The New Life Mission

Sermones

Tema 15: Gálatas

[Capítulo 4-3] (Gálatas 4, 1-11) No vuelvan a los rudimentos débiles y miserables del mundo

(Gálatas 4, 1-11)
«Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo. Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo. Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses; mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros».
 

¿Se borran nuestros pecados si ofrecemos oraciones de penitencia?

Pablo escribió esta carta hace 2000 años. Los «rudimentos» a los que se refiere son los principios básicos de la Ley que llevan a una vida de fe legalista. Los judíos solían aprender todo en una yeshiva. El Apóstol Pablo tuvo como maestro al famoso Gamaliel, que le enseñó a temer a Dios a través de la Ley. Por eso el Apóstol Pablo llamaba «rudimentos» a estar sujeto a la Ley, aprender la Ley y practicar la Ley incluso tras la venida de Jesucristo.
Pablo creyó en el Evangelio del agua y el Espíritu y dijo: «Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre». Lo que el Apóstol Pablo nos quiere decir en este pasaje es que debemos creer en el Evangelio del agua y el Espíritu y convertirnos en hijos de Dios para heredar el dominio del Cielo. Antes de conocer al Señor estábamos sujetos a la Ley y necesitábamos un Salvador desesperadamente.
Sin embargo mucha gente todavía tenía fe legalista aun creyendo en Jesucristo. Intentaban cumplir todos los estatutos de la Ley, las fiestas y el Sabbath, tal y como está escrito en Gálatas 4, 10-11: «Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros». El pueblo de Israel en el Antiguo Testamento observaba las fiestas como la Pascua, la fiesta del Pan sin levadura y la fiesta de la cosecha. Los legalistas decían que incluso en la era del Nuevo Testamento los santos de la Iglesia de Dios debían observar las fiestas del Antiguo Testamento y el Sabbath, y que podían convertirse en el pueblo de Dios sólo si se circuncidaban.
Había mucha gente en la Iglesia Primitiva que tenía esta fe legalista. ¿Y ahora qué? ¿Existe este tipo de fe entre los cristianos de hoy en día? Sí. Hay muchos cristianos que creen que deben ofrecer oraciones de penitencia para limpiar sus pecados. Estos cristianos son la versión moderna de los legalistas. Es realmente trágico que muchos cristianos sigan este tipo de fe legalista aun cuando Jesucristo ha borrado todos nuestros pecados de una vez por todas mediante el Evangelio del agua y el Espíritu. Debemos darnos cuenta de que no hay sólo «algunos» cristianos que sean legalistas, sino que casi todos los cristianos viven con fe legalista. Muy pocos cristianos saben que vivir con una fe legalista es estar en contra de Dios.
Los que dicen ser buenos cristianos, los que dicen que hay que cumplir la Ley de Dios o creen que su salvación se completa si creen en la doctrina del arrepentimiento o en la doctrina de la santificación incremental, viven con una fe que es completamente distinta a la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. Por tanto todos nosotros debemos dejar de lado la fe legalista y creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.
¿Significa esto que en la era del Nuevo Testamento la Ley no tiene ningún valor para los cristiano? No. Todavía necesitamos la Ley. Sólo se puede creer en el Evangelio del agua y el Espíritu si se conoce el papel de la Ley de Dios. Sólo cuando uno reconoce sus pecados a través de la Ley puede ser salvado de sus pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu y ser parte del pueblo de Dios. Sin embargo el problema es que muchos cristianos intentan cumplir la Ley de Dios ciegamente sin darse cuenta de por qué Dios les dio esta Ley. Dios nos dio esta fe para que reconociéramos nuestros pecados (Romanos 3, 19-20). Sólo los que reconocen ante la Ley que son pecadores destinados a ir al infierno, pueden aceptar el Evangelio del agua y el Espíritu en sus corazones y conseguir la salvación.
Cuando miramos hacia nuestra fe en el pasado podemos ver que durante mucho tiempo vivimos siendo prisioneros de la Ley. Sin embargo gracias al Evangelio del agua y el Espíritu, el Hijo de Dios nos hizo completamente justos para que no tuviéramos que vivir sujetos a la Ley. Así es como llegamos a ser propiedad de Jesucristo. A través del Evangelio del agua y el Espíritu somos descendientes espirituales de Abraham y herederos del Reino de Dios según Su promesa.
