The New Life Mission

Sermones

Tema 15: Gálatas

[Capítulo 5-7] (Gálatas 5, 16-26) No vivan para vanagloriarse y busquen la gloria del Reino de Dios

(Gálatas 5, 16-26)
«Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros».
 

La exhortación de Pablo a los santos

Cuando leemos Gálatas podemos ver que había algunas áreas en las que el Apóstol Pablo se esforzaba más. Había muchos en las iglesias de Galacia que, influenciados por los defensores de la circuncisión, fueron engañados por la falsa doctrina de que había que creer en Jesucristo como su Salvador y ser circuncidado para ser salvado. Pablo sufrió porque el Evangelio del agua y el Espíritu podía haber sido pervertido por los defensores de la circuncisión que habían estado enseñando que la circuncisión física era lo correcto. El Apóstol Pablo se esforzó por corregir la fe de los que estaban perdidos. Así que advirtió a los defensores de la circuncisión diciéndoles: «No enseñéis esto. Dios os maldecirá si creéis en esto y lo enseñáis».
Si observamos la composición de las iglesias de Galacia, nos daremos cuenta de que tanto los judíos como los gentiles creían en Jesucristo como su Salvador. Los judíos cristianos creían que tenían que cumplir la Ley incluso después de aceptar a Jesús como su Salvador, porque sabían que Jesús era judío. Como creían que tenían que circuncidarse incluso después de creer en Jesús, enseñaron a los gentiles que tenían que circuncidarse como los judíos. Su fe era un factor esencial en la corrupción del Evangelio del agua y el Espíritu. Por eso su fe está confusa. Por culpa de su fe legalita, se creó un evangelio corrupto. Una vez más debemos recordar porqué el Evangelio se corrompió.
Las iglesias primitivas sufrieron una gran conmoción espiritual por culpa de la circuncisión. Si leemos a partir de Gálatas 5, 16, vemos que el Apóstol Pablo quería hablar a los santos de las iglesias de Galacia sobre lo que significaba andar en el Espíritu Santo. Pablo dijo: «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis» (Gálatas 5, 16-17). Aquí se nos pregunta si vamos a creer en el Evangelio del agua y el Espíritu según la voluntad de Dios o insistir y seguir la circuncisión de la carne. Por supuesto los santos de Galacia hubieran creído en el Evangelio del agua y el Espíritu y seguido al Señor naturalmente. Sin embargo, en vez de creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, los santos de Galacia siguieron la circuncisión física para prevenir la persecución de muchos de los judíos cristianos.
Por tanto, el que un santo ande en el Espíritu Santo significa que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu que Dios nos ha dado y que sigue a nuestro Señor. Por otro lado, vivir según la carne es intentar evitar ser perseguidos al recibir la circuncisión y rechazar la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu.
Los justos sienten el deseo de servir al Evangelio del agua y el Espíritu y seguirlo. Quieren ser guiados por el Espíritu Santo, pero al mismo tiempo, sienten el deseo de evitar la persecución a causa de su fe en Jesucristo y vivir siguiendo los deseos de la carne. Algunos nacidos de nuevo desafían el amor de Dios al seguir los deseos de la carne. Por tanto está escrito: «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis». Los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu deben vivir sus vidas según la voluntad de nuestro Señor siguiendo al Espíritu Santo en quien Dios se complace.
 

¿Quién gobierna su vida?

