The New Life Mission

Sermones

Tema 16: Evangelio de Juan

[Capítulo 6-12] < Juan 6, 41-51 > Crean en Jesús que vino del Cielo como su Salvador en sus corazones

( Juan 6, 41-51 )
«Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo. Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido? Jesús respondió y les dijo: No murmuréis entre vosotros. Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí. No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre. De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo».


El Señor es el pan de vida

En el pasaje de las Escrituras de hoy, nuestro Señor dijo que vino del Cielo. Para darnos la vida eterna el Señor vino del Cielo. Vino del Cielo para convertirse en nuestro pan, para alimentarnos con este pan de vida y para salvar a las almas que iban a morir por culpa del pecado. Nuestro Señor Jesús no es de este mundo. Él hace hincapié en el hecho de que vino del Cielo por obediencia a la voluntad del Padre. Esto se debe a que no es de este mundo, sino que es el Hijo de Dios Padre en el Cielo.
Por tanto debemos reconocer que Jesús, el único Hijo enviado por Dios Padre, es nuestro Señor y Salvador, y debemos creerlo. De hecho, nunca debemos pensar en Él como un hombre sabio o el fundador de una religión. Nuestro Señor dijo que es el pan que vino del Cielo. No se puede dejar de hacer hincapié en lo importante que es que Él vino al mundo desde el Cielo según la voluntad del Padre para salvarnos a los pecadores de nuestros pecados.
Hay dos tipos de fe entre los cristianos de hoy en día. Algunos creyentes creen en la doctrina humana de las oraciones de penitencia, mientras que la gente que tiene la verdadera fe cree en el Evangelio del agua y el Espíritu que proclama que Jesús vino del Cielo y nos salvó de los pecados del mundo. Todo cristiano adopta uno de estos tipos de fe. Los primeros se han inventado su propia doctrina de la salvación y creen en ella como quieren, pero nunca podrán borrar los pecados de sus corazones por mucho que crean en Jesús, y por tanto irán al infierno al final. No debemos seguir sus pasos.
Nuestro Señor dijo claramente: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo» (Juan 6, 51). El Hijo del Hombre es el pan que vino del Cielo. Aunque nuestro Señor haya nacido en este mundo del seno de una mujer, Él es el Salvador que vino del Cielo. Es Dios mismo que, para convertirse en nuestro Salvador, vino al mundo encarnado en un hombre. Este es el tema principal del pasaje de las Escrituras de hoy.
Todos debemos creer en este mensaje. El Señor no quiere que creamos en Jesús como si sólo se tratase de una religión. ¿Por qué dijo Jesús a estos judíos que era el pan que vino del Cielo? ¿Por qué subrayó el hecho de que vino del Cielo, de que habla según el mandato del Padre y que vino sólo porque le había mandado el Padre? Para aclarar que Jesús es el Dios de la salvación que vino del Cielo y para hacernos creer en esto. Esta es una Verdad indispensable.
Jesús, en quien creemos, no es un hombre un poco mejor que nosotros, que somos igualmente humanos, sino que es el Dios Creador que es inmensamente más exaltado que nosotros. Él es quien creó el universo y todo lo que hay en él, y Él es quien vino al mundo como nuestro Salvador. En otras palabras, cuando habíamos caído en el pecado engañados por la tentación de Satanás y estábamos sufriendo, cuando estábamos sentenciados al infierno para la eternidad y bajo la maldición, el Señor vino al mundo habiendo dejado Su trono de gloria y nos salvó de los pecados del mundo. Jesús es el que vino del Cielo y es nuestro Salvador. Somos salvados de nuestros pecados cuando creemos en lo que Jesús del Cielo hizo por nosotros en el mundo. Es absolutamente indispensable tener este tipo de fe.
Nuestro Señor dijo en Juan 6, 43-44: «No murmuréis entre vosotros. Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero». De hecho sólo podemos encontrar la gracia si Dios Padre nos lleva a Jesús. Si Dios no nos guía hacia la salvación al conocer el Evangelio del agua y el Espíritu y creer él, nadie puede creer en Jesús como el Salvador. Jesús, que hizo el universo y todo lo que hay en él, también reina en nuestra salvación, nuestra vida y muerte, y nuestra fortuna y miseria. Además Jesús es el Dios de la Trinidad junto con Dios Padre, que es Su Padre y nuestro Padre, y el Espíritu Santo. Este Dios de la Trinidad es quien nos ha guiado hacia Jesús, para creer en Él, alcanzar nuestra salvación y revestirnos de la gloria del Cielo.
