The New Life Mission

Sermones

Tema 19: Efesios

[Capítulo 2-8] < Efesios 2, 14-22 > Hemos sido separados de Dios Padre por culpa de nuestros pecados

< Efesios 2, 14-22 >
«Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu».
 
 
Jesús es nuestro Salvador y el Rey de paz. Cuando todos los seres humanos se habían convertido en enemigos de Dios por culpa de sus pecados, Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo encarnado en un hombre y cargó con todos los pecados del mundo para siempre al ser bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán. Por eso Jesús pudo derramar Su sangre valiosa en la Cruz, levantarse de entre los muertos al tercer día y sentarse a la derecha de Dios Padre como el Juez. Jesucristo se ofreció a Sí mismo como nuestra propiciación eterna de paz para reconciliarnos con Dios Padre. Para derribar este muro de pecado que nos separaba de Dios, y para abolir la enemistad entre Dios y los seres humanos, Jesús se ofreció como nuestra propiciación.
Jesús vino al mundo para borrar nuestros pecados que cometemos porque no podemos cumplir los mandamientos de Dios. El Señor cargó con todos nuestros pecados al ser bautizado en Su cuerpo, entregó Su vida al ser crucificado para cumplir el castigo de esos pecados, y así resucitó a nuestras almas con el precio de Su propia vida. Por tanto, gracias a Jesús, los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu podemos reconciliarnos con Dios y convertirnos en Sus hijos por fe, y Dios Todopoderoso se pudo convertir en nuestro Padre. Por eso el Apóstol Pablo dijo que, quien cree en Jesucristo, se ha reconciliado con Dios.
Jesús vino por el Evangelio del agua y el Espíritu para salvarnos de nuestros pecados. Ha borrado todos nuestros pecados al cumplir este Evangelio genuino. Por tanto, todos los que creen en Jesús como su Salvador dentro de este verdadero Evangelio, han recibido la remisión de los pecados y se han convertido en hijos de Dios.
Sin embargo, todavía hay muchas personas en este mundo que no son hijas de Dios, y esto se debe a que no creen en Jesús, quien vino por el Evangelio del agua y el Espíritu, como su Salvador. Sin embargo, el verdadero Evangelio de la Palabra de Dios y el Espíritu Santo, que están en los corazones de los que han recibido la remisión de los pecados por fe, pueden hacer a cualquier creyente hijo de Dios.
 
 
La historia de una madre y su hija mayor que fue adoptada cuando era un bebé porque su madre era pobre
 
