The New Life Mission

Sermones

Tema 15: Gálatas

[Capítulo 1-5] (Gálatas 1, 10-12) Los que tienen corazón de siervos de Dios

(Gálatas 1, 10-12)
«Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.
Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre;
pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.».
 

Hoy, a través de la fe del Apóstol Pablo, me gustaría explicarles cómo debe ser el corazón de un siervo de Dios.
Pablo es conocido mundialmente por ser un siervo de Dios. Esto se debe a que no quiso complacer a los hombres o a sí mismo, sino que predicó el Evangelio del agua y el Espíritu según la voluntad de Dios Padre y de Jesucristo y mantuvo su fe en este Evangelio en toda circunstancia.
Está escrito en Gálatas 1, 10: « Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.». El Apóstol Pablo dijo que si se hubiera dedicado a complacer a los hombres en vez de seguir la voluntad de Dios, no sería un siervo de Dios.
El Apóstol Pablo vivió sirviendo a Dios, predicando el Evangelio del agua y el Espíritu según la voluntad de Dios. Como Pablo vivió como siervo de Dios, el verdadero e incorrupto Evangelio ha llegado hasta nosotros. El Apóstol Pablo consideró imprescindible predicar y defender el Evangelio del agua y el Espíritu como siervo de Dios, así que es justo que los que hemos nacido de nuevo al creer en este verdadero Evangelio vivamos como siervos de Dios.
Por tanto debemos examinarnos y ver si somos siervos de Dios o no. Como Pablo nosotros también hemos recibido la remisión de nuestros pecados de mano de Dios al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Pero, ¿vivimos de verdad como siervos de Dios o vivimos como siervos de nuestra carne? ¿De quién son siervos?
 

El Evangelio en el que creía el Apóstol Pablo

Por fe el Apóstol Pablo nos predicó el Evangelio del agua y el Espíritu que contiene la justicia de Dios, y para cumplir la voluntad de Dios, se ofreció a sí mismo a Dios como siervo por fe. Un siervo es alguien que no tiene propia voluntad y que no persigue sus propios intereses, sino que vive por su maestro.
El Apóstol Pablo dijo: « Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2, 20). Pablo admitió ante Dios que era un gran pecador y que estaba destinado a morir por sus pecados. Y creyó que Jesucristo tomó todos los pecados de la humanidad de una vez por todas al ser bautizado por Juan y que después de morir en la Cruz resucitó de entre los muertos. El Apóstol Pablo murió por sus pecados al aceptar y creer en la obra de Dios que salvó a la humanidad de sus pecados, por lo tanto enterró su pasado y ofreció su vida a Dios como su siervo y le sirvió fielmente para que la voluntad de Dios se cumpliera.
 

«Estoy crucificado con Cristo»

El Apóstol Pablo dijo: « Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí » (Gálatas 2, 20). Pablo reconoció todo lo que Dios había hecho por él y como la Ley de Dios decía: «la paga del pecado es muerte», Pablo creyó en que había muerto con Cristo por sus pecados y que se había levantado con Cristo de entre los muertos.
Pablo reconoció la Ley de Dios. Como Pablo creyó en la Palabra que dice: « Pues la ley produce ira; (Romanos 4, 15), pensó: «¡Ah! Soy un pecador sin remedio ante Dios porque nací siendo pecador. Soy un pecador cuando miro la Ley de Dios. Por eso soy un pecador». Admitió: «Como soy un pecador ante la Ley de Dios, es justo que muera por mis pecados según la Ley de Dios».
Pablo también creyó en la Verdad de que a través de Su bautismo, Jesús aceptó que su pasado tenía que morir y murió en la Cruz con él. En otras palabras, Pablo creyó en la obra del agua y la sangre de Jesucristo. Y al creer que él también murió con Cristo, Pablo también creyó que se levantó con Cristo. Esta fe se alcanzó cuando Pablo se unió a Jesús al creer en Su bautismo. Esta fe del Apóstol Pablo siguió la Verdad.
Todos nosotros deseamos vivir como siervos de Dios. Aunque hay muchos aspectos de nuestra carne que nos hacen parecer insuficientes para vivir como siervos de Dios, esto no debe ser un problema para creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Lo importante es saber si nuestros corazones desean sinceramente que vivamos como siervos de Dios. Este es un punto crucial para todos nosotros. Este deseo y esta fe no se la da nadie, sino que se consiguen cuando se deciden a creer en la Verdad. Todo debemos examinarnos detenidamente y comprobar que somos siervos de Dios en el Evangelio del agua y el Espíritu.
¿Están viviendo como siervos de Dios o como esclavos de la carne? ¿No son sus propios dueños y señores y por lo tanto no pueden servir a Jesucristo como su Señor? ¿Todavía rechazan ofrecerse a sí mismo a Dios como siervos Suyos?
Nosotros mismos debemos abdicar de nuestros tronos y debemos coronar a Dios y servirle como nuestro Rey. Nosotros debemos entonces arrodillarnos ante el trono del Rey, decidirnos a servir al Señor aunque seamos insuficientes y vivir por la fe en el Señor siguiendo la justicia de Dios. Dependiendo de cómo sea nuestra fe ante Dios podemos convertirnos o bien en buenos siervos de Dios o en personas incapaces de servir al Señor.
 