Este mundo está lleno de muchos cristianos. Pero aunque hay muchos cristianos que dicen creer en Jesús, ¿cuál es el estado del cristianismo de hoy en día? Los que creen en Jesús de la manera correcta, según la Palabra de Verdad, son muy pocos. Para borrar nuestros pecados, Jesús vino del Cielo al nacer de la Virgen María; a los 30 años fue bautizado para cargar con todos los pecados de la humanidad; entonces cargó con los pecados del mundo hasta la Cruz y allí murió; al tercer día se levantó de entre los muertos y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios Padre. Muy pocos cristianos creen en Jesús de esta manera. De hecho, aunque todos los cristianos deberían creer así, hay muchos más cristianos que no creen así que los que sí que creen.
¿Qué tipo de fe exalta a Dios? Es el tipo de fe que no quiere establecer su propia justicia, sino que cree completamente en lo que Dios ha hecho por nosotros para salvarnos, le da gracias y le da toda la gloria a Él. Este es el tipo de fe que Dios quiere que todos tengamos.
Todo cristiano debe creer sin ambigüedades que Jesús vino del Cielo. Debemos creer en Jesús, que se ha convertido en nuestro Salvador al venir del Cielo, debemos exaltarle y darle gracias. Debemos creer que Él tomó todos nuestros pecados al ser bautizado; debemos creer que los llevó a la Cruz para ser castigado en la Cruz; debemos creer que nos dio nueva vida al levantarse de entre los muertos; y debemos creer que nos ha dado el Reino Milenario y el Reino eterno de Dios que vendrá pronto. Creer en todas estas cosas basándose en la Palabra es la verdadera fe. Dios quiere que tengamos fe en lo que ha hecho por nosotros. Debemos creer en Su justicia y exaltarla. Dios se complace al aceptar a esta gente que conoce, alaba y exalta Su justicia, Su amor y Su salvación. Les pido a todos ustedes que se conviertan en este tipo de gente que cree en la gloria del Cielo que Dios ha preparado por nosotros y debemos darle gracias.
Para explicar el objetivo de haber creado a la humanidad, la Biblia dice: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado» (Efesios 1, 3-6). Dios creó el universo y todo lo que hay en él, creó la humanidad y nos puso a ustedes y a mí en este planeta, así como a todo el mundo, todo para que sepamos que es exaltado, misericordioso y lleno de amor, para mostrarnos cómo nos ha dado la perfecta salvación y cuántas bendiciones nos ha dado y así hacernos alabar la gloria de Su gracia con nuestra fe.
Doy gracias a Dios por permitirnos alabarle. Su amor no tiene límites, Su poder es absolutamente maravilloso y Su misericordia va más allá de nuestra imaginación. Él es maravilloso. Nuestro Señor nos está diciendo que como quería recibir alabanzas, gratitud y oraciones de nuestra parte, nos hizo nacer en este planeta y después nacer de nuevo de este Evangelio del agua y el Espíritu.


Debemos tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu

Debemos convertirnos en el tipo de gente que alaba y exalta la justicia de Dios. Debemos creer que Jesús, Dios mismo, vino del cielo a la tierra para salvarnos de nuestros pecados, que nació del cuerpo de una virgen encarnado en un hombre; que tomó los pecados cuando tenía 30 años; que fue condenado por todos los pecados del mundo en la Cruz; y que nos hizo los hijos eternos de Dios. Ustedes y yo debemos entender quién es Jesús, nuestro Salvador que vino del Cielo, debemos exaltarle, darle gracias por salvarnos por nuestra fe, y recibir la bendición de la salvación por esta fe pura. El Señor se complace por nuestra fe y quiere recibir nuestras alabanzas y gloria. Nosotros necesitamos este tipo de fe.
Jesús hizo hincapié en que había venido del Padre en repetidas ocasiones cuando hablaba a los judíos. Lo hizo para que pudieran entender Su divinidad. Sin embargo, los judíos le rechazaron al final. Dios quiere que creamos que Jesús es Dios y el Salvador que vino del Cielo para salvar a la humanidad de sus pecados. En otras palabras, Jesús no quiere que le conozcamos como un mero hombre sabio de la historia de la humanidad. Por tanto no podemos permitir que nadie considere a Jesús como un hombre sabio simplemente. Dios nos dijo que creyésemos en Jesús que vino del Cielo. Jesús es el Salvador que vino del Cielo para salvarnos de nuestros pecados. El Señor quiso que supiésemos lo que había hecho por nosotros, y que le diésemos gracias desde el fondo de nuestros corazones. Así que creó a la humanidad para que le glorificase.
