The New Life Mission

Sermones

Tema 22: Evangelio de Lucas

[Capítulo 1-10] < Lucas 1, 39-55 > Debemos creer en la justicia de Jesús correctamente a través de la Palabra de Dios

< Lucas 1, 39-55 >
«En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor. Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre, Y su misericordia es de generación en generación A los que le temen. Hizo proezas con su brazo; Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, Y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, Y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel su siervo, Acordándose de la misericordia De la cual habló a nuestros padres, Para con Abraham y su descendencia para siempre».
 
 
¿Qué relación hay entre María y el nacimiento de Jesús?
 
El ángel Gabriel se le apareció a la virgen María y le habló seis meses después de que Isabel hubiese concebido a Juan el Bautista. Justo antes del pasaje de las Escrituras de hoy, está escrito: «Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; porque nada hay imposible para Dios. Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia» (Lucas 1, 26-38).
En ese momento habían pasado seis meses desde que Isabel concibió a Juan el Bautista en su vientre. María creyó en la Palabra de Dios, pero tuvo valor, creyó y aceptó esta Palabra porque la escuchó de su parienta Isabel, quien era estéril, y había concebido un hijo por el poder de Dios. Cuando María escuchó que habían pasado seis meses desde que Isabel concibió, confesó lo siguiente: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38).
El ángel le dijo María: «María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo». Esto significa que el Hijo de Dios nació del cuerpo de María. Al escuchar esto, María consideró que según la lógica humana eso no podría ocurrir. Pero el ángel Gabriel le dijo: «Tu parienta Isabel era estéril, pero el Señor le ha hablado y ha concebido un hijo. Fue concebido hace seis meses. La Palabra de Dios puede hacer lo imposible. Dios ha prometido obrar a través de tu cuerpo». María aceptó la Palabra diciendo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38). Confesó que si era la voluntad de Dios se cumpliría. El ángel se fue y María fue a casa de Zacarías.
Entonces la historia continúa: «Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor» (Lucas 1, 41-45). Isabel le dijo esto a María.
María escuchó la Palabra de Dios a través del ángel Gabriel y confesó: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38) y fue a visitar a Isabel. El bebé que había en el vientre de Isabel sabía que María había venido y saltó de alegría. Isabel le dijo a María: «Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor» (Lucas 1, 42-45). María había escuchado la Palabra a través del ángel ese mismo día e Isabel ya sabía lo que le había ocurrido a María. Dios también se lo dijo a ella.
Isabel y María se vieron. Isabel sabía que nuestro Señor vendría a este mundo a través de María y dijo que la mujer que cree está bendita. Isabel le dijo a María: «¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lucas 1, 43-45). Isabel también sabía que María había concebido a Jesucristo, el Hijo de Dios Padre. Así que María habló inspirada por el Espíritu Santo.
Mis queridos hermanos, es un principio natural que los hombres y las mujeres tengan hijos. Pero Isabel sabía que el hijo que María había concebido fue concebido en el momento en que María aceptó la Palabra de Dios diciendo: «Hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38). María estaba prometida a José, que era de la Casa de David, de la tribu de Judá. La casa de David era de la tribu de Judá y José también lo era por tanto. Isabel era descendiente de Aarón de la tribu de Leví, y su marido Zacarías también. Por tanto, el Sumo Sacerdote de la tierra vino al mundo a través de un descendiente de Aarón y el Rey de reyes nació a través de la virgen María que estaba prometida a un hombre de la casa de David.
Jesús vino a este mundo como Sumo Sacerdote del Cielo y no como Sumo Sacerdote de la tierra. Nos salvó al ser bautizado y tomar nuestros pecados, morir en la Cruz, y al ser resucitado de entre los muertos. Esto ocurrió porque Dios lo estableció de esa manera.
María estaba llena de la gracia del Espíritu Santo y profetizó como Isabel y Zacarías. En los versículos 46-55 María dijo: «Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; santo es su nombre, y su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre».
María alabó al Señor, confesando su fe diciendo: «Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1, 47). Isabel y María sabían que eran humildes ante Dios y por tanto estaban agradecidas porque el Señor las había utilizado.
 
