The New Life Mission

Sermones

Tema 16: Evangelio de Juan

[Capítulo 8-2] < Juan 8, 1-12 > La gracia de la salvación depositada en la mujer que fue sorprendida en el acto del adulterio

< Juan 8, 1-12 >
«Y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
 
 
¿Quién puede recibir la gracia de la remisión de los pecados ante Jesús como esta mujer? Los que saben que son una masa de pecados y que cometen adulterio durante todas sus vidas. Todo el mundo intenta a su manera recibir la remisión de los pecados. Pero la gente que insiste que nunca ha cometido adulterio no puede recibir la gracia de la remisión de los pecados. Los que no pueden evitar cometer adulterio pueden recibir la gracia de la remisión de los pecados si conocen al Señor.
En realidad la gente no puede evitar cometer adulterio continuamente. La gente que no sabe que tiende a cometer adulterio ante Dios no puede recibir la gracia de la remisión de los pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu aunque se lo sirvan en un plato.
 
 
La mujer acusada
 
En el pasaje de las Escrituras de hoy, los escribas y los fariseos acusaron a una mujer que fue sorprendida en el acto de adulterio. La empujaron delante de Jesús y dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto de adulterio». Estos escribas y fariseos eran los líderes religiosos de aquel entonces. Querían acusar a esta mujer sorprendida en el acto de adulterio y lapidarla.
Jesús hizo grandes milagros, alimentó a la gente, resucitó al hijo de una viuda y a Lázaro y sanó a muchos leprosos. No había ningún problema espiritual o físico que no pudiese ser resuelto por Jesús.
Sin embargo, Jesús era un estorbo para los fariseos y los escribas. Trajeron a esta mujer ante Jesús y la acusaron diciendo: «Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?». Los escribas y fariseos pensaban que Jesús no haría nada para responder a su pregunta. En realidad, según la Ley de Moisés esta mujer tendría que haber sido sentenciada por este crimen de adulterio y haber sido condenada a muerte. La verdad honesta es que ante la Ley de Dios, ¿quién no era un pecador? Si aplicásemos la Ley de Dios a todo el mundo, todas las personas del mundo tendrían que ser lapidadas por sus pecados e ir al infierno. Esto se debe a que la Ley de Dios trae la ira, y esta Ley nos enseña que el «precio del pecado es la muerte». La Biblia dice claramente: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3, 23) y «Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión» (Romanos 4, 15).
Dios es santo y Su Ley es justa. Él nos dio los 613 estatutos de la Ley, incluyendo los Diez Mandamientos. ¿Saben por qué nos dio la Ley? La Ley se nos dio para que entendiésemos el hecho de que somos pecadores y no somos perfectos ante Dios, y así pudiésemos recibir la remisión de nuestros pecados. Si una persona interpreta las palabras de la Ley literalmente y juzga según sus requisitos, toda la humanidad estaría condenada a ser lapidada.
Los fariseos trajeron a esta mujer sorprendida en el acto de adulterio ante Jesús y pensaron: «Esta mujer va a morir lapidada». Estaban convencidos de que esta mujer iba a ser apedreada hasta morir por sus pecados según la Ley de Dios. La Ley de Dios nos dice: «No tendrás otros dioses ante mí; no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio contra tu prójimo; honrarás a tu madre y a tu padre; no tomarás el nombre de Dios en vano, etc». Si todo el mundo tuviera que morir según estas palabras, ¿habría alguien vivo? Esto es lo que ocurriría si fuésemos juzgados por la letra de la Ley.
Los escribas y los fariseos estaban conspirando contra Jesús y le preguntaron: «Moisés en la ley nos ordenó que este tipo de pecadores fueran apedreados a muerte. ¿Pero qué dices Tú?». ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? No querían apedrean a esta mujer, sino a Jesucristo. Si Jesús les hubiera dicho que tuviesen piedad de esta mujer, lo hubiesen tratado como trasgresor de la Ley y lo hubieran matado. ¡Qué conspiración tan malvada!
La Biblia dice: «Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella» (Juan 8, 6-7). Y de nuevo se agachó y escribió en el suelo. A continuación el pasaje dice: «Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros».
Jesús ya había cargado con los pecados de esta mujer al tiempo que cargó con los pecados del mundo a través del bautismo que recibió de Juan en el río Jordán antes de conocerla. Por eso Jesús no pudo consentir que esta mujer fuera apedreada por haber sido sorprendida en el acto de adulterio. Como los pecados de esta mujer fueron transferidos a Jesús mediante la imposición de manos de Juan el Bautista, Jesús pudo pagar su castigo en la Cruz. Después de ser bautizado por Juan, tuvo que recibir el juicio en la Cruz por esta mujer. Jesús conocía los pecados de esta mujer y tuvo que recibir el juicio y el castigo por ellos en su lugar.
 