Sin embargo los cristianos que siguen viviendo con una fe legalista siguen ignorando la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu, completamente convencidos de que deben ofrecer oraciones de penitencia para recibir la remisión de sus pecados. Creen que aunque uno sea salvado del pecado original al creer en la sangre de la Cruz, sus pecados personales deben borrarse mediante oraciones de penitencia. Así que aunque crean en Jesús como su Salvador siguen siendo pecadores. Por eso creen que si uno cree en Jesús, sólo cuando muere se convierte en justo y puede entrar en el Reino de los Cielos.
 Estas personas se han convertido en enemigos de Dios aunque no sea su intención. ¿Por qué? Están en contra de Dios y de Su Iglesia porque han rechazado la Verdad de Dios que salva de los pecados de una vez por todas, y están interesados en recibir la remisión de los pecados a través de sus oraciones de penitencia. Creen que sus pecados son perdonados mediante las oraciones de penitencia. Pero los que tienen este tipo de fe tienen todos los pecados intactos en sus corazones y por tanto siguen siendo esclavos del pecado y ofrecen oraciones de penitencia durante toda su vida. Estas personas no conocen el Evangelio del agua y el Espíritu y por eso viven sus vidas de fe en vano. Pero a pesar de ello ni siquiera piensan que pueden estar malgastando sus vidas.
En este sentido podemos ver que casi todos los cristianos viven con una fe legalista según los rudimentos de la Ley. Esta doctrina del arrepentimiento es una doctrina que se encuentra en todas las religiones del mundo, lo que indica que concuerda con las ideas de todo el mundo porque se basa en el «principio de recompensas y castigos según las obras de cada uno». En otras palabras, la lógica humana de las recompensas y los castigos, en la que uno tiene que hacer algo para compensar por sus pecados cuando peca, ha creado una doctrina que intenta limpiar los pecados mediante un acto de penitencia denominado oraciones de penitencia.
Sin embargo los que siguen esta doctrina creen en Jesús en vano. La bendición que Jesús les quiere dar es la remisión de los pecados de una vez por todas. Quiere que estén sin pecado y sean justos y convertirlos en hijos de Dios, todo ello mediante el Evangelio del agua y el Espíritu. Pero aún así esta gente no conoce el verdadero Evangelio y siguen teniendo pecados en sus corazones, por lo que siguen atormentados por sus pecados todos los días y al final irán al infierno. Como todavía tienen pecados en sus corazones, no pueden convertirse en el pueblo de Dios. Como hay muchos pecados escritos en las tablas de sus corazones (Jeremías 17, 1), no pueden decir a Dios: «No tengo pecados. Soy justo». En los corazones de estas personas no está ni la Palabra dando testimonio de la remisión de sus pecados, ni el Espíritu Santo.
Como esta gente sigue siendo ciega espiritualmente, cree en Jesús en vano con falsas esperanzas, pensando: «Creo en Jesús y por eso algún día estaré sin pecado». Toda esta gente tiene en común que todavía son pecadores y por culpa de sus pecados viven bajo el yugo de la Ley.
 

¿Qué podemos hacer por esas personas?

El Apóstol Pablo rechazó la fe de los que insistían en que únicamente se podían convertir en hijos de Dios mediante la circuncisión. Antes de intentar predicar el Evangelio del agua y el Espíritu a los cristianos de hoy en día, debemos enseñarles que no pueden recibir la remisión de los pecados sólo ofreciendo oraciones de penitencia. Preguntemos a los que creen que pueden ser perdonados mediante oraciones de penitencia: «¿De verdad desaparecieron sus pecados cuando ofrecieron oraciones de penitencia?».
La gente honrada contestaría que no. Después de hacerles reconocer que han creído de manera incorrecta, tenemos que explicarles el Evangelio del agua y el Espíritu con todo lujo de detalles. La primera cosa que debemos explicarles a los que creen en Jesús de forma errónea es que no pueden ser salvados mediante las oraciones de penitencia. Entonces podrán darse cuenta de que sus corazones son esclavos del pecado y de que sus espíritus estarán malditos por Dios. Cuando se dan cuenta de esto escuchan el Evangelio del agua y el Espíritu y lo aceptan en sus corazones creyendo en él.