Pablo dijo: «Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley» (Gálatas 5, 18). El Espíritu Santo está en los corazones de los santos cuando creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. Pablo quiso decir que los que han recibido el Espíritu Santo al creer en este verdadero Evangelio no están bajo la Ley de la ira de Dios y están libres de la maldición de Dios. Debemos saber que el Espíritu Santo vive en los corazones de los justos y cumple la voluntad de nuestro Señor según la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu. Por eso debemos conocer la voluntad de nuestro Señor que nos lleva a difundir el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo según los deseos del Espíritu Santo.
¿Podemos vivir una vida que valga si seguimos el santo Evangelio del agua y el Espíritu? Sí. Podemos vivir una vida llena del Espíritu cuando recibimos la salvación por la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Además el Apóstol Pablo ha definido la «vida que camina en el Espíritu Santo» de la siguiente manera: «Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gálatas 5, 24). Es decir, Pablo afirmó que la gente que pertenece a Jesucristo ha crucificado sus emociones y su codicia por la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Para vivir según el Espíritu Santo, debemos darnos cuenta de que hemos muerto porque hemos sido crucificados en la Cruz con Jesucristo. Y debemos darnos cuenta de que somos nuevas criaturas y hemos vuelto a la vida por la resurrección de Jesucristo. El Apóstol Pablo dijo que podíamos vivir según los deseos del Espíritu Santo gracias a la fe en Jesucristo porque Él ha resucitado nuestros espíritus muertos a través de la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. Entonces los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu podemos confiar en que hemos sido crucificados con Jesucristo y hemos resucitado con Él.
El Apóstol Pablo dijo: «No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros» (Gálatas 5, 26).
Hay gente que sigue los deseos de la carne a pesar de su fe en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. Esta gente quiere satisfacer sus propios deseos, peleándose y envidiándose. Pablo no quiso vivir por su propia carne, por mera vanidad. Si tenemos un corazón como el del Apóstol Pablo, podremos vivir llenos del Espíritu. Por tanto para continuar estas vidas, los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu deben servir a la justicia de Dios siguiendo el Espíritu Santo.
Aunque hayamos recibido la remisión de los pecados a través de la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, debemos tener fe en que hemos muerto con Jesucristo y hemos resucitado con Él. Si tenemos esta fe, podemos vivir con la ayuda del Espíritu Santo porque nuestras pasiones y deseos carnales han sido crucificados con nuestra carne por la fe.
Sin embargo, la realidad es que hay gente que quiere satisfacer los deseos de la carne incluso entre los que han recibido la remisión de los pecados. Del mismo modo en que los santos y los siervos de las iglesias de Galacia vivieron por sus deseos carnales, muchos nacidos de nuevo en este mundo buscan su propia gloria y satisfacen la codicia de su carne. Toda esta gente vive por los deseos de su carne. Así en las iglesias de Galacia los santos circuncidados decían: «Somos mejores que vosotros, los que no estáis circuncidados». Además al guardar el Sabbath, creían que eran mejores espiritualmente. El problema es que no pudieron vivir por la voluntad del Espíritu Santo porque querían satisfacer los deseos de la carne.
¿Para qué viven los falsos siervos de Dios? Por la gloria de su carne en vez de perseguir los deseos del Espíritu Santo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Por eso muchos cristianos de hoy en día viven para satisfacer sus deseos carnales. Incluso los nacidos de nuevo quieren satisfacer sus propios deseos. Si los nacidos de nuevo no debemos satisfacer nuestros propios deseos, debemos conocer a nuestro Señor y creer en Él además de creer que nuestros pasados han muerto con Jesucristo y que somos nuevas criaturas al unirnos con Él a través de Su resurrección. Ahora debemos darnos cuenta de que somos de Dios a través de nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu y que podemos hacer las obras de Dios al unirnos a Su Iglesia con este Evangelio.
Ahora podemos dar gracias a Dios porque hemos recibido la remisión de nuestros pecados a través de nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Somos débiles y no podemos hacer las obras que Dios nos ha confiado. Por tanto no debemos vivir por nuestra propia gloria ni criticar a nuestros hermanos y hermanas. ¿A quién podemos criticar si nosotros mismos no podemos hacer las obras que Dios nos ha confiado? Si nos exaltáramos a nosotros mismos en la carne e ignorásemos las obras que se nos han confiado ¿de qué nos serviría? En vez de pelearnos por los deseos de la carne, los justos deberían querer hacer más obras de Dios. Los que quieren satisfacer su propia carne no pueden ser reconocidos por su fe ante Dios. Ahora ya no hay razón para que compitamos por la gloria en vano.
Ahora debemos creer en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu ante Dios. Además debemos vivir con fe sin olvidar que somos criaturas nuevas porque hemos muerto y resucitado con Jesucristo. Hemos recibido la remisión de los pecados por fe en el Evangelio del agua y el Espíritu y por ello se nos ha dado la oportunidad de servir al Evangelio de Dios. Cuando Dios nos confía Su obra, podemos llevarlas a cabo llenos de gratitud. Al hacer Su obra, no sirve de nada pensar: «Soy mejor que este hermano y peor que este obrero».
Todos nosotros somos el pueblo de Dios por fe en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. De ahí que todos nos hayamos convertido en hijos de Dios por nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Todos somos iguales, obreros de la justicia de Dios, aunque sirvamos en diferentes áreas al Evangelio del agua y el Espíritu. Como soldados del Señor somos siervos de Dios que hacen Sus obras para cumplir la voluntad de Dios dentro de una jerarquía. Los predecesores de fe no están para alardear de su prestigio o de los deseos de la carne. Sólo debemos decidir si vamos a llevar a cabo las obras de Dios con lealtad mientras estemos en este mundo.
 