En primer lugar debemos decidir vivir como siervos de Dios

Todos nosotros debemos escoger entre vivir como siervos de Dios o siervos de los hombres. Debemos darnos cuenta de que si no vivimos como siervos de Dios, podemos vivir como enemigos Suyos.
Me costó diez años desde que empecé a creer en Jesús el poder reconocer la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu revelada en Mateo 3, 13-17 y recibir la remisión de mis pecados. Al mismo tiempo, al darme cuenta de que nadie estaba predicando el Evangelio del agua y el Espíritu en el mundo, renuncié a mi pasado vivido por mí mismo y decidí vivir por Jesucristo. Para difundir el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo, decidí dejar de lado mi vida privada y vivir como un siervo de Dios.
Sabiendo que no hay nadie en el mundo que predicara el Evangelio del agua y el Espíritu, no pude quedarme callado. Recuerdo que el Señor dijo: « Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá » (Lucas 12, 48).
Así que decidí predicar este verdadero Evangelio, pero el problema era que no tenía ni fuerza ni medios para hacerlo, por eso recé a Dios: «Dios Padre, aunque la historia del cristianismo abarca 2.000 años, pocos en este mundo están predicando el Evangelio del agua y el Espíritu. Señor, aunque soy ignorante, sé que el linaje de los que predican el Evangelio del agua y el Espíritu no se encuentra en ninguna parte del mundo. Padre, debo predicar este verdadero Evangelio y por eso te pido que nos des fuerza a mí y a mis compañeros para conseguirlo. Señor, dame fuerzas para predicar el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo. Te pido que me des fuerzas, Señor, para que pueda difundir esta fe en Ti y este Evangelio de Verdad».
Dios contestó mis plegarias porque es Fiel. Nos dio a todos los de Su Iglesia y me ha dado todo lo necesario para difundir el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo. El Señor me permitió vivir una vida nueva como siervo de la justicia de Dios.
El Evangelio que mis compañeros y yo debemos creer y predicar juntos es el siguiente: cuando Jesús fue bautizado en el río Jordán por Juan el Bautista, cumplió toda la justicia de Dios al tomar todos los pecados del mundo sobre sí mismo. Al pasar todos nuestros pecados a Jesús a través del bautismo que recibió de Juan, pudo cargar con los pecados del mundo y llevarlos a la Cruz de una sola vez para ser crucificado, y al levantarse de entre los muertos pudo convertirse en nuestro Salvador de una vez por todas. Así el Señor ha cumplido toda la justicia de Dios. Ahora, aunque nuestras acciones sean insuficientes, si creemos en la justicia de Dios cumplida por Jesús de esta manera, podemos ser librados de nuestros pecados y alcanzar nuestra salvación.