Debemos enseñar a todos los que confían en sus oraciones de penitencia que sólo el Evangelio del agua y el Espíritu puede borrar todos sus pecados y hacerles gente de Dios. Sin embargo para ello debemos hacerles ver que con sus creencias legalistas no han recibido la remisión de los pecados de mano de Dios y tenemos que hacerles admitir que esta remisión de los pecados no se puede recibir mediante oraciones de penitencia. Entonces también se darán cuenta de lo que la Biblia quiere decir con: «Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6, 23), y volverán al verdadero Evangelio del agua y el Espíritu. Esto se debe a que sólo entonces entenderán la falacia de su fe y entenderán que el Evangelio del agua y el Espíritu, la Verdad de la salvación, es el Evangelio que les salva del pecado.
Si se admite que Jesús ha borrado los pecados a través del bautismo recibido de Juan el Bautista y al derramar Su sangre en la Cruz, recibiremos abundantes bendiciones espirituales. Todos creerán en Jesucristo cuando se den cuenta de que Dios ha borrado sus pecados completamente con el Evangelio del agua y el Espíritu. Debemos entender la falacia de la fe legalista. Sólo cuando creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, la verdadera salvación se consigue en nuestros corazones.
El Libro de Gálatas nos enseña muchas verdades. A través de la Palabra de Gálatas podemos enseñar a gente de todo el mundo que acaba de recibir el Evangelio del agua y el Espíritu que la fe legalista de los defensores de la circuncisión es incorrecta. Además, a través de esta Palabra podemos enseñarles por qué la fe legalista de hoy en día expresada en la doctrina de las oraciones de penitencia es incorrecta; y al hacer esto la luz de la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu brillará aún más. Así el conocimiento de esta Palabra de Gálatas es absolutamente indispensable cuando los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu intentan predicar su fe a los que tienen fe legalista.
Para los que acaban de creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, el Libro de Gálatas será la Espada del Espíritu que afirma la Verdad de salvación y desecha las falsas doctrinas. Nuestros hermanos, hermanas y compañeros de todo el mundo que acaban de conocer el Evangelio del agua y el Espíritu a través de nuestros libros, probablemente no sepan qué decir cuando predican este verdadero Evangelio a los pecadores cristianos con los que conviven. En concreto, cuando predican el Evangelio a los que siguen ofreciendo oraciones de penitencia, suelen estar confusos porque no saben qué predicar primero. Sin embargo está claro que los que tienen el Evangelio del agua y el Espíritu pueden sanarles de sus creencias dañinas.
En la Iglesia Católica, cuando los creyentes cometen pecados, participan en el sacramento de la penitencia. Los católicos confiesan sus pecados a un sacerdote a través de una pequeña ventana en un confesionario. Dicen: «He cometido tal y cual pecados». Entonces el sacerdote le pregunta al penitente que exprese arrepentimiento rezando un padrenuestro o un avemaría e incluso oraciones propias. El sacerdote dice la oración de la absolución, a la que el penitente responde «Amén». Esta es una institución que corresponde a las oraciones de penitencia en el cristianismo.
Sin embargo ¿borran tanto los protestantes como los católicos sus pecados al participar en el sacramento de la penitencia u ofreciendo oraciones de penitencia? No, en absoluto. Los pecados no se borran por este método y estas creencias. Pero a pesar de ellos los cristianos de hoy en día creen en Jesús como su Salvador por su propia conveniencia, sin conocer el Evangelio del agua y el Espíritu. Creen que el Jesús crucificado es su Salvador, pero intentan borrar sus pecados mediante oraciones de penitencia. Piensan que sus pecados desaparecerán si rezan lo suficiente. En otras palabras creen en Jesús como un elemento religioso. Por eso siguen siendo pecadores aunque digan creer en Jesús como su Salvador.
