The New Life Mission

Sermones

Tema 18: Génesis

[Capítulo 3-19] < Génesis 3, 1-24 > ¿Es la verdadera remisión de los pecados algo así?

< Génesis 3, 1-24 >
«Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí. Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás. Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes. Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió. Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida».
 
 
Como sabemos bien, el capítulo 3 de Génesis nos dice que Satanás, el Diablo, engañó a Adán y Eva para que comiesen del árbol del conocimiento del bien y del mal, y como resultado todos los seres humanos murieron. Al comer del árbol del conocimiento del bien y del mal sus ojos se abrieron y se dieron cuenta de que estaban desnudos, y por eso se hicieron vestiduras hechas de hojas de higuera. Cuando Adán y Eva llevaron las vestiduras de hojas de higuera entre los árboles del Jardín por vergüenza, Jehová Dios les hizo túnicas de piel y los vistió (Génesis 3, 21). 
En el pasaje de hoy, hay dos tipos de vestiduras que tienen una interpretación espiritual. Las primeras vestiduras están hechas de hojas de higuera. Adán y Eva conocieron la noción de la vergüenza después de comer del fruto que Dios les había dicho que no debían comer, y se hicieron vestiduras de hojas de parra y se escondieron entre los árboles. Adán y Eva no tenían que llevar ropa desde el principio. Por la voluntad de Dios la mujer fue creada de la costilla del hombre, y también por la voluntad de Dios el hombre fue creado como un ser vivo cuando Dios le dio el aliento de la vida en su nariz y por eso, Adán y Eva se dieron cuenta de que estaban desnudos después de haber comido del fruto prohibido por Dios. 
 
 
“Porque lo que no es de la fe es pecado” (Romanos 14, 23)
 
Pecar es no tener fe en la Palabra escrita de Dios. Especialmente no creer en la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu es un gran pecado. Dios les dio a Adán y Eva todos los frutos que estaban en el Jardín del Edén, pero les dijo que no comiesen del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal para que no muriesen. Sin embargo, Adán y Eva no creyeron en la Palabra de Dios y comieron de ese fruto engañados por Satanás, el Diablo. Comieron el fruto porque no creyeron en la Palabra de Dios y al final, como no creyeron en la Palabra de Dios, el pecado entró en el mundo y la muerte a través del pecado (Romanos 5, 12). El pecado entró en el mundo porque tuvieron su propio criterio del bien y del mal. 
La gente se convierte en pecadora por no creer en la Palabra de Dios, y como Adán y Eva no creyeron en la Palabra de Dios, comieron del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal y se convirtieron en pecadores. Después de convertirse en pecadores, sus ojos carnales se abrieron y pudieron ver las cosas de la carne. ¿Acaso no significa esto que sus ojos de la carne estaban cerrados antes de eso? No, eso no es lo que pasó. Lo que esto significa es que llegaron a tener su criterio de la carne en vez de los criterios de Dios. Esto significa que los criterios humanísticos abundaron en ellos. Como resultado, se avergonzaron por no creer en la Palabra de Dios. 
¿Es normal que los seres humanos lleven ropa? Aunque Dios no les enseñó eso, después de haber pecado, se avergonzaron. Empezaron a llevar ropas hechas con hojas de higuera. Estas vestiduras de hojas de higuera fueron la primera moda de los seres humanos. Adán y Eva llevaron vestiduras hechas con hojas de higuera. Pero se marchitaron enseguida. Esto significa que la gente no puede recibir la remisión de los pecados por hacer buenas obras, es decir por cumplir la Ley de Dios. 
Así que Dios buscó a Adán y Eva diciendo: “Adán, ¿dónde estás, Adán?”. Adán contestó: “Estaba avergonzado porque estaba desnudo y me escondí”. Dios ya sabía lo que había pasado. “Adán y Eva, habéis comido del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal del que os he dicho que no comieseis. No habéis creído en Mi Palabra. Así que, ¿quién os ha dicho que estáis desnudos?”. “Nadie me lo ha dicho. Pero la mujer que me diste me dio de comer del fruto de ese árbol. Así que me lo comí. Entonces me di cuenta de que estaba desnudo y me avergoncé”. Dios le preguntó a la mujer: “¿Qué has hecho?”. La mujer le preguntó: “La serpiente me dijo que comiese y yo comí”. Dios le dijo a la serpiente: “Has hecho a Adán y Eva, a quienes amo, que hagan eso. Por eso estás maldita entre todos los animales y más que cualquier bestia del campo; reptarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida” (Génesis 3, 14). Al ver esto pienso que la serpiente no reptaba sobre su vientre desde el principio. Podemos ver que Dios maldijo a los que cometieron pecados. 
Entonces Dios dio la Palabra de la salvación a toda la humanidad. El pasaje de las Escrituras en Génesis 3, 15 es la primera alianza de la salvación que Dios le dio a la humanidad. Dios le dijo a la serpiente: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (Génesis 3, 15). Dios puso enemistad entre la humanidad y la serpiente. 
Cuando Adán y Eva se convirtieron en pecadores al caer en la decepción de Satanás por no creer en la Palabra de Dios, Dios le había dicho a la serpiente que la Semilla de la mujer heriría su cabeza. Dios dijo: “Jesús vendrá a este mundo encarnado en un hombre y herirá la cabeza de Satanás, el Diablo”. Esta es la promesa de que Jesús vendría como un Cordero de sacrificio y por el Evangelio del agua y el Espíritu para borrar todos los pecados incitados por la serpiente. 
Y Dios dijo que su simiente heriría Su calcañar. Esto significa que Satanás, el Diablo, mataría a Jesucristo en este mundo. Pero Jesús eliminaría todos los pecados de la gente mediante el bautismo que recibiría en Su cuerpo a través de Juan el Bautista y la sangre que derramaría en la Cruz. Esta es la primera Palabra del Evangelio. 
En el capítulo 3 del Génesis se mencionan dos tipos de vestiduras: las vestiduras hechas con hojas de higuera y las túnicas de piel que Dios les hizo con la piel de un animal que mató. Aquí podemos ver cómo Dios nos ha salvado de los pecados y podemos ver la promesa de Dios de cómo nos salvaría de los pecados. 