Una vez creí en el Evangelio del agua y el Espíritu, el Señor me dio un corazón preparado para vivir como siervo de Dios y seguir Su justicia. Desde entonces siempre he querido obedecer la voluntad del Señor. Aprendí que esta era la vida que todo siervo de Dios debería vivir e intenté olvidarme de mí mismo y vivir sólo por el Reino de Dios. Lo que no sabía no era un obstáculo para esta tarea, porque no pasaba nada si intentaba aprender desde entonces; y por eso empecé a trabajar por la obra justa de Dios creyendo y decidí desde el fondo de mi corazón que siempre caminaría según lo que complaciera al Señor. Por eso ahora sirvo al Señor, al Evangelio y al pueblo de Dios con mi corazón de siervo de Dios.
El Señor quiso que difundiéramos el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo al poner nuestra fe en Él. No consideré que el evangelismo mundial fuera difícil. Los siervos de Dios sólo tenían que asignar las tareas adecuadas a los obreros y santos que tuvieran los talentos adecuados, y si a los que se les confió la obra de Dios pensaban que no eran suficientes, todo lo que tenían que hacer era confiar en el Señor aún más y rezar, viviendo con fe. Así es como pudimos difundir el Evangelio por todo el mundo a través de nuestro ministerio hasta este mismo día.
Sea lo que sea que complazca a Dios, debemos servirle por fe. Al creer y servir al Evangelio del agua y el Espíritu y al vivir como siervos de Dios, todo lo que debemos hacer es vivir pensando en si el Señor estará contento o no. Si el Señor está contento con nuestra obra, debo hacer esta obra con mis compañeros.
Todo lo que hemos hecho hasta ahora lo ha hecho Dios y Él es quien nos mantendrá y obrará a través de nosotros. Ahora estamos trabajando para difundir el Evangelio del agua y el Espíritu, pero esta obra no procede de los pensamientos o de la codicia de los hombres. Si esta obra que estamos llevando a cabo proviniera de la codicia de la humanidad, hubiéramos acabado con ella hace mucho tiempo. Si hubiéramos hecho esta obra por nuestra propia justicia, lo hubiéramos dejado a mitad. Si hubiéramos estado sumergidos en nuestra propia obra, nuestros corazones se hubieran vuelto arrogantes y hubiéramos pensado: «Si hay alguien en este mundo que ha hecho tanto como Dios, que salga». Así tampoco hubiéramos podido vivir por nuestra fe en el Señor.
Todos nosotros teníamos tantas faltas que no podíamos pensar que conseguiríamos nada en este mundo. Por eso todos hemos creído en el Señor mucho más y hemos pedido Su ayuda con muchas más ganas. Si fuéramos arrogantes y codiciosos y si pudiésemos hacer cualquier cosa con nuestro propio poder, ¿hubiéramos confiado en el Señor lo más mínimo?
Los que están convencidos de su propio mérito y se dejan llevar por su ego no pueden vivir cerca del Señor ni confiar en Él. Como todo el mundo es imperfecto, los seres humanos sólo pueden vivir como justos si el Señor les ayuda y asiste. No debemos darnos demasiada importancia porque aún queda mucho trabajo que hacer. Todo eso es gracias al poder que Dios nos ha dado y a las bendiciones que nos n permitido servir al Evangelio del agua y el Espíritu hasta ahora. Debemos darnos cuenta de que todo lo que hemos conseguido se debe a la ayuda del Señor.
 