 
La Biblia dice que el Señor esparció a los orgullosos en la imaginación de sus corazones
 
Jesucristo nació en este mundo a través de María y la Biblia dice que esparció a los orgullosos en la imaginación de sus corazones. En otras palabras, Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a este mundo como el Salvador, mostró Su poder y esparció a los orgullosos en la imaginación de sus corazones. Dios esparce a los que son orgullosos. Los envía al Seol, es decir, al infierno. La Biblia dice que ha rebajado a los poderosos de sus tronos.
Mis queridos hermanos, ¿quién es más poderoso que el Señor? Nadie. No hay nadie en este mundo que sea más poderoso que el Señor. «Y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos» (Lucas 1, 52-53). Todas estas cosas ocurrieron en el mundo porque el Señor vino. Exaltó a los humildes, los hizo hijos de Dios, pero esparció a los orgullosos en la imaginación de sus corazones. Rebajó a los poderosos de sus tronos y los partió en pedazos con un martillo de hierro; llenó a los hambrientos con cosas buenas y vació a los ricos.
Alejandro Magno era un gran rey porque hizo muchas proezas. Sin embargo, cuando murió, dijo: «Aunque he conquistado muchos países y he vivido como rey de este imperio, me ha llegado la hora de morir. Haced agujeros en ambos lados de mi ataúd y sacad mis brazos por los agujeros y enseñárselo a la gente. He conquistado este mundo y me llaman Alejandro Magno, pero voy a morir sin nada». Así que se dice que los brazos de Alejandro Magno estaban fuera del ataúd en su funeral. Quería demostrarle a la gente que, aunque había conquistado muchos territorios, recibió el apodo de Magno y tuvo mucho poder en el mundo, cuando murió no tenía nada.
Mis queridos hermanos, todas estas cosas se cumplieron cuando el Señor vino a este mundo. Si no hubiese venido, los ricos seguirían siendo ricos, los orgullosos en la imaginación de sus corazones seguirían siendo orgullosos hasta que fueran al infierno. Los humildes seguirían siendo humildes, y los que tienen hambre y sed serían miserables para siempre. Pero el Señor vino y rechazó a los orgullosos, exaltó a los pobres y llenó a los hambrientos con Su poder. En otras palabras, la gente que cree en la gracia de la salvación, es decir el Evangelio de la remisión de los pecados, recibe estas bendiciones ante el Señor. Solo el Señor puede hacer estas cosas. Todos estos eventos ocurrieron en el mundo porque Jesucristo vino al mundo a través de María. El Señor hizo estas cosas por Su propio poder.
 
 
María dijo que el Señor consideró a los humildes
 
María alabó al Señor diciendo: «Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones». Esta fue su confesión de fe. Mis queridos hermanos, tenemos el mismo tipo de fe que María. Nuestra confesión de fe es la misma que la de María. Nuestras almas alaban al Señor y nuestros espíritus se regocijan en Él. Nos regocijamos por Él. El Señor consideró nuestra humildad y nos hizo hijos Suyos. Nosotros éramos personas humildes, pero el Señor nos exaltó. De la misma manera en que María reconoció ante el Señor que era una sierva humilde, todos los que hemos encontrado al Señor somos humildes por naturaleza.
Al principio no teníamos gozo ni ninguna meta en la vida. No teníamos una respuesta para la pregunta de qué es la vida. Éramos personas humildes. Éramos personas humildes que no tenían ninguna meta en la vida y vivían solo para comer. Pero el Señor nos bendijo al encontrarnos a los humildes. La Biblia dijo: «Santo es su nombre, y su misericordia es de generación en generación a los que le temen» (Lucas 1, 49-50). Este pasaje significa que el Señor nos dio la salvación eterna a los que reconocemos a Dios y Su Palabra, y la aceptan tal y como es. La gente recibe la misericordia de Dios y es salvada de generación en generación si es humilde y obedece la Palabra de Dios sin pedir explicaciones como María, quien dijo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38). Dios salvó a este tipo de personas.
María dijo: «Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos» (Lucas 1, 51-52). El Señor esparció a los soberbios ante Dios. Los ricos y los que creen en el poder de este mundo son rebajados y van al infierno. Los orgullosos, como los hombres poderosos, que solo dependen del poder del mundo y no obedecen a Dios, van al infierno.
Debemos pensar en lo que Dios ha dicho. Debemos escuchar la Palabra de Dios y debemos obedecer la Palabra cuando las Escrituras lo dicen. El Señor dijo: «El precio del pecado es la muerte» (Romanos 6, 23) y una persona será juzgada e irá al cielo si tiene pecados. Los que reconocen estas Palabras serán salvados ante Dios. Romanos 6:23 dice: «El don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor». Somos personas que no pueden evitar ir al infierno. Pero creemos en el hecho de que somos salvados y obtenemos la vida eterna si creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu y la Palabra de Verdad. Somos salvados si el Señor dice que nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu, la Palabra de la Verdad. Estamos salvador si el Señor dice que nos ha salvado, pero no podemos ser salvados por mucho que queramos si dice que no nos ha salvado. Mis queridos hermanos, la gente que reconoce a Dios y Su Palabra está salvada por Su misericordia, pero los que no le reconocen no reciben Su gracia.
 