 
Jesús estaba escribiendo la Palabra de salvación en los corazones de la gente
 
La Biblia dice: «Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo». ¿Qué estaba escribiendo Jesús en el suelo y por qué lo escribió dos veces? ¿Y por qué dijo: «El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella»? ¿Estaban sin pecado los escribas y los fariseos? No, tenían pecado y maldad en sus corazones. Según la Ley de Dios esta mujer tenía que ser apedreada hasta la muerte, pero la verdad es que los que la acusaban tenían que morir apedreados primero. Cuando Jesús dijo: «El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella», ellos fueron convencidos de su pecado por sus conciencias, dejaron las piedras que habían cogido y se fueron uno a uno, desde el mayor hasta el más joven.
Todo el mundo debe pensar en serio estas palabras ante Dios. Todo el que tiene pecado en su corazón debe recibir el castigo por el pecado. Si una persona cree de corazón en la salvación de Jesús y recibe la remisión de sus pecados, Dios borrará el nombre de esa persona y sus pecados del Libro de las Obras en el Reino de los Cielos, y escribirá su nombre en el Libro de la Vida. Las personas que van al Cielo son las que tienen su nombre escrito en el Libro de la Vida por su fe en el Evangelio del agua y el Espíritu de Dios. En otras palabras, las personas que tienen sus nombres escritos en el Libro de la Vida son justas y creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, por lo que han nacido de nuevo verdaderamente. Entrarán en el Reino de Dios y vivirán allí en el futuro.
Por tanto, las personas que no creen en el Evangelio del agua y el Espíritu sufren y sienten dolor por el pecado que hay en sus conciencias. Como son pecadores y no pueden limpiar sus conciencias ante Dios, siempre tienen miedo. Por tanto, tienen que creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, recibir la remisión de sus pecados y limpiar sus conciencias. Los pecadores deben limpiar todos sus pecados al escuchar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu y creer en ella, recibir la salvación para sus almas y ser personas sin pecados. Solo entonces sus nombres serán escritos en el Libro de la Vida cuando nazcan de nuevo. Esto solo ocurre con los que han recibido la remisión de los pecados a través de su fe en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Los escribas y fariseos en el pasaje de las Escrituras de hoy eran culpables de haber cometido los mismos pecados que esta mujer. ¿Quién no comete pecados? Como todo el mundo peca, no puede estar sin pecados si no cree en el Evangelio del agua y el Espíritu. Como la gente comete pecados sin excepción alguna, Jesús, el Hijo de Dios, tuvo que eliminar para siempre todos los pecados del mundo a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Los pecados de la gente están escritos en las tablas de sus corazones y en el Libro del Juicio de Dios, y para poder librarse de esos pecados no tienen otra opción que creer en el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista y en Su sangre derramada en la Cruz.
 
 
¿Quién recibe la gracia de salvación que Jesús da?
 
