The New Life Mission

Sermones

Tema 18: Génesis

[Capítulo 4-2] < Génesis 4, 1-4 > La salvación eterna profetizada en el sacrificio de expiación

< Génesis 4, 1-4 >
«Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra. Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda».
 
 
Hoy nos vamos a dedicar al pasaje que dice: «Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas», y me gustaría hablarles de la salvación eterna que fue profetizada en el sacrificio de expiación. Dios solo aceptó el sacrificio de Abel. ¿Por qué? Si Abel no hubiese ofrecido al primogénito de su rebaño, Dios no habría aceptado su sacrificio. Esto significa que, cuando queremos acercarnos a Dios, no debemos hacerlo mediante rituales de adoración, sino que debemos acercarnos con nuestra fe en lo que Dios ha hecho por nosotros. En otras palabras, debemos entregar nuestra fe en la salvación, en la expiación y en el amor de la remisión de los pecados. Solo entonces Dios puede aceptar este sacrificio y entregarnos el Espíritu Santo.
Probablemente se preguntaran por qué hay que entregar un sacrificio y su grasa para que sea aceptable a Dios. Hoy les voy a explicar todo esto.
Cuando los israelitas entregaban un animal para ser sacrificado, ¿por qué tenían que entregar la grasa junto con la carne? Porque la grasa en la Biblia se refiere al Espíritu Santo, a Dios mismo. El Espíritu Santo del que habla la Biblia es Dios. Quien quiera ofrecer un sacrificio a Dios debe traer un animal y su grasa. La grasa simboliza al Espíritu Santo, y por eso Dios dijo que el sacrificio que se le ofrezca debe ser un animal puro, y se debe entregar junto con la grasa. Este mensaje se repite en muchas ocasiones a lo largo del Antiguo Testamento, y en todas el sacrificio puro de expiación se refiere a Jesucristo, que fue concebido por el Espíritu Santo. Por tanto está sin pecado para siempre. Como el Dios perfecto que vino en la carne de un hombre es Jesucristo, solo el santo Jesús podía ser nuestro sacrificio de propiciación para borrar todos los pecados de la humanidad. Jesús entregó Su cuerpo como ofrenda de paz para toda la humanidad.
Lo que separa a la humanidad de Dios es el pecado. Por culpa del pecado nos convertimos en enemigos de Dios y nos separamos de Él. Por tanto, para restaurar nuestra paz y amor con Dios, el obstáculo del pecado tenía que desaparecer. Así que Dios derramó Su gracia en la humanidad en la forma del sistema de sacrificios, que requería una ofrenda para la paz y una ofrenda para el pecado. Estas ofrendas consistían en llevar un animal para ser sacrificado ante Dios, pasarle los pecados mediante la imposición de manos sobre su cabeza, matarlo y quemarlo para ser ofrecido a Dios. Esto traía la remisión de los pecados. Esta es la base del sistema de sacrificios par la remisión de los pecados que Dios nos dio. Por eso, en el pasaje de las Escrituras de hoy está escrito que Abel sacrificó al primogénito de su rebaño y su grasa como ofrenda a Dios, y por eso es absolutamente necesario que todo sacrificio de redención incluya la grasa. Así que Dios dijo sobre la ofrenda de todas las personas: «Y le quitará toda su grosura, de la manera que fue quitada la grosura del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar en olor grato a Jehová; así hará el sacerdote expiación por él, y será perdonado» (Levítico 4, 31).
