The New Life Mission

Sermones

Tema 13: Evangelio de Mateo

[Capítulo 12-1] (Mateo 12, 1-8) Jesús dijo que desea misericordia y no sacrificio

(Mateo 12, 1-8)
« En aquel tiempo iba Jesús por los sembrados en un día de reposo; y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a arrancar espigas y a comer.
Viéndolo los fariseos, le dijeron: He aquí tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo.
Pero él les dijo: ¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y los que con él estaban tuvieron hambre;
cómo entró en la casa de Dios, y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que con él estaban, sino solamente a los sacerdotes?
¿O no habéis leído en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo, y son sin culpa?
Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí.
Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes;
porque el Hijo del Hombre es Señor del día de reposo.».
 

Los discípulos de Jesús estaban hambrientos por el camino, y por eso arrancaron espigas y se las comieron en sábado. Viendo esto, los fariseos denunciaron a Jesús y a Sus discípulos. Su acusación fue que Jesús y sus discípulos habían roto la ley del sábado. Pero el Señor les dijo: «¿ No habéis leído lo que hizo David, cuando él y los que con él estaban tuvieron hambre;
cómo entró en la casa de Dios, y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que con él estaban, sino solamente a los sacerdotes?
¿O no habéis leído en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo, y son sin culpa?
Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí.
Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes».
Los fariseos necesitaban escuchar la reprimenda del Señor y tenían que cambiar su fe según lo que Él les dijo. El Señor les dijo: «Y si supieseis qué significa «Misericordia quiero, y no sacrificio», no condenaríais a los inocentes». Lo que nuestro Señor dijo es que desea que busquemos la misericordia de Dios y la verdadera fe, en vez de desear rituales religiosos.
Para los judíos, el sábado era una fiesta religiosa muy importante. Del mismo modo en que los cristianos celebran el día del Señor, los judíos guardaban el sábado desde la salida del sol el viernes hasta la puesta del sol del sábado. Guardar ese día era muy importante para ellos, porque eso significaba obedecer la voluntad de Dios y Sus mandamientos. Así que pensaron que Jesús y Sus discípulos estaban tomándose el sábado a la ligera, lo que ellos consideraban tan importante, y les acusaron de hacer una cosa ilícita. Pero el Señor dijo: «Misericordia quiero, y no sacrificio». Dijo: «Si hubierais conocido Mi voluntad, no hubierais denunciado a Mi discípulos».
Por muy importante que el sábado sea para los judíos, ¿cómo podía ser un gran pecado para los discípulos de Jesús arrancar espigas y comérselas para matar el hambre? Aunque las leyes sobre el sábado eran estrictas, ¿por qué habría de estar mal que alguien trabajara para no morir en sábado? Todos lo consideraríamos correcto, porque si lo vemos desde la perspectiva de Dios, Su misericordia es mayor que Su Ley. ¿No es así?
Cuando David huía y se escondía del rey Saúl, hubo una vez en que sintió tanta hambre que se comió los panes de la proposición en el Tabernáculo, de los que sólo se permitía comer a los sacerdotes. Los sacerdotes que servían en el Tabernáculo por aquel entonces dieron el pan de la proposición a David. Por eso, los fariseos deberían haber sabido que en el dominio de Dios, Su misericordia prevalece sobre los mandamientos de la Ley. No deberían haber olvidado que los sacerdotes trabajaban por la remisión de los pecados incluso en sábado. Deberían haber sabido que si los sacerdotes trabajaban en el Tabernáculo en sábado, esto no significa que lo profanaran. Jesús dijo a sus acusadores que aunque los sacerdotes no guardaban el sábado en el Tabernáculo, no tenían culpa. Por eso, Jesús discutió cómo podrían condenar a Sus discípulos como pecadores por arrancar espigas y comérselas en sábado. No tenían derecho a hacerlo. La voluntad de nuestro Señor es conferirnos la bendición de la misericordia de Dios. No es un sacrificio lo que el Señor quiere de nosotros.
