The New Life Mission

Sermones

Tema 13: Evangelio de Mateo

[Capítulo 14-1] < Mateo 14, 1-12 > Los labios de los sacerdotes espirituales deben tener el conocimiento de la Verdad

< Mateo 14, 1-12 >
«En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús, y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. Porque Herodes había prendido a Juan, y le había encadenado y metido en la cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo; porque tenían a Juan por profeta. Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes, por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista. Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen, y ordenó decapitar a Juan en la cárcel. Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha; y ella la presentó a su madre. Entonces llegaron sus discípulos, y tomaron el cuerpo y lo enterraron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús».
 

El pasaje de las Escrituras que hemos leído hoy, describe la muerte de Juan el Bautista. Cuando el Imperio Romano gobernaba sobre Israel, que era una colonia, puso al rey Herodes como tetrarca. Fue Herodes quien asesinó a Juan el Bautista, ya que este había condenado los pecados del rey. Herodes tenía un hermano llamado Felipe, que estaba casado con Herodías. Cuando Herodes tomó a la esposa de su hermano y vivió con ella, Juan el Bautista le reprendió duramente por este pecado. A Herodes no le gustó esto, y quiso matar a Juan el Bautista inmediatamente, pero no lo pudo hacer. En aquel entonces, la gente consideraba a Juan el Bautista como uno de los profetas del Antiguo Testamento, y por eso no fue fácil para Herodes matarlo. Así que lo encarceló.
Un día, durante una celebración, la hija de Herodías, que era sobrina de Herodes, bailó tan bien que todo el mundo se quedó maravillado. Su baile fue espectacular. Herodes se quedó tan contento con este baile, que le juró a su sobrina que le daría lo que ella le pidiera. Entonces, influenciada por su madre, la sobrina pidió la cabeza de Juan el Bautista. Herodes no sabía qué hacer, pero como no podía negarse a cumplir su promesa, ordenó a sus soldados que decapitaran a Juan el Bautista.
Como Juan el Bautista había reprendido a Herodes por sus pecados, fue asesinado por este y su esposa. De la misma manera, muchos siervos de Dios en la Biblia fueron asesinados por proclamar lo que era justo.
 

¿Quién era Juan el Bautista?
 