Había muchos sacrificios que se le podían ofrecer a Dios. Estos incluían los holocaustos, las ofrendas por el pecado, las ofrendas por las transgresiones, las ofrendas de paz, etc. Pero todos estos sacrificios tenían un mismo requisito: el pecador tenía que poner las manos sobre la cabeza a del animal, matarlo, cortarlo en pedazos y sacar la grasa de su cuerpo para ofrecérsela a Dios. Él no quería recibir solo la carne del animal, sino también su grasa.
Jesucristo es nuestro Dios, y es también el Sumo Sacerdote de la expiación, quien ha hecho el sacrificio eterno por nuestros pecados. Al ofrecer Su cuerpo a Dios como nuestra propiciación, Jesús ha eliminado todos nuestros pecados para que no tengamos ni un solo pecado ante Dios. En aquel entonces Jesús no solo ofreció Su cuerpo, sino que también ofreció Su grasa. Este Jesús, que es Dios, vino al mundo como un hombre para ofrecer Su cuerpo a Dios Padre como sacrificio para nuestra redención, y al quemar Su grasa junto con Su carne, pagó la condena de nuestros pecados para pagar su precio. Al hacer esto, ha librado a todos los pecadores de sus pecados. Como nuestros pecados han desaparecido, el Espíritu Santo ha venido a morar en nuestros corazones, y por eso ahora no tenemos ningún obstáculo para impedirnos estar en la presencia de Dios, y ahora podemos disfrutar de Su amor.
El sacrificio eterno para nuestra redención se ofreció con el cuerpo de Jesús y con Su Espíritu, es decir, Su grasa. Pero los que no han entendido bien a Jesucristo piensan que solo ofreció Su cuerpo. Los cristianos que creen que Jesús entregó Su cuerpo solo con derramar Su sangre, no pueden reconciliarse con Dios. Esto se debe a que sus corazones siguen teniendo pecados. No han pasado sus pecados a Jesús a través de Su bautismo, ni han recibido la santidad y descanso en sus corazones, por lo tanto no pueden presentarse ante Dios aunque crean en Jesús.
Los animales para ser sacrificados en las ofrendas diarias y anuales en el Antiguo Testamento debían cumplir los siguientes requisitos: 1) debían ser puros, 2) tenían que recibir los pecados mediante la imposición de manos, y 3) tenían que ser sacrificados y quemados. Jesús tuvo que cumplir todos estos requisitos también para poder ser nuestro sacrificio eterno de redención. Hay condiciones claras para que Jesús se convirtiese en nuestra ofrenda de paz y redención. En primer lugar, como los animales en el Antiguo Testamento, tenía que ser puro. En segundo lugar, como los animales debían aceptar los pecados de los israelitas a través de la imposición de manos, Jesús tenía que aceptar nuestros pecados mediante el bautismo. En tercer lugar, tenía que ser sacrificado y Su cuerpo y su grasa tenían que ofrecerse a Dios. Solo entonces, los que creen en Él, pueden recibir la perfecta remisión de los pecados en sus corazones.
Sin embargo, muchos cristianos no creen que Jesús es el Espíritu, es decir, Dios. Además piensan que serán salvador por creer en Jesús a ciegas. Pueden sacrificar todos los animales que quieran y ofrecer solo la carne de mil animales sin su grasa, pero Dios ni siquiera mirará esos sacrificios que no se ofrecen según Sus requisitos. Deben darse cuenta de que Dios no quería sacrificios porque tuviera hambre. Los cristianos mundanos solo ofrecen el sacrificio del cuerpo de Jesús. Aunque conocen el sufrimiento físico de Jesús, no aceptan en sus corazones que Jesús es Dios y que tomó los pecados del mundo a través de Su bautismo, antes de ser condenado en la Cruz en nuestro lugar. Hay muchos cristianos así. Tanto el bautismo como la sangre de Jesús constituyen la Verdad de salvación que todo cristiano que dice creer en Él debe aceptar en su corazón.
 