Por supuesto, que el Señor no desee sacrificio no significa que no quiera que le adoremos. En la edad del Antiguo Testamento, ofrecer sacrificios era apropiado, pero en esta época del Nuevo Testamento, nuestro Señor nos dice: «En vez de perseguir los rituales religiosos y los mandamientos, debéis creer en el Evangelio del agua y el Espíritu para presentaros ante Mí. Os he salvado de todos vuestros pecados con Mi misericordia a través de este Evangelio». La fe que el Señor quiere de nosotros es la que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu que Él nos dio, y ser, por tanto, librados de nuestros pecados y recibir vida eterna.
Nuestros Señor nunca ha querido una fe basada en la Ley, porque desea darnos el amor misericordioso de Dios. Debemos entender correctamente el significado y el objetivo que hay detrás de lo que nuestro Señor dijo, que no desea sacrificio sino misericordia, y creer en Su Palabra correctamente. Lo que el Señor nos está diciendo es que le complace más la fe que desea el Evangelio del agua y el Espíritu, el Evangelio de misericordia que Dios nos dio, que cualquier adoración emanada de necesidades religiosas, ritualistas o dogmáticas. Nuestro Señor no quiere que ofrezcamos sacrificios ritualistas o religiosos, sino que quiere que recibamos la remisión de nuestros pecados al escuchar y creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, y esto es lo que más complace a nuestro Señor. Por tanto, al creer en este Evangelio del agua y el Espíritu, debemos recibir la remisión de nuestros pecados, convertirnos en justos, y vivir la fe que glorifica a Dios.
Lo esencial de la voluntad de Dios hacia nosotros es darnos la salvación a través del Evangelio del agua y el Espíritu. El Señor no quiere nada de nosotros, sino que quiere darnos Su gracia. Lo que el Señor nos dijo no es una fe legalista, sino la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu; Él se complace más con la fe que cree en esta Verdad del Evangelio; y además esta es la voluntad fundamental de Dios. Nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, la Verdad de la salvación que nos ha dado el Señor, es lo que Él quiere de nosotros y lo que le complace más que el que guardemos el Día del Señor. Esto significa que debemos aceptar el amor de Dios con buena voluntad, creer en él más y dar más gracias. La voluntad del Señor no es que deseemos la fe legalista, sino que tengamos la fe en el gran amor que Dios nos ha dado. Debemos darnos cuenta de que a nuestro Señor le complace esta fe.
El propósito de nuestras vidas de fe no puede ser el guardar la Ley de Dios. A nuestro Señor le complace que demos más importancia a creer en el Evangelio del agua y el Espíritu a través del que ha limpiado todos nuestros pecados. En otras palabras, el Señor está mucho más interesado en ver que todos recibamos la remisión de los pecados, y que todos nos convertimos en hijos de Dios. Dicho de otra manera, el Señor nos dice que creamos en el amor y la misericordia de Dios que han borrado nuestros pecados a través de la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. Él nos dice que esta fe es la fe bendita que cree en el verdadero amor misericordioso de Dios. Esta es la fe que complace a Dios. El Señor quiere darnos su gran amor y misericordia, y quiere que tengamos la fe que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu, la fe que nos quita todos los pecados y nos da la vida eterna a todos y cada uno de nosotros.
 