Aunque Corea del Sur es ahora una nación bastante próspera, no lo era hace algunas décadas. De hecho, era uno de los países más pobre del mundo hace medio siglo, ya que se estaba recuperando de las consecuencias devastadores de la Guerra de Corea. Aunque Corea del Sur se pudo librar de la invasión norcoreana gracias a la ayuda de las tropas de la ONU, la destrucción causada por la guerra dejó un legado trágico. Una de las consecuencias de esta guerra fue que muchos niños perdieron a sus padres. Muchos de estos niños huérfanos fueron adoptados por familias de acogida en países desarrollados, sobre todo de los países occidentales.
En aquel entonces muchas mujeres coreanas no tenían recursos para alimentar a sus hijos. Con todo el país arruinado por la guerra, no había casi nada que comer. Como muchas mujeres no tenían dinero para alimentar a sus hijos, tuvieron que darlos en adopción, pensando que sería mejor que dejarlos morir de hambre. Cuando estas mujeres se enteraron de que había extranjeros ricos que querían adoptar a sus hijos y criarlos en un mejor ambiente, entregaron a sus hijos como último recurso para la supervivencia de los mismos. Esto hizo que Corea recibiese el título vergonzoso de nación con el mayor exportador de niños para la adopción.
Por supuesto que hace muchos años desde el final de la guerra. La mayoría de los niños adoptados durante esos años creció feliz con sus padres adoptivos en un hogar cálido y próspero. Cuando crecieron se dieron cuenta de que eran adoptados y empezaron a preguntarse por qué sus padres biológicos los habían abandonado. Se hacían preguntas profundas como: «¿Por qué me abandonaron mis padres? ¿Por que me odiaban? ¿Por qué me enviaron a un país tan lejano?». No podían entender por qué sus padres les habían abandonado.
Así que, cuando crecieron, su odio y su deseo por conocer a sus padres crecieron al mismo tiempo. Intentaron entender a sus padres biológicos, preguntándose y contestándose a sí mismos: «¿Cómo me pudieron abandonar mis padres? ¿Cómo pudieron enviarme a un país lejano? ¿Me odiaban? No, debían tener algún otro motivo». Pasaron su adolescencia atormentados por estos pensamientos, y entendían a sus padres biológicos un momento, y el otro los odiaban, y siempre acababan jurando que nunca pensarían en ellos. Cuando crecieron, se casaron, tuvieron sus propios hijos y empezaron a tener sus familias en su país de adopción. Sin embargo, su odio y su deseo por sus padres biológicos nunca desaparecieron.
Recientemente, un canal de televisión en Corea fue a Alemania a investigar el estado de los niños coreanos adoptados. La historia que les voy a contar es la historia de una mujer que nació en Corea y fue adoptada por una familia alemana. La mujer de la historia creció y tuvo una familia en su país adoptivo, pero a medida que pasaba el tiempo, más deseaba conocer a sus padres biológicos aunque solo los viera una vez. Deseaba tanto conocer a sus padres biológicos que solo quería saber cómo eran físicamente, pero al mismo tiempo los odiaba y se preguntaba: «¿Cómo pudieron mis propios padres abandonarme? ¿Qué circunstancias les hicieron enviarme a Alemania?». Como sabía que sus padres eran de Corea, sentía una inclinación natural hacia cualquier noticia sobre Corea, y también oía hablar del país por diferentes fuentes. Ahora han pasado más de 40 años desde que llegó a Alemania y Corea es un país próspero. Como consecuencia, su odio por sus padres biológicos creció todavía más, porque pensaba que la habían abandonado aunque no eran demasiado pobres.
