todo el mundo debe arrancar su maldad y presentarse sin nada ante Dios. Cuando Pedro conoció al Señor, confesó: «Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador» (Lucas 5, 8).
Pero hay mucha gente que no conoce su verdadera identidad. Los fariseos eran este tipo de gente que no se daba cuenta de su maldad e intentaba esconderla cuando estaba a punto de ser revelada. Ante Dios, sus corazones no tenían fe en Su justicia y por eso alardeaban de su propia justicia.
La Biblia dice que esta gente intenta cubrir la justicia de Dios que constituye la Verdad de salvación, porque intenta manifestar su propia justicia (Romanos 10, 3). Ellos afirman que son diferentes. Se acercan a Dios con su justicia humana y no pueden creer en la justicia de Dios y por eso acaban estando en contra de ella. En otras palabras, esta gente tiene demasiada justicia propia y acaba perdiendo mucho porque no pueden tener la justicia de Dios, fracasan en sus vidas de fe y no pueden ser salvados.
Incluso hoy en día, Dios les dice a estas personas lo sucias y malvadas que son. Todos nosotros debemos presentarnos ante Dios, bajar nuestra cabeza y someter nuestro corazón y aceptar Su justicia y creer en ella con acción de gracias. Los que temen a Dios, someten sus corazones, exaltan Su justicia y creen en ella. Los que conocen su propia naturaleza y tienen una fe humilde ante Dios recibirán grandes bendiciones, porque se regocijan en la justicia de Dios. Los fariseos de hoy en día, los practicantes de la religión de hoy en día, deben examinar sus corazones y admitir su maldad. Cuando admiten: «Dios, soy tan malvado. Por favor, ten piedad de mí» el Señor los encontrará a través de la Palabra de Verdad.
Muchos de ustedes habrán crecido oyendo muchos cumplidos de la gente: «¡Qué buen chico eres! ¡Qué educado y qué guapo!». Así que hasta este momento habrán pensado que eran así. La gente que piensa así no se conoce a sí misma aunque estén ante Dios, y al final no pueden alcanzar la verdadera fe. Como tienen que fingir estar limpios aunque haya toda clase de suciedad en ellos, acaban convirtiéndose en practicantes de la religión y se revisten de hipocresía a medida que pasa el tiempo.
Sin embargo, debemos darnos cuenta de que por naturaleza no somos tan buenos y justos. Dios declara que no hay nada bueno o justo en nosotros (Romanos 3, 10-12).
Un hermano de mi iglesia me contó una historia recientemente. Su hermano tuvo que irse de casa para ir a la universidad y se fue a vivir en la ciudad donde estaba mi iglesia. Cuando volvía a casa de vacaciones, oía a sus padres decir: «¡Nuestro hijo está aquí! No podríamos haber tenido un hijo mejor».
Pero cuando pasaba tiempo fuera de casa y veía quién era en realidad, se dio cuenta de que no era tan bueno o virtuoso, sino que era una persona sucia. Así que recapacitó sobre esto y se dio cuenta de que no actuaba mal mientras estuviese en su ciudad natal porque había muchos parientes alrededor, y eso explicaba por qué sus padres creían que era tan educado. Pero cuando pasaba tiempo en una ciudad donde nadie le conocía, su naturaleza se revelaba. Así que este chico confesó que no podía evitar revelar su verdadera naturaleza tal y como está escrito en Marcos 7.
Cuando estamos en las circunstancias ideales, todos pensamos que somos virtuosos, pero cuando las circunstancias cambian (por ejemplo cuando nos mudamos a otra ciudad) estamos solos, sin nadie que interfiera y nuestra naturaleza se revela, y por tanto nos damos cuenta de los malvados y sucios que somos.
Sin embargo, lo que es asombroso es que una vez Dios revela la maldad de alguien, empieza a obrar en su corazón. Cuando un granjero siembra en el campo, no siembra sin antes haber hecho unos preparativos. Primero ara el campo, saca las piedras, surca el campo y entonces siembra las semillas.
