The New Life Mission

Sermones

Tema 19: Efesios

[Capítulo 2-1] < Efesios 2, 1-5 > ¿Nos ha salvado Dios realmente por Su gracia?

< Efesios 2, 1-5 >
«Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)».
 
 
Teníamos tantos pecados
 
Si tenemos pecados, ¿morimos por ellos? Si tenemos algún pecado, ¿debemos todos morir por este pecado? El pasaje de las Escrituras de hoy nos enseña claramente que la respuesta es afirmativa. Debemos aceptar la Palabra de Dios en nuestros corazones.
Cualquier pecado que quede en sus corazones, harán que sus almas mueran. Como no podemos evitar cometer pecados mientras vivimos en este mundo, estamos destinados a ser condenados por Dios por estos pecados espiritual y físicamente. Por eso nuestro Señor vino a buscarnos para darnos está remisión eterna de los pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Antes de encontrar la justicia de nuestro Señor vino a buscarnos para darnos esta remisión eterna de los pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Antes de encontrar la justicia de nuestro Señor, todos estábamos muriendo por nuestros pecados. Pero el Señor vino al mundo para librarnos de todos los pecados del mundo.
Cuando nos examinamos a nosotros mismos, sabemos que ninguno podía evitar ser condenado por sus pecados. Dicho de otra manera, cuando describen sus pecados, están obligados a admitir ante Dios que están destinados a morir. La única manera de ser salvados de sus pecados es creer en el Evangelio del agua y el Espíritu a través del cual el Señor nos ha librado de todos los pecados. Por tanto, todos deben encontrar el Evangelio del agua y el Espíritu y creer en este verdadero Evangelio que el Señor les ha dado. Mi mayor esperanza y oración es que descubran su naturaleza pecadora y nazcan de nuevo correctamente. Esto se debe a que el Señor le ha dado a todo el mundo el Evangelio del agua y el Espíritu, y por tanto cualquiera puede recibir la bendición de nacer de nuevo si se cree en el Evangelio. A través de nuestra fe en la justicia del Señor podemos nacer de nuevo en una vida de gloria.
Nuestro Señor dice en la Biblia que, aunque estábamos destinados a ser condenados y morir por nuestros pecados, Él nos ha salvado para siempre a través de la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. Es cierto que nosotros estábamos destinados a morir por nuestros pecados, y que nuestro Señor nos ha salvado para siempre de todos los pecados del mundo, y por tanto no hay otra manera de alcanzar la salvación a parte de creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. El Señor vino al mundo a buscarnos para librarnos de los pecados del mundo, y sufrió y se sacrificó por nosotros para darnos la salvación.
Por tanto, aunque sean cristianos, si no tienen fe en la justicia de Jesucristo, no han nacido de nuevo de sus pecados. Esto significa que están viviendo esperando ser condenados para siempre por sus pecados. Así, sus pecados les traerán la destrucción a sus almas, y esto es cierto para todo el que tiene pecados. Piensen sobre cómo eran: antes de encontrar el Evangelio del agua y el Espíritu, todos éramos pecadores desgraciados destinados a vivir malditos por Dios por nuestros pecados y faltas. Todos vivíamos vidas trágicas, porque nacimos con pecados. No conocíamos el amor de Dios, y le culpábamos constantemente por nuestras vidas miserables. Por tanto no podíamos evitar ser condenados por nuestros pecados.
Incluso antes de encontrar la justicia de Dios, nuestras almas todavía podían apreciar la gravedad de nuestros pecados. Por eso luchábamos con todas nuestras fuerzas contra nuestros pecados, e intentábamos buscar una manera instintiva de escapar de ellos. Pero todos nuestros esfuerzos y nuestra labor fueron en vano, porque confiábamos en rituales religiosos falsos como las oraciones de penitencia, o confiábamos en doctrinas cristianas falsas como la doctrina de la santificación incremental. Como éramos pecadores ante Dios, todos necesitábamos el Evangelio de la salvación perfecta de Dios, pero no podíamos encontrarlo. Aunque no podíamos dejar de admitir que nos merecíamos ser condenados por nuestros pecados, no podíamos darnos cuenta del Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos había dado. Por tanto era imposible alcanzar la salvación, ya que solo los que encontraban el Evangelio del agua y el Espíritu podían ser salvados de sus pecados.
 