 
La gente humilde ha sido salvada cuando el Señor vino al mundo y cumplió la justicia de Dios.
 
Estas cosas no ocurrieron antes de que el Señor viniese a este mundo. El Señor hizo que los orgullosos se llenasen con su orgullo hasta que muriesen; los ricos siguiesen siendo ricos hasta la muerte; los poderosos disfrutaran de su poder hasta morir; e hizo que el poder de los poderosos se pasase de generación en generación. El Señor vino a este mundo en este contexto. Redimió los pecados de la humanidad y nos salvó de ellos. Por tanto, los que tiene poder y los ricos que son orgullosos y poderosos son juzgados ante el Señor. El Señor los juzga por sus pecados. Pero los humildes son salvados y exaltados.
De vez en cuando pienso en cómo soy. Hay un dicho coreano que dice: «Una rana no se acuerda de cuando era un renacuajo». Pero pienso en cuando comencé a ser cristiano todo el tiempo. Hace mucho tiempo, creía en Jesús pero todavía tenía pecados. Era una persona humilde que estaba perpleja con todos los problemas del pecado de mi corazón.
Mis queridos hermanos, las personas que tienen pecados en sus corazones son humildes. No son hijos de Dios y no pueden recibir respuesta a sus oraciones. Yo era una persona miserable, incluso según los criterios del mundo. No tenía nada que comer porque mis padres eran víctimas de una secta y habían donado todo su dinero. Era una persona humilde.
Después de nacer de nuevo, mi hermana mayor murió. Así que conocí a mis sobrinos. Ellos también eran muy humildes, pero no lo sabían. Yo también era así hace mucho tiempo. Cuando crecí, intenté hacer algo pero no tenía dinero, poder, ayuda, o nada. Ahora estoy salvo porque creo en la justicia de Dios después de haber conocido al Señor, pero sigo siendo igual de humilde. La gente es muy humilde. Si el Señor no existiese y cuidase de nosotros, seríamos humildes para siempre porque éramos seres humildes desde el principio.
María dijo que era una sierva humilde para demostrar su humildad, pero lo era en realidad. En aquel entonces, Israel era una colonial bajo el poder de Roma. La gente de Israel vendía sus servicios a otros ciudadanos para subsistir. Sus vidas no tenían esperanza. Mi vida era así. A pesar de mi apariencia física o mi situación económica, era humilde. Me examinaba cada día y me deprimía por mis pecados. Pensaba que debía leer libros porque creía que era lo que uno debía hacer cuando no sabía nada, pero no tenía dinero para comprarlos. Así que iba a la librería local y leía libros cuando tenía tiempo. Solía leer libros todo el día y me iba a casa cuando oscurecía. En aquel entonces no pasaba nada por pasar el día entero leyendo. Era humilde por los pecados de mi corazón aunque leyese o estudiase mucho.
A menudo compraba libros después de haber ahorrado mi dinero para la comida. Hoy en día puedo comprar comida para otras personas, pero hace mucho tiempo tenía que guardarme el dinero para la comida si quería comprar libros. Quería comer pero no podía. En aquel entonces los restaurantes para los ricos y los pobres estaban separados. La diferencia es como el día y la noche entre los que tienen dinero pero escogen ir a un restaurante barato y los que no tienen más remedio que ir a un restaurante barato. La gente es muy miserable si tiene que ir a restaurantes baratos porque no tiene dinero. No son miserables por lo que comen, sino porque todo es más humilde porque sus corazones son pobres y humildes porque no tienen dinero. Mis pensamientos eran muy humildes en aquel entonces.
En aquel entonces estaba muy confundido y vacío por mis muchos pensamientos. El Apóstol Pablo dijo: «Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno» (Romanos 12, 3). Pero yo solía pensar una y otra vez cuando no podía llegar a una conclusión. Cuando pensaba en un problema una y otra vez, no podía encontrar la respuesta por mucho que pensara en ese problema y sentía que me estaba volviendo loco.
Por ejemplo, hace mucho tiempo, pensaba en cómo no podía tener pecados. Pensaba que tenía pecados en mi corazón y me preguntaba si Dios miraba hacia otro lado para no ver mis pecados. Esto no tenía mucho sentido. Durante mucho tiempo me sentía miserable. Era pobre, pero esa no era la razón por la que era miserable; sino que la razón era que no tenía una respuesta para el problema de mis pecados.
¿Acaso la gente está bien si come y vive bien? ¿Está bien si conduce un coche bonito? Las personas son fundamentalmente miserables. No tienen nada. Las personas que no han recibido la remisión de los pecados viven en vano y mueren sin nada. Mueren y van al infierno después de nacer con pecados, cometer más pecados y no poder recibir la remisión de los pecados. Así que son personas sin esperanza.
¿Qué dijo María acerca de sí misma? Dijo que era una esclava. Dijo que el Señor exalta a los humildes. Dijo que el Señor la convirtió en hija de Dios y que todas las generaciones siguientes la llamarían bendita. Nosotros sabemos que María es una mujer bendita. Pero María no es un dios. Dios nos creó y nos hizo hijos de Dios al exaltarnos, de la misma manera en que convirtió a María en Su hija. Nos ha exaltado de verdad.
 