Si quieren tener la verdadera fe, deben creer en el Evangelio del agua y el Espíritu de todo corazón. No deben considerar el cristianismo como una de las religiones del mundo ni creer en él como una mera religión. No deben creer en Jesús como si estuviesen escogiendo una religión entre muchas otras. Dios se sentirá decepcionado y enfadado si creen así. Tenemos que reconocer a Jesús como Dios. Jesús creó el universo y todo lo que hay en él. No sólo creó las montañas, los mares y los ríos, sino que también creó las galaxias en el universo y todo lo invisible también. Mis queridos hermanos, ¿es así como creen?
Pero a pesar de ello, muchos cristianos de hoy en día creen que Jesús, que vino del Cielo, nació de la tierra. Están equivocados y creen en Él de una manera incorrecta. ¿Saben lo mal que es esto? Mis queridos hermanos, si el Jesús en el que creemos fuera simplemente un hombre influyente y respetable en el mundo, entonces no podría haberse convertido en nuestro Salvador. Esto se debe a que el estatus del que puede salvar a la humanidad del pecado y de la destrucción no puede nacer de la tierra, sino que debe ser de Dios. Sólo si Dios mismo viene podemos tener nuestra salvación. Mis queridos hermanos, ¿creen en esto? Deben entenderlo y creerlo.
Dios se siente frustrado. No está frustrado por ustedes, que son justos, sino por los cristianos de este mundo que todavía no han nacido de nuevo. Esto se debe a que aunque Dios amó tanto al mundo que envió a Su único Hijo, y a que aunque Jesús, Dios mismo, dejó Su trono de gloria en el Cielo y vino a la tierra a salvarnos de nuestros pecados, la gente todavía no reconoce a este Jesús que vino del Cielo y sólo piensa en Él como alguien nacido de la tierra. Esto es el mismo pecado que cometieron los judíos del pasaje de hoy cuando rechazaron a Jesús diciendo: « ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?» (Juan 6, 42).
Mis queridos hermanos, no creer es un pecado (Juan 16, 9). Cuando alguien dice que cree en Jesús, pero no cree que sea Dios, su fe es fundamentalmente falsa y por tanto será piadoso cuando quiera, pero si algo va mal se delatará y abandonará su vida de fe. Este tipo de fe caprichosa, la que toma a Jesús sólo cuando lo necesita y lo abandona cuando no lo necesita, no es la verdadera fe. 
Precisamente porque Jesús, que vino del Cielo, es Dios mismo, Él es nuestro Salvador, nuestro Pastor, nuestro Juez y nuestro todo. Por eso nunca debemos creer en Jesús de la manera que nos plazca. Él es el Creador que nos hizo, y nuestro Salvador. ¿Cómo podemos creer en el Creador arbitrariamente cuando nuestra vida eterna y las bendiciones del Cielo dependen del Él?
En el antiguo Imperio Romano, los emperadores eran considerados dioses. En la China antigua, la dinastía Zhou llamaba a su rey «el hijo de los cielos», que es otra manera de llamarlo hijo de Dios. En el Japón actual llaman a su rey el «emperador celestial», y así lo elevan al estatus de hijo divino. Esto unió al país y lo llevó a la subida del militarismo japonés que desencadenó la Guerra del Pacífico. ¿Acaso no deducen de esto que Jesús está entre estos emperadores? No, Jesús es el Dios que creó el universo y todo lo que hay en él, sin importar si ustedes y yo creemos o no.
Cuando algunos ángeles de Su creación se rebelaron contra Él, Jesús los echó y creó a la humanidad a la imagen de Dios. Y como Dios amó tanto al mundo, hizo que ustedes y yo naciésemos en este mundo para hacernos Sus hijos y envió a Jesús, Su único hijo. Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo planearon hacernos hijos de Dios al salvarnos y lo cumplieron. El que vino del Cielo según esta voluntad se llama Jesús. Al venir del Cielo nos ha salvado a través del agua, la sangre y el Espíritu (1 Juan 5, 6-8). Esta Verdad está escrita en la Biblia tan claramente que nadie puede negarse a creer.


¿A quién lleva Dios hacia Jesús? 