 
El Señor vino a buscar a la gente como nosotros y a salvarla de los pecados para siempre
 
Como sabemos, cuando estábamos destinados a morir por nuestros pecados, nuestro Señor vino al mundo a buscarnos para salvarnos, y cargó con todos nuestros pecados para siempre al ser bautizado por Juan el Bautista. Entonces Jesús cargó con todos los pecados del mundo hasta la Cruz, derramó Su sangre por nuestros pecados en nuestro lugar, y se levantó de entre los muertos. Esta es la razón por la que nuestro Señor tuvo que venir al mundo a buscarnos. Tuvo que venir al mundo para salvarnos de todos los pecados del mundo. Al venir al mundo encarnado en un hombre, el Señor cargó con todos nuestros pecados a través de Su bautismo. En otras palabras, cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista para cargar con nuestros pecados, estos fueron pasados a Jesús. Como Jesús cargó con nuestros pecados para siempre a través de Su bautismo, pudo ser crucificado hasta morir, derramar Su sangre y levantarse de entre los muertos para convertirse en nuestro salvador. Esta es la Verdad que nos ha salvado de todos los pecados. Como nuestro Señor vino al mundo, fue bautizado, murió en la Cruz y se levantó de entre los muertos al tercer día, está vivo como nuestro Salvador ahora, sentado a la derecha del trono de Dios Padre. Por tanto, cuando los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu pecan, nuestro Señor les dice: «Como fui bautizado por Juan el Bautista y derramé Mi sangre en la Cruz por vosotros, os he librado de todos los pecados del mundo y de la muerte». Como el Señor nos ha salvado de todos los pecados del mundo y de la condena, ¿cómo no vamos a creer en esta Verdad?
¿Qué nos hubiera pasado si nuestro Señor no hubiese venido al mundo ni hubiese aceptado todos los pecados del mundo al ser bautizado por Juan el Bautista? Si el Señor no hubiese pagado la condena por nuestros pecados al derramar Su sangre en la Cruz, ¿cómo podríamos haber sido salvados de todos los pecados del mundo y habernos convertido en hijos de Dios? ¿Podríamos haber sido librados de nuestros pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu si el Señor no hubiese hecho estas cosas por nosotros? En realidad, sin la obra de salvación que el Señor ha hecho por nosotros, no habría Evangelio del agua y el Espíritu. Si no hubiésemos creído en este Evangelio auténtico, no podríamos haberle dicho a Dios que no tenemos pecados. Como creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, cuando nuestros pecados quedan expuestos, podemos confirmar desde la Palabra de Dios que nuestro Señor tomó todos nuestros pecados a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, y por tanto nuestros corazones pueden encontrar la paz. Ahora que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, hemos sido salvados de todos nuestros pecados para siempre al confiar en la justicia de Dios. De hecho, pudimos recibir la remisión de los pecados para siempre gracias a nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos dio.
Aunque sigamos cometiendo pecados incluso después de ser salvados, el Señor nos ha hecho saber que nos ha salvado de todos estos pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Por tanto, los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu puede decirle a Dios con confianza que no son pecadores. Por supuesto, seguimos cometiendo pecados mientras vivimos en este mundo. Después de todos, cuando miran sus debilidades, ¿pueden decir que no pecan? A los ojos de Dios, tendemos a cometer pecados, y por tanto nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu es indispensable para nosotros todo el tiempo.
 
 
Aunque nos separemos de la voluntad del Señor demasiado a menudo, debemos seguir Su voluntad
 
Cuando salen a pasear por la mañana, a veces ven perros paseando junto a sus dueños. Aunque la mayoría de los perros siguen a sus dueños de cerca, algunos perros persiguen cosas. De esta misma manera, nosotros también seguimos la voluntad del Señor bien a veces, y otras no. Así que a menudo nos desesperamos por culpa de nuestros pecados. Esto se debe a que no podemos evitar cometer pecados todos los días por culpa de nuestras debilidades carnales.
De hecho, sin el Evangelio del agua y el Espíritu que nos ha dado Dios, todos nosotros tendríamos que ser destruidos por nuestros pecados. Por eso nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu es absolutamente indispensable para sobrevivir en medio de todos nuestros pecados. La Biblia dice que la Ley de Dios es justa, y por tanto quien diga tener pecados debe morir por este pecado. Si la justicia de Dios juzgase nuestros pecados tal y como son, todos tendríamos que morir; pero, para salvar a la gente como nosotros de todos nuestros pecados y de la condena, nuestro Señor vino al mundo como nuestro Cordero del sacrificio. Creemos que nuestro Señor vino al mundo para borrar nuestros pecados, y que nos ha salvado para siempre a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista y la sangre que derramó en la Cruz. Por tantos estamos obligados a darle gracias a Dios por Su amor y misericordia.
 