En primer lugar, Dios nos dice que no debemos hacernos vestiduras de hojas de higuera. Lo que esto significa es que la gente no puede recibir la salvación al intentar vivir cumpliendo la Ley de Dios. Cuando una persona lleva vestiduras de hojas de higuera, ¿acaso no se empiezan a deformar cuando les da el sol? Sí, se deforman y se desgastan. La gente intenta cubrir su busto y sus caderas debajo de estas vestiduras, pero cuando se secan se caen a trozos. Cuando se rompen, las caderas quedan expuestas completamente. Después de que Adán y Eva pecasen entendieron la vergüenza. En cuanto a la mujer, podría decir: “Vaya, se me ve todo”. Adán no pudo seguir mirando, hizo vestiduras de hojas de higuera y vistió a la mujer, y también hizo lo mismo para sí mismo. Pero esas vestiduras se secaron y se rompieron en menos de dos días. Esto significa que sus pecados no habían sido redimidos. 
Esto implica que los pecadores están intentando cubrir sus pecados con sus obras de la ley. Sin embargo, esto es imposible ante Dios, como está escrito: «Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Romanos 3, 19-29). También está escrito: «Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas» (Gálatas 3, 10). Por tanto, los que intentan estar limpios ofreciendo oraciones de penitencia a diario bajo la Ley y vivir según la Ley son los que están bajo la maldición de Dios que se han ganado por su cuenta. 
¿Puede una persona estar sin pecados cumpliendo la Ley? ¿Puede un ser humano cumplir la Ley? ¿Nos dio Dios la Ley para que viviésemos por ella? La Biblia dice en el Libro de Santiago que quien cumpla toda la Ley pero tropiece en un solo estatuto de la Ley, será culpable de todo. La Biblia dice que la Ley se le dio a la gente para que reconociese sus pecados. En otras palabras, Dios no nos dio la Ley para que viviésemos por ella. 
Cuando Dios le dio la Ley a Moisés, le dio después el sistema de sacrificios del Tabernáculo. Dios le dio al pueblo de Israel la Ley, pero la gente, sin saber nada, dijo que viviría por ella. Sin embargo, Dios sabía que no podrían cumplir la Ley y que pecarían, así que les mostró el verdadero camino para recibir la remisión de los pecados a través del sistema de sacrificios del Tabernáculo. Y por eso, cuando la gente de Israel cometía un pecado, iba al Tabernáculo con sus sacrificios de ofrendas de animales. Entonces, según el sistema de sacrificios del Tabernáculo, tenían que poner las manos sobre la cabeza del cabrito o la oveja y pasarle sus pecados. Y entonces, los sacerdotes del Tabernáculo tomaban la sangre y la ponían en los cuernos del altar de los holocaustos. Y tenían que cortar toda la carne a trozos, desechando las partes como la cabeza, las patas y los intestinos fuera y quemándolas. Este era un sacrificio de fe, la fe que dice: “Aunque tendría que morir como este animal ante Dios, me ha preparado un sacrificio para que yo pueda vivir”. 
Dios también estableció el Día de la Expiación para Su pueblo. Era para eliminar los pecados que los israelitas habían cometido durante todo el año y el Sumo Sacerdote ofrecía el sacrificio. En ese día, el décimo día del séptimo mes, el Sumo Sacerdote, el representante de todo Israel, tenía que pasar todos los pecados de ese año al chivo expiatorio mediante la imposición de manos y dejarlo suelto en el desierto para que muriese y así los israelitas pudieran recibir la remisión de los pecados. Este era un sacrificio que profetizaría el sacrificio de Jesucristo, que se convertiría en el Cordero de Dios. 
El Rey David se acostó con la mujer de Urías, mientras Urías estaba luchando en la guerra por su rey. Y así el vientre de la mujer empezó a hincharse y envió a Urías al frente de guerra más violento para que muriese allí. Entonces, Dios señaló el pecado de David a través de Su siervo. Este siervo de Dios señaló los pecados del rey de manera muy astuta diciendo: “Hace mucho tiempo, en la nación de Israel, había un hombre pobre que solo tenía un cordero. Y ese cordero lo era todo para él. Pero también había otro hombre, y este hombre era rico. Cuando un viajero fue a ver al hombre rico, este cogió el cordero del hombre pobre y se lo cocinó al viajero. Su majestad, entre su pueblo hay alguien así”. David se enojó mucho al escuchar esta historia y dijo: “¡Qué hombre más malvado! Es rico, así que debería haberle dado uno de sus corderos. No puedo creer que haya alguien así entre mi pueblo. Voy a ejecutar a esa persona de inmediato”. En ese momento el profeta dijo: “Tú eres ese hombre. Tienes muchas concubinas, pero has tomado la única mujer de tu soldado, y para encubrirlo, lo has matado”. 
Después de cometer ese pecado, David reconoció sus pecados ante Dios diciendo: “Y soy este hombre”. Entonces, Dios le dijo: “Tu pecado ya ha sido eliminado”. Si leemos el Libro de Salmos, está escrito que David se arrepintió hasta que llenó de lágrimas su cama. Había cometido adulterio. Sin embargo, no solo tomó a la mujer ante Dios. Además de tomar a la mujer, mató a su marido mintiéndole. Pero todo no acaba aquí, sino que estaba tan enamorado de la mujer que incluso adoró a otro dios por ella. 
Y así incumplió el primer mandamiento. También incumplió el sexto mandamiento que dice que no se debe matar. La Biblia dice: “No darás falso testimonio contra tu prójimo”, pero David incumplió ese mandamiento también. La verdad es que incumplió los diez mandamientos. Y David dijo: «Porque yo reconozco mis rebeliones,
Y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti solo he pecado,
Y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Para que seas reconocido justo en tu palabra,
Y tenido por puro en tu juicio.
He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría» (Salmo 51, 3-6). Confesó: “Como soy esta simiente, sigo haciendo estas cosas”. David se entregó a Dios con toda sinceridad. Dios salvó a David. David sabía que una persona no puede ser justa por la Ley. Solo pudo decir: “Por favor, perdona mis pecados”, pero reconoció que era pecador. Dios amaba a David y le conocía por dentro. David había recibido la remisión de los pecados por tener fe. 