 
Jesucristo es Dios
 
El que Abel ofreciese su sacrificio junto con la grasa, significa que el Jesús encarnado es el Espíritu que vino para cumplir la Palabra de Dios, es decir, es Dios mismo. Jesús es Dios. Solo si Jesús es Dios podemos ser salvados. Si Jesús fuese solo un hombre normal, insuficiente y lleno de fallos y pecados como nosotros, nunca podría habernos salvado por muchas veces que se hubiese sacrificado. Solo podemos recibir la remisión de nuestros pecados si Dios se encarna en un hombre, toma nuestros pecados y paga su precio. Ningún ser humano puede ofrecerse a sí mismo como sacrificio de redención por otro ser humano, ya que no reúne ni una sola condición de las que Dios ha establecido para la ofrenda del sacrificio. Jesús, sin embargo, es Dios, y al venir al mundo como el Cordero puro para el sacrificio, se ha convertido en el Salvador de la humanidad. Por eso debemos saber que Jesús es Dios y creer en esto.
Hoy en día, sin embargo, hay mucha gente que considera a Jesús como un mero hombre. Esta gente está ofreciendo únicamente el cuerpo del animal sin ofrecer su grasa. Esta gente no puede ser salvada de sus pecados aunque crea en Jesús. Solo los que saben que Jesús es Dios, que fue bautizado en el río Jordán para cargar con todos nuestros pecados, y que fue condenado en nuestro lugar y murió por nuestra redención en la Cruz, pueden ser salvados de los pecados del mundo. Para salvarnos de los pecados del mundo, cuando estábamos destinados a ir al infierno por ellos, Jesús tomó todos los pecados del mundo y se convirtió en nuestro sacrificio. Como Jesús aceptó los pecados del mundo al recibir el bautismo en Su cuerpo puro, tuvo que ir a la Cruz y pagar el precio de nuestros pecados al derramar Su sangre y morir en nuestro lugar. Para borrar nuestros pecados, Dios utilizó a Jesucristo como ofrenda de la redención, y para ello hizo que aceptara los pecados, vergüenzas, maldiciones y sufrimientos de los pecadores. Asimismo le hizo morir por nuestra redención. En otras palabras, Dios cumplió el sacrificio eterno de la salvación para que quien crea en él sea salvado.
Génesis 4, 5 dice que Dios «no respetó a Caín y a su ofrenda». Caín había presentado el fruto de la tierra como su sacrificio a Dios. Pero Dios no aceptó este sacrificio precisamente porque no tenía vida, es decir no tenía ni sangre, ni grasa. La sangre del sacrificio limpia los pecados de la gente. Cuando ofrecemos la sangre de la propiciación junto con la grasa a Dios, Él nos libra del pecado.
Como los seres humanos estamos llenos de pecados, Dios no acepta nada que venga de nosotros. En otras palabras, Dios no acepta el producto de la tierra que se ha obtenido con nuestra voluntad o nuestros esfuerzos humanos. Si queremos romper la barrera del pecado que nos separa de Dios, debemos ofrecerle nuestro sacrificio según el sistema de sacrificios que Él nos ha dado. Pero como es imposible ofrecer sacrificios todos los días, Dios entregó a Su único Hijo, puro y sin pecado, como nuestra ofrenda de paz para la expiación, y así ha borrado todos nuestros pecados para siempre.
 
