The New Life Mission

Sermones

Tema 16: Evangelio de Juan

[Capítulo 6-19] < Juan 6, 60-69 > ¿Están sin pecados por haber comido la carne y haber bebido la sangre de Jesús?

< Juan 6, 60-69 >
«Al oirlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero? El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar. Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre. Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente».
 
 
Muchas personas sabían que el Señor satisfice el hambre físico mediante el milagro de los dos peces y los cinco panes en el desierto, y por eso siguieron al Señor con un interés carnal. Como ustedes saben, el milagro de los cinco panes y los dos peces es el acontecimiento en el que Jesús alimentó a más de cinco mil personas hambrientas con dos peces y dos panes de centeno. La gente quiso seguir a Jesús porque hizo este milagro. Pensaron: «¡Vaya! ¡Es el Rey de los judíos! ¡El Rey de los judíos! Es nuestro rey. Es el Rey de nuestro país. Tendremos comida con una sola oración de bendición si le hacemos nuestro rey» y entonces gritó el nombre de Jesús y la multitud le siguió. Estarían tan emocionados que algunos de ellos intentarían pasar delante de Él y llevarlo sobre sus hombros. Jesús nunca habría subido a sus hombros por mucho que la multitud quisiera hacerle rey. Pero la gente seguramente oraría por otro milagro.
Pero entonces Jesús dijo de repente: «Yo soy el pan de vida. Comed de esta pan». La gente se extrañó porque dijo esto después de hacer el milagro de los cinco panes y los dos peces. Probablemente se quedarían boquiabiertos porque después de darles de comer con el milagro de los peces y los panes, les dijo que comiesen Su cuerpo y bebiesen Su sangre en vez de darles comida de verdad para la carne. Pensarían que era extraño que Jesús dijese: «Mi carne es comida. Comedla». Y cuando dijo: «Mi sangre es bebida», probablemente se quedarían sorprendidos y pensarían: «Esto es demasiado. Se ha vuelto loco. Estaba normal hace un rato. ¿Por qué de repente está diciendo cosas tan raras? ¿Cómo puede decir que es pan y bebida? Vaya. Esto es demasiado».
 