Un reportero de un canal de televisión de Corea visitó a esta mujer que había sido adoptada en Alemania hace mucho tiempo. Por aquel entonces tenía 40 años y estaba casada y tenía una hija. Además estaba estudiando Teología. El canal de televisión le había llamado para concertar una entrevista, y el reportero tuvo que rogarle que aceptara la entrevista. Durante la misma el reportero habló con la mujer a través de un intérprete. Primero le dio las gracias por aceptar la entrevista, pero la mujer aún tenía sus dudas. Le dijo al reportero que tenía miedo de exponer su vida privada, pero el reportero le dijo que apreciaría su ayuda para que sucesos tan trágicos como el suyo no volvieran a suceder. Después de dudar durante un rato aceptó hacer la entrevista, diciendo que lo hacía contra sus propios intereses, pero para evitar que otros niños fueran separados de sus padres biológicos para ser adoptados en otros países.
El reportero le hizo muchas preguntas, incluyendo la siguiente: «Si conocieses a tus padres biológicos ahora mismo, ¿qué sería lo primero que les dirías?». La mujer contestó sin pensarlo dos veces: «Me gustaría preguntarles por qué me enviaron a este país. Si conociese a mis padres biológicos, les preguntaría por qué me dieron en adopción. No les entiendo. Quiero preguntarles por qué me odiaron tanto como para enviarme a otro país».
La entrevista apareció en un documental que el canal de televisión estaba haciendo sobre la adopción, y poco después de que este programa fuera televisado en Corea, cierta mujer que decía ser la madre de la mujer contactó con el canal. Esta mujer vio a su hija por la televisión y contactó con el canal para preguntar si podría verla. El canal habló con la mujer en Alemania para informarle de que su madre biológica la estaba buscando, y le preguntó que si querría conocerla. Entonces ella dijo que quería ver a su madre biológica.
La madre biológica fue al aeropuerto a esperar a su hija. Quería ver a su hija tanto que no quitó los ojos de la puerta de la terminal. Pero la hija no apareció incluso después de pasado mucho tiempo desde la hora de llegada. Todo el mundo estaba decepcionado, y cuando ya casi se iban a casa, la hija llamó diciendo que había cogido el vuelo de conexión equivocado y que no llegaría hasta dentro de siete horas. El reportero sugirió llevar a la madre a un restaurante o a otro sitio para descansar. La madre le dijo entonces: «He estado esperando a mi hija durante décadas, así que puedo esperar siete horas más. Esperaré aquí en el aeropuerto». Después de esperar durante tantas horas, la hija apareció. Caminó por la puerta de llegadas del aeropuerto de la mano de su hija de seis años.
La madre biológica había visto la cara de su hija en la televisión, quizás por esta razón la vio antes que el equipo de televisión, y entonces sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Era la primera vez que la madre y la hija se veían desde la adopción. Aunque no se entendían, cuando se vieron, se abrazaron y empezaron a llorar. La madre lloró tanto y dijo tantas veces que lo sentía que sus palabras resonaron por todo el aeropuerto.
La madre llevó a la hija a su casa y hablaron de todo lo que había sucedido durante tantos años. Por supuesto no se entendían porque hablaban idiomas diferentes, pero sus corazones conectaron enseguida como una madre y una hija. La madre le había puesto un nombre a la hija cuando nació, y la hija conocía este nombre y le contestaba cada vez que lo decía. Así que, a pesar de hablar idiomas distintos, tuvieron conversaciones silenciosas, se acariciaron las caras y hablaron con los ojos.
Cuando llegó el día en que la hija tenía que volver a Alemania, el reportero que la había entrevistado le preguntó: «Me dijiste que si venías a Corea y conocías a tus padres biológicos, lo primero que les preguntarías sería por qué te dieron en adopción en un país extranjero. ¿Le preguntaste a tu madre?». Su respuesta fue que no vio la necesidad de preguntarle y dijo mientras se iba: «Mi madre todavía es pobre. Aunque los ricos en Corea son tan ricos que conducen coches de lujo importados, mi madre todavía vive en la pobreza. Aunque no le pregunté nada, yo ya entendí que me dio en adopción porque era muy pobre y me quería rescatar de esa pobreza. Así que no le tuve que hacer esa pregunta, y todas mis dudas y mi odio han desaparecido».
 