Los que tienen sed y hambre de justicia, los que lloran por sus pecados, los que son pobres de espíritu, y los que no pueden encontrar ninguna satisfacción en las cosas del mundo, son la gente que Dios lleva hacia Jesús. Los corazones de esta gente son inocentes y honestos como un niño ante Dios, aunque no tengan nada material ni conocimiento. En otras palabras, si hay gente que, aunque no conoce a Jesús bien, sufre por los pecados de sus corazones y por tanto busca desesperadamente al Salvador, entonces el Padre llevará a esa gente a Jesús. Por eso el Señor dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere». Si han encontrado a Jesús al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, como el Padre les ha enviado, han conocido a este Jesús y han creído en Él.
Sin embargo, hay muchos cristianos en este mundo que exaltan su propia justicia en vez de la justicia de Dios, aunque digan creer en Jesús. Ellos siguen exaltándose a sí mismos diciendo: «Cuando oraba a Dios tuve una visión en mis sueños, y me salvé. Así recibí más fuerzas, ayuné y oré». Al final afirman que conocieron al Señor por sus propios méritos gracias a Su piedad y su amor a Dios.
Eso no es la verdadera fe. La verdadera fe exalta a Dios y le alaba. Dios mismo bajó del Cielo y para convertirse en nuestro Salvador, fue bautizado, crucificado hasta morir y resucitó de entre los muertos. Creer que Jesús se ha convertido en nuestro verdadero Salvador a través del Evangelio del agua y el Espíritu, darle gracias con esta fe y venerarle y creer en lo que Dios ha hecho por nosotros, es la verdadera fe.
Acabamos de cantar una canción de alabanza hace poco. Cuando alabamos, Jesús satura nuestros corazones y nuestros pensamientos. A través de nuestras alabanzas, la salvación de Jesús y Su amor y poder absoluto está en nuestras almas, del mismo modo en que una esponja se empapa de agua. En otras palabras, lo que Él ha hecho por nosotros llena nuestros corazones cuando cantamos alabanzas. ¿Por qué? Porque el que nos haya salvado perfectamente es un hecho que no puede negarse, y reconocemos esto completamente de corazón. Por eso mientras alabamos, nuestros corazones están llenos de gratitud y respeto ante Dios.
Alabar es reconocer. Reconocer a Dios por amarnos, salvarnos de nuestros pecados y bendecirnos es alabarle. Es así como creemos y queremos que todo el mundo tenga la misma fe. Sin embargo, los que creen que han encontrado a Jesús en su propia justicia, ¿a quién deben alabar? Deberían alabarse a sí mismos. Deberían cantar: «♬He encontrado al Señor por mi piedad; Me he salvado gracias a mí mismo♬». Para ser más preciso esta gente ni siquiera alaba al Señor porque el Señor no ha hecho nada por ellos, y si han conseguido, se debe a sus propios méritos.
Jesús dijo en Juan 6, 45: «Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí». Dios Padre quiere que todo el mundo escuche y aprenda Su Palabra y que acuda a Él al creer en Su Palabra. Dios quiere que las almas puras que, al sufrir por los pecados de sus corazones, buscan al Salvador conozcan a los justos que han sido salvados a través el Evangelio del agua y el Espíritu, que conozcan al verdadero Dios a través de ellos, encuentren a Jesús en la Palabra y sean salvados. Por eso la Biblia dice que Dios «el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2, 4). ¿Y ustedes? Aquí también han aprendido mucho sobre Jesús y han alcanzado su salvación a través de los que le conocen y han sido salvados.
De quién aprenden es muy importante. En el Antiguo Testamento Jeroboam fue el más odiado y aborrecido por Dios. Después de la muerte del rey Salomón, rey de Israel, su hijo Roboam le sucedió. En aquel entonces Jeroboam y el pueblo le pidieron al rey que aliviase la carga que su padre Salomón había puesto sobre el pueblo. Jeroboam fue al principio un oficial de la corte del rey Salomón que tenía el favor del rey. Sin embargo, cuando el rey Salomón empezó a adorar a dioses paganos, Dios profetizó que separaría al pueblo de Israel en dos y haría a Jeroboam rey de diez tribus, y por esta profecía Jeroboam huyó a Egipto para escapar de la persecución de Salomón.
