The New Life Mission

Sermones

Tema 15: Gálatas

[Capítulo 5-6] (Gálatas 5, 15-26) El fruto del Espíritu Santo

(Gálatas 5, 15-26)
«Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros. Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros».
 

En el pasaje de las Escrituras de hoy, el Apóstol Pablo habla de la vida que sigue al Espíritu Santo y la vida que sigue a la carne. Tenemos ambas tendencias, ¿verdad? Sin embargo, lo que más deseamos los justos es dar el fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas. Está escrito: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley» (Gálatas 5, 22-23). Los frutos del Espíritu son 9 y el Señor quiere que siempre produzcamos estos frutos en nuestras vidas.
El Apóstol Pablo llamó a los deseos de la carne «las obras de la carne», y a los deseos del Espíritu Santo en nuestros corazones los llamó «las obras del Espíritu». Pablo dijo que las obras de la carne son: «Adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas» (Gálatas 5, 19-21). Estas son las obras de la carne. Por el contrario, los frutos del Espíritu Santo provienen de Dios y no son una obra. Nuestro Señor Dios vive en nuestros corazones en la persona del Espíritu Santo y nos hace producir los frutos del Espíritu.
Lo que debería dejar claro es que quien no ha recibido la remisión de sus pecados no puede dar los frutos del Espíritu Santo. Si un pecador, no un justo, intenta dar los frutos del Espíritu, no lo conseguirá, de la misma manera en que un árbol que no sea un manzano no puede dar manzanas aunque lo intente. Piensen en ello. Sólo los manzanos pueden dar manzanas. Cuando un pecador que no ha recibido el Espíritu Santo intenta producir los frutos del Espíritu, es como si un arbusto intentara dar manzanas.
En cambio, los justos que han recibido la remisión de los pecados pueden producir los frutos del Espíritu, porque el Espíritu Santo vive en sus corazones. Aunque es posible que los justos vivan según la carne. Aunque hayamos recibido la remisión de los pecados, como aún estamos en la carne, a veces hacemos las obras de la carne. Sin embargo, los pecadores nunca pueden dar los frutos del Espíritu.
 

¿Qué quiere Dios de nosotros?

Dios quiere que demos los frutos del Espíritu Santo y cuando empezamos a producir estos frutos, nos da fuerza para que demos más frutos.
En primer lugar, Dios dijo que los frutos del Espíritu son el amor, el gozo y la paciencia. Por naturaleza estos frutos no se encuentran en la humanidad. El amor verdadero no se encuentra en la humanidad, sino en Dios. Sin embargo, cuando experimentamos el amor de Dios a través del Evangelio del agua y el Espíritu, podemos practicar este amor de Dios y dar los frutos del Espíritu. Este amor verdadero que Dios nos ha dado es el fruto del Espíritu Santo.
Este amor de Dios ha hecho posible que seamos salvados de los pecados del mundo. Les pido que reflexionen sobre el amor de Dios desde el fondo de sus corazones. En otras palabras, en vez de preguntarse qué hacer por su propia cuenta, piensen primero en le amor de Dios. ¿Si no fuera por el amor de Dios y el Evangelio del agua y el Espíritu creen que hubiéramos recibido la remisión de nuestros pecados? ¿Cómo  hemos sido salvados de nuestros pecados?
Este amor de Dios nos ha salvado de todos nuestros pecados. Como Dios nos ama tanto nos ha salvado del pecado, para ello vino a la Tierra encarnado en un hombre, tomó todos nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista, murió en la Cruz y se levantó de entre los muertos a los tres días. Ahora Jesucristo está sentado a la derecha de Dios Padre y ha prometido volver. El Evangelio del agua y el Espíritu es el mayor don de salvación que Él nos ha dado a todos los que le amamos.
Dios vive en nuestros corazones y por ello la remisión de los pecados y el Espíritu Santo están en nuestros corazones. A los que han nacido de nuevo al creen en nuestro Señor y en el Evangelio del agua y el Espíritu, Dios les ha dado el don del Espíritu Santo para hacerlos Su pueblo (Hechos de los Apóstoles 2, 38). Dios quiere que todo el mundo sea salvado y sea Su pueblo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.
El primer fruto del Espíritu Santo es el amor. El amor del que se habla aquí es el amor de la Verdad que nos ha salvado de los pecados del mundo (2 Tesalonicenses 2, 10). Por eso el amor de Dios es un fruto del Espíritu. Sólo el Evangelio del agua y el Espíritu es el amor de Dios. Al cubrirnos con Su amor a través del Evangelio del agua y el Espíritu, Dios nos ha salvado de todos los pecados del mundo. A través de nosotros Dios quiere salvar a los pecadores del mundo, y los que han alcanzado la salvación ahora pueden producir el fruto del Espíritu Santo.
 