¿Le complacería al Señor que todos guardásemos el Día del Señor fielmente?

No. Si hubiésemos sido capaces de guardar la Ley de Dios perfectamente tan sólo por un día, el Señor lo hubiera dicho. Pero nosotros no somos así; ninguno de nosotros podría hacerlo. ¿Podemos confiar en que seríamos capaces de guardar la Ley de Dios fielmente? Ninguno de nosotros tiene esta confianza.
¿Cuál es el verdadero propósito de la Ley? ¿Nos dio la Ley para que la guardásemos fielmente? ¿O nos la dio para que a través de Su Palabra de la Ley reconociéramos nuestros pecados y nos diéramos cuenta de que somos grandes pecadores, y al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que nos salva de todos nuestros pecados, fuéramos salvados de todos nuestros pecados? ¿Qué les han enseñado?
Básicamente, no somos más que una masa de pecados que nació con todos los ingredientes del pecado a través de nuestros padres carnales, y que cometen constantemente pecados personales (Marcos 7, 21-23). Dios nos dio Su Ley a través de Moisés para que reconociésemos nuestros pecados (Romanos 3, 21-23), y al hacerlo nos ha llevado hasta Jesucristo (Gálatas 3, 24).
En resumen, el propósito por el que Dios nos dio la Ley es que creamos en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, la verdadera manifestación de la misericordia de Dios, y por tanto que recibamos la remisión de nuestros pecados en nuestros corazones. Para llevarnos hasta el Evangelio del agua y el Espíritu es el propósito de la Ley. Nuestro Señor se apiadó tanto de nosotros que vino a la tierra, borró nuestros pecados, fue bautizado por Juan el Bautista, derramó Su sangre en la Cruz y así cumplió con toda justicia. Al darnos la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu en esta era, el Señor ha lavado todos nuestros pecados de una vez por todas. A Dios le complacen los que han recibido la remisión de sus pecados a través de la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu.
 