Y por eso el capítulo 3 del Libro de Génesis habla de dos tipos de vestiduras. Pero Adán y Eva, con sus vestiduras hechas de la Ley, se escondieron por vergüenza. Una persona no puede ser perfecta por la Ley. Una persona no puede estar sin pecados viviendo según la Ley. 
La misma verdad se menciona de nuevo en el capítulo 4 de Génesis. Adán compartió cama con Eva, y ella concibió un hijo. Entonces, dio a luz a Caín y Abel. «Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante» (Génesis 4, 3-5).
Caín y Abel llevaron ante Dios sus sacrificios respectivos: Caín llevó un sacrificio del fruto de la tierra; pero Abel llevó al primogénito del rebaño y su gordura. Había dos tipos de sacrificios. De la misma manera en que había dos tipos de vestiduras, las hechas con hojas de higuera y las túnicas de piel, hay dos tipos de sacrificios: uno es un sacrificio del fruto de la tierra y el otro es un sacrificio hecho con el primogénito del rebaño y su gordura. Entonces, Dios no respetó a Caín ni su ofrenda, pero sí que aceptó a Abel y su sacrifico con gozo. 
¿Cuál es el fruto de la tierra? Literalmente, es el fruto recogido de la tierra. Incluye manzanas, patatas, maíz, trigo, arroz y otras cosas similares. Pero Abel llevó al primogénito de su rebaño y su gordura. ¿Cuál es la diferencia? Hace poco tiempo había dos tipos de vestiduras. Pero aquí hay dos tipos de ofrendas: el fruto de la tierra y el primogénito del rebaño y su gordura. ¿Qué diferencia hay? Si dibujase una línea empezando en el fruto de la tierra, se conectaría con las vestiduras de hojas de higuera. Y la línea que empezaría en las túnicas de piel se conectaría con los sacrificios del primogénito de su rebaño y su gordura. 
¿Qué significan estas dos cosas? El fruto de la tierra no tiene nada que ver con la sangre. Era solo una ofrenda ofrecida con el sudor, esfuerzo y sinceridad humanos. El otro sacrificio, el de Abel, era el del primogénito de su rebaño. Era un sacrificio con sangre. En el Libro de Hebreos, capítulo 9, versículo 22, se dice que sin derramamiento de sangre no hay remisión. Por tanto, la diferencia entre los dos sacrificios es que uno tenía sangre y el otro no. Hay dos tipos de fe: la fe legalista que cree que uno puede conmover a Dios con sus propios esfuerzos y oraciones de penitencia mientras cumple la Ley, y la fe pura que cree en el hecho de que el Señor salvase a todos los seres humanos al venir a este mundo, ser bautizado y derramar la sangre. Entonces, ¿cuál acepta Dios? Dios acepta el segundo tipo de fe porque Dios es el Dios de la justicia. 
 
 
Entonces, ¿quién es el primogénito del rebaño?
 
Es Jesucristo. ¿Qué hizo Jesucristo cuando vino al mundo? Debemos leer empezando en el Evangelio de Mateo, capítulo 3, versículo 13: «Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3, 13-17)
Jesús nació en este mundo por el cuerpo de María para salvar a la gente de sus pecados. Entonces, a la edad de treinta años, recibió el bautismo de Juan el Bautista. Juan el Bautista era el más grande de todos los nacidos de mujeres (Mateo 11, 11). Era el representante de toda la humanidad. En el Libro de Malaquías, Dios dijo que enviaría a Elías. Y este Juan el Bautista era precisamente el siervo de Dios enviado por Dios como se especificó en el Antiguo Testamento. Aunque no era en realidad Elías, tenía el mismo espíritu que Elías, y era el siervo de Dios que llevó a cabo todas las tareas de un mediador al lado de Dios con el corazón de un sacerdote. 
Juan el Bautista fue enviado seis meses antes que Jesucristo, y cuando este fue a verle cuando estaba bautizando a la gente, le dijo que le bautizase. Juan el Bautista preguntó: “¿Cómo puedo bautizarte a Ti?”. Jesús contestó: “Permíteme hacer ahora. Tienes que pasarme los pecados. Como los pecados de los israelitas en el Antiguo Testamento eran pasados al chivo expiatorio cuando el Sumo Sacerdote realizaba la imposición de manos el décimo día del séptimo mes y pasaba los pecados, tú ahora debes pasarme todos los pecados de la humanidad. Así que bautízame”. 
Jesús le ordenó con autoridad a Juan el Bautista: «Permíteme hacer ahora, pues conviene así que cumplamos toda justicia». La palabra “así” significa que Jesús tomaría todos los pecados de la humanidad al recibir el bautismo de Juan el Bautista. Significa que Jesús no podría tomar todos los pecados si no fuese mediante el bautismo. Y “así” significa de la manera más adecuada, de esta manera y no es posible de otra manera. 
Jesús vino a este mundo para borrar todos los pecados de Su pueblo. El sistema de sacrificios del Antiguo Testamento dice que los pecados son pasados al animal del sacrificio mediante la imposición de manos y por eso Jesús tuvo que tomar los pecados mediante el bautismo que recibió mediante la imposición de manos. Y por eso, Jesús tuvo que recibir el bautismo de Juan el Bautista. Como no hay ninguna otra manera de tomar los pecados de la humanidad aparte del bautismo, Jesús obedeció el método que Dios estableció. Así se hizo. Jesucristo fue bautizado. 
Cuando Jesús fue bautizado, Dios Padre dijo: “Este es Mi Hijo amado. Es Mi Hijo, que ha tomado todos los pecados de la humanidad sobre Sí mismo al ser bautizado. Ha tomado todos los pecados de la humanidad al hacer Mi voluntad. Al hacer esto, ha cumplido toda la justicia”. La palabra toda justicia en griego es ‘πάσαν δικαιοσύνην’ (pasan dik-ah-yos-oo’-nayn), que significa el estado más puro sin defectos. Significa que Jesucristo, al venir a este mundo para salvarnos, ha borrado todos los pecados con justicia. Erradicó todos los pecados justamente en vez de quedarse de brazos cruzados diciendo: “Como he borrado todos vuestros pecados, debéis arrodillaros ante Mí. Creed en Mí”. Jesús recibió el bautismo al dejarse bautizar por Juan el Bautista y tomar todos los pecados de la humanidad a través de la imposición de manos de Juan el Bautista. Y al hacer esto, de manera justa, Jesús ha vencido al luchar justamente como los Tres Mosqueteros de Francia. 