 
El sacrificio del Antiguo Testamento que borraba los pecados diarios
 
De entre los sacrificios del Antiguo Testamento, debemos examinar primero el sacrificio que redimía los pecados diarios: «Si alguna persona del pueblo pecare por yerro, haciendo algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y delinquiere; luego que conociere su pecado que cometió, traerá por su ofrenda una cabra, una cabra sin defecto, por su pecado que cometió. Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de la expiación, y la degollará en el lugar del holocausto. Luego con su dedo el sacerdote tomará de la sangre, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar. Y le quitará toda su grosura, de la manera que fue quitada la grosura del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar en olor grato a Jehová; así hará el sacerdote expiación por él, y será perdonado» (Levítico 4, 27-31).
La gente del pueblo de la que habla el pasaje anterior, se refiere a todo el mundo. En otras palabras, cuando una persona normal se daba cuenta de que había transgredido la Ley de Dios y se convertía en un pecador, tenía que ofrecer un sacrificio de expiación para reconciliarse con Dios. Si era culpable de transgredir cualquier mandamiento del Señor Dios sin quererlo, y se daba cuenta a través de la Ley, primero tenía que escoger un animal puro, llevarlo al Tabernáculo y transferirle sus pecados al poner las manos sobre la cabeza del animal. El animal tenía que ser sacrificado en el altar de los holocaustos, había que poner su sangre en los cuernos del altar, y tomar el resto de la sangre y derramarla sobre la base del altar. Entonces sus pecados eran redimidos y podía reconciliarse con Dios. En otras palabras, esta era la ley de la salvación de Dios, según la cual había que hacer que un animal puro cargase con las iniquidades de un pecador mediante la imposición de manos, y así borrar sus pecados.
Dios dijo que un pecador tenía que poner las manos sobre la cabeza del sacrificio, y aquí «la imposición de las manos» significa «pasar» o «transferir». Probablemente hayan visto a alguien orar mientras ponía las manos sobre la cabeza de otra persona. Esto se hace para pasar una habilidad a otra persona mientras se ora. Cuando un pecador en el Antiguo Testamento ponía las manos sobre la cabeza de un animal, sus pecados pasaban al animal. Cualquier sacrificio que se ofrezca a Dios debe ser ofrecido según el sistema de sacrificios que Él ha establecido. Levítico 1, 3 dice: «Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová». Esto significa que el sacrificio debía ofrecerse en la puerta del Tabernáculo del encuentro de manera que fuese aceptable para Dios. Él dijo que para que un pecador ofreciese un sacrificio aceptable, debía poner las manos sobre el animal que iba a ser sacrificado. También dijo que, cuando el pecador pasaba los pecados a este animal puro mediante la imposición de manos, y ofrecía su carne y su grasa, Dios aceptaría el sacrificio con gran placer, y el sacrificio borraría los pecados (Levítico 1, 2-5).
Cuando la gente del Antiguo Testamento recibía la remisión de los pecados todos los días, tenía que pasar todos los pecados al animal mediante la imposición de manos, sacrificarlo, sacarle la sangre, quitarle la grasa, cortarlo en pedazos, y ofrecérselo a Dios. La sangre de este animal se ponía primero en los cuernos del altar de los holocaustos. Estos se refieren a los Libros del Juicio que contienen todos los pecados cometidos ante Dios (Jeremías 17, 1; Apocalipsis 20, 12). Poner la sangre del sacrificio en los cuernos del altar de los holocaustos significa ser redimido de los pecados que aparecen en el Libro del Juicio ante Dios. Cuando los israelitas ofrecían sacrificios a Dios, el animal que había aceptado los pecados sangraba y moría en su lugar, y por eso ponían esta sangre, que había pagado el precio de la vida, en los cuernos del altar de los holocaustos. Al colocar su sangre en los cuernos, el precio de la vida, los israelitas podían borrar sus nombres de los Libros del Juicio. Como el precio del pecado es la muerte, cuando Dios veía la sangre del sacrificio, lo aceptaba como válido por pagar el precio del pecado. Ante Dios existen los Libros del Juicio (Los Libros de las Obras) según Apocalipsis 20, 12. Al ver la sangre en los cuernos del altar de los holocaustos, donde están nuestros pecados, es decir, los Libros del Juicio, Dios ve que hemos pagado el precio del pecado con una vida.
Después de poner la sangre del sacrificio en los cuernos del altar de los holocaustos, el resto de la sangre se derramaba sobre la base del altar, es decir, sobre el suelo, que simboliza el corazón de la humanidad. Incluso si alguien peca sin quererlo, como su corazón tiene conciencia, le permite darse cuenta de su pecado y se lo recuerda. Por eso los israelitas derramaban la sangre del animal sobre la base del altar, para que sus conciencias estuviesen limpias. Así que, cuando los israelitas, que ofrecían sacrificios a Dios, veían la sangre del animal, se daban cuenta: «Teníamos que derramar nuestra sangre y morir así, pero Dios ha permitido que el animal sacrificado muera en nuestro lugar», y daban gracias a Dios por esta salvación. En otras palabras, daban gracias a Dios por Su amor de salvación desde el fondo de sus corazones.
Quien tenga pecados debe morir. Sin embargo, como Dios amó a los seres humanos, no pudo dejarlos morir. Por eso nuestro Dios justo nos dio el sistema de sacrificios, mediante el cual los pecados de la humanidad se pasaban a un animal, y ese animal debía ser sacrificado en lugar del pecador. A través de este sistema Dios permitía a los israelitas recibir la remisión de los pecados. El sistema de sacrificios que Dios nos dio era justo, y por tanto Dios hizo posible que quien recibiera esta salvación eterna según este sistema, pudiera presentarse ante Él sin miedo. Tanto los sacrificios anuales como los diarios que ofrecían los israelitas, apuntaban hacia la remisión eterna de los pecados que nos llegó a través de Jesús. Por tanto, cualquiera que crea en la remisión eterna del Nuevo Testamento, que se cumplió según la ley del Antiguo Testamento, puede ser salvado.
 