Durante los comienzos de la Iglesia los santos de las iglesias de Galacia recibieron la circuncisión para evitar que los no creyentes los persiguieran. Buscaban la aprobación de lo judíos que no creían en Jesús y por eso siguieron la tradición del judaísmo. Estas personas no querían seguir la voluntad de Dios ni crecer en su fe. Sólo querían evitar por todos medios que les persiguieran por tener fe en Jesús. Sin embargo si habían estado bajo la maldición de la Ley antes, pero más tarde conocieron el Evangelio del agua y el Espíritu y creyeron en él como la verdadera salvación, sólo era cuestión de tiempo que muchos amigos, compañero y familiares les persiguieran.
Deben entender que incluso en la Iglesia de Dios hay muchos que no son gente de Dios de verdad. Es natural que los que no son parte del pueblo de Dios nos persigan por nuestra fe en Jesús. El Apóstol Pablo también era judío, pero se convirtió y creyó en Jesucristo y por eso los judíos lo persiguieron e intentaron matarlo. Por eso el Apóstol Pablo dijo: «Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios» (1 Corintios 1, 18).
«La palabra de la cruz» se refiere a la Verdad de que el Señor vino a la Tierra, tomó todos los pecados destinados a ser castigados por la Ley justa a través de Su bautismo, fue crucificado, se levantó de entre los muertos y así nos ha salvado de todos los pecados. Esta «palabra de la cruz» no se refiere a la muerte de Jesucristo en la Cruz, sino a la Verdad del Evangelio que dice que Jesús nos ha salvado de todos nuestros pecados al cargar con los pecados de la humanidad y morir en la Cruz por ellos. Esto también significa que una vez creímos en el Evangelio del agua y el Espíritu somos perseguidos por nuestra fe en Jesús. Si somos el pueblo de Dios al creer en el verdadero Evangelio, sólo es cuestión de tiempo que la gente del mundo nos odie y que incluso nuestros familiares y amigos nos detesten.
Después de recibir la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, ¿no se volvieron contra ustedes sus familias? Una vez nacimos de nuevo al creer en este verdadero Evangelio y recibimos la remisión de nuestros pecados, nos encontramos con gente que no está de acuerdo con nosotros y nos odia sin ningún motivo. Los que no han recibido la remisión de los pecados tienen espíritus malignos dentro y por eso nos odian sin ninguna razón aparente a los que hemos encontrado a Jesús al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Nos persiguen tanto físicamente como espiritualmente, del mismo modo en que Ismael persiguió a Isaac en el Antiguo Testamento.
Pocos cristianos saben que sus pecados no se borran a través de oraciones de penitencia. Por tanto, para echar abajo sus creencias erróneas, debemos enseñarles a entender que las oraciones de penitencia no valen para nada. Para ello tenemos que preguntarles: «Hace 10 años que crees en Jesús, pero ¿todavía tienes pecados en tu corazón? ¿Desaparecieron tus pecados a través de tus oraciones de penitencia?». Entonces deben decirles que sus pecados no han sido borrados simplemente por ofrecer oraciones de penitencia cada vez que cometen uno.
Cuando creyeron en Jesús al principio probablemente sus corazones fueron liberados. Cuando pensaban en Jesús sus corazones se llenaban de gratitud y se sentían como si sus corazones se limpiaran después de ofrecer oraciones de penitencia. Sin embargo después de muchos años de creer en Jesús se dieron cuenta de que sus pecados seguían amontonándose y que no desaparecían aunque ofrecieran oraciones de penitencia. ¿No es así? Así que en general, aunque los cristianos están ilusionados cuando van por primera vez a la iglesia, después de un tiempo acaban convirtiéndose en fariseos hipócritas. 
Para poder ser salvados de todos nuestros pecados debemos creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos ha dado. Si todavía tienen pecados en sus corazones a pesar de creer en Jesús, se debe a que la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu no está en sus corazones. A no ser que tengan fe en el verdadero Evangelio, acabarán yendo a la iglesia por obligación y consecuentemente se convertirán en hipócritas sin darse cuenta de lo que les ha pasado.