 
Todos estábamos destinados a morir por nuestros pecados
 
Nuestro Señor planeó la salvación de la raza humana incluso antes de la creación del mundo, y según este plan, nos ha salvado a todos los que creemos en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu para siempre. Así que no podemos evitar dar gracias al Señor por Su justicia desde lo más profundo de nuestros corazones. Esto se debe a que el Evangelio del agua y el Espíritu que hemos recibido del Señor ha borrado todos nuestros pecados y ha pagado la condena de nuestros pecados, que es la muerte. Como Jesús aceptó los pecados del mundo para siempre cuando fue bautizado por Juan el Bautista, quien crea en esta Verdad puede borrar toda esa suciedad. Aunque estábamos destinados a morir para siempre por nuestros pecados, en el que ahora creemos, nos ha dado esta salvación tan preciosa. Por eso hemos sido salvados de todos nuestros pecados al creer en este precioso Evangelio que nos ha dado el Señor. Así que, ¿cómo no darle las gracias al Señor por darnos este Evangelio del agua y el Espíritu?
Aunque estábamos todos destinados a morir por nuestros pecados, el Evangelio del agua y el Espíritu nos ha salvado. Cuando reflexionamos sobre la Palabra de Dios, podemos darnos cuenta de nuestra condición de pecadores, una condición en la que todos nacimos. Así que creímos en el Evangelio del agua y el Espíritu, y cuando nuestros corazones fueron borrados por esta fe, pudimos alabar al Señor. Esta gratitud está siempre en nuestros corazones, dando gracias al Señor por permitirnos recibir la remisión de los pecados al creer en el verdadero Evangelio de salvación. Por tanto estamos obligados a servir solo al Señor, quien ha cumplido toda la justicia de Dios.
 
 
¿Por qué estamos tan agradecidos a nuestro Señor?
 
Nuestro Señor nos está diciendo: «Como no pueden evitar morir por nuestros pecados, os he salvado de todos vuestros pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu». Nos está diciendo que fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán para borrar nuestros pecados, y así nos ha salvado para siempre. En el Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Israel estaba a punto de cruzar el río Jordán para entrar en la tierra de Canaán, Dios paró el río en cuanto los sacerdotes que llevaban el Arca entraron en el río. Del mismo modo, cuando nuestro Señor fue bautizado en el río Jordán, cargó con todos los pecados que hemos cometido en este mundo en Su propio cuerpo y acabó con la condena. El Señor nos está diciendo a todos: «Al ser bautizado por Juan el Bautista, cargué con todos los pecados con los que nacisteis, y todos los que cometéis constantemente por culpa de vuestra naturaleza pecadora. Y así os he salvado para siempre de la muerte, de todas las maldiciones y de todos los pecados».
Mis queridos hermanos, incluso después de recibir la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, seguimos cometiendo pecados. Sin embargo, nuestro Señor cargó con todos estos pecados a través de Su bautismo. Si no hubiese hecho eso, habría sido imposible librarnos de todos nuestros pecados y faltas, y habríamos sido arrojados al infierno por esos pecados. Todos y cada uno de los pecados que cometemos nos condena a ser juzgados por Dios aunque se hayan cometido después de creer en el Evangelio del agua y el Espíritu o haber nacido de nuevo. Sin embargo, aunque todos estábamos destinados a ir al infierno por nuestros pecados, para salvarnos de estos pecados, nuestro Señor fue bautizado por Juan el Bautista en Su propio cuerpo y lo entregó en la Cruz, para salvarnos de una vez por todas. En otras palabras, cuando estábamos condenados a morir por nuestros pecados y faltas, el Señor cargó con todos nuestros pecados a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista y pagó el precio del pecado con la sangre que derramó en la Cruz. El Señor ha completado así nuestra salvación y ha recuperado nuestras vidas perdidas. Nuestro Señor había sido condenado por nuestros pecados en nuestro lugar. Así es como hemos sido salvados de todos los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.
En el pasaje de las Escrituras, el Apóstol Pablo nos está diciendo que él también estaba destinado a morir por sus pecados y faltas, pero fue salvado de sus pecados para siempre al creer en la justicia del Señor. Al igual que el Apóstol Pablo, nosotros hemos sido salvados de todos nuestros pecados al creer en la justicia del Señor, y por tanto hemos alcanzado la verdadera salvación. El bautismo que nuestro Señor recibió de Juan el Bautista y la sangre que derramó en la Cruz constituyen una Verdad maravillosa de salvación que ni siquiera las palabras pueden expresar lo agradecidos que estamos. Sin embargo, queridos hermanos, esto no significa que puedan seguir cometiendo pecados solo porque hayan recibido la remisión de los pecados. No deben hacer esto. El Señor no estará contento. Sin embargo, lo que significa es que, a través del bautismo que nuestro Señor recibió de Juan el Bautista, cargó con todos nuestros pecados que cometemos por nuestras debilidades, y por tanto quien cree en esta Verdad queda limpio de sus pecados.
 