 
El sacrificio anual del Antiguo Testamento
 
El sacrificio de redención que los israelitas ofrecían a diario en el Antiguo Testamento era muy incómodo y pesado. Incluso cuando ofrecían un sacrificio un día, si pecaban al día siguiente, se volvían a convertir en pecadores. Así que, para que no se desesperasen ni abandonasen su fe, Dios estableció el estatuto de los sacrificios anuales.
Está escrito: «Y esto tendréis por estatuto perpetuo: En el mes séptimo, a los diez días del mes, afligiréis vuestras almas, y ninguna obra haréis, ni el natural ni el extranjero que mora entre vosotros. Porque en este día se hará expiación por vosotros, y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová» (Levítico 16, 29-30). Dios estableció el décimo día del séptimo mes como el Día de la Expiación, y asimismo estableció que no solo el pueblo de Israel debía ofrecer el sacrificio, sino también el resto de los pueblos que vivían en aquella tierra. Además ordenó que no se trabajara ese día.
Todos los años, el décimo día del séptimo mes era el Día de la Expiación, el día en que los israelitas eran salvados de todos los pecados de ese año. En el Día de la Expiación, el Sumo Sacerdote Aarón, que no era un sacerdote corriente, ofrecía el sacrificio en nombre del pueblo de Israel. En cuanto a los animales para el sacrificio, se debían entregar dos cabras puras. Después de echar la suerte para estas dos cabras, una se ofrecía dentro del Tabernáculo, y la otra se sacrificaba delante del pueblo de Israel. Aarón ponía las manos sobre la cabeza de la primera cabra, la mataba, llevaba la sangre al Lugar Santísimo, y la derramaba siete veces sobre el Arca del Testimonio, es decir sobre el asiento de la misericordia.
El que se derramase la sangre siete veces tiene un significado. Como Génesis 2, 2 dice: «Y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo», el número siete en la Biblia denota perfección. Por tanto, el hecho de que el Sumo Sacerdote derramase la sangre siete veces significa que todos los pecados de los israelitas eran redimidos completamente. El Sumo Sacerdote llevaba campanillas de oro en el dobladillo de sus vestiduras, y por eso, cuando derramaba la sangre siete veces, las campanillas sonaban siete veces. El pueblo de Israel separaba ansioso fuera del Tabernáculo a que sonasen las campanillas. El pueblo se alegraba cuando escuchaba este sonido fuera del Tabernáculo, porque todos los pecados de los israelitas eran borrados ante Dios cuando el Sumo Sacerdote derramaba la sangre siete veces, lo que simbolizaba la vida.
Así es como el pueblo de Israel obtenía la remisión de los pecados. Sin embargo, como estaban fuera del Tabernáculo, no podían ver el sacrificio, y algunas personas dudaban que sus pecados fueran transferidos. Así que el Sumo Sacerdote llevaba a la segunda cabra fuera del Tabernáculo, ponía las manos sobre su cabeza delante de todo el pueblo de Israel, y confesaba todos los pecados que la gente había cometido durante todo el año. Una vez Aarón ponía las manos sobre la cabra, todos los pecados de ese año pasaban a la cabra. Esta recibía el nombre de chivo expiatorio, es decir, la cabra que iba a ser enviada al desierto, y después de la imposición de manos, se abandonaba en el desierto hasta que moría.
De la misma manera, la imposición de manos en el Antiguo Testamento era un proceso necesario para el sacrificio de redención, que está relacionado con el bautismo de Jesús en el Nuevo Testamento. Aarón, el Sumo Sacerdote, está relacionado con Juan el Bautista, que era su descendiente; y el sacrificio que cargaba con los pecados del pueblo de Israel, estaba relacionado con Jesús, que eliminó todos los pecados del mundo al ser bautizado. Cuando el Sumo Sacerdote ponía las manos sobre el animal que iba a ser sacrificado, todos los pecados anuales del pueblo de Israel eran pasados al animal. Como está escrito: «Y esto tendréis por estatuto perpetuo» (Levítico 16, 29), debemos cumplir este estatuto para siempre.
 
