The New Life Mission

Sermones

Tema 22: Evangelio de Lucas

[Capítulo 10] < Lucas 10, 25-37 > Podemos ser salvados solamente a través de Jesús

< Lucas 10, 25-37 >
«Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? El le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? El dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo».
 
 
En el pasaje de las Escrituras que hemos leído hoy, podemos leer la conversación entre cierto abogado y Jesús. Jesús estaba hablando figurativamente. Mientras hablaba, le preguntó al abogado quién sería el prójimo del hombre rescatado diciendo: «¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?». El abogado contestó: «El que le mostró misericordia». A través de este pasaje, Jesús nos está enseñando quiénes son nuestros prójimos de verdad.
 
 
¿Quién encuentra la gracia de Dios?
 
Los que son espiritualmente y físicamente desafortunados son los que encuentran la gracia de Dios. Son tan malditos que Dios no puede evitar mostrarles Su Amor. Dios les da Su misericordia a estas personas tan miserables. Dios le da Su amor con benevolencia y gracia a los que merecen Su misericordia. La verdadera benevolencia que Dios nos ha mostrado se manifiesta de esta manera a los pecadores desgraciados a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Quiero tomar esta oportunidad para aprender en más detalle a quién demuestra el Señor Su gracia.
En el pasaje de las Escrituras de hoy, Jesús le dijo una parábola a un abogado, a un mentor de la Ley: «Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?».
Al principio, el abogado se le acercó a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?». El abogado dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Entonces Jesús le dijo: «Has contestado bien, haz esto y vivirás», pero el abogado, queriendo justificarse, le dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». El abogado le preguntó esto para justificarse y retar a Jesús.
Jesús habló figurativamente acerca de un hombre que cayó a manos de unos ladrones de camino a Samaria desde Jerusalén, y cómo fue rescatado por un buen samaritano Hemos escuchado este pasaje tantas veces que pensamos que lo conocemos bien. Pero creo que como están tan acostumbrados a él, algunos no han prestado demasiada atención. Pero en vez de ignorarlo pensando que lo conocemos bien, debemos recordarlo y pensar en las bendiciones de Dios que se encuentran en este pasaje y hacerlo nuestro pan espiritual.
El mentor de la Ley se le acercó a Jesús e intentó alardear de su observancia de la Ley. Lleno de confianza y lleno de engaño, retó a diciendo: «He cumplido todos los mandamientos de Dios y he amado a mi prójimo, ¿quién es el verdadero prójimo? Le trataré como Dios me lo ordene, pero ¿quién es mi prójimo? Si me dices quién es mi prójimo, le amaré como me amo a mí mismo».
Fundamentalmente hablando, este abogado no era un hombre justo que pudiese cumplir la Ley de Dios, ya que todo el mundo tiene una naturaleza pecadora y todos los ingredientes del pecado. Pero el abogado, que no conocía la verdad, se juzgó erróneamente pensando que era capaz de cumplir la Ley de Dios completamente. En otras palabras, este abogado no conocía sus habilidades. Tenía demasiada confianza en sí mismo. Así que se presentó ante Jesús para retarle preguntando: «¿Quién es mi prójimo? Mostraré que amo a mi prójimo como a mi propia carne. Así recibiré la vida eterna». Así que Jesús puso al descubierto el hecho de que este abogado intentaba probarle a través de una parábola: «No puedes cumplir toda la Ley y siempre será así».
La primera ciudad que Jesús mencionó en Su parábola es Jerusalén. Jerusalén es la ciudad de paz. Es la ciudad de la religión. Durante los días de Jesús, Jerusalén era la capital de Israel y la ciudad más grande de la región. El nombre Jerusalén significa “enseñanza de paz”. Jesús mencionó Jerusalén específicamente en Su parábola para enseñarle al abogado su verdadera naturaleza.
En la parábola, cierto hombre fue desde Jerusalén a Jericó. Todos los nombres geográficos y de personas que aparecen en la Biblia tienen significado. La ciudad de Jericó significa “aromático”, es decir, esta ciudad representa este mundo. Esto lo entenderán mejor al final de mi sermón.
Cuando Jesús explicaba Sus enseñanzas, solía utilizar parábolas. ¿Qué dijo Jesús que significaba el hecho de que un hombre fuera atacado por ladrones mientras viajaba de Jerusalén a Jericó? Esto significa que el abogado era de Jerusalén y que era un hombre religioso, un líder de la religión judía. Y Jesús utilizó esta metáfora para enseñarnos que las personas religiosas pueden ser corrompidas y caer a manos del mundo después de vivir una vida religiosa.
 
 
Somos las personas que cayeron a manos de los ladrones mientras iban de camino a Jericó
 