Así que cuando nos reunimos y hablamos con gente que ha vivido una vida religiosa durante mucho tiempo, podemos ver que está mal creer en la doctrina del arrepentimiento o en la doctrina de la santificación incremental en la que ellos confían. Según su fe, después de haber tenido esta religión durante muchos años, deberían alcanzar el mayor grado de santificación. Pero la verdad es que sus corazones siguen teniendo pecado y cuando se encuentran con algún problema se lamentan diciendo: «¿Qué hago ahora? ¿Qué hago?». Al haber creído en doctrinas sin fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, son pecadores a los ojos de Dios y por tanto no pueden mantener sus convicciones sobre tales doctrinas. El que sus corazones sigan teniendo pecado es una prueba de que no han sido salvados todavía.
Por tanto cuando predicamos el Evangelio a los cristianos, tenemos que hacerles saber que es mentira que la remisión de los pecados se reciba mediante oraciones de penitencia. Si todavía están ofreciendo oraciones de penitencia, todavía viven con una fe legalista. Si la gente cree que sus pecados se borran ofreciendo oraciones de penitencia, seguirá haciéndolo una y otra vez, porque creen que si no lo hacen tendrán pecados en sus corazones.
Así que todos los días la mayoría de los cristianos intenta no cometer pecados, pero acaban pecando una y otra vez y por tanto tienen que ofrecer oraciones de penitencia día tras día. Se convierten en gente extraña, siendo un día justos y el otro pecadores y vuelta a empezar. Por eso la Biblia dice: «Sus pantanos y sus lagunas no se sanearán; quedarán para salinas» (Ezequiel 47, 11). Debemos dejar claro a esta gente que su fe les hará ser pecadores y les llevará a la muerte.
 

Los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu ya no están bajo el yugo de la Ley

El Apóstol Pablo dijo a los santos de Galacia: «Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre» (Gálatas 4, 1-2). También dijo que cuando somos salvados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu no estamos bajo tutores. En otras palabras, cuando nacemos de nuevo a través del verdadero Evangelio, no recibimos la remisión de los pecados al ofrecer oraciones de penitencia, ni al observar el Sabbath, y mucho menos por observar la Pascua judía o las otras festividades del Antiguo Testamento.
Ahora que hemos recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu vivimos por fe en Dios como Él mismo dijo: «Mas el justo por la fe vivirá.». En otras palabras, vivimos creyendo que el Señor es nuestro Salvador y que ha borrado todos nuestros pecados. Así son las vidas de los justos. Después de entender que el Señor nos ha salvado completamente a través del Evangelio del agua y el Espíritu, podemos tener la fe verdadera en Él, en Su Palabra y en Sus buenas intenciones con nosotros.
Los que viven con una fe legalista no han pasado de la fase elemental de la religión denominada «cristianismo». Son básicamente diferentes de los que viven con la verdadera fe. Los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu tienen la fe correcta, pero los cristianos que creen que la remisión de los pecados se recibe ofreciendo oraciones de penitencia, viven vidas de fe sin darse cuenta de que la ira de la Ley caerá sobre ellos. La ira de la Ley trae la muerte eterna.
Los estudiantes jóvenes tienen que seguir yendo a clase hasta que se convierten en adultos. ¿Por qué? Porque tienen que tener una educación básica para funcionar correctamente en la sociedad. Sin embargo cuando se hacen adultos, ya no tienen que ir a la escuela. Pero aún así casi todos los cristianos están bajo el yugo de la Ley. Todos somos pecadores desde el momento en que nacimos y por tanto estamos bajo la Ley. ¿Por qué? Porque hay pecado en los corazones de todo el mundo. Por eso todos los pecadores deben conocer a Jesucristo a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Y deben escapar del conocimiento elemental de la Ley.
Gálatas 4, 4-5 dice: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos». La palabra «redimir» significa pagar un precio por algo. Existían bastantes mercados de esclavos antiguamente. Cuando alguien necesitaba un esclavo tenía que ir al mercado y pagar el precio estipulado por un esclavo. En otras palabras, para tener un esclavo había que pagarlo con dinero. Del mismo modo el Señor tuvo que redimirnos mediante la obra del agua y el Espíritu para llevarnos al Reino de Dios y hacernos vivir para siempre como hijos de Dios. Por eso el Señor fue bautizado por Juan el Bautista y fue crucificado hasta morir para pagar el precio de nuestros pecados.