Dios también obra de este modo. En otras palabras, cuando la maldad de nuestros corazones se revela, Dios empieza a obrar. Así que tenemos que darnos cuenta de que cuando las aguas que cubren la tierra se sequen, se descubrirá toda la suciedad. De ahí puede salir todo tipo de desperdicios, desde neumáticos viejos hasta bolsas de plástico, trapos, zapatos, paraguas rotos y harapos. También podríamos ver botellas de licor, latas de cerveza, botellas de whiskey e incluso algunos aparatos eléctricos oxidados.
Primero Dios desnuda el corazón humano y descubre su maldad y desde ahí empieza a hacer Su obra de salvación a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Debemos entender lo que significa lo que Dios dijo: «Descúbrase lo seco» y por eso Él se complació.
Nunca podemos ser aprobados por Dios por nuestra bondad humana. Pero aún así, hasta este día, muchas personas creen que son virtuosas. No conocen su verdadera naturaleza y creen que están limpios. Se creen mejores que son mejores que algunas personas. Son como la multitud que acusó a la mujer adúltera y que pensaba que era mejor que esta mujer. Los practicantes de la religión se abstienen de beber y fumar y por eso tratan como pecadores a los que fuman o beben.
Pero, ¿qué hay de ustedes? ¿Creen que son mejores que alguien que va un espectáculo de desnudos? No, no son mejores. Si son mejores, es porque viven en la Iglesia de Dios y creen en la Palabra de Dios y la siguen en sus vidas. Si no hubieran nacido de nuevo y sólo hubieran vivido una vida religiosa en este mundo, serían iguales que una persona que no cree. Por eso Dios descubre la tierra seca y después obra en esa tierra descubierta.
De todas las obras que Dios hace en nosotros, lo primero que hace es romper nuestra actitud de creer que somos buenos y virtuosos. Nos quita nuestra confusión y conceptos erróneos. Dado que la naturaleza humana es sucia y malvada, ¿cómo podemos vivir una vida de fe sin darnos cuenta?
Cuando vivía mi vida de fe antes de nacer de nuevo, yo también era alabado por mi congregación por mi bondad y era reconocido como un creyente ejemplar. Así que empecé a pensar lo mismo. Sin embargo, era atormentado constantemente por los pecados que cometía en secreto. Fue más tarde, después de nacer de nuevo a través del Evangelio del agua y el Espíritu, y después de que mi falsa concepción sobre mí mismo desapareciese, cuando pude vivir una vida de fe correcta.
Cuando se quita el agua de la tierra, su maldad se revela. Toda la hipocresía que las religiones del mundo buscan y apoyan, se revela. Así que cuando dejamos de lado nuestra falsa justicia, Dios empieza a obrar en nuestras vidas con Su Palabra y nos hace producir los frutos de la salvación. Si de verdad queremos dar frutos a través de la justicia de Dios, debemos confiar en la Palabra del Señor, en vez de confiar en nosotros mismos, porque nuestra naturaleza es sucia y malvada. En otras palabras, en vez de predicar nuestra propia justicia, si predicamos la justicia de Jesucristo y vivimos creyendo en la justicia de Dios, los frutos de la salvación nacerán en nuestros corazones.
Mis queridos hermanos, al comparar nuestra justicia con la justicia de Dios, debemos darnos cuenta de que no somos mucho más malvados y sucios. Y como no hay nada bueno en nosotros, como estamos llenos de todo tipo de suciedad, es absolutamente indispensable tener este Evangelio del agua y el Espíritu que nos da la perfecta justicia de Dios. Debemos creer en la justicia de Dios y amarla. ¿Están convencidos ahora? Si estuviéramos limpios por naturaleza, no habría hecho falta que Jesucristo hubiera venido a ayudarnos con el Evangelio del agua y el Espíritu.
Cuanto más nos demos cuenta de que nuestra naturaleza es malvada y sucia, más nos enorgulleceremos de la justicia de Jesucristo ante Dios. Por eso Dios ordenó que se descubriese la tierra seca. La tierra debe ser descubierta. La tierra debe aparecer completamente. Esto no significa que deben cometer actos malvados deliberadamente. En realidad significa que deben dejar de lado sus pensamientos humanistas que les hacen creer que son virtuosos y deben creer en la justicia de Dios que ha manifestado a través del Evangelio del agua y el Espíritu.