 
Del mismo modo en que la madre y la hija de esta historia fueron separadas por la pobreza, nosotros también fuimos separados de Dios por nuestros pecados
 
¿Por qué se separaron todos los seres humanos de Dios, nuestro Creador? La mujer de la historia fue separada de su madre como consecuencia de la posguerra. Sus padres biológicos eran tan pobres que no podían ni alimentarla. Se vieron obligados a darla en adopción en el extranjero como último recurso para rescatar a su hija de la pobreza. Al igual que esta hija, hemos sido separados de Dios a pesar de que fuimos creados por Dios a Su imagen y semejanza. ¿Qué explicación tiene esto? ¿Por qué, como seres humanos, no teníamos otro remedio que vivir separados de Dios?
Fuimos separados de Dios porque Satanás nos hizo pecar contra Dios. Por culpa de estos pecados cometidos contra Dios, estábamos separados de Él. La intención original de Dios al crearnos a Su imagen y semejanza fue hacernos Su propio pueblo. Él nos hizo a Su imagen para que pudiésemos vivir felices con Él para siempre. Sin embargo, Satanás, el ángel caído, separó al hombre de Dios con sus mentiras y le hizo caer en el pecado para separarlo de Dios. El Diablo interfirió en la relación del hombre con Dios para que el hombre no creyese en Sus Palabras. En otras palabras, Satanás engañó a los seres humanos para que no creyesen en la Palabra de Dios. Así que el Diablo hizo que Adán y Eva comiesen del árbol del conocimiento del bien y del mal del que Dios les había prohibido comer, y por eso los seres humanos se convirtieron en pecadores a los ojos de Dios y se separaron de Él.
Tras la caída de Adán y Eva, todo el mundo se convirtió en pecador ante Dios automáticamente. El hombre era tan arrogante que, no solo se negó a creer en la Palabra de Dios, sino que también rechazó Su amor, y escogió desobedecer Su Palabra. Aunque Dios les dijo a Adán y Eva que comiesen del árbol de la vida para alcanzar la vida eterna, en vez de comer de este árbol, comieron del árbol prohibido del conocimiento del bien y del mal, y como resultado cayeron en el pecado de la arrogancia al intentar ser como Dios. Por culpa de esta arrogancia, Adán y Eva acabaron pecando contra Dios al desobedecer Su Palabra; por culpa de esta desobediencia, el pecado entró en el corazón de los humanos; y por culpa de este pecado, todos los seres humanos se alejaron de Dios. Por este motivo hemos vivido alejados de Dios durante tanto tiempo.
Durante todo este tiempo, durante todo este período de separación, culpamos a Dios por todos nuestros males, diciendo: «¿Por qué nos abandonó Dios después de habernos creado? ¿Por qué nos permitió caer en el pecado? No tenía que habernos creado en primer lugar. ¿Por qué nos hizo criaturas tan débiles y nos hizo acabar cometiendo pecados y sufrir por ellos hasta que fuésemos arrojados al infierno?». Viviendo con tantas preguntas sin respuesta como estas, empezamos a albergar odio por Dios.
Sin embargo, nuestro Dios Creador nos amó todo el tiempo. De hecho Dios nos amó tanto que, para restaurarnos, envió al mundo a Jesucristo, Su único Hijo, encarnado en un hombre. Por el bien de toda la humanidad, incapaz de acercarse a Dios Padre por culpa de sus pecados, el Hijo de Dios fue bautizado, derramó Su sangre en la Cruz, y se levantó de entre los muertos. Así el Señor ha salvado a toda la raza humana de sus pecados y de la condenación. En otras palabras, Dios quería recibirnos en Sus brazos, y lo ha conseguido gracias al Evangelio del agua y el Espíritu.
Antes de creer en Jesús todos nos preguntábamos por qué Dios nos hizo como somos y también le odiábamos por eso. Sin embargo, a través del Evangelio del agua y el Espíritu, hemos llegado a conocer el amor de Dios y Su deseo por nosotros. Como resultado, no solo hemos podido abandonar nuestro odio por Dios, sino que también hemos podido entender Su justicia. Al creer en la justicia de Jesús, quien fue enviado a este mundo por Dios Padre, pudimos ser reconciliados con Dios de nuevo, porque la pared del pecado que nos separaba de Él ha sido derribada, del mismo modo en que la barrera del corazón que separaba a la hija adoptiva de su madre también se derribó.
 