 
Coman la carne y beban la sangre del Señor con fe espiritual
 
Pero el Señor dijo claramente: «Y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (Juan 6, 51). Entonces Jesús dijo: «De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida» (Juan 6, 53-55).
Parece ser que estuviese rogándoles que le comieran. Imaginen lo terrible que Jesús parecería a los ojos físicos de la multitud. Pensaban que podían admirar a Jesús, pero cuando les dijo que le comieran, se deberían haber quedado sorprendidos. Probablemente estarían atónitos cuando Jesús les dijo que le comieran como si se tratara de un pollo frito que les dijera: «Comedme».
Pero los que entendieron lo que dijo y pensaron: «El Señor nos está diciendo que comamos Su cuerpo físico. Nos está diciendo que creamos que vino a este mundo y tomó todos los pecados de la humanidad, los pecados del mundo, al recibir el bautismo y derramar Su sangre en la Cruz por nosotros». Al final, muchas personas que no podían creer que Jesucristo era el Mesías prometido en el Antiguo Testamento, el Hijo de Dios, el Salvador, y el pequeño Cordero de Dios, le dejaron.
Después de que la gente le dejara, Jesús les preguntó a los doce discípulos: «¿También queréis iros?». Probablemente todo el mundo dejó a Jesús excepto Sus doce discípulos. Había 5.000 hombres, así que si contamos los niños y las mujeres probablemente habría 20.000 personas en total. Pero todas esas personas que abandonaron a Jesús y solamente se quedaron los doce. Cuando Jesús les preguntó a los discípulos: «¿Vosotros también queréis iros?» Pedro se levantó como representante y contestó. Fue Pedro quien respondió correctamente diciendo: «Eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» cuando Jesús les preguntó a los discípulos: «Pero, ¿quién decís vosotros que soy?». Entonces Jesús dijo: «Bendito eres, Simón Bar-Jona, porque carne y sangre no te han revelado esto, sino Mi Padre que está en el Cielo». Y entonces Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6, 68).
¿Cómo pensaron los discípulos de Jesús sobre Jesús? Pensaban en Jesús como el Mesías y el Salvador prometido en el Antiguo Testamento. Pensaron en Jesús como en Dios que vino a este mundo encarnado en un hombre, el Salvador que les salvaría de sus pecados, y como el Hijo de Dios. ¿También creen en esto? ¿Quién tiene la Palabra eternal de vida? Nuestro Señor. ¿Quién nos da la vida? Nuestro Señor. La Palabra de la vida eternal está en nuestro Señor. Hemos confesado nuestra fe como Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».
Podemos existir en Su vida porque comemos la Palabra de Dios. No podríamos vivir si no fuera por la Palabra de Dios. Nuestras almas no pueden vivir ni un momento sin la Palabra. No habría nadie que pudiera sobrevivir si no fuera por la Palabra de Dios de Verdad y si no fuera por esta Biblia que recogió la Palabra de Dios en este mundo. Nadie puede vivir sin la Iglesia que predica la Palabra de Dios correctamente. Vivimos por la Palabra de Dios; porque comemos la Palabra. Conseguimos la vida eterna al comer la carne de Jesús y vivir en el Señor al creer en la Palabra de Dios, y gracias a que el Señor vive en nosotros. El Señor no vive en nosotros si no comemos la carne del Señor.
Hay muchos cristianos hoy en día que dejan de lado el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista y creen simplemente en la sangre de Jesús derramada en la Cruz. Esto es lo mismo que beber algo pero no tener nada que comer. Del mismo modo en que pueden padecer de una úlcera si solo beben pero no comen nada sólido, no pueden ser limpiados del pecado con tan solo creer en la sangre derramada en la Cruz espiritualmente para su salvación. La gente debe comer comida sólida y beber. De lo contrario moriría si solo bebiese todos los días.
Comemos la carne de Jesús y bebemos la sangre de Jesús al creer que nuestro Señor borró todos los pecados nuestros al ser bautizado y morir en la Cruz. Vivimos sin pecado porque creemos que nuestro Señor hizo que nuestros pecados desapareciesen al ofrecer Su cuerpo como sacrificio. El Evangelio del agua y el Espíritu es el pan de vida para nosotros.
 