Juan el Bautista era el último profeta y sacerdote del Antiguo Testamento, enviado por Dios. Era un descendiente legítimo de Aarón. Nuestro Señor dijo que el Reino de los Cielos sufre violencia desde los días de Juan el Bautista (Mateo 11, 11). Juan el Bautista era un siervo de Dios que, al cumplir su función como Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento, bautizó a Jesucristo y dio testimonio de Él como Cordero de Dios.
Juan el Bautista también reprendió a la gente común por sus pecados, diciendo: «Arrepentíos, obradores de iniquidad». Gracias a esto, muchas personas que habían escuchado esta advertencia, volvieron a Dios. El pueblo de Israel escuchó las palabras de Juan y muchas personas volvieron a Dios.
Los siervos de Dios consideran a los reyes y a los plebeyos como iguales, y les reprenden por igual. Juan el Bautista no dejó pasar el pecado del rey Herodes, y así indicó que era un gran siervo de Dios. Como Juan el Bautista era siervo de Dios, tuvo el valor de reprender los pecados del rey. En el Antiguo Testamento, todos los siervos de Dios eran así.
¿Y en la actualidad? ¿Están los siervos de Dios condenando los pecados de la congregación y predicando el Evangelio del agua y el Espíritu? No, porque intentan complacer a sus congregaciones y evitar el conflicto a toda costa, y por tanto no señalan los pecados de sus miembros, ni predican el Evangelio del agua y el Espíritu. Los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, primero deben señalar los pecados de la gente y testificar la Verdad de salvación que hace posible que nazcan de nuevo.
Juan el Bautista era una persona que vino antes que Jesucristo para preparar el camino de Su salvación y su ministerio fue muy importante. Como reprendió duramente al rey por sus pecados, podemos deducir que no tuvo ningún problema en condenar también los pecados de la gente común. Al hacer esto, hizo que muchas personas se volviesen a Dios. En otras palabras, la gente se dio cuenta de sus pecados cuando él señaló sus pecados.
Si los siervos de Dios no condenan nuestros pecados, no podemos darnos cuenta de que somos pecadores. Todo el mundo comete pecados todos los días, como algo normal, pero la mayoría no sabe que esa fuente de pecado está latente en sus corazones. No saben lo qué es el pecado, ni saben lo serio que es, porque no tienen el conocimiento adecuado. Por eso muchos cristianos creen en Jesús como una religión del mundo, sin darse cuenta de que están destinados al infierno.
Así que, a no ser que los siervos de Dios señalen los pecados de la gente con el Evangelio del agua y el Espíritu, ¿cómo pueden darse cuenta de la gravedad de sus pecados? La gente es pecadora y no conoce a Dios, ni la condenación que les espera. Cuando los siervos de Dios se les acercan y les enseñan sus pecados, por fin se dan cuenta de ellos, y vuelven a Dios creyendo en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Nosotros, los que creemos en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, somos los sacerdotes reales del Reino de los Cielos. Como sacerdotes espirituales, debemos llevar a cabo dos tareas: permitir que los pecadores se den cuenta de sus pecados al demostrar sus pecados e iniquidades, y hacerles volver a Dios para ser salvados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.
La gente que vive en esta era no tiene ningún interés en la Palabra de Dios, y por eso debemos enseñarles sus pecados. Hay demasiada gente que no se da cuenta de la gravedad de esos pecados, aunque peque constantemente. Incluso entre los líderes espirituales, hay muchos estafadores que explotan a sus congregaciones. Por eso el Apóstol Pablo avisó a los verdaderos creyentes de su época que tenían que estar alerta de los falsos ministros: «Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal» (Filipenses 3, 18-19).
Los líderes religiosos han convertido a mucha gente en practicante de la religión, y por eso la está llevando a la destrucción. Les dicen a sus congregaciones que deben ser fieles a sus emociones, y llenan sus corazones de emociones fervientes con una selección de historias tristes o canciones cargadas de emoción. Por eso, es natural que los cristianos que no entienden a Jesús correctamente, pongan demasiada importancia en sus emociones.
Por otro lado, estos líderes religiosos están constantemente creando nuevos programas para complacer a sus congregaciones. Saben cómo satisfacer las demandas carnales de sus congregaciones. La gente intenta disfrutar de todos los placeres de la vida mientras pueda, como si supiera que les espera un fin fatal. Saben que van a sufrir, y por eso intentan disfrutar de toda ocasión que se les presenta. Por eso su futuro es oscuro. En resumen, en el cristianismo secularizado, la ley de la oferta y la demanda se está aplicando, y por eso la vida religiosa es una condición de bienestar carnal.
La gente dice que Juan el Bautista fue un fracaso, porque fue decapitado, pero esto no es cierto. Juan el Bautista era un siervo de Dios especial que cumplió todas sus funciones en este mundo. Juan el Bautista vivió en este mundo durante 30 años, y gritó en el desierto: «Arrepentíos, raza de víboras», y además reprendió al rey. Así que, aunque Juan el Bautista fue amado, también fue odiado. Nosotros tampoco podemos evitar reprender a los líderes cristianos que están llevando a sus seguidores por el mal camino. En realidad, ellos no reconocen la Palabra de Dios ni Su Ley. Solo intentan evitar que sus seguidores escuchen la Palabra de Dios, diciendo: «No debéis ir a ese tipo de iglesia donde la gente pone tanta importancia a la Palabra de Dios. Su fe solo es fanática». No podemos evitar reprenderles. Debemos reprender a los cristianos que han ido por el mal camino y dejar que nos odien, como odiaron a Juan el Bautista.
Entre las denominaciones cristianas, las que están afiliadas a la Iglesia Presbiteriana, le dan mucha importancia a la Ley de Dios, y piden a sus seguidores que vivan con apariencia piadosa. Pero como no conocen el Evangelio del agua y el Espíritu, y solo condenan los pecados, se quedan atrapados en estos pecados, lo que es un gran error.
 

¿Qué debemos hacer?
 