El que una persona pueda recibir la gracia de la salvación o no depende de si cree en el Evangelio del agua y el Espíritu de Dios. ¿Cuál era el estado emocional de esta mujer que fue sorprendida en el acto de adulterio? Probablemente pensó que iba a morir a manos de esa gente y no podía abrir los ojos por los que salían lágrimas de arrepentimiento y temor por su vida. Sabía que era una pecadora y que merecía morir por sus pecados, y probablemente oró sin cesar de la siguiente manera: «Querido Dios, tienes razón. Soy una pecadora que merece morir por sus pecados. Pero, por favor, ten misericordia de mí. Apiádate de mí». Le pidió a Jesús la gracia de salvación antes de morir mientras esperaba el veredicto final. 
Pero Jesús le preguntó: «Mujer, ¿dónde están los que te acusaban?». La mujer miró a su alrededor sorprendida y no vio a nadie. Entonces dijo: «No hay ninguno, Señor». Y Jesús le respondió: «Ni yo te condeno». Esto significa que esta mujer pudo vestirse de la gracia de la salvación. Nuestro señor dijo claramente que no podía juzgar a esta mujer. 
La razón por la que Jesús pudo decir esto es que ya había cargado con todos los pecados de la mujer al ser bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán. Como Jesús ya se había encargado de todos los pecados del mundo a través de Su bautismo, tenía que recibir el juicio y el castigo de los pecados de esta mujer en su lugar. Desde el punto de vista del Señor, la mujer no tenía que recibir el juicio del pecado, sino Él mismo. Por eso dijo: «Ni yo te condeno» (Juan 8, 11). Esta mujer recibió la remisión de los pecados por la Palabra de Jesús.
Nuestro Señor conoce todos los pecados de la humanidad. Cuando Jesús vio a esta mujer sorprendida en el acto de adulterio, no le dijo que tenía pecado, sino que dijo: «He sido bautizado para eliminar tus pecados y por eso tengo que ser juzgado por ellos. Y como ya he cargado con todos tus pecados y los he eliminado a través de mi bautismo, has recibido la salvación». Jesús le dio a esta mujer el don de la remisión de los pecados en vez de la condena o el juicio. Los pecadores de este mundo, y no solamente esta mujer, pueden recibir la remisión de los pecados al encontrar al Señor por fe. Quien acepte la Palabra de la salvación que dice que Jesús ha borrado todos los pecados del mundo a través de Su bautismo, puede recibir la gracia de la remisión de los pecados por fe. Solo los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu, que proclama que el Señor ha borrado todos nuestros pecados al ser bautizado por Juan y derramar Su sangre, pueden recibir la salvación del pecado.
Por tanto todo el mundo debe hacer una confesión ante Dios como la siguiente. «Señor Dios, no tengo méritos propios. No puedo ofrecerte otra cosa que mis pecados. Por tanto, Señor, que viniste por el Evangelio del agua y el Espíritu, te has convertido en mi Salvador. Has eliminado mis pecados al ser bautizado. Los eliminaste para siempre al ser bautizado por Juan el Bautista. Creo en el Señor y en el Evangelio del agua y el Espíritu». Si tienen este conocimiento de la fe son personas que han recibido la salvación de todos sus pecados.
Nuestro Señor le dijo a esta mujer: «Ni yo te condeno» (Juan 8, 11). Esta Palabra es para todos los que no podemos dejar de cometer adulterio. Jesús ya había tomado todos los pecados del mundo a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, recibió el castigo de esos pecados al derramar Su sangre en la Cruz y fue resucitado de entre los muertos. Si una persona cree en el Evangelio del agua y el Espíritu, que es la Verdad de la remisión de los pecados, se convierte en un hijo o hija de Dios.
He dicho anteriormente que no hay nadie entre nosotros que no haya cometido adulterio en este mundo. El Señor dijo: «Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5, 27-28). ¿Cómo de fácil es para un hombre o una mujer cometer adulterio con tan solo ir por la calle y mirar a alguien del sexo opuesto? Si es tan fácil, ¿cómo puede la gente del mundo recibir la gracia de la salvación? Nosotros cometemos pecados en el mundo también. Pero podemos recibir la salvación gracias al amor de Dios que borró todos los pecados a través del bautismo de Jesús. Como tenemos naturalezas malvadas, recibimos la salvación al creer en la justicia del Señor. Si recibiésemos la salvación de todos nuestros pecados al vivir con rectitud, sería imposible recibir la salvación de nuestros pecados. Además estaríamos separados de la gracia de Dios y Su salvación.
¿Cómo puede recibir la gente la salvación de sus pecados como esta mujer que escuchó las palabras de vida de Jesús «Ni yo te condeno» (Juan 8, 11)? Al creer en la Palabra de salvación según la cual Jesús eliminó todos los pecados del mundo a través de Su bautismo. Solo la gente que ha recibido la remisión de los pecados a través de la fe en el bautismo y la sangre de la Cruz puede recibir la libertad de todos sus pecados. 
 