 
Jesús se convirtió en el pan de vida para nosotros
 
Nuestras almas, que han recibido alimento al creer en la obra de Jesús, siguen viviendo por Su justicia. ¿Qué tipo de personas seríamos si no creyésemos en la justicia de Dios? Que viviríamos de cualquier manera si no creyésemos en la justicia de Dios. Yo ya estaría muerto. Confieso que no tendría razón para vivir si no tuviera nada que ver con el Señor. Una vida que no ha recibido la salvación del pecado a través de la justicia del Señor no tiene sentido y no importaría que esa vida se acabase ahora o unos años más tarde. Ahora tengo unos 50 años, y esto significa que he vivido más de la mitad de mi vida. Esto es demasiado tiempo para vivir si no se tiene ningún deseo por vivir. ¿Para qué vale vivir si vamos a morir? Creo que sería mejor morir en vez de tener que soportar el dolor que hay en la vida. Por tanto, quiero que sepan que solo la vida dedicada a compartir el Evangelio del agua y el Espíritu vale la pena y le da sentido a nuestras vidas.
Antes de creer en el Señor yo era budista. Hasta los años 80 había muchas personas que distribuían panfletos y libretos sobre el Evangelio, pero yo me negaba a cogerlos y pasaba de largo cuando alguien me quería dar un panfleto ya que era budista. Entonces un día encontré en la calle un libro que contenía solamente el Evangelio según Lucas. Lo cogí porque vi que era un libro y empecé a leerlo. Pero entonces me tocó el corazón tanto que me cayeron lágrimas de los ojos después de leerlo y entender que Jesús murió por personas como yo. No pude resistir la impresión tan profunda en mi corazón cuando me di cuenta de lo siguiente: «¿Moriste por una persona tan malvada como yo aunque no creía en Ti?». Desde entonces siempre llevaba encima ese libro y lo leía cuando tenía tiempo.
Después recibí una pequeña Biblia que contenía todo el Nuevo Testamento cuando fui a un campamento de entrenamiento militar, y la leí en 2 o 3 días. La leí una y otra vez y me di cuenta de que la Biblia estaba llena con la Palabra de que Jesús habría muerto por personas como yo, y supe que Jesús resucitó de entre los muertos. Después de darme cuenta de que podría recibir la salvación si creía en esta Verdad, pensé: «¿De verdad? ¿Debería creer en esto también?». Pero había demasiados obstáculos en mi corazón para poder hacer eso. Pensaba: «¿Qué voy a hacer si he sido budista hasta ahora? ¿Qué voy a hacer si bebo alcohol y fumo? No puedo hacerlo. ¿Debería creer aún así? Pero, ¿qué dirá la gente si sigo que creo en Jesús?». Me sentía ridículo cada vez que lo pensaba. Por tanto dejé de creer en Jesús porque pensaba que la gente se reiría de mí si les decía que creía en Jesús.
Pero Dios no me abandonó. Mi enfermedad empeoró. Al final creí en Jesús cuando mi cuerpo y mi mente estaban débiles. Escuché un día las campanas de la iglesias mientras pensaba en acabar con mi vida. Entonces fui a la iglesia a las 11 de la mañana pensando: «Iré a la iglesia una vez antes de acabar con mi vida». La mayoría de las iglesias en aquel entonces no cerraban las puertas con llave. Entré en la iglesia oscura y me senté. No sabía orar, así que me senté y empecé a decir: «Jesús, la Biblia dice que moriste por una persona como yo. Dijiste que perdonarás mis pecados si creo en Ti antes de morir, ¿no es así? Quiero creer en Ti. Creo en Ti ahora. Estaré muy agradecido si borras mis pecados antes de que muera».
Entonces empezó a surgir en mi corazón un deseo por vivir y me vi negociando con Dios. «Jesús, creeré en Ti si me curas de esta enfermedad física». Salí después de orar a Dios con ese pensamiento. Mi corazón se confortó y empecé a ver un rayo de esperanza cuando salí de la iglesia.
Pero mi corazón seguía atormentado cuando llegué a casa. Bebí mucho otra vez porque estaba preocupado. Bebí porque estaba agonizando e intentando acabar con mi vida. Pero el dolor de mi corazón no desapareció. No es fácil acabar con la vida propia.
Pero Jesús vino a mi mente de nuevo cuando me levanté por la mañana. Por tanto, decidí ir a la iglesia una vez más esa noche. Estaba avergonzado por ir a la iglesia durante el día. Así que fui por la noche y repetí la misma oración de la noche anterior: «Jesús, moriste por mí, ¿no? Creo en Ti. Por tanto ahora no tengo pecados, ¿verdad? Entonces creeré en Ti si curas mi enfermedad. Veré si me has curado de mi enfermedad dentro de un mes». Entonces pasó una cosa extraña, empecé a sentir como mi corazón quemaba cada vez que iba a la iglesia. Entonces fui al hospital a hacerme una revisión y me dijeron que estaba curado.