Nuestro Señor dijo que desea misericordia y no sacrificio

Jesús dijo: «Misericordia quiero, y no sacrificio». Debemos entender este pasaje correctamente y creer en él según la verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. ¿Tenemos esta fe en el Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos ha dado? Debemos creer en el verdadero Evangelio, y debemos amarle sinceramente desde el fondo de nuestro corazón. Debemos darnos cuenta de que «el Señor ha borrado todos nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu» y darle gracias por ello. Y debemos creer en esto por siempre.
Todos nosotros somos gente que nunca podría guardar la Ley de Dios por mucho que quisiéramos. Así que siempre somos insuficientes ante Dios, pero para gente como nosotros, el Señor nos ha dado la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, y nos ha vestido de Su gran amor y misericordia. Dicho esto, ¿cómo podemos insistir en aferrarnos a la fe legalista? Si meditamos constantemente sobre el Evangelio del agua y el Espíritu, debemos dar gracias al Señor cada vez más. Nuestra fe debería regocijarse en el Evangelio del agua y el Espíritu. El que el Señor nos haya librado de nuestros pecados se debe al gran amor y misericordia de Dios. Al decir: «Misericordia quiero,y no sacrificio», el Señor nos dice que a Dios le complacen los que tienen una fe fuerte en el Evangelio del agua y el Espíritu, pero no admite a los que persiguen el legalismo. Ahora, al haber sido salvados de todos nuestros pecados gracias al amor misericordioso de nuestro Señor, estamos profundamente agradecidos desde el fondo de nuestros corazones. Por eso nosotros, los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, estamos tan contentos por servir a este Evangelio.
¿Significa esto que Jesús nos dijo que no guardásemos la Ley de Dios? Para nada. En cambio, esto significa que Jesús nos dijo que creyésemos en el Evangelio del agua y el Espíritu. Cuando caímos en pecado y no podíamos evitar estar destinados al infierno, nuestro Señor se apiadó de nosotros y cargó con nuestros pecados al ser bautizado por Juan, derramó Su sangre en la Cruz, y así nos ha salvado de nuestros pecados. Por eso ustedes y yo necesitamos la fe que reconoce el gran amor misericordioso de Dios y dar gracias por la misericordia de Dios. Tener esta fe complace a Dios.
Sin embargo, la fe de mucha gente es como la fe los fariseos, que no creen en Jesús como el Hijo de Dios, ni como el Salvador que vino por el Evangelio del agua y el Espíritu. Así, como los fariseos que estaban armados sólo con el legalismo, se levantan contra los que creen en la misericordia de Dios, y viven su fe sin darse cuenta de que su carne tiene defectos. Tampoco saben lo que Jesús realmente quiere de ellos, sino que creen que todo lo que deben hacer es guardar la Ley de Dios literalmente, ignorando el hecho de que viven su fe completamente en vano.
Pero Jesús no dijo que todo saldría bien sólo si todo el mundo guardase los Diez Mandamientos, como guardar el sábado y honrar a tu padre y a tu madre y los 613 estatutos de la Ley. Sin embargo, al darnos la Ley, nuestro señor nos ha permitido reconocer nuestros pecados como resultado de nuestra naturaleza pecaminosa. Y para limpiar los pecados de todos de una vez, el Señor nos ha dado el Evangelio del agua y el Espíritu, y nos ha revestido del gran amor misericordioso de Dios, porque a Sus ojos, nadie podría guardar Su Ley, ni nadie ha sido capaz de conseguirlo.
Por tanto, todos nosotros debemos darnos cuenta y creer que Dios quiso darnos Su gran amor misericordioso, y al hacerlo, nos ha salvado. En otras palabras, el Señor quiso que fuéramos salvados de todos nuestros pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Así es como los que creen en el amor del Evangelio del agua y el Espíritu se han convertido en los que creen en el gran amor misericordioso de Dios. Y nuestro señor ha aceptado a todos los que tienen esta fe en Su amor y los ha hecho hijos de Dios. Los que vienen a Dios con esta fe complacen a nuestro Señor, y Él ha hecho Su pueblo a esta gente que tiene esta fe.
Para darnos la salvación, nuestro Señor nos ha dado el Evangelio del agua y el Espíritu. Doy gracias al Señor por Su poder: Él nos ha salvado de todos nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu, y nos ha permitido servir a nuestro Dios Santo. Nos ha hecho difundir este Evangelio por todo el mundo. Por tanto debemos recordar este bello Evangelio que nos permite venir a Dios, adorarle, darle alabanzas y glorificarle con alegría y un corazón puro.
 