 
Las personas religiosas deberían creer en el Evangelio del agua y el Espíritu y recibir la salvación de todos sus pecados
 
Las personas religiosas son las personas éticas, virtuosas o morales de este mundo. Las palabras «Ni yo te condeno» no se pueden aplicar a estas personas. ¿Por qué no pueden recibir el don de Dios de la remisión de los pecados? Porque no se dan cuenta de lo pecadoras que son. Y por culpa de ser tan tercas, estas personas no sienten la necesidad de creer en la salvación de Dios. No creen en la gracia de la remisión de los pecados que el Señor ha cumplido por ellas, y por tanto no se les puede aplicar. La gente cuyos pecados quedan expuestos como la mujer que fue sorprendida en el acto de adulterio, reciben la salvación de sus pecados al tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Nosotros también debemos recibir la remisión de nuestros pecados al reconocer abiertamente ante Dios que somos pecadores culpables y que deberíamos recibir el castigo de nuestros pecados, y al creer en el bautismo de Jesús y en Su sangre derramada en la Cruz. Todos los pecadores deben confesar lo siguiente: «Dios, soy una persona que comete adulterio hasta la muerte. No puedo seguir diciendo oraciones de penitencia por todos los pecados que cometo todos los días. Creo en el Señor y en el Evangelio del agua y el Espíritu que me ha salvado de todos mis pecados». Entonces el Señor viste a esta gente con Su gracia de salvación.
Nuestro Señor es el Rey del amor, y el Pastor del amor. Dios es justo, pero debemos saber que es ante todo el Señor del amor y el Señor de la salvación. Como el amor de Dios es mayor que Su justicia, estamos librados de todos nuestros pecados y podemos recibir la salvación a través de la fe en la Palabra del bautismo y la Cruz que nos ha dado por Su amor. 
Entonces, ¿qué es la justicia de Dios? La justicia y la ley de Dios dicen claramente que las personas que tienen pecados deben ir al infierno y ser juzgadas por esos pecados. Pero como el amor de Dios es mayor que la ley de la justicia, Dios envió a Su único Hijo, Jesucristo, a este mundo, donde cargó con todos los pecados del mundo a través de Su bautismo, fue juzgado en la Cruz y nos dio la gracia de salvación que salva a los creyentes de todos sus pecados. Dios Padre nos salvó de todos los pecados a los que creemos en el bautismo y la sangre de la Cruz de Jesús.
Dios no acepta la fe religiosa falsa ni las ceremonias de los humanos. No quiere ninguna recompensa de nosotros; todo lo que quiere es que creamos en el amor y la compasión que nos da, y en el verdadero Evangelio del agua y el Espíritu.
Jesús es el Hijo de Dios que eliminó los pecados de todos los pecadores a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista. Dios Padre hizo que Su único Hijo, Jesús, recibiese el bautismo y cargase con todos los pecados del mundo, y entonces sufriese el castigo por ellos en la Cruz. Nuestro Señor nos amó a los pecadores mucho. Dios odia el pecado. Por eso vino al mundo a salvar a la humanidad de estos pecados.
Dios Padre planeó darnos el Evangelio del agua y el Espíritu en Jesucristo antes de la fundación del mundo para hacernos Hijos Suyos. En realidad nos salvó a los que creemos en el bautismo que Jesús recibió y en Su sangre derramada en la Cruz. Si Dios solo nos tratase con Su justicia, tendríamos que morir por nuestros pecados. Pero nuestro Señor vino a este mundo, nos dio el Evangelio del agua y el Espíritu, y nos salvó a los que creemos, y así hemos obtenido una vida nueva por fe. Ahora vamos a buscar la sombra del Evangelio del agua y el Espíritu en la Palabra del Antiguo Testamento.
 
 
¿Cómo recibía la remisión de los pecados la gente del Antiguo Testamento?
 