Estaba tan contento que bebí toda la noche con mi amigo y no volví a casa esa noche. Me levanté por la mañana con la cabeza pesada de tanto beber, y me di cuenta de que le había prometido a Dios ir a la iglesia ese día. De repente las campanas de la iglesia empezaron a sonar y pensé que tenía que cumplir mi promesa sinceramente. Pasó bastante tiempo y corrí muy rápido para cumplir la promesa porque no quedaba mucho tiempo. Cuando estaba en el autobús, pensé que tenía que comprar una Biblia, así que fui corriendo a una librería y pedí una Biblia. Me dieron una Biblia utilizada en la Iglesia Católica. Como no sabía la diferencia, la compré y fui corriendo a la iglesia. Llegué solo un poco tarde al servicio religioso. Me senté en la parte trasera y escuché el sermón, mientras decía para mis adentros: «Sí, tienes razón». Cuando el pastor dijo que Jesús había muerto en la Cruz por pecadores como yo, no pude levantar la cabeza, ya que se me empezaron a caer las lágrimas. Cuando el pastor dijo la bendición y todos cerraron los ojos, yo también me levanté rápidamente y cerré los ojos. Al día siguiente volví a la iglesia porque pensé que debía cumplir la promesa que le había hecho a Dios. Dejé de beber desde ese momento. Me costó más dejar de fumar, pero después de un año lo conseguí. Por cierto, cumplí mi promesa e hice lo que me había propuesto.
Pero la enfermedad no se había curado realmente después de creer en Jesús. Simplemente se quedó escondida y más tarde resurgió. La enfermedad que parecía curada durante un tiempo volvió a salir, y siguiendo el consejo de un amigo querido, fui a un hospital de la Iglesia Católica que trataba a la gente gratuitamente y recibí tratamiento.
Entonces ocurrió algo. Había una norma que obligaba a todos los que estaban hospitalizados a hacer la señal de la cruz en sus pechos con agua bendita y hacer una reverencia ante santa Teresa. Pero me acordé de que la Biblia decía que no se podía adorar a ídolos, así que les dije: «No puedo adorarla porque Dios dijo que no se puede adorar a imágenes». Miren qué carácter tengo ahora e imagínenselo aún peor por aquel entonces. Así que les dije que no podía hacerlo. Pero me intentaron convencer diciendo: «Debes seguir las normas de este hospital ya que has venido aquí a recibir tratamiento». Pero les dije que no podía hacerlo y que no tenían que darme el tratamiento si no quería. Entonces me dijeron que no tenía que arrodillarme ante la estatua ese día y me cambiaron de sitio.
Durante mi estancia en ese hospital aprendí sobre la Iglesia Católica. Mi fervor creció durante mi estancia de 9 meses en ese hospital católico porque tenía pena por las almas que allí había ya que estaban enseñándoles las Escrituras contrarias a la Verdad. Estaba muy frustrado porque oraban las estaciones de la Cruz y el Ave María, que decía: «Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén». También realizaban la comunión basándose en la doctrina de la transfiguración todos los días, junto con otros rituales inútiles. Por tanto, nunca me postré ante la imagen de Santa Teresa. Los sacerdotes y las monjas del hospital no me decían nada aunque no quisiera postrarme.
¿Pero creen que no hice nada mientras estuve hospitalizado allí? No me quedé de brazos cruzados, sino que fui a la gente que creía en la Iglesia Católica y discutí con ella diciendo: «¿Qué quiere decir que María está llena de gracia? El Señor está lleno de gracia, no María. Es cierto que María es la madre de Jesús en la carne. Pero Jesús, que se encarnó en un hombre a través del cuerpo de una virgen, es Dios. ¿Cómo puede ser María dios?». En el hospital había unos 200 pacientes, pero solo yo creía de esta manera y el resto era de la misma fe. Pero yo discutía con ellos, aunque fueran 200 contra 1. No me importaba que me fueran a expulsar del hospital y no me importaba lo que ocurriera.
Oré con el corazón por primera vez. Oré: «Dios, quiero predicar Tu Evangelio si sanas mi cuerpo» y a los 3 meses estuve sanado completamente. El director del departamento de cirugía decía: «Ha sido un milagro. Eres una persona especial». Me dijo que las radiografías de un mes antes y las de entonces eran completamente diferentes y dijo: «Estás sano para salir y hacer labores manuales».
Leí la Biblia unas cuantas veces y la estudié cuando estaba hospitalizado. Empecé a estudiar teología por mi cuenta cuando tenía tiempo allí. Oré a Dios por la salvación de las almas que habían sido llevadas a creer en una herejía mientras estudiaba teología. Aunque empecé a creer en Jesús, no había nacido de nuevo. Sin embargo, mi corazón quemaba cuando leía la Palabra. El amor por las otras almas surgió en mi corazón y era muy profundo aunque no había nacido de nuevo. Aún ahora amo al alma y no al cuerpo. Cuando las enfermedades de los pacientes que sufrían de hemoptisis empeoraban, mi corazón se llenaba de amor por sus almas, tanto que quería abrazarlos y limpiarlos de impurezas.