 
La Biblia dice que el Señor vino al mundo para derribar el muro del pecado
 
Mientras veía el documental del que les he hablado hoy aprendí una lección espiritual. Me di cuenta aún más de que, del mismo modo en que nada puede separar a una madre de su hijo para siempre, nada trivial, ningún malentendido, maldición o pecado puede separarnos de Dios. Ver este documental me recordó a nuestra relación con Dios, y empecé a preguntarme: «La relación entre Dios y los seres humanos debe haber sido así. Aunque Dios ama a los seres humanos y estos le ama a Él, se separaron. La madre no dio en adopción a su hija en un país tan lejano como Alemania porque la odiase, sino porque no tenía otra opción. Del mismo modo, había una razón de peso por la que fuimos separados de Dios».
Lo que nos hizo separarnos de Dios es el pecado. Dios tenía un gran plan para todos nosotros. No hay otra razón para explicar la separación de Dios. No hay otra razón por la que Dios nos separase de Él, ni hay ninguna razón por la que odiar a Dios. Él nos amó y nosotros le amamos. Dios nos ama ahora, y nosotros a Él, y no hay ningún odio.
 
 
Podemos entender esto en el pasaje de las Escrituras de hoy
 
Podemos entender cómo nuestra relación con Dios ha sido restaurada cuando pasamos a Efesios 2, 13-15: «Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas». Este pasaje no dice que los seres humanos hubieran hecho algo para acercarse a Dios.
Por nosotros y por toda la raza humana, Dios cargó con nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista y derramó Su sangre para abolir la Ley escrita de los mandamientos expresada en ordenanzas. Para derribar el muro del pecado que nos separaba de Dios, Su Hijo Jesús vino al mundo, fue bautizado y derramó Su sangre en la Cruz; y con este precio de Su vida nos ha salvado a todos los seres humanos de nuestros pecados y su condena. Dios nos ha restaurado al sacrificar a Su Hijo Jesús. La Biblia dice claramente que Dios nos ama tanto que nos ha salvado y nos ha aceptado en Sus brazos. Aquí podemos descubrir que hemos recibido nuestra absoluta salvación a través de la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu.
 