Nuestra fe debe ser como la de Pablo

La Biblia nos dice: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley» (Gálatas 5, 22-23). Como todos hemos recibido esta remisión de los pecados por nuestra fe en Jesucristo que vino por el agua y el Espíritu a nuestros corazones, debemos seguir al Espíritu Santo. Para tener esta fe, todos debemos morir y resucitar con Jesucristo por esta fe en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Las almas del pueblo de Cristo tienen una fe pura. Creen que han muerto con el Evangelio del agua y el Espíritu y viven para proclamar el Evangelio. De hecho los justos parecen fuertes y duros, pero por dentro son muy humildes. Esto se debe a que la persona que tienen dentro los nacidos de nuevo ha muerto y resucitado con Cristo por su fe en el Evangelio del agua y el Espíritu por muy duros que parezcan. Por eso sus almas son tan dóciles como corderos por el Espíritu Santo. Los que han muerto y han resucitado con Jesucristo por fe obedecen la voluntad de Dios aunque no estén refinados espiritualmente. Los justos no alardean de su propia justicia.
Los que han recibido la remisión de los pecados en sus corazones al creer en Jesucristo, que vino por el Evangelio del agua y el Espíritu, no tienen pecado. Sin embargo, hay muchos nacidos de nuevo que no se han unido a la muerte y resurrección de Jesucristo por fe. Esta gente no es guiada por el Espíritu Santo y por eso son propensos a abandonar la congregación de los justos. Todo lo que buscan en la Iglesia de Dios es la oportunidad de ascender en sus puestos. Esta gente no desea crecer en la fe ante Dios, sino que intenta ascender y revelar su propia justicia en público. Hacen todo lo posible por satisfacer los deseos de la carne. El Apóstol Pablo dijo que esta gente quiere vanagloriarse con envidia por los demás.
Aunque hayamos recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, si no tenemos la fe en que hemos muerto y resucitado con Jesús, no podemos vivir guiados por el Espíritu Santo. Jesús tomó todos nuestros pecados en Su bautismo y por eso también nosotros fuimos crucificados cuando Jesús fue crucificado en la Cruz. Cuando los clavos penetraron en los pies y en las manos de Jesús, nuestras manos y pies también fueron penetrados. Por tanto hemos muerto con Jesucristo y hemos resucitado con Jesucristo. Nuestro Señor nos ha resucitado en cuerpo y espíritu. Debemos vivir ante Dios con fe en este hecho. Todos hemos nacido de nuevo como nuevas criaturas ante Dios. Ahora los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu no quieren satisfacer sus propios deseos carnales, sino que intentan cumplir la voluntad de Dios y se alegran cuando esto se cumple. Por otro lado, se entristecen cuando no se cumple la voluntad de Dios en este mundo.
Tenemos que ver los frutos del Espíritu Santo uno por uno dentro del Evangelio del agua y el Espíritu. Está escrito: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley» (Gálatas 5, 22-23).
Queridos hermanos, ¿saben lo que es el amor de Dios? Dios dijo que estaríamos llenos de gozo si nos amamos los unos a los otros y servimos a la justicia de Dios. Así los nacidos de nuevo se regocijan en el Evangelio del agua y el Espíritu cuando se reúnen. El gozo significa la alegría que viene de Jesucristo. La paz es la reconciliación, incluso con los enemigos. A veces incluso los justos que creen en la justicia de Dios se pelean. Sin embargo, siguen confiando en los demás dentro del Evangelio del agua y el Espíritu que Cristo nos ha dado.
Además los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu siempre pasan por muchos problemas para reconocer la justicia de Dios. Pueden soportarlos porque el Espíritu Santo les ayuda. Nuestra persona exterior tiene un carácter fuerte, pero ¿nuestra persona interior? Si el Espíritu Santo no muestra ira en nuestros corazones, nuestra persona exterior será incapaz de enfadarse. Yo puedo soportar muchas cosas que no hubiera podido soportar yo sólo, gracias al poder del Espíritu Santo. Los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu no podemos enfardarnos porque nuestras personas interiores no están enfadadas a pesar de que por fuera estemos enfadados. Antes de nacer de nuevo por nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, nos enfadábamos enseguida. Pero ahora la diferencia es que mientras nuestro interior esté bien, no nos enfadamos.
 