Así que los sacerdotes católicos y las monjas sugirieron que me hiciera sacerdote. Una persona con una recomendación podía estudiar gratis en un seminario católico, así que dijeron que me darían una recomendación para que pudiera estudiar en un seminario católico. Pero yo me mantuve firme y les dije que sería pastor, y no sacerdotes. Pero aún así no me echaron del hospital. Si yo hubiera estado en su lugar, habría expulsado a una persona como yo sin dudarlo. Pero ellos no me echaron.
Me recuperé de la enfermedad, pero me quedé allí 6 meses más y estudié la Biblia. Aprendí acerca de la Iglesia Católica con todo detalle. Cuando alguien muere, recitan una oración para los muertos que dice: «San Pedro, ora por los muertos» y recitan un himno toda la noche, y la persona que está a la cabeza de la letanía parecía el mensajero del infierno.
Esta Palabra del Señor es la Palabra de vida. No sabía el significado de comer la carne del Señor en aquel entonces, pero es cierto que pude vivir porque tenía la Palabra del Señor. Siempre me encontraba con fuerzas cuando leía la Palabra de Dios. Después de ser dado de alta en el hospital, me matriculé en un seminario teológico para estudiar teología, me casé y pasé 10 años trabajando para Dios. Nací de nuevo del agua y del Espíritu 10 años después de empezar a creer en Jesús.
Había pecado mucho mientras estudiaba teología. Me quedé defraudado mientras estudiaba en el seminario y perdí mucho. Casi pienso que mi fe habría sido más fuerte si no hubiese ido al seminario. Por supuesto, esta experiencia me ayudó a establecer los cimientos de mi fe en alguna manera, porque llegué a la conclusión de que solo debía mirar la Palabra de Dios. ¿Por qué? Porque mi fe en Dios no creció con el conocimiento de asuntos triviales mientras estudiaba diferentes temas teológicos y ciencias humanas. Por tanto, llegué a la conclusión de que solo tenía que leer la Palabra de Dios y creer en ella completamente.
Cuando escuchar demasiadas cosas y crece su conocimiento mundano, acaban por no creer y yo empecé a dudar el hecho de que Jesús fuese el Hijo de Dios. Durante los 7 años que estudié teología, lo único que gané fue entender que solo debía leer la Palabra de Dios. No miro los comentarios al final de cada página de la Biblia cuando leo una Biblia con anotaciones porque solo quiero leer la Palabra de Dios tal y como es.
He sido tan feliz en la Palabra de Dios. Supe que era un pecador y creí que Jesús había borrado todos mis pecados a través de Su bautismo y la Cruz. Entendí muchas cosas nuevas solo después de haber nacido de nuevo a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Después de nacer de nuevo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, estuve muy feliz porque podía entender todo lo que leía en las Escrituras y la fe empezó a brotar como una fuente. No sabía qué significaba comer la carne del Señor antes de nacer de nuevo. Pero después de creer en el Evangelio del agua y el Espíritu lo entendí perfectamente. Supe que comer la carne de Jesús significa creer que Jesús tomó todos mis pecados sobre Sí mismo cuando fue bautizado en el río Jordán, y que me quitó todos los pecados. Ahora podía comer la sangre de Jesús por esta fe.
Por tanto, nuestros corazones y almas están comiendo la carne del Señor que consiste en creer que Jesús tomó todos nuestros pecados sobre Sí mismo al ser bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán. Los pecados de nuestros corazones desaparecen y nuestra alma consigue la vida eterna cuando creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Pedro contestó a Jesús: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6, 68). Pedro respondió con una pregunta: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».
¿Podemos alejarnos de Dios? No. Cuando creemos en Dios, no solo recibimos la Palabra de la vida eterna, sino que disfrutamos de las bendiciones que nuestro Señor nos da en cuerpo y espíritu. El Señor nos da gracia, el don de salvación, nos ayuda y nos bendice. El Señor vive en nosotros y nosotros vivimos en el Señor como un cuerpo, y vivimos con Dios para siempre.
El Señor dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él» (Juan 6, 56). Los que comen la carne del Señor y beben Su sangre se convierten en uno con Él. Los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu se han convertido en un solo cuerpo con Dios y le llaman: «Abba, Padre». Nuestro Señor nos salvó y nos dio vida eterna al borrar todos nuestros pecados a través de Su carne y sangre. ¿Creen en esto?
Pedro lo sabía. Los discípulos de Jesús lo sabían. Todos los discípulos, excepto Judas, lo sabían. Nosotros lo sabemos. También sabemos por fe lo que significa comer la carne de Jesús y beber Su sangre.

Alabo a nuestro Señor porque nos dio la salvación al borrar los pecados del mundo con el Evangelio del agua y el Espíritu. Nos ha dado Su carne y sangre. Le doy gracias a Dios porque nos dio la vida eterna con Su carne y sangre.