Todo el conocimiento erróneo que tenemos en la carne y en nuestra mente debe desaparecer junto con nuestra bondad sólo aparente. Sólo entonces podrá la Palabra de Dios obrar en las tablas de nuestros corazones. Debemos seguir a Jesús por fe, pero mucha gente no lo hace. Si miran a su alrededor, podrán ver que algunas personas son muy inteligentes en aspectos relativos al mundo. Me refiero a los que son muy agudos y calculadores según el mundo. Pero es extraño que estas personas no puedan convertirse en discípulos de Jesucristo. Esto se debe a que, en vez de confiar en Dios, confían más en sus propios planes y cálculos.
Esta gente debe dejar de lado su maldad. Probablemente ustedes conozcan a personas que tengan virtudes humanas. Estas personas tampoco pueden convertirse en discípulos de Jesucristo. Nadie puede seguir a Jesucristo por su propia bondad. ¿Por qué? Si piensan que son mejores que Jesucristo, ¿cómo pueden seguirle? Estas personas sólo pueden convertirse en discípulos de Jesucristo si dejan de lado su bondad y su orgullo. Sólo los que han dejado todo pueden contestar: «Si, tienes razón, Señor. Sólo Tu Palabra es verdadera» y convertirse en discípulos de Jesucristo. Los que tienen abundancia de emociones humanas, orgullo humano y sentimientos humanos, deben dejar todo eso atrás por fe en Jesucristo.
Por eso el Señor dijo: «Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame» (Marcos 8, 34). Quizás estén pensando: «¿Cómo puedo vivir así? Sería duro». No se preocupen. Gracias a nuestro Dios, tendremos nuevo gozo en nuestras vidas. Después de todo, ¿acaso no degustaron un vino mejor los invitados de la boda de Canán después de que se hubiera acabado el vino que les dio el anfitrión?
Deben dejar de lado todo lo humano. Esto parece duro, ¿no? Pero no lo es. Sus vidas estarán llenas de alegría pura y espiritual. Cantarán verdaderas alabanzas espirituales y rezarán por fe; la Palabra obrará en sus corazones y a través del Evangelio que nosotros predicamos, muchas personas empezarán a vivir sus vidas de fe y serán salvadas por fe. Así que por eso nuestros corazones estarán llenos de gozo en el Señor y el Espíritu Santo. Cuando se les dice a los que se enorgullecen de su bondad y su humanidad que debe dejar todo eso de lado, se preocupan y no saben qué hacer, porque habían confiado en esas cosas hasta ahora. Sin embargo, una vez se deshacen de estas cosas, experimentarán nuevo gozo y nueva felicidad que vendrá de Dios. No estarán llenos de sus propias emociones nunca más, sino que estarán llenos del Espíritu de Dios.
Mis queridos hermanos, debemos abandonar las cosas antiguas. Dios le dijo a Abraham: «Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré» (Génesis 12, 1). Del mismo modo, Dio quiere que nos deshagamos de las cosas antiguas.
Volvamos al pasaje de las Escrituras de hoy y veamos lo que Dios hizo por nosotros el tercer día: «Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno» (Génesis 1, 9-10).
 
 
El ministerio de separación de Dios
 
El tercer día Dios siguió separando. Ese día separó la tierra firme del agua e hizo que la tierra se descubriera al reunir todas las aguas de debajo del cielo en un solo sitio. Separó la tierra seca del agua. En otras palabras, Dios quería que algo dentro de nuestros pensamientos y corazones se separara.
Antes del tercer día, toda la tierra estaba cubierta por agua. La tierra y las aguas estaban juntas. Esto implica que en los corazones de los que no tienen un orden espiritual establecido a pesar de haber nacido de nuevo, se encuentran el deseo de servir a Dios y el de servirse a sí mismos. Así que si uno vive su vida de fe en estas condiciones, acabará yendo de un lado para otro. En ocasiones vivirá por sí mismo y en ocasiones por Dios. Hay mucha gente que pasa toda su vida así.
Sin embargo, en los corazones de estas personas, Dios ha separado la tierra seca de las aguas, la tierra del mar. «¿Vivís por Mí o por vosotros mismos?». Dios quiere que contestemos esta pregunta con claridad. En otras palabras, quiere que separemos nuestros dos motivos. Y Dios no quiere que amemos nuestra propia carne y al mundo.
