The New Life Mission

Sermones

Tema 13: Evangelio de Mateo

[Capítulo 16-4] < Mateo 16, 21-28 > Si alguien quiere seguirle, niéguese a sí mismo

< Mateo 16, 21-28 >
«Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras. De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino».
 

El pasaje de las Escrituras de hoy recoge una conversación que tuvo lugar entre el Señor y Pedro. El Señor dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Vamos a ver por qué Jesucristo dijo esto.
Mientras vivimos nuestras vidas de fe, a veces no podemos seguir adelante. ¿No han tenido momentos como esto, en los que luchan en sus vidas de fe aunque quieren seguir al Señor con lealtad? En general esto ocurre porque se aman a sí mismos demasiado. Si nos amamos a nosotros mismos más que al Señor, será duro seguirle. Este es el problema del que habla el Señor en el pasaje de las Escrituras de hoy.
Después de que Pedro hiciera su confesión de fe, el Señor dijo: «Iré a Jerusalén, seré vendido a los sacerdotes en tres días y seré crucificado». Pedro se opuso a esta idea e intentó parar al Señor, diciendo lo siguiente: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca». Entonces Jesús se volvió a Pedro y le dijo: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!». Pueden imaginar lo embarazoso que fue esto para Pedro. Probablemente se agarraría a la vestimenta de Jesús y le insistiría: «¡Señor, no te dejes crucificar! ¡Esto no puede pasar!». Pero entonces el Señor le dijo: «Quítate de delante de mí, Satanás».
Por su parte, Pedro amaba al Señor de todo corazón, pero el Señor le dijo que se apartase de Él. Hacía poco, el Señor había aplaudido la fe de Pedro, diciendo que era el Padre quien le había hecho darse cuenta de la divinidad de Jesús. Pero ahora Pedro estaba siendo reprendido por actuar como Satanás. El Señor le dijo: «Quítate de delante de mí, Satanás; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres», y entonces les dijo a Sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame».
Lo que debemos recordar claramente cuando seguimos al Señor es que debemos negarnos a nosotros mismos. Si nos sentimos débiles y desesperados cuando seguimos al Señor y nuestros corazones no están dirigidos hacia el Señor, se debe a que nos amamos demasiado. Cuando no queremos seguir al Señor, perdemos de vista al Señor y solo nos vemos a nosotros mismos. Cuando esto ocurre, no nos importa el Señor para nada. Así que acabamos sin saber qué significa seguir al Señor, ser guiados por Él y amarle. 
 

¿Saben por qué deben negarse a sí mismos?
 