Los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu somos los siervos de Dios. Por tanto, debemos cumplir estas dos tareas: señalar los pecados de la gente y predicar el Evangelio del agua y el Espíritu. Debemos condenar los pecados de la gente y reprenderla, y como sacerdotes debemos ofrecer sacrificios por sus pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu. Se nos ha confiado esta obra tan maravillosa que lleva a la gente al Evangelio del agua y el Espíritu, pero no es fácil.
Cuando los siervos de Dios condenan los pecados de la gente, se dan cuenta de sus iniquidades y encuentran refugio en el Evangelio del agua y el Espíritu, que Jesucristo nos ha dado. Solo entonces, cuando los siervos de Dios condenan los pecados de la gente, puede recibir la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Si no la reciben, todo es en vano.
Por lo tanto, a través de diferentes medios, como mis libros, sermones, y artículos de la página Web, he condenado los pecados de la gente. Cuando predico el Evangelio del agua y el Espíritu, también condeno los pecados de la gente. No me importa a quién esté predicando, porque si esa persona necesita escuchar el Evangelio, le voy a decir que es pecadora y que irá al infierno por esos pecados.
Hace poco le prediqué el Evangelio a una enfermera, y ella dijo no haber pecado nunca. Hablamos durante un par de horas, y todo ese tiempo ella mantuvo que no tenía ningún pecado, y que nunca había incumplido la Ley, o la Palabra de Dios. Por mucho que le explicara los Diez Mandamientos, y cómo no cumplir uno solo ya es pecado, ella seguía insistiendo en que no tenía pecados. Así que me quedé muy frustrado.
«¿Está segura de que nunca ha pecado?».
«Sí, estoy segura».
Entonces le pregunté: «¿Nunca ha tenido pensamientos adúlteros al mirar a otro hombre con lujuria?».
Entonces se puso roja y confesó que sí lo había hecho. De hecho, todo el mundo es así, ¿cómo puede haber alguien que nunca peque si lo medimos con la Palabra de Dios?
Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la gente admite sus pecados ante Dios? Que Dios permite que esta gente escuche la Verdad sin falta. Entonces, al escuchar el Evangelio del agua y el Espíritu y creer en él, reciben la remisión de los pecados. La enfermera que decía que nunca había pecado, luego admitió ser pecadora, y al escuchar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, se quedó muy agradecida.
Antes de predicar el Evangelio del agua y el Espíritu, siempre condeno los pecados de la gente. No soy el único que hace esto, sino que todos los predicadores del Evangelio lo hacen. Esto se debe a que, cuando alguien recibe la remisión de los pecados al reconocer sus pecados, y al aceptar el Evangelio del agua y el Espíritu, esa persona recibe el Evangelio en su corazón. Cuando los pecados de una persona solo se mencionan de pasado, la remisión de los pecados no entra en su corazón.
Mis queridos hermanos, todos nosotros somos malvados ante Dios. ¿Cometen pecados de pensamiento como adulterio, celos, asesinato, robo, orgullo, y estupidez? ¿No es así?
La gente suele pensar que no tiene esos pecados. Por eso debemos ayudarles a ver sus pecados de manera concreta. Después debemos predicar el Evangelio del agua y el Espíritu.
Los nacidos de nuevo debemos predicar el Evangelio del agua y el Espíritu a los pecadores. Cuando predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu, debemos condenar los pecados primero, para que la persona se de cuenta de ellos. Después, predicar el Evangelio del agua y el Espíritu, es fácil. «Jesús cargó con todos sus pecados al ser bautizado, y después murió en la Cruz, se levantó de entre los muertos, y así nos ha salvado de todos nuestros pecados». Entonces debemos confirmar que esa persona tiene pecado: «¿Quitó Jesús todos los pecados del mundo o solo los tuyos? ¿Fue condenado por tus pecados o no? Si es cierto, ¿tienes pecados en tu corazón?». Debemos confirmar su fe de esta manera. 
Cuando compartimos con alguien e intentamos que reciba la remisión de los pecados, debemos acercarnos a esta persona con un corazón sincero. Los nacidos de nuevo somos los profetas de Dios y sus sacerdotes, y debemos decir lo que está bien y lo que está mal. Cuando ustedes y yo predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu a todo el mundo, debemos dar testimonio de los pecados de la gente, y entonces hablar del Evangelio del agua y el Espíritu.
 