 
El Señor salvó a las personas humildes
 
La Biblia dijo: «Ha llenado a los hambrientos con cosas buenas». Es cierto. Estamos llenos cuando leemos la Palabra de Dios, cuando la predicamos y cuando la compartimos con otras personas. No debemos interpretar este pasaje en términos físicos solamente; el Señor nos está diciendo cosas espirituales primero. Por tanto, esto significa que ha llenado nuestras almas con Su justicia. Hemos recibido la remisión de los pecados porque el Señor nos hizo conocer Su justicia y creer en ella. Mis queridos hermanos, Dios hizo obras justas por nosotros y hemos sido salvados al conocer estas cosas y creer en ellas. Esta justicia está en nuestros corazones. La hemos guardado en nuestros corazones. Nos hemos convertido en hijos de Dios a través de esta Palabra. También sabemos que iremos al Reino del Señor en el futuro. Hemos sido llenados con cosas buenas.
Si leemos Mateo 5, vemos: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» (Mateo 5, 6). Esto significa que la gente que quiere hacer obras justas las harán después de creer en la justicia de Dios que es el Evangelio del agua y el Espíritu.
Mis queridos hermanos, Dios salvó a los israelitas, nos salvó a nosotros, exaltó y bendijo a María y nos exaltó y bendijo a nosotros. Nosotros deberíamos ser bendecidos como María cuando Dios le mandó un ángel: somos benditos como ella fue llena del Espíritu Santo y profetizó. Pero la gente no que no cree es desechada y destruida en vez de recibir estas bendiciones. Las personas que son orgullosas ante Dios, los que no creen en el Evangelio del agua y el Espíritu aunque Dios lo comunique, los que son tercos pensando que son el pueblo de Dios a pesar de tener pecados, y los que dicen que su fe es correcta en sus respectivas denominaciones, todas esas personas van al infierno.
La Biblia dice que Jesucristo es la piedra de tropiezo. Jesús dijo que la gente que cree en Él es salvada, obtiene la vida eterna y recibe todas las bendiciones. Pero las personas son destruidas si no creen en la Palabra de Jesús, se enfrentan a ella con la lógica humana y defienden sus propios pensamientos aunque hayan conocido a Jesús en Su Palabra. Ese tipo de personas son juzgadas por Jesucristo y están malditas eternamente. Así que Jesucristo se convierte en el Salvador de algunas personas, pero otras personas son destruidas cuando le conocen. Si una persona cree en Jesús pero no le conoce correctamente, será arruinada, maldita e irá al infierno. Se queda completamente arruinada en este mundo.
Mis queridos hermanos, estamos muy agradecidos a Dios. De la misma manera en que María confesó que Dios había eliminado sus pecados mediante la Palabra del Señor, creo que lo mismo nos pasará a los que somos humildes, según la Palabra del Señor para la que nada es imposible. Obtenemos la salvación por fe en esa Palabra con la que el Señor nos ha salvado. Después de conocer al Señor y obtener la salvación pudimos confesar nuestra fe como María. Magnificamos al Señor para siempre y nuestros espíritus se regocijan en nuestro Señor y Salvador.
Mis queridos hermanos, ¿no se regocijan cuando piensan en nuestro Señor? De la misma manera en que el Señor dijo: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4, 4) la Palabra de Dios es lo mejor y las personas que tengan parte en ella disfrutarán de la vida eterna. Estoy muy agradecido a Dios. '
 