 
La importancia innegable del bautismo de Jesús
 
¿Qué ocurriría si no hubiese agua en el mundo? Imaginen cómo sería el mundo. Hace poco tiempo estuve en una reunión de resurgimiento espiritual en nuestra iglesia hermana en Inchon, y el último día se cortó el agua en la iglesia. Como no había agua corriente en el edificio, los organizadores no pudieron si lavar los platos, así que cuando se sirvió el almuerzo, tuvieron que envolver los platos en plástico y poner la comida encima. Cuando organizamos reuniones de resurgimiento espiritual, solemos comer en la iglesia durante varios días hasta el final de la reunión. Cuando la última reunión es por la noche, todo el mundo regresa a casa la mañana siguiente. Pero en esta ocasión tuve que pedirle a todo el mundo que volviese a casa esa noche. Así me di cuenta una vez más de lo indispensable que es el agua.
Seúl es una ciudad enorme que cuenta con más de 10 millones de habitantes. ¿Qué les ocurriría a estos habitantes si se cortara el suministro de agua durante solo un mes? Que la ciudad entera se convertiría en un vertedero, todos los edificios estarían llenos de suciedad y olería tan mal que la ciudad sería un lugar inhóspito. La importancia del agua es tan obvia incluso solo por su uso material. Es aún más importante en cuanto a su significado espiritual, ya que la Biblia dice: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos» (1 Pedro 3, 21).
Si nuestro Señor no hubiese sido bautizado en este mundo, ¿qué nos hubiese ocurrido a todos los que creemos en Dios? Que seguiríamos estando sucios. Si nuestro Señor no hubiese sido bautizado cuando vino al mundo, es decir si no hubiese limpiado nuestros pecados, no podríamos haber creído en Dios, y aunque creyésemos sería en vano, porque nos habríamos dado cuenta de que Dios no podía borrar nuestros pecados. Si Jesús no hubiese aceptado todos nuestros pecados al ser bautizado, no podría haber borrado los pecados de nuestros corazones. Por tanto el agua del bautismo de Jesús es al agua de vida que ha borrado todos nuestros pecados.
Está escrito en 1 Pedro 3, 21: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo». Como dice este pasaje claramente, el bautismo que Jesús recibió en este mundo es la Verdad que ha borrado todos los pecados de nuestros corazones. Al ser bautizado por Juan el Bautista en este mundo, Jesús cargó con todos nuestros pecados para siempre y los borró, y por eso todos los que creemos en esta Verdad tenemos corazones limpios para siempre. Gracias a que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, pudo aceptar todos los pecados del mundo para siempre, y así es como todos nuestros pecados fueron transferidos al cuerpo de Jesús, y por eso podemos recibir la remisión de los pecados al creer en Jesús como nuestro Salvador. Pero si Jesús no hubiese sido bautizado por Juan el Bautista, seríamos pecadores a pesar de creer en Jesús. A no ser que tuviésemos fe en el bautismo de Jesús, no le podríamos haber pasado todos nuestros pecados. Todavía seríamos pecadores sucios por mucho que creyésemos en Jesús como nuestro Salvador.
 
 
El Señor nos enseñó a evitar la muerte al borrar todos nuestros pecados con Su bautismo y Su sangre derramada en la Cruz
 
Pasemos al Antiguo Testamento y veamos cómo se borraban los pecados con agua. Está escrito en Éxodo 30, 17-21: «Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies. Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová, se lavarán las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones».
Como dice el pasaje anterior, dentro del patio del Tabernáculo había una fuente de bronce. Esta fuente estaba diseñada para contener agua. La fuente de bronce estaba situada en medio del patio del Tabernáculo. Saben qué les hubiera ocurrido a los sacerdotes del Tabernáculo si esta fuente hubiese desaparecido alguna vez, o si no hubiese agua en ella, aunque todo lo demás estuviese en su sitio, desde el animal del sacrificio hasta la imposición de manos y el altar de los holocaustos.
Consideremos esta pregunta con detenimiento. En el Antiguo Testamento todo pecador tenía que ofrecer un sacrificio a Dios a diario. Cuando el pecador ponía las manos sobre ese animal, los sacerdotes del Antiguo Testamento tenían que matar al animal, sacarle la sangre, cortar la carne en pedazos, y quemarla para ofrecérsela a Dios. Así que le quitaban la piel al animal, le quitaban la grasa, sacaban todas las partes sucias y las arrojaban fuera del campamento para quemarlas. Los sacerdotes hacían este trabajo todo el día, así que deben imaginar cuánta sangre les salpicaba y lo sucios que debían estar al final del día. Si el Tabernáculo no hubiese tenido agua en la fuente de bronce, habría sido imposible que los sacerdotes se lavaran. Mientras que la gente corriente se lavaba fuera del patio del Tabernáculo, los sacerdotes tenían que lavarse dentro, así que si no hubiera habido una fuente con agua dentro del patio, hay que concluir que los sacerdotes habrían estado sucios.
Por eso Dios preparó la fuente de agua para los sacerdotes, para que pudiesen presentarse ante Él limpios. Los sacerdotes trabajaban en el Tabernáculo en nombre de la gente de Israel, y mataban y sacrificaban animales a Dios (el Sumo Sacerdote imponía la manos sobre el animal el Día de la Expiación), y cuando los sacerdotes querían entrar en el Tabernáculo tenían que lavarse las manos y los pies en la fuente de bronce. Tenían que limpiarse las manos y los pies de toda impureza para presentarse ante Dios limpios y así evitar la muerte.
Dios no puede aceptar a ningún pecador sucio como hijo Suyo. No tuvo otro remedio que condenar a los que tuvieran pecados. Por eso Dios es santo y puro. Por tanto, incluso los sacerdotes no podían ni abrir la puerta del Tabernáculo y entrar dentro si tenían sangre y suciedad de los animales sacrificados en sus cuerpos. Por eso Dios ordenó que cuando los sacerdotes quisieran entrar en la presencia de Dios después de sacrificar animales, debían lavarse antes con el agua que había en la fuente de bronce.
¿Qué le ocurriría a este mundo si Dios no hiciese llover sobre él? Piensen por un momento. Sin lluvia el mundo entero se convertiría en un vertedero gigante. Si Dios no hiciese llover desde el cielo este mundo se podriría. La naturaleza perecería, y la belleza de este planeta desaparecería. Por eso Dios ejerce Su poder soberano sobre el tiempo, y permite que haya tormentas y que llueva para purificar el aire, limpiar la suciedad de la superficie de la tierra, y seguir proporcionando agua para beber y vivir.
 