Todos debemos mantener nuestra fe como siervos de Dios

Es justo que los que han recibido la remisión de los pecados se decidan a ser siervos de Dios. La diferencia de fe viene determinada por si queremos o no ser siervos de Dios. Lo que es más importante que conocer los pasajes de la Biblia y tener habilidad para predicar la Palabra de Dios es querer o no vivir como siervos de Dios. Debemos decidirnos a vivir como siervos del Señor y vivir así. Debemos aprender a tener el corazón de los siervos de Dios por fe.
Cuando la gente se casa, la persona que preside la boda pregunta: «¿Quieres a esta mujer como tu legítima esposa, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?». El novio dice: «Sí, quiero». Del mismo modo, como siervos de Dios que siguen Su voluntad es justo que vivamos por su voluntad, tanto en las alegrías como en las penas.
Debemos aprender del Apóstol Pablo para tener el corazón de un siervo de Dios. No debemos sólo intentar aprender de los siervos de Dios que aparecen en Biblia, que dieron sermones y llevaron a cabo sus ministerios. En realidad estos aspectos no son tan importantes cuando se trata de vivir como siervos de Dios correctamente. Dios ha hecho los corazones de los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu como recipientes para hacer Su obra. Por tanto, todo lo que debemos hacer es servir al Señor según la manera en la que Dios nos ha hecho recipientes Suyos.
Cuando veo a mis hermanos y hermanas que trabajan conmigo, miro si tienen el corazón de un siervo o sierva de Dios primero. Si queremos vivir ante Dios como siervos Suyos, los méritos y desméritos de nuestra carne son totalmente irrelevantes. Ante Dios, nuestra propia justicia no es nada. La justicia humana se viene abajo con un solo golpe ante Dios. Él aprueba nuestra fe dependiendo de cuanto creamos en Su justicia.
Estas son las cosas que debemos considerar si queremos saber si somos Sus siervos: «¿Tenemos fe en el Evangelio del agua y el Espíritu? ¿Hemos unido nuestros corazones con Jesucristo? Aunque seamos insuficientes, ¿estamos viviendo nuestra fe en la Palabra de Dios, teniendo el corazón de Sus siervos?».
Recientemente la Iglesia de West Deagu sufrió un trágico incidente. Una sierva de Dios murió en un accidente mientras servia al Señor. Fue la tragedia más triste que jamás he visto en mis años de ministerio. Un accidente así no debe ocurrir nunca más. Cuando servimos al Señor hasta el día en que vuelva a la Tierra, no debemos perder el cuerpo que Dios nos ha dado para servir al Evangelio. Si ocurriera un trágico accidente porque no tenemos cuidado con Dios o los hombres, es culpa nuestra. Cuando hablamos de este incidente no debemos decir que Dios se llevó a Su sierva. Aunque Dios aceptó el alma de Su sierva, no se la llevó a propósito. No servimos bien al Señor cuando no tenemos el corazón de los siervos de Dios.
Mis queridos hermanos, ¿qué clase de gente son los siervos de Dios? Si somos siervos de Dios de verdad, es justo que sigamos Su voluntad. Si alguno de nosotros dejara de seguir al Señor porque se encuentra en una situación difícil, no estaría haciendo lo correcto ante Dios. ¿Sería una persona así siervo de Dios? No, por supuesto que no.
Si somos siervos de Dios, aunque seamos insuficientes e imperfectos en todas nuestras tareas, debemos seguir la voluntad del Señor hasta el final. Así es una persona que tiene corazón de siervo de Dios para seguir la voluntad del Señor. Aunque uno se puede salvar al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, no todo el mundo puede tener el corazón de un siervo de Dios.
Por eso los siervos de Dios se llaman luces brillantes que guían a la gente hasta Jesucristo. Cuando los santos o los siervos-seguidores tratan con sus líderes, si creen: «Bueno, somos iguales», necesitan darse cuenta de que no saben distinguir a los líderes siervos de Dios. El hecho de que los líderes de los siervos de Dios hayan vivido en la Iglesia de Dios por tanto tiempo y hayan servido al Señor fielmente tanto en circunstancias desfavorables o tiempos de paz, significa que son imprescindibles. Sería un gran error no reconocer a los que nos han precedido en la fe, ya que ellos negaron las pasiones de su carne y siguieron al Señor fielmente aunque pasaran por distintas pruebas y circunstancias. Tenemos que ver la disposición que tienen para servir los siervos de Dios. Este es el elemento más imprescindible.