 
La propiciación eterna de Jesús, que es Dios
 
¿Cómo podía un animal redimir los pecados de la humanidad para siempre? Este sacrificio no era más que una sombra de la propiciación eterna de Jesús, el Cordero de Dios que vendría después. En otras palabras, Jesús es el Cordero que ha borrado los pecados del mundo para siempre. Cuando Jesús aceptó los pecados del mundo sobre Su cuerpo al ser bautizado, llevó a cabo la redención eterna de todos los pecados del mundo. Al cumplir el Evangelio del agua y el Espíritu, Jesús ha permitido que quien crea en este Evangelio, reciba la remisión de los pecados.
Jesús es el Dios que vino a salvar a los seres humanos de sus pecados. Mateo 1, 21 declara el motivo por el cual Jesús vino al mundo: «Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Para cumplir esta voluntad de Dios, Jesús empezó Su ministerio de expiación de los pecados cuando cumplió los 30. Cuando pasamos a Mateo 3, 15, vemos a Jesús ordenando a Juan el Bautista que le bautice: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia». Esto significa que era necesario que Jesús fuese bautizado para borrar todos los pecados de la humanidad.
Si Aarón era el representante del pueblo de Israel, Juan el Bautista es el representante de la humanidad. Jesús dijo, refiriéndose a Juan el Bautista: «Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él» (Mateo 11, 11). Por tanto, para que Jesús cargase con los pecados de la humanidad en nuestro lugar, como la ofrenda animal del Antiguo Testamento, tenía que ser bautizado por Juan el Bautista, el representante de la humanidad. El bautismo que Jesús recibió consistía en sumergirse en el agua y después salir mientras Juan el Bautista ponía las manos sobre Su cabeza. El que Juan pusiera las manos sobre Jesús significa que tomó todos los pecados de la humanidad; el que fuera sumergido en el agua implica Su muerte; y el que saliese del agua predice Su resurrección. En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel pasaba sus pecados al animal del sacrificio mediante la imposición de manos, y esta salvación se perfeccionó en el Nuevo Testamento mediante el bautismo de Jesús.
¿Por qué fue bautizado Jesús? No fue por Su humildad, sino para cumplir toda la justicia borrando los pecados del mundo, para tomar todos esos pecados. Como Jesús aceptó todos los pecados del mundo al ser bautizado, estos pecados ahora estaban sobre Su cabeza, y por tanto no fue crucificado sin pecado, sino que fue bautizado cargando con todos nuestros pecados en Su cuerpo. Así es como nuestra propiciación se cumplió. En otras palabras, como dice la Biblia: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados» (Isaías 53, 5), Jesús fue herido por nuestros pecados y Su muerte pagó el precio de todos esos pecados. Si Jesús hubiera muerto sin ser bautizado, Su muerte no habría tenido nada que ver con nuestra salvación.
Donde Génesis 4, 4 dice: «Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas», significa que Jesús, Dios sin pecado, tomó todos nuestros pecados y se ofreció a Si mismo como ofrenda de paz para el Padre, y así es como hemos sido salvados. Nuestros pecados fueron pasados a Jesús cuando fue bautizado. Ustedes pueden ser salvados si creen en esto.
Pasemos a Juan 1, 29: «El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Al día siguiente de bautizar a Jesús, Juan el Bautista dio testimonio de Jesús ante todas las personas que estaban allí reunidas, y les dijo: «He aquí el Cordero de Dios que ha cargado con todos nuestros pecados». En otras palabras, cuando Juan el Bautista pasó todos nuestros pecados a Jesús mediante la imposición de manos, todos los pecados de nuestros corazones fueron eliminados.
El bautismo significa «pasar» o «enterrar» y «limpiar», que básicamente significa lo mismo que «la imposición de manos». A través de Su bautismo, Jesús tomó todos nuestros pecados, todos los que cometemos desde que nacimos hasta el día en que morimos. Incluso si cometemos errores, todavía estamos sin pecados. No podemos entrar en el Cielo mediante nuestras propias acciones, sino que debemos entrar creyendo de corazón que Jesús ha borrado todos nuestros pecados. No hay pecados en este mundo. Esto se debe a que Jesús ha borrado todos los pecados de la humanidad para siempre. Así que, aunque todo el mundo está sin pecado, hay muchas personas que van a ir al infierno por tener pecados, simplemente porque no creen que Jesús haya quitado todos sus pecados. Sin embargo, los que creen en Jesús correctamente son justos, porque han recibido la perfecta remisión de sus pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Quien no tiene pecado es una persona justa. Quien tiene la fe perfecta, no tiene pecados en su corazón.
Cuando Jesús entregó Su vida por nosotros y derramó Su sangre hasta morir en nuestro lugar, exclamó: «Está acabado» (Juan 19, 30). Así, Jesús ha borrado todos los pecados del mundo para siempre. La Biblia habla en el pretérito perfecto cuando se refiere al sacrificio eterno de redención que Jesucristo ofreció con Su cuerpo, y que perfeccionó a los que son santificados (Hebreos 10, 14). Para los que creemos esta Verdad no hay pecado.