No podemos presentarnos ante Dios solamente con nuestras acciones

Si alguno de nosotros tuviera que presentarse ante Dios solamente con sus acciones, no sería más que un hipócrita como los fariseos, convirtiéndose en un pecador que perecería al final. Debemos presentarnos ante Dios con nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, y con la confianza de que nos ha dado la remisión eterna de los pecados. Al creer en el gran amor misericordioso de Dios, debemos aceptar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu en nuestros corazones, y al creerlo, debemos amar a Dios eternamente.
Debemos alegrarnos de creer en la salvación de los pecados que Dios nos ha traído. No debemos alegrarnos por guardar la Ley de Dios. Debemos recordar que no podemos guardar la Ley de Dios, y que debemos aferrarnos a la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu como el Evangelio de nuestra salvación.
Deben darse cuenta de que hay muchos legalistas como los fariseos en la cristiandad actual. Algunos cristianos, incluso después de creer en Jesús, intentan establecer su propia rectitud practicando una fe legalista, y están orgullosos de ello, como los fariseos. Pero la fe que el Señor quiere de todos nosotros no es esta. Él se complace cuando nos presentamos ante Dios creyendo en el gran amor misericordioso que el Señor nos ha dado a través del Evangelio del agua y el Espíritu.
Todo lo que nuestro Dios quiere de nosotros es que aceptemos Su misericordia creyendo en el Evangelio del agua y el Espíritu, que recibamos la remisión de nuestros pecados a través de este Evangelio y que le alabemos y glorifiquemos por el amor que nos ha dado. Todos debemos recordar esta Verdad y creer en ella.
La Justicia y el amor de Dios revelados en el Evangelio del agua y el Espíritu es la misericordia que Él nos ha dado. Teniendo en cuenta esto, ¿está el Señor más contento cuando guardan la Ley que cuando creen en Su Verdad? Por supuesto que no. Debemos entender la misericordia de Dios correctamente, y al creer en Él, debemos complacer a nuestro Señor. Debemos discernir que fe complace a Dios: la fe legalista o la fe que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu. Tener fe legalista o creer en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, ¿cuál de estas dos es creer en la misericordia de Dios?
Dios nos dice que creer en el Evangelio del agua y el Espíritu es creer en Su misericordia. Se complace con los que creen en Su misericordia. Como la misericordia de Dios está plasmada en el Evangelio del agua y el Espíritu, cuando creemos en esta Verdad del Evangelio, tenemos fe en la misericordia del Señor.
Todo cristiano en este mundo debe entender el pasaje de las Escrituras de hoy y creer en él correctamente. Toda confesión persigue sus objetivos y fe particulares, pero la misericordia de Dios es algo en lo que todos debemos creer. Los seguidores del pentecostalismo buscan las señales y los milagros que se manifestaban en los comienzos de la Iglesia, pero todo esto sería en vano, si no fuera por su fe en la misericordia de Dios. Esta fe se marchita tan pronto como las emociones cesan. Por eso Dios pide una fe espiritual, no una fe humanística que esté basada en nuestros pensamientos carnales y emociones. Él nos dice que en vez de estar atraídos por la fe carnal, debemos dedicarnos a creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, que es la expresión de Su misericordia. Deben darse cuenta de qué tipo de fe nos pide nuestro Señor, y deben saber cómo creer en Su misericordia. Debemos creer en el amor misericordioso que el Señor nos ha dado, darnos cuenta de que a Dios le complace que tengamos esta fe y creer en Su justicia con nuestros corazones.
Por tanto, debemos guardar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu en nuestros corazones. El Señor dijo que el sábado era Su día, y que Él es su Señor. Al darnos la remisión de los pecados, el Señor nos ha dado descanso. Mediante el poder del Evangelio del agua y el Espíritu el Señor nos ha dado completo descanso. Nuestro Señor ha dado descanso a Sus creyentes, porque ha borrado todos nuestros pecados al venir al mundo, tomar los pecados del mundo sobre sí mismo de una vez al ser bautizado por Juan el Bautista, morir en la Cruz, levantarse de entre los muertos y lavar todos nuestros pecados al pagar el precio de todos ellos. Mediante nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu podemos recibir tranquilidad en nuestros espíritus.
Todos nosotros debemos dedicarnos no a lo que nuestras confesiones buscan, sino a la fe que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu, el Evangelio de Dios. Deben creer en esta Verdad del Evangelio de todo corazón, porque la fe es siempre personal.