Jesús dijo: «Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo». Sabemos que un cierto sacerdote aquí se refiere al abogado del que Jesús estaba hablando. Jesús estaba diciendo figurativamente: «Tú eres el sacerdote de esta parábola. Vives en la comodidad y opulencia de Jerusalén, y desde tu posición elevada enseñas a todo el mundo cómo vivir. Aunque hables de la Ley como un líder religioso, y enseñes a observarla y a amar al prójimo como a uno mismo, no cumples los mandamientos de Dios ni amas a tu prójimo, como los sacerdotes que abandonaron a la víctima en esta parábola. No cumples la Ley».
Hay muchas ocasiones en las que los cristianos acaban cayendo en las garras del mundo mientras viven una vida religiosa durante mucho tiempo. Además, no solo los creyentes laicos, sino también los líderes religiosos que sirven como maestros, sin haber nacido de nuevo, es decir los pastores, evangelistas, ancianos y diáconos, pueden ser siervos de Satanás y ser condenados. Nosotros éramos iguales. Antes de encontrar el Evangelio del agua y el Espíritu, caímos en el pecado, la debilidad, la desesperación y la trampa de Satanás, y así estábamos destinados a ser condenados y destruidos. Como creíamos en Jesús sin conocer Su justicia, estábamos destinados a ir al infierno por nuestros pecados.
A través de Su parábola, Jesús estaba diciéndole al abogado: «Tú, maestro de la Ley, serás malvado a medida que pase el tiempo y sufrirás por tus pecados. Alardeas de cumplir la Ley y de tu fe en Dios, pero tratas a los gentiles como animales y no muestras compasión a los que no pueden cumplir la Palabra de Dios. Enseñas sentado en el Templo que la gente debe vivir según la Palabra de Dios, pero ¿vives como enseña la Ley? Eres también un pecador que no vive por la Ley. Por eso necesitas la salvación».
En Israel, los sacerdotes eran levitas. En particular, los Sumos Sacerdotes eran descendientes de Aarón, dentro de la tribu de Levi. De entre los descendientes de Aarón, los hombres que cumplían los 30 años podían convertirse en Sumos Sacerdotes. Dios hizo que los descendientes de Levi, de entre las doce tribus de Israel, fueran sacerdotes. Los sacerdotes eran los líderes de los israelitas y se encargaban de ofrecer sacrificios por la gente en el Tabernáculo. Pero uno de los sacerdotes, como el abogado que enseñaba al pueblo de Israel a vivir según la Ley, pasó de largo cuando vio al viajero moribundo que cayó a manos de los ladrones.
Los sacerdotes y expertos de la Ley le pedían al pueblo de Israel que cumpliese la Ley, ¿pero cuál era la realidad? Aunque les decían a los israelitas que viviesen según la Palabra de Dios y se arrepintiesen no podían cumplir la Ley. ¿Y ustedes? ¿Pueden cumplir la Ley? No, no pueden. ¿Están seguros de que pueden cumplir la Ley de Dios al 100%? No, no pueden. Sería maravilloso poder cumplir la Ley de Dios perfectamente, pero no podemos. No hay ni una sola persona que pueda cumplir la Ley perfectamente.
Pero hay muchas personas en este mundo que no se conocen a sí mismas e intentan en vano ser salvadas de sus pecados al cumplir la Ley de Dios perfectamente. ¿Cómo de lejos están de Dios? Algunas personas enseñan a cumplir la Ley de Dios perfectamente, mientras que otras juzgan con justicia propia diciendo: «¿Por qué no puedes cumplir la Ley de Dios?». Estas personas son los líderes religiosos del cristianismo. Actúan como líderes religiosos del cristianismo aunque no hayan nacido de nuevo. Son líderes religiosos hipócritas. Dicen a las personas de sus iglesias: «De esto se trata la Ley de Dios y debemos vivir cumpliendo esta Ley». Sin embargo, están gritando en vano sin conocer el significado básico de la Ley de Dios.
¿Por qué nos ha dado Dios la Ley? Dios nos dio la Ley para enseñarnos quiénes somos y nos dice: «Todos cometéis pecados». Dios no nos dio la Ley para ser salvados cumpliéndola, sino que nos la dio para que nos diésemos cuenta de nuestros pecados, como está escrito: «Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Romanos 3, 20). Pero, en contra de las intenciones de Dios, hay muchas personas que interpretan la Ley erróneamente y retan al Señor preguntando: «¿Quién es mi prójimo? Le amaré como a mí mismo».
Estos cristianos no pueden evitar ir a Jericó, es decir ir al mundo, aunque hayan creído en Jesús durante mucho tiempo y su posición en la Iglesia sea muy prominente, porque no han encontrado todavía el Evangelio del agua y el Espíritu. Acabarán corrompiéndose más después de creer en Jesús. Aunque quieran vivir por la voluntad de Dios, no pueden. Cuando creen en Jesús por primera vez, suelen ser apasionados y su fe se enciende. Pero a medida que pasa el tiempo, su fe se enfría y se corrompen aún más por sus pecados, aunque sus cargos en sus iglesias sean elevados y pasen de ser diáconos a ser ancianos, o de ser ayudantes de ministros a ministros. Lo que nuestro Señor le dijo al abogado aquí significa lo siguiente: «Tú eres el que no ayudó a la persona que cayó a manos de los ladrones. Y tú eres el que va a ir al infierno. Eres la persona que necesita ayuda de tus prójimos, y tu prójimo soy Yo». En otras palabras, Jesús es el verdadero prójimo de todos los seres humanos.
Los cristianos intentan cumplir la Ley, pero es muy difícil porque tienen debilidades humanas. Son simplemente incapaces de cumplir la Ley. Pero la mayoría de los líderes cristianos les piden a sus congregaciones que vivan por la Ley. ¿Por qué nos dio Su Ley entonces? Para que nos diésemos cristianos nuestros pecados. Entonces, no debemos enseñar a los que no han nacido de nuevo que cumplan la Ley de Dios todavía. Este tipo de enseñanza se desvía de la voluntad de Dios y del objetivo de la Ley. Una persona como el abogado del pasaje de las Escrituras de hoy cree que sabe enseñar a otras personas aunque no ha nacido de nuevo. ¿Qué hacen estas personas cuando se encuentran con alguien con problemas? Aún cuando su prójimo cae en manos de los ladrones y está muriendo, le miran sin hacer nada, como si no fuera problema suyo. No tienen ni idea de qué hacer.
Los que dicen creer en Jesús sin conocer la justicia de Dios no son los nacidos de nuevo. Pero a pesar de esto, aunque estas personas digan creer en Jesús como su Salvador sin conocer la justicia de Dios, parece que hayan llegado a un estado espiritual alto. En realidad, estas personas suelen pensar que son buenos cristianos. Pero a medida que pasa el tiempo, se corrompen y acaban en este mundo como el sacerdote del pasaje de las Escrituras de hoy que fue de Jerusalén a Jericó. Jerusalén está en un plano elevado mientras que Jericó está al menos a 270 m (900 pies) por debajo del nivel del mar. Aunque muchos cristianos equivocados intentan vivir una vida santa a través de la religión llamada cristianismo, en realidad están yendo hacia el aroma de este mundo y su destrucción.
Entre los que no conocen la justicia de Dios todavía, no hay nadie que pueda cumplir Su Ley. Pero este abogado se atrevió a decir: «¿Quién es mi prójimo? Cuidará de él. Amaré a Dios con todas mis fuerzas hasta que muera. Y amaré a mi prójimo como a mí mismo. Soy perfecto al servir a Dios. Y ahora daré mi amor a mi prójimo». ¿Creen que pueden cumplir todas sus obligaciones morales hacia su prójimo? Nadie puede hacer esto. Incluso si Confucio resucitase, no podría cumplir todas las obligaciones morales hacia su prójimo. Por eso nuestros ancestros enseñaron el confucianismo a sus descendientes, porque sus ideas representaban un estado imposible de alcanzar. Como es imposible seguir todas las enseñanzas del confucianismo, son simplemente una guía sobre cómo vivir idealmente. Pero nadie puede cumplir todas sus obligaciones morales hacia su prójimo.
La Ley está compuesta de dos tipos de mandamientos, uno de ellos tiene que ver con nuestra relación con Dios, y el otro tipo con nuestra relación con el prójimo. Dicho de otra manera, los 613 estatutos de la Ley especifican lo que debemos hacer y lo que no debemos hacer en nuestra relación con Dios y el prójimo. Pero, ¿quién es capaz de cumplir todos los mandamientos de Dios perfectamente? ¿Pueden cumplir todos los mandamientos acerca de cómo tratar al prójimo, sin entrar en la relación con Dios? No. Esta incapacidad está definida por nuestra naturaleza fundamental como seres humanos; no tienen nada de lo que alardear ante Dios. Pero el abogado arrogante tenían tanta confianza en sí mismo dijo: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Dios hizo Su Ley para que todo el mundo se diese cuenta de sus pecados, y para que los nacidos de nuevo la usasen como una guía básica para la vida. Por tanto, los que no han nacido de nuevo deben nacer de nuevo primero al creer en el Evangelio del bautismo y la sangre de Jesús.
 
 
Pero, ¿quién es mi prójimo?
 