Jesús nació en este mundo y hasta la edad de treinta años, Jesús vivió una vida privada. A la edad de treinta años apareció públicamente y al recibir el bautismo, tomó todos los pecados de este mundo. Entonces, al morir en la Cruz en nuestro lugar y resucitar de entre los muertos, nos salvó a todos. Hebreos 10, 10 declara: «En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre». Dios Padre nos dio a Su Hijo e hizo que ofreciese el eterno sacrificio con Su cuerpo. ¿Para qué fue el sacrificio ofrecido por el Hijo? Para limpiar los pecados de los seres humanos. Dios había vestido a Adán y Eva con túnicas de piel para salvarles porque habían pecado por no creer en la Palabra de Dios. 
¿Quién era el Primogénito del rebaño ofrecido como sacrificio por Abel? Jesucristo. Para cargar con nuestros pecados, Jesucristo recibió la transferencia de los pecados al recibir el bautismo. Entonces, cargó con los pecados del mundo, derramó Su sangre por nosotros hasta que murió en la Cruz, y fue resucitado. La verdad es que Él es el Hijo de Dios y el Creador de la humanidad, es decir el Dios verdadero. 
En el Antiguo Testamento se dice que Abel había ofrecido al primogénito de su rebaño y de su gordura como sacrificio. En el Nuevo Testamento, Jesucristo descendió a la tierra y tomó todos los pecados del mundo a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista. Y murió en nuestro lugar en la Cruz. Y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios Padre al haber resucitado de entre los muertos y ascendido al Reino de los Cielos. ¿Era Jesucristo un mero ser humano? No. Era el Dios de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios el Espíritu Santo. Dios Hijo como Espíritu descendió a este mundo como el Salvador, tomó todos nuestros pecados al ser bautizado y nos salvó al morir en nuestro lugar en la Cruz y resucitar de entre los muertos al tercer día. El que nos ha salvado es el Hijo de Dios Padre. Es el Hijo del Dios Todopoderoso. Es el Dios que nos ha salvado. Este Dios, nuestro Señor, nos ha salvado de los pecados y la destrucción cuando estábamos destinados a ser juzgados por Dios y recibir el castigo por nuestros pecados que habían entrado en nosotros por culpa de Satanás, el Diablo. 
Y así, el sacrificio que Dios acepta no es la fe de los que intentan recibir la salvación ante Dios al vivir por la Ley y ofrecer oraciones de penitencia, sino que Dios acepta a los que, a pesar de tener ningún mérito que ofrecer, creen que Jesucristo es quien ha salvado a la humanidad al cargar con todos los pecados del mundo a través de Su bautismo, al ir a la Cruz cargando con todos esos pecados, derramar la sangre en su lugar, recibir el juicio en su lugar, ser resucitado para darles una vida nueva, y ascender al Cielo. Volverá de nuevo para darnos el Cielo en Su tiempo. El que ha hecho todo esto es el Hijo de Dios Padre, que nos ha salvado por Su amor por nosotros. Y, Jesucristo nos había creado, y nos libró de todos los pecados, de Satanás el Diablo y de todos los enemigos y Su juicio. Esto significa que nos ha salvado. Y también está escrito: «El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo» (Colosenses 1, 13). Nuestro Señor nos ha salvado así y cuando creemos en esta salvación de corazón Dios ve esta fe y aprueba nuestra salvación. 
Dios no estaba complacido con las vestiduras hechas de hojas de higuera. Se dice que no hay nadie que pueda recibir la salvación a través de la Ley. 
Esta escrito: «Como está escrito: 
No hay justo, ni aun uno;
No hay quien entienda. 
No hay quien busque a Dios.
Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; 
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
Sepulcro abierto es su garganta; 
Con su lengua engañan.
Veneno de áspides hay debajo de sus labios» (Romanos 3, 10-13). 
La gente come durante toda su vida pero acaba muriendo. Siguen comiendo, preguntándose: “¿Estoy comiendo para vivir? ¿Estoy viviendo para comer? ¿Cuál es la razón de mi existencia? ¿Estoy viviendo por una buena causa? ¿Estoy viviendo para hacer bien?”. ¿Puede haber una persona justa? No, no hay ni una. La Biblia dice: “No hay ninguno justo, ni uno solo”. Dios dice: “Bueno, esto es lo que quiero decir. Entonces, ¿quién está viviendo por la Ley?”. No hay nadie, ni una sola persona justa. Solo hay personas que intentan recibir Su salvación. 
Ahora han pasado 2000 años desde que Dios envió a Su Hijo Jesucristo. ¿No es increíble? Al enviar a Jesucristo, Dios Padre nos ha salvado: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29). Al haber recibido el bautismo, Jesús cargó con todos los pecados del mundo antes de ser crucificado. Todos los pecados personales y el pecado original están incluidos en los pecados del mundo. ¿Cometemos pecados en algún sitio que no sea este mundo? Nuestro Señor tomó todos los pecados que habíamos cometido al vivir una vida maldita desde el momento en que nacemos hasta que cumplimos los diez años. Tomó todos nuestros pecados cometidos desde los once años hasta los veinte años, treinta años, cuarenta años, 50, 60, 70, 80, 90 y 100. Nuestro Señor ha salvado a todos los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu de los pecados al tomar todos los pecados que cometemos desde que nacemos hasta que morimos al ser bautizado. No podemos ser salvados de los pecados a través de nuestras obras de la Ley. No podemos vivir por la Ley de Dios. Los que están ocupados cumpliendo la Ley son los que desafían la justicia de Dios. Y son personas que reciben la maldición. Estas personas crean gran conmoción deseando recibir la maldición de Dios. 