Así es como el Señor nos ha salvado de todos nuestros pecados: antes de que Jesús viniera, el mundo estaba bajo la Ley y por eso todos eran pecadores. Entonces Jesús nació de la Virgen María en un cuerpo de carne y hueso. Para redimir todos nuestros pecados, el Señor Jesús tuvo que cargar con todos ellos al ser bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán y derramar Su preciosa sangre hasta morir, para al final resucitar de entre los muertos. Al cumplir todos estos ministerios el Señor pagó la deuda por nuestros pecados, nos compró por el precio justo de la salvación.
Al ofrecerse a Dios, el Señor nos ha redimido del pecado y nos ha permitido convertirnos en hijos de Dios si creemos en Su obra justa de todo corazón. Antes éramos pecadores, pero ahora al creer en los méritos de Jesucristo, hemos sido adoptados en la familia de Dios. El Señor nos ha salvado de nuestros pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu y al creer en este Evangelio hemos sido redimidos de una vez por todas. Por eso Gálatas 4, 6-7 dice: «Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo». El Señor nos ha redimido de nuestros pecados.
Quien crea en esta Verdad puede ser salvado de todos sus pecados y convertirse en hijo de Dios. Además Dios envió al Espíritu Santo para que viviera en nuestros corazones y nos permitió llamarle Abba, Padre. Por tanto ya no somos esclavos, sino hijos, y si somos hijos, entonces somos herederos de Dios. En otras palabras, si somos hijos de Dios, somos herederos de todo lo que Dios tiene. Como Dios vive para siempre, nosotros también viviremos para siempre; al salvarnos Dios nos ha permitido disfrutar todo su esplendor y gloria y nos ha dado todo lo que tiene. Por eso somos hijos de Dios por la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Ahora los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu no somos esclavos sometidos a los rudimentos de este mundo ni somos amigos de los que no han nacido nuevo. El Señor dijo en los Salmos: 
«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado» (Salmos 1, 1).
Los justos nunca se unen a los pecadores para trabajar junto ni deben hacerlo; y si lo hicieran no saldría bien. Los que han nacido de nuevo a través del Evangelio del agua y el Espíritu no sólo no pueden trabajar con los no creyentes, sino tampoco con los cristianos legalistas. Si han recibido la remisión de sus pecados de verdad, entonces habrán comprobado que son incompatibles con la gente del mundo. Si por el contrario siguen haciendo lo mismo que la gente del mundo, deben darse cuenta de que están corruptos y deben arrepentirse cuanto antes posible, porque se están convirtiendo en un instrumento del diablo.
Una vez hemos conocído al Señor a través de la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, tuve que despedirme de mis antiguas compañías con las que había vivido mi vida de fe. Aunque me pedían que me quedara y trabajara con ellos, yo les dije: «No, lo siento pero no puedo. No os odio pero no puedo estar con vosotros. Si el Evangelio del agua y el Espíritu que os predicaba es el correcto, deberíais haber creído en él. A no ser que creáis en este Evangelio, no puedo seguir entre vosotros».
Si tuviera que trabajar con ellos sería un mentiroso. Si me hubiera unido a ellos y trabajado con los legalistas o los que afirman que la remisión de los pecados se recibe a través de oraciones de penitencia, significaría que apruebo sus mentiras, y por eso no puedo colaborar con ellos.
Sin embargo hay muchos evangelistas que colaboran con los legalistas sin pensarlo dos veces. Esta gente finge ser espiritual, pero en realidad explotan económicamente a sus seguidores. Yo nunca podría hacer esto. Cuando me encontré con mis amigos no creyentes después de nacer de nuevo, pude ver a primera vista que nunca podría estar con esa gente. Como éramos amigos desde la infancia, estaba muy unido a ellos, pero cuando descubrí que su fe era demasiado básica me sentí avergonzado e incómodo con ellos.