Mientras vivimos con fe, a veces averiguamos que nos amamos a nosotros mismos más que al Señor. En momentos como este, la oscuridad envuelve nuestros corazones y nuestro barco de la fe se hunde. Acabamos naufragando y chocando contra los arrecifes. Entre los que viven con fe, hay algunos que han dejado marchitar su fe, su esperanza y su amor, porque se han amado a sí mismos más que al Señor. Como esta gente se ama a sí misma demasiado, su fe acaba ahogándose. Cuando analizamos la causa de por qué tantos cristianos han dudado al seguir al Señor y no pueden seguirle más, vemos que tenían la mira puesta en las cosas de los hombres, como el Señor le dijo a Pedro: «No pones la mira en las cosas de Dios, sino en las cosas de los hombres». Esto se debe a que no se han negado a sí mismos, aunque el Señor haya dicho: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». 
¿Quién hay aquí que no se ame a sí mismo? Robert H. Schuller, un pastor americano famoso por su catedral de cristal, dijo en su libro titulado Autoestima: La nueva Reforma que los cristianos deben amarse a sí mismo. Este libro no solo impactó a los cristianos, sino también a los no cristianos. Su teoría era que muchos creyentes cristianos no se han amado porque son pecadores con corazón pecadores. Pero en este libro, Schuller dice que, aunque los seres humanos son pecadores por naturaleza, como Jesús ha borrado sus pecados, deben amarse a sí mismos. Por eso este libro es muy famoso entre los cristianos.
Sin embargo, la afirmación de Schuller está en contra de la Palabra del Señor. Como las enseñanzas de su libro salían de los pensamientos humanos, aunque fue popular durante un tiempo, pronto dejó de serlo. Pero la Palabra del Señor es la Verdad eterna. Del mismo modo Jesús le dijo a Pedro que no podemos seguirle si no nos negamos a nosotros mismos. Todos debemos entender esto correctamente. Esta Palabra es indispensable para seguir al Señor.
Si nos amamos a nosotros mismos, caeremos en la autocompasión sin darnos cuenta y perderemos al Señor de vista. Acabaremos perdiendo al Señor y nuestro barco de fe se hundirá. Por tanto, es importante reflexionar sobre este asunto en profundidad. Puede que se pregunten: «Tengo que correr hacia el Señor con amor. ¿Por qué de repente ha desaparecido mi amor por Él y mi deseo por el Evangelio? ¿Qué explicación hay?». En momentos como este, si cambian y se examinan, verán que tienen demasiado amor propio.
No estoy diciendo que nuestro amor propio sea malo por sí mismo. Por el contrario, es normal amarse a uno mismo. Esto se debe a que vivimos en nuestra carne. Sin embargo, aunque nos amemos a nosotros mismos, debemos negarnos. Todos los cristianos deben hacerlo. Debemos negar nuestro amor propio, y admitir que un corazón así no ama al Señor; sino que es un corazón que se ama a sí mismo. Debemos cambiar nuestros corazones diciendo: «Aunque me amo a mí mismo, ¿no es mejor amar al Señor? ¿No es mejor amar al Señor en vez de amarme a mí mismo?». ¿Es correcto amar al Señor? Por supuesto que sí. Aunque esto es lo correcto, a veces nos olvidamos de esto. En estos momentos debemos restablecer nuestra fe y preguntarnos: «¿Por qué soy así?» y miramos al Señor y le seguimos.
El Señor les dijo a Sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Este mensaje también se aplica a nuestras vidas. Si queremos seguir al Señor, aunque queramos amarnos a nosotros mismos, debemos negar este deseo y amar al Señor primero. Entonces debemos seguir al Señor. Si nos negamos a nosotros mismos y seguimos al Señor, Él cuidará de nosotros. Esta es la forma de vida para los cristianos. Es absolutamente indispensable negarnos a nosotros mismos para seguir al Señor. Deben recordar esto con toda claridad. Les pido que se nieguen a sí mismos. 
¿Cuánto se aman a sí mismos? ¿Cuántos sueños maravillosos tienen? No crean que no lo sé, ni que quiero convencerles de que dejen sus sueños por la Ley. Sin embargo, deben tener sus deseos y sueños en el Señor. También deben negarse a sí mismos. La razón por la que les pido que hagan esto es que deben hacerlo para seguir al Señor. Aunque todo el mundo se ame a sí mismo, el amor del Señor es la manera de seguir al Señor. En otras palabras, aunque sé que se aman a sí mismos, estos es un obstáculo para seguir al Señor y servir al Evangelio, y por eso deben negar su amor propio para poder seguir al Señor. 
Esto es lo que el Señor le dijo al Apóstol Pedro. Hoy esta Palabra es para ustedes. ¿Cuánto se aman a sí mismos? Todos tenemos amor propio. Aunque tenemos mucho amor propio, lo correcto es negarse a uno mismo y seguir al Señor. Negarnos a nosotros mismos, seguir al Señor, amarle, dedicar nuestros corazones a las almas perdidas, seguir al Señor y buscar Su voluntad, es lo correcto.
 