Después de haber conocido al Señor, mientras le seguía, hubo veces que lo pase mal debido a la situación material. Pero aún así nunca culpé a Dios por estas circunstancias. Al contrario, le di gracias a Dios por Sus bendiciones y me dije a mí mismo: «El Señor vivió en este planeta sin un lugar donde caer muerto, pero yo tengo comida y un lugar donde dormir. Es una gran bendición». Mientras seguía al Señor me he encontrado con encrucijadas y he llorado en muchas ocasiones. Sin embargo superé todas esas dificultades y penas y me regocijé por el hecho de que estaba sirviendo al Evangelio. Pase lo que pase con los siervos de Dios, están satisfechos si se hace la voluntad de Dios.
Si la gente sólo pensara en cómo sobrevivir, podrían ir tirando, tanto los pobres como los ricos. La única diferencia es la calidad de vida, pero aparte de esto, todo el mundo puede arreglárselas de una manera u otra. Dicho de otra manera: las circunstancias carnales no son un grave problema.
Si hay algo que hace enfadar a los siervos de Dios es que la gente rechace el Evangelio y no crea en él. Aunque Dios nos ha dicho que los que tienen hambre y sed de Su justicia, son bienaventurados, esta gente no tiene hambre ni sed de la justicia de Dios y por eso se enfadan los siervos de Dios. La gente no sufre porque no tengan nada que llevarse a la boca sino porque no llegan a andar con fe en la justicia de Dios cuando todo lo que tienen que hacer es vivir creyendo en esta justicia.
Les pido a todos, tanto a los ministros como a sus esposas, que tengan la fe de los siervos de Dios y vivan así sus vidas. Todos nosotros estamos viviendo así, pero les pido una vez más que continúen viviendo como valiosos siervos de Dios. Lo que debemos recordar es que es absolutamente indispensable tener fe en el corazón como siervos de Dios. No importa que los resultados de nuestros ministros sean buenos o malos, todo lo que debemos hacer es vivir según la justicia de Dios. Esta es la fe correcta.
Ahora estamos difundiendo el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo. ¿De donde viene este Evangelio?
El Apóstol Pablo dijo en Gálatas 1, 11-12: « Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre;
pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. ». Pablo dejó claro que este Evangelio del agua y el Espíritu que había recibido no lo aprendió del hombre, sino que gracias a que Jesucristo le enseñó este Evangelio del agua y el Espíritu, Pablo creyó en este Evangelio y se lo predicó a otros.
Mientras predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo, algunos nos preguntan: «¿Es este Evangelio una doctrina única de su denominación? ¿Cuál es la base bíblica de este Evangelio?». Esta gente cree que el Evangelio del agua y el Espíritu puede venir del hombre, pero eso no es cierto. El Evangelio del agua y el Espíritu no lo inventó el hombre. El Evangelio del agua y el Espíritu es un Evangelio bíblico (1 Corintios 15, 3-4) y es el Evangelio que cumplió el plan de salvación de Dios diseñado en Jesucristo incluso antes de la fundación del mundo.
Si Jesucristo vino al mundo, tomó los pecados de la humanidad al ser bautizado por Juan cuando tenía 30 años, murió en la Cruz, se levantó de entre los muertos y así nos ha salvado, ¿cómo podemos comparar este Evangelio con la doctrina de las oraciones de penitencia inventada por el hombre? Al empezar Su Palabra, Dios nos permitió conocer la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu y ahora, al haber sido salvados de nuestros pecados, lo estamos predicando a todo el mundo. El Evangelio del agua y el Espíritu en el que creemos vino a través de Dios. ¿Es esto en lo que creen?
Nosotros predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu del que se da testimonio en el Antiguo y Nuevo Testamento. De la misma manera en que el Apóstol Pablo creyó en el Evangelio del agua y el Espíritu, lo defendió y lo predicó, nosotros creemos en este Evangelio, lo defendemos y difundimos por fe. El Evangelio del agua y el Espíritu que hemos recibido por fe no proviene del hombre en absoluto, sino que vino de Dios. EL Evangelio del agua y el Espíritu nos lo trajo Jesús. Por eso estamos difundiendo este Evangelio por todo el mundo y ponemos nuestra fe en él. Y no importa si alguien nos denuncia porque ni pestañearemos.
El Apóstol Pablo predicó el Evangelio del agua y el Espíritu hasta el día en que murió precisamente porque era siervo de Dios. Como no puede existir una enseñanza mayor que esta, ni siquiera la buscó. Hiciera lo que hiciera, ya comiera o bebiera, lo hacía por la gloria de Dios (1 Corintios 10, 31). Vivir por la gloria de Dios es proclamar el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo. Si tuviéramos que vivir para difundir el Evangelio del agua y el Espíritu, sólo esto significaría que vivimos por la gloria de Dios. No hay otra fe más noble que esta.
 