Por supuesto no estoy diciendo que deban aislarse del mundo. Pero no es positivo tener amistades espirituales con sus antiguos amigos. Cuando intentan predicar el Evangelio a sus amigos que sólo se acuerdan de cómo eran ustedes en el pasado, no aceptarán la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu fácilmente porque sus recuerdos les impedirán creer en la Verdad. Por eso el Señor dijo: «Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa» (Marcos 6, 4).
Así que a menos que los olviden, no podrán servir al Señor, no podrán seguirle ni predicar el Evangelio. La Biblia dice que Abraham dejó su patria, su familia y la casa de su padre para seguir la Palabra de Dios. Del mismo modo, a no ser que olvidemos nuestras relaciones pasadas no podemos seguir la Palabra de Dios. Así que es absolutamente indispensable que no estemos esclavizados por los legalistas o la gente del mundo. No debemos colaborar con ellos.
Por eso el Apóstol Pablo reprendió a los santos de Galacia y les avisó: «Ahora que conocéis el Evangelio del agua y el Espíritu, ¿cómo es que queréis volver a los rudimentos débiles y miserables?». Para traducir este mensaje en términos modernos, la Biblia dice: «¿Cómo puede un nacido de nuevo querer volver al mundo y a la fe de los legalistas diciendo que la remisión de los pecados se recibe a través de las oraciones de penitencia?». De este modo el que Jesucristo viniera al mundo, fuera bautizado y muriera en la Cruz para salvarnos sería en vano. Dado el hecho de que Jesús no evitó la persecución o los problemas que tuvo, sino que los aguantó para poder salvarnos, ¿cómo podemos volver al conocimiento básico, someternos a los legalistas y vivir contentos así? No debemos hacer eso. Si los nacidos de nuevo quieren ser siervos, deben ser siervos de la justicia y no del pecado, del Diablo o de los legalistas. El Apóstol Pablo dejó claro que no debemos estar esclavizados a los que no son justos.
Como el Señor nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu, el Apóstol Pablo dijo lo siguiente: «Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros» (Gálatas 5, 13). En otras palabras, Dios nos ha dado la verdadera libertad, pero no debemos utilizarla para satisfacer nuestros propios deseos o para hacer el mal. Cuando éramos esclavos del pecado y estábamos malditos, Dios nos libró de la maldición de la Ley y del pecado. Jesús nos libró de todos los grilletes que nos tenían esclavizados y nos dio la verdadera libertad.
El Señor nos dijo que nos dio libertad porque quería que hiciéramos lo correcto por nuestra propia voluntad. ¿Quieren seguir sujetos al mundo a pesar de esto? Si alguien quiera ser esclavo del pecado y del mundo de nuevo, se merece que lo rechacemos. Debemos escuchar la advertencia del Apóstol Pablo.
Este año también tenemos muchas obras que hacer por Dios a través de Su Iglesia. Hemos hecho muchos preparativos y ahora debemos trabajar. Necesitamos muchos obreros de Dios. Los santos deben servir al Señor, ganar dinero con sus trabajos y cuidar de sus familias, mientras que Sus siervos deben trabajar duro para terminar la obra que se les ha asignado según su posición dentro de la Iglesia. Hay mucho que hacer.
No debemos volver a los rudimentos débiles y miserables y ser esclavizados por la Ley. La palabra «miserable» es el antónimo de «noble». Los que no hacen la obra de Dios son «miserables». Si los políticos no trabajan por sus ciudadanos sino sólo por los intereses de su propio partido y por ellos mismos, entonces son «miserables». ¿No son sólo charlatanes? Si los cristianos defendemos sólo las doctrinas de nuestras propias denominaciones y olvidamos la Verdad, entonces seremos charlatanes espirituales. Estos charlatanes espirituales son los defensores de la circuncisión y los de las oraciones de penitencia.
Nosotros, los cristianos, debemos tomar la Palabra de Dios como nuestro pan de cada día y crecer espiritualmente confiando en la Iglesia de Dios. Asimismo debemos vivir por y unir nuestros esfuerzos. No debemos decir: «No tengo que preocuparme. Como la Iglesia tiene líderes y siervos que estaban antes que yo, ellos se ocuparán de todo». EL Señor quiere utilizarnos a todos como siervos.