¿Por quién vivimos nuestras vidas?

El Espíritu Santo vive en los corazones de los que han muerto y resucitado con Jesucristo. Los que tienen el Espíritu Santo dan los frutos del Espíritu Santo. Damos los frutos del Espíritu Santo porque vive en nuestros corazones y no porque queramos. No hay ningún otro requisito. El Espíritu Santo reside en nuestros corazones y nos persuade nuestros pensamientos y corazones para que demos los frutos del Espíritu Santo. De ahí que el Apóstol Pablo dijera: «Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros» (Gálatas 5, 25-26). Nuestro Señor nos ha dicho a los justos que no nos peleemos por nuestro estatus y que no nos envidiemos. 
De hecho no hay ningún justo que sea mejor o peor. Ninguno tiene que mandar sobre los demás. La única diferencia es la obra que nos ha confiado Dios. Nos complace cumplir con nuestra tarea, pero ello no determina nuestro estatus. Por supuesto que existe un orden y ciertos cargos en la iglesia de Dios, pero sólo son necesarios para la unidad de la misma. Dios les ha confiado una obra a ustedes y otra diferente a mí. Todo lo que debemos hacer es llevar a cabo estas tareas para cumplir la voluntad de Dios. Cada uno cumple con su parte, como está escrito: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Romanos 8, 28). No existe ninguna otra intención. Nadie manda sobre nadie.
Querido hermanos, ¿puede mandar sobre ustedes? ¿Cómo puedo hacerles siervos del hombre si son siervos de Dios que cumplen una misión? No puedo hacerlo. Como tenemos la tarea de servir a nuestro Señor, lo correcto es que le seamos fieles. Así es como trabajamos para bien ante Dios. Nadie puede mandar a nadie en la Iglesia de Dios. Satanás intenta a llevar a los recién nacidos de nuevo hacia la muerte al derrumbar su fe y por eso nosotros, los predecesores de la fe, debemos controlarles para que el Diablo no los engañe. Su tarea y mi tarea son igual de importantes a los ojos de Dios. No tenemos ninguna relación jerárquica de ningún tipo. Nuestro objetivo es cumplir la justicia de Dios al unirnos y hacer nuestras tareas con lealtad, y esta es el único objetivo. Los que viven por el Espíritu Santo hacen y siguen la voluntad de Dios en Cristo. ¿Qué más hay que hacer? Nada más.
Después de conocer al Señor, me di cuenta de que no había nadie que predicara el Evangelio del agua y el Espíritu. Cuando empecé a predicar este Evangelio de Verdad con ustedes, les dije: «No hay nadie que conozca el Evangelio del agua y el Espíritu y lo predique. Como he podido comprobar en la cristiandad, no hay ningún teólogo que conozca el Evangelio del agua y el Espíritu y lo predique». Pero aún así esperaba que hubiera alguien nacido de nuevo del agua y el Espíritu aunque no fuera teólogo. Espero y digo: «Quizás individualmente o en pequeños grupos haya alguien que comparta el Evangelio del agua y el Espíritu». Sin embargo, por lo menos a través de mi investigación por Internet, no encontré a nadie que predicara el Evangelio del agua y el Espíritu. Estaba seguro de que no había ni una sola persona que compartiera el Evangelio del agua y el Espíritu en este mundo. Por supuesto hay algunas personas que predican este verdadero Evangelio, pero ¿de qué sirve conocer el Evangelio del agua y el Espíritu si no se comparte con otros?
Pero este tema me empezó a preocupar bastante. Si alguien hubiera predicado el Evangelio del agua y el Espíritu, me quitaría un poco de responsabilidad diciendo: «Si no lo predico yo, alguien lo predicará». Sin embargo, no ha habido ni una sola persona después de la época de la Iglesia Primitiva que haya predicado el Evangelio del agua y el Espíritu. Si nadie predica el Evangelio del agua y el Espíritu, no tenemos otra opción que realizar esta obra nosotros mismos. Por eso ustedes y yo debemos predicar el Evangelio del agua y el Espíritu. Si no predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu a pesar de conocerlo es desobedecer la voluntad de Dios. Por eso ustedes y yo estamos predicando este Evangelio. ¿Hay alguien que predique esta Verdad en Alemania? ¿O en Inglaterra o Francia? Puede que les venga a la mente la Torre Eiffel y las bonitas vistas del Siena cuando escuchan la palabra Francia. Pero nadie conoce el Evangelio del agua y el Espíritu en este país.
Del mismo modo en que siento la necesidad de predicar el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo porque conozco este Evangelio, ustedes están haciendo las obras de Dios porque Él se las ha confiado. Por eso se nos dice que no busquemos nuestra propia vanagloria. No creo que haya diferencias entre los obreros de la Iglesia de Dios, ya sean predicadores, sus mujeres, obreros, hermanos o hermanas. Todo siervo de Dios que tenga una misión encomendada por Dios es valioso. Desde los pastores a los que enseñan en la escuela dominical, yo creo que Dios nos ha encomendado una tarea.
Nuestro Señor dijo: «Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá» (Lucas 12, 48). Los más experimentados deben servir a los más débiles en la Iglesia de Dios. Así que no hay nadie que sea más que otros. Debemos llevar a cabo la misión que Dios nos ha confiado. Todos tenemos como objetivo cumplir la voluntad de Dios y estamos destinados a vivir por esta obra. Por eso los líderes no son más importantes que los seglares. Además los ministros que han sido ordenados no son más importantes que los evangelistas, ni los evangelistas más importantes que los hermanos y hermanas. Decir que alguien tiene un estatus más elevado indica que le han sido asignadas más misiones. Esto es verdad. Por eso no hay que exaltarse. Debemos reconocer que las obras de Dios son lo que de verdad importa y las debemos llevar a cabo. Esto es lo que el Apóstol Pablo nos está diciendo.
 