No debemos ignorar la Ley de Dios sólo porque el Señor haya dicho que no quiere sacrificio, porque la Ley de Dios es también la Palabra que el habló. Aunque la Ley en sí misma no pueda ser el objeto de nuestra fe, es la medida de Dios que nos permite saber lo que está bien y lo que está mal. Por tanto, debemos reconocer nuestros pecados ante Su Ley, y recordar la remisión de todos nuestros pecados para seguir reconociendo la misericordia de Dios que se plasma en el Evangelio del agua y el Espíritu. Así, cuando reconocemos que no podemos guardar completamente la Ley, y cuando creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, podemos ser salvados de nuestros pecados.
Todos estábamos destinados al infierno por nuestros pecados, y aún así el Señor se apiadó de nosotros y nos salvó de nuestros pecados mediante el poder del Evangelio del agua y el Espíritu. Al venir a este mundo, ser bautizado, morir en la Cruz, y levantarse de entre los muertos, el Señor ha limpiado todos nuestros pecados y nos ha librado de ellos. Por tanto, al creer en el amor del Evangelio del agua y el Espíritu, la misericordia de nuestro Señor, podemos presentarnos ante Dios.
 Si todavía tienen pecado en sus corazones, deben confesarlos y admitir su fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, diciendo: «Señor, soy un gran pecador destinado al infierno. Pero creo en que Tú quieres darme Tu misericordia con Tu amor. Al darme el Evangelio del agua y el Espíritu, me has perdonado todos mis pecados y yo deseo Tu misericordia». Esta es la única manera de recibir la misericordia de Dios y de vivir una vida bendita por la fe.
Nuestro Señor se ha convertido en nuestra propiciación al venir al mundo encarnado en un hombre, al tomar nuestros pecados en Su bautismo, morir en la Cruz, y levantarse de entre los muertos, salvándonos así de nuestros pecados. Este el verdadero amor misericordioso que nuestro Señor nos ha dado. Mediante este amor misericordioso, el Señor nos ha dejado sin pecado. Al ser bautizado por Juan el Bautista y derramar Su sangre, el Señor nos ha salvado de todas las maldiciones de Su Ley y de nuestra destrucción. Debemos desear el amor misericordioso de Dios creyendo en el Evangelio del agua y el Espíritu. El Señor quiere darnos Su amor misericordioso y salvarnos de nuestros pecados, y sólo cuando creemos en este amor de todo corazón podemos estar unidos a Él.
Deseo sinceramente que todos ustedes conozcan la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu y crean en ella de todo corazón. El Señor nos dijo: «Misericordia quiero y no sacrificio». ¿Entienden ahora lo que quiso decir con esto?, y ¿creen en ello? Deben saber y creer. Dios quiso darnos Su amor misericordioso plasmado en el Evangelio del agua y el Espíritu. Al darnos la fe que nos salva de nuestros pecados, y al hacernos creer en la justicia eterna de Dios, nuestro Señor nos ha convertido en hijos de Dios. Dios quiso que prosperásemos en todo y que tuviésemos salud, del mismo modo en que nuestras almas prosperan (3 Juan 1, 2). Cuando creen que el Señor les ha salvado de todos nuestros pecados con el poder del Evangelio del agua y el Espíritu, pueden ser salvados. Y al hacerlo, podemos convertirnos en los que tienen la fe verdadera ante Dios.
¿En qué tipo de evangelio creen? La mayoría de cristianos no se dan cuenta de que el evangelio que ellos poseen es diferente del Evangelio del agua y el Espíritu. Por tanto, nunca podrán averiguar qué es la misericordia de Dios.
¿Qué creen que es el amor misericordioso de Dios? Que Dios nos haya dado Su amor misericordioso significa lo siguiente: Según la Ley de Dios, todos debemos ir al infierno por nuestros pecados y sufrir por siempre en el fuego eterno, pero a pesar de ello, Dios se apiadó de nosotros a través del Evangelio del agua y el Espíritu que nos ha revestido de Su salvación misericordiosa, que es mejor que el castigo por nuestros pecados. Este es el amor misericordioso de Dios. No hemos sido salvados de nuestros pecados gracias a nuestros propios méritos, sino gracias a que Dios nos ha revestido de Su salvación misericordiosa ilimitada. Dios nos ha revestido de su verdadera salvación a través del Evangelio del agua y el Espíritu, porque se apiadó de nosotros. Creer en esta Verdad es tener la fe que nos permite recibir el amor misericordioso de Dios. Creer en esta misericordia de Dios sólo es posible cuando tenemos fe en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu. Y creer en este poder del Evangelio del agua y el Espíritu es creer en la verdadera misericordia de Dios. Sin embargo hoy en día hay mucha gente que no tiene esta fe. Hay demasiados cristianos que no entienden el pasaje de las Escrituras de hoy, incluso después de haberlo leído, y siguen ensimismados en su fe legalista.
 