Con Su parábola, Jesús le estaba diciendo al abogado: «Un viajero cayó a manos de unos ladrones cuando iba hacia Jericó y fue abandonado moribundo. Un sacerdote pasó por su lado, pero pasó de largo aunque la víctima estuviese gritando para pedir ayuda. Este sacerdote eres tú, porque pasas de largo de tu prójimo cuando necesita ayuda». Jesús tenía al abogado en mente cuando le dijo esta parábola.
En la parábola, el viajero fue atracado, le robaron todas sus posesiones y se estaba desangrando. Así que pidió ayuda, pero el sacerdote pasó de largo pensando: «Este hombre tiene sangre por todas partes. ¿Debería ir a ayudarle o pasar de largo fingiendo que no he oído nada?». Calculó esto en su mente y pensó: «¿Qué pasa si el hombre muere mientras le intentó ayudar? Tendré que encargarme del cadáver. Está muy malherido. Sería un desastre si tuviese que ayudarle y aún así muriese. Le ayudaría si sus heridas no fueran tan graves, y entonces me tratarían como un héroe por salvarle. Pero el hombre está casi muerto. ¿Qué puedo hacer ahora? ¡Nada!». Así que el sacerdote decidió pasar de largo como si no hubiese visto nada.
¿Qué significa esta historia? El Señor nos está diciendo que todos los líderes religiosos que no han nacido de nuevo son como este sacerdote. Está diciendo que ningún pecador puede vivir por la Ley. La parábola del buen samaritano nos enseña que si alguien cree en Dios sin nacer de nuevo, acabará corrompiéndose en vez de hacer crecer su fe. Engañado por Satanás cometerá más pecados y al final perecerá para pagar el precio de los pecados. Satanás ataca a los hombres para separarlos de Dios. Cuando caemos en la tentación de Satanás, acabamos muriendo. Esta es una de las lecciones que aprendemos de la parábola del buen samaritano.
Hay todo tipo de pecados, pero todos ellos llevan a la destrucción de los pecadores. Deben darse cuenta de que son pecadores y de que nacieron con pecados desde el principio. Simplemente ser conscientes de esto de manera vaga no es suficiente; deben aplicar lo que saben a ustedes mismos. Si no han nacido de nuevo, deberán admitir que son pecadores. Así que deben saber que van a ir al infierno por su estado de pecadores. Si simplemente piensan que pueden ser pecadores vagamente, no entenderán su estado, pero si saben claramente que son pecadores, se darán cuenta de que el juicio de Dios es inevitable. La Biblia dice: «Porque el precio del pecado es la muerte, pero el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Romanos 6, 23). Deben darse cuenta de que todos los pecadores están destinados a ir al fuego del infierno sin falta. Si alguien dice que es pecador pero no sabe que va a ir directamente al infierno, esta persona solamente conoce su estado pecador de manera vaga y superficial. En otras palabras, es un pecador solo en teoría. Es como un cerdo que no sabe cuándo le va a llegar la hora. Si tienen pecados, es decir si son pecadores, están destinados a ir al infierno. Es la verdad. ¿Puede una persona que tiene pecados ir al Cielo? Por supuesto que no. Aunque una persona crea en Jesús fervientemente, no puede ir al Cielo si no nace de nuevo.
En las comunidades cristianas, los que van a la iglesia sin nacer de nuevo piensan que irán al Cielo aunque tengan pecados, porque creen en Jesús. Pero estos cristianos simplemente van a la iglesia. ¿No irán al infierno porque tienen pecados en sus corazones y tan solo creen en Jesús? Si una persona tiene pecados en su corazón, tiene que ir al infierno. El Señor dijo: «El precio del pecado es la muerte». Los que tienen pecados están destinados a ir al infierno sin excepción. Dios nos dijo esta verdad. Si creen en la Palabra de Dios como la verdad, deberán conocer su verdadera naturaleza. Entonces podrán ser salvados de todos sus pecados. Lo primero que deben saber es que si tienen pecados, deberán ir al pecado.
Cuando un cristiano empieza a creer en Jesús, cumple la Ley, hace obras buenas para su prójimo, predica el Evangelio y lo hacer todo bien. Pero de la misma manera en que el viajero cayó a manos de los ladrones y fue dejado moribundo, todos los cristianos del mundo lo pierden todo, desde sus propias virtudes a sus obras buenas y sus justicia. Por los pecados que siguen cometiendo, pierden toda su justicia al final. El que una persona pierda todas sus posesiones significa que ha perdido su justicia. Nosotros también éramos así y no podíamos evitar confesar al Señor después de pecar: «Señor, soy un pecador. Si no me salvas, moriré aquí. Iré al infierno».
Ustedes son como el hombre que cayó a manos de los ladrones y por eso dicen: «Iré al infierno. Por favor, sálvame». Quien no nazca de nuevo, tiene pecados en su corazón. Estas personas caen a manos de los ladrones, que les quitan toda la ropa y las maltratan, y al final se acaban desangrando. Todo el que tenga pecados sangrará hasta morir. Todo el que tenga pecados irá al infierno. Todos los pecadores serán arrojados al fuego del infierno. Pero a pesar de esto hay muchas personas que alardean de ser pecadores. Como no saben que Satanás les ha engañado, dicen que son pecadores que creen en Jesús. Estas personas van al infierno con toda seguridad. Como los pecadores son ciegos espiritualmente, no pueden ver a Dios ni encontrar el camino al Cielo. Así que todo lo que tienen que hacer para conocer a Dios es conseguir Su ayuda.
Con Su parábola, Jesús está diciendo que una personas puede ser salvada de sus pecados cuando encontramos al samaritano, es decir a Jesús, que es nuestro prójimo benevolente. Los maestros de la Ley y los sacerdotes alardeaban de cumplir la Ley con sus palabras, pero que no podían vivir por la Ley. Era inevitable que estos sacerdotes y abogados sucumbiesen a la palabra al final, como el viajero que cayó a manos de los ladrones. Además, mientras iban por el camino resbaladizo del mundo, también perdieron toda su justicia, sus virtudes y sus pertenencias. Deberían haberse rendido al Señor y haber ido ante Su presencia para pedirle Su salvación.
Está escrito: «Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo» (Lucas 10, 32). Este pasaje una vez más nos demuestra que los que viven una vida religiosa, incluyendo los líderes religiosos y los oficiales de las iglesias, son unos hipócritas. Los que no han nacido de nuevo no pueden vivir en Jerusalén, es decir en el Reino de Dios. No pueden evitar ser hipócritas. Fingen ser santos y hablan de santidad y devoción, pero cuando miran en el fondo de sus corazones, ven que están llenos de pecados y que están destinados a ir al infierno. Por tanto, estos cristianos deben creer en el bautismo y la sangre de Jesús para ser librados de todos sus pecados.
Esto es lo que Jesús quería enseñarnos a través de Su parábola del buen samaritano. Pero cuando predicó este pasaje de las Escrituras, los que no habían nacido de nuevo dijeron: «No hagamos como este sacerdote. No nos comportemos como el levita. Debemos buscar y ayudar a los que cayeron a manos de los ladrones como el buen samaritano».
Mis queridos santos, ¿somos todos iguales? ¿Podemos hacer lo que hizo el samaritano? Este buen samaritano es nuestro prójimo Jesús. Solamente Jesús ha borrado todos nuestros pecados con el bautismo que recibió de Juan el Bautista y la sangre que derramó en la Cruz. Aunque los pastores del mundo den sermones sin sentido acerca de este pasaje de las Escrituras, podemos darnos cuenta de que no significa lo que ellos dicen que significa. Como Jesús dijo en la parábola, cierto samaritano, cuando iba de viaje, se encontró con la víctima, y cuando la vio, tuvo compasión. Así que le tapó las heridas, le puso vino y aceite en ellas, lo puso en su propio animal y lo llevó a una posada donde cuidó de él.
Este samaritano aquí no se refiere a cualquier hombre bueno del mundo a un cristiano benevolente. Tampoco se refiere a ti ni a mí. No implica el tipo ideal de pastor, anciano o diácono. El buen samaritano se refiere a Jesucristo, que fue rechazado por los judíos pero se convirtió en la piedra angular de la salvación de Dios, como está escrito. «La piedra que los constructores rechazaron se ha convertido en la principal piedra angular» (Salmos 118, 22). Los judíos de aquel entonces pensaban que los samaritanos eran inferiores porque eran de sangre mezclada. Los israelitas despreciaban a los samaritanos diciendo que eran inferiores. Pero uno de los samaritanos, cuando iba de viaje, se encontró con una víctima de robo, y cuando lo vio, tuvo compasión. Así que fue a ayudarle, le curó las heridas, le puso vino y aceita y las tapó, después lo puso en su animal, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, cuando salió, sacó dos denarios y se los dio al posadero y le dijo: «Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese». En otras palabras, esta parábola significa que cuando caímos a manos de los ladrones, cuando estábamos preocupados por nuestros pecados, y cuando fuimos destinados a ir al infierno, Jesús vino y nos salvó. En resumen, el Señor nos está enseñando que nos ha salvado de esta manera.
 
 
¿Qué hizo este samaritano al hombre que cayó a manos de los ladrones?
 
Cuando el samaritano vio a la víctima, sintió pena por él. Tener compasión por alguien es benevolencia. Si nos hubiésemos tenido ayuda, estaríamos destinados al infierno. Por mucho que intentemos vivir por la voluntad de Dios, no podemos hacerlo. Somos incapaces de seguir la voluntad de Dios perfectamente. Somos hombres débiles. Somos muy débiles a los ojos de Dios. Por eso el Dios Todopoderoso tuvo compasión de nosotros. Los seres humanos tienen facilidad para señalar los errores de los demás, pero Dios Todopoderoso, que es el Dios del amor, el Dios de la Verdad, y el Salvador, tiene compasión de los humanos. El buen samaritano tuvo compasión del hombre moribundo, se le acercó y lo ungió. Esto simboliza que Jesús vino al mundo encarnado en un hombre y salvó a todas las personas con Su bautismo y sangre. Tuvo compasión de la humanidad y la salvó.
La mayoría de los judíos no respetan a Jesús. Solo unos pocos judíos que siguieron a Jesús le reconocieron y respetaron. Jesús no tenía nada por lo que ser admirado en Su apariencia externa. En vez de aceptarle, los judíos le despreciaron. Nuestro Señor siempre ha sido despreciado desde que vino a este mundo en una condición humilde. Pero a pesar de ser despreciado por la gente del mundo, Jesús salvó a la humanidad, de la misma manera en que el samaritano humilde rescató al hombre moribundo. Dios se ha convertido en un Hombre humilde para los humanos. El Creador del universo vino a este mundo encarnado en un hombre, como está escrito: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Juan 1, 14).
¿Qué hizo Jesús, nuestro Dios, por nosotros cuando vino a este mundo? De la misma manera en que los pecados de los israelitas fueron pasados al cordero del sacrificio mediante la imposición de manos en el Antiguo Testamento, Jesús cargó con los pecados de la humanidad y los eliminó al ser bautizado por Juan el Bautista a los 30 años.
 