Todos los días dicen: “¡Señor! Por favor, perdóname”. ¿Es posible el perdón a través del fruto de la tierra? ¿Acepta Dios a la gente por ofrecer oraciones de penitencia, derramando lágrimas por sus pecados, mostrando diligencia, ayunando, retorciéndose y causando conmoción? El sacrificio que Dios acepta con gozo es el primogénito del rebaño y su gordura. Dicho de otra manera, esta fe es la fe que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu. ¿Qué tipo de fe debemos tener ante Dios? Nuestra fe tiene que ser la misma fe que la de Abel. En otras palabras, debe ser la fe que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu. Debemos creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que aparece en la Palabra de Dios. 
Hay un proverbio que dice: “La sinceridad mueve el cielo” y la gente suele hacer hincapié en sus méritos. Pero, solo el Diablo se conmueve con esto. La gente también. Sin embargo, Dios ha establecido la Ley y dice: “Mataré a los que se levanten contra Mi Ley. Pero, como todos sois tan penosos, voy a enviar a Jesucristo, vuestro Salvador, antes de mataros. ¿Vais a creer en el Evangelio del agua y el Espíritu? ¿O no vais a creer en él? Si creéis en él, recibiréis la salvación de los pecados”. Si creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu, Dios nos da el don de convertirnos en Sus hijos. Si no creemos, nos abandona. Dios es misericordioso, pero también es justo. Pero, Dios quiere dar misericordia junto con Su justicia a los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. 
 
 
¿Cómo vivió su fe Caín ante Dios?
 
Se dice que se enojó mucho por lo que Dios había dicho y que su rostro decayó. Le salía humo de la nariz y se intentó defender: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”. Jehová le dijo a Caín: “¿Por qué estás enfadado? ¿Y por qué ha decaído tu rostro? Si haces bien, ¿acaso no podrás levantar la cabeza? Y si no haces bien, el pecado está a las puertas. Y su deseo es por ti, pero tú debes dominarlo. Si tienes la fe correcta y ofreces los sacrificios adecuados, ¿por qué no puedes levantar la cabeza?”. 
Al vestir a sus padres con túnicas de piel, Dios hizo que pudiesen vivir. Entonces, ¿es cierto que Adán y Eva les dijeron a sus hijos cómo recibir la misericordia de salvación de Dios? El hecho de que el hermano de Caín, Abel, había ofrecido al primogénito de su rebaño y su gordura significa que sus padres les habían hablado de esta fe. “Si cometéis pecados por vuestras debilidades, ofreced estos sacrificios ante Dios. Hace mucho tiempo cometimos un pecado porque hicimos lo que Dios nos dijo que no hiciésemos, pero nos vistió con túnicas de piel al matar a un animal para salvarnos de los pecados. Pero, como nos ama, nos hizo ofrecer un sacrificio en este mundo para salvarnos”. Y así Abel ofreció un sacrificio válido ante Dios. 
Sin embargo, Caín se aferró a sus propias ideas hasta el final. “Eso es absurdo. Si ofrezco un sacrificio con sinceridad, Dios estará impresionado y me salvará cambiando la forma de la salvación”. Así que recogió un montón de piñas, manzanas y patatas que había cultivado y le pidió a Dios que lo aceptara. Cerca de allí, Abel puso un pequeño cordero en una piedra pequeña y se lo ofreció a Dios cortándole la tripa, quitándole la sangre y la piel. 
Cuando Abel nació, solo lloró un poco, y por eso dudaron que fuera a sobrevivir. “Creo que deberíamos esperar un año para inscribirlo en el censo de la familia”. Abel, que significa literalmente “suspiro”, recibió ese nombre porque sus padres sintieron un vacío, como una niebla. Como Abel no tenía fuerza propia, no tenía ninguna habilidad, y por eso, cuando escuchó lo que sus padres habían dicho, ofreció un sacrificio ante Dios por fe. Entonces, la marca de que Dios había aceptado ese sacrificio apareció. Caín pensó durante algún tiempo y se enojó diciendo: “Si Dios lo sabe todo, debe saber todo lo que he trabajado comparado con mi hermano pequeño, ¿cómo puede hacerme esto?”. Cerró el puño y su hermano tembló de miedo. Dios le dijo a Caín: “Caín, si haces bien, ¿cómo es que no puedes levantar la cabeza y hablarme? ¿Acaso no te has enojado con la cabeza agachada porque hay algo malo en tu corazón? Si no haces bien el pecado está a las puertas de tu corazón. ¿Acaso no hay veneno malvado saliendo de tu corazón? Casi puedes matar a tu hermano”. Caín no lo confesó. Dios le regañó diciendo: “El deseo de asesinar está saliendo de tu corazón y entonces, ¿crees que puedes hacer lo que tienes en tu pensamiento? Debes creer en Dios y creer en la Palabra de Dios como tu hermano. Pero, ¿crees que puedes hacer lo que quieras?”. 
Parece que Caín amenazó a su hermano. “De ahora en adelante, cuando hagas un sacrificio, si yo traigo patatas, tú también traes patatas. Si yo traigo manzanas, tú traes manzanas. Hazlo así. ¿Me oyes?”. Pero después, cuando estaban los dos solos, Caín se levantó contra Abel y le mató. Cometió asesinato. Dios dijo: “Como he dicho, el pecado está a las puertas de tu corazón, porque eres un obrador de iniquidad. Eres un hombre loco que comete pecados como asesinato, adulterio, hurto, pensamientos malvados, orgullo e insensatez. Pero, ¿dices que eres justo?”. Caín no lo aceptaba. 
Cuando los dos estaban solos, Caín le dijo algo a Abel, pero Abel no le escuchó. Así que Caín dijo: “Por tu culpa Dios me ha regañado y no me ha dado amor. Además nuestros padres me odian. Maldito seas. Todo irá mejor si no estás aquí”. Mató a Abel de un golpe de piedra. Sin embargo, ¿se acabó ahí? No. 
Dios se apareció de nuevo ante Caín y preguntó: “¿Dónde está tu hermano?”. Caín dijo: “No lo sé. ¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”. Dios dijo: “¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me llama desde el suelo. Así que ahora estás maldito en la tierra, que ha abierto su boca para recibir la sangre de tu hermano. Cuando ares la tierra, ya no dará su fuerza para ti” (Génesis 4, 10-12). Caín contestó: “¿He nacido en este mundo para ser el guardián de mi hermano? ¿Por qué no lo buscas?”. Dios dijo: “La sangre de tu hermano me está llamando directamente: ‘Mi hermano me ha matado’”. 