Debemos poner nuestros corazones en el Señor
 
Mientras vivimos con fe, nos encontramos fluctuando entre el amor propio y el amor por el Señor. Sin embargo, como cristianos, nuestros corazones deben amar al Señor sin falta. Como los nacidos de nuevo tienen al Espíritu Santo en sus corazones, debemos decirnos a nosotros mismos: «Debo amar al Señor». Como el Espíritu Santo, que es el Señor, vive en nuestros corazones, le amamos. Al mismo tiempo, este amor por el Señor viene acompañado por nuestro amor propio. Nosotros queremos ser tratados como el Señor. El ego quiere recibir el mismo trato que el Señor. Si queremos ser tratados de la misma forma que el Señor, tendremos que escoger entre nosotros o Él. ¿A quién debemos escoger? Al Señor, porque así estaremos bendecidos. Cuando consideramos racionalmente lo que es correcto y lo hacemos por fe, podemos negarnos a nosotros mismos y seguir al Señor, en vez de dejarnos llevar por nuestros deseos carnales. Entonces nos vestimos del amor del Señor y somos tratados bien por otros santos en el Señor. 
Mientras vivimos nuestras vidas de fe, estos conflictos son inevitables para los nacidos de nuevo. De la misma manera en que amamos al Señor, también nos amamos a nosotros mismos. A veces nuestro amor propio está al mismo nivel que nuestro amor por el Señor. ¿Qué debemos hacer en estas situaciones? Debemos rebajar uno de los dos. ¿Qué amor debemos rebajar? Como Juan el Bautista dijo: «Él debe aumentar y yo debo disminuir». Nosotros debemos rebajarnos. Esto es lo que significa revestirse del amor del Señor. Sin embargo, Pedro no hizo esto, sino que se puso al mismo nivel que el Señor. Así que le dijo al Señor que no debía morir. Por eso Jesús le dijo a Pedro: «No pones la mira en las cosas de Dios, sino en las cosas de los hombres», e incluso le llamó Satanás. Pedro fue rechazado por Jesús porque no se había negado a sí mismo. Nosotros, los nacidos de nuevo, debemos rompernos y negarnos. Solo entonces podremos seguir al Señor sin vacilación. Satanás quiere que sigamos nuestros deseos.
Sin embargo, por mucho que lo intentemos parar, seguimos teniendo amor propio. Aunque nos amemos a nosotros mismos, debemos seguir la virtud, y por eso la humanidad sufre. El budismo lo llama las 108 corrupciones. El amor propio aparece en nosotros a todas horas. Pero a pesar de esto, aunque el amor propio esté en nosotros, no debemos dejarnos llevar por él o perseguirlo. Esto se debe a que amarse a uno mismo y al mundo es el camino hacia la perdición. Por supuesto admitimos que todos tenemos amor propio, pero aún así, lo correcto es seguir al Señor primero. Cuando tenemos este tipo de disposición de corazón, el Señor es exaltado en nosotros, y nuestras almas, nuestras vidas y todo lo demás se hace bello. Por eso es imperativo para nosotros saber cómo negarnos a nosotros mismos. Debemos poner esto en práctica todos los días, en todo momento en nuestras vidas de fe. 
Les voy a dar un ejemplo. Imaginen que un perro sale de paseo con su dueño, y mientras van caminando, el perro huele algo. Así que el perro deja al dueño durante un rato y sigue el rastro del olor. Aunque el dueño sigue caminando, el perro se queda rastreando, y manteniéndose ocupado durante un rato. Pero después de haberse retrasado, se da la vuelta y sigue a su dueño de nuevo.
Nosotros somos como ese perro. Como todos tenemos un cuerpo, tenemos el instinto básico del amor propio, del mismo modo en que el perro tiene el instinto de rastrear el olor. Sin embargo, lo que debemos hacer en primer lugar es la obra del Señor. Cuando pensamos en el amor del Señor primero y le seguimos, no solo estamos bendecidos, sino que el Señor también se complace. Esto se debe a que en estos momentos, el Señor puede ocuparse de todo y guiarnos. 
Estas batallas deben lucharse continuamente, en especial para los que quieren seguir al Señor en sus vidas de fe. ¿Qué debemos hacer en estas batallas? Podemos vencer nuestros pensamientos carnales y entender nuestra naturaleza básica mejor. ¿Podemos vencernos a nosotros mismos por mucho que luchemos? No, somos incapaces de vencernos a nosotros mismos. Digamos que decidieran no tocar la comida en un ayuno, diciendo: «Tengo hambre, pero no voy a comer por el Señor». ¿Cuál será el resultado? Que comerán. Por mucho que luchemos contra nosotros mismos, no podemos ganar. Aunque lo consigamos, no ganamos nada; pero si perdemos, cuando estamos completamente rotos, nos odiamos a nosotros mismos. 
En nuestra batalla contra el ego, nunca ganamos. Por eso debemos decirnos a nosotros mismos: «Tú, mi carne, haces lo que quieres. Pero antes haré la obra del Señor, la obra de salvar almas y de seguir al Señor». Debemos dejar nuestra carne y seguir al Espíritu. La razón por la que podemos decirnos a nosotros mismos: «Aunque mi carne sea así, seguiré al Señor», es que el Espíritu Santo está dentro de nosotros. Como el Espíritu Santo está en nuestros corazones cuando seguimos al Señor, podemos rendirnos ante Él y seguir Sus pasos.
Todos los días, el deseo de buscar el interés del Señor y el deseo de buscar nuestros intereses están en conflicto constante en nuestros corazones, como David y Saúl. David siguió al Señor en vez de matar a Saúl con sus propias manos, y nosotros debemos dejar nuestros deseos sin satisfacer y buscar el Reino de Dios y Su justicia primero. Esto es la abnegación. Debemos darnos cuenta de lo indispensable que es en estos tiempos negarnos y poner al Señor en primer lugar. 
No podemos evitar luchar esta batalla constantemente, del mismo modo en que un perro se sale del camino a veces y otras sigue a su dueño, nosotros también nos desviamos a veces. Aunque admitimos que nos amamos a nosotros mismos e intentamos cumplir nuestros deseos primero, no debemos perder al Señor. Hay veces en las que fluctuamos entre el Señor y nosotros mismos. Admitamos este hecho. No estoy diciendo que no deben fluctuar. Sé muy bien que si les pido esto, lo harán todavía más. Lo que les quiero decir es que deben admitir que son así y que nunca deben olvidar al Señor, ni deben dejar de seguirle, sino que deben buscarle, averiguar cuál es Su voluntad, poner la mira en las cosas de Dios primero y seguir Su obra. Esto es lo correcto.
Hay varias organizaciones en nuestra iglesia, desde la escuela dominical hasta las reuniones de jóvenes y adultos, así como departamentos responsables del ministerio literario, de Internet, de publicación, traducción, etc. Trabajamos a través de estas organizaciones y departamentos, y esto es pensar en el Señor primero y seguirle. Al pensar en la obra de Dios primero, pasamos por dificultades físicas, pero aún así debemos poner la obra primero y poner nuestro corazón en ella. 
Jesús dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Debemos recordar esto, pensar en el Señor primero, dejar que nos enseñe, y luchar nuestra batalla contra nosotros mismos siguiendo los pasos del Señor. Entonces podemos seguir al Señor mejor, revestirnos de Su gracia y servirle. Para que el barco de nuestra fe no se hunda, debemos pensar en la obra de Dios primero, y hacer Su obra para seguirlo.