¿Son siervos de Dios ahora?

El Apóstol Pablo es un siervo de Dios. Ustedes y yo somos también siervos de Dios. Si ustedes y yo nos convertimos en siervos de Dios al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, entonces seremos fieles a la tarea que se nos ha asignado. Hace poco oí que un obrero de Dios estaba poco satisfecho y pensaba: «Sería fiel si me nombrarán pastor mayor en una iglesia, pero no me dan este puestos» y que estaba dejando descuidado su trabajo como pastor joven.
Si su puesto no es de pastor mayor, ¿significa que su tarea es más insignificante? No lo creo. Sea lo que sea lo que Dios nos haya confiado a través de Su Iglesia, todo es valioso. No quiero discriminar a nadie basándome en su puesto como pastor mayor o joven. Nuestros hermanos y hermanas que sirven al Señor son todos imprescindibles. Nadie es peor que nadie, ni más noble en la Iglesia de Dios.
Por eso me entristece tanto ver a gente que le da tan poca importancia a su tarea. Es bastante duro cumplir todo lo que se nos ha asignado con fe en el Señor, ¿cómo podemos exaltar nuestros corazones de esta manera? Todos estos deseos provienen del deseo de vanagloriarse.
¿No es maravilloso creer y servir al Evangelio del agua y el Espíritu? Cuando hacemos la obra de Dios, dedicamos nuestros corazones a ella en cualquier campo que se nos haya asignado. Predicar la Palabra de Dios es una tarea maravillosa. Todo lo que hacemos para difundir el Evangelio del agua y el Espíritu debe alegrarnos. Si Dios me hubiera confiado una tarea que no sea predicar Su Palabra, hubiera dado mi vida por esa obra.
Un siervo de Dios es alguien que, cuando se le asigna una tarea, es fiel a su trabajo. Hagan lo que hagan los siervos de Dios, ya coman o beban, lo hacen todo por la gloria de Dios, y por eso, ¿cómo puede haber un trato preferente basado en lo que ellos hagan? ¿Somos siervos de Dios sólo cuando hacemos cosas nobles, pero no cuando la gente nos subestima? Entonces, ¿quién ha establecido los requisitos para distinguir las obras nobles de las no nobles? En el dominio de Dios, cuando somos fieles a lo que Dios nos ha confiado, esto en sí mismo es valioso; y si por el contrario somos fieles a nuestros deseos carnales hacemos algo innoble. Deben creer esto y entenderlo.
De hecho deseo que todos se conviertan en siervos de Dios al poner su fe en el Evangelio del agua y el Espíritu y que vivan el resto de sus vidas de una manera apropiada. Los que hemos nacido de nuevo estamos haciendo lo más valioso, por eso cuando el día del Señor venga, Dios se dirigirá a ustedes por haber hecho Su obra fielmente y les dirá: «Bien hecho, Mis buenos y fieles siervos».
Ahora mismo deben examinar sus corazones para ver si están trabajando y sirviendo adecuadamente como siervos de Dios. Si vivimos nuestra fe decididos a ser siervos de Dios, por lo menos estamos haciendo lo que debemos. No tenemos nada de lo que alardear ante el Señor. No tenemos nada que ofrecer aparte de nuestras insuficiencias. Como somos inadecuados por naturaleza, no podemos servir al Señor a la perfección y por eso tenemos muchas faltas y excusas. Pero a pesar de esto Dios nos está pidiendo que seamos fieles hasta la muerte y así Dios nos pide que trabajemos para Él con el corazón de siervos.
Un siervo de Dios obedece la voluntad de Su Maestro e incluso arriesga su vida en su empeño. Si no podemos dar nuestras vidas por la obra de Dios, por lo menos debemos quererla de corazón porque esta es la voluntad de nuestro Maestro. Los siervos de Dios deben tener el tipo de fe que adora lo que Su Maestro, Dios, les ha confiado, sin que les importe lo que los demás piensan. Aunque no son un maestro en escritura o edición, hago todo lo posible en la tarea que se me ha confiado.
¿Saben desde cuando hemos estado en este ministerio? Empezamos con este ministerio desde el principio de nuestra Misión. ¿Saben cuál era nuestra mayor meta cuando empezamos? Empezamos queriendo difundir el Evangelio por todo el mundo. Desde ese momento guardé todos mis sermones y los preparé para publicarlos, anticipando que difundiríamos el Evangelio y ayudaríamos a crecer a los nacidos de nuevo de todo el mundo a través de nuestra literatura, y mis deseos se hicieron realidad.