Caín subestimó a Dios demasiado. Pensaba que Dios no lo averiguaría. No creyó en Dios. Caín era un insensato ignorante. No creyó en que hay un Dios invisible a los ojos de la carne y en que hay muchos mundos que son invisibles a los ojos. Dios señaló los pecados de Caín. “La sangre me llama desde el suelo. Has golpeado a tu hermano, lo has matado y lo has enterrado, ¿no es así? Y ahora esta bajo tierra, ¿no es así? Y dentro de tu corazón tienes el pecado del asesinato por haber matado a tu hermano, ¿no? Tienes el pecado de no creer en Mí, ¿no? Tienes el pecado de la desconfianza, ¿no? Tienes el pecado de adulterio, ¿no es así? Tienes el pecado del hurto, ¿no?”. Dios señaló los pecados de Caín. También señala los pecados de todo el mundo. Si una persona no cree, será una vagabunda. “Serás un vagabundo en la tierra. No podrás vivir en un solo lugar feliz y estarás maldito para siempre, siendo perseguido por todas partes”. 
Caín confesó a Dios: «Y dijo Caín a Jehová: Grande es mi castigo para ser soportado. He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará» (Génesis 4, 13-14). Y el SEÑOR le dijo: «Y le respondió Jehová: Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara» (Génesis 4, 15). 
Dios habla a todo el mundo; dice que somos una raza de obradores de iniquidad desde el nacimiento. Pero la gente no cree en la Palabra de Dios. No cree que naciera como una raza de obradores de iniquidad y no cree que sigan cometiendo pecados ante la gente. Piensan que están cometiendo solamente una pequeña cantidad de pecados y que si lo intentan no pecarán más. 
Por supuesto hay pocas personas cuyos pecados son expuestos ante Dios y otras personas. Sin conocer la Palabra de Dios siguen cometiendo pecados. Cuando se hacen mayores, se quedan atrapados en las leyes de este mundo por haber cometido demasiados pecados y van a la cárcel. Cuando sus pecados numerosos se exponen, se dan cuenta por primera vez que son una raza de obradores de iniquidad y lo reconocen ante Dios. Están atormentados por sus pecados y piensan que están sufriendo la destrucción de sus pecados. Y por eso, como sus pecados han quedado expuestos, hay algunas personas que reciben la salvación ante Dios al creer en Jesucristo. Pero todas ellas no reciben la salvación verdadera: pocas personas creen en la Verdad de que el Hijo de Dios les ha salvado por Su amor por ellas al venir a este mundo, recibir el bautismo, tomar todos los pecados del mundo y morir en la Cruz al ofrecer un sacrificio ante Dios. Hay personas que ofrecen su sacrificio de fe con el primogénito del rebaño y su gordura. Pero entonces, hay personas que no lo hacen. Hay personas que no creen hasta el final. 
Proverbios 28, 1 dice: «Huye el impío sin que nadie lo persiga; Mas el justo está confiado como un león». Los justos que no tienen pecados son muy valientes, pero los pecadores siempre están huyendo. Siguen viviendo con sus corazones llenos de temor, diciendo: “¿Qué haré con mis pecados?”. Si la gente no recibe la remisión de los pecados, no podrá escapar de la culpa porque el Dios invisible escribe los pecados en las tablas de sus corazones cuando cometen pecados. Por tanto, si la gente cree que Jesucristo nos ha salvado por el agua y la sangre y ha ofrecido la fe mediante el primogénito y su gordura, recibirá la salvación, pero si no cree, estará siempre escondida y huyendo porque sus pecados estarán intactos en sus corazones. Siempre tendrán miedo. A esas personas, es decir a todos los pecadores, Dios les ha dado la salvación. Quería que todo el mundo recibiese la salvación (1 Timoteo 2, 4). 
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3, 16). Dios quería que todo el mundo, sin que quedase nadie, se presentase ante Dios y viviese recibiendo la salvación de todos los pecados a través de la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu que nos dio Jesucristo. Dios juzga a la gente, no porque tenga pecados, sino porque no cree en el Evangelio del agua y el Espíritu que nos ha dado Jesucristo. Aunque hay muchas personas que creen en Jesucristo, hay un número más reducido de personas entre los cristianos que cree en el bautismo y la sangre de la Cruz, pero la mayoría de los cristianos no creen en eso. Los que no creen se separan de Dios al final. 
Dios juzga a los que juzgan y matan a la gente diciendo que han cometido pecados. No hay nadie más que Dios que pueda juzgar los pecados. Cuando Jesucristo fue bautizado, todos los pecados del mundo fueron pasados a Su cuerpo. Ha tomado los pecados por completo para siempre sin dejar los pecados de ninguna persona. No sabemos cuando se acabará este mundo, pero ha tomado todos los pecados hasta el final. Ha borrado todos los pecados de la gente que ha sido creada a imagen de Dios, empezando con Adán hasta el último bebé que nazca en el momento de la última trompeta. Toda la gente de este mundo no va al infierno por culpa de sus pecados y sus debilidades, sino que reciben el juicio por no tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu que Jesucristo nos ha dado. 
Está escrito: «Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Génesis 4, 15-16). 
Al final, Caín se alejó de Dios. Pero Dios le dio una marca de salvación a Caín para “que no le matasen si le encontraban” (Génesis 4, 15). Le dio la marca de la salvación a un pecador tan grande como Caín. Dios nos ha dado a toda la humanidad la marca de la salvación. La marca de salvación es el bautismo por el que Jesús ha tomado todos los pecados del mundo. El Hijo de Dios ha limpiado a toda la humanidad al recibir el bautismo de Juan el Bautista a los treinta años. Así que el Apóstol Pedro declaró: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo» (1 Pedro 3, 21). Queridos hermanos, ¿creen en esto?