 
El Evangelio de la justicia de Dios nos ha salvado
 
Pasemos a Mateo 3, 13-15: «Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó». El que Jesús fuese bautizado por Juan el Bautista es la misma obra que el buen samaritano hizo al ungir aceite en las heridas del hombre herido. Este pasaje dice que Jesús, el verdadero fue bautizado para salvar a todos los pecadores destinados a ir al infierno. Jesús fue bautizado a los 30 años. Empezó Su vida pública a los 30 años. Empezó Su ministerio para salvar a la humanidad de todos los pecados. Jesús se acercó a Juan el Bautista cuando estaba bautizando al pueblo de Israel en el río Jordán. Cuando quiso ser bautizado por Juan el Bautista, Juan intentó disuadirle al principio: «Yo necesito ser bautizado por Ti, ¿pero Tú vienes a mí?», Jesús le dijo a Juan el Bautista firmemente: «Permíteme hacer ahora, pues conviene así que cumplamos toda justicia».
Nuestro Señor vino a este mundo para salvar a los pecadores. Entregó Su carne cuando cumplió los 30 años. Jesús le dijo a Juan el Bautista cuando iba a ser bautizado: «Permíteme hacer ahora, pues conviene así que cumplamos toda justicia». Debemos darnos cuenta de la razón por la que Jesús dijo esto. ¿Por qué fue Jesús bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán? ¿Y por qué dijo Jesús: «Permíteme hacer ahora, pues conviene así que cumplamos toda justicia»?
Esta es la razón: Jesús fue bautizado porque todos nos habíamos convertido en pecadores destinados a ir al infierno y quería librarnos de todos nuestros pecados. Aquí Jesús dijo: «Permíteme hacer ahora, pues conviene así que cumplamos toda justicia». La palabra así es “οϋτως γάρ” (hoo’-tos gar) en griego, que significa de esta manera, de la manera más adecuada o de ninguna otra manera. Esta palabra demuestra que Jesús tomó todos los pecados de la humanidad sobre Sí mismo irreversiblemente y de la manera más adecuada a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista.
En la era del Antiguo Testamento, si un pecador quería ser librado de sus pecados ante Dios, tenía que escoger un cordero inocente, pasarle los pecados a la cabeza del animal mediante la imposición de manos, cortarle el cuello para sacarle la sangre, ponerla en los cuernos del altar de los holocaustos, cortar el animal a pedazos, ponerlos en el altar y quemarlos y ofrecérselo a Dios como ofrenda del pecado. El pecador era entonces redimido de sus pecados ante Dios a través de este sistema de sacrificios. Jesús era bautizado para borrar todos los pecados de los pecadores destinados a ir al infierno. Jesús fue bautizado para hacernos personas justas.
«Permíteme hacer ahora, pues conviene así que cumplamos toda justicia». De la misma manera en que los pecados de los israelitas eran pasados a un animal inocente, Jesús tomó los pecados del mundo sobre Sí mismo y fue condenado en nuestro lugar como nuestra propiciación. Jesús fue bautizado para cargar con todos los pecados de todos los pecadores. Por eso Jesús agachó la cabeza ante Juan el Bautista y él le puso las manos sobre la cabeza. De la misma manera en que los pecados de los israelitas eran pasados al animal del sacrificio a través de la imposición de manos en el Antiguo Testamento, Jesús, el Cordero de Dios fue bautizado por Juan el Bautista para cargar con todos los pecados del mundo y erradicarlos.
 
 
Juan el Bautista es el representante de toda la humanidad
 
Entre los nacidos de mujer, Juan el Bautista era el hombre más grande de todos. Está escrito en Mateo 11, 11 que Jesús dio testimonio de Juan diciendo: «De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista». Jesús dijo esto porque Juan el Bautista había pasado todos los pecados de la humanidad a Jesús como representante de la humanidad. En el momento en que Jesús fue bautizado, tomó todos los pecados de la humanidad sobre Sí mismo y los eliminó. De la misma manera en que Jesús empezó Su vida pública a los 30 años, fue bautizado primero y aceptó todos los pecados de la humanidad sobre Su cabeza. Y proclamó durante tres años que era la Luz del mundo y el Salvador. Cuando Jesús murió en la Cruz, exclamó: «Está acabado».
Al ser bautizado por Juan el Bautista y tomar todos los pecados del mundo, Jesucristo borró todos los pecados del mundo. Así, al ser bautizado, Jesús aceptó todos los pecados del mundo y pagó el juicio de todos los pecados del mundo en la Cruz al derramar Su sangre por los pecadores. De esta manera, nos libró a todos de nuestros pecadores. Esta es la meta del bautismo de Juan el Bautista: «Permíteme hacer ahora, pues conviene así que cumplamos toda justicia». Estaba diciendo: «Juan, bautízame para pasarme todos los pecados del mundo. Cargaré con ellos». De esta manera, Jesús erradicó todos los pecados del mundo.
De la misma manera en que un cordero o cabra inocente eran sacrificados en el Antiguo Testamento, Jesús entregó Su cuerpo por la humanidad al ser bautizado y sangrar en la Cruz. Dios Padre alabó a Jesús, quien obedeció e hizo esta misión. Está escrito: «Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3, 16-17). Dios Padre estaba diciendo aquí: «Con Su bautismo, Mi Hijo me obedeció e hizo Mi voluntad de tomar todos los pecados del mundo». Dios Padre dio testimonio de esta Verdad. Entonces es cuestión de tiempo que creamos que el Señor nos ha salvado de todos los pecados. Debemos creer que Jesús cargó con todos nuestros pecados al ser bautizado cuando vino al mundo. Todos debemos ser liberados con esta fe.
 
 
«He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»
 