 
Ahora nadie debe retar la justicia de Dios
 
El Rey David tenía un hijo llamado Absalón. Cuando este hijo retó la autoridad real de su padre en un intento de usurpar el trono, la consecuencia inevitable debía ser la muerte por haberse rebelado contra el rey de Israel. Por culpa de nuestros pecados estamos destinados a ser malditos por siempre, pero Jesucristo, nuestro Rey, nos ha dado el Evangelio del agua y el Espíritu, y al creer en este Evangelio, hemos sido salvados para siempre y hemos recibido la vida eterna. A pesar de esto, si alguien sigue diciendo que el Señor no ha borrado todos sus pecados, está retando la autoridad real del Rey de reyes, y esta gente no podrá ser salvada de sus pecados. A través del Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos ha dado, pudimos ser salvados para siempre. Somos afortunados por haber encontrado la justicia del Señor y haber recibido la salvación de todos nuestros pecados. No podemos evitar estar agradecidos y dar toda la gloria a Dios. Si nuestro Señor no nos hubiese salvado de todos los pecados del mundo a través del Evangelio del agua y el Espíritu, habría sido inevitable pagar toda la condena por nuestros pecados y faltas. Por tanto, todos nosotros debemos conocer el Evangelio del agua y el Espíritu claramente.
Por culpa de nuestros pecados, nuestro futuro en este mundo sería oscuro, pero gracias al Evangelio del agua y el Espíritu que nos dio nuestro Señor, todos nuestros pecados han desaparecido para siempre. Ahora Jesucristo está sentado a la derecha de Dios Padre esperándonos. No puede estar lo suficientemente agradecido a Dios por esto. Cuando no podíamos borrar nuestros pecados por nuestra cuenta y no teníamos otro remedio que morir por ellos, el Señor nos amó tanto que nos libró de nuestra destrucción segura. Él nos amó de todo corazón hasta el fin del mundo, tanto que nos salvó a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Esta gracia de Jesucristo que ha descendido sobre ustedes es tan grande que estamos tan agradecidos por el Evangelio del agua y el Espíritu que Él nos ha dado que no podemos evitar darle gracias en cada momento de nuestras vidas.
Mis queridos hermanos, al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que el Señor nos ha dado, pudimos borrar todos nuestros pecados y faltas. Esta salvación de todos nuestros pecados no se pudo haber alcanzado a través de cualquier otra cosa que no fuese el Evangelio del agua y el Espíritu. Aunque muchos cristianos perdidos intentan erradicar sus pecados a través de oraciones de penitencia llenas de emoción y de lágrimas, ninguno de ellos puede borrar ni un solo pecado por mucho que lo intente.
Todo el mundo debe pagar el precio de sus pecados ante Dios, y si pagamos este precio con nuestras vidas, tendremos que morir en pecado. Por eso nuestro Señor nos dio el Evangelio del agua y el Espíritu, y pudimos ser salvados de todos nuestros pecados al creer en este Evangelio. Si nos hubiésemos negado a creer en el Evangelio del agua y el Espíritu y hubiésemos perdido nuestras vidas como resultado, nuestra condición habría sido peor que la de un animal. Por eso nuestro Señor vino al mundo por este Evangelio del agua y el Espíritu: para borrar todos nuestros pecados tuvo que ser bautizado por Juan el Bautista, y pagó el precio de los pecados al derramar Su valiosa sangre en la Cruz.
Por tanto, todos nosotros debemos entender y creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Solamente Jesucristo pudo cargar con nuestros pecados para siempre a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista; Jesucristo solo pudo pagar el precio de nuestros pecados con la sangre que derramó en la Cruz; y Jesucristo solo pudo salvarnos de todos nuestros pecados a través de Su bautismo y sangre de salvación. Asimismo, como el Señor resucitó de la muerte que sufrió por nuestros pecados, ha hecho posible que todo el mundo borrase nuestros pecados al creer en esta Verdad.