Pero la gente de hoy en día no cree en esto, sino que toma hojas de higuera y se hace vestiduras cada tres días o cada semana. Y por eso, algunas personas se hacen vestiduras todas las mañanas. Siguen haciéndose vestiduras. Y por eso, ofrecen cubiertas como harapos ante Dios. “Querido Señor, he limpiado mis pequeños pecados con Tu sangre solamente. Así que he hecho otras vestiduras con oraciones de penitencia esta mañana. Querido Señor, mis vestiduras están bien, ¿no es así?”. Incluso ahora hay muchas personas como Caín que no creen. 
Dios nos ha dado la marca de la salvación, como está escrito: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo» (1 Pedro 3, 21). Los que tienen la convicción por fe en la Verdad de que el Señor nos ha salvado por el agua y la sangre pueden confesar su fe ante Dios diciendo: “Dios, me has salvado así. Creo así. Ahora puedo ser valiente ante Ti y tener una conciencia limpia y recta”. 
Nos ha dado la marca clara de la salvación. Jesucristo fue clavado a la Cruz y ha derramado la sangre por el juicio de los pecados. Ha muerto en nuestro lugar y ha entregado Su vida para darnos una vida nueva. Ha recibido el bautismo para borrar nuestros pecados completamente y borrar todos los pecados de la humanidad. 
 
 
Hay personas que tienen la fe verdadera
 
Hay pecadores cristianos que viven con su fe ofreciendo oraciones de penitencia. Por el contrario, hay personas justas que han recibido la salvación al tener fe en la Palabra de Dios y creer en Jesucristo que les ha salvado de la muerte, de las maldiciones y del juicio al venir al mundo, tomar todos los pecados del mundo mediante el bautismo y morir en nuestro lugar en la Cruz como su Salvador. 
Para poder alcanzar la santificación, los pecadores cristianos ofrecen oraciones de penitencia mediante las vestiduras de hojas de higuera o del fruto de la tierra. Son muy devotos ofreciendo oraciones por la mañana y ofrecen millones de dólares ante Dios que han tomado prestados avalándose los unos a los otros para construir capillas. Y por eso siguen construyendo capillas que cuestan millones de dólares. Hoy en día, una capilla de cuatro millones de dólares no es nada incluso en una ciudad pequeña como la nuestra. 100 o 200 mil dólares solo dan para alquilar una capilla. 
Cuando hay unos 100 miembros, diez mil dólares por persona son un millón de dólares para el pastor. Si se avalan los unos a los otros para ofrecer cada uno diez mil dólares a Dios, podrán construir una capilla de un millón de dólares en poco tiempo. Estos pastores estafadores dirían: “¿Creen que no podemos ofrecer diez mil dólares cada uno a Dios? Dios nos dijo que le diéramos gozo con un templo. Queridos hermanos, debemos avalarnos los unos a los otros. Una persona toma un préstamo de cincuenta mil dólares para un negocio, ¿pero creen que no puede permitirse avalar cien mil para Dios? Por supuesto, ¿creen que les engañará? Todo lo que tienen que hacer es abrir una cuenta de ahorros y pagar en plazos poco a poco. Así es como consiguen tesoros en el Reino de Dios. Queridos hermanos, ¿creen? Los que tomen prestados diez mil dólares que se pongan aquí, y los que tomen prestados cien mil que venga a este otro sitio”. 
Entonces, se les presiona para que prometan donaciones. Estos estafadores obligan a sus congregaciones a realizar una promesa de donación: “Si no cumplen con la donación Dios les maldecirá”. Así explotan el dinero de sus pobres ovejas. Hay muchos pastores estafadores que piensan que un millón de dólares no es nada. Con esta cantidad de personas reunidas allí, recoger medio millón de dólares es fácil. Se les obliga a ser avales los unos de los otros sin discreción. Con que 100 personas donen cincuenta mil dólares cada una, ¿cuánto dinero se recoge? ¿Pueden donar cincuenta mil dólares? Estoy seguro de que lo harán si es por la predicación del verdadero Evangelio. 
A mi no me gusta construir capillas en este mundo. Es casi hora de que vuelva el Señor, ¿para qué queremos construir una capilla? Con diez millones de dólares se puede llenar al mundo con el Evangelio, pero ¿cómo no pueden saber estas personas lo bueno que es predicar el Evangelio? Queridos hermanos, no estoy diciendo que deben hacer eso. Si Dios encontrase gozo en medio millón de dólares gastados, ¿no los gastaríamos? Todos los pecadores cristianos lo hacen. Los que empezaron su ministerio más tarde que yo en esta ciudad han construido iglesias de cuatro plantas en un terreno que tiene miles de pies cuadrados. ¿Cómo piensan que lo han hecho? Por supuesto la gente ha tenido que donar mucho dinero, pero la mayoría se ha tenido que avalar los unos a los otros para tomar préstamos en sus respectivos bancos. ¿De dónde creen que viene ese dinero? Y así se quedan sin dinero. Esta es la fe de hacerse vestiduras de hojas de higuera y es una fe en vano, vivir con fe diligentemente ante Dios es el fruto de la tierra. 
La fe en la que Dios encuentra gozo es la fe en lo siguiente: Como Dios nos ama, para salvarnos por el Evangelio del agua y el Espíritu, vino al mundo encarnado en un hombre y fue bautizado por nosotros para tomar los pecados del mundo. Tomó todos los pecados del mundo y murió en nuestro lugar en la Cruz. Así nos ha salvado por el poder de Dios para devolvernos a la vida. Y ahora está sentado a la derecha del Trono de Dios Padre. Queridos hermanos, ¿creen en esto?
Por el contrario, la fe que Dios detesta es la fe religiosa con la que la gente ofrece oraciones de penitencia y vive con virtud para alcanzar la santificación por su cuenta. Dios dice que es abominable y que es como limpiar las tumbas con cal. Esta no es la verdadera fe. ¿Cómo nos salvó el Señor? Jesús vino a este mundo y fue bautizado por Juan el Bautista. ¿Por qué recibió el bautismo? Recibió el bautismo para dejarnos sin pecados al tomar los pecados que hemos cometido y cometeremos durante toda nuestra vida. Para salvarnos de nuestros pecados, Jesús vino a este mundo hace 2.000 años, y por todos los que nacimos en este mundo y estamos destinados a ir al infierno después de la muerte, tomó todos los pecados al ser bautizado por Juan el Bautista a los treinta años. Y así Dios nos dio la salvación a los que creemos que el Señor ha tomado nuestros pecados y que nos ha dejado sin pecados. Hemos recibido la salvación al tener fe en Su obra justa. Y así, solo los que tenemos fe en Su Evangelio para recibir la salvación y los que no tienen fe no podrán entrar en el Cielo. 