Gozo en nuestros corazones

El segundo fruto del Espíritu Santo es el gozo. El gozo se refiere a la felicidad del corazón. El amor de Dios hace que nuestros corazones estén felices y llenos de gozo. Ahora estamos sin pecado porque Dios ha borrado todos nuestros pecados de una vez por todas con el Evangelio del agua y el Espíritu. ¡Qué gran gozo! Dios nos ha salvado porque nos amó en primer lugar y gracias a que Él nos ha dado gozo nuestros corazones están llenos de este gozo. Ahora que hemos conseguido este verdadero gozo podemos compartirlo con el resto del mundo.
No debemos intentar tener éxito en nuestras vidas de fe a través de logros de la carne. A esto no se le puede llamar vida de fe. Sólo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu podemos vivir nuestras vidas de fe correctamente. La verdadera vida de fe es la que produce los frutos del Espíritu Santo al seguir el Evangelio del agua y el Espíritu. La verdadera vida de fe es la que comparte el gozo de creer en que Dios nos ama, que nos ha salvado de nuestros pecados y nos ha dado paz y gozo, que Jesús, que es Dios, ha derrumbado el muro del pecado que nos separaba de Dios, y que ya no somos enemigos Suyos, sino que somos Sus hijos. Cuando vivimos pensando en que Dios nos ha dado paz, gozo y salvación, producimos los frutos del Espíritu Santo. Nuestros corazones rebosan de gozo cuando apreciamos el amor de Dios en nuestras vidas.
Debemos apreciar el don que Dios nos ha dado en nuestras vidas. Sólo esto es el fruto del Espíritu Santo. El Señor dijo: «Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado» (Juan 6, 29). Hacer la obra de Dios es pensar en lo que Dios ha hecho por nosotros a través de Jesucristo, estar agradecido por ello y aplicarlo a nuestras vidas. Cuando confiamos en la gracia de Dios y la apreciamos en nuestras vidas, podemos reconciliarnos con Dios y vivir con gozo en este mundo caído, todo gracias al Evangelio de Dios. Aunque no haya gozo en este mundo, gracias al gozo que hemos recibido de Dios, podemos compartir este gozo con los demás durante el resto de nuestras vidas. Precisamente porque Dios nos ama podemos compartir este amor.
Como ya he dicho, los que no han recibido la remisión de los pecados no tienen nada que ver con los frutos del Espíritu Santo. Incluso los que han recibido la remisión de los pecados pueden seguir tanto los deseos del Espíritu como los de la carne y por eso pueden acabar siguiendo las obras de la carne. ¿Cuáles son las obras de la carne? Son lo que satisface al cuerpo, como la fornicación, la impureza y la lascivia. Los justos también podemos acabar siguiendo estas obras de la carne. Pero conocemos estas obras y no las buscamos todo el tiempo.
El fruto del Espíritu Santo para los nacidos de nuevo es que hagamos lo que complace a Dios mientras vivimos en este mundo, y este es un don precioso que Dios nos ha dado a los justos. Dios nos ha vestido a los nacidos de nuevo del agua y el Espíritu con Su amor y nos ha dado gozo, amor, alegría y paz. A través de Su Hijo, Dios nos ha dado paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Debemos recordar que Dios ha sido paciente con nosotros durante mucho tiempo y nos ha dado Su gracia para que toda la humanidad sea salvada a través del Evangelio del agua y el Espíritu, y ha dado todos los frutos del Espíritu Santo a los que han sido salvados por fe.
Recordamos que Dios nos ha salvado al darnos el Evangelio del agua y el Espíritu. Gracias al amor de Dios estamos contentos. Creemos que Dios nos ha salvado de todos nuestros pecados y que hemos recibido todas las bendiciones por Su amor. Dios ha tenido paciencia con los que aman lo que Dios ha hecho por todos los seres humanos y los ha salvado.
 