Si leemos Levítico 4, 27-31 vemos: «Si alguna persona del pueblo pecare por yerro, haciendo algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y delinquiere; luego que conociere su pecado que cometió, traerá por su ofrenda una cabra, una cabra sin defecto, por su pecado que cometió. Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de la expiación, y la degollará en el lugar del holocausto. Luego con su dedo el sacerdote tomará de la sangre, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar. Y le quitará toda su grosura, de la manera que fue quitada la grosura del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar en olor grato a Jehová; así hará el sacerdote expiación por él, y será perdonado».
Este estatuto se escribió para la remisión de los pecados cometidos en un día en el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento. La gente del Antiguo Testamento llevaba una cabra u oveja pura como ofrenda para sus pecados diarios e imponía las manos sobre la cabeza del animal. Cuando confesaban los pecados cometidos y ponían las manos sobre la cabeza del animal, le transferían sus pecados. Entonces le sacaban la sangre cortándole la garganta. Los sacerdotes que se encargaban de esa tarea tomaban la sangre y la ponían en los cuernos del altar. Los cuernos situados en los cuatro rincones del altar representan el Libro del Juicio, y por eso, cuando la sangre del sacrificio se ponía en los cuernos del altar, el nombre de esa persona se borraba del Libro del Juicio. La sangre que sobraba se esparcía alrededor de la base del altar. Los seres humanos fuimos creados del polvo de la tierra y por tanto el polvo o la tierra hacen referencia a los corazones de las personas. Los pecados grabados en nuestros corazones también se borraron de esta manera. La gente del Antiguo Testamento recibía la remisión de sus pecados diarios de esta manera. 
Sigamos leyendo en Levítico 16, 21-22: «Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto». 
Dios sabía lo difícil que era para las personas recibir la remisión de los pecados todos los días. Por tanto, estableció otra ley de salvación donde podían transferir sus pecados. Este era el gran Día de la Expiación. Se había decidido que el décimo día del séptimo mes de cada año realizaría la expiación de los pecados de todo un año. El Sumo Sacerdote, que era el representante de Israel ofrecía el sacrificio para todos los utensilios en el Tabernáculo primero, y después tomaba dos machos cabríos puros. Aarón ponía las manos sobre la cabeza de estos machos cabríos y así traspasaba las trasgresiones e iniquidades de los hijos de Israel a la cabeza del macho cabrío. 
La imposición de manos fue instituida por Dios y significa simplemente transferir algo. Dios dijo que pusieran las manos sobre el animal y así transferirían sus pecados a dicho animal, para después sacarle la sangre y presentarla ante Dios en el Tabernáculo, todo de acuerdo con el sistema de sacrificios. Cuando hacían este ritual estaban bendecidos con la remisión de sus pecados. Esta era la Ley de los sacrificios que Dios había establecido. Dios había decidido que los pecados de los pecadores serían transferidos al animal del sacrificio de esta manera. Así que cuando el Sumo Sacerdote levantaba las manos de la cabeza del macho cabrío, todos los pecados de los israelitas eran transferidos al animal. Entonces el Sumo Sacerdote le cortaba el cuello al animal, tomaba la sangre y la esparcía siete veces sobre el Arca del Alianza situada en el Lugar Santísimo donde Dios residía. Los pecados anuales que se acumulaban en los corazones de los israelitas eran completamente eliminados de esta manera el décimo día del séptimo mes de cada año. 
El pueblo de Israel se reunía alrededor del Tabernáculo y se sentía aliviado cuando escuchaba el sonido de las campanillas de oro que llevaba el Sumo Sacerdote en el borde de su túnica cuando esparcía la sangre siete veces sobre el Arca. Cuando el pueblo de Israel escuchaba el sonido de las campanillas de oro sabía que todos sus pecados habían sido redimidos. «Ya ha pasado todo. Todos los pecados que teníamos acumulados durante un año han sido eliminados. ¡Qué alivio!». Por eso el décimo día del séptimo mes era una ocasión extremadamente importante y gozosa para esta gente. 
El segundo macho cabrío se ofrecía ante el pueblo de Israel: «Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto» (Levítico 16, 21). Aarón, el Sumo Sacerdote, ponía las manos sobre la cabeza del macho cabrío delante de todos los hijos de Israel. Entonces oraba: «Querido Dios, los hijos de Israel han cometido pecados. Han cometido esto y lo otro. Querido Dios, ahora transfiero todos estos pecados a este macho cabrío». Después de esto, quitaba las manos de la cabeza del macho cabrío. ¿Dónde creen que iban a parar los pecados del pueblo de Israel? Eran transferidos a la cabeza del animal.
Este chivo expiatorio que llevaba todos los pecados anuales del pueblo de Israel era llevado al desierto. Un hombre designado para esta tarea llevaba al chivo al desierto y lo abandonaba en el calor del desierto, y después volvía a la congregación. El chivo vagaba en el calor árido del desierto y moría de sed. Esto se debía a que los pecados del pueblo de Israel habían sido transferidos al chivo. El chivo que había cargado con los pecados del pueblo de Israel tenía que ir lejos y morir por los hijos de Israel para que pudieran recibir la remisión de los pecados de ese año.
 
 
¿Cómo recibe la salvación la gente que vive en la era del Nuevo Testamento?
 