Leamos juntos los versículos del 22 al 24 del capítulo 3 del Libro de Génesis: «Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida».
Cuando Dios juzgó a Adán y Eva cuando comieron del árbol del conocimiento del bien y del mal, dijo que el hombre se había convertido como el Dios Trinitario, conociendo el bien y el mal. Esto significa que conocieron el bien y el mal, como el Dios Trinitario, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto no es un complemento, significa que tuvieron su criterio del bien y del mal. En otras palabras, significa que llegan a juzgar y a desafiar a Dios según sus pensamientos. 
Dios les dio a Adán y Eva el árbol de la vida en medio del Jardín del Edén, ¿verdad? Todo lo que tenían que hacer era comer de todos los árboles menos del árbol del conocimiento del bien y del mal. Se dijo que morirían si comiesen del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, si tenían fe en la Palabra de Dios, todo lo que tenían que hacer era no comer de él: “Si comemos, moriremos. Creo en esto. Aleluya”. Aunque se les dijo repetidamente que no comiesen de ese árbol y que no se dejasen engañar, comieron del fruto porque no creyeron en la Palabra. Por tanto, para que no recibiesen la vida eterna en ese estado malvado, Dios los expulsó del Jardín del Edén. Por supuesto, Dios les hizo túnicas de piel y se las dio a Adán y Eva. Esto significa que al creer en Jesucristo, Adán y Eva recibieron también la remisión de los pecados. Y Dios hizo que el hombre arase la tierra de la que se le había sacado para poder mantener su salvación conociendo su naturaleza básica. 
«Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida» (Génesis 3, 24). ¿Saben qué es una espada en llamas? Aunque es una espada, está rodeada de llamas y guarda la entrada al Jardín del Edén. Esta es precisamente la Ley. La espada en llamas da vueltas para que los que intenten entrar en el Cielo comiendo del árbol del conocimiento del bien y el mal y convertirse en personas sin pecados a través de la santificación y ofreciendo oraciones de penitencia no entren. Si estas personas intentasen entrar, la espada las cortaría en dos. Nadie puede evitar esta espada en llamas. ¿Hay alguien que pueda evitar el juicio de la Ley de Dios? No, nadie. Dios ha dado la Ley incluso a los que no creen en Jesús. Y esto es la conciencia (Romanos 2, 15). Nos dice: “Han pecado, ¿verdad? La conciencia será una ley para ustedes”. 
Génesis 3, 24 nos dice que nadie puede entrar al Cielo cumpliendo la Ley de Dios, es decir, por las obras. Dios ha hecho que las personas puedan convertirse en hijas de Dios, entrar en el Cielo y recibir la vida eterna solo si reciben la remisión de los pecados a través de la fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Debemos tener fe en la Palabra de Dios. Cuando hablo del bautismo de Jesús la gente suele decir que ha recibido la salvación en la Cruz, diciendo: “¿De qué estás hablando?”. Pero, vamos a leer la Primera Epístola de Pedro, capítulo 3, versículo 21: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo». ¿Creen que el Apóstol Pedro escribió esto porque estaba aburrido? Eso no tiene sentido. 
La gente puede entrar en el Reino de los Cielos solo si nace de nuevo mediante el agua y el Espíritu. El agua representa nuestra salvación mediante el bautismo de Jesús. El Apóstol Pablo declaró: «Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos». (Gálatas 3, 27). Quien quiera vivir una nueva vida tiene que creer en el bautismo de Jesús y en la Cruz. Hay muchos pasajes en el Antiguo y Nuevo Testamento que dan importancia al bautismo de Jesús como la verdad central de nuestra salvación. Los pecados se eliminan con fe en la Palabra que dice que Jesús ha tomado todos los pecados mediante el bautismo. 
¿Cómo se limpia la suciedad del mundo? Se limpia con agua. Si se quema con fuego, deja un residuo negro. Si llueve mucho, las calles sucias se limpian con el agua. La lluvia llega, fluye como un río grande y desemboca en el mar con toda la suciedad. Todas las cosas sucias dentro de las cloacas se limpian. Y mientras se las lleva el agua hasta el mar, se desinfectan y el agua salada destruye todos los gérmenes. Por el agua el mundo se limpia. 
En cuanto a nuestras almas, se limpian porque Jesús ha recibido el bautismo y por nuestra fe en esa Palabra. La palabra bautismo significa limpiar. El bautismo significa limpiar, enterrar y pasar. Los pecados de nuestros corazones se limpian perfectamente porque todos los pecados han sido pasados a Jesús a través de Su bautismo. Los pecados de todo el mundo fueron pasados a Jesús a través de Juan el Bautista mediante la imposición de manos como representante de la humanidad. Los pecados no fueron limpiados de repente en la Cruz. Los pecados fueron eliminados porque fueron pasados a Jesús en el río Jordán a través de Juan el Bautista. Fueron pasados a Jesús para ser juzgado. Fueron eliminados porque fueron pasados a Jesús. Los pecados del mundo incluyen los pecados cometidos por nuestros corazones, por nuestras acciones y los pecados cometidos por nuestra voluntad. Jesús murió en nuestro lugar en la Cruz por los pecados del mundo que tomó sobre Sí mismo. 
Jesús es el Hijo de Dios y el Dios Omnipotente. Jesús es el Salvador que nos ha salvado de los pecados. No es insuficiente. Pero, la razón por la que el Señor tuvo que venir a este mundo y morir en la Cruz es que había tomado todos nuestros pecados mediante Su bautismo y fueron pasados al cuerpo de Jesús. Los que creen en la Verdad del Evangelio que Jesucristo nos dio al venir por el Evangelio del agua y el Espíritu han recibido la salvación de todos los pecados. 
Espero que el Señor esté con ustedes, los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu. ¡Aleluya!