Los dos deseos de un santo

Hay dos corazones dentro de nuestro corazón: el corazón de Dios y el corazón de la carne. Estos dos son opuestos, de manera que no hacemos lo que queremos. Pero si el Espíritu Santo nos guía, ya no estamos bajo la Ley. Si el Espíritu Santo vive en nosotros, podemos ser guiados por Dios a pesar de nuestras debilidades gracias al Espíritu Santo. Aunque seamos insuficientes desde una perspectiva humana, podemos ser guiados por el Espíritu Santo si reconocemos al líder y nos sometemos a la Palabra de Dios que él predica. Los que tienen el Espíritu Santo no están bajo la maldición porque han muerto y resucitado con Jesucristo.
Debemos saber que ustedes y yo somos el pueblo de Dios y Sus siervos. Además podemos distinguir las obras de la carne del fruto del Espíritu Santo. Debemos saber que el Señor nos dijo que hiciéramos Sus obras después de conocer esta diferencia.
Gálatas 5, 19-21 dice: «Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios».
Las obras de la carne son evidentes. Los que no tienen el Espíritu Santo hacen las obras de la carne. Viven por sus deseos carnales, sucios y por su sensualidad. Además sirven a otras cosas en vez de a Dios, hacen el mal, tienen enemigos, se pelean, envidian y se enfadan, se separan de la Iglesia de Dios en vez de unirse a ella. Estas son las obras de la carne, que se originaron al no creer en Dios y Su Palabra.
¿Qué le gusta a nuestra carne? El adulterio, la suciedad, la lascivia, la maldad, hacer enemigos, la envidia, las disputas, hacer grupos, la separación, la herejía, la embriaguez y las juergas. El pasaje de las Escrituras de hoy dice que las obras de la carne son evidentes. ¿No es nuestra vida en la carne así? ¿Sí o no? Por supuesto que sí.
Por otro lado, los frutos del Espíritu Santo nos ayudan a amarnos, a regocijarnos, estar en paz en nuestros corazones, a no hacer enemigos y mostrar benevolencia por los demás. Además el Espíritu Santo también produce un corazón puro, fiel, humilde y comedido.
Como las obras de la carne y los frutos del Espíritu Santo son el resultado de dos tipos de fe diferentes, provienen de dos corazones diferentes. Los frutos del Espíritu Santo vienen de la fe en Jesucristo que vino por el Evangelio del agua y el Espíritu. En cambio, las obras de la carne son una fe falsa. Los frutos de la carne son malvados. Entre las obras de la carne están las divisiones, las disensiones, las peleas, las borracheras, las enemistades con Dios, el caer en la trampa, adorar a ídolos, servir a otros dioses, etc… Todo esto es completamente diferente a los frutos del Espíritu Santo.
Por supuesto los santos nacidos de nuevo pueden pelearse entre ellos, hacer grupos dentro de la Iglesia de Dios, cometer herejías y emborracharse. Esto se debería a que siguen los impulsos de la carne en vez de los del Espíritu Santo. Si hemos recibido la remisión de los pecados, debemos producir los frutos del Espíritu Santo. Sin embargo, ¿no hay mucha gente que satisface los deseos de la carne? A Dios no le agrada que satisfagamos los deseos de la carne. Por los menos los nacidos de nuevo que creen en Jesucristo como su Salvador deben morir y resucitar con Jesucristo según el pasaje de la Biblia: «Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gálatas 5, 24). Debemos tener esta fe. No sólo debemos hablar de ello, sino también morir y resucitar unidos con Jesucristo en nuestros corazones.
Hay un grave problema si no morimos y resucitamos con Jesucristo. Los que no han muerto y resucitado con Jesucristo no pueden dar los frutos del Espíritu Santo. Esto se debe a que no pueden distinguir lo que viene del Espíritu Santo y reconocer cuando les guía a pesar de que el Espíritu Santo les esté guiando desde sus corazones. Creemos que hacemos el bien porque nuestros corazones son buenos. Sin embargo, es el Espíritu Santo quien nos hace ser buenos. El corazón de la carne crea el mal en nuestros corazones, pero el Espíritu Santo que nos da corazones buenos vive en nuestros corazones porque hemos nacido de nuevo por el Evangelio del agua y el Espíritu. Ustedes y yo por naturaleza no podemos tener corazones buenos. Pero gracias al Espíritu Santo servimos a nuestro Señor, somos fieles a Dios, hacemos Sus obras y seguimos a nuestro Señor. Sin el Espíritu Santo esto sería imposible.
 