A no ser que la gente crea en el poder del agua y el Espíritu no podrán reconocer el amor misericordioso de Dios y la verdadera remisión de los pecados

A no ser que conozcamos el poder de este Evangelio del agua y el Espíritu, no podemos conocer el amor misericordioso de Dios. A no ser que creamos en el amor misericordioso de Dios y confiemos en él, nuestros pecados no podrán ser borrados. Sin embargo vemos que muchos cristianos de hoy en día corren hacia Jesucristo sólo para satisfacer sus deseos carnales. Vemos que se están convirtiendo en peores pecadores ante Dios cada día que pasa. Y vemos que sus corazones nunca han sido completamente lavados, ni siquiera por un solo día; y que al venir al Señor mientras todavía son pecadores con sus corazones impuros, están haciendo daño al corazón del Señor. Por tanto debemos creer primero en el Evangelio del agua y el Espíritu y no debemos nunca olvidar la misericordia de Dios plasmada en este verdadero Evangelio, ni por un segundo.
Deseo que todo el mundo entienda correctamente el pasaje de las Escrituras de hoy, lo que Jesús quiso decir cuando dijo: «Misericordia quiero, y no sacrificio». Lo que les quiero decir es que para entender esta verdad correctamente, deben creer en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.
Debemos presentarnos ante Dios creyendo en Su amor misericordioso. Como somos insuficientes, debemos presentarnos ante Dios con nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, el amor misericordioso que Él nos ha dado, y debemos alabarle, darle gracias y servirle. Por tanto debemos darnos cuenta que al creer en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu tenemos que presentarnos ante Dios.
«Y conoceréis la verdad, y la verdad os hara libres» (Juan 8, 32). El Señor no ha borrado nuestros pecados porque nos lo hayamos ganado nosotros mismos. Sólo porque hemos aceptado el Evangelio del agua y el Espíritu que Dios nos ha dado en nuestros corazones, nos hemos convertido en Sus hijos por la fe en Sus obras. No debemos engañarnos fingiendo ser justos por guardar la Ley fielmente. No confiamos en nuestra carne (Filipenses 3, 3). No debemos confiar en nuestra carne o presentar nuestra propia rectitud ante Dios. Sin embargo los que no han nacido de nuevo presentan su rectitud ante Dios siempre.
Permítanme ilustrar esto con una historia. Había un hombre en un país africano. Este hombre era cristiano. Su mujer se quedó embarazada, pero su alegría duró poco porque le dijeron que había algunas complicaciones en el embarazo de su mujer y que tanto su mujer como su bebé podrían morir. De modo que cuando el médico empezó a operar, él se sentó junto a su esposa y rezó a Dios: «Dios, si salvas a mi mujer, me flagelaré cada año del mismo modo en que el Señor fue flagelado de camino a Gólgota». Así que prometió hacerlo durante 20 años. Hizo un voto ante Dios para que salvara a su mujer y a su hija.
Milagrosamente su mujer y su hija sobrevivieron. La mujer dio a luz sin complicaciones. Así que como prometió, cada año para Semana Santa, se quitaba su camisa y flagelaba su espalda con un látigo con trozos de metal afilados. Cada vez que se azotaba, volaban trozos de carne por todas partes y salía sangre, y hacía esto hasta que llegaba a un lugar conmemorativo del sufrimiento del Señor. Había prometido hacer esto durante 20 años, pero un año le resultó demasiado difícil de soportar porque sangraba mucho y el dolor era muy grande, y así abandonó a mitad de camino y volvió a casa, sin ser capaz de cumplir su promesa.
Entonces le dijo a Dios que como no había podido cumplir su voto, le gustaría compensarlo siendo crucificado como Jesús en Semana Santa del año siguiente. Y cuando llegó la siguiente Semana Santa, se crucificó con clavos, aunque no eran demasiado gruesos, y soportó el sufrimiento, cumpliendo su promesa. Creía que su mujer y su hija estaban a salvo por lo que había hecho, y que si podía cumplir su voto un par de veces más, habría cumplido la promesa hecha a Dios.
Esta fe es la que no cree en la misericordia de Dios. La gente que tiene esta fe intenta hacer un trato con Dios, diciendo: «Dios, si haces esto por mí, haré aquello por Ti». Esta fe es errónea. ¿Le complace a Dios esta fe? No, por supuesto que no. ¿Le complace a Dios algo que hacemos por Él? Tampoco. ¿Le complace entonces la fe de los que creen que han sido librados de sus pecados por sí mismos o por algo que hacemos por Él? A Dios le complace más que creamos que Él nos ha librado de todos nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu, que cualquier cosa que hagamos por Él. En otras palabras, a Dios le complace que aceptemos Su misericordia con gratitud y con la fe que cree en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu.
Por supuesto, nuestras buenas acciones le complacen a Dios más que si no las hiciéramos. Pero debemos creer que a Dios le complace la fe que desea el amor misericordioso del Señor creyendo en el Evangelio de la salvación. Intentar hacer algo por nuestra cuenta sin creer en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu es arrogancia y orgullo.
Debemos creer en la misericordia de Dios plasmada en el Evangelio del agua y el Espíritu, confiar en ella y alabar a Dios por dárnosla. Aunque hayamos recibido la remisión de nuestros pecados, debemos vivir nuestra fe en la misericordia de Dios, la fe que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Nuestro Señor dijo que le complacía más nuestra fe en la misericordia de la salvación que nos ha dado que guardar la Ley. Para explicarles esto les dijo a los fariseos que habían criticado a Sus discípulos por no guardar el sábado: «No se complace a Dios guardando la Ley, sino creyendo en el amor misericordioso que Dios os ha dado». Debemos entender lo que nuestro Señor dijo en Mateo 12, 1-8, que quiere misericordia de nosotros y no nuestras emociones o rituales religiosos. Debemos vivir en la Verdad del Evangelio y creer en ella. Pero los practicantes de la religión que son como los fariseos dan más importancia a la Ley de Dios en sus enseñanzas.
La Biblia no es como cualquier otro libro, y por eso no puede entenderse a no ser que el Espíritu de Dios esté en nuestros corazones. Hay gente que lee la Biblia cientos de veces y la memorizan, pero pocos entienden su significado y tienen fe en Su Palabra. Aunque sean buenos memorizando los pasajes de las Escrituras, no tienen ni idea de lo que estos pasajes dicen, e ignoran la verdadera fe que Dios aprueba. Pero si creen en el verdadero Evangelio del agua y el Espíritu, todos ustedes podrán entender perfectamente cada pasaje de la Biblia.
Mis queridos hermanos, recordemos la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos ha dado y tengamos fe en Su misericordia infinita plasmada en este Evangelio precioso. Al difundir el bello Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo, debemos enseñar a todo el mundo la misericordia de Dios.
¡Aleluya! Alabo a Dios que nos ha dado Su misericordia infinita a través del Evangelio del agua y el Espíritu.