Juan el Bautista era un siervo de Dios al que Dios envió para toda la humanidad
 
Juan el Bautista era un verdadero siervo de Dios. No es fácil criticar a un rey por sus pecados. Pero Juan el Bautista fue encarcelado por ser fiel a su tarea. Aunque fue encarcelado y estuvo cerca de la muerte durante mucho tiempo, siguió condenando los pecados del rey. Juan el Bautista sabía que iba a morir. Sabía muy bien que sería condenado a muerte si seguía criticando al rey. Pero aún así, siguió reprendiéndole. Siguió fiel a su tarea, porque era un verdadero siervo de Dios. Juan el Bautista lo tenía todo como representante de la humanidad, y estaba preparado para ser el mayor de los profetas del Antiguo Testamento. En otras palabras, Juan el Bautista es mayor que Abraham, Moisés, David, Isaías, Ezequiel o Daniel. Era un verdadero siervo de Dios.
Ustedes y yo debemos ser estrictos con nosotros mismos cuando la situación lo requiere. Como somos insuficientes, hay áreas de nuestras vidas en las que debemos protegernos, pero ante Dios en Su Palabra, debemos admitir que lo que está mal, está mal. Solo cuando nuestros corazones son honestos y puros ante Dios, podemos recibir la remisión de nuestros pecados por fe, al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Esta gente puede recibir al Espíritu Santo y convertirse en siervos de Dios, porque han recibido la remisión de los pecados.
Si no condenásemos los pecados de la gente y los ignorásemos, la remisión de los pecados no se conseguiría, porque la gente no conocería sus pecados. Si no admitimos nuestros pecados, no podremos recibir la remisión de los mismos, ni al Espíritu Santo, por mucho que digamos tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. En la Biblia, Marcos 7, 21-23 nos da una lista de varios pecados que no podemos cometer ante Dios. Debemos reconocernos como pecadores ante Dios, y admitir que cometemos pecados de pensamiento y de acción. La Biblia nos dice que el precio del pecado es la muerte y que nos espera la destrucción a todos los que hemos pecados, y que por tanto debemos admitir esos pecados y que estamos destinados a morir por ellos si no recibimos la remisión de los pecados. Entonces debemos creer que Jesús fue bautizado y murió en la Cruz para salvarnos del pecado. Si predicamos el Evangelio de otra manera, la gente no podrá recibir la salvación.
Reconocemos que Juan el Bautista fue el siervo de Dios más grande. Esto se debe a que, primero, Juan el Bautista bautizó a Jesús en obediencia a la misión que Dios Padre le había confiado. Además exaltó a Jesús diciendo: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29). Gracias a este testimonio, ahora podemos conocer la Verdad de cómo Jesús cargó con nuestros pecados mediante Su bautismo, y podemos ser salvados de todos nuestros pecados para siempre al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Como la luz del mundo, debemos cumplir la misma función que Juan el Bautista, y debemos cumplir la función de sacerdotes reales, que propagan el Evangelio del agua y el Espíritu.
Sin embargo, los siervos de Dios deben tener fe y sabiduría como está escrito en la Biblia: «He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas» (Mateo 10, 16). Los siervos de Dios deberían hablar del verdadero Evangelio claramente a los que aceptan a dios y admiten sus pecados. Si le preguntan a alguien que no conoce a Dios o Su Palabra sobre los pecados: «¿Tienen pecados en sus corazones?», no solo les odiarán, sino que les perseguirán. En otras palabras, los siervos de Dios deben ser astutos.
En este mundo hay muchos pobres de espíritu, que no encuentran satisfacción en las cosas del mundo, que lloran por sus pecados, y que están perdidos buscando la Verdad. Debemos condenar sus pecados con la Palabra de Dios y predicarles el Evangelio del agua y el Espíritu.
Somos los sacerdotes reales del Nuevo Testamento, que están proclamando el Evangelio del agua y el Espíritu en el mundo. Como el pecado está tan propagado en estos tiempos, es fácil descubrir los pecados de la gente. Está bien enseñarles lo que la Palabra de Dios dice acerca del pecado. Si predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu a quien admite ser pecador, entonces podrá recibir la remisión de los pecados. Como hemos predicado el Evangelio del agua y el Espíritu a la gente, muchas personas han recibido la remisión de los pecados y han vuelto a Dios.
La función del sacerdocio en el Antiguo Testamento consistía en ofrecer sacrificios según el sistema de sacrificios. Hacían que el pecador pusiera las manos sobre un animal para pasarle sus pecados, y después lo desangraban y ponían la sangre en los cuernos del altar de los holocaustos, y quemaban su carne como sacrificio. Al hacer esto, el sacerdote hacía que se cumpliera el amor de Dios. Así era como la gente recibía la remisión de los pecados por fe.