Pasemos a Juan 1, 29: «Al día siguiente Juan vio a Jesús viniendo hacia él y dijo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”». Juan el Bautista dio testimonio de Jesús. Como Juan el Bautista había bautizado a Jesús en el río Jordán, pudo dar testimonio de Jesús. Dio testimonio de Jesús diciendo: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Juan el Bautista dio testimonio de Jesús. Como Juan el Bautista bautizó a Jesús en el río Jordán, pudo dar testimonio de Jesús. Dio testimonio de Jesús diciendo: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Cuando Juan el Bautista vio que Jesús se le acercaba, dio testimonio de Jesús a sus discípulos y una gran multitud se formó a su alrededor.
¿Cuándo se pasaron los pecados del mundo a Jesús? ¿Cuándo fueron nuestros pecados pasados a Jesús? ¿Cuándo fueron los pecados de la humanidad transferidos a Jesús? Cuando Jesús fue bautizado. Cuando Jesús vino a este mundo y fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán, cargó con todos los pecados del mundo. Y al día siguiente de Su bautismo, cuando Juan el Bautista vio a Jesús acercársele, dio testimonio de Jesús diciendo: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Así, Juan el Bautista estaba diciendo: «Jesús es el Mesías y el Salvador. Es el Salvador de la humanidad. Ha cargado con nuestros pecados y los pecados de las generaciones futuras. Es el Cordero de Dios».
Hace 2000 años, Juan el Bautista le pasó todos nuestros pecados a Jesús al bautizarle, lo que es equivalente a la imposición de manos en el Antiguo Testamento. Y al ver que Jesús cargó con los pecados del mundo, dijo: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Todos estamos viviendo en este mundo. Desde el momento en que nacemos del vientre de nuestras madres, pertenecemos a este mundo. No importa cuánto tiempo hayamos vivido desde entonces, porque no podemos evitar cometer pecados ante la presencia de Dios. Ya creamos en Dios o no, todos cometemos pecados. ¿Pero qué pasa con los pecados cometidos? Que fueron pasados a Jesús. Jesús se convirtió en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Debemos creer en este bautismo de Jesús correctamente.
En Lucas 10 el Señor dijo que el samaritano tuvo compasión en el hombre moribundo y fue a ayudarle, y le puso aceite y vino en las heridas. Esto implica que el Señor tomó todos nuestros pecados y los eliminó al ser bautizado. Jesús no solo cargó con los pecados del mundo, sino que además derramó Su sangre y murió en la Cruz para ser juzgado en nuestro lugar. Debemos creer en esto. Al creer en esta Verdad podemos ser salvados. Cuando creemos en el bautismo de Jesús y Su muerte en la Cruz, podemos ser salvados por el Señor.
Y los pecados que han sido cometidos desde nuestro nacimiento fueron tomados por Jesús cuando fue bautizado. Y todos los pecados que cometemos en el futuro también han eliminados por Jesús. Nuestra esperanza de vida puede ser de 70 a 80 años, y a lo largo de nuestras vidas, seguimos cometiendo pecados. Todos esos pecados fueron pasados a Jesús hace 2000 años cuando fue bautizado. La manera en que pensamos no es importante, lo importante es que Jesús vino a este mundo, fue bautizado, murió en la Cruz y resucitó de entre los muertos. ¿Fueron todos nuestros pecados pasados a Jesús a través de Su bautismo? ¿Cargó Jesús con todos estos pecados del mundo? ¿Ha borrado el bautismo de Jesús todos nuestros pecados? La respuesta a todas estas preguntas es sí. Saber y creer en todas estas cosas es indispensable.
Si tienen 40 años, seguramente habrán cometido muchos pecados hasta ahora. ¿Fueron pasados todos estos pecados a Jesús? Sí. Si viviésemos hasta los 90 años, les quedarían 50 años de vida y los pecados que cometan en esos 50 años fueron pasados a Jesús hace 2000 años. Cada uno de los pecados cometidos en este mundo pertenece a los pecados del mundo sin importar cuándo los hayan cometido. Los pecados que cometemos hoy pertenecen a los pecados del mundo; los pecados que cometeremos mañana pertenecen a los pecados del mundo; los pecados cometidos ayer, pertenecen a los pecados del mundo; los pecados que cometemos el minuto en que nacemos pertenecen a los pecados del mundo; y los pecados heredados de nuestros padres pertenecen a los pecados del mundo. Cada uno de los pecados que cometemos hasta que morimos, incluyendo los pecados que cometemos antes de morir, están incluidos en los pecados del mundo. Hasta el último pecado fue pasado a Jesús. La Biblia proclama claramente que Jesús es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Hace 2000 años, Jesús tomó todos los pecados del mundo. Por tanto, ya no tenemos ningún pecado. Tener la fe correcta es ver esta evidencia y creer en esta verdad sin dudar.
Aunque no sabemos cuándo moriremos, sabemos con toda certeza que seguiremos cometiendo pecados hasta el último día en este mundo. Pero Jesús cargó con todos esos pecados a través de Su bautismo. No fuimos salvados al hacer obras virtuosas, sino al creer que el Señor nos salvó de todos nuestros pecados. Esto significa que no fuimos librados al cumplir la Ley o hacer buenas obras. No podemos hacer esto porque somos débiles, aunque nuestros corazones quieran. Por cada cosa que hacemos bien, hacemos cinco cosas mal. No somos más que pecadores desesperados destinados a ir al infierno. El Señor nos ha salvado y nos ha hecho justos. El Señor nos ha salvado a nosotros y toda la gente del mundo. Hemos sido salvados por nuestra fe. Sus pecados y los míos fueron pasados a Jesús.
El Libro de Levítico recoge el sistema de sacrificios. Según este sistema, un pecador tenía que poner las manos sobre la cabeza de un cordero o macho cabrío para pasarle todos los pecados diarios y entonces oraba: «Señor Dios, he pecado ante Ti. Por favor, acepta este animal y perdóname». Entonces el pecador tenía que cortarle el cuello al animal, sacarle la sangre y entregarle el resto al sacerdote. Entonces el sacerdote ponía la sangre en los cuernos del altar de los holocaustos, cortaba el animal en trozos y los quemaba en el altar de los holocaustos como ofrenda a Dios. Así los israelitas ofrecían estos sacrificios cuando cometían pecados, pero sus pecados seguían acumulándose porque no podían ofrecer sacrificios todos los días.
El Señor Dios estableció otro tipo de sacrificios para su pueblo el Día de la Expiación. Era realizado por el Sumo Sacerdote el décimo día del séptimo mes. Ese día, el Sumo Sacerdote ofrecía sacrificios para expiar los pecados de ese año cometidos por los israelitas porque era el representante de su pueblo. Para ofrecer sacrificios por su pueblo, primero tenía que ofrecer un toro como ofrenda por su pecado, para expiar sus pecados y los de su casa primero. El Sumo Sacerdote entonces llevaba dos machos cabríos y se los ofrecía al Señor en el Tabernáculo. El Sumo Sacerdote le ponía las manos en la cabeza el primer macho cabrío para pasarle todos los pecados de los israelitas, le sacaba la sangre, y la llevaba al Lugar Santísimo. Entonces esparcía la sangre siete veces en el propiciatorio del Arca de la Alianza situada en la cara esta del Lugar Santísimo. El número siete en la Biblia es el número de Dios y representa la perfección. Mediante esta sangre, el precio de los pecados anuales de los israelitas era pagado para siempre.
Había cascabeles de oro en el borde de las vestiduras del efod, que era la prenda exterior del Sumo Sacerdote. Así que cuando esparcía la sangre, los cascabeles sonaban y los israelitas escuchaban ese sonido fuera del Tabernáculo. Cuando el Sumo Sacerdote hacía sonar los cascabeles siete veces, todos los israelitas se sentían aliviados porque sabían que el precio de sus pecado había sido pagado.
El Sumo Sacerdote tomaba el otro macho cabrío, el chivo expiatorio, y lo llevaba ante el pueblo fuera del Tabernáculo, le ponía las manos sobre la cabeza y oraba: «Señor Dios, estas personas han cometido pecados durante este año, pecados de pensamientos malvados, adulterio, fornicación, asesinato, hurto, envidia, maldad, engaño, lascivia, ojo malvado, blasfemia, orgullo e insensatez. Yo, como representante de Tu pueblo paso estos pecados a este chivo expiatoria al imponer las manos sobre Su cabeza. Por favor, acepta este animal en vez de las vidas de Tu pueblo».
Después de esto, el Sumo Sacerdote mandaba al chivo al desierto de la mano de un hombre adecuado. El chivo llevaba la iniquidad de los israelitas y era soltado en el desierto. ¿Qué le pasaba entonces al chivo? Que moría cargando con los pecados de los israelitas en el desierto. Así los israelitas recibían la expiación de sus pecados anuales el Día de la Expiación.
¿Qué está escrito en Hebreos 10, 1? Dice: «Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan». Aquí el Señor nos enseña acerca de Su perfecta y eterna salvación al comparar Su sacrificio con el sacrificio del Día de la Expiación. Jesús ha ofrecido el eterno sacrificio con Su cuerpo a través de Su bautismo y Su sangre en la Cruz. Dicho de otra manera, al venir a este mundo y ser bautizado, nuestro Señor cargó con todos los pecados que no podían ser limpiados con las oraciones de penitencia diarias. Jesús nos ha salvado, a los que creemos en Su bautismo y sangre, de todos los pecados a la perfección. Juan el Bautista pasó todos los pecados del mundo a la cabeza de Jesús mediante la imposición de manos para que quien crea en el bautismo y la sangre de Jesús no tenga pecados. Nuestro Señor aceptó todos los pecados de la humanidad y sangró en la Cruz. En el Antiguo Testamento era el Sumo Sacerdote quien ofrecía sacrificios por su pueblo, y en el Nuevo Testamento fue Juan el Bautista, el último Sumo Sacerdote y descendiente de Aarón, el primer Sumo Sacerdote, quien cumplió la tarea de transferir los pecados de la humanidad (Lucas 1, 5-17; Mateo 11, 11-13).