No debemos vivir con vanidad

«No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros» (Gálatas 5, 26). Debemos retener esta Palabra en nuestros corazones. Los que intentan elevar su estatus después de nacer de nuevo, siguen los deseos de la carne. Esta gente es malvada.
Queridos hermanos, piensen en esto un momento. Está escrito en Proverbios 18, 1: «Su deseo busca el que se desvía, y se entremete en todo negocio». Ahora estamos en la Iglesia de Dios, cumpliendo nuestra misión de servir al Evangelio. ¡Qué maravilloso es este Evangelio! Si se revelaran contra la Iglesia de Dios y se marcharan, ¿podrían hacer las obras del Evangelio que hacen ahora? No. No hay una sola persona que pueda servir al Señor fuera de la Iglesia de Dios. No hay ni una sola persona que pueda ser fiel a Dios fuera de la Iglesia de Dios. Por mucho que uno lo intente es imposible. Fuera de la Iglesia de Dios no pueden vivir por sí mismos ni servir al Señor.
Ahora reflexionemos sobre esto. Utilicemos hipótesis. Servimos al Señor con el dinero que hemos ganado el los negocios de la Iglesia de Dios. ¿Pero sería posible que un santo sirviera al Señor de la misma manera si se fuera de la Iglesia y sirviera al Evangelio por sí mismo? ¿Podría esta persona vivir por el Señor como su objetivo, produciendo los frutos del Espíritu Santo alejados de la Iglesia de Dios del mismo modo en que lo hizo cuando estaba en ella? No. Se inventaría excusas para no hacerlo. No viviría siendo fiel como lo haría dentro de la Iglesia de Dios. No trabajaría tan bien como lo hace ahora.
Así es una gran bendición servir en la Iglesia de Dios. No importa nuestra posición, pero ¿puede alguien servir al Señor si deja la Iglesia de Dios? Nadie puede servir al Señor fuera de la Iglesia. Así que decimos que dejar la Iglesia de Dios es buscar su propia gloria; la gloria de la carne.
Debemos entender el corazón del Apóstol Pablo. «Decís que hay que creer en Jesucristo y guardar el Sabbath y otras festividades, además de circuncidarse en la carne. ¿Creéis que no me daría cuenta de vuestra intención de haceros con la Iglesia? Si seguís predicando esto, os separaréis de la Iglesia de Dios. Entonces no podréis servir al Señor. Esto es querer vuestra propia gloria». Esto es precisamente lo que nos está diciendo el Apóstol Pablo.
Debemos darnos cuenta de que es una gran bendición estar en la Iglesia de Dios. Aunque no escuchen atentamente, es cierto que no podrán hacer el bien si dejan la Iglesia de Dios o si se les prohíbe ir a la iglesia. Es imposible hacer el bien fuera de la Iglesia de Dios. ¿Cómo puedo hacer el bien fuera de la Iglesia de Dios? ¿Qué puedo hacer yo mismo? Si quisiera publicar un libro, alguien tendría que pasarlo a ordenador e imprimirlo por mí para editarlo. Incluso cuando clavamos un clavo en la pared es más fácil si alguien nos sujeta el clavo. El trabajo requiere colaboración, hacerlo solo es mucho más difícil. Esto es cierto también cuando hablamos de servir al Evangelio. ¿Cómo puedo hacer el trabajo de servir al Evangelio yo solo? El corazón de la carne no quiere trabajar. Sin embargo cuando dejamos la Iglesia de Dios, dejamos de hacer obras justas. Nos paralizamos y no podemos hacer nada.