Incluso entre aquellos de nosotros que hemos recibido la remisión de los pecados, hay gente que vive así, cuyo objetivo en la vida está confuso. Muchas personas, aunque hayan recibido la remisión de los pecados, fingen vivir por Dios mientras disfrutan de este mundo, tratando de satisfacer ambos lados.
Algunos obreros que han vivido toda su vida para servir al Evangelio han hecho las maletas y han salido al mundo. Una de las cosas que suelen decir cuando nos dejan es: «Yo también quiero vivir libre». Pero ¿acaso no tenemos libertad si vivimos para servir al Evangelio? En realidad hay mucha más libertad. En sus corazones, su amor propio está mezclado con su amor por Dios y por ello acabaron muriendo espiritualmente.
Incluso entre los nacidos de nuevo, hay muchas personas que van de un lado para otro entre la carne y el espíritu, y se consuelan diciendo que viven por Dios. Pero Dios no aprueba a esta gente y quiere separar lo que es espiritual de lo que es carnal en nosotros, del mismo modo en que la tierra se separó de las aguas. Dios quiere hacer una separación clara entre la carne, el espíritu, la obra de Dios y la obra del hombre.
Nuestro Dios quiso hacer una separación clara en estos aspectos. Y así lo hizo el tercer día. Ahora están siendo alimentados con la Palabra en la Mission School. ¿Por qué vamos a esta escuela? ¿Cuál es la diferencia entre los que han sido formados en nuestra Mission School y los que no? El objetivo de nuestra escuela es separar el espíritu de la carne en sus corazones para vivir completamente por Dios. Los que no han recibido la obra de Dios completa en este aspecto son los que van de un lado para otro y viven tanto para Dios como para sí mismos. Para estas personas la obra del tercer día todavía debe ser completada.
Como ahora les he enseñado, deben saber que aprender la Palabra sólo intelectualmente no lo es todo. En primer lugar, deben poner un cartel en sus corazones que diga: «¿Por qué debo vivir?». Deben asistir a clase y a los otros cursos de formación de nuestra escuela, diciendo: «Voy a vivir por Dios. Voy a ofrecer libremente mi cuerpo, mi tiempo y cualquier otra cosa si sirve para difundir el Evangelio de Dios».
Dios quiere que nos decidamos a vivir sólo por Él y por Su Evangelio. Por eso nos pide que expliquemos por qué vamos a vivir. Esta obra de separación debe completarse en nosotros. Debemos diferenciar lo que es espiritual de lo que es carnal. Esta obra debe completarse en los corazones de los nacidos de nuevo sin falta.
Sólo cuando esta obra se completa podemos empezar a dar frutos. Sin esta obra no podemos dar frutos. Si alguien tiene un pie en el mundo y otro en Dios y vive su vida de fe yendo de un lado a otro, Dios no podrá obrar en su corazón. Una vez recibimos la remisión de nuestros pecados, debemos decidir si viviremos por Dios o por nosotros, por el mundo o por Dios. Debemos escoger una de estas dos opciones. Debemos escoger porque los justos no pueden vivir por el mundo.
 
 
Quiten las impurezas de su fe en la gracia de Dios
 
La Biblia dice: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5, 17). De ahora en adelante, los que somos nuevas criaturas debemos vivir por Dios, por lo que es justo. Vivir sólo por Dios es espiritual, mientras que intentar satisfacer los deseos carnales es carnal. Debemos creer en la Palabra de Dios que dice: «Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden» (Romanos 8, 5-7).
Esto es algo que debemos tener claro en nuestros corazones y mentes. Incluso las cosas de las que disfrutaron en el pasado deben abandonarlas por Dios y por el Evangelio, y si de verdad no complacen a Dios, deben borrarlas de sus corazones con confianza.
Del mismo modo en que la plata se limpia de impurezas para conseguir plata de ley, nosotros debemos quitar las impurezas carnales de nuestros corazones. Deben separar lo que está bien en sus corazones y decidirse: «Señor, viviré por Ti. Voy a dedicar mi vida al Evangelio y a Ti. Ofreceré mi vida por Ti. No la ofreceré por el mundo y sus vanidades».