Ahora estamos viviendo en la era del Nuevo Testamento. Han pasado más de 2000 años desde que Jesús vino a este mundo como el Redentor. Dios, según Su promesa en el Antiguo Testamento, nos dijo que Jesús sería bautizado para tomar sobre Sí mismo los pecados del mundo y que derramaría Su sangre para redimirnos.
En Mateo 1, 20-21 leemos: «Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». El nombre de Jesús significa el Salvador que salvará a Su pueblo de sus pecados.
Jesús tenía 30 años cuando fue bautizado por Juan el Bautista. Bajó al río Jordán porque quería ser bautizado por Juan al Bautista. Cuando bajó la cabeza ante Juan el Bautista dijo: «¡Juan, bautízame ahora! Conviene ahora que cumplamos toda la justicia. Debo eliminar los pecados del mundo al dejar que me bautices y derramar mi sangre. Conviene que sea bautizado por ti para tomar todos los pecados del mundo. Así que bautízame» (Mateo 3, 13-17). Juan el Bautista no pudo negar el mandamiento de Jesús. Así que hizo lo que le pidió: «Permítelo ahora».
Jesús recibe los nombres de «Admirable Consejero, Dios Fuerte» (Isaías 9, 6). Nuestro Dios tiene una sabiduría sin límites. A través de Su sabiduría Dios Padre envió a Juan el Bautista, el representante de la humanidad como los Sumos Sacerdotes del Antiguo Testamento, y después envió a Jesucristo como animal puro para el sacrificio y así hacer que tomase todos los pecados del mundo sobre Sí mismo. De la misma manera en que estableció el sistema de sacrificios utilizado para eliminar los pecados de los hijos de Israel en el Antiguo Testamento mediante la imposición de manos en una oveja a la que se le transferían los pecados, Dios envió a Jesús en el Nuevo Testamento para que fuese un sacrificio eterno. Para ello hizo que Juan el Bautista, el último sumo sacerdote terrenal, pusiese las manos sobre la cabeza de Jesús y le transfiriese los pecados del mundo para después hacer que Jesús derramase Su valiosa sangre. Así se cumplió nuestra salvación para siempre.
Dios envió a Juan el Bautista y le permitió que transfiriese los pecados del mundo a Jesús para eliminar los pecados de la humanidad. Juan el Bautista es el representante de la humanidad que fue enviado por Dios. Está escrito claramente: «Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él» (Mateo 11, 11). Por tanto, Dios permitió a Juan el Bautista que transfiriese todos los pecados del mundo a Su Hijo. Dios planeó eliminar los pecados de los israelitas mediante la imposición de manos en el Antiguo Testamento, y planeó borrar todos los pecados de la humanidad mediante el bautismo en el Nuevo Testamento. Jesús tomó todos los pecados de la humanidad al ser bautizado por Juan, eliminó los pecados de todos los que creen y cumplió toda la justicia de Dios. 
 
 
El que los violentos tomen el Reino de los Cielos por la fuerza significa que podemos entrar en el Cielo por fe
 
«Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mateo 11, 12). Estas palabras significan que Jesús tomó todos los pecados de la humanidad al ser bautizado por Juan el Bautista; que cualquiera que crea en esta Verdad puede recibir la remisión de sus pecados y entrar en el Cielo por fe. Desde ese momento la puerta del Cielo ha estado abierta y cualquiera que haya recibido la Verdad de que Jesús eliminó los pecados del mundo al ser bautizado por Juan el Bautista puede obtener el privilegio de ir al Cielo.
Por eso Jesús pudo decir en Juan 8: «Ni yo te condeno». Jesús vino a este mundo y fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán; esto lo hizo solamente una vez. Como recibió todos los pecados de esta mujer a través de Su bautismo, pudo salvarla por completo. Jesús tuvo que recibir el juicio de los pecados de la gente en nuestro lugar. Jesús eliminó todos los pecados del mundo. Temía morir en la Cruz, pero tenía que recibir el juicio según la Ley justa que dice que el precio del pecado es la muerte. La Biblia dice que Jesús oró tres veces al Padre en el Jardín de Getsemaní. Sentía temor porque tenía un cuerpo como el nuestro. Como Jesús tomó todos los pecados del mundo a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, todo lo que tenía que hacer era ir a la Cruz, derramar Su sangre y morir. Esta era la única manera en que podría resucitar. Jesús recibió la imposición de manos a través de Su bautismo de la misma manera en que los Sumos Sacerdotes ponían las manos sobre el chivo expiatorio en el Antiguo Testamento, y por eso mediante este método Jesús tomó todos los pecados de la humanidad. Después recibió la maldición de la Cruz en Gólgota y nos salvó completamente al tomar los pecados de este mundo. Ahora nos está diciendo que quien crea en el Evangelio del agua y el Espíritu será salvado completamente del pecado.
 