 
Esta Navidad pienso en la manera en la que era antes
 
Recuerdo una Nochebuena, cuando volví a casa de la escuela y me fui a la cama porque estaba cansado. Pero todos los santos estaban reunidos en la Iglesia adorando y cantando villancicos por la noche. No puedo explicar lo avergonzado que estaba cuando me di cuenta de que me había quedado dormido. Lo peor fue que mi corazón estaba deprimido en Nochebuena. Aunque había creído en Jesucristo durante mucho tiempo, pensé que Su venida a este mundo no tenía nada que ver conmigo y no me regocijé. Cuando examinaba mi corazón en ese momento, pensaba que era bueno que el Señor hubiese venido pero que eso no tenía nada que ver conmigo. Me sentía avergonzado cuando miraba dentro de mi corazón.
¿Y cómo es ahora? Mi corazón se regocija por mi Salvador. Me regocijo porque vino aunque no sepa cuándo nació en realidad. Mis queridos hermanos, mi corazón se regocija cuando pienso en la venida del Señor a este mundo; y cuando pienso en que fue clavado en la Cruz, derramó Su sangre y murió. Se regocija porque estas cosas son importantes para mí. Antes de nacer de nuevo sentía pena por el Señor, por el dolor que sufrió. Pero ahora me regocijo porque me salvó. Nuestros corazones se regocijan como cuando María dijo: «Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1, 47).
El Señor estaba planeando y preparando la salvación de la humanidad antes de venir a este mundo. Preparó a Zacarías y a Isabel en la casa de Aarón antes de venir. Isabel era ya mayor, pero concibió a Juan el Bautista por el poder de la Palabra del Señor. El ángel dijo acerca de Juan el Bautista: «Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos» (Lucas 1, 15-16). El Señor preparó a Juan el Bautista e hizo que naciese en el mundo. También preparó a María, le habló y cumplió todas las cosas por Su Palabra.
Dios dijo: «Que haya luz» (Génesis 1, 3) y hubo luz. La Palabra de Dios hizo que todo se crease. Como la Palabra de Dios tiene poder, cuando dijo: «Que los árboles den fruto según su especie, cuya semilla está dentro» (Génesis 1, 11), los árboles crecen y dan fruto con su semilla. Dios creó el universo por Su Palabra, hizo promesas por Su Palabra, vino al mundo encarnado en un hombre y cumplió Su voluntad como lo prometió, y por eso nos habla a través de Su Palabra escrita y Su voluntad. Dios salva a las personas a través de Su Palabra.
Dios envió a un ángel a Zacarías e Isabel y este ángel les dijo lo que está escrito en la Biblia, por lo que Dios salva a los que creen según esta Palabra. Así que Dios es el Dios de la Palabra. Planeó, preparó y cumplió nuestra salvación. Le doy gracias al Señor sinceramente. El Señor es el Rey de reyes que preparó a Juan el Bautista, María y José para salvarnos. Preparó a estas personas y cumplió nuestra salvación en Su tiempo.
Dios habló a través del profeta Isaías: «He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel» (Mateo 1, 23; Isaías 7, 14). Dios prometió que se encarnaría en un hombre y nacería a través de una virgen. Cuando llegó el momento, vino como nuestro Salvador como había prometido. Se convirtió en nuestro Salvador al tomar todos nuestros pecados a través de Su bautismo, al ser clavado en la Cruz, derramar Su sangre y morir. El Señor está vivo. Vive eternamente. Vive en nosotros con Su Palabra por el Espíritu Santo. Le doy gracias a Dios.
Mis queridos hermanos, lo que debemos saber y meditar esta Navidad es que Dios preparó a muchas personas antes de enviar a Jesucristo a este mundo. Debemos saber esto y darle gracias a Dios.