Tras la muerte de Salomón, Jeroboam volvió a Israel y le pidió al nuevo rey que aliviase el yugo que había impuesto al pueblo. Sin embargo, el rey Roboam ignoró esta petición y el consejo de los mayores de la corte de su padre y sin embargo escuchó el consejo de sus amigos y decidió oprimir al pueblo aún más. Roboam dijo: «Mi padre agravó vuestro yugo, pero yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, mas yo os castigaré con escorpiones» (1 Reyes 12, 14). Como resultado la gente se volvió contra la casa de David y diez de las doce tribus de Israel, excepto las tribus de Judá y Benjamin, coronaron a Jeroboam como su rey y fundaron otro reino. Israel quedó dividido entre norte y sur como la actual Corea.
Jeroboam se convirtió en rey sin haberlo planeado. Después de tomar el poder, Jeroboam pensó en su situación y reconoció que como se había convertido en rey sin ser de familia real, había sido un acto de alta traición. Así que como tenía miedo de que esto repercutiera en el futuro, ideó un plan astuto. Lo que más le importaba al pueblo de Israel era el sistema expiatorio que se llevaba a cabo en el Tabernáculo, así como los sacerdotes. Jeroboam pensó que todos los años, en el décimo día del séptimo mes, el pueblo iría al Templo de Jehová en Jerusalén para ofrecer sacrificios y como Jerusalén estaba bajo el control de Roboam, el pueblo volvería sus corazones hacia Roboam, el rey de Judá, y se levantaría contra él. Así que hizo dos becerros de oro y puso uno en Betel y otro en Dan, e hizo que el pueblo los adorase allí. Y además cambió la fecha del Día de la Expiación al decimoquinto día del octavo mes y nombró a gente normal para ser sacerdotes, cuando en el Tabernáculo esta posición estaba reservada a los levitas. Desde aquel entonces no había ley en Israel y la fe del pueblo se desvaneció.
Jeroboam ignoró la Palabra de Dios y cambió los estatutos que Él estableció. El pecado que más desprecia Dios es el de corromper la verdad cambiándola aunque sea sólo en una pequeña medida. Por eso mató a Jeroboam. Y cuando el hijo de Jeroboam le sucedió y siguió los pasos de su padre, Dios también lo mató. De hecho la mayoría de los reyes de Israel siguieron los pasos de Jeroboam y como resultado recibieron la ira de Dios como la casa de Jeroboam.
Es muy importante de quién aprenden y los pasos de quién sigan en la vida de fe. Jesús dijo: «Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí» (Juan 6, 45). El Señor quiere que crean y aprendan de los que han escuchado y aprendido la Biblia de Dios Padre y también quiere que enseñen a otros como ustedes han aprendido. Por eso nuestro Señor, al completar todo lo que hay en el mundo, dijo lo siguiente mientras ascendía a los cielos: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28, 19-29). Esto significa que sólo los discípulos de Jesús nacidos de nuevo pueden formar nuevos discípulos. El Apóstol Pablo le dijo a Timoteo: «Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido» (2 Timoteo 3, 14). 
Dios, nuestro Padre, quiere que todas las almas entiendan y crean en Jesús correctamente. En otras palabras, Dios quiere que los creyentes que han aprendido del Padre enseñen a las almas perdidas y que los que están perdidos crean correctamente. Dios nos exige esta fe. Ustedes y yo somos muy afortunados. Creemos en Jesús que vino del Cielo, y creemos que se ha convertido en nuestro Salvador al ser bautizado, morir en la Cruz y levantarse de entre los muertos de nuevo. Como hemos sido salvados por esta fe y como ahora estamos predicando esta Verdad de salvación, Dios está contento con nosotros.
Estamos difundiendo el Evangelio por todo el mundo. Dios nos está ayudando en muchas maneras a proclamar Su Evangelio por todo el mundo. Al permitir que la Copa del Mundo de Fútbol tuviera lugar en Corea en el año 2002, Dios hizo que mi país fuera conocido por todo el mundo. Como la selección coreana llegó a la semifinal contra todo pronóstico, mi país dejó huella en las mentes de todo el mundo. Estamos predicando el Evangelio del agua y el Espíritu por todo el mundo y Dios ha preparado un contexto ideal para nosotros para que nadie nos ignore. Creo que Dios ha hecho todas estas cosas porque está contento de que creamos y prediquemos el Evangelio del agua y el Espíritu, y para que podamos difundir este Evangelio de Verdad por todo el mundo. Estoy muy agradecido por esto.
Recientemente hemos impreso pegatinas y tarjetas de visita de nuestra misión en muchos idiomas para presentar nuestra página Web por todo el mundo. Nuestros trabajadores en todos los países están repartiendo estas pegatinas y tarjetas. Gracias a esto las almas que buscaban la Verdad visitarán nuestra página Web y encontrarán el camino de la vida. Aunque mucha gente ya ha visitado la página, mucha más gente lo hará más adelante.