Desde el momento en que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, el Señor está siempre con nosotros. Él camina con nosotros en todo momento en nuestras vidas hasta que morimos, y Él estará con nosotros cuando entremos en Su reino eterno. Por eso el Señor nos dijo: «Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20). Ahora que hemos recibido la remisión de todos nuestros pecados al creer en la justicia de Dios, el Espíritu Santo está en nuestros corazones todo el tiempo. Por tanto, cuando cometemos cualquier pecado, el Espíritu Santo nos asegura que el Señor ha borrado incluso ese pecado con el Evangelio del agua y el Espíritu, y nos dice: «Jesús ya cargó con este pecado a través de Su bautismo». Así, nuestro Señor nos libra de todos nuestros pecados a través de Su obra justa. Mis queridos hermanos, como nuestro Señor nos ha salvado de todos nuestros pecados hemos alcanzado la libertad de todos nuestros pecados por fe. Todos nosotros deberíamos dar gracias al Señor por salvarnos de todos nuestros pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu.
Afortunadamente Jesucristo es Dios, y he sido salvado de todos mis pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Estoy tan contento por esto que no puedo parar de dar gracias a Dios desde lo más profundo de mi corazón. Si no fuese por la justicia que Dios me dio, no tendría otra opción que morir por mis pecados y ser maldito por Dios. Así que estoy completamente agradecido al Señor por venir a encontrarme con la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu.
La única razón es que los pecados de los corazones de la gente hacen que las personas estén malditas. No considero que sea una maldición cuando la gente no consigue dinero o poder. El no conseguir estas cosas puede considerarse desafortunado, pero no pienso que sea una maldición. Sin embargo, si el alma de una persona tiene pecados, esto es una maldición. Todos nosotros debemos darnos cuenta de que si el alma de una persona tiene un pecado, aunque sea pequeño, su futuro estará maldito. Si ustedes viven con sus pecados intactos, su vida estará maldita, y su alma sufrirá con las maldiciones de Dios hasta que se marchite y se muera completamente. Sé muy bien que esto le ocurrirá a todos los pecados sin excepción. De hecho, nosotros estábamos así de malditos, pero afortunadamente, nuestro Señor nos ha salvado para siempre a través del Evangelio del agua y el Espíritu.
¿Cuántos fallos teníamos? Nuestro Señor cargó con todos estos pecados para siempre a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista. La Palabra de Dios declara una ley inmutable que dice que el precio del pecado es la muerte. Cuando alguien comete pecados, estos pecados se revelan ante Dios y el que los comete debe morir. Por supuesto, después de que nuestras almas fueran redimidas de nuestros pecados, las faltas aún quedan expuestas, pero como el Señor ha pagado el precio de nuestros pecados con Su cuerpo al ser bautizado y derramar Su sangre, hemos recibido la completa remisión de los pecados por fe. Por eso no tenemos que ser condenados por nuestros pecados.
Ahora que hemos recibido la remisión de los pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu, si meditamos sobre esta Verdad, nuestra fe crece. Sin embargo, en cuanto a los pecados de los demás, Jesús dice: «De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante» (Mateo 5, 26). De hecho, quien tenga pecados, aunque sean tan pequeños como un penique, no puede evitar ser destruido. Pero nuestro Señor cargó con nuestros pecados y faltas a través de Su bautismo y sangre. Por tanto estamos muy agradecidos al Señor y nuestros corazones disfrutan de la paz por lo que no podemos dejar de alabar al Señor por borrar todos nuestros pecados para siempre.
El hecho de que crea en la justicia del Señor es un honor indescriptible para mí. Nuestros corazones han sido librados de todo nuestros pecados al encontrar misericordia en el Señor y al creer en Él; nuestros corazones ahora siguen el camino de la justicia al confiar en el Señor, y nuestros corazones han encontrado paz en Dios gracias a esta justicia de nuestro Señor. ¿Y ustedes? ¿Han encontrado paz para su corazón? Todos nosotros estamos tan agradecidos al Señor por esta bendición maravillosa que no sabemos cómo darle las gracias.
Mis queridos santos, aunque tenemos tantos fallos que estamos destinados a morir por estos pecados, el Señor de la justicia vino a buscarnos y por eso no podemos dejar de darle gracias por esta maravillosa bendición. Si tenemos algún pecado, por muy pequeño que sea, debemos morir por este pecado. Sin embargo, aunque estábamos destinados a morir por nuestros numerosos pecados, que eran tan espesos como una nube de humo, nuestro Señor nos ha salvado para siempre a través del Evangelio del agua y el Espíritu.