 
Jesús no podía juzgar a esta mujer
 
Esta mujer había pecado y había sido sorprendida en el acto de adulterio, y por eso todo el mundo sabía que era una pecadora. Pero la verdad es que Jesús ya había redimido todos los pecados de esta mujer. Ella expresó el pecado heredado de su corazón y lo convirtió en acción y por eso fue sorprendida en pecado y no pudo negar que era pecadora. Entonces pudo recibir la remisión de los pecados al creer que Jesucristo ya había cargado con todos los pecados de este mundo cuando fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán.
Como Dios Padre transfirió todos los pecados del mundo para siempre a Jesucristo al hacer que fuese bautizado, Dios Padre pudo redimirnos de todos los pecados del mundo al hacer que derramase Su sangre y muriese en la Cruz. Entonces el Padre lo resucitó al tercer día después de su muerte. Ahora está sentado a la derecha de la majestad de Dios. Los pecadores ahora pueden recibir la salvación de todos sus pecados al creer en los méritos de la salvación, que son el bautismo y la sangre del Hijo de Dios. Nosotros somos seres muy débiles que no pueden evitar cometer pecados ante Dios y ante las personas, pero la persona más feliz del mundo es la que ha recibido la remisión de sus pecados al creer que nuestro Señor ha salvado a todos los pecadores a través de Su bautismo y sangre.
El Apóstol Pablo dijo: «Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia» (Romanos 4, 5). En el Libro de Salmos David dijo acerca de esto: «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado» (Salmos 32, 1). Nosotros cometemos pecados desde que nacemos hasta que morimos; y por eso somos personas injustas que no pueden dejar de pecar. Nuestros cuerpos siempre son insuficientes y débiles. Somos gente débil que peca aunque conozca la voluntad de Dios. Pero nuestro Dios tomó todos nuestros pecados para siempre a través del bautismo de Su Hijo y nos dijo a los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu que no tenemos pecados. ¿Creen en esto de verdad?
 
 
«He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»
 
Juan el Bautista dio testimonio: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29). Como da testimonio Juan el Bautista, Jesús cargó con todos los pecados que comete la gente en este mundo. «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29). Todos los pecados del mundo fueron transferidos a la espalda de Jesús mediante el bautismo que recibió. Todos sus pecados han sido pasados a Jesús. Jesús recibió el bautismo de Juan el Bautista y se convirtió en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo para siempre. En la Cruz gritó: «Está acabado» antes de morir. Al tercer día resucitó y ascendió a los Cielos. Ahora, quien crea en el bautismo de Jesús, Su sangre, muerte y resurrección, podrá recibir la salvación sin falta.
Nuestro Señor personalmente vino al mundo y se ocupó de todos los pecados del mundo a través de Su bautismo. La gente comete el pecado del asesinato, adulterio, pecado de debilidad, pecado queriendo y sin querer. Pero Jesús eliminó todos esos pecados del mundo al cargar con ellos en Su cuerpo a través de Su bautismo y salvar a la humanidad del pecado al pagar con Su vida cuando fue crucificado.
Muchas personas hoy en día son hipócritas completamente; cometen muchos pecados y los esconden. La verdad es que este mundo está lleno de pecado. ¿Es feliz la gente cuando tiene montones de dinero? ¿Es feliz cuando está sana? Estas son palabras inútiles. ¿Cómo puede la gente con pecado ser feliz?
Nuestro Señor recibió todos los pecados del mundo a través de Su bautismo en el río Jordán. Por tanto todos nuestros pecados están incluidos en el testimonio de Juan el Bautista cuando dijo: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29). Y al cargar con todos nuestros pecados y morir en la Cruz, Jesús cumplió nuestra salvación y la de todos los que creen. Todos nuestros pecados están incluidos en los pecados del mundo que Jesús recibió a través de Su bautismo de la mano de Juan el Bautista. Esto no quiere decir que no tenemos pecados porque no pecamos, sino que no tenemos pecados porque creemos en el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista y en Su sangre en la Cruz.
 