Antes de terminar, me gustaría compartir un verso más: «No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre» (Juan 6, 46). Jesús dijo que sólo Él, que es de Dios, ha visto al Padre. Nadie ha visto a Dios en persona. Sólo Jesús ha visto al Padre. Pero también dijo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14, 9). Los nacidos de nuevo han visto a Jesús y por tanto han visto al Padre. Entre todos los cristianos, sólo los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu han visto al Padre y sólo ellos pueden compartir Su amor y la salvación.
Hoy en día hay mucha gente que dice creer en Jesús. Pero muchos de los cristianos de hoy buscan su propia justicia y otros se enorgullecen de sus propias denominaciones. Además no mencionan el Evangelio que dice que Jesús vino por el Evangelio del agua y el Espíritu y nos salvó de todos nuestros pecados. Muchos pastores predican la Palabra de Dios para cubrirse las espaldas y sus sermones están dirigidos hacia la congregación para que den más dinero. Buscan a alguien que sea un fiel muy devoto a su iglesia y su pastor a través de su piedad y justicia, y hacen que de testimonio de su devoción para que el resto de la congregación sirva a la iglesia como él. Esta es una fe falsa. La fe correcta es creer en lo que Dios ha hecho por nosotros, no por la devoción o justicia propias. Hay algunos cristianos que afirman ciegamente no tener pecados aunque ni siquiera conozcan la base de la Palabra, pero la fe de esta gente es arbitraria y se engañan a sí mismos (1 Juan 1, 8).
¿Qué tipo de fe deberíamos tener? El que vino del Cielo nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Cumplió todas Sus promesas de salvación hasta la perfección, tal y como lo había profetizado. Los nacidos de nuevo creemos en toda la Palabra de promesa y en el próximo mundo de gloria que Dios nos ha prometido. Por eso vivimos nuestras vidas dando gracias y glorificando a Dios. Cuando tenemos fe en la Palabra de Dios y no una fe arbitraria, Dios se complace. Aunque somos demasiado insuficientes y débiles ante Dios, al creer en este Dios completamente perfecto y de insuperable majestad, y al confiar en Él, podemos revestirnos de toda Su gracia. Así es como podemos alabarle. Dios nos ha dado este tipo de gracia. Y quiere que difundamos esta gracia por todo el mundo.
Aunque ustedes y yo somos insuficientes, Dios vino del Cielo y nos revistió de Su gracia y gloria. Así es como vivimos nuestras vidas llenos de bendiciones y de gratitud, todo al creer en Él. Y así es como hemos podido obtener la vida eterna. Mis queridos creyentes, ¿creen que Dios les ha dado la vida eterna? La vida eterna significa que nunca morirán, sino que vivirán felices para siempre.
Dios había prometido en el Antiguo Testamento que nos salvaría de nuestros pecados y cuando llegó el momento, nuestro Señor vino al mundo y nos salvó perfectamente a través del Evangelio del agua y el Espíritu según Su promesa. Del mismo modo Dios también cumplirá Su promesa de darnos el paraíso en la tierra. Así que esperen llenos de esperanza. Tarde o temprano nosotros reinaremos en este planeta durante 1000 años. Después de reinar en el Reino Milenario, el Señor resucitará a los muertos, es decir, a los que no creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, para que tengan el último juicio en sus cuerpos inmortales, después los arrojará al infierno y lo sellará. Y los justos que han nacido de nuevo del agua y el Espíritu disfrutarán de la vida eterna con Dios para siempre en Su Reino eterno.
Como creemos que el Señor nos ha dado estas bendiciones, tenemos esperanza. Gracias a esta fe nuestra, podemos estar llenos de alegría día tras día. Al haber nacido de nuevo a través del Evangelio del agua y el Espíritu, ustedes y yo estamos predicando este verdadero Evangelio en todo lugar y en todo momento. Aunque seamos insuficientes, damos gracias a Dios con nuestra fe, y hacemos esta obra con satisfacción. Si sólo miramos nuestras circunstancias, hay muchas cosas que nos frustran; sin embargo, cuando pensamos en todas las bendiciones que el Señor que vino del Cielo nos ha dado, podemos vivir para siempre con corazones agradecidos. Doy gracias y gloria a Dios por darnos estas bendiciones.