Mis queridos hermanos, es más que posible vivir el resto de nuestras vidas disfrutando del mundo. Pero, ¿se complacería Dios si viviésemos así o más bien se complacería si viviésemos por Él completamente? ¿Por qué cosa debemos vivir nuestras vidas para complacer a Dios? En otras palabras, ¿qué es bueno a los ojos de Dios? A los ojos de Dios, lo correcto es vivir por Él, por el Evangelio y que todas las almas perdidas reciban la remisión de los pecados, teman a Dios y le sigan. Dios empezó una obra en cada uno de ustedes el tercer día. ¿Qué tipo de obra empezó Dios el tercer día? Él dijo: «Que aparezca la tierra que estaba sumergida en el agua». Entonces apareció la tierra seca y Dios la separó de las aguas. Separó el amor por el mundo del amor por Dios, y lo que es espiritual de lo que es carnal.
Tenemos que hacer muchas cosas para difundir el Evangelio. Si el Evangelio lo necesita, entonces no importa lo que nos ocurra a nosotros. Estamos dispuestos a hacer cualquier cosa que complazca a Dios. Estamos dispuestos a pagar cualquier precio. Si de verdad amamos el Evangelio y a Dios, debemos pagar el precio que esto conlleva. Debemos estar dispuestos a dejarlo todo, por muy valioso que sea.
Mis queridos hermanos, no estamos en la Mission School sin ningún motivo. Quizá algunos de ustedes se hayan apuntado sin saber muy bien porqué. Sin embargo mis queridos hermanos, Dios está obrando en sus corazones. Está separando lo que es espiritual de sus deseos carnales y así establece un objetivo espiritual en sus vidas. Durante el período de formación de esta escuela, debemos separar el espíritu y la carne en nuestros corazones y debemos completar la obra de quitar todos los deseos mundanos. Así que todos debemos rezar ardientemente para que esto se cumpla.
 
 
Debemos temer a Dios en nuestras vidas
 
Puede que los nacidos de nuevo no conozcan toda la Biblia, pero debemos vivir el resto de nuestras vidas por Dios y por el Evangelio completamente. Uno de los himnos que cantamos tiene la siguiente letra: «Ofrezcamos nuestros cuerpos y nuestra riqueza para difundir este Evangelio». Si de verdad amamos a Dios y al Evangelio, debemos ofrecer no sólo nuestros cuerpos, sino también nuestra riqueza. Debemos ofrecer nuestra existencia al Evangelio, a Dios y a la expansión del Reino de Dios. Si no nos decidimos a hacerlo, no podremos servir al Señor ni podremos hacer la obra que separa las aguas de la tierra.
¿Debemos vivir por el mundo y por nosotros mismos o debemos vivir por Dios? ¿Está bien o mal vivir por Dios? ¿Qué es lo correcto? ¿Vivir completamente por Dios o disfrutar del mundo? Para los nacidos de nuevo vivir completamente por Dios es lo correcto.
Incluso cuando un león persigue a un conejo, no puede alcanzar a su presa a no ser que utilice toda su energía. Incluso cuando intentamos clavar un clavo en la pared, no podemos hacerlo bien a no ser que nos concentremos en lo que estamos haciendo. Esto quiere decir que cualquier tarea pequeña requiere toda nuestra atención y esfuerzo, y por eso cuando hacemos la obra de Dios, debemos dedicar todos nuestro corazón, nuestros esfuerzos, voluntad y devoción a esta obra para poder completarla. Si la Palabra de Dios dice que esto es lo correcto, debemos temer a esta Palabra y seguirla.
Mis queridos hermanos, Dios no nos dice que vivamos de la manera que queramos cuando hemos recibido la remisión de los pecados, porque ahora no tenemos pecados. Por el contrario, Dios nos dice que desde este momento debemos intentar alcanzar la meta (Filipenses 3, 14). ¿Dejamos de lado la Ley de Dios? No, no la abandonamos. A través de esta Ley, Dios nos mostró nuestros pecados, y nos llevó a Cristo para recibir la remisión de los pecados. La Biblia dice que ahora que hemos recibido la remisión de los pecados, lo correcto es temer a la Palabra de Dios y según esta Palabra nos guía, debemos amar a Dios y vivir vidas completas. No debemos recibir la Palabra de Dios sólo de manera intelectual. Debemos creer en la Palabra de Dios con nuestros corazones. Y en nuestros corazones debemos decidirnos a vivir por Dios y Su Evangelio.