 
Del mismo modo en que nadie puede vivir sin agua, ningún pecador puede borrar sus pecados sin el bautismo de Jesús
 
Nosotros creemos en el amor de Dios manifestado en el Evangelio del agua y el Espíritu. También creemos en la justicia de Su Hijo Jesucristo. ¿Qué hizo Jesús por nosotros cuando vino a este mundo? Dios Padre envió a Su Hijo al mundo encarnado en un hombre, pero ¿qué hizo Jesús exactamente? La primera obra de salvación que Jesús hizo en este mundo fue ser bautizado por Juan el Bautista (Mateo 3, 13-17). Para recibir este bautismo y aceptar todos los pecados del mundo, Jesús entró en el río Jordán hace 2000 años. El significado del bautismo de Jesús es el mismo que el de la imposición de manos en el Antiguo Testamento, es decir, del mismo modo en que el macho cabrío en el Antiguo Testamento aceptaba todos los pecados anuales de los israelitas cuando el Sumo Sacerdote imponía las manos sobre su cabeza, Jesús aceptó todos los pecados del mundo cuando Juan el Bautista le puso las manos sobre la cabeza. Entonces Jesús fue sumergido completamente en el agua y espiritualmente hablando esto implica Su muerte en la Cruz.
¿Cómo podrían vivir si no hubiese agua en este mundo? Piensen por un momento. Como dicen creer en Jesús, ¿pueden nuestros pecados ser borrados a no ser que tengamos fe en Su bautismo? Por supuesto que no. Jesús cargó con nuestros pecados a través de Su bautismo, y por tanto, a no ser que creamos en este bautismo de todo corazón, no podemos acercarnos al Dios santo, porque seguiremos siendo pecadores. Después de todo, ¿cómo puede llamar Dios sucio a un hijo Suyo? Dios nunca hace hijos Suyos a los que están sucios. De hecho Dios ha hecho hijos Suyos solo a los que creen que el Señor ha borrado todos sus pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu. Esta no es una mera doctrina de moda hoy en día.
Era absolutamente indispensable que Dios Padre enviase a Juan el Bautista y a Jesús a este mundo; ninguno de los dos podía haberse suprimido. Del mismo modo en que toda criatura viviente en este mundo solo puede sobrevivir si tiene agua, y todo se limpia si hay agua, nuestro Señor fue bautizado por Juan el Bautista, murió en la Cruz y resucitó para limpiar todos nuestros pecados. El Evangelio del agua y el Espíritu es absolutamente indispensable para la remisión de nuestros pecados y nuestra salvación.
Nuestro Señor nos ha salvado al limpiar toda la suciedad de nuestros pecados con el agua y el Espíritu. Dicho de otra manera, nuestro Señor ha borrado todos nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista y cargar con todos ellos. El Espíritu Santo descendió de los cielos como una paloma cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, y esto demuestra que nuestra salvación se cumplió con la obra de Dios Padre, Jesucristo y el Espíritu Santo. El bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista constituye un elemento indispensable del hermoso Evangelio que proclama que nuestro Señor cargó con todos nuestros pecados para salvarnos de ellos. El castigo que Jesús recibió en la Cruz es la condena que tuvo que cumplir para pagar el precio de los pecados de la humanidad.
El bautismo que Jesús recibió en nuestro lugar y la sangre que derramó para pagar el precio de nuestros pecados por nosotros son la materialización del amor altruista de Dios. Aunque Él nunca cometió ningún pecado ni hizo nada para merecerse cualquier castigo, se convirtió en un Hombre para salvarnos de todos los pecados del mundo, y al aceptar todos estos pecados, fue maltratado por los soldados romanos, despreciado y ejecutado en nuestro lugar por nuestros pecados, y resucitado de entre los muertos. Así, a través de Sus 33 años de vida en la tierra, Jesús cumplió nuestra salvación perfectamente para librarnos de todos nuestros pecados.
Después de haberse convertido en Hombre, ¿qué hizo Jesús para borrar nuestros pecados? Fue bautizado por Juan el Bautista para dejarnos sin pecados. Para hacernos hijos de Dios y gente justa Jesús fue bautizado y derramó Su sangre cuando vino al mundo. Al ser bautizado por Juan el Bautista Jesús nos ha dejado sin pecados. Nos ha dejado sin pecado a los que creemos en Su bautismo y en Su sangre derramada en la Cruz.
Morir en la Cruz no es la única cosa que Jesucristo hizo por nuestra salvación. Antes de Su sufrimiento en la Cruz, cargó con todos nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista. Por eso nuestro Señor dijo que si no nacemos de nuevo por el agua y el Espíritu, no podremos entrar en el Reino de Dios ni verlo (Juan 3, 5). Jesús fue bautizado por Juan el Bautista para borrar nuestros pecados.
Es absolutamente indispensable que todos los seres humanos reciban la remisión de los pecados de Dios; y para que Dios nos dé esta remisión de los pecados a toda la humanidad era absolutamente necesario que Jesús fuese bautizado por Juan el Bautista y crucificado en la Cruz. La única manera de que los seres humanos sean librados del castigo por sus pecados es creer en el bautismo que Jesús recibió de Juan el Bautista y la valiosa sangre que derramó en la Cruz.
El Apóstol Pablo dijo que el precio del pecado es la muerte (Romanos 6, 23). Como todos éramos pecadores desde el día en que nacimos, teníamos que pagar el precio de nuestros pecados con nuestras propias vidas. Por tanto, para salvarnos de esta muerte certera y darnos una vida nueva, Jesús cargó con los pecados de la raza humana en Su cuerpo a través de Su bautismo, y entregó Su vida por nosotros al derramar Su sangre en la Cruz. En resumen, Jesucristo nos ha salvado de todos nuestros pecados al redimirnos con Su sangre y Su vida.
 