No poder llevar a cabo las obras justas después de recibir la remisión de los pecados es una maldición. El libro del Génesis cuenta que Caín deambuló por la tierra alejado de Dios incluso tras haber recibido un signo de protección. Caín no tenía donde ir y su vida no tenía sentido. Deambuló por todos lados sin poder asentarse en ningún sitio. Además tenía miedo de que sus enemigos lo mataran. Si dejamos la Iglesia de Dios para satisfacer los deseos de la carne, acabaremos viviendo la misma vida que Caín.
Queridos hermanos, ahora entendemos por qué debemos vivir después de nacer de nuevo. No debemos satisfacer nuestros propios deseos. Debemos dar los frutos del Espíritu Santo —amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza—cuando el Espíritu Santo y nuestro Señor nos guían, cuando estamos en la Iglesia y cuando creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu. Si abandonamos la Iglesia y nos guiamos por Dios, producimos adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías.
Ustedes y yo somos así en el mismo momento en que abandonamos la Iglesia de Dios. Deben dar gracias a Dios por estar en la Iglesia. Debemos dar gracias porque nuestro Señor nos ha salvado, nos ha puesto en Su Iglesia y nos ha dado una misión. Nuestra fe crece cuando trabajamos por el Señor con fe y cuando estamos agradecidos por las bendiciones en nuestros corazones. No hacemos estas obras porque alguien nos lo mande, sino que nos preguntamos: «Era una persona que sólo hacía cosas malas durante toda su vida. Estoy muy agradecido porque Él me ha hecho vivir por los demás. ¿Quién sino Dios podría hacer esto? ¿Podría alguien más hacer esto a parte de Dios? ¿Sería esto posible fuera de Su Iglesia?». Estamos eternamente agradecidos por esto. Ustedes y yo hemos aprendido a estar agradecidos por fe. Esto es lo que nos está diciendo Pablo.
El Apóstol Pablo fue martirizado después de escribir sus epístolas a las iglesias. Ofreció su vida para mantener su fe. Durante la época de la Iglesia Primitiva, cuando el Apóstol Pablo trabajó, se adoraban a ídolos. El emperador romano que gobernaba en Israel se proclamó a sí mismo como dios. Ordenó a la gente que le sirviera y creyera en él como si fuera un dios. Pero, algunos le desobedecieron y no creyeron en él. Esta gente eran cristianos que creían en Dios. Los cristianos no se postraron ante el emperador romano y se les acusó de traición. Así que el emperador persiguió a los cristianos y mató a los que no quisieron rendirse ante él. Por eso los primeros cristianos sufrieron estos martirios. Los romanos solían poner la cabeza de los cristianos en una plataforma redonda para fijar la posición con una roca y decapitarlos con un hacha. Cuando la cabeza cae y rueda por el suelo, sale mucha sangre. Así es como murieron los fieles cristianos. En 2 Timoteo, el Apóstol Pablo dice: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4, 7). Él sabía que sería ejecutado y así fue como murió.
Hoy en día, ustedes y yo servimos a este Evangelio del agua y el Espíritu. ¿Debemos buscar nuestra propia gloria? ¿Debemos envidiarnos los unos a los otros y pelearnos? Debemos respetar las tareas que se nos han encomendado, valorar a todo el mundo por igual y estar agradecidos. El hecho de que ustedes hagan lo que yo no puedo hacer y yo haga lo que ustedes no pueden hacer para colaborar haciendo el bien y sirviendo a Dios es algo de lo que debemos estar agradecidos. Estamos agradecidos porque somos compañeros de trabajo y caminamos juntos hasta el final.
 