Como nuestro Señor cargó con todos nuestros pecados y nos los quitó, ahora podemos servir al Señor y seguirle. Estamos siguiendo a nuestro Señor al confiar en Su justicia porque ha derribado el muro del pecado que nos separaba de Dios. Como ahora creemos en la justicia de nuestro Señor, estamos obligados a seguirle y servirle.
¿Dónde encontramos las fuerzas para servir a la justicia de nuestro Señor? En el Evangelio del agua y el Espíritu, porque nuestro Señor cargó con nuestros pecados y los borró a través de este Evangelio, y por tanto siempre podemos vivir con un corazón renovado. Por eso podemos servir a nuestro Señor. Como nuestro Señor borró todos nuestros pecados a través de Su bautismo, podemos servir Su justicia sin vergüenza ni reservas. De lo contrario no podríamos seguir a Su justicia, ni tener gozo, porque somos demasiado débiles por naturaleza. Sin embargo, como el Señor ha cargado con nuestros numerosos pecados a través de Su bautismo, y los ha borrado con Su sangre, ahora podemos seguir la justicia del Señor, alabarle, darle gracias, servirle con gozo, y predicar el Evangelio en nuestras vidas. Todo esto se debe a que el Señor nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Como nuestro Señor ha borrado todos nuestros pecados con Su bautismo y ha pagado la condena en la Cruz en nuestro lugar, ahora podemos seguir al Señor con gratitud y gozo.
Pasemos a Efesios 2, 8-9: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe». La Biblia dice claramente aquí que nuestra salvación no depende de nuestras propias obras. Ninguna obra por nuestra parte puede ayudarnos a alcanzar nuestra salvación. Si pudiésemos alcanzar nuestra salvación a través de nuestras obras, ninguno de nosotros podría conseguirlo, porque no hay nadie sin pecados. Pero por Su gracia, misericordia y amor abundante por nosotros, nuestro Señor nos salvó cuando estábamos muertos en los pecados y faltas de nuestras obras.
¿Hay algo bueno en sus obras? No, no tenemos nada bueno, por el contrario, no tenemos nada más que fallos. Pero afortunadamente el Señor cargó con todos nuestros pecados y faltas a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Por tanto, como creemos en el Evangelio de Verdad, hemos conseguido la fe que nos permite servir y seguir al Señor justo. No le podemos servir y seguir porque haya algo bueno en nuestras obras, sino porque el Señor ha borrado nuestros pecados; y por eso ahora podemos hacer la obra justa de Dios por fe. En resumen, nuestras fuerzas para hacer todas estas cosas vienen de la justicia de nuestro Señor.
No hay suficientes palabra para expresar lo agradecidos que estamos porque nuestra salvación no viene de nuestras propias obras, sino de la gracia de Dios solamente. Todos nosotros éramos tan inútiles que no podíamos recibir la remisión de los pecados por nuestra cuenta y debíamos ser condenados por nuestros pecados. Pero, como nuestro Señor cargó con todos nuestros pecados y faltas a través de Su agua y sangre, hemos recibido una nueva vida. No puedo estar lo suficientemente agradecido a Dios por esta maravillosa bendición. ¿Y ustedes? ¿Están tan agradecidos? Somos todos iguales. Tanto los hermanos como las hermanas, estamos aquí reunidos con pecados y no teníamos otra opción que ser arrojados al infierno por nuestros pecados, pero nuestro Señor nos salvó a través de Su justicia. Así es como hemos llegado a vivir como personas sin pecado. Solo por la gracia de Dios hemos podido volver a la vida de la muerte.
Así que alabo a Dios por habernos salvados para estar completamente sin pecados, y por permitirnos nacer de nuevo y servir al Señor en este mundo, y llenar nuestros corazones de gozo. ¿Qué gozo podríamos tener si nuestro Señor no estuviese en nuestros corazones? ¿Cómo podríamos estar ante los demás y mirar al Cielo con confianza sin ninguna vergüenza o reserva?

De hecho es porque el Señor vive en nuestros corazones, y porque ha borrado todos nuestros pecados, que nuestra conciencia está limpia y podemos darle gracias a Dios y alabarle, porque creemos en esta Verdad de salvación. Por tanto es imposible alabar al Señor para siempre por salvarnos a través de Su agua y sangre. Precisamente por esto estamos alabando la justicia de Dios con nuestra fe.