Nosotros somos los sacerdotes reales ante Dios. Los sacerdotes intervenían entre Dios y la gente, y pasaban los pecados de la gente al animal. No debemos olvidar que somos sacerdotes espirituales ante Dios y que debemos desempeñar nuestras funciones con sabiduría.
Ahora debemos enseñar a la gente si ha pecados contra Dios o no, enseñarle que quien tiene pecado no está salvado, y a quienes reconocen esto, debemos predicarles el Evangelio del agua y el Espíritu. Entonces creerán en el Evangelio del agua y el Espíritu y recibirán la remisión de los pecados. El trabajo principal de los sacerdotes espirituales es arar los campos de los corazones de la gente para plantar la Palabra de Vida. Diga lo que diga la gente, los labios de los sacerdotes espirituales deben tener siempre el conocimiento de la Palabra y dedicar todos sus esfuerzos a difundir el Evangelio del agua y el Espíritu.
No sabemos qué pasará mañana. Pero tenemos que unirnos con el Evangelio del agua y el Espíritu hasta el fin del mundo. Debemos darnos cuenta de que si tenemos pecados, seremos arrojados al infierno, y debemos tener una fe real como esta. Si hay pecado en sus corazones, deben darse cuenta de que serán borrados si creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, y en la Palabra de Dios. Debemos reconocer lo que Dios nos está diciendo: debemos tener sabiduría y conocimiento.
Creo que este mundo no va a durar mucho. En estos últimos tiempos, estoy decidido a predicar el Evangelio del agua y el Espíritu a todo el que pueda. Por eso quiero difundir este Evangelio con ustedes. Veo como gente de todo el mundo, a la que no conozco, pide nuestros libros, y mi corazón se convence cada vez más. Muchas personas por todo el mundo están recibiendo la remisión de los pecados. Estoy agradecido a Dios por eso.
Yo tengo mucho respeto por Juan el Bautista. Como representante de la humanidad, Juan el Bautista fue fiel a su misión hasta el final. Él es el mayor hombre nacido de mujer, y es último Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento. Hubo muchos sacerdotes delante de él, pero el que pasó los pecados a Jesús, como representante de la humanidad, no es otro que Juan el Bautista.
Por eso Jesús dijo en Mateo 11, 12: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan». Este pasaje implica que Jesús, a través de Juan el Bautista, aceptó todos los pecados de la humanidad con Su bautismo. Los violentos aquí se refieren a los que tienen una fe correcta para entrar en el Reino de los Cielos. Por tanto, todo el mundo debe recibir la remisión de los pecados y arrebatar el Cielo por la fuerza, al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Pero los que no creen, no podrán entrar en el Reino de los Cielos, sino que irán al fuego eterno del infierno.
Para ustedes y para mí, hay un objetivo en la vida, que es predicar el Evangelio del agua y el Espíritu juntos. Deseo vivir como un fiel siervo de Dios, como Juan el Bautista. Lo único que quiero hacer en esta vida es predicar el Evangelio del agua y el Espíritu. ¿Qué más se puede pedir en este mundo? Todos los nacidos de nuevo tienen el único deseo de predicar el Evangelio del agua y el Espíritu. Nuestra mayor aspiración es entrar en el Reino del Señor y vivir en Su gloria. Queremos ser recompensados en Su Reino por todo lo que hemos sufrido en el mundo. No queremos llorar más, ni ver más sufrimiento, sino que queremos disfrutar de la gloria y el esplendor para siempre. Como el Señor nos ha prometido que cumpliría todo esto por nosotros, debemos creer en esta promesa.
Considero que es muy importante cumplir nuestras promesas, aunque las hayamos hecho con otro ser humano. Hay muchas personas en este mundo a las que no les importan las promesas y se toman la confianza a la ligera, pero cumplir una promesa, pase lo que pase, es noble. ¿Qué ocurre con las promesas de Dios? ¿Acaso no debemos respetarlas más que ninguna, ya que Él siempre las cumple? Así que no considero que sea una pérdida de tiempo ofrecerle todo por Sus promesas. Para entrar en el Reino que nos ha prometido, debemos ser fieles a nuestra tarea de sacerdotes para ayudar a que la gente reciba la remisión de los pecados según la Palabra de Dios.
Quiero pedirles un favor, que juntos prediquemos el Evangelio del agua y el Espíritu hasta el fin del mundo. Les pido que oren por el Evangelio, que se perdonen los unos a los otros, porque todos somos insuficientes, que prediquen el Evangelio conmigo y disfruten de la gloria al final. Cumplamos con nuestro sacerdocio con fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, y vayamos hacia Dios.