 
 
Es correcto que todos vivamos por la difusión del Evangelio
 
Todos debemos decidirnos y decir: «De ahora en adelante viviré por la justicia de Dios». Pensar así es completamente indispensable. Mis queridos hermanos, mientras vivimos nuestras vidas, que son tan cortas como un sueño de medianoche, ¿por qué debemos vivir? Lo correcto es vivir por el Evangelio y por Dios. Es absolutamente correcto vivir por el Señor, para que las otras almas reciban la remisión de sus pecados. Los justos no pueden vivir de cualquier manera que ellos deseen. Lo correcto es vivir por Dios.
Aunque seamos insuficientes, debemos vivir por el Evangelio mientras vivamos en este mundo. Lo correcto es vivir por la expansión de Su Reino y por las muchas almas que están muriendo. Mientras vivimos en la carne, podemos acabar haciendo muchas cosas en vano, pero lo correcto es que los justos ofrezcamos nuestras manos, pies, labios y cabezas por las almas de los pecadores, por la expansión del Reino de Dios y para servirle a Él. También es correcto que ofrezcamos todas nuestras pertenencias al Señor. Los que viven esta vida, como Daniel, se han decidido a servir a Dios.
Ustedes son obreros de Dios. El pueblo de Dios debe vivir sólo por Dios sin importar las circunstancias ni las condiciones por las que esté pasando. Muchas personas piensan que ofrecer la décima parte de su sueldo es demasiado. Aunque sólo es una décima parte, siguen renegando porque piensan que es demasiado.
Para los siervos de Dios, no es sólo una décima parte, sino todo. Lo correcto es que los siervos de Dios lo den todo. En otras palabras, la vida que es para el Señor es su vida, la voluntad del Señor es su voluntad, y el objetivo del Señor es su objetivo. Así es el pueblo de Dios. Sólo porque demos la décima parte de nuestro sueldo, sirvamos un poco en la iglesia y participemos en la adoración, no significa que vivamos una vida de fe, sino que debemos entregar nuestras vidas al Evangelio y hacerlo todo por el Evangelio. Esto es de lo que se trata una vida de fe. No consiste en decir: «Esta hora es para mí, esta hora es para mi trabajo, esta hora es para mi familia, y el resto es para el Señor». La familia, el trabajo, los estudios, todo se vive por el Señor.
Puede que digan: «¿Cómo me ganaré la vida? Si sólo sirvo al Señor, ¿quién cuidará de mi familia?». No se preocupen, mis queridos hermanos. Si sólo servimos al Señor, se ocupará completamente de nosotros.
Nuestro Señor dijo: «Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6, 24) y prosiguió: «No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6, 31-33). Creemos en esta Palabra y no nos preocupamos por nuestras necesidades porque somos más valiosos que los gorriones que vuelan por el aire.
Esto es lo que Dios consiguió el tercer día. La tierra y las aguas deben separarse. El espíritu y la carne deben separarse en nuestros corazones. Si todavía hay ataduras carnales en nuestros corazones, la obra de separación debe empezar. Los estudiantes de nuestra escuela deben tener claro este asunto. Sus corazones no deben perseguir las cosas de este mundo ni buscar la felicidad de su carne. Deben estar dispuestos a caminar con el Señor, sufrir con Él y estar felices con Él. ¿Lo entienden?
 
 
Somos soldados del Reino de los Cielos
 
Nuestros corazones deben estar dispuestos ante Dios. Si en un ejército tiene cientos de miles de soldados y no lucha por su rey y su nación, todos esos soldados serán inútiles. Sólo malgastarán los recursos militares y vaciarán las arcas de su nación.