La misericordia de Dios reside en nuestros corazones

Los siguientes frutos del Espíritu Santo son: benignidad, bondad y fe. La benignidad se refiere a la misericordia de Dios por nosotros. En las relaciones humanas, algunas personas se merecen nuestra misericordia y otras no. Sin embargo, la misericordia de Dios se extiende incluso a la persona más malvada, por la que los seres humanos no sienten compasión.
¿Qué significa exactamente esta misericordia de Dios? Significa que Dios tiene compasión por los que ni siquiera la merecen, los ingratos que se levantan contra Él. Esto es la misericordia de Dios. Cuando nos convertimos en enemigos de Dios, Él siguió queriéndonos y entregó a su Hijo por nosotros para salvarnos del pecado (Romanos 5, 10).
Los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu han recibido este amor misericordioso y por eso quieren que la misericordia de Dios descienda sobre los pecadores. Lo que los nacidos de nuevo deben hacer es predicar a todo el mundo el Evangelio del agua y el Espíritu para que incluso los más perdidos sean perdonados. Si llevamos a nuestros enemigos y persecutores hacia la salvación del pecado estamos practicando la benignidad de Dios que se nos ha dado a los justos. Predicamos a los pecadores para que sean salvados a través del Evangelio del agua y el Espíritu precisamente porque esta gente acabará en el infierno si siguen siendo pecadores. Este es uno de los deseos que nos inspira el Espíritu Santo.
La bondad es otro de los frutos del Espíritu que Dios nos ha dado gracias al Evangelio del agua y el Espíritu en el que creemos. Dios no nos trató mal, al contrario, Dios tiene compasión por nosotros y nos ha tratado con bondad. Por eso damos el fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas. Como hemos recibido todo lo bueno de Dios podemos dar el fruto de la bondad gracias al amor de Dios. Gracias a Dios hemos recibido estos 9 frutos del Espíritu Santo. Podemos dar estos frutos gracias a los dones en nuestros corazones. Una vaca tiene 4 estómagos y regurgita para rumiar. Así, para nosotros es una vida bendita el amar estos 9 frutos del Espíritu Santo, seguir reflexionando sobre ellos y estando agradecidos a Dios por ellos. Esta es la vida que da los frutos del Espíritu en abundancia.
Así, vivir en el amor de Dios y todas Sus bendiciones es vivir dando los frutos del Espíritu. Somos fieles a Dios porque Jesús fue fiel a Dios Padre hasta la muerte para salvarnos de nuestros pecados. Como hemos recibido este amor tan grande, debemos ser fieles a Dios.
El que los justos tengamos espíritus amables se lo debemos a Dios. Aunque nuestro carácter natural sea desagradable, vivimos en la Iglesia de Dios unidos, algo que no sería posible si Dios no nos hubiera hecho amables. Hay veces en que los nacidos de nuevo demostramos una gran amabilidad que no se puede esperar de otra gente. A veces la gente se asombra: «¿Cómo puede ser que ese hombre se haya hecho tan amable? No parece él mismo». Pero nosotros sabemos que es porque el Espíritu del Señor vive en nuestros corazones y por eso somos tan amables.
Por naturaleza todo ser humano ama los placeres de la carne y por sólo puede seguir sus deseos carnales. No hay ninguna bondad en la naturaleza del ser humano. La naturaleza de los que no han nacido de nuevo y viven según sus deseos carnales tienen una naturaleza que queda satisfecha cuando se venga de quiénes les han hecho daño. Si miramos su naturaleza, los seres humanos son obradores de iniquidad, y por tato no tienen templanza, ni bondad, ni benignidad. ¿Qué busca la religión del mundo? Idolatría e hipocresía. La gente no tiene bondad por sí misma y por eso inventan ídolos y religiones, para buscar virtudes en ellos.