 
El Evangelio del agua y el Espíritu se cumple según la voluntad de Dios
 
Dios no nos salvó por las obras de la Ley, ni acordó salvarnos por nuestras buenas obras. Miremos algunos pasajes de la Biblia.
Hebreos 10, 10 dice: «En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre». Esta voluntad es el plan de salvación con el que Dios estaba dispuesto a salvar a toda la humanidad de los pecados del mundo. Nos dice que hemos sido santificados y no necesitamos ofrecer oraciones de penitencia porque creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu de Dios. ¿Han sido santificados de todos los pecados por la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu? Han sido santificados por fe. La remisión de nuestros pecados se ha completado y está terminada.
«Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebreos 10, 11-14).
La gente que cree en el bautismo que Jesús recibió y en Su sangre obtiene la salvación del pecado. Así que si cometemos pecados de nuevo mañana porque somos insuficientes, ¿tenemos pecados entonces? Gracias a que nuestro Señor eliminó esos pecados con Su bautismo, no tenemos pecados. Nuestro Señor eliminó todos nuestros pecados, ya los cometamos hoy o mañana y debemos entenderlo. Hemos recibido la remisión de los pecados completamente por fe, y por eso no podemos tener pecados en nuestros corazones si creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu de Dios. 
Los pecados que cometemos sin querer también son parte de los pecados del mundo. Una persona no tiene pecados si cree completamente en la Verdad de salvación por la que los pecados del mundo fueron pasados a Jesús a través de Su bautismo. La Palabra dice que nuestro Señor nos perfeccionó para siempre, y por eso los que nacen de nuevo por fe en el Evangelio del agua y el Espíritu son personas perfectas y sin pecado.
 
 
«Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado»
 
«Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, Y en sus mentes las escribiré, añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado» (Hebreos 10, 15-18).
Jesús nos redimió de todos los pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu. El bautismo que recibió y la sangre que derramó en la Cruz son los elementos esenciales de la remisión de los pecados que nos llevan al Reino de los Cielos. Esta es la Verdad que nos da la vida eterna. 
Pasemos a Juan 8. «Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8, 12). No hay otra luz verdadera en este mundo a parte de Jesús. Por tanto Jesús es el único Salvador que nos ha librado completamente de los pecados del mundo. Una persona necesita siempre la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu, incluso después de haber recibido la remisión de sus pecados.
En 3 Juan Dios dijo: «Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma» (3 Juan 1, 2). ¿Qué significa que prospere el alma? ¿Acaso no significa recibir la remisión de los pecados o la salvación? Sí. Llegamos a ser justos al creer de corazón en el Evangelio del agua y el Espíritu, y llegamos a nuestra salvación al confesar esta Verdad con nuestros labios (Romanos 10, 10). Y después de ser justos seguimos escuchando la Palabra para crecer rápidamente, por lo que Dios hace que todas nuestras cosas espirituales y físicas prosperen. Pero si nuestras almas no crecen mucho después de haber escuchado la Palabra, no podemos recibir las bendiciones de Dios. Cuando nuestras almas prosperan como prioridad, nuestros cuerpos automáticamente prosperarán y no al revés. Esta es la voluntad de Dios y el principio de la Biblia.
Cuando llega el verano las cigarras se suben a los árboles y hacen mucho ruido. La gente que no se da cuenta de que el verano ha llegado siente que la estación está aquí cuando las cigarras llenan el aire con sus sonidos. Ese sonido es muy bello. Las cigarras son una metáfora de nacer de nuevo. La larva de una cigarra se convierte en un capullo y después se deshace de ese capullo para convertirse en una cigarra. Entonces alaban a nuestro Señor cuando se hacen adultas y pueden volar. La gente escucha la Palabra de Dios y recibe la salvación para escapar del terrible juicio al creer en el bautismo y la sangre de Jesús. Las personas nacimos en este mundo para nacer de nuevo.
Nadie arrojó ninguna piedra a esta mujer por su adulterio. Esta mujer conoció a Jesús, el Maestro del Evangelio del agua y el Espíritu, y recibió la salvación de todos sus pecados por fe en Él. Ustedes también pueden recibir la remisión de todos sus pecados ahora mismo como esta mujer con tan solo creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.
¡Aleluya! Doy gracias a Dios.