De hecho, todo lo que Dios nos ha confiado es precioso, por eso estamos haciendo esta obra por fe. Por supuesto que ustedes y yo servimos al Evangelio del agua y el Espíritu y somos los que hacemos la obra más valiosa del mundo. Por ejemplo, algunos de nuestros hermanos se ocupan del mantenimiento de la calefacción para que los santos puedan adorar a Dios estando a una temperatura adecuada. Todas estas tareas son buenas obras porque son la obra de Dios. De hecho, no hay nada de lo que estemos avergonzados porque hemos sido salvados de nuestros pecados. Como hemos sido salvados de nuestros pecados y hacemos la obra de Dios, no importa donde trabajemos porque tenemos total confianza, y no importa si el trabajo que hacemos está subestimado por la gente porque no estemos avergonzados. Al contrario, a nosotros nos da pena la gente del mundo. Nos da pena porque no han conocido al Señor.
Todos nuestros ministros, hermanos, hermanas y trabajadores son imprescindibles. Entre ellos, los que son siervos de Dios son aún más preciados. Cuando servimos al Evangelio del agua y el Espíritu nuestros corazones estarán dispuestos a ser siervos de Dios a su debido tiempo, y cuando seguimos al Señor, en poco tiempo nuestra fe crecerá hasta estar dispuesto a que seamos siervos de Dios y por tanto viviremos por fe. Por eso estamos sirviendo al Señor; si seguimos al Señor contra nuestra voluntad sin este corazón y esta fe, será imposible seguir al Señor hasta el final.
Sin fe no es fácil servir al Señor en obediencia a Su Iglesia. Cuando la Iglesia nos asigna una determinada tarea, su política varía constantemente, y muy a menudo, puede que la tarea se cancele aunque hayamos trabajado duro por ella. Así que dada la situación, si no trabajaran con fe, entendería que se enfadaran y no pudieran obedecer hasta el final. Sin embargo, como son siervos de Dios no se rebelan contra la voluntad del Señor. El Apóstol Pablo vivió toda su vida con la fe y el corazón de un siervo de Dios, y por eso espero que Dios les de el mismo corazón que a Su siervo.
Cuando pienso en nuestros ministros y hermanos y hermanas, pienso sobretodo en sus corazones, así sé la condición en la que se encuentran sin tener que hablar con ellos mucho tiempo. Si son siervos de Dios, entonces son más valiosos que nadie y aunque acaben de recibir la remisión de sus pecados y todavía no tengan el corazón de un siervo de Dios, los aprecio a todos. A algunos les pido que vayan a la Iglesia de Dios con fidelidad. Cuando conozco el estado de su fe, le puedo guiar adecuadamente y a su debido tiempo.
Todos debemos apreciar el deseo tan profundo del Apóstol Pablo. Si lo que queremos es complacer a los hombres, esto significa que no somos siervos de Dios. Debemos saber lo que Dios desea. ¿A quién debe complacer un siervo de Dios? Sólo debe complacer a Dios y a nadie más. Quien complace a Dios es un verdadero siervo.
En la Iglesia de Dios hay un orden de fe. Cuando cada uno de nosotros se somete al orden dentro de la Iglesia de Dios, el orden que se le asigna no tiene nada que ver con la edad. Pablo le dijo a Timoteo: «ninguno tenga en poco tu juventud» (1 Timoteo 4, 12). Sea cual sea la edad de los predecesores de la fe, si creen que el Señor obra a través de ellos, y si por lo tanto les obedecen, esta es entonces una fe noble. Debemos acercarnos a Dios mediante nuestra fe, y por fe debemos obrar, por fe debemos tratar a nuestros hermanos y hermanas, y por fe debemos dirigirnos a nuestros siervos de Dios, hombres y mujeres. De lo contrario todos somos hipócritas. Cuando nos tratamos los unos a los otros por fe, nunca estamos solos, sino que somos una familia en Dios.
Los siervos de Dios se alegran al ver como se difunde el Evangelio y persiguen los intereses del Reino de Dios. Si queremos creer en el y deseamos difundir este Evangelio, debemos vivir con el corazón de los siervos de Dios. Y si hemos puesto nuestros corazones como siervos, debemos ignorar algunos de nuestros pequeños y desafortunados incidentes en la Iglesia de Dios. Si esto es lo beneficioso para la obra de Dios, debemos hacerlo por fe. La gente piensa que un siervo de Dios debe vivir una vida de inmaculada integridad, de pobreza y de santidad; pero en la Iglesia de Dios un siervo es aquel que persigue los intereses de Su Maestro. La disposición de un siervo de Dios es hacer todo lo que se tenga que hacer para cumplir la voluntad del Señor, aunque esto no entre en sus propias ideas.
Cuando servimos al Señor, a veces ocurren incidentes desafortunados, pero Dios trabaja con personas que son insuficientes como nosotros. Por eso estamos tan agradecidos. Ninguno de nosotros puede hacer la obra de Dios sin cometer errores desde el principio. Nuestro Señor conoce esta situación. Él sólo tiene en cuenta si nuestros corazones están dispuestos para ser siervos de Dios o no y si tenemos este corazón y esta fe, el Señor satisface todas nuestras necesidades para que podamos hacer la obra de Dios. Así es como la voluntad de Dios se cumple, Sus siervos se alegran.