 
Jesús hizo estas cosas por nosotros porque es nuestro Salvador
 
La madre de la que les he hablado no tuvo otro remedio que entregar a su hija en adopción para salvarla de la pobreza. De la misma manera nosotros no tuvimos otro remedio que separarnos de Dios porque habíamos caído en la tentación de Satanás y habíamos pecado contra Dios. Por culpa de nuestros pecados, era inevitable separarnos de Dios. Sin embargo, nuestro Señor no nos dejó solos, sino que vino el mundo para salvarnos. Dios Padre envió a Su único Hijo al mundo, le hizo ser bautizado para aceptar todos los pecados del mundo, y con el agua del bautismo de Su Hijo, limpió a todos los pecadores. En otras palabras, Dios nos ha restaurado a los pecadores para ser hijos Suyos a través del Evangelio del agua y el Espíritu.
El agua no tiene precio. Sin agua nadie puede sobrevivir. Del mismo modo en que el agua es indispensable para nuestras vidas físicas, el bautismo de Jesucristo también es indispensable para todo nacido de nuevo. Deben darse cuenta de que, aunque hayan nacido de nuevo, deben seguir creyendo en el bautismo de Jesucristo, o de lo contrario volverán a ensuciarse y separarse de Dios.
Aunque todos estábamos destinados a morir por nuestros pecados, Jesucristo vino al mundo como nuestro Salvador y ha salvado a los pecadores como nosotros a través del agua de Su bautismo y la sangre derramada en la Cruz. Por eso no hay nada que debamos hacer por nuestra cuenta para alcanzar nuestra salvación. Todo lo que tenemos que hacer es creer en la obra de salvación que Jesús hizo en este mundo para librar a todos los pecadores. Al ser bautizado y morir en la Cruz en nuestro lugar, Jesús fue resucitado de entre los muertos. De hecho Jesucristo está sentado a la derecha de Dios Padre y nos está ofreciendo el don de la salvación a los que creemos en Él y aceptamos el Evangelio del agua y el Espíritu en el corazón. Así el Señor nos ha ofrecido el don de la remisión de los pecados a los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu.
El Evangelio del agua y el Espíritu proclama que Jesús cargó con todos los pecados de los seres humanos al ser bautizado en este mundo, y no hay palabras suficientes para expresar lo agradecido que estoy porque Jesús nos ha dado este verdadero Evangelio. ¿Y ustedes? ¿Creen en el bautismo de Jesús mediante el que cargó con todos los pecados de sus vidas? Jesús es su Salvador y por eso hizo esto por ustedes.
El reportaje del que les he hablado me conmovió tanto que casi lloré. Hay un proverbio inglés que dice que la sangre es más espesa que el agua, y significa que la familia es el vínculo más fuerte que hay. Pero el amor de salvación que Jesús nos ha dado al salvarnos mediante Su bautismo y Su sangre es más fuerte que cualquier vínculo familiar. Aunque no teníamos más remedio que ser separados de Dios en el pasado, como Dios nos ha dado la mayor salvación en este mundo, ahora hemos sido reconciliados con Dios.
Jesús ha borrado todos nuestros pecados al ser bautizado voluntariamente, y ha derribado el muro de separación entre Dios y nosotros al ser crucificado y condenado por nuestros pecados en nuestro lugar. Por tanto, todos los que creen en esta Verdad han sido restaurados en su relación con Dios como hijos Suyos. Gracias al Evangelio del agua y la sangre de Jesús, la relación del hombre con Dios ha sido restaurada. Nuestro Señor nos ha restaurado a nuestra condición original, cuando caminábamos con Dios en el Jardín del Edén como criaturas hechas a Su imagen.
De hecho, aunque el amor entre un padre y un hijo es grande, el amor de nuestro Dios por nosotros es mucho mayor, ni siquiera puede compararse. Aunque una madre puede llegar a morir por su hijo, no puede salvar al hijo de todos sus pecados. Por el contrario Dios, nuestro Creador, nos ha salvado mediante la imposición de manos al entregar Su vida por nosotros. Como el Señor nos ha salvado de esta manera, hemos nacido de nuevo gracias al Evangelio del agua y el Espíritu. Dios es amor, y es nuestro Salvador. El bautismo de Jesús es absolutamente importante para toda la raza humana.
Sin agua no podemos sobrevivir en este mundo. El bautismo de Jesús y Su muerte en la Cruz son igual de indispensables para nuestra salvación; ya que si Jesús no hubiese sido bautizado, no podríamos estar sin pecados aunque hubiese muerto en la Cruz. Pero afortunadamente Jesús fue bautizado por nosotros. Así que, aunque todos tenemos muchos errores, como creemos en el agua de Jesucristo y Su sangre derramada en la Cruz, podemos acercarnos a Dios para orarle y alabarle. Aunque nuestra carne está llena de fallos, nuestros corazones están completamente limpios ahora, y por tanto podemos alabar a Dios y adorarle como hijos Suyos. Todo esto es posible porque nuestro Señor nos ha salvado perfectamente a través de Su agua y sangre.
Sin embargo hay muchos cristianos en este mundo que creen solamente en la sangre de Jesús. Estos cristianos confusos piensan que no serán condenados si creen solamente en la sangre de Jesús. Pero si una persona cree solo en la sangre de Jesús, esto significa que los pecados de esta persona siguen intactos en su corazón. Del mismo modo en que el mundo estaría sucio sin agua, nuestros pecados seguirían intactos en nuestros corazones si Jesús no hubiese sido bautizado. Nuestros corazones están sin pecados solo si creemos tanto en el bautismo de Jesús como en Su sangre derramada en la Cruz. Si no creemos en ambos elementos de salvación, nuestros corazones seguirán teniendo pecados aunque creamos en Jesús fervientemente.
¿Y qué hay de ustedes? ¿También creen que Jesús fue bautizado por ustedes? ¿Creen en el Evangelio del agua y el Espíritu que proclama que Jesús fue bautizado para borrar nuestros pecados? ¿Creen que están sin pecados al confiar en el bautismo de Jesús y Su sangre derramada en la Cruz y que han sido salvados completamente del castigo por sus pecados?
De hecho nuestra salvación no se ha alcanzado por nuestras propias obras, sino que se alcanzó al creer en el bautismo de Jesús y Su sangre derramada en la Cruz, y por esta fe hemos podido encontrar a Dios y convertirnos en hijos Suyos.
 
¡Le doy todas las gracias a Dios!