La bondad se refiere a las buenas intenciones de Dios. Según Su bondad, Dios nos ha salvó de nuestros pecados hace 2.000 años a través del agua, la sangre y el Espíritu. Los que creen en el Evangelio del agua, la sangre y el Espíritu, reciben el Espíritu de Dios en sus corazones, que les hace dar Sus frutos y les empuja a hacer la obra de Dios. En otras palabras, aunque hayan sido crueles y despiadados de naturaleza, si tienen el Espíritu Santo en ellos, producen el fruto de la bondad. Cuando se recibe la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, el Espíritu Santo desciende sobre nuestros corazones y nos hace buenos, disciplinados y amables, al tiempo en que nos utiliza como instrumentos para la obra de Dios.
Aunque a menudo revelamos nuestros rasgos carnales desagradables, los que hemos nacido de nuevo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu tenemos espíritus benignos. No podemos hacer daño a nadie, sino que siempre pensamos en las necesidades de los demás y en cómo podemos ayudarlos. La Biblia dice: «El impío toma prestado, y no paga; mas el justo tiene misericordia, y da», por eso los nacidos de nuevo compartimos con los demás. Cuando no tenemos los recursos materiales, compartimos nuestros corazones y si no es posible, rezamos con fe y compartimos la Verdad con amor.
Intentamos ayudar a los demás con los diversos dones que hemos recibido de Dios. Cuando Pedro se encontró con un hombre inválido, lo puso de pie con fe diciéndolo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda» (Hechos de los Apóstoles 3, 6). «No tengo dinero. No tengo el honor que buscas, ni nada más. Pero lo que tengo es mucho más valioso. Es el amor de salvación que Dios me ha dado. Si aceptas este amor, tú también te librarás de tus pecados y caminarás por la senda de la justicia como yo». Con este tipo de fe, Pedro hizo que el hombre cojo caminara dándole lo que había recibido de Dios.
Los nacidos de nuevo también somos malvados en la carne. Sin embargo, cuando Jesucristo viene a nuestros corazones, el Espíritu Santo hace que demos los frutos del Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos hace producir 9 frutos. Nos hace amables, nos da felicidad y gozo y nos da Su amor. Gracias a este amor vivimos.
¿Qué significa que vivamos nuestras vidas de fe correctamente? Que reflexionemos sobre lo que Dios nos ha dado y demos los frutos del Espíritu en nuestras vidas. Está escrito: « contra tales cosas no hay ley. », y por eso no podemos hacer otra cosa que compartir el amor de Dios con los demás. Los justos viven confiando en la obra de Dios de corazón y por eso están más inclinados hacia el Espíritu. Algunas de nuestras obras no se completan pero aún así seguimos viviendo en el amor de Cristo, cosa que debe ser suficiente para nosotros. Si una obra no se completa tal y como lo esperábamos, si de verdad amamos esa obra, nos parecerá suficiente.
Debemos vivir nuestras vidas de fe confiando en la gracia de salvación de Dios y siguiéndola. Si vivimos reflexionando sobre el amor de Dios, si vivimos para compartir este amor de Dios con nuestro prójimo, y si nuestros hermanos y hermanas nos aman, podemos vivir una vida de fe, una vida que produzca los frutos del Espíritu en abundancia. Todos nosotros debemos vivir según el Espíritu Santo y el Evangelio del agua y el Espíritu.