Todos los días me llegan testimonios de salvación de nuestros trabajadores de todo el mundo. Cada vez que recibo estas noticias estoy más que agradecido por el privilegio de servir al señor. Me doy cuenta de lo siguiente: «Incluso cuando dormimos, el Señor trabaja. Mucha gente ha leído nuestros libros y ha recibido la remisión de sus pecados, y por eso ahora nos envían sus testimonios de salvación. Como el Señor nos dijo que no duerme, esto significa que trabaja sin descanso». Cuando pienso en esto, le doy aún más gracias al Señor y me arrodillo ante Él y le pido que me use para la valiosa obra del Señor. A veces damos gracias al Señor por hacernos dar más frutos de los que hubiéramos dado con tan solo nuestro trabajo. Aunque de vez en cuando lo pasamos mal, hemos recibido más bendiciones de lo que nos merecemos por nuestra tarea de servir y por eso nos faltan palabras para estar agradecidos.
Un siervo de Dios persigue los intereses de su maestro, no los suyos propios. Ustedes y yo debemos disponer nuestros corazones como siervos de Dios y vivir persiguiendo los intereses del Señor. De hecho hay hermanos y hermanas que se han ofrecido a sí mismos a Dios como Sus siervos. Estos siervos y trabajadores, tanto hombres como mujeres, son todos valiosos. Por supuesto que todas las almas son valiosas. No hay nadie entre los nacidos de nuevo del agua y el Espíritu que no sea apreciado. Son todos apreciados porque son nuestros hermanos y hermanas, obreros del Reino de Dios y miembros de Jesucristo. Cualquiera que se vanaglorie, como si fuera un pez grande en un acuario pequeño, no tiene ni idea de cómo debe ser el corazón de un siervo.
Nuestros ministros se reúnen en ocasiones y piden consejo a los líderes más mayores de la iglesia, preguntándoles: «Esto es lo que ocurrió en mi iglesia. ¿Qué debo hacer?». También hablamos de evangelismo y nos repartimos las tareas decididas entre nosotros. El hecho de que se me confíe una tarea, sea la que sea, es algo por lo que estar agradecidos. Todo esto se hace para encontrar la mejor manera de servir al Evangelio. No importa lo que nos pase, todo lo que importa es que difundamos el Evangelio fielmente. La Iglesia de Dios siempre mira hacia delante, da una visión y establece la política a seguir. Sin embargo, cuando todas estas obras están a punto de ser realizados, la Iglesia primero mira a ver si cumplen la voluntad de Dios. Una vez están a punto de ser ejecutadas, confiamos en Dios y las llevamos a cabo con oraciones frecuentes.
Si los siervos de Dios están demasiado preocupados por sus posesiones materiales, no pueden vivir como Sus siervos. Ya sea rico o pobre, un siervo es siempre un siervo. Somos mayordomos. Los mayordomos deben saber llevar todo bien y después dejarlo todo atrás. El corazón de un siervo sólo tiene interés en difundir el Evangelio.
Entonces vivamos el resto de nuestras vidas como siervos de Dios, poniendo nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu y después presentémonos ante Dios. Tengo confianza en que de la manera en que han vivido su fe hasta ahora, seguirán viviendo por fe en el futuro. En los días que están por venir, no debemos perder la disposición de siervos de Dios, ni perseguir sólo nuestro propio bienestar o gloria, sino que debemos dedicarnos a la obra de Dios y vivir nuestras vidas por fe y por Su justicia. Sólo entonces podemos caminar con Cristo y vivir unidos al Él.
Hay muchas cosas que no sé. No les estoy aconsejando porque crea que soy mejor que ustedes, sino porque Dios les ha llamado a ser Sus siervos y les ha confiado Su obra. Creo que ustedes llevarán a cabo esta tarea que les ha sido asignada. Creo en esto porque tanto sus corazones como el mío están habitados por el Espíritu Santo.
Estoy contento de vivir como siervo de Dios. Estoy tan contento que haga lo que haga, ya coma o beba, vivo sólo por mi Maestro. Después de este oficio de culto, todos comeremos pan juntos. Todos comeremos y estaremos felices en hermandad. Dios nos ha dicho que hagamos lo que hagamos, ya comamos o bebamos, lo hagamos para Su gloria (1 Corintios 10, 31). Por eso estoy feliz. ¿Están ustedes felices también?
Aunque somos insuficientes, estamos felices porque podemos vivir para el Señor con nuestros corazones siempre dispuestos a ser siervos de Dios. Ahora vivamos felices por fe en el Señor. Creo que es por este fin, vivir de esta manera, que Dios nos ha dado la fe que nos ha salvado del pecado, y el poder y bendición para hacer Su obra.
Doy gracias a Dios. ¡Aleluya!