Ahora vivamos unidos y dando gracias a nuestro Señor

Debemos vivir por fe en que es justo vivir como siervos del Señor y debemos estar agradecidos. Si tenemos esta fe en nuestro corazón, dejaremos de pelearnos naturalmente. No debemos perder el tiempo criticándonos y culpándonos los unos a los otros para ser mejores que los demás. Es una bendición predicar el Evangelio por todo el mundo siguiendo los deseos del Espíritu Santo juntos.
No estoy intentando darles órdenes, no quiero hacerlo no lo hare. El orden dentro de la Iglesia de Dios ha sido establecido para servir a nuestro Señor todos juntos. Dios me ha nombrado líder porque un pastor debe guiar a sus ovejas. La razón por la que me enfado a veces es que hay gente que sirve a sus deseos carnales y no al Evangelio. Creo que si el Evangelio es correcto, debemos creer en él y compartirlo. Entonces es natural que lo predique y luche contra las herejías.
Del mismo modo en que el Apóstol Pablo confesó que era el mayor pecador, ustedes y yo también somos grandes pecadores. Del mismo modo en que el Apóstol Pablo dio gracias a Dios por haberle encomendado la misión de la justicia y haberle considerado fiel, yo siento lo mismo. No quiero mandarles, sino que quiero trabajar con ustedes para difundir el Evangelio del agua y el Espíritu. Quiero que sepan esto.
Les advierto a los que no quieren servir al Evangelio del agua y el Espíritu sin saber diferenciar entre el espíritu y la carne. Hasta ahora he luchado contra lo que no es la Verdad. Dios me levantó porque luché la buena batalla contra la mentira aunque no hubiera nadie de mi parte. Así es como llegué hasta donde estoy ahora y no porque sea mejor que ustedes.
Si nos juzgásemos por nuestro talento, nuestros hermanos mayores tienen más talento que yo. Si nos juzgásemos por lo altos que somos, ustedes son más altos que yo. Si nos juzgásemos por nuestro peso, hay muchos de ustedes que pesan más que yo. Sobre todo hay muchos que tienen más talento que yo en la carne. Estas cosas no son nada a los ojos de Dios porque no hacemos las obras de Dios con la carne. Yo soy débil e insuficiente. Pero a pesar de ello, Dios me ha encomendado Su obra. Dios me ha utilizado porque yo me he ofrecido a la gloria de Dios en vez de intentar satisfacer mis deseos carnales.
Dije que difundiría el Evangelio por todo el mundo a través del ministerio literario. ¿Por qué? No hay otro método más seguro de difundir el Evangelio por todo el mundo. Si se envía un libro a un país, ese libro no sólo llega a una persona, sino a mucha gente a su alrededor. Si la persona que recibe el libro lo lee y se lo pasa a un vecino y ese vecino hace lo mismo, ese libro llega a mucha gente. Aunque el propietario del libro se lo pase a otra persona, él mismo podrá compartir el Evangelio oralmente porque habrá recibido la remisión de los pecados. Así es como estamos compartiendo el Evangelio a través de estas publicaciones.
Durante la época de los comienzos de la Iglesia, Dios permitió que la gente naciera de nuevo por el mismo método. Por eso la Biblia ha llegado hasta nosotros. ¿Cómo hubiéramos recibido el Evangelio del agua y el Espíritu si la Biblia no existiera? ¿Hubiéramos leído la advertencia de Pablo de no vanagloriarnos?
Creemos en el Señor y le servimos juntos ante Dios. Yo lo hago delante de ustedes y viceversa. Cuando conocemos los corazones de los que habla el Apóstol Pablo, podemos dar los frutos del Espíritu Santo. En Gálatas, el pasaje de hoy nos da este mensaje central: «Buscad el fruto del Espíritu Santo. Seguid al Espíritu Santo cuando os guíe. Si seguís al Espíritu Santo cuando os guía, no estaréis bajo la Ley. No os vanagloriéis y buscad la gloria de Dios. Vivid por la gloria de Dios y cumplid la buena obra de Dios colaborando los unos con los otros. No tengáis una fe legalista, sino la verdadera fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Vivid buscando la gloria de Dios. Conoced a Dios mientras hacéis esto». Esto es lo que dijo el Apóstol Pablo.
Debemos saber esto mientras vivimos el resto de nuestras vidas. Debemos vivir con fe verdadera, sin querer ser respetados en la carne y tratando a nuestros hermanos y hermanas  con mucho aprecio. Ustedes y yo hemos muerto y resucitado por fe. Debemos estar agradecidos hasta el final por las obras que Dios nos ha encomendado. Además debemos ser fieles a estas obras. Debemos encontrarnos con Dios después de haber vivido por la gloria de Dios en nuestras vidas.
Sé que Dios salvará las almas de mucha gente de sus pecados a través de nosotros.