Juan el Bautista nació como hijo de Zacarías, el sacerdote, y fue enviado al mundo seis meses antes que Jesús. Tanto Zacarías como su mujer Isabel eran descendientes de Aarón, el Sumo Sacerdote. Al ser bautizado por este Juan el Bautista, Jesús tomó todos los pecados del mundo sobre Sí mismo. Y al cargar con estos pecados del mundo y ser juzgado en la Cruz, nos ha salvado a todos. Al ser bautizado por nuestros pecados, ha borrado todos los pecados de nuestros corazones.
¿Qué dice Jesús en Su parábola? Dice que el samaritano fue al hombre moribundo y le curó las heridas con aceite y vino. Jesús ha sanado a todos los que estaban destinados a ir al infierno por sus pecados, a los que eran miserables y estaban afligidos por demonios.
Lo que el samaritano hizo aquí, curarle las heridas con aceite, se refiere al ministerio de Jesús, es decir, se refiere a que Jesús cargó con todos nuestros pecados y fue condenado en nuestro lugar. Es una representación simbólica del ministerio de Jesús del agua (Su bautismo) y su sangre. Al poner aceite en las heridas, evitamos que se infecten. De la misma manera, Jesús ha borrado por completo los pecados de la humanidad, los pecados que cometemos cuando nacimos de nuestras madre, los pecados que hemos cometido hasta ahora e incluso los pecados que cometeremos en el futuro. Nos ha salvado completamente para que, aunque seamos muy débiles, no volvamos a ser pecadores. Al ser bautizado personalmente, Jesús cargó con todos nuestros pecados. Ha tomado los pecados de toda la humanidad. Y al morir en la Cruz, fue juzgado en nuestros lugar por los pecados y nos salvó del juicio.
Después de poner aceite en las heridas del moribundo, ¿qué hizo el samaritano? Después le puso vino en las heridas. El vino simboliza aquí la sangre de Jesús. El vino también simboliza el gozo en la Biblia. Como está escrito: «La Palabra se hizo carne y vivió entre nosotros». Jesús vino a este mundo encarnado en un hombre y a los 30 años, cargó con todos nuestros pecados a través del bautismo recibido en el río Jordán. De esta manera más adecuada eliminó todos nuestros pecados. Así el Señor nos dio gozo a los creyentes y ha erradicado todos nuestros pecados.
¿Tenemos algún pecado? No, por supuesto que no. ¿Y los demás? ¿Está toda la gente del mundo sin pecados? Nadie tiene pecados. El problema es que muchas personas no se dan cuenta de lo que Jesús ha hecho por ellas, de la Verdad de nacer de nuevo, aunque todos los pecados del mundo hayan sido erradicados perfectamente gracias a la obra justa de Jesús. Como no se dan cuenta de esta Verdad de salvación que nuestro Señor ha completado, están viviendo una vida religiosa aferrados a sus pecados y al final son arruinados. Serán asesinados por ladrones de camino a Jericó, el mundo, y al final serán arrojados al infierno aunque el Salvador haya venido a salvarnos a todos con el agua y la sangre (1 Juan 5, 4-8).
La Biblia dice: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10, 17). Y también dice: «Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Juan 8, 32). «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8, 12).
Como vemos en estos pasajes de las Escrituras, la verdad está en la sangre y el agua de Jesucristo. El Señor dice que una persona no es salvada por cumplir la Ley bien, sino cuando el buen samaritano, es decir Jesucristo, le muestra misericordia. ¿Y qué hay de ustedes? ¿Han encontrado al samaritano? ¿Han encontrado al samaritano del que todos se burlaban? Jesús fue despreciado por todos los hombres de este mundo. Sigue siendo ridiculizado. Pero Jesús se convirtió en su Salvador y el mío. Jesús es el Dios del amor que nos dará la vida eterna si creemos en Él.
Nuestro Señor nos ha dado el gozo verdadero. Cuando creemos que todos los pecados del mundo, incluyendo los suyos y los míos, fueron pasados a Jesús a través de Su bautismo, tendremos verdadera paz y gozo. Cuando nuestros pecados son eliminados, cuando por fe se eliminan todos, estaremos llenos de gozo. Debemos circuncidar el prepucio de nuestros corazones como está escrito: «Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz» (Deuteronomio 10, 16). Es decir, cuando admitimos por fe que todos nuestros pecados fueron pasados a Jesús, seremos circuncidados con la remisión de los pecados en nuestros corazones. De esta manera tendremos paz y gozo en nuestros corazones.
El samaritano sanó a la persona que cayó a manos de los ladrones. ¿Cómo sanó al hombre herido? Utilizó vino y aceite sobre sus heridas. De la misma manera Jesús ha derramado vino y aceite sobre nuestras heridas abiertas y sangrantes causados por los pecados que hemos cometido. Nos ha puesto aceite y vino en las heridas que nos duelen en el corazón constantemente. Nuestro Señor dice: «He cargado con todos los pecados al ser bautizado por Juan el Bautista. Todos vuestros pecados han sido pasados a Mí mediante Mi bautizo. Y yo fui crucificado en vuestro lugar. Así que ya no tenéis más pecados. Creed en esta Verdad». Incluso en este momento nuestro Señor nos está diciendo esto.
Mis queridos hermanos, ¿han sido pasados a Jesús todos sus pecados pasados? Sí, fueron pasados a Jesús. Y Él también cargó con los pecados que estamos cometiendo ahora. Cargó para siempre con nuestros pecados pasados y presentes, e incluso los que cometeremos en el futuro hasta el día en que muramos. Jesús tomó todos los pecados del mundo para siempre al ser bautizado, y pagó el precio de los pecados al derramar Su sangre en la Cruz.
Ahora, podemos darnos cuenta de cómo han sido salvados los pecadores, cómo nacemos de nuevo, cómo recibimos la vida eternas y cómo podemos convertirnos en hijos justos de Dios, cuando creemos de todo corazón que Jesús fue bautizado y murió en la Cruz para salvarnos de todos nuestros pecados. Al creer en esta Verdad, en la salvación de Dios, podemos vestirnos de la gracia de Dios. Jesús tomó todos nuestros pecados. También tomó sus pecados. Debemos darnos cuenta y creer en esta Verdad para alcanzar nuestra salvación.
Jesús vino a este mundo como el Salvador. Y cuando vino, tuvo que aceptar nuestros pecados a través de la imposición de manos según la ley que Dios Padre ha establecido en el sistema de sacrificios. Sería imposible que los miles de millones de personas que viven en este mundo pusieran las manos sobre la cabeza de Jesús para pasarle los pecados personalmente. Pero Jesús es el Dios de la sabiduría. El Libro de Hebreos dice que hizo perfectos a todos los creyentes al venir a este mundo y entregarse una vez para siempre.
Pasemos a Hebreos 10, 1-8: «Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley)» (Hebreos 10, 1-8).
Este pasaje de las Escrituras dice: «Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan». La gente no puede ser perfecta solamente mediante la Ley del Antiguo Testamento. La Ley de Dios nos da sabiduría y nos enseña acerca de los pecados todos los días. Y Dios les dio a los israelitas el sistema de sacrificios para que pudieran borrar sus pecados. Pero, aunque a través de la Ley y el sistema de sacrificios aprendamos acerca de la redención de nuestros pecados, ninguno de ellos puede borrar todos nuestros pecados.
Dios estableció dos tipos de sacrificios para los israelitas: uno para sus pecados diarios y otro para los pecados anuales de los israelitas. Cuando un israelita cometía un pecado, tenía que ofrecer un animal en persona. Pero una vez al año, el décimo día del séptimo mes, el Sumo Sacerdote ofrecía el sacrificio del Día de la Expiación para eliminar los pecados anuales de todos los israelitas.
El pueblo de Israel tenía que vivir por todos los estatutos de la Ley. Si se incumplía un estatuto de la Ley, se tenía que ofrecer un sacrificio por ese pecados. Pero como nadie es perfecto, los israelitas no podían cumplir todos los estatutos de la Ley ni ofrecer sacrificios por todos los pecados cometidos todos los días. Incluso cuando ofrecían un sacrificio por una ofensa en particular, enseguida volvían a ser pecadores, ya que no podían evitar cometer pecados, y por eso tenían que volver y ofrecer otro sacrificio. Por razones obvias esto era completamente imposible.
Dios, conociendo esta limitación, estableció el Día de la Expiación y salvó a los israelitas de los pecados anuales a través del sacrificio ofrecido por el Sumo Sacerdote. Pero incluso el sacrificio del Día de la Expiación era limitado porque tenía que ser ofrecido cada año. Como seres humanos limitados, no podemos alcanzar la perfecta remisión de los pecados a través del sistema de sacrificios de la Ley del Antiguo Testamento. La Ley y el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento no pueden dejarnos completamente sin pecados.
Por eso el Salvador, Jesucristo, vino en la era del Nuevo Testamento y cargó con todos nuestros pecados para siempre al ser bautizado. De esta manera, y al ser condenado en la Cruz, nos ha dejado sin pecados y nos ha salvado del juicio. Así es como el Señor nos ha salvado. Podemos ser salvados de nuestros pecados solo cuando creemos en esta redención. La Ley en sí no puede salvarnos, y nuestras acciones justas tampoco.
 
 
Entonces, ¿qué debemos creer para ser librados de nuestros pecados?
 
Está escrito en Hebreos 10, 9-10: «Y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre». Como dice el pasaje, hemos sido santificados a través de la ofrenda del cuerpo de Jesucristo para siempre. El que Jesús se ofreciese a Sí mismo por todos significa que tomó todos los pecados para siempre al ser bautizado en el Río Jordán. Y al ser crucificado para siempre, Jesús pagó la condena de nuestros pecados. Como dice la Biblia: «El precio del pecado es la muerte». Los pecadores deben morir, pero Jesús nos ha librado de nuestros pecados para siempre. Jesús no nos ha salvado al aceptar nuestros pecados todos los días, morir todos los días y resucitar todos los días, repitiendo Su obra una y otra vez. Jesús, el Dios verdadero ha librado a toda la humanidad de sus pecados para siempre al venir al mundo una vez, aceptar los pecados de la humanidad para siempre a través de Su bautismo, y al ser crucificado solamente una vez. Esta era la voluntad de Dios Padre. Y Jesús cumplió esta voluntad en obediencia.
«En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebreos 10, 10-14).
¿Qué dijo Dios aquí? La frase: «pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados» significa que todos los pecados del mundo fueron pasados a Jesús para siempre cuando fue bautizado. Cristo ha redimido todos nuestros pecados para siempre cuando fue bautizado. Cristo ha redimido todos nuestros pecados, los cometidos en nuestros corazones y con nuestras acciones, conscientemente o inconscientemente. Por eso Jesús vino a este mundo, para librarnos de todos nuestros pecados. Vino para salvarnos de todos nuestros pecados. Nuestro Señor cargó con los pecados de todo el mundo y los redimió para siempre. En otras palabras, ofreció un sacrificio eterno.
Nuestro Señor ha borrado todos los pecados que hemos cometido y que cometeremos desde el principio del mundo hasta el final. No sabemos cuántos años más le quedan al mundo, pero hace 2000 años Jesús aceptó todos los pecados de la humanidad cuando se le pasaron al ser bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán. Así que nuestros pecados fueron pasados a Jesús. Cada uno de los pecados del mundo ya ha sido pasado a Jesús. Nos ofreció el sacrificio eterno para siempre al cargar con nuestros pecados, derramar Su sangre en la Cruz para ser juzgado para siempre, y levantarse de entre los muertos al tercer día; y se ha convertido en el Salvador de todos los que creemos en Él. Nosotros creemos en Jesús ahora, pero Él cargó con todos nuestros pecados hace 2000 años, y por eso solo tenemos que creer en esta Verdad y confesar: «El Señor aceptó todos mis pecados a través de Su bautismo. Fue juzgado en la Cruz en mi lugar. Sufrió burlas y mucho dolor. Murió para salvarme pero se levantó de nuevo y ahora está sentado a la derecha de Dios Padre. Y en este momento está vivo y está haciendo a todos los clientes perfectos».
El Señor ofreció el sacrificio eterno para siempre y ahora está sentado a la derecha de Dios Padre. Ahora Dios ya no está trabajando por nuestra salvación, sino que ya completó la obra de erradicar los pecados de la humanidad. Al creer en esta Verdad podemos ser salvados. Esta es la justicia de Dios.
Romanos 1, 17 dice: «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá». Hay una cosa muy interesante en el carácter chino para la palabra justicia, que en chino es “Yi” (義), ya que está compuesto por dos letras: “Yang” (羊), que significa oveja, y “Wo” (我), que significa yo. En otras palabras, quiere decir: «Me he convertido en una persona justa gracias a una oveja, es decir, gracias al amor y sacrificio del Cordero».
La justicia de Dios consiste en que nos hizo personas sin pecados a través de Su Cordero y nos salvó perfectamente de todos nuestros pecados. Pero por el contrario, la justicia del ser humano es como un trapo para limpiar el polvo. Los seres humanos somos sucios como un trapo. Nuestra justicia humana no es nada. Los humanos estamos destinados a ir al infierno después de vivir una vida inútil y sin sentido, como está escrito: «Este mal hay entre todo lo que se hace debajo del sol, que un mismo suceso acontece a todos, y también que el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos» (Eclesiastés 9, 3). Así que Dios se apiadó de nosotros y se convirtió en el Salvador de los pecadores. El Señor tomó todos nuestros pecados y ahora está sentado a la derecha de Dios Padre. Ya ha resuelto el problema de todos nuestros pecados y ahora está sentado a la derecha de Dios. Por eso es completamente imperativo que nos demos cuenta de que Jesús fue bautizado para tomar todos nuestros pecados de la misma manera en que los animales del sacrificio del Antiguo Testamento tomaba los pecados de los israelitas a través de la imposición de manos.
De la misma manera en que todos los pecados de los israelitas eran pasados a los animales del sacrificio mediante la imposición de manos sobre la cabeza de los animales en el Antiguo Testamento, Jesús cargó con todos los pecados del mundo en Su cuerpo santo y sin pecados al ser bautizado, es decir, Su cuerpo cargó con todos nuestros pecados. Aunque Su corazón no tenía pecados, Su cuerpo cargó con los pecados. Jesús cargó con todos nuestros y murió en nuestro lugar. De esta misma manera los animales del sacrificio cargaron con los pecados de los israelitas y murieron en su lugar durante el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento. De esta manera, nuestros pecados fueron eliminados. El bautismo de Jesús es lo que ha borrado nuestros pecados. Ha aceptado todos nuestros pecados que le fueron pasados Su bautismo. Esta es la razón por la que Jesús, cuando estaba a punto de ser bautizado, le dijo a Juan el Bautista: «Permíteme hacer ahora, pues conviene así que cumplamos toda justicia». Jesús no fue bautizado porque fuese humilde. No fue bautizado porque no tuviese poder o porque respetase a Juan el Bautista. Fue bautizado por una sola razón: salvarnos.
Solo a través de Su Palabra podemos ser salvados. Solo podemos ser salvados al creer en la Palabra de Dios correctamente. Por eso la fe es tan indispensable para nuestra salvación.
Pasemos a Hebreos 10, 14-18 juntos: «Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré, añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado» (Hebreos 10, 14-18).
Está escrito aquí: «Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado». Pero a pesar de esto, a pesar de que ya no hay ofrenda para el pecado, muchos cristianos siguen orando lo siguiente: «Señor, por favor, perdóname por pecar. He cometido pecados hoy. Perdona a este pecador. Jesús, ven a este mundo desde el Cielo y muere por mí en la Cruz una vez más». Pero no necesitan orar así más. No tienen que hacerlo más.
Jesús se convirtió en nuestro buen samaritano y ungió aceite y vino en nuestras heridas. Puso aceite en nuestras heridas de pecado. En Isaías 53, la Biblia dice:
«Ciertamente llevó él nuestras enfermedades,
y sufrió nuestros dolores;
y nosotros le tuvimos por azotado,
por herido de Dios y abatido.
Mas él herido fue por nuestras rebeliones,
molido por nuestros pecados;
el castigo de nuestra paz fue sobre él,
y por su llaga fuimos nosotros curados»
(Isaías 53, 4-5).
Isaías era un siervo de Dios que había profetizado a los israelitas unos 700 años antes de que Jesucristo viniese a este mundo. De la misma manera en que Isaías profetizó aquí, Jesús fue herido y molido por nuestras iniquidades y pecados. Pero Jesús no tenía ninguna razón por la que ser despreciado. Pero aún así le quitaron las vestiduras, le escupieron y le abofetearon. Le avergonzaron de esta manera porque había cargado con todos nuestros pecados al ser bautizado en el río Jordán. Todos debemos reconocer esto con gratitud. Jesús cargó con todos nuestros pecados al ser bautizado en el río Jordán y al final fue condenado a morir en la Cruz.
«Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado». Como la Biblia dice aquí, ya no tenemos pecados. Como Jesús cargó con nuestros pecados y fue a la Cruz para erradicarlos, ahora no tenemos pecados y somos justos. El Señor aceptó todos nuestros pecados en la Cruz en nuestro lugar. Y al levantarse de entre los muertos al tercer día, está sentado a la derecha de Dios Padre esperando el día en que vuelva para llevarnos con Él.
Todos debemos creer en esta verdad. Deben creer que todos sus pecados presentes, pasados y futuros han sido pasados a Jesucristo. El Señor sabe que somos seres vulnerables y estamos destinados a cometer pecados. Él lo sabe todo sobre nosotros. Por eso el Señor eliminó nuestros pecados en persona y nos hizo Su pueblo. Por eso nos ha convertido en Hijos Suyos. Nos ha salvado para que no fuésemos arrojados al infierno, y nos ha bendecido para ser Su propia gente y Sus propios hijos. Como dice la Biblia: «Pero a cuantos le recibieron, les dio el derecho de convertirse en hijos de Dios, a todos los que creen en Su nombre», nos hemos convertido en justos por fe, hemos recibido la vida eterna por fe y nos hemos convertido en hijos de Dios por fe. ¿Creen en esto, mis queridos hermanos? ¿Creen que ya no tienen pecados?
El buen samaritano le puso aceite y vino en las heridas al viajero que cayó a manos de los ladrones y le vendó las heridas. Entonces lo montó en su animal, lo llevó a una posada y cuidó de él.
¿Qué es una posada? Es un lugar donde los viajeros descansan durante un viaje largo para comer y dormir un poco. Aquí la posada implica la Iglesia de Dios. El viajero que cayó a manos de los ladrones fue salvado en ese lugar, pero también estaba tan malherido que tuvo que ser tratado en la posada. Esto significa que deben vivir en la Iglesia y seguir escuchando la Palabra de Dios para ser completamente sanados de todas las heridas del cuerpo y el corazón. Por eso el buen samaritano llevó al hombre herido a la posada para mostrarle a los santos que deben vivir en la Iglesia.
El buen samaritano le dio al posadero dos denarios diciendo: «Cuida de él, y lo que te gastes, te lo pagaré cuando vuelva». ¿Cuál es el significado metafórico de los dos denarios? Implica el Nuevo y el Antiguo Testamento. En otras palabras, Dios nos ha confiado Su Iglesia con Su palabra hasta que vuelva, para que los que han caído a manos de los ladrones sean salvados de sus pecados.
Mis queridos hermanos, nuestro Señor nos ha salvado más que suficientemente. El Apóstol Pablo dijo: «Ahora ya no hay condena para los que están en Cristo Jesús, los que no caminan según la carne, sino según el Espíritu» (Romanos 8, 1). Ahora no hay condena para los que están en Cristo. La condena simboliza el juicio de los culpables. Dios ya no impugna pecados a Sus creyentes, porque los ha eliminado todos. Jesús es Dios. Ha borrado todos los pecados con el agua y la sangre. Nuestro Señor ha borrado todos nuestros pecados con Su bautismo y la sangre de la Cruz. Por eso dijo: «Ahora ya no hay condena para los que están en Cristo Jesús, los que no caminan según la carne, sino según el Espíritu».
Pablo siguió diciendo: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y la muerte» (Romanos 8, 2). El Dios del Espíritu se convirtió en un Hombre, vino al mundo y nos salvó de todos los pecados y se convirtió en nuestro Salvador. Dios nos ha hecho hijos Suyos. Y para sanar todas nuestras heridas del pecado, nos llevó a una posada para cuidarnos, es decir, nos llevó a Su Iglesia. El Maestro de la Iglesia donde viven los nacidos de nuevo es Dios. Y el posadero es el siervo de Dios. ¿Quiénes son los huéspedes? Los santos que han caído a manos de los ladrones pero han sido salvados de sus pecados al escuchar el Evangelio del agua y el Espíritu mientras se ahogaban en el océano de los pecados. Estos santos están ahora descansando y regocijándose en la Iglesia de Dios.
Este mundo está lleno de pecados, y por eso los santos estamos heridos en nuestros corazones. Como somos seres humanos, a veces nos peleamos, cometemos pecados, errores, y nuestros corazones se hieren. Por eso es tan importante ir a la Iglesia de Dios y escuchar la Palabra de Dios que proclama que nuestro Señor ha borrado todos nuestros pecados y los pecados del mundo. Entonces seremos sanados de nuestras heridas y nuestras almas se recuperarán; y cuando nuestra salud espiritual sea restaurada, podremos cuidar de los que vienen detrás de nosotros hasta el día en que vuelva el Señor, y después entraremos en el Reino eterno de Dios para disfrutar de la paz y la gloria como Su pueblo y Sus hijos.
Esta es la redención de Dios y el verdadero significado de la parábola que nuestro Señor le dio al abogado. Nuestro Señor estaba diciendo: «Incluso tú, un mentor de la Ley no puedes vivir por la Ley. Eres el hombre que cayó a manos de los ladrones. ¿Quién es tu Salvador? Yo soy tu Salvador». El Señor dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14, 6). Y entonces dijo: «No hay salvación en otro, porque no hay ningún nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que seamos salvados». Debemos recordar siempre que gracias a nuestro Señor podemos ser salvados al creer en Su nombre.
Pasemos a 1 Juan 5, 4-12: «Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan. Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1 Juan 5, 4-12).
Nuestro Señor vino a este mundo por el agua, la sangre y el Espíritu. Dios se convirtió en un Hombre y para convertirse en nuestro Salvador, Jesús, el verdadero Dios, fue bautizado y derramó Su sangre en la Cruz. Estos tres elementos: el agua, la sangre y el Espíritu, son la prueba de que Dios nos ha salvado. No solo por la sangre, o el agua o el Espíritu, hemos sido salvados por Dios, sino que nos ha salvado por los tres elementos: el agua, la sangre y el Espíritu.
Por eso el Señor le dijo a Nicodemo en Juan 3: «De cierto te digo que si no se nace de nuevo del agua y el Espíritu, no podrá entrar en el reino de Dios» (Juan 3, 5). Este pasaje está diciendo: «Si no se cree en el bautismo y la sangre de Jesús, no se puede entrar en el Reino de Dios». A través del bautismo de Jesucristo, nuestros pecados fueron pasados a Él y por tanto este bautismo de Jesús es indispensable para nuestra salvación.
Pasemos a 1 Pedro 3, 21: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo».
El bautismo aquí, es decir el agua, es nuestra salvación a través de la resurrección de Jesucristo. Al venir a este mundo como un Hombre al ser bautizado, Jesús aceptó todos nuestros pecados. Nos hizo personas sin pecado. Además fue juzgado en la Cruz en nuestro lugar. Y se levantó de entre de los muertos al tercer día. ¿Dónde está la prueba de que Jesús eliminó nuestros pecados? En el bautismo que recibió. Juan el Bautista dio testimonio de esta verdad después de bautizar a Jesús. Al ser bautizado por Juan el Bautista, Jesús eliminó todos nuestros pecados y nos salvó como dice la Biblia: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva». Y el Apóstol Pedro siguió diciendo: «no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo». Este pasaje significa que, aunque hemos sido salvados al creer en el bautismo de Jesús y Su sangre en la Cruz, no significa que no vayamos a cometer más pecados en nuestra carne. Seguimos cometiendo pecados en la carne, pero todos nuestros pecados fueron tomados por Jesús, por lo que podemos acercarnos a Dios con una conciencia limpia.
Dios nos salvo al pasar nuestros pecados a Jesús. Y ahora podemos acercarnos a Dios con confianza, porque tenemos fe en Su Hijo Jesucristo. Para permitirnos entrar en la presencia de Dios con confianza, el Señor eliminó nuestros pecados a través de Su bautismo y sangre y nos salvó perfectamente. El bautismo de Jesús nos ha salvado, y este bautismo es la salvación.
Si Jesús les preguntase: «¿Quién es tu prójimo? ¿Quién te ha mostrado misericordia?», deberán contestar: «Eres Tú, Señor. Tú eres mi buen samaritano. Tú eres mi buen prójimo que me ha mostrado misericordia». ¿Quién ha tenido compasión de nosotros? Jesús. Él ha tenido compasión de nosotros. Jesús es el Dios que nos ha salvado.
Los legalistas no pueden salvarnos, sino que nos hacen mal. Son hipócritas que enseñan a otras personas a no cometeré pecados, pero que cometen pecados a su vez. Estas personas hablan mucho de no cometer pecados a los demás diciendo: «Habéis pecado. Habéis hecho algo malo». Esto es verdad, y deberíamos haber muerto miles de veces. Pero no hemos muerto, sino que hemos sido salvados. Sin embargo, los maestros de la Ley, es decir los legalistas, no pueden ser salvados. A través del pasaje de las Escrituras de hoy el Señor nos está diciendo que solo los que creen en la Verdad del agua, la sangre y el Espíritu de Jesucristo pueden ser salvados.
¿Creen en esta Palabra de todo corazón? Esta es la redención de Dios. ¿Creen que todos los pecados del mundo fueron pasados a Jesús? Cuando Jesús fue bautizado, cargó con todos los pecados. Ustedes son del mundo, yo soy del mundo, y todo el mundo es del mundo. Al tomar los pecados del mundo con Su bautismo, Jesús ha salvado a toda Su gente.
Pero, desafortunadamente, muchas personas no han sido salvadas y tienen un corazón endurecido, porque no conocen esta Verdad y por tanto no creen en ella. Pero debemos recordar que solo podemos ser salvados por fe.