Ahora mismo desearía tener 10 cuerpos. Con uno escribiría un libro, con otro trabajaría para ganar dinero, con otro estaría en unión con otros santos, mi cuarto cuerpo viajaría por todo el mundo predicando. Digo esto porque hay mucho trabajo que hacer y sería maravilloso que todo este trabajo se completara pronto.
Mis queridos hermanos, ¿quieren volver a los rudimentos débiles y miserables? ¿Quieren volver a estas creencias legalistas, afirmando que la remisión del pecado original se recibe al creer solamente en la sangre de Jesús en la Cruz, y que la remisión de los pecados personales se recibe ofreciendo oraciones de penitencia? Sé que eso no es lo que quieren. Si ofrecemos nuestros cuerpos a hacer lo correcto, seremos instrumentos de la justicia, pero si ofrecemos nuestros cuerpos al mal a pesar de haber recibido la remisión de los pecados, seremos siervos del mal.
Por eso el Señor nos dice que nos convirtamos en siervos de la justicia. No importa quien sea que ofrezca su cuerpo como instrumento de la justicia porque el Espíritu Santo que vive dentro de esa persona se alegrará, el Señor le dará Su gracia y le bendecirá en el momento adecuado. Sin embargo si ofrecemos nuestros cuerpos como instrumentos del mal, sólo nos esperaran maldiciones. Si lo hacemos, es inevitable que nos encontremos con gente que con la que no deberíamos estar y, de manera intencionada o no, nos pasará suciedad y malos pensamientos debido a sus creencias malvada y falsas. 
El Apóstol Pablo trabajó duro para predicar el Evangelio del agua y el Espíritu a los santos de las iglesias de Galacia y para educarlos en la fe, pero llegaron los defensores de la circuncisión y los estropearon todo. Esto es lo que dijo el Apóstol Pablo: «No hagáis que mi labor sea en vano. No la hagáis inútil». Pero a pesar de eso, tras la muerte del Apóstol Pablo, los santos y los siervos de Dios aceptaron a los defensores de la circuncisión y los dejaron en paz, y por eso la Iglesia de Dios de esta región desapareció. Las Iglesias Primitivas acabaron por desaparecer.
En nuestra Iglesia, si toleramos a los que dicen que los pecados se borran al ofrecer oraciones de penitencia, todos moriremos. En primer lugar no debemos convertirnos en esta gente. Y en segundo lugar no debemos aceptar a la gente que malinterpreta la Palabra y confunde a la Iglesia. Tenemos paciencia para esperar a los que son insuficientes en la carne. Cuando la carne es insuficiente, todo lo que necesitamos es que nos corrijan. Sin embargo, si alguien malinterpreta la Palabra, morirá. No sólo morirá él mismo, sino también muchas otras personas de su entorno.
Por tanto los que predican la Palabra de Dios son muy importantes para ustedes. Aunque los que sirven al Evangelio de maneras diferentes son muy importantes, deben apreciar más a los que predican la Palabra de Dios. Recuerde que si la Palabra se entiende y se explica correctamente se podrá salvar a mucha gente, pero de lo contrario mucha gente morirá. Nunca toleren a los falsos maestros dentro de la Iglesia.
Ahora no debemos volver al conocimiento básico para no vivir una vida de fe legalista. Nosotros no debemos tolerar estas creencias. Siempre debemos vivir por nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Al vivir por nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu debemos predicar este verdadero Evangelio a todavía más países. Para predicar este Evangelio por todo el mundo debemos vivir por fe hasta el día en que estemos en la presencia del Señor. Les pido que dediquen sus cuerpos y sus corazones a ayudar a difundir el Evangelio.
Yo también doy gracias al Señor. Ahora estoy cumpliendo lo que se me ha confiado según mi posición para que las flores del Evangelio florezcan. Creo que ustedes también cumplirán lo que se les ha confiado hasta que las flores del Evangelio florezcan por todo el mundo. Después de haber escapado de la fe legalista de este mundo, ya comamos o bebamos, debemos vivir por la gloria de Dios (1 Corintios 10, 31).
Doy gracias al Señor por salvarme de todos los pecados y la confusión y por trasladarnos al Reino del Hijo de Dios. ¡Aleluya!