Por el contrario, si un ejército tiene sólo 300 soldados y todos ellos están dedicados a su nación y a su rey, estos 300 soldados forman fuerzas de élite. Incluso si luchan contra un ejército de cientos de miles de soldados, estos 300 soldados vencerán. ¿Qué tipo de ejército debemos ser? Ante Dios, debemos ser las fuerzas de élite y vivir por el Evangelio y por Dios.
Para ilustrar este concepto, les voy a contar una breve historia. Hace mucho tiempo había dos naciones. Una era una nación de simples y la otra era una nación de gente inteligente. En la nación de los simples, todo el mundo era un poco necio, incluso el rey. En la nación de los inteligentes, el rey y sus súbditos eran muy astutos.
Un día, las dos naciones fueron a la guerra. Cuando el rey de la nación inteligente dijo: «¡Al ataque!» sus soldados no le hicieron caso y dijeron: «Su majestad, no podemos atacar ahora. Sería mejor esperar un poco más». El rey de la nación de simples ordenó: «¡Al ataque!». Al oír esto sus soldados se lanzaron al campo de batalla sin importarles si iban a morir. La nación de simples ganó la guerra. ¿Cómo lo hizo? Ganó porque sus soldados hicieron lo que el rey les ordenó sin insistir en sus propias ideas.
En otras palabras, aunque estos soldados no estaban bien preparados, dieron sus vidas por su rey y su nación. La nación de los inteligentes podría haber aniquilado a la otra nación fácilmente y haber ganado la guerra porque todo el mundo era muy inteligente, pero por el contrario, su rey fue tomado prisionero y su ejército fue aniquilado. Aunque los soldados de la nación de simples no tenían sabiduría, estaban preparados para servir al rey. El rey ganó la guerra gracias a estos soldados completamente dedicados.
Nosotros somos soldados espirituales. Al llevar a cabo esta guerra, sólo si pensamos: «Señor, voy a vivir sólo por Ti», podremos ganar la guerra. Pero si no nos decidimos a hacerlo perderemos cualquier guerra que luchemos, aunque luchemos en cientos de ellas. ¿Cómo deben estar nuestros corazones? Nuestros corazones deber vivir por el Señor.
¿Por qué hemos venido a la Mission School? ¿Vinimos para ser buenos predicadores? ¿Vinimos a conocer los secretos de los ministros de éxito? No vinimos a esta escuela para eso. No vinimos a la escuela para recibir un don especial como por ejemplo el don de lenguas o el don de la profecía. ¿Entonces por qué vinimos a la Mission School? ¿No vinimos para vivir para el Señor? Sí, vinimos porque queríamos vivir por el Señor. Cuando decidimos vivir por el Señor, el nos dará todo lo que necesitemos.
No vinimos a esta escuela para convertirnos en personas como Caín, experto en asuntos carnales. ¿Para qué debemos vivir? Aunque seamos tan poco valiosos como Abel, debemos vivir nuestras vidas por Dios, decidirnos y obedecerle cuando hable, al tiempo en que unimos nuestros corazones con Él mediante un «sí». Nuestros corazones deben seguir a Dios y nuestros corazones deben estar de Su lado. Dios necesita a aquellos cuyos corazones están de Su lado. Hemos venido a la Mission School para vivir por Él. Por eso estamos siendo formados aquí.
Mis queridos hermanos, ahora que han escuchado la Palabra, ¿qué piensan del objetivo que les ha traído aquí? ¿No ha cambiado un poco? Han recibido la remisión de sus pecados y han venido a la Mission School por Dios, para difundir el Evangelio a las almas y para servir a la obra que expande el Reino de Dios. Por este objetivo están aprendiendo la Palabra, rezando y siendo entrenados en varios aspectos.
Por eso los que vinieron a esta escuela no deberían tener demasiados pensamientos propios. En esta escuela nuestros pensamientos propios desaparecen. Los que piensan demasiado por su cuenta o se preocupan por asuntos personales e individuales, no están cualificados para ser soldados de Dios. Aunque seamos insuficientes en la carne, como estamos en este ejército conjunto, cuando nuestro Señor, que se ha convertido en nuestro Rey, diga: «¡Al ataque!» nosotros debemos estar preparados para atacar sin hacer preguntas y obedecerle en cualquier caso.
Nuestro Dios nos ha